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Still With You—StanXeno—

Summary:

Atrapado en la petrificación como rehén luego que perdiera contra el Reino de la Ciencia, la conciencia de Stanley Snyder no se rinde. Aferrado al recuerdo de Xeno, revive cada momento que los unió mientras lucha contra la desesperanza.

 

Stanley Snyder/Xeno Houston Wingfield

Notes:

Está historia esta inspirada en la canción "Still With You", cuando la escuche, dije, si, definitivamente es Stanley. Quise incluir la letra en el mismo manuscrito pero realmente no pude sin perder la coherencia.

Realmente es la precuela de una serie de escritos en el mismo universo pero no necesariamente debes leer las otras historias para entenderla.

Recuerdo que alguien en facebook, en una entrevista que le hicieron al creador, dijo que Stanley durante su segunda petrificación siempre pensó en Xeno. He aquí el resultado.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

 




«He perdido.»

La conciencia de Stanley Snyder no se apagó. Era un crepúsculo perpetuo, un tono esmeralda que encerraba todo atisbo de luz del mundo exterior; un vacío perfecto, magnifico, trágico, desesperado.

El entrenamiento de fuerzas especiales le permitía mantener la lucidez en esta eterna prisión, anclándose desesperadamente a un único pensamiento: Xeno está a salvo. Él vivirá.


A Stanley Snyder no le importaba ganar, le importaba únicamente Xeno.


Esa era su única victoria, una propia de un egoísmo personalizado, nublado por sus sentimientos. No sentía rabia, no había desesperación, era una declaración ferviente que tranquilizaba su alma. El único consuelo que le permitía respirar mentalmente en medio de la asfixia pétrea. Mientras Xeno pudiera despertar, gracias a sus propios y brillantes aportes a la ciencia, cualquier precio era aceptable. Prefería mil eternidades de este encierro silencioso y solitario, a un solo segundo en un mundo donde la luz de Xeno se hubiera apagado.


— «No me despedí, y no me aferró a falsas esperanzas, es un hecho que no podre volver a verte.»


Una paz terriblemente fría como el mármol de una lápida se empezó a diluir entre las grietas de su mente, extendiéndose por su ser inmovilizado. Fue una misión cumplida, sin daños colaterales para Xeno, concluyó. 


No le importaba su propio destino. Si Xeno seguía sonriendo con su luz propia, iluminados por una fe inquebrantable, esa tenue curva de arruga entre la base de sus labios, creando un futuro, construyendo su ciencia al lado de ese mocoso prodigio, Senku... entonces, estaría bien. Está bien.


Un punzante y una profunda marca de celos, tan afilado que provocaba una marca en su memoria, atravesando su quietud. Ese “niñato” era el complemento intelectual perfecto para la mente brillante de Xeno, el compañero de laboratorio ideal y la pieza que Stanley no poseía para colmar la compañía que Xeno deseaba. Su único rol, el de caballero protector, se sentía de repente tan limitado, tan... distante.


Ahora, en esta eternidad de sus únicos pensamientos, se volcó ‘¿Y si hubo una pared que nunca logró derrumbar?’


Xeno siempre insistía en lo que eran; un eclipse perfecto. Stanley era una sombra protectora que se interponía para que nadie cegará su brillo. Xeno era su sol que iluminaba hasta las grietas más oscuras de su alma de soldado.


Xeno era su estrella, y Stanley, era una oscuridad tragada por su alma con pecados que nadie podría concebir, que nadie debería atravesar.


Xeno sostenía el universo en la palma de su mano, lo desarmaba con la curiosidad de un niño y lo volvía a armar con una belleza tan pura que a veces le quitaba el aliento y lo volvía a enamorar.

— «Espero que estés comiendo bien, Xeno» — Pensó con preocupación, un latido constante en su prisión silenciosa. — «Que no solo sobrevivas a base de café. Que estés durmiendo, y no sacrificando tus horas de descanso por un experimento.»

Era difícil explicarlo, como una prisión podía afectar la mente, pero en este nuevo mundo donde solo podías imaginar y recitar sus propias reglas, admitió con una soledad dolorosa, una petición casi desesperada:

— «Y sobre todo... Xeno, por favor, te lo suplico... no me extrañes.»


Ese era su deseo más egoísta y a la vez más altruista. La primera, última y única orden silenciosa que desafiaba su papel como subordinado hacía a su líder, a la única persona que amo.
  

— «Olvídame, Xeno. Vive tu vida con esa intensidad con la que vives la ciencia. No recuerdes nuestras fechas importantes. No pronuncies mi nombre. Porque si lo haces, significará que te he lastimado. Que cargas con el peso de mi memoria como una culpa... y eso... eso es lo único que no podría soportar en esta eternidad.»

«Vive tu vida, la que siempre querías y la que siempre imagine para ti.»

«Y olvídame.»

 


[…]




Su conciencia nunca decayó; eran horas, días, meses, años donde las fechas carecían de importancia. Una hibernación obligada cuya mente comprendía perfectamente las condiciones impuestas, pero hubo momentos, ciertas dobleces que su conciencia empezó a debilitarse, a querer apagarse. Ríndete. Pronunciaba con insistencia, y otra voz, contraría a ese deseo, pronunció firme: ‘Recuerda’.

‘Recuerda a la persona que más te importa para no dormirte.’


