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Cuando el té se enfrió

Summary:

En su octavo año juntos Hao y Jiwoong se mudan a un apartamento en la otra punta de la ciudad, y de casualidad otro matrimonio se muda a la pieza de al lado el mismo día. Pronto, silencio en las habitaciones y frío en el corazón es con lo que Hao se queda al poco tiempo de empezar a vivir allí.

Con Hanbin, su nuevo vecino, juntos atraviesan la sospecha de que sus respectivos maridos les están escondiendo algo, mientras procuran mantener una distancia entre ellos, lo cual se vuelve cada vez más difícil de hacer.

Notes:

hola! hace unos meses tuve que ver in the mood for love para un trabajo de la facultad y en medio de la película mi mente dijo: ok esto pero bnb...? y salió esto. la trama no cambia mucho de la original, hay escenas que son casi un calco 😭

es el primer fanfic que termino y no hubo beta en el proceso, así que pueden (de seguro van a) haber errores de cualquier tipo, pero aún así espero sea una lectura placentera <3

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Las mudanzas, no importaba en qué momento de la vida ni si no era la primera, siempre serían un dolor de cabeza por todo lo que le seguía: el organizar todo de nuevo y acostumbrarse a otro lugar, el dejar ir algunas cosas y tomar otras nuevas. El sentido de pertenencia que se buscaba constantemente, era un proceso que se reiniciaba desde cero en cada lugar nuevo al que se iba. Para Hao era como una rutina en este punto de su vida, después de ir de un lado a otro tantas veces. Incluso tuvo el valor de ir a Corea hace diez años en busca de un nuevo comienzo, y lo obtuvo. Éste sólo sería otro pequeño comienzo, algo que no sacudiera su vida en gran medida.

Debía serlo. Porque no quería más nada que tranquilidad.

Recibir solo la mudanza no fue tan fácil como pensaba, pero se las pudo arreglar, por suerte los empleados eran varios. No ayudaba mucho la casualidad de que en el apartamento de al lado también se estuviera mudando alguien, por lo que le llevaban cosas que no eran de él ni de su marido, teniendo que estar revisando cada mínima cosa que fueran a entrar. Cuando finalmente terminó y pudo tomarse un minuto para sentarse en el sofá, alguien golpeó la puerta. Pensando que sería alguien de la mudanza, se paró en un salto para abrirle.

Al abrir la puerta del otro lado estaba un tipo que no era del equipo de la mudanza, dada su ropa casual que no tenía en ningún lado el logo de la empresa, pero tenía entre sus manos una pila pequeña de libros que Hao reconoció al instante.

—Hola, ¿son suyos estos libros? —preguntó cortésmente mientras extendió dichos libros hacia Hao— Creo que lo dejaron por error en mi apartamento.

—Sí. Gracias —Hao tomó los libros, sonriendo al recuperar algo que ni siquiera se había percatado de que faltaba. Por un momento se quedó observando los títulos de novelas que Jiwoong disfrutaba leer, y en eso también vió el anillo de casamiento en una de las manos ajenas.

—¿Cómo te llamas? —El hombre preguntó mientras Hao organizaba de forma rápida los libros.

—Hao, ¿tú?

—Hanbin. Un gusto.

—Igualmente. Muchas gracias.

El simple intercambio se dió en un suspiro. Se despidieron con una leve reverencia y Hao cerró la puerta.


Los días siguientes se pasaron en ordenar desde los muebles pesados hasta las pertenencias más pequeñas. Jiwoong iba y venía del trabajo igual que él, a veces los dos igual de cansados como para salir a algún lado. En el pasillo se llegó a encontrar con quien era la otra persona que llevaba el mismo anillo de matrimonio que Hanbin, su esposo. Sólo compartían saludos cuando se veían pero por su fachada siempre sonriente parecía ser simpático. Los últimos días lo había visto hablando con Jiwoong en la entrada del edificio, dejándolo tranquilo que al menos iban en buen camino con lo de crear nuevos vínculos y llevarse bien con los vecinos.

Y Hao se cruzó con algún que otro inquilino, quienes le comunicaron sus buenos deseos en el nuevo edificio. También coincidió con Hanbin en varias partes del mismo. Aunque no volvieron a tener un intercambio más largo desde aquel del primer día, siempre se mostraba muy cordial.


Otra jornada de trabajo finalizada no significaba que terminaba en cuanto llegara al apartamento. Ser docente también era planificar y corregir cosas estando en la comodidad de la casa de uno, aunque en ese momento Hao no tenía ganas hacer ninguna de las dos cosas. Después de presionar el botón del ascensor, esperó con poca paciencia a que llegara y cuando lo hizo, las puertas se abrieron dejando ver que estaba vacío. Si le preguntaban: era un alivio. En primer lugar nunca le gustaron demasiado los ascensores, eran grises y sin vida, además de lo incómodo que podía ser estar con más gente desconocida en un espacio tan reducido. Pero así como no le gustaba, tampoco tenía ganas de subir por las escaleras hasta el noveno piso.

En cuanto entró presionó el botón para que la puerta cerrara rápido, hasta que alguien se acercó con prisa. Más bien, Hanbin venía en su dirección a paso apresurado, casi corriendo. Justo cuando la puerta finalmente estaba comenzando a cerrarse, Hao reaccionó a tiempo y rápidamente puso el brazo para evitar que las puertas se unieran por completo. Presionó el botón de su piso en cuanto Hanbin entró agitado por la repentina corrida.

—Gracias —suspiró Hanbin, intentando recuperar el aliento.

—No es nada.

El ascensor comenzó su recorrido, y en ese breve momento Hanbin comenzó la conversación.

—¿Trabaja en oficina?

La pregunta no le llamó del todo la atención sabiendo la ropa que llevaba puesta; una camisa con un cardigan gris por encima y un pantalón de vestir de un gris un poco más oscuro. Era lo contrario a la remera de manga corta y jean azul claro que vestía Hanbin. La conclusión le causó gracia a Hao y una risa muy leve se le escapó.

—Ah, no. Soy profesor, pero hoy tuve reunión con superiores. No suelo vestirme así para trabajar.

—¿De qué materia, si puedo preguntar? Yo soy docente también, pero de jardín —Fue instantáneo el entusiasmo en su voz al encontrar un campo de interés en común. En el pasamanos que se estaba apoyado, giró apenas el torso hacia Hao.

Por alguna razón era acorde que fuera maestro de jardín. Por las pocas veces que habían interactuado, siendo esta la más duradera, siempre tenía una simpatía y calma en su forma de actuar.

—De música.

El ascensor se detuvo y con un ding las puertas se abrieron, dejando paso al pasillo.

—¿Enserio? A mi también me gusta mucho. Toco el piano como pasatiempo —Hanbin comentó mientras salían. Ambos tenían que ir casi hasta el fondo, aunque no era tanta distancia.

Hao le contó que él tocaba el violín, y eso bastó para que terminaran conversando de música un buen rato parados en medio del pasillo, luego teniendo que recostarse en la pared por estorbar a otros inquilinos que iban y venían. Hablando de cómo cada uno comenzó con su gusto, que en el caso de Hao se volvió su profesión. Hanbin le dijo que tenía un teclado eléctrico invitándolo por si un día quería tocar. Tan fácil de hablar y conectar temas que estuvieron poco más de una hora, no más porque cuando Hanbin revisó la hora en su celular se excusó con que tenía trabajo que hacer. Se despidieron con un simple buenas noches y todo volvió a ser silencio cuando Hao entró a su apartamento. Antes de llegar a quitarse el calzado, un aroma a comida recién hecha lo recibió. Después de dejar el propio, notando que faltaba un par de Jiwoong, se acercó a la cocina y en el fogón descansaba una nota en papel con su inconfundible letra en tinta negra.

Pude pasar un momento por el apartamento y hice esto. Faltó un compañero entonces voy a hacer horas extras en la noche, no me esperes para cenar. Espero esté rico. Mañana vamos a la cafetería de la que me hablaste <3

Con amor, Woongie.


Al día siguiente pudieron salir como tenían pendiente. Jiwoong estuvo distraído la mitad del tiempo, pero Hao entendía que era normal después de haber pasado gran parte de la noche despierto y además, trabajando.

Una semana después de eso Jiwoong se fue a Japón por la temporada de turismo de primavera. Al parecer el jefe necesitaba otro empleado para una vacante en ese país. Por dos semanas o más tiempo incluso. Por eso, Hao quiso intentar pasar más tiempo junto a él, terminando un tanto… decepcionado, a pesar de que no le gustaba admitir que se sentía así sobre su propio esposo. Jiwoong estuvo tomando horas extras en el trabajo y llegaba tarde, directo a dormir. Hao tampoco entendía el por qué. Por suerte ya no estaban en una situación económica donde estuvieran obligados a tomar más trabajo de lo normal, y probablemente ese tiempo en Japón lo cobraría bien. Cuando le preguntó al respecto, le dijo que hacía poco habían renunciado un par de empleados y hasta que no se llenaran esos puestos, el resto del personal los compensaba. Sonaba un poco a explotación por parte de su jefe, pero eso eran sólo conclusiones personales de Hao.

Alguna noche ni siquiera llegaba al apartamento y Hao se despertaba solo, igual que como se había dormido en primer lugar.

Cuando se fue del todo fue peor. Cada vez que volvía al apartamento el silencio y su espacio vacío del calzado en la entrada era una constante. Convivir tantos años lo acostumbró a que siempre había alguien, que siempre estaba él.

