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Siempre espero ya despierta antes de que el sol se asome por el horizonte, buscando poder ver el rostro de mi ama siendo iluminado poco a poco por el ligero rayo que deslumbra por la ventana todas las mañanas.
Tengo la fortuna de que la luz no es tan molesta para ella. Apenas frunce un poco la nariz para rápidamente volver a su expresión serena.
Me inclinó un poco, mirando hacia abajo, observando a la princesa con detenimiento, intento contar de nuevo esas largas pestañas, pero siempre terminó confundiendo las superiores con las inferiores, y tengo que volver a empezar...
Mientras la observo, el cabello se me desliza sobre los ojos, como si me intentara prohibir el admirarla, me lo quito rápido, pero este insiste en privarme la vista.
—Ush...—
Finalmente me enderezo para volver a amarrar mi moño, entonces escuchó un pequeño quejido de ella, mientras le da la espalda a la ventana.
Lejos de frustrarme, aprecio el regalo de ver su hermoso cabello azabache deslizarse por su cuello y espalda, hasta caer sobre la cama de nuevo.
El momento se disuelve cuando mi nariz capta un olor familiar desde el exterior.
Al girarme y acercarme a la ventana, puedo ver el humo salir de entre una de las torres más lejanas.
¿Será que ya están terminando de preparar el desayuno?
Me pregunté algo decepcionada.
—Qué lástima—
Luego de soltar un suspiro,me acomodo la falda del uniforme y me aclaro la garganta para despertar a mi amada.
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—Alteza...— Murmuro suavemente, en realidad, con miedo de despertar y perturbar la expresión calmada de mi ama.
Pero también recuerdo mi deber... el cual no debo olvidar por más que desee otra cosa
—Despierte, princesa...— pido de vuelta.
Y como si temiera romper un reflejo en el agua, mi mano se posa sobre su hombro, insistiendo en llamarla.
—Alte-...
Un quejido finalmente se escucha, veo como las largas pestañas que hace un momento no podia contar por lo enmarañadas que se veían, se separan, dejándome ver el esmeralda de sus ojos.
Siento una presión dulce en el pecho. Como si desde mi interior se estuviera formando un suspiro que al igual que ayer y probablemente al igual que mañana, intenta escaparse de mí desesperadamente, pero aprieto los labios como de costumbre, siendo ya experta en controlarme.
—Alteza mía... buenos días.— se me quiebra un poco la voz al hablar, afortunadamente pude suprimir esa presión, dejando que solo curve mis labios hacia arriba.
—Ah...¿Isagi..?— balbucea ella algo adormilada, su voz se escuchaba algo rasposa, pero lejos de parecer un defecto del despertar, para mí es un sonido especial, que solo yo tengo permitido escuchar.
Pero no sólo es eso, el sonido de mi nombre en su voz me hace sentir demasiado, bajo la cabeza, buscando con mis manos el nudito de mi delantal, decido aplastarlo hasta que la sensación se disipe.
Seguido de ello, la veo frotarse los ojos mientras abre un poco la boca para bostezar, me sorprendo de nuevo al ver como un gesto tan humano se puede ver tan hermoso y delicado en ella, me fascinó por como un simple bostezo puede sonar tan melódico.
—Ugh... ¿Ya está el desayuno?— pregunta mi ama como de costumbre, me recuerda que la princesa siempre se despierta con algo de hambre por las mañanas.
Asentí ligeramente con la cabeza, mientras me inclino en una reverencia ante mi ama. Casi lo olvidé por concentrarme demasiado en su despertar...
—Pronto lo estará, señorita.— Me enderezo de vuelta para mirarla. —Por favor, permítame ayudarle a alistarse.— murmuro mientras extiendo mi mano frente a ella.
...
La mano de la princesa es cálida, tal vez porque acaba de despertar... O porque ella simplemente es el sol encarnado directamente frente a mí. Pero la sensación me produce un escalofrío. Uno que me recorre la espalda, y da vuelta por todo mi cuerpo hasta regresar a mi mano, entonces afianzo el agarre y la ayudó a levantarse de la cama.
Sin embargo, ella me deja apenas toca el suelo, el aire roza mi mano y siento que se me eriza la piel, recordandome que la calidez siempre se va con ella.
Pero es ajena, simplemente se aleja y empieza a estirarse; abre ligeramente los brazos mientras un suave suspiro de satisfacción se le escapa...
Lo que creí reprimido vuelve a expandirse, y desde mi pecho sube por mi garganta. —ah...— la sensación cálida me vence, haciéndome suspirar mientras la veo tan tranquila.
Cuando termina, ella vuelve a pararse erguida, se me queda mirando por unos segundos, hasta que entrecierra los ojos, como si me acusara de algo.. Finalmente, lo recuerdo. Puedo escuchar claramente el —¿Qué esperas?— solo con esa mirada.