Calor.
Hacía calor. Su mente lo arrastró a una calidez conocida, no la superficialidad del sol, si no el recuerdo viviente de su modesta sala de su infancia. Un pastel con ocho velitas iluminaba su rostro de niño, aun conservando esa inocencia de quién aún no conoce el tinte manchado de la humanidad. Una canción de cumpleaños, el ligero humo que producía al pedir un deseo.

— «Mi deseo… Lo recuerdo; quería que Xeno ganará su concurso de ciencias de la próxima semana. Que desperdicio de deseo, era obvio que iba a ganar.»


Sus padres, sonrientes, le habían dado ropa nueva y una pistola de juguete. Regalos útiles y prácticos para un niño. Stanley asintió, agradecido.


Una sombra pequeña se interpuso entre él y sus padres, Xeno. Con sus goggles de inventor y su postura rígida, parecía un pequeño profesor visitando un territorio desconocido. Cierto, Stanley era su primer amigo, y, por ende, no estaba acostumbrado a dar regalos.

— «Tenías miedo a que no me gustará tu regalo.»

En sus manos, cuidadosamente oculto hasta ese momento, detrás de su espalda sostenía un objeto envuelto en papel de regalo de estrellas.


"Feliz cumpleaños, Stan." dijo Xeno, con un hilo de nerviosismo. Una tierna inseguridad. Aunque trataba de disimularla con una voz clara, rascándose la mejilla con su índice, aún titubeante. "Calculé que las probabilidades de que recibieras un regalo con un valor sentimental superior al utilitario eran del 3.2%. Consideré que era una variable que debía corregir."


Stanley, con ocho años de puro escepticismo de quien comprende las palabras raras de su amigo. Desenvolvió su regalo con movimientos bruscos, esperando... no sabía qué esperar. Un libro, quizás. Un manual de instrucciones, incluso una tesis.


Pero no.


En su palma, delicada y pequeña, reposaba un pequeño halcón de madera, del tamaño de su propia mano, unido a una cuerdita, un collar. Estaba tallado toscamente en un trozo de pino, sus formas eran torpes, las alas un poco desparejas en simetría. Pero los detalles... los detalles estaban allí. Las garras curvadas con precisión en una imagen realista, el pico afilado y recto, los ojos marcados con dos pequeños puntos de carbón que parecían mirar fijamente, con una intensidad familiar.


"Es un halcón peregrino" declaró Xeno, con sus ojos brillando por la emoción. "El depredador supremo. Vuela más alto que casi cualquier otra ave y ataca en picada con una precisión letal. Su velocidad terminal es de 390 kilómetros por hora." Hizo una pausa, y sus ojos tiernos, inocentes, se encontraron con los de Stanley. "Es como tú. Observa todo desde la distancia, calcula, y cuando actúa, es imparable."


Stanley no pudo hablar. La aspereza de la madera contra su piel era áspera y real. Nadie, nadie, le había dado algo así, con esta pureza, con estos sentimientos. Algo que no servía para nada, excepto para... para significar algo, para significar todo. Para verlo de una manera que él mismo no se veía.


"Yo... no sé tallar muy bien," admitió Xeno con tristeza, con un infrecuente atisbo de inseguridad, mirando sus propios dedos, allí, había pequeños cortes y rasguños. "Pero la forma aerodinámica es anatómicamente correcta en un 87%."


Stanley cerró su palma alrededor del halcón. La madera se calentó al instante con el calor de su piel que se expandía hasta su alma. Sintió una opresión en el pecho, una emoción tan grande y desconocida que le quemaba la garganta, que lo sofocaba y a la vez, lo elevaba hasta su punto máximo de felicidad.


"Es... el mejor regalo que he recibido en mi vida." logró decir, tosió levemente por darse cuenta de su timidez infante, que sonó ridículamente vulnerable.


Xeno asintió, satisfecho. "Es lógico. Eres mi amigo. Mi… constante." La palabra sonó extraña en su boca de niño, pero irrevocablemente cierta. "Sin ti, los datos del mundo serían más caóticos. Menos manejables…” Hubo una ligera pausa, con un pequeño nerviosismo y sus mejillas rosadas, pronunció: “Gracias por ser mi amigo, Stanley. Siempre soy feliz a tu lado"


Desde su prisión de piedra, Stanley sintió el eco de aquella emoción primigenia, tan potente que casi logró agrietar la losa de su resignación, de quemar cualquier vulnerabilidad de perder su conciencia. «Dios mío, Xeno...» pensó. El amor brotando como un manantial en el desierto de su encierro, en la soledad de su infierno. «Incluso entonces... incluso con siete años, estabas tallando mi lugar en tu universo. Me diste un halcón... y con él, sin saberlo, le diste un nido a mi corazón.»


Aquel pedazo de madera imperfecta, tallado con manos inexpertas y una determinación feroz, había sido el primer ladrillo de todo; de su amistad, de su lealtad, el primer latido de amor que ahora lo sostenía en la oscuridad que lo tragaba.

— «Es una lástima que ese regalo se perdió luego de la primera petrificación mundial. Si existiera un próximo cumpleaños, te obligaría a tallar otro, una vez más.»


Stanley cerró los parpados, su entorno infante se derrumbó, se fragmento en un vidrio dañado. Las voces, las personas, la existencia, empezó a desaparecer en un pozo pétreo hasta que el alma de Stanley volvía a estar sola. En una paz constante, aferrándose con garras a su conciencia.