Las únicas interacciones que tenía cerca era cruzarse con algún vecino, entre ellos Hanbin de vez en cuando. A veces no sólo en el apartamento, como el día que se encontraron de casualidad en una cafetería a un par de cuadras. Lo cual no era tan raro dado que vivían en la misma zona. Lo que no podía negar y lo avergonzaba, era la necesidad de golpear su puerta cuando sentía ruido proveniente de su apartamento. Las ganas de hablar lo consumían a veces. Y no es que no tuviera compañeros agradables en su trabajo, no. Era sólo que de seguro ninguno iba a estar dispuesto a escuchar a un treintañero casado en una casi crisis emocional por extrañar a su esposo que estaba trabajando en el extranjero.

No, ciertamente nadie querría.


—No he visto a Jiwoong —Hanbin comentó antes de que Hao pudiera ingresar la contraseña de su puerta.

—Está en Japón por trabajo —Hao se volteó apenas para mirarlo. No se fijó bien, pero en un vistazo rápido le pareció familiar el jean que llevaba puesto. De un celeste claro con alguna línea blanca, muy parecido al que Jiwoong tenía puesto la mañana que se fue al aeropuerto—. Tampoco he visto a Matthew —agregó después de dudar por un momento. No quería quedar como chismoso de más, pero ya que Hanbin había sacado el tema…

No era tan difícil darse cuenta. Aunque no sabía los horarios de Matthew, cada tanto se lo encontraba, además de que Jiwoong se lo mencionaba dos por tres cuando se cruzaba con él. Bueno, eso ya no era posible; ya no iban a haber encuentros de casualidad entre ellos dos.

—Se fue hace unos días por la misma razón que tu marido —respondió de forma simple. Se quedó con la mirada perdida en el suelo por un breve instante, para luego decir—. También a Japón. Qué casualidad —El sarcasmo, aunque leve, fue imposible no notarlo. Casi rozando lo burlesco si se atrevía a verlo así.

Hao demoró un par de segundos en asentir a ese comentario que lo tomó completamente desprevenido, no supo si le estaba queriendo decir algo o no tuvo ningún significado oculto en especial. Tampoco quiso averiguarlo en ese momento, prefirió quedarse en su burbuja de inocencia antes de comprender lo que se refería. Estaba muy cansado para poner a trabajar al cerebro en algo que de por sí ya le estaba complicando el dormir. —Buenas noches —se despidió esperando dejar claro que estaba terminando la conversación.

Presionó número por número su código para la puerta, la cerradura se abrió, tomó el pomo y—

—Hao hyung.

Ante el llamado volteó la cabeza, deteniendo todo movimiento. Hanbin se mordió levemente el labio inferior como en duda, y después de viajar con la vista para todos lados, encontró la de Hao antes de finalmente volver a hablar.

—Si un día quieres ir a algún lado o hacer algo… puedes decirme. Aunque sea sólo charlar, probablemente voy a estar.

Era lo segundo que salía de su boca esa noche que lo tomaba por sorpresa, aunque por otra razón. Fue un alivio saber que no era el único dispuesto aunque sea a… sólo charlar. Estaba sacando suposiciones de forma apresurada, pero capaz Hanbin se sentía igual que él. Un tanto solitario. O quizás era él mismo proyectando sus problemas en el otro… Lo más seguro. Hao sonrió, tocado por el gesto de comunicárselo de forma directa.

—Gracias, lo voy a tener en mente. Por hoy disculpa, estoy cansado. Pero otro día será.


Ya casi hacía un mes desde que Jiwoong se había ido. Contactó muy poco a Hao, incluso estando en la misma zona horaria. Al parecer el trabajo estaba siendo el doble allá.

La idea de golpear la puerta de al lado se le había cruzado muchas veces. El decirle a Hanbin de ir a la cafetería que vió a veinte minutos en bus, o simplemente invitarlo a tomar un café allí mismo en su propia cocina. Terminaba repitiéndose que no era necesario, que con el tiempo se le iban a pasar esas cosas, con el tiempo quizás Jiwoong cambiaba la actitud rara con la que venía desde hacía más atrás.

Ese día no fue diferente. Dudó y dudó para al final quedarse haciendo cosas pendientes. Casi no había comido nada en todo el día y el sol ya estaba bajando. Fue el límite que lo hizo dejar el examen que estaba planeando, para tomar las llaves, la billetera y salir a comer algo al primer lugar que le llamara la atención.

Fue un tanto irónico que se hubiera decidido en no hablar con Hanbin y luego cruzarse con él en la entrada del edificio.

—¿Saliendo a estas horas? —fue lo primero que dijo Hanbin, con un toque de broma. Alrededor de las 22 horas y acercándose el verano, todavía se podía decir que era temprano para salir.

—Y tú entrando —replicó su tono y se detuvo al lado de la puerta—. Iba a cenar.

—¿No te gustaba cocinar?

—Un poco —Hao encogió los hombros— Pero es un poco triste cocinar para mí sólo.

«Porque antes solía hacerlo para dos, y ahora…»

Hanbin se quedó contemplativo y su rostro perdió el semblante alegre por un segundo, volviendo a hablar dejando el tono liviano que había usado antes:

—¿Te puedo acompañar? Yo también estaba yendo a cenar de todos modos.

Hao consideró sus opciones: cenar solo como lo venía haciendo – y que ya estaba aburrido de ello – o cambiar esa rutina. En ningún universo le diría que no. No le molestaba y era algo que él mismo estuvo pensando, sólo que no se había atrevido a preguntar. Sería tonto rechazar la oferta servida en bandeja de oro.







La caminata fue tranquila. Aún había bastante movimiento por la calle y la brisa estaba apenas a punto de ponerse lo suficientemente fresca como para precisar un abrigo. Hanbin era alguien fácil para conversar y no dejaba que hubiera mucho silencio entre ellos. Aún así esos silencios fueron muchos más cómodos que lo que Hao se esperaba.

Fueron a un lugar de pasta, cosa que Hao no solía hacer. La cena pasó rápida, finalizando con una taza de té después de terminar la comida. Hao le agregó un poquito de azúcar, revolvió apenas y probó el primer sorbo. Estaba por comentar que el té era agradable pero el comentario quedó olvidado porque Hanbin se le adelantó en hablar.

—Sé que puede ser raro que haya querido acompañarte. En realidad también quise venir porque quería preguntarte algo —se aclaró la garganta levemente, preparándose para lo que fuera a decir—. ¿Dónde conseguiste ese collar? —preguntó señalando vagamente con la mano al cuello de Hao.

—¿Por qué?

No lo encontraba raro, tan sólo tenía curiosidad. Bajó su taza al platillo para escucharlo con total atención.

Las comisuras de Hanbin subieron casi de forma imperceptible. Dudó por un segundo antes de responder:

—Es lindo. Es algo que Matthew usaría y le podría regalar.

Inconscientemente Hao tocó el pendiente que descansaba un poco más abajo de donde nacían las clavículas. La cadena era fina, de aros pequeños conectados entre sí, con un pendiente de hoja de trébol de cuatro hojas; supuestamente para la buena suerte.

—Es un regalo de Jiwoong. Lo consiguió en su último viaje a Japón.

Aún recordaba la noche que se lo dió. Cuando todo aún estaba bien.

Hanbin quitó la mirada del pendiente para ir directo a sus ojos. La casi sonrisa que tenía – si se la podía considerar como tal – había desaparecido dejando una seriedad total tras ella. Una que si Hao era honesto era más parecida a devastación, cosa que lo asustó. Ya no sabía si le gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación.

—Matthew tiene uno igual. Me dijo que un amigo se lo trajo de Japón —Sin prisa Hanbin levantó su taza y tomó un trago, todo sin hacer ni el más mínimo sonido.

Oh.

—Le dije que comprara dos por si lo perdía o se rompía, pero me trajo uno solo —Hao habló antes de siquiera pensar lo que iba a decir. Fue un pensamiento en voz alta que al escucharse a sí mismo, empeoró como se sentía. El dolor en el pecho se acentuaba cuando se acordaba de haber visto a Matthew de lejos con un collar con el mismo pendiente que el que él llevaba, muy parecido en su totalidad. Culpó a la distancia, se convenció que sería un diseño y cadena muy similar, y continuó con su vida. Pero cuando se ignoraban las señales, siempre llegaba el momento donde la verdad se paraba frente a uno.

Ese momento había llegado.

Tomó un trago de té para intentar distraerse, para que el sabor lo alejara por un segundo de la situación.

—Hace unos días —Hao dejó su taza en el platillo lentamente—, tenías puesto un jean igual a uno que tiene mi marido.

—Lo sé. Lo he visto —pausó antes de seguir hablando, de seguir empeorando todo—. Fue un regalo de Matthew.

Se tomó un momento para procesar la conversación y conectar los puntos. No podía decir que después de mudarse a ese apartamento no había notado a Jiwoong ponerse raro, diferente a lo habitual. Las horas extras en el trabajo, las noches que no llegaba, el estar distraído — inusual en él — y por último lo más notorio y doloroso: la distancia. Hao se convenció de que sería algo temporal, no era tan raro que cada tanto hubieran períodos así, pero nunca llegaba tan lejos y lo arreglaban trabajando juntos.

¿Pero cómo podía haber un ‘juntos’ siendo uno solo en vez de dos?

La posibilidad se le cruzó por la mente una vez. Una noche de las tantas que se dormía un poco más tarde por esperarlo, con la esperanza de verlo y abrazarlo antes de terminar el día. El pensamiento de Jiwoong pasándola bien por ahí con alguien más mientras él se hundía en la incertidumbre lo espantó y por lo tanto, nunca lo volvió a dejar aparecer. Fue irónico que cuanto más pasaba el tiempo más lo creía posible. Y al final era real.

—Qué casualidad —Hao comentó sin una pizca de asombro. No es que no lo tuviera, pero en ese momento la decepción nublaba el resto de emociones—. ¿Así son las cosas entonces? —preguntó mirando directo a Hanbin quien compartía el semblante serio. Esa pregunta no iba dirigida hacia él: quien la debía responder estaba a cientos de kilómetros.