—Oh.— De un respingo alzó mi mano otra vez, para guiar a mi ama hasta su tocador, donde la ayudo a sentarse.
La princesa se mira en el espejo mientras yo acerco la charola con agua tibia que se encontraba en la otra mesilla, tomó una de las toallas colgadas en la estantería y lo humedezco.
—Permítame, mi princesa...— declaro mientras poso mi mano libre sobre el mentón de mi ama. Lentamente la deslizo por la línea de su mandíbula, hasta tocar el final con mis dedos. Entonces acuno su mejilla.
—Ten cuidado— me advierte ella con la voz tajante, como si me creyera capaz de cometer algún error cuando se trata de su cuidado especial.
—No se preocupe, ama mía... nunca sería brusca con usted.— insistí e inicie mi labor, pasando la toalla por su piel.
Se siente como pulir una joya. Con cuidado, humedezco todo su rostro y finalmente, dejo la toalla a un lado.
Tomo la pastilla de jabón y la froto entre mis manos. Así, con mis dedos, masajeo su rostro, primero las suaves mejillas, luego su delicada nariz, subiendo hasta su frente, casi rozando las raíces de su cabellera, para terminar apartando mi mano cuando lo creí necesario.
Ahora tomo una toalla limpia, esta vez uso mis manos para mojar el rostro de la princesa, y con la toalla voy secando cada parte de su bello rostro ya limpio.
Gracias a mi cuidado, conseguí escuchar un pequeño suspiro de satisfacción, el cual me hizo recordar que el esfuerzo de todos los días valía la pena.
Al terminar con ello. Me encargo de retirar la charola y la toallas a un lado, las acomodo en el otro escritorio para centrarme en terminar de alistar a mi ama.
Al girarme, ya la veo abriendo uno de los frascos de su tocador, reconozco por el color que ese tiene una pomada nueva.
El olor a miel invade la habitación, volviendo el aire aún más dulce. Más denso. Como si quisiera envolverme.
Mientras tomo uno de los mechones de su cabello, ella esparce la pomada con el dedo anular sobre sus labios.
Pronto me olvido del movimiento de mis manos, estás actúan solas, encargándose de la tarea de todos días mientras yo me pierdo en su reflejo, como si el espejo me estuviera regalando un tesoro, observó su rostro.
En especial sus labios que ahora se ven brillantes por la pomada y la luz suave que ilumina la habitación. Siento que me hipnotiza, que me vuelve algo despistada, ni siquiera me doy cuenta de que en momento el cepillo deja de tocar el cabello de mi ama.
Ella frota un poco sus labios para repartir el ungüento de forma uniforme, pero al final, vuelve a hacer una mueca decepcionada.
Entonces alza la vista, sus ojos se encontraron con los míos a través del reflejo, atrapandome.
El tiempo se detiene.
Siento el pulso en mi sien, en mis dedos, en todas partes.
Bajo la mirada de golpe, torpe, como si el suelo pudiera tragarme, entonces observo el precioso peine de su propiedad tirado a mis pies.
—Yo...— intento justificarme, pero las palabras no se forman, apenas me agachó para recoger lo que se me había escapado de las manos.
Se da un silencio, demasiado largo para mí tranquilidad. Y antes de que suelte unas disculpas, escuchó como vuelve a hablarme.
—Esto no sabe a miel.— me dice con tono tajante.
Alzo la cabeza rápidamente, su voz parecía molesta, pero me termino por topar con una mueca extraña, por un segundo creo que se burló de mí, antes de volver a su expresión fría
—Es una lástima, alteza...— balbuceo con apenas voz.
—Mnh.— hace un sonido casi pensativo, girando apenas los labios, como si disfrutara de la confusión que me provoca—. Aun así, tiene un aroma delicioso, ¿no crees?
Su mirada vuelve al espejo, pero la mía ya no se atreve a seguirla.
Solo asiento, mientras continúo cepillando su cabello, fingiendo calma, aunque mi respiración no le obedece.
—Deja de temblar, Isagi— La contradicción entre esa orden y su voz suave al decírmelo me hace aguantar el aire durante unos segundos.
—No voy a hacerte daño.— dice con algo de diversión en su voz, mientras su mirada todavía me mantiene atrapada.
No entiendo si me lo está prometiendo o advirtiendo, pero de todas maneras me ayuda a recuperar la compostura.
Empiezo a cepillarlo de nuevo, concentrada en hacer bien mi trabajo.
Después de unos minutos, la atmósfera vuelve a la normalidad, a la dulce mañana en la que puedo apreciarla de cerca
Sin embargo, afuera las campanas del desayuno comienzan a sonar.