[…]





El tiempo había perdido dirección y significado. Stanley ya no se esforzaba por contar los latidos de su corazón petrificado, ni los ciclos de luz y oscuridad que su mente intuía detrás del velo esmeralda apedreado; años, décadas, quizás ¿Milenios? Una eternidad significativa que ya no era un sinónimo de perdida ni dolor, si no, nacía a un nuevo significado; paz, la misma que había encontrado en compañía de su científico, se había solidificado en una resignación serena en su solitaria estadía.

En ese silencio milenario, de una única mente que disponía todo el tiempo para reflexionar, una oración nació desde lo más hondo de su ser, despojada de todo egoísmo:


— «¿Habrás encontrado a alguien, Xeno?»

No eran celos justificados, sino una tierna esperanza de que alguna existencia, en ese mundo lejano e incomprendido, le ofreciera a Xeno una luz que él ya no podía darle. Un alma que comprendiera sus monólogos sobre ir a las estrellas, que le acercara una taza de té cuando la noche llamaba a su ventana, que le recordara— con la suavidad que Stanley nunca tuvo— que también era un humano con sueños maravillosos. Alguien que le diera la felicidad simple y doméstica que Stanley, atrapado en su rol de soldado y protector, tal vez nunca pudo corresponder.

«Espero que sí.»

Con esa bendición sincera que se arraigaba en su conciencia como un copo de nieve en el vacío, iluminando cada centímetro de oscuridad. Stanley permitió que los párpados que ya no sentía se cerraran.


La luz fue lo primero; en un perfecto dorado y cálida sensación ante la piel fresca, bañando el patio de la infancia de una memoria que había olvidado. El sonido de un quebranto lo alarmó, una voz aguda que se acompañaba de un llanto contenido, de un pequeño científico de nueve años. Xeno estaba hecho un ovillo contra su pecho, ahogándose en lágrimas contra su camisa con un dolor que parecía infinito.


"¿Xeno?" Reconoció su propia voz por la agudeza juvenil, acompañada con una asombrosa alarma de preocupación. Sus manos se cerraron sobre los hombros de su amigo de la infancia con gentileza, viendo su aspecto "¿Te lastimaste?"


«Era la primera vez que te veía llorar, y ese hecho me impactó más.»


Xeno transformaba el dolor en datos, el miedo en ecuaciones, la tristeza en variables. Pero esto... esto era un naufragio sin brújula que inquietaba al Stanley de diez años.


Xeno alzó su rostro, con lágrimas contenidas, aun no esparcidas, sus pupilas enrojecidas en sus bordes e infinitamente vulnerables. "Mi M-Mamá dijo... dijo que cuando seamos adultos, nos vamos a separar."


Stanley frunció el ceño, confundido. "¿Separarnos? ¿Por qué?"


"¡Porque tú te vas a casar!" Xeno lo acusó, su voz quebrada por un nuevo torrente de lágrimas que esta vez no logró controlar "Dijo que te vas a casar con una mujer hermosa, tendrás hijos y... y no tendrás tiempo para mí ¡Vas a romper tu promesa! ¡Dijiste que siempre estarías a mi lado!"


Stanley, con la mentalidad simple de un infante de diez años que solo entendía la lealtad como un hecho tangible, negó con vehemencia con su cabecita, reiteradas veces.


"¡Siempre tendré tiempo para ti! No importa qué." Declaró con convicción, con la máxima seriedad que podría darle un niño.


"¡No es verdad!" Xeno insistió, aferrándose a su camisa, arrugándolo bajo su puño de una mano pequeña "Mamá dijo que el matrimonio es un contrato formal. Que le prometes a esa persona serle devoto, apoyarla, estar con esa persona el resto de tu vida." Sus ojos inocentes, buscaron los de Stanley con una intensidad desesperada. "¿No es eso... exactamente lo que tú me prometiste?"


Stanley parpadeó; una, dos, tres veces, captando el mensaje detrás. La lógica infantil de Xeno era impecable, desde su perspectiva, sí. Él le había prometido lealtad eterna y devoción, y ahora la madre de Xeno decía que esa promesa solo se le hacía a una persona con la que te casabas.


Xeno al sentir ese breve silencio compartido, insistió: "Entonces..." con un último sollozo, restregando sus ojitos con sus palmas, inflando sus mejillas hinchadas en un mohín tierno. "Tienes que casarte conmigo. Tu promesa fue una propuesta de matrimonio y tienes que hacerte responsable."


Stanley, para quien las palabras debían ser demostradas con actos y no conceptos vagos ni promesas vacías, solo vio la esencial verdad: su amigo de la infancia, su único norte, su estrella, le estaba pidiendo que no lo abandonara. Para Stanley, eso era la única ley declarada que regía en su vida desde que conoció a Xeno.  


"Está bien." Dijo Stanley con decisión, una seguridad ferviente que opacaba cualquier duda. Entrelazo sus manos con las de Xeno, en un pequeño apretón "Cuando seamos adultos, nos casaremos."


La tormenta en los ojos de Xeno se disipó gradualmente. La paz descendió sobre su rostro; frágil como el alba. Una sonrisa, tierna y victoriosa, floreció entre las lágrimas. Xeno le devolvió el pequeño apretón.


"Es una promesa” murmuró Xeno, aún con una voz frágil por sus emociones anteriores.