Hao recostó un brazo en la mesa y revolvió el té con la cuchara. Ya estaba por la mitad, bastante tibio en temperatura. Decidió terminarlo de una vez por todas y en un par de tragos dejó la taza vacía. Con la ausencia de palabras los choques entre cerámica se volvían más fuertes, sumados al bullicio del lugar de la poca gente que quedaba. El local ya había comenzado a vaciarse.

—Pensé que era el único que lo sabía —fue lo último que dijo Hanbin antes de terminar su té.

Volver a las cuatro paredes del apartamento después de eso sería casi igual a la muerte. Decidieron salir a caminar hasta un parque no muy lejos de allí. En el camino se cruzaron algún árbol de cerezos y en el parque abundaban. Incluso de noche se veían hermosos: las flores estáticas ante la ausencia de un viento que las hiciera bailar. Se detuvieron en un banco cercano a un cerezo, el suelo bañado de rosado y blanco por los pétalos que allí habían caído.

Hanbin sacó un encendedor y un paquete de cigarros, tomando uno del paquete. Le invitó a Hao, quien lo rechazó negando con la cabeza. Se recostó contra la parte de atrás del banco y lo observó prenderlo.

—¿Fumas?

—Sólo a veces —Hanbin respondió después de dar la primera pitada.

—El que fuma sólo a veces no anda con cigarros y un encendedor encima —bromeó sin muchas ganas, no estando realmente de ánimo para hacerlo.

Igualmente hizo que Hanbin lanzara una leve carcajada. Se encogió de hombros, atrapado en su media mentira.

—Por si me dan ganas —Recibiendo un rostro incrédulo, agregó un poco más risueño—. En serio, últimamente quizás es sólo uno por semana.

Sirvió para aliviar el ambiente por un segundo y sacarle una sonrisa casi inexistente a Hao. —No tengo problemas con eso de todos modos —Nunca tuvo el hábito, pero en sus 34 años ya había probado unos cuantos cigarros.

Volvieron al silencio de antes. El tema del cigarro se esfumó para entrar de nuevo en un estado de mente en blanco, o todo lo contrario. Hao estaba devastado, y Hanbin de igual forma se quedaba mirando a un punto fijo, reteniendo el humo en los pulmones más tiempo de lo que era usual.

—¿Cómo habrá empezado?

Hanbin lo ojeó y miró al frente de nuevo. La poca gente que había poco a poco comenzó a irse, dejando un panorama más desolado.

—No sé. Quizás así, en lugares que nadie los veía. Tarde en la noche.

—Enfrente de nuestras narices —Hao agregó bajo pero firme, con el enojo sobrepasando el dolor.

—¿No te da curiosidad saber cómo empezó?

No quería saber nada que tuviera que ver con qué y cómo pasó entre ellos dos.

—No vamos a ser como ellos.


Sobraba decir que los días después de esa noche fueron complicados. Eran dos cosas muy diferentes sospechar con mucha duda a cuando esas sospechas eran verdaderas. Mucho peor si la sospecha era estar siendo engañado. Después de la sorpresa inicial ya no podía decirse a sí mismo que nada estaba pasando, porque nada estaba bien.

Él no estaba bien. Quien era el primero al que corría si algo salía mal, pasó a ser la fuente de malestar, y pensar en eso le revolvía el estómago. Era como si toda la confianza que le entregó ya no tuviera significado, todo el tiempo y esfuerzo desechado.

¿Por qué? ¿Se había equivocado en algo? ¿En qué? Las preguntas no lo dejaban dormir, dándole vueltas en la cabeza hasta que le bajaban al pecho y lo ahogaban. Analizaba todas las últimas veces que estuvieron juntos, intentando averigüar si había hecho mal, si hubieron señales sutiles que no captó. Si quizás todo se estaba cayendo a pedazos desde mucho antes y sólo él no lo sabía. Al mismo tiempo no quería saber nada más respecto a eso, porque por más que supiera el motivo, ya nada lo haría volver con Jiwoong.

Le tomó un par de días para tener el valor de quitarse el anillo de compromiso y guardarlo en el fondo del cajón de la mesa de luz. Sus compañeros de trabajo y hasta algunos alumnos muy observadores notaron que ahora ya no lo llevaba. Era como si al verlo con su rostro cansado, con pasos pesados por los pasillos y la ausencia material de lo que demostraba matrimonio, ya asumían lo que había sucedido sin acercarse a preguntar.

Tampoco volvió a cruzarse con Hanbin, lo que lo preocupaba un poco imaginándose que estaría en una situación similar. Terminaron cenando juntos una noche que Hao golpeó su puerta cuando la preocupación lo superó. Al menos estando juntos se entendían a la perfección, y a la vez no sabía si esa misma razón los terminaría hundiendo. Si ambos estando en ese estado de dolor, solo sería un ida y vuelta de negativismo entre ellos que al final en vez de ayudar, lo empeoraría. De todos modos por ahora, le hacía más bien de lo que pensaba.


Poco después Hanbin volvió a desaparecer hasta que esta vez supo la razón. Su amigo, un tal Gyuvin, lo encontró cuando iba a entrar al apartamento y le hizo un pedido muy específico. Fue el motivo por el que Hao estaba frente a la puerta de Hanbin con un bol de congee de pollo y jengibre en mano recién hecho. Ya le había avisado que estaba fuera, por lo que su sorpresa fue grande cuando en respuesta su celular le vibró en el bolsillo con un mensaje suyo:

7106.

Sin preguntar presionó tentativo número por número y al llegar al último la cerradura de la puerta sonó indicando que se había abierto. A pesar de haber recibido el código por el mismo Hanbin, se sintió como entrar sin permiso. Con cuidado dejó el calzado en la entrada y puso el bol en el fogón de la cocina, observando que no había nadie. Ni siquiera un ruido tampoco. Por conocer de antemano la organización de las piezas — dado que estaban en un apartamento — fue directo hasta el cuarto, deteniéndose en la puerta entrecerrada. Si no había ido a recibirlo, era probable que algo hubiera pasado. El pensamiento lo preocupó pero intentó no alimentarlo demasiado.

Golpeó dos veces en la puerta y preguntó:

—¿Hanbin? ¿Estás bien?

Pasó un instante antes de que Hanbin respondiera con voz de dormido.

—Ya voy.

—Voy a estar en la cocina —Hao avisó para volver a donde había dejado el bol y recostarse con la cadera en el fogón.

Estaban todas las luces prendidas, incluso la del cuarto si recordaba bien. La parte de la cocina — fogón, cocina y heladera — estaba todo sobre la misma pared y en el resto de la pieza estaba hacia la esquina más cercana a la puerta, la mesa con solo dos sillas y un cenicero encima casi lleno de colillas de cigarro. Más al centro, había una televisión con un sofá enfrente, y justo antes de la salida al balcón había un teclado tapado delicadamente con una tela celeste. No quiso hurgar demasiado con la mirada, pero hubo algo que lo hizo detenerse a observar en detalle. Una foto enmarcada en la pared entre la televisión y el sofá; Hanbin y Matthew ambos sosteniendo un papel entre ellos. De lejos no podía discernir qué era, pero por los trajes finos que ambos llevaban puestos y las sonrisas igual de brillantes, sería el papel de casamiento. La foto emanaba esa ilusión y felicidad de todo recién casado. Hanbin sonreía tan grande que parecía que se le iban a romper los cachetes, rebosante de una alegría que Hao no pudo ver en él la última vez que habían hablado.

Se le apretó el pecho de seguir mirando la foto. La del día de su casamiento con Jiwoong que tenía puesta sobre la cajonera en su cuarto, la había dejado mirando hacia abajo desde hacía un tiempo. Al menos Hanbin tenía el valor de dejarla allí, de enfrentarse todos los días con ese recuerdo.

En el silencio del apartamento se escuchó con claridad los pasos, la canilla del baño y luego el cierre de una puerta. No mucho después Hanbin apareció con el pelo un poco despeinado y rostro de recién despierto. Tenía los cachetes como una brasa, aunque eso no le llamaba la atención, dada la fiebre. Se acercó al bol como si el aroma tuviera magia, y se detuvo enfrente a Hao con una sonrisa vergonzosa.

—Gracias, no hacía falta…

—Tu amigo me dijo que eras capaz de dejarte morir aquí dentro —Hao se tentó de risa al recordar la seriedad con la que Gyuvin se lo advirtió, y Hanbin lanzó una leve carcajada en sorpresa—. Aunque yo no crea que te fueras a morir de una fiebre, no me costaba nada tampoco —agregó manteniendo una pizca de humor.

Porque aunque Hanbin fuera un adulto que se podía cuidar solo y la fiebre no fuera algo tan letal, Hao no veía como mucho problema tomarse el tiempo de cocinarle algo. Tenía el tiempo para ello después de todo, y porque dada la situación quería hacerlo. Un gesto de generosidad nunca estaba de más.

—Gyuvin se preocupa demasiado —dijo Hanbin con sinceridad y agradecimiento claro en la voz. Bajó la mirada al bol a medida que la sonrisa desaparecía de su cara. Se quedó así, perdido en quién iba a saber qué pensamientos. De seguro era por haberse despertado hacía poco, aunque lo dudaba hasta cierto punto. No era el tipo de persona de quedarse muy inmerso en su propia mente, o al menos todavía no conocía esa parte de él.

Hao aprovechó el silencio para preguntar.

—¿Por qué me enviaste el código?