Stanley le devolvió la sonrisa emotiva, juntando sus frentes lentamente, cerrando los parpados, murmuro lentamente:

«"Lo prometo”»


En la fría oscuridad de su prisión petrificada, ese recuerdo no era una carga emocional. Era un juramento olvidado. Una promesa que, incluso ahora, en el silencio y la distancia de quien perdió todo, desde el fondo de su corazón, deseaba que Xeno siguiera manteniendo, y desde el fondo de su lógica sin egoísmo, esperaba que lo haya roto.  





[…]



 

A los dieciocho años, Stanley Snyder ya era un militar de élite con un historial magistral que envidiaba a su generación, a un año de haber ingresado al campo físico era un profesional con una trayectoria comprometedora, pero en el campo de batalla de su propio corazón, se sentía como un recluta desorientado que no sabía manejar un arma ni seguir sus propias reglas. La revelación había sido lenta y dolorosa, como un ácido corroyendo el acero, profundo y volátil.


No fue difícil darse cuenta de que sus sentimientos por Xeno habían trascendido la amistad. Empezó a anhelar no solo su compañía, sino una exclusividad demandante donde solo existieran los dos en este mundo. Ser el único en descifrar los silencios entre cada información científica que Xeno compartía con él, el único confidente de esas raras y extravagantes sonrisas que Xeno solo mostraba cuando un experimento salía bien. Quería ser el único nombre que Xeno murmurara en medio de la noche sobre una extensa cama. 


Esa necesidad feroz que lo consumía, ese deseo imposible de poseer cada fragmento de la atención de Xeno hasta que se incrustará profundamente en su ser, que fuera el único motivo por quien se despertara y lo trasnochara, y ese pensamiento lo aterrorizó. Porque Xeno, a sus diecisiete años, era pureza cristalina. Su mente era un santuario puro de lógica y descubrimiento, un lugar donde las impurezas del mundo—como los impulsos oscuros y posesivos que Stanley empezaba a reconocer en sí mismo y ya no podía negar—no tenían cabida.


Xeno era un ángel absorto en los diagramas de su arte matemático, y Stanley, era un soldado con las manos manchadas de sangre humana, cubiertas de pólvora y culpabilidad, ansiando ensuciarlo con sus deseos carnales más impuros.


Lo peor de todo era la esperanza
. Una esperanza desesperada y clandestina que rezaba para que Xeno lo correspondiera. Eso no podía suceder. No debía suceder. Era peligroso, era prohibido. Stanley sería su ruina.


Stanley era quien había hecho la promesa de lealtad y protección a su amigo, y ahora, el mismo manchaba ese juramento con el pensamiento más errático y dimensional del mundo.


Con la misma determinación con la que apretaba el gatillo antes de lograr una puntuación perfecta en los concursos y una tragedia en sus objetivos, decidió matar esos sentimientos. Se alejó. Dejó de frecuentar el laboratorio que Xeno había construido en un secretismo que solo los dos sabían, inventó excusas para no asistir a su casa, evitó su mirada, sus llamadas. Fueron dos semanas de un silencio autoimpuesto que le quemaba por dentro y le imponían a una vigilia eterna. Cada día sin verlo era una herida sangrante, y la tentación de rendirse, de correr hacia él y confesarlo todo, era un demonio que le susurraba en su oído con insistencia.


Su madre lo vio más serio y distante que de costumbre. "Stanley, la gala de celebración del Campeonato Estatal de Tiro es esta noche. Fuiste el primer lugar, es tu noche." Añadió con una sonrisa esperanzada. "Es una buena oportunidad para conocer a alguna chica agradable. Ya tienes dieciocho años."


Stanley, aun reparando los fragmentos de su propio corazón como si hubiera escuchado el rechazo, aún con la mente nublada por la ausencia de Xeno, asintió con amargura, tosco. Tal vez su madre tenía razón. Si encontraba a alguien más, si se obligaba a sentir algo—cualquier cosa—por otra persona, podría extirpar de raíz una vez por todas ese amor imposible que le estaba consumiendo el alma y lo estaba ahogando en cada sentido.


Asistiría a la fiesta. Lo intentaría.


La gala era una perfecta celebración estadounidense de gente adinerada. Una mansión, propiedad de un accionista de la industria militar. Uniformes impecables, vestidos elegantes y el constante tintineo de copas acompañados de risas. Stanley, con su esmoquin, recibía felicitaciones por su hazaña con el rifle que se sintieron vacías para él, no le provocaba orgullo, solo una resignación de quien ha declarado su destino indeseado.


Una chica, hija de un oficial militar se le acercó con una sonrisa coqueta. Era bonita según los parámetros sociales, segura de sí misma, y no dejaba de tocarlo sutilmente el brazo mientras hablaba o aprovechar cualquier roce para reírse fingiendo inocencia. Que molesta. Stanley respondía con monosílabos, sintiendo cómo el aburrimiento se extendió por cada fibra, la joven lo sintió como un desafío emocionante.


Es una buena oportunidad para conocer a alguna chica agradable. Ya tienes dieciocho años.


Recordó las palabras de su madre. Suspiro. Encendió su interruptor social, obligado más que complaciente. Esta vez, le sonrió a la joven. Cada risa suya, cada intento de flirteo que le provoco más asco que encanto, solo conseguía hacer el vacío en su pecho más profundo y quemante. No era Xeno, nunca podría ser él.