—¡Ah, cierto! —exclamó como si esas palabras lo sacaran del trance en el que estaba y volvió a darle alguna mirada ocasional a Hao— Me acosté antes de que vinieras y no pensé que me iría a dormir. Me desperté cuando me volviste a escribir pero no estaba bien despierto y sin pensarlo mucho te lo envié.

El punto en el que la fiebre más intensa se ponía era cuando bajaba el sol y la noche se asentaba. No le sorprendía que se haya dormido, pero sí que le haya enviado el código de la puerta. A pesar de que consideraba a Hanbin como un buen amigo, incluso aún más después de la inoportuna situación que los unía además de ser vecinos, también era consciente que era una entrega de confianza muy grande. Dejarle en su chat de forma permanente el código de la puerta, era darle pase libre para entrar a su propia vivienda con la esperanza de que nada malo pasara. A ver, Hao no iba a robar algo, pero recibir tal confianza se sentía muy pesado en sus hombros. Y quizás Hanbin no era tan loco por confiarle el código, porque Hao no haría nada para hacerlo arrepentir de esa decisión.

—¿No es mucho? —Hao preguntó con duda. No terminaba de entender si el haberlo hecho medio dormido era razón suficiente.

Hanbin negó con la cabeza al instante.

—No te preocupes —Su foco volvió al bol olvidado sobre el fogón, y luego de otro momento de contemplación, comentó con menos seguridad—. Asumiendo que hiciste más que esto, ¿por qué no te traes un bol también y comes aquí?


—No parece que te salió mucho sólo por accidente.

Hanbin sólo rió como niño descubierto haciendo una travesura y continuó sirviendo la comida. Le había escrito a Hao invitándolo a cenar porque supuestamente le había salido mucho sin querer, pero estando enfrente a la olla, le era obvio que era demasiado exceso para un simple desliz de la mano.

Ya habían pasado un par de semanas desde que se le había pasado la fiebre, pero el hábito de cenar en su apartamento se asentó y continuó de forma frecuente el juntarse los fines de semana. No hubo planeamiento muy detallado por detrás, fue como que cayeron en eso por sí solos. A veces era sólo sentarse a tomar un café en la tarde, a veces era compartir la cena. Hao se acostumbró muy rápido a esa especie de rutina, a tener a un amigo para acompañarse mutuamente.

Porque Jiwoong seguía actuando como si nada, y él logró hacerlo hasta los últimos par de días. Incluso si sus mensajes eran más breves y menos seguidos, Jiwoong no lo cuestionó. Y por lo que Hanbin le contaba, la situación con Matthew era similar. A veces las conversaciones se tornaban sobre ellos sin poder evitarlo, y lo que comenzaba en una juntada alegre terminaba en una montaña de cenizas creciendo en el cenicero y dos pares de ojos hinchados por llorar.

A veces después de comer tocaban el piano, era algo que ambos disfrutaban y los sanaba por igual. Esa noche después de cenar entre risas y una conversación que fluyó sin problema, se sentaron lado a lado a tocar juntos. Hao se encargaba de la melodía y a su izquierda, Hanbin de los acordes. Hacía mucho que no tocaba con otra persona, mucho menos los dos apretados intentando entrar en el banco de forma cómoda.

También hacía mucho que se olvidaba del mundo externo, de las responsabilidades y de la carga que lo venía asfixiando de forma constante. Las últimas juntadas con Hanbin le daban mucha tranquilidad, junto con una más leve inquietud, si tenía sentido. Si se acostumbraba demasiado — podía decir que ya lo había hecho — luego iba a extrañar mucho más esa dinámica, cuando todo volviera a la normalidad, si lo hacía. Intentaba imaginarse cómo sería su vida una vez que Jiwoong terminara su temporada en Japón, y… no era capaz de ver nada, como si una niebla cubriera ese futuro. Pero dentro de ella sólo una cosa era segura: Hanbin estaba allí. O al menos quería que estuviera.

Después de terminar la tercera canción Hao no retrajo la mano al instante, dejándola recorrer el teclado de forma libre y pacífica sin tocar nada en particular. Sólo rozaba las teclas por encima, con la mente aún pensando en la canción que ya había terminado, en el silencio que le siguió que de repente se volvió abrumador. Fue cuando con su mano izquierda Hanbin recorrió el teclado de forma similar, pasando por encima de las teclas sin llegar a tocarlas del todo a un ritmo lento. Hao detuvo su mano, quedándose mirando fijo la contraria. Con la misma lentitud Hanbin continuó hacia Hao, acercándose cada vez más y más… hasta que hubo un contacto. Tan sutil y poco sentido: un roce del pulgar de Hanbin que no llegó a sentirse por completo porque Hao retiró la mano propia con la misma delicadeza.

Ambos se quedaron inmóviles como si nada hubiera pasado, porque reconocer ese gesto era más difícil que simplemente ignorarlo. Hao estaba muy agradecido con Hanbin, pero no quería nada más que lo que habían estado haciendo hasta ese momento. Incluso si las cenas eran cada vez más seguidas, si había notado las miradas silenciosas que Hanbin le dedicaba cuando pensaba que no se daba cuenta, y si tenía que reprimir la sensación cálida que eso le empezaba a generar.

Cada segundo que pasaba la incomodidad crecía pero ninguno de los dos hizo nada por un breve momento que se alargó en el tiempo y fue eterno. El ruido de la ciudad retumbaba a lo lejos, un contraste fuerte a como ellos se habían quedado detenidos en ese roce fallido.

—Se está haciendo tarde —Hao no tenía idea de qué hora era en realidad, sólo necesitaba una excusa para irse.

Se levantó y Hanbin lo acompañó hasta la puerta.

—Que descanses —le dijo con una leve sonrisa, incómoda casi como si fuera forzada.

Hao intentó devolverle la sonrisa, aunque no está seguro de que le haya salido bien.

—También tú.


Hao revolvió desinteresado los fideos en su plato, fingiendo interés en la comida. Jugueteó un par de veces más hasta que dejó el plato y los palillos en la mesa, resonando fuerte en la madera. Hanbin, que estaba comiendo a su lado, lo miró un poco sorprendido pero se reservó cualquier comentario.

—Dime —Hao lo miró severo—, ¿Tienes un amante?

Hanbin arrugó el ceño, confundido.

—¿Por qué? ¿De dónde sacaste eso? —lanzó palabra tras palabra en un apuro y se metió un bocado de fideos a la boca, evitando la mirada de Hao.

—No importa. Sólo dime la verdad.

Observó a Hanbin masticar mirando a la mesa, a su plato, a lados que no eran los ojos que tendría que mirar en ese momento.

—Tengo.

Apenas llegó esa respuesta Hao le pegó una cachetada. Fue con menos fuerza de lo que había planeado, haciendo muy poco ruido. Hanbin se quedó perplejo, pero pronto se apuró a terminar el bocado que le quedaba en la boca para hablar claro.

—Tiene que ser más fuerte si lo admite así de fácil. Vamos de nuevo.

Hao volvió a recostarse hacia atrás en la silla y tomó el plato entre sus manos. ¿Realmente servía de algo hacer esto? Actuar para estar preparado, para darse una idea… ¿era comparable con la realidad? Mucho de lo que hacían era como actuar algo que no eran. Al inicio no funcionaba así, pero poco a poco sin quererlo o no, se fue convirtiendo en algo más serio. Ya era difícil señalar lo que era actuado y lo que no, como aquel roce de manos sobre el piano. Hao estaba agradecido que Hanbin no lo mencionara, no sabía qué tipo de respuesta sería capaz de dar.

Retomó el jugueteo con la comida como un niño cuando le dan algo que no le gusta. Ojeó a Hanbin un par de veces, quien siguió comiendo como si nada. En un intento de volver a meterse en esa escena que estaban intentando hacer, ésta vez demoró un poco más en dejar el plato en la mesa.

—Dime —Hao lo miró, esforzándose en imaginarse que a quien tenía al lado era Jiwoong. Pero al final del día era sólo su imaginación, sin agregar que hacía mucho que no compartían una comida como esta. Que no compartían algo en sí—. ¿Tienes un amante?

Hanbin frunció el ceño y respondió al instante de la misma manera que había hecho antes.

—¿Quién te dijo eso?

—No importa. Sólo dime la verdad.

Hao se inclinó un poco más hacia delante, buscando la cercanía que Hanbin no le permitía. Él siguió concentrado en comer mirando a la mesa sin decir nada, sin darle la seguridad que necesitaba en ese momento. Un malestar inquietante se instaló en su pecho, no supo si fue porque en ese segundo intento logró estar más inmerso en lo que fuera que estuvieran haciendo, o porque de repente se sintió muy real. Más de lo que debería. La imagen mental de Jiwoong admitiendo en su cara que lo estaba engañando lo agobió.

—Tengo.

Lo pronunció muy calmo en comparación a lo que causó en Hao. Se quedó mirándolo procesando esa palabra, esa forma tan fácil de reconocerlo. Hanbin continuó comiendo con la vista hacia abajo, quizás preparándose para otra cachetada, una que debía ser más fuerte que la anterior. En cambio Hao volvió a tomar entre sus manos el plato y retomó el mover los fideos de un lado a otro, con menos ánimos que más temprano. Porque ahora estaba siendo genuino con sus gestos.

Hanbin finalmente volteó en su dirección. Lo observó cauteloso antes de preguntar con una pizca de preocupación en la voz.

—¿Qué pasó?

Ni él sabía qué le estaba pasando. Se suponía que la confesión lo tenía que hacer hervir de enojo, y en cambio fue algo más tranquilo lo que tomó lugar. Una tristeza dolorosa presionaba en su pecho y se hacía sentir en cada respiración que daba. Se mordió el labio inferior en cuanto comenzó temblar de forma gradual y dejó el plato sobre la mesa.

—No pensé… —la voz se le quebró en la última palabra y su visión se volvió borrosa. Automáticamente levantó la mirada directo al techo para evitar que alguna lágrima saliera. Tomó un suspiro profundo intentando calmarse, encontrando difícil el hablar con un nudo en la garganta que ni siquiera supo en qué momento exacto había aparecido—. No pensé que dolería tanto.

Una lágrima cayó y la limpió antes de que pudiera recorrer demasiado su rostro, pero no pudo reprimir al resto cuando Hanbin se levantó de su asiento y lo acogió en un abrazo. Sería un poco incómodo para él, doblado para poder poder abrazarlo de forma debida, pero fue un detalle que pasó a segundo plano cuando se aferró a lo que pudo de Hanbin.

—Tranquilo. Fue sólo actuación, no fue real.

Dentro del lío que Hao tenía en la cabeza, pudo percibir el sutil quiebre en su voz.


El restaurante de pasta donde comieron juntos por primera vez se había vuelto el lugar de preferencia de ambos, hasta una tarde que Hao propuso hot pot. Después de mucho fue a su local favorito, un negocio familiar en el barrio que vivía antes. Por suerte la dueña no le hizo ni una pregunta de por qué quien lo acompañaba no era el mismo de siempre, lo prefería así.

A mitad de la comida Hao recordó la pregunta que tenía pendiente desde hacía horas.

—¿Por qué me llamaste hoy? Estaba en el trabajo.

Hanbin detuvo por un momento su intento de agarrar unos hongos en la sopa y sonrió muy levemente al ser recordado de eso. Logró encontrar lo que estaba buscando y mientras se lo llevaba a su plato respondió:

—No tenía nada para hacer. Quería escuchar tu voz.

Hao casi se atora con el trago de cerveza que estaba tomando, recuperando la compostura antes de que Hanbin pudiera notar lo más mínimo. Tragó rápidamente y se tomó una pausa para considerar sus siguientes palabras.

—Tienes un encanto con las palabras. Como él.

Hanbin se limitó a apenas reír y llenarse la boca de comida sin decir nada más al respecto.


—¿Por qué estamos haciendo esto?

—Porque estamos en la misma situación —Hanbin respondió sin duda.

Eso era lo obvio, lo que cualquiera era capaz de ver desde el exterior. Pero Hao tenía un conflicto interno desde que comenzaron a encontrarse para pasar el rato. Lo que comenzó como buscar consuelo en el otro, terminó en… algo que no quería darle nombre. No se atrevía a hacerlo.

—No es la única razón —dijo después de un momento, manteniendo su mirada al frente. En la terraza del edificio el cielo se veía aún más grande, muy brillante y alegre para el peso en el pecho de Hao que crecía día a día.

Estando hombro a hombro, Hanbin volteó a mirarlo. Hao resistió el impulso de hacer lo mismo.

—No pensaba que me iba a enamorar de ti —confesó en un hilo, como si fuera algo que no debía decir en primer lugar, con miedo de que el viento lo llevara lejos a aquellos que no lo debían escuchar. Sin embargo, rió amargamente antes de preguntar—. ¿Querías escucharme decirlo?

Ésta vez Hao le devolvió la mirada. Hanbin era el tipo de persona que pretendía que todo estaba bien incluso si por dentro se desmoronaba. En ese instante dejó ver todo ese torbellino interior en su rostro apagado, porque siempre, por más que se intentara esconder, todo terminaba siendo visible.

—Creo que ya lo sabía —dijo Hao sin muchos ánimos.

—¿Y tú?

Hanbin tanteó una mano de Hao muy poco a poco hasta tomarla por completo. Estaba cálida en comparación con los dedos casi siempre helados de él, especialmente con el clima fresco fuera de lugar de los últimos días. Más raro fue que no tuvo el impulso de quitar su mano de ese tacto, quizás era más acorde decir que lo reconfortaba. Que la misma calidez física le recorrió por el brazo hasta llegar a su pecho, donde su corazón latió un poco más ruidoso internamente. No tenía el valor para responder en voz alta. No podía admitir sus sentimientos con la misma facilidad de Hanbin. No fue algo que pidió sentir, pero que de igual forma llegado a ese punto quería comunicárselo.

Sin pensar demasiado tomó la mano libre de Hanbin y la posicionó con la palma directo a su pecho, del lado izquierdo, haciendo presión para que él también pudiera saber lo que le estaba pasando por dentro. Al instante Hanbin acarició con el pulgar el dorso de su otra mano, intensificando el agarre. Y así como su expresión se suavizó en alivio, también lo hizo en dolor. Lentamente quitó su mano del pecho en un desliz tortuoso y desganado.

—Pero tú no vas a dejar a tu marido —Hanbin comentó mientras soltaba el agarre en su otra mano y Hao extrañó la calidez en cuanto faltó—. Y yo tengo algo retorcido dentro de mí que odia la idea de que él vuelva —agregó con la misma risa sin gracia de antes y retomó el mirar hacia adelante, apoyando de nuevo la espalda contra la pared. Era obvio que para quitarle peso a sus palabras, a todo eso que los rodeaba a ambos, prefería tomarlo con humor. Cuando en realidad a ninguno de los dos les causaba alguna gracia lo que venían viviendo.

Hao se guardó las manos en los bolsillos de la campera, para juguetear tranquilo con la tela, para evitar el impulso de tomar la mano de Hanbin. Porque si él no daba el primer paso, Hao no lo haría; no sería quien le daría comienzo a algo mucho más grande que ellos. No era una responsabilidad con la que quisiera cargar, ni tampoco estaba seguro de ser capaz. La noche recién comenzaba pero poco a poco la brisa fue disminuyendo, preparándose para más tarde empujar hacia ellos unas nubes tormentosas a lo lejos.

¿Qué había después de eso, de sincerarse con el otro?

No vamos a ser como ellos; fueron palabras que se las llevó el viento.


A pesar de que, por decirlo de alguna manera, esa noche en la terraza fue terrorífica para Hao, su dinámica con Hanbin no cambió en nada. Ambos eran adultos que sabían lo que estaba bien y lo que no, y ambos decidieron continuar de forma temporal con lo que fuera que tuvieran entre ellos. Porque ciertamente ya no se podía llamar amistad y tampoco había algún otro término que fuera muy apropiado.

Era confuso, siempre lo fue. A veces se imaginaba si las cosas hubieran sido diferentes, si hubieran sido vecinos en otro contexto que no fuera el de tu marido y el mío se ven a nuestras espaldas. Quizás no buscarían consuelo y refugio en el otro, y a base de ese consuelo no se habrían encariñado de la forma incorrecta. Porque al final del día conectaron por lo peculiar que era su situación, aunque… una parte de él también creía que fue simplemente por que fue Hanbin. Si hubiera sido otra persona en la que él se hubiera recostado, tal vez el resultado hubiera sido diferente, definitivamente no ese. Y en el fondo eso era lo que más lo mortificaba.

La culpa la tuvo presente desde el día en que un amor que ya no era muy amistoso floreció en él. No quería por nada del mundo tentarse y entregarse a esa flor que lucía tan agradable. Había momentos, sin embargo, donde se permitía hacerlo. Uno de ellos por ejemplo, era estar acostado con Hanbin recostado en su pecho, en su sofá. En su apartamento. Un lugar del que Hao no era parte, llenando el lugar vacío de quien originalmente debía estar allí.

Estaban así desde hacía rato, compartiendo el silencio. No le gustaba admitir lo cómodo que se encontraba: no quería admitir que esos momentos significaban para él mucho más de lo que le gustaría.

—¿Qué estarán haciendo? —Hao preguntó bajito en voz alta a pesar de ser algo más dirigido a sí mismo. Era inútil, ninguno de los dos tenía la respuesta y tampoco le gustaría realmente escucharla.

El techo blanco era iluminado por una luz amarilla tenue, dándole cierta calidez. Afuera el cielo ya se había oscurecido hacía rato. Sin detener las caricias lentas con el pulgar en el costado de Hao a través del buzo, Hanbin habló con el mismo volumen que él.

—No creo que pensando en nosotros —Se acomodó un poco en su lugar y agregó—. No me quiero preocupar demasiado por algo que no tuve nada que ver.

—Tú llevas menos tiempo con él, por eso es más fácil —La diferencia entre sus matrimonios era que Hanbin tenía tres años de casados, mientras que para Hao eran seis. Siempre creyó que Hanbin era más libre de dar el primer paso o se veía menos afectado por esa razón, aunque también tenía presente que el tiempo no era sinónimo de intensidad en el sentir.

—Llevaba —corrigió al instante con el mismo tono calmo con el que venían hablando, pero con una notoria tensión en su voz.

Hao intentó bajar la mirada no pudiendo ver más allá de su cabellera negra. ¿Se habían separado y no le había dicho nada? No se atrevió a preguntarle, al final del día no le debía nada y no quería hurgar demasiado en algo sensible, ya tendría suficiente. Ninguno de los dos se movió por un buen rato, manteniéndose resguardados en la comodidad del otro.

Un par de minutos pasaron y Hanbin se levantó con desgano.

—Voy a fumar.

Hao se quedó un poco más acostado y para cuando se sentó en el sofá, Hanbin ya estaba en el balcón. Había dejado la puerta abierta y desde fuera entraba una brisa veraniega. En la oscuridad su cara se iluminó por un segundo cuando prendió el encendedor cubierto por una mano de armadura contra el viento. Lo tiró a la silla y apoyó los codos contra la baranda, inclinándose hacia el frente. Después de la segunda pitada volvió a pararse derecho.