Agobiado por su propia esencia, se escabulló hacia un balcón amplio que daba a unos jardines iluminados por la luna. El suave aire de la noche fue un bálsamo después del calor sofocante de la fiesta y su gente. Apoyó las manos en la barandilla de mármol, cerró los ojos e inhaló hondo, quería fumar y probablemente ahogarse en el mar más cercano.


"¿Disgustado por tu propia celebración? Propio de ti, Stan."


La voz; clara y familiar, lo hizo dar un respingo sorpresivo. Se giró lentamente, el corazón le palpitaba traicioneramente y su visión se asimilaba a la cámara lenta ante una escena crucial de una película. Allí, apoyado en el marco de la puerta del balcón, estaba Xeno, no llevaba esmoquin, sino su habitual bata de laboratorio negruzca sobre una camisa sencilla.


Bajo la luz de la luna, su cabello plateado parecía brillar con una luz propia y Stanley no pudo evitar sentirse embalsado por la imagen.


"Xeno... ¿qué haces aquí?" preguntó Stanley, ocultando su presunto nerviosismo interno. Se natural.


"Parece que alguien ha estado implementando un protocolo de evitación durante los últimos catorce días, seis horas y… aproximadamente veinte minutos con cuarenta segundos" respondió Xeno, acercándose. Su tono era neutral, no sonaba molesto, si no una convicción de quien está determinado en tener una respuesta sincera. "Consideré que la 'fiesta social' tenía una probabilidad del 78% de atraer al sujeto evasivo. Vine a verificar si mi hipótesis era correcta."


Stanley desvió la mirada, sintiéndose que cualquier acción revelaría sus sentimientos. "No era necesario. Solo... son cosas de adolescentes. Una etapa. No eres tú, no quería hablar con nadie."


En la profundidad de su alma, le producía alegría que le siguiera importando a Xeno, tanto como para asistir a esta ridícula fiesta.


Xeno no emitió ningún sonido por un momento, como si analizará sus opciones. Se escucho una música tenue proveniente de la ceremonia, un vals. Se detuvo justo frente a él, extiendo su invitación en una palma abierta "¿Quieres bailar?"


La pregunta fue tan inesperada que Stanley soltó una risa corta e incrédula. "¿Bailar? ¿Aquí? Detestas bailar."


"La música es una secuencia de ondas sonoras organizadas y el baile es un diagrama libre sin parámetros secuenciales. Un vals será suficiente"


Antes de que Stanley pudiera negarse, Xeno entrelazo su mano derecha con la suya y colocó la otra en el hombro de Stanley, guiándolo con una sorprendente firmeza. La presión fue precisa, anclándolo, estableciendo un punto de control genuino.


Stanley, siguió su ritmo por instinto, el reflejo condicionado y entrenado de años de seguir a Xeno, incluso hacia lo desconocido en múltiples campos. Stanley con su mano traidora, rodeo la cintura de Xeno a través de la fina tela de la bata de laboratorio. Su pulgar, por su propia cuenta, se movió instintivamente para acariciar la curva de la cadera, un gesto pequeño y posesivo que hizo que los ojos del científico parpadearan, pero no reprodujo ninguna palabra. 


Xeno inició el paso, un movimiento hacia atrás con su pie izquierdo que arrastró a Stanley consigo. Su mano en el hombro de Stanley lo guio con una presión suave pero insistentemente correctiva, mientras su cuerpo se mantenía firme, un poste central alrededor del cual Stanley debía orbitar. Como siempre había sido, en su vida, en su alma, y en cada destino. Su corazón latía con fuerza contra su pecho, y estaba seguro de que Xeno podía sentirlo.


El segundo paso fue más fluido. Avanzaron, retrocedieron, giraron. El vals imaginario cobró vida en el espacio vacío del balcón. Sus cuerpos se balanceaban al unísono, una danza de contrastes. La distancia entre ellos se medía en milímetros y Stanley podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Xeno, una fogata de intensidad intelectual envuelto en una capa de delgadez. Fácilmente, podía visualizar cada pestaña plateada que delineaba esos iris grisáceos, tan absortos ahora en él como lo estarían en un experimento particularmente fascinante.


En un giro más amplio, Xeno se inclinó ligeramente hacia atrás. La mano de Stanley en su cintura se apretó instintivamente, sosteniéndolo, protegiéndolo ante cualquier mínimo peligro. Tal como el destino lo había dispuesto una y otra vez.


Por un momento, suspendido en aquel cielo nocturno, Xeno miró hacia arriba y vio el rostro de Stanley marcado contra el cielo estrellado, una sonrisa pequeña y devota en sus labios, y entre esos iris miel, reconoció esos sentimientos que también compartía. No hubo espacio para dudas.


"Durante tu... 'etapa adolescente'." comenzó Xeno, su voz en un susurro cerca de su oído que le erizó el vello de la nuca. "He llegado a una conclusión. Creo... que estoy enamorado de alguien."

Aquella afirmación cayó sobre Stanley como un balde de agua gélida. El mundo se detuvo y el aire no llegaba a sus pulmones, se paralizo, hasta sentir el latido retumbar entre sus oídos en una inminente tragedia. El vals imaginario se rompió en su mente.


"¿De... de quién?" Logró preguntar, su voz apenas compuesta, por sentimientos que parecían pisotearse y degradarse aún más, sin control.