El cuerpo de Hao se movió solo al dirigirse al balcón y abrazarlo por detrás, rodeando la cintura con los brazos y apoyando la cabeza en su hombro izquierdo. Hanbin pareció no inmutarse ni de su llegada ni del abrazo, pero en cuando Hao rodeó su cintura, puso una mano sobre el agarre para retomar las caricias con el pulgar en el antebrazo. Con el tiempo que venían compartiendo era un hábito que no le llevó mucho notar, pues lo pasaba haciendo cada que se daba la oportunidad.

La altura a la que estaban les permitía observar cómodamente la capital. Hacía tiempo que no se detenía a mirar la vista nocturna de la ciudad, y en ese momento le trajo paz a todo el lío en su cabeza. A pesar de que Hao no era alguien de fumar, tuvo el impulso de hacerlo.

—Yo también quiero —murmuró suave.

Sin decir nada Hanbin posicionó el cigarro entre sus labios para que pitara. El sabor amargo que le dejaba en la boca podía ser un ancla a tierra, o una forma dañina de buscar confort, una distracción. Así de fácil como el humo se desvanecía en la noche al exhalarlo, deseaba que desaparecieran todos sus problemas. Si Sung Hanbin era uno de ellos, quizás— definitivamente retiraba lo dicho.


Matthew volvió por casi una semana. Los encuentros entre Hao y Hanbin fueron contados con los dedos de una sola mano, quizás sus únicas interacciones fueron como cuando recién se conocieron: saludos al cruzarse de casualidad en algún punto del edificio. Por primera vez, Hao lo sintió; el extrañarlo. Extrañar a alguien de esa forma que no fuera Jiwoong. Y estaba mal, tan mal… que quería arrancarse el corazón aunque fuera por un momento si eso significaba que dejaría de sentirse así. O que alguien apareciera mágicamente y le borrara de sus recuerdos todo sobre él, para borrar también los sentimientos que sin darse cuenta crecieron sin parar.

Aún así había cosas que no llamaban demasiado la atención, como conversar en la terraza. No era como si los fueran a descubrir con sólo un vistazo, pero ambos estaban lo suficientemente paranoicos como para evitar que los vieran juntos, aunque fuera sólo hablando. De forma inevitable como había sido el último par de días, la conversación se desviaba a los ajenos a ella.

—Matthew me dijo que estoy fumando mucho —comentó Hanbin recostado contra el muro que delineaba el borde del edificio. Y como para cumplir su punto, pitó el cigarro que ya no le quedaba mucho para terminarse—. No se da cuenta que es por él.

Sentado con el muro como soporte para su espalda, Hao levantó un poco la mirada para observar el cielo ya oscureciendo por el atardecer tardío. Estaba bastante despejado, pero unas cuantas nubes ya se estaban comenzando a reunir, probablemente una asamblea para planificar lluvia. No dijo nada, no sabía qué palabras serían apropiadas.

—También me dijo que se va de vuelta el lunes que viene —Apagó el cigarro presionando la punta contra el muro y sin ánimos lo tiró al suelo. Se pasó las manos por la cara en frustración, soltando un suspiro profundo. Cuando volvió a apoyarse en el muro, se puso a mirar detenidamente su anillo en el anular derecho, dándolo vuelta en el dedo.

Hao no recordaba si antes lo llevaba puesto o si en algún momento se lo quitó. El propio aún descansaba en la oscuridad de su mesa luz sin saber si lo haría volver a ver la luz pronto. En esos momentos— no, desde hacía mucho tiempo parecían no tener significado. ¿Pero quién era él para juzgar? Sus maridos estaban juntos — fingiendo que no era así — mientras ellos terminaron haciendo lo mismo. Siendo infieles. Le gustara o no. Porque siempre fue algo en lo que tuvo poder de decisión, y nunca marcó una distancia entre él y Hanbin.

Tantos años juntos se fueron a la nada en menos de seis meses. ¿Era así de fácil que un matrimonio se desmoronara? Tan lento, que no se dió cuenta hasta que ya todo había sucedido. Al inicio Hao tenía la energía para preguntarse si para Jiwoong si había sido tan fácil engañarlo. Hubiera preferido que le hubiera dicho en la cara ‘separémonos’ antes que escapar en secreto con el vecino como unos adolescentes. Ya todo había terminado incluso si no estaba explícito.

—De Jiwoong no tengo noticias —Hao dijo al aire, cayendo de nuevo al silencio.

Uno para nada incómodo, pues ambos sabían que ante falta de palabras acordes era mejor no decir nada. Hanbin habló después de un rato, comenzando un tanto inseguro.

—Quiero… Quiero estar preparado —Volteó a Hao, intercalando la mirada constantemente entre ambos de sus ojos—. Para cuando él vuelva.


En pleno inicio de junio con las temperaturas que subían sin parar, hubo un frente frío que las obligó a bajar. A la noche en la altura de la terraza la brisa obligaba a ponerse un abrigo, y Hao quería correr a su apartamento a pesar de saber que se iba a encontrar con otro tipo de frío, uno vacío y aún más doloroso. Apoyado contra la pared al lado de la puerta de las escaleras, tomó una respiración profunda.

Hanbin salió de la puerta de las escaleras y caminó un par de pasos sin dirección. Para un lado, para el otro. Como si no supiera a dónde ir o qué hacer, hasta que se detuvo enfrente a Hao, manteniendo una distancia media, quien sólo le dedicó un par de vistazos a su rostro. Hanbin lo observó un instante.

—¿Volvió tu esposo?

Un ‘sí’ diminuto salió de la boca de Hao.

—Ya veo —Se acercó con un par de pasos. Se observaron el uno al otro de forma desordenada, Hao evitando el contacto visual y mirando a mil lugares a la vez—. El momento ha llegado, entonces. Vigílalo bien.

Hanbin tomó su mano como lo hizo cuando se confesó. Con cuidado y calidez. Hao se obligó a despegar la vista de sus manos unidas para mirar a Hanbin, para grabar su rostro. Estaba sonriendo. El tipo de sonrisa débil, pero con claras intenciones de alivianar el momento. Frágil y volátil, como ellos.

—Cuídate —pronunció suave. Le dió un leve apretón con la mano antes de soltarlo. Y de nuevo fue como estar perdiendo algo que se le escapaba de las manos, pero esta vez no creía tener el derecho de salir corriendo tras él. Hanbin lo miró una última vez y pasó a su lado para comenzar a bajar las escaleras. En cierto punto el ruido de pasos se detuvo en seco y nada más se volvió a escuchar.

Hao quedó congelado en el lugar. Se rodeó a sí mismo con los brazos en movimientos muy lentos, pero aferrándose en cada roce. El piso bajo sus pies se volvió borroso y se apoyó en un hombro contra la pared para más estabilidad, dándole la espalda a la entrada a las escaleras. Estabilidad que había dejado su sistema desde hacía un tiempo, su ausencia empeorando cada vez más. Y por más resistencia que puso contra las lágrimas salieron igual, porque algo que no se podía detener eran las emociones. Ya llevaba mucho intentándolo sin ningún éxito.

El nudo en la garganta y la presión en su pecho lo ahogaban en igual medida, causando que un sollozo se le escapara. Se tapó la boca cuando otro sollozo más sentido que el anterior salió e intentó concentrarse en respirar de forma regular. Se consideraba alguien bueno llorando en silencio, escondiéndose cuando no quería ser percibido, pero ese fue uno de los momentos donde no lo lograba. Tampoco ya no tenía sentido continuar luchando por aparentar que nada le estaba pasando, que en los últimos meses eran pocos los días donde podía decir que estaba bien por completo.

Una infidelidad ajena por la espalda y un enamoramiento nuevo por delante. Hao estaba en el centro en una base inestable que amenazaba con derrumbarse en cualquier momento.

Se asustó en un primer instante cuando desde atrás una mano se posicionó en su hombro y se alivió en igual medida cuando el dueño de esa mano habló:

—Hyung —Hanbin pronunció en un hilo de voz y la preocupación grabada en el rostro.

No le llevó ni un segundo lanzarse él, ni a Hanbin abrirle sus brazos para recibirlo en un fuerte abrazo. Ese fue su punto de quiebre. Podía abrazar a alguien más en vez de a sí mismo, y alguien lo podría abrazar en vez de tener que hacerlo él solo, en vez de no tener nadie que lo hiciera. Sin importarle si lo manchaba con lágrimas o flemas, dejó salir todo lo que tenía guardado en su interior aunque no tuviera forma en palabras.

Hanbin le acariciaba la espalda, acompañado de algún que otro masaje en la cabeza en intentos de calmarlo

—¿Quieres bajar? —preguntó tentativo, débil en su oído.

Hao asintió frenéticamente en su hombro.


Era otra de las tardes que compartían en la terraza. Sentados lado a lado en el suelo, espaldas apoyadas contra el muro de la orilla del edificio, se resguardaban del sol ardiente del verano. Los cerezos ya se habían ido hacía mucho tiempo y en su lugar la ciudad brillaba de verde con toda la naturaleza rejuvenecida, llena de vida, un contraste total a lo que fueron los últimos meses para Hao. Últimamente con Hanbin ya no salían tanto a la calle, si no que se juntaban en su apartamento o en la terraza.

Acababan de terminar de hablar de cómo había sido el día de cada uno, por lo que Hao quedó en blanco por un momento cuando de la nada Hanbin le dijo:

—Voy a pedir traslado a Busan.

Hao volteó a mirarlo. Hanbin se mantuvo con la mirada hacia el frente y eso dolió más de lo que debería.

—¿Por qué?

—En algún momento… van a volver. Y no va a ser lo mismo. Preciso un cambio de aire. Además…

No era algo que Hao no hubiera pensado el cómo sería cuando ellos volvieran. Por su parte el divorcio sería instantáneo al igual que mudarse a un lugar para él solo. Cada día que pasaba era una cuenta regresiva para lo inevitable, pesando más y más en su mente todo lo que iba a cambiar.