"De alguien que me comprende sin necesidad de que explique cada variable." continuó Xeno, su mirada no titubeo, sostenida contra la contraria. "Alguien cuya lealtad es un axioma en mi vida, algo que no necesita demostración. Alguien fuerte, que me protege, pero que también tiene una ternura que solo yo puedo ver y comprender. Alguien que... cuya ausencia, por más breve que sea, desordena todo mi universo."


Cada cumplido era una apuñalada a su corazón, un aturdimiento que entiesaba cada extremidad. Xeno enumeraba, sin saberlo, todos los aspectos que Stanley se creía insuficientes, todas las razones por las que no era digno de su amor. Para su desgracia, Xeno se había enamorado de otra persona. En solo dos semanas.


Su mente caótica empezó a crear diseños posesivos, una profundidad arraigada de molestia, por quien se atrevió a robarle lo que era suyo ¿y si esa persona desaparece? No debe ser alguien digno para Xeno. No es adecuado. No es merecedor de su amor. Debe dejar de existir. Sintió como su corazón se hacía trizas, y de ese sentimiento, despertó de su inconciencia injustificada de odio. No, debería estar feliz por Xeno. Merece tener alguien que comprenda su vida, alguien que corresponda cada sentimiento y lo ayude en cada destino que decida escoger.


Xeno, quien es ajeno al sentimentalismo, se atrevió a expresarte su sinceridad.


Eres solo su amigo de la infancia.


Trato de relajar sus hombros tesos. Forzó una sonrisa amarga inadecuada. "Suena... increíble. Felicidades."


La felicitación sabía a ceniza en su garganta, y aquella felicidad vacía no llegaba a su mirada.


"Deberías decírselo." murmuró Stanley, apartando la mirada, en un punto más bajo, incapaz de soportar la intensidad de la situación por más tiempo. "A esa persona. Deberías confesarte. Seguramente te corresponde."


Stanley intentó retomar el baile, pero Xeno se detuvo, el vals imaginario llegó a su fin. Se separó lo justo para mirarlo directamente, una sonrisa pequeña y traviesa jugueteó en sus labios.


"Eso planeo."


Entonces, Xeno cerró los parpados y lo besó. Fue un vals suave. Un contacto cálido y superficial que tenía intenciones de descubrir, no invadir. Esa pequeña sensación electrizó cada neurona en el cuerpo de Stanley. Duró apenas tres segundos. Una explosión silenciosa que borró todo sonido, todo pensamiento, todo el dolor de las últimas semanas.


Cuando Xeno se separó con una sonrisa, Stanley se quedó completamente paralizado, con los ojos abiertos en su máxima expresión y un rubor intenso que ardía en sus pómulos. La conmoción fue tan abismal que, cuando Xeno intentó retomar el siguiente paso en su vals, Stanley con los reflejos anulados por la situación, marcando en su cerebro como en espera, tropezó y ambos cayeron al suelo.


Xeno lo miró con una expresión de genuina curiosidad científica. "Mi hipótesis era que tu reacción sería positiva” Stanley lo escucho reírse, una risa aperlada en una melodía perfecta que siempre lo hechizaba. “Pero los datos son ambiguos. Esto…" señaló el hecho de que estaban en el suelo. "¿Se considera un 'sí' o un 'no'?"


Stanley, todavía tendido boca arriba, con la remanencia de Xeno aún en sus labios y sus latidos a punto de estallar, lo miró con una sonrisa llena de una felicidad indescriptible que floreció por su rostro.


"¿De verdad necesitas más datos, doctor?" preguntó Stanley, cargada de una ternura y suavidad en cada pronunciación.


"La ciencia exige rigor." murmuró Xeno, aunque sus labios comenzaban a curvarse, correspondiendo a la sonrisa de Stanley.


Sin apartar la mirada de él. Stanley acercó su pulgar en su mejilla, acariciando la piel suave de su científico. "Con otro beso… Te lo digo."


Esta vez, no hubo sorpresa. No hubo tropiezo ni malentendidos. Solo la lenta, deliberada y electrizante confirmación. Fue Stanley quien cerró la distancia restante con una emoción que quemaba y una confianza que era correspondida. Fue un beso más largo, más seguro, donde la timidez del primero se transformó en una exploración hambrienta entre sus bocas.

 

 

 

 

[…]

 

 

 

Los recuerdos fluían similar a un río imparable en la mente de Stanley. Cada escena, cada acto, cada fragmento olvidado, cada sentimiento, tenía un denominador común: Xeno.


La infancia compartida, la adolescencia confusa y torpe, la adultez entrecruzada por el destino... Xeno era su hilo conductor de su existencia y el propósito de su vida, la constante en cada ecuación, la intención en cada misión. Pero hubo un problema, con la claridad y la persistencia, llega una fatiga profunda de quien lucha y se negaba a rendirse, un peso en el alma que se hacía cada vez más insoportable y poderosa.


Una voz, susurrante y tentadora, surgió desde lo más hondo de su mente, desde el subconsciente agotado. Descansa...le susurraba como un abrazo provocativo. Llevas demasiado tiempo en guardia; años de vigilancia, de guerra, de poner tu cuerpo y mente al límite. Mereces apagarte. Mereces descansar. Cierra los ojos. Deja de luchar. Duerme.


La propuesta era seductora entre el tiempo infernal detenido que nunca tendría fin. Liberarse de la lucidez, de una lucha vacía que no tiene contrincantes. Eran sin dudar, una respuesta humana ante tanto desgaste emocional. Nadie podía culparlo, era normal. Stanley flaqueó, una parte de él, la parte cansada del soldado anhelaba esa paz oscura y sin sueños.


Quería despertar de este confinamiento, su único deseo era ver a Xeno más que a nada en el mundo, pero una desesperanza feroz se arraigaba en él y le hacía ver que su ridícula esperanza era una ilusión sin lógica ¿De qué sirve mantenerse consciente? ¿Para ser un testigo de un mundo que vivió siglos desde tu petrificación? Nunca lo despertarían. Su utilidad había terminado.

«"Sí...”» pensó cediendo. «Tal vez... tal vez tengas razón. Quizás sea hora de descansar.»


La oscuridad se desvaneció lentamente como una estrella que agota su luz luego de años de funcionalidad. Stanley parpadeó, y el mundo negruzco fue reemplazado por el calor acogedor de su sala, de su hogar compartido que siempre añoraba. Estaba acostado en el sofá, aquel que había elegido con Xeno en una divertida conversación científica de porque debían escoger ese modelo tan elegante. El aroma a café recién hecho llenaba sus pulmones, fue fácil reconocer que era el favorito de su novio.  


Sentado en el antebrazo del sofá, con una taza humeante en las manos, estaba Xeno. Su Xeno. El de veintidós años con una postura perfecta, sus hebras plateadas peinado con esmero y su rostro... su rostro limpio, sin la cruel cicatriz que la petrificación había grabado en él. Lucía sereno, hermoso, perfecto.


"Has estado durmiendo mucho tiempo, cariño. Debes estar muy cansado ¿Por qué no sigues durmiendo?" dijo Xeno en una caricia suave, un arrullo que prometía seguridad y confiabilidad. Su sonrisa era tierna y sus expresiones eran un arte gentil que Stanley siempre se había dedicado a amar.


En esa ilusión, de quien está enamorado, Stanley no noto que aquella sonrisa no llegaba a su mirada. Había una placidez extraña, una falta de la chispa obsesiva pero no recordaba porqué debía serlo. Xeno estaba en la cúspide de sus descubrimientos, trabajaba en la NASA, su relación estaba en un temple emocionante correspondido. Desde que Xeno cumplió la mayoría de edad, empezaron a vivir juntos y esta rutina, solo era una domesticidad costumbrista.


Una punzada en sus sienes hizo que Stanley frunciera el ceño, en una mueca. Se llevó su palma a la frente, sintiendo una niebla incómoda en su mente que no se despejaba, una electrizante estática que bloqueaba cada vez que intentaba recordar. Pero… ¿qué debía recordar?  


"Xeno... Me duele un poco la cabeza…" Tragó saliva, una sensación de inquietud creciendo en su pecho a pesar de la escena idílica. "Siento como si... como si se me estuviera escapando algo. Algo importante."


"No es nada" murmuró Xeno, su voz era tan seductora como peligrosa. Dejó su taza en la mesa central y se acercó, moviéndose con una fluidez etérea encantadora. Se inclinó y sus labios se posaron sobre los de Stanley en un beso suave, familiar, que sabía a hogar y a rendición. Que tenía el poder de convencer. "Solo descansa."


Antes de que Stanley pudiera procesar la extrañeza, unas manos lo guiaron para que se recostara de nuevo en los cojines del sofá. Xeno se acomodó sobre él, como un gato buscando calor, apoyando el rostro en su pecho. El peso era reconfortante, hogareño y el contacto era un bálsamo para su alma. "Te lo mereces, Stanley. Un descanso. Yo también. Permanezcamos aquí, juntos. Para siempre. Duérmete."


La propuesta era un veneno dulce que deseaba masticar. Cada palabra de ese Xeno idealizado penetraba cualquier defensa, y no era extraño, porque su novio era quien siempre tenía la llave para cualquier petición. No dudo. Esta situación era agradable; Xeno, a salvo y en sus brazos, justo como siempre debía ser.


El mundo exterior, sus pesares, su soledad, su caída, cada recuerdo de los últimos años posterior a la petrificación, todo se desdibujaba con una permanencia atrayente. Sus párpados se hicieron pesados. Iba a ceder. Iba a cerrar los ojos y a rendirse a esta nueva realidad eterna.


«¡STANLEY! ¡NO LO HAGAS!»


El grito fue un latigazo que le partió el alma. Sus parpados se abrieron de golpe. No provenía de la sala, sino de muy lejos, un eco resonante. Una voz rota, áspera de desesperación, cargada de una urgencia que trituró la falsa paz. «¡No duermas! ¡Despierta! ¡Me prometiste! ¡Prometiste que siempre, SIEMPRE estaríamos juntos!»


Era la voz de su Xeno. La verdadera o la ilusión de quien fue alguna vez. La del científico que había visto el mundo destruirse y renovarse bajo su inteligencia en un terreno desafiante, que llevaba la marca de su determinación en la frente, el que nunca, nunca se habría rendido a una paz tan barata.