Hanbin volteó lentamente hacia él, deteniéndose en sus ojos con los propios pesados. Lo observó con un sentimiento que no pudo comprender, pero lo hizo en cuanto finalizó diciendo:

—Tengo que olvidarte.

Lo único que esas palabras le causaron fue dolor por las cosas no dichas ni hechas. Era hasta ridículo que quisieran olvidar algo que nunca existió, que nunca comenzó; una versión del otro que nunca llegaron a conocer ni ver en profundidad. Su relación pasó a estar en un limbo ambiguo, moviéndose constantemente de lugar entre la amistad y lo romántico, a veces estando en una zona compleja de entender y ponerle palabras, pero ninguno de los dos lo reconoció. Era como si todo fuera para pasar el rato, hasta que sus maridos volvieran. Hao no lo confesó pero, casi de la misma forma que a Hanbin, muy en el fondo de él le incomodaba la idea de que Matthew volviera. Y detestaba el sentirse así.

«¿Y yo? ¿Cómo te olvido?»

—¿Por cuánto tiempo te irías? —para la sorpresa de Hao, su voz salió más apagada de lo que la intencionó.

—No sé. No sería permanente, un par de meses como mucho. Veré cuando esté allá —Con esa misma incertidumbre observó a Hao.

Hao bajó la mirada a su falda, comenzando a jugar con los cordones del pantalón. Cualquier cosa que le sirviera como distracción era bienvenido. De repente el silencio se volvió agobiante.

—Si te pagara el boleto a Busan… ¿vendrías conmigo?

¿Se escaparían juntos como los otros dos lo habían hecho? Hao no caería tan bajo, por más que quisiera. Antes de cumplir cualquier fantasía retorcida de irse lejos con él, tenía que organizar su vida primero. No estaba listo para ninguna de las dos cosas. El silencio se alargó de forma tortuosa, esperando por dentro que Hanbin comprendiera que su ausencia de respuesta era la respuesta en sí.

Cuando Hanbin pareció interpretar el silencio, volvió a hablar. Esta vez intentando ponerle humor a sus palabras, terminando con un tono plano.

—No pensé que íbamos a ser como ellos.

No, ciertamente Hao tampoco. De haberlo sabido, nunca hubiera aceptado una segunda invitación para cenar con él, ni tocar el teclado juntos, ni ninguna otra cosa que tuviera que ver con él. Pero aún así, tampoco puso límites cuando comenzó a darse cuenta que la situación se le estaba saliendo de las manos. No tenía a quien echarle la culpa más que a sí mismo, y por esa misma razón decidió ser firme por una vez y ser quien pusiera un fin.

—No nos veamos más —dijo manteniendo la mirada baja.

No supo cuánto tiempo pasó para que Hanbin se levantara y se marchara sin decir nada, pero no fue un rato muy breve. Sólo allí se atrevió a levantar la vista, pudiendo apreciar su espalda antes de desaparecer poco a poco al entrar a las escaleras. Y sólo en ese momento fue que pudo permitirse derramar alguna que otra lágrima fugaz.


Matthew volvió y a la semana Hanbin se marchó a la otra punta del país. Durante ese tiempo no le dirigió la palabra a Hao a menos que fuera necesario, pero cuando se cruzaban en el pasillo, en el ascensor, o en cualquier lado; su mirada persistía. Era como si de esa forma le quisiera transmitir todas las palabras no dichas, todo el tiempo que ya no se iba a compartir y una despedida que ni iba a rozar de cerca a cómo se sentía realmente. Era suave y pesada, observaba a Hao como si fuera un fantasma. Como si fuera algo del pasado que ya no podía ver ni tocar. Porque ciertamente se estaba volviendo así. Y cada vez que Hanbin lo miraba de esa forma, Hao intentaba fingir que no le hacía arder el corazón de manera incontrolable. Intentaba no ver más de lo necesario, no interactuar más allá de saludos breves cuando se encontraban. Fingiendo ser desconocidos de nuevo, volviendo al punto de inicio donde no había sentimientos ni secretos.

Para colmo Jiwoong estaba peor que antes de irse a Japón. La distancia que lentamente se formó entre los dos, ahora parecía que los alejaba por kilómetros. Por su parte los besos y cualquier cercanía se sentía por compromiso más que por cariño y su mirada casi siempre estaba en cualquier otro lado mientras pudiera evitar la de Hao. Él esperó. Quería darle la oportunidad de ser quien sacara a flote el tema aunque doliera escucharlo de su parte. Preferiría eso antes que verlo hacer como si nada hubiera pasado, como si no se hubiera escapado al extranjero con el vecino por un buen tiempo.

Su paciencia duró lo que una pequeña llama duraba bajo la lluvia.


El verano volvió de nuevo. La temporada de lluvia ya había pasado, y la humedad combinada con las altas temperaturas eran sofocantes, sobre todo en el apartamento que Hao estaba desde hacía un año. Tenía algún que otro problema de humedad pero nada muy complicado, podía olvidarse de ello por un par de semanas mientras se estuviera quedando en un hotel en la otra punta del país. Estaba llegando al final de su primera semana en Busan, una ciudad que aunque no quisiera admitirlo, le recordaba a alguien que venía intentando olvidar y aún no lo lograba.

Lo mejor en ese clima caluroso era esperar a que el sol bajara y caminar por cualquier playa. Bajar a la arena y sentirla en los pies con el oleaje del mar como música de fondo. Era exactamente lo que Hao decidió hacer un viernes de tarde cuando el calor ya no era tan insistente. El sol estaba cerca de tocar el horizonte, pintando de naranjo y amarillo los edificios de la rambla. El mar estaba bastante tranquilo, con alguna ola ocasional que producía el ruido mínimo, no dejando de ser extremadamente relajante. Había muchas personas que salían a pasear a sus mascotas, otros salían acompañados y otros solos, como él. Nunca tuvo problema con hacer las cosas de esa manera, aunque al inicio le costó volver a estar solo después de ocho años. Al menos en el apartamento.

Después de casi un año de separarse podía decir con seguridad que se encontraba… estable. Mucho mejor de lo que había estado al inicio. El divorcio se hizo lo más simple y rápido posible. En medio del proceso legal pudo tener una última conversación sincera con Jiwoong — por lo menos de parte de Hao — y de cierta forma le sirvió como cierre a todo el tiempo que compartieron. Cuando pensaba en él ya no dolía tanto. Era lo que consideraba como señal de que iba mejorando.

Estaba observando hacia lo lejos la curvatura de la playa cuando algo— alguien hizo que automáticamente detuviera sus pasos en seco. A un par de metros Hanbin tuvo la misma reacción, quedando congelado en su lugar. Hao no sabía que él aún estaba allí, ni siquiera se le había cruzado por la cabeza el encontrarlo de forma tan inesperada, ya se había resignado a la idea de volverlo a ver por casualidad. Su cabello seguía igual, hasta su forma de vestirse con el calor: una musculosa blanca y una bermuda azul marino. Su rostro, su presencia misma aunque estuviera a un par de metros hizo que recuerdo por recuerdo se le viniera a la mente como una cascada, incluso los que dolían y que intentó borrar. Porque si era honesto, todo sobre Hanbin dolía. Lo que vivieron no fue más que algo inoportuno que ni siquiera tuvo que pasar en primer lugar, pero ya que sucedió, lo llevaba marcado en su memoria y en su corazón. Era una mancha que nunca se pudo quitar de encima.

Las manchas solían nacer de accidentes, y eso mismo fue lo que ellos fueron.

Hanbin fue el primero en dar un paso en su dirección y Hao hizo lo mismo hasta que se detuvieron frente a frente. Él siempre fue el primero en todo: en acercarse, y también en alejarse.

—Hola —Hanbin sonrió levemente.

Volver a estar así de cerca y hablar… era irreal.

—Hola —replicó de la misma forma—. Sigues en Busan —dijo sin pensar, en genuina sorpresa. Hao creyó que estaría sólo un par de meses y luego iría a otro lugar, pero ahí estaba, enfrente a él cuando creyó nunca volver a cruzar palabra…

En vez de dar alguna explicación, mantuvo su expresión simpática y se reservó a responder con otra pregunta desviando la conversación de él.

—¿Y tú? ¿Qué te trae por aquí?

A Hao no le molestaba la charla simple. Quizás era mejor que rememorar el pasado de forma apresurada.

—De vacaciones, estoy de licencia.

—Espero estés disfrutando.

Fue extraño volver a eso. A hablar, pero en específico hablar como extraños después de tantas cosas compartidas.

—Lo estoy.

La sonrisa de Hanbin se agrandó hasta hacer aparecer sus hoyuelos gatunos, y luego fue volviendo a desaparecer de a poco. Un segundo, otro y otro. Ninguno de los dos volvió a decir una palabra y en cambio el ruido calmo de las olas llegando a la orilla era lo que los rodeaba. Hanbin ya no tenía el par de ojeras en comparación al día que se fue de Seúl. Aquella vez lo despidió en el pasillo del apartamento, enfrente a su puerta. La mayoría de lo que hicieron fue mirarse en silencio no queriendo que el momento terminara, ni ninguno teniendo el valor de decir algo por esa misma razón.

Muy parecido a lo que estaban haciendo ahora, un año después. Como hipnotizados en los ojos del otro se quedaron inmóviles. Algo que Hao no quería perder era la oportunidad de continuar esa charla aunque fuera aún más breve, de continuar con Hanbin aunque fuera sólo eso: tenerlo enfrente. Y tenía un poco de seguridad para decir que él estaba igual por como le devolvía la mirada, casi pareciendo que le estaba leyendo la mente.

Temiendo que pronto eso cambiara, Hao preguntó.