Su corazón latía salvajemente, con un pánico lúcido. Intentó levantarse, pero una presión feroz en su espalda se lo impidió. Brazos reales y sólidos, lo rodeaban con una fuerza desesperada, clavándolo al lugar. Giró la cabeza, y lo vio, Xeno estaba abrazándolo desde atrás con una tenacidad admirable, este Xeno llevaba el abrigo negro, la cicatriz en su frente y los años que pesaban sobre su rostro ante quien armo el mundo nuevamente.


"Tienes que permanecer consciente." dijo este Xeno, y su voz era áspera, quebrada por una emoción tan cruda que le partió el corazón a Stanley, tan verdadera que solo podía provocar una tristeza a quien la escuchaba. "Tienes que esperarme. Volveremos a estar juntos. Lo juro por todo lo que soy. Solo... Stan, por favor... ten fe en mí. Por última vez, ten fe."


El mundo idílico, ese espejismo cobarde que le ofrecía un descanso eterno a cambio de su voluntad, comenzó a resquebrajarse. El sofá que envenenaba, las paredes cálidas que engañaban la mente, el falso Xeno de mirada vacía... todo se deshizo en un millón de fragmentos de cristal que se estrellaron en un silencio atronador.


Stanley se quedó de pie en el centro del vacío, pero ya no era un vacío de desesperanza, al contrario, era una nueva llama creciendo dentro de su voluntad, firme, indemne. Stanley sonrió. Una expresión lenta y profunda que le iluminó el rostro desde dentro, una sonrisa que nacía de un amor tan feroz y bien cimentado que era inquebrantable. Era la sonrisa del hombre que acababa de recordar quién era y, más importante, a quién amaba.


"Siempre.” pronunció firme y clara en la oscuridad, cargada de una devoción que era el núcleo de su ser y el inicio de su existencia. "Siempre confío en ti, Xeno."


Fue una risa áspera que expreso varias emociones; un segundo de un origen furtivo ante quien recupero el motivo de su vida.


"Gracias." Una palabra corta. Era una gratitud por no dejarlo caer. Por luchar por él incluso cuando él mismo había flaqueado. Por ser la brújula en su desierto perdido. "Perdóname..." Susurró, no había culpa, sino el reconocimiento humilde de su momentánea debilidad que cayó fácilmente ante una ilusión. "Perdóname por dudar, aunque fuera por un segundo. Por no confiar, hasta el último átomo de mi ser, en que tú... tú, Xeno Houston Wingfield, encontrarías la forma de estar de nuevo juntos."


Su sonrisa se ensanchó en su característica confianza, transformándose en una expresión de puro y ardiente orgullo. Miró al vacío como si a través de él pudiera ver a su científico.


"Porque eres la persona más terca y ambiciosa que he tenido el privilegio de conocer" declaró, y cada palabra era un homenaje para quien adoraba. "Y yo..." hizo una pausa, y su siguiente afirmación resonó con la fuerza de un juramento renovado "...estoy orgulloso. Inmensamente y para siempre orgulloso, de ser el hombre que te ama."


La duda se había disuelto. Mantendría su vigilia. Esperaría, no con la desesperación de ser prisionero, sino con la paciencia inquebrantable de quien sabe, con certeza absoluta, que el único amor de su vida movería cielo y tierra para volver a tenerlo entre sus brazos.


Era una cadena de tungsteno forjada en los recuerdos de un halcón de madera, un vals bajo la luna y la promesa de un 'matrimonio' que ni el fin del mundo ni unos adolescentes lograrían romper.


Ya no contaba los años. Los sentía pasar como suaves mareas bajo la superficie de su conciencia, cada una lavando un poco más la duda, puliendo su esperanza hasta convertirla en diamante. Entonces, un día que no era un día, en la oscuridad que ya no era oscura sino un mero intervalo de espera, algo cambió.


Una vibración. Un zumbido familiar, el eco lejano de una ciencia que reconocía en su sangre. Era su ciencia. Una disolución suave, como si la piedra fuera nieve al sol. La presión eterna se alivió, y de repente, había espacio, había aire, había luz. La luz lo cegó, pero no tanto como la figura que estaba frente a él, borrosa a través de sus párpados recién despertados. Una silueta delgada, una mata de cabello plateado, y el brillo familiar de una sonrisa enamorada, quebrada por una emoción que ya no podía contener, con su mano extendida con un cigarrillo y un encendedor.


Stanley esbozó una sonrisa. La misma sonrisa lenta y segura que había iluminado el balcón bajo la luna, la misma que sellaba sus promesas más importantes.


Su voz, aunque débil y ronca por el desuso, fue clara como el cristal cuando habló, acompañado de un débil vapor de nicotina, sellando no solo su liberación, sino la reafirmación de todo lo que eran.


“¿Cuál es mi misión?”

Notes:

Luego esto se une al canon de la historia. Siempre he pensando que en la primera petrificación, Stanley siempre tenía la firmeza de despertar porque todos estaban en la misma situación, en cambio, en la segunda, tenía todo en contra y es una persona que no se aferra a "posibilidades".

Al principio, Stanley comprendía que todo lo que vivía pertenecía al mundo de sus recuerdo pero con el paso del tiempo y el cansancio mental acumulado, comenzó a confundir los sueños y las memorias reales con aquella escena que jamás existió en la realidad. Al final su mente es incapaz de distinguir lo que es falso, la realidad o un recuerdo, bloqueando todo recuerdo posterior a la primera petrificación y se aferra a esa ilusión como si fuera la única realidad posible.

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