—¿Quieres caminar?

Hanbin sonrió sin esconder su entusiasmo.

—Sí.

Retomaron juntos el caminar a un ritmo lento, poco a poco tomando una conversación a ritmo constante. El sol ya había bajado para cuando estaban por llegar a una zona de descanso con bancos y sombra en donde había alguna que otra persona. Las luces de la rambla era lo que ahora iluminaba el lugar y hacia el mar estaba el puente Gwangan con sus propias luces de colores. Después de actualizarse sobre sus vidas de forma superficial, volvieron a quedarse en un silencio que ya no era tan incómodo. No tanto como Hao se imaginó.

Hanbin estuvo distraído por un rato, hasta que comenzó dudoso.

—Dentro de un rato van a haber fuegos artificiales en el puente… —Con la mirada hacia el mar y el repentino bajo volumen de su voz preguntó—. ¿Quieres verlos?

Conmigo fue la palabra que faltó. Pero sólo con esa pregunta fue como si los fuegos artificiales hubieran explotado dentro de Hao en ese mismo instante, sin esperar nada más.

—Claro.

Se ubicaron en una banca de material que ondeaba como víbora por el área de descanso, donde tenían una linda vista. Ya había una cantidad de gente considerable, sumándose a los que seguían llegando.

Los primeros fuegos artificiales explotaron en el cielo, saliendo disparados desde el puente. Con ruidos no muy ensordecedores después de los colores, dejaban una leve nube de humo que se desvanecía al instante. Hao ojeó rápidamente a Hanbin y pronto eso se convirtió en una mirada permanente. Cada explosión iluminaba levemente su rostro, acentuando su perfil. En ese momento estaba bien así, observándolo sin ser correspondido, con que sus ojos nunca llegaran a los ajenos. Hasta que Hanbin volteó, sorprendiéndose por un segundo al ver que no fue el primero en hacerlo.

Hao ni siquiera sabía por qué se había quedado perdido en el otro. ¿Quería aferrarse a una parte del pasado, a lo lindo de una etapa fea? ¿Aún lo amaba?

Amar. Esa palabra que desde hacía tiempo la sentía tan distante, en realidad siempre estuvo con él. Porque algo de lo que era consciente, es que nunca dejó de amar, incluso después de separarse de Jiwoong. Su sentir solamente cambió de sujeto. Y ahora, amar se veía como algo tan peligroso y lejano, tentador pero que le podría salir caro. Después de todo lo que pasó, volver a confiar y abrirse por completo a otra persona lo aterraba.

Contrario a lo que esperaba, encontrarse en el contacto visual de forma tan prolongada no fue tan incómodo ni inquietante. Hasta cierto punto Hanbin lograba transmitirle tranquilidad con el semblante sereno que tenía, que poco a poco se fue transformando en algo más suave, en algo que casi parecía anhelo. Fuera lo que fuera, logró adentrarse en lo más profundo de su corazón. De fondo las explosiones resonaban a lo lejos y las comisuras de Hanbin se levantaron sólo un poco, dando pista a una sonrisa que se quedó a medio formar.


Acababan de cenar en un restaurante como lo solían hacer hace un año atrás, esta vez con una vista nocturna de la costa que daba para envidiar. La gran diferencia era que al menos a Hao, ya no le pesaba en el pecho una angustia que lo agobiaba todo el tiempo, ni tenía que preocuparse por quién los podría llegar a ver juntos. Esa salida fue mucho más liviana y libre: ya no estaban atados a nada ni nadie.

Tampoco quería apresurarse a hablar, lo que hacía que a veces se quedaran en un silencio con toques de miradas furtivas y dudas sobre acercarse o no. Era obvio que tenían una charla pendiente después de la forma abrupta en la que se separaron para pasar a no saber nada más del otro. Hao necesitaba saber cómo se sentía él, pero era un poco egoísta de su parte pedirle su confianza, cuando no tenía la certeza de querer hacer algo con ella; pedirle que se arrancara el corazón del pecho sólo para mirarlo y no darle una respuesta.

La idea volvió a su mente con más fuerza mientras caminaban a la par por la calle yendo hacia el hotel donde Hao se estaba quedando. Volvió a recordarse que aún era muy rápido, muy temprano para hacerlo. Apenas se habían encontrado el día anterior después de un año entero. Quizás que Hanbin se haya ofrecido a acompañarlo y rozara su mano más veces de lo que se podía considerar como accidente, era la señal que necesitaba, pero aún insistía en que sería apresurado.

Se detuvieron enfrente al hotel. No era particularmente grande, mezclándose con el resto de los edificios con facilidad. La calle estaba vacía, lejos del bullicio de la rambla y del centro.

Hao se volteó para quedar frente a frente con Hanbin.

—Gracias, no hacía falta.

Con un leve resoplido Hanbin se sonrió-

—Ya te dije que no es así —reprendió con un tono liviano dejando claro que no había una molestia real.

—Nos vemos. Descansa —Hao devolvió la sonrisa.

De una contentura tranquila el rostro de Hanbin pasó a algo más neutral, y luego a algo ilegible. Hao no lo supo entender y tampoco quiso darse tiempo para hacerlo. Darle espacio a la duda era dejar que lo que quería evitar se abriera paso entre ellos y aún no quería entrar en ese territorio, no cuando acababan de retomar contacto. Necesitaba un par de días para prepararse. Comenzó a caminar en dirección a la puerta, la cual tenía un par de escalones antes de llegar a ella. Tuvo que detenerse cuando apenas había puesto pie en el primer escalón.

—Hao hyung.

Se volteó al instante ante el llamado. Desde su lugar Hanbin estaba un poco más abajo que él, teniendo que levantar su cabeza para mirarlo. Las luces de la entrada del hotel que daban de lleno en su rostro no escondían ningún detalle, desde el brillo que se reflejaba en sus ojos hasta el pequeño lunar cerca de su boca. Al tener toda la atención de Hao, quien esperaba con una mirada paciente pero persistente, por un segundo desvió la vista hacia el costado y se mordió el labio inferior un par de veces. Aún tenía ese hábito

—¿Recuerdas cuando te dije que te tenía que olvidar? —preguntó tentativo, con la falta de confianza que solía tener. Levantó la mirada para encontrarse con la de Hao, quien asintió con la cabeza en un ‘sí’.

Por supuesto que lo recordaba. Fue de las últimas palabras que compartieron justo antes de que todo se terminó de desmoronar.

Hanbin se tomó su tiempo en silencio, observándolo. Tomó una respiración profunda antes de decir:

—No lo hice.

Alivio fue lo primero que llegó al pecho asfixiado de Hao, aunque no duró mucho. ¿De qué valía alegrarse por esas palabras? Por mucho que las haya querido escuchar y ahora estuvieran volando, suspendidas frente a él… aceptarlas era mucho peso para cargar. Hacerlo sería tener que buscar respuestas, abrirse y dejarse ver de nuevo sin estar todavía del todo seguro. Pero por otro lado, era todo lo que había esperado hacía un año atrás. Encontrarse de nuevo con Hanbin e intentar estar juntos era una ilusión que su mente constantemente le recordaba cada vez que su sonrisa se sentía muy vívida en su memoria. Volver a hablar con él, saber cómo estaba, era todo lo que pedía. Ya teniendo eso cumplido, era egoísta pedir más sin saber cómo avanzar.

Absorbido en su propia mente se había quedado con la vista fija en la calle, los pocos coches que pasaban eran una mancha borrosa y el ruido quedó en segundo plano. Hasta que Hanbin volvió a hablar, sacándolo del trance y haciendo que lo volviera a mirar.

—Dime algo —dijo en un hilo de voz, escondiendo mal el desespero en ella. Tenía el ceño levemente fruncido y sus ojos no lograban quedarse quietos entre el par de Hao, como si de esa forma fuera a leerle la mente por arte de magia.

La imagen le rompió el corazón. Hao no quería lastimarlo bajo ninguna circunstancia, y sabía que tenía que ser honesto sin importar lo que fuera a decir. Las palabras demoraron en salir a pesar de rondar su mente desde hacía rato.

—Yo tampoco —Hao bajó el escalón para pararse en la vereda y estar ambos al mismo nivel—. Pero tendría que haberlo hecho.

Las palabras le dejaron una sensación amarga después de dejar su boca, y eso mismo se traspasó a Hanbin, quien apretó los labios levemente mientras sus ojos comenzaban a brillar más cada segundo. La pausa se alargó de forma tortuosa entre los dos, el nudo en la garganta de Hao creciendo cada vez que veía las lágrimas que Hanbin reprimía con éxito.

Capaz hubiera sido mejor si no se hubieran reencontrado. Que Hanbin hubiera seguido de largo como si no lo hubiera visto, que no le hubiera dejado ver sus hoyuelos que lo hacían parecerse a un gato, que no lo tratara con toda la simpatía del mundo como si fuera la primera vez que se conocían. Ambos habrían seguido con su vida en vez de volver a estancarse en lo mismo.

Hanbin pestañeó rápido unas cuantas veces para disipar el agua en su vista. Preguntó bajo, como si tuviera miedo de siquiera hablar.

—¿Por qué?

La respuesta le llegó más rápido que antes, porque era una verdad de la que era muy consciente y no podía ignorar, a pesar de aún tener presente esa calidez cada vez que pensaba en Hanbin.

—Creo que no estoy listo para algo nuevo.

—No hay que apresurarnos —La turbulencia en los ojos de Hanbin se calmó y una pizca de sonrisa apareció en su rostro, dándole un aspecto más melancólico que alegre—. Yo estoy bien mientras estés en mi vida.

No podía decir eso como si nada, como si fuera la confesión más simple del mundo, y esperar que no tuviera efecto en Hao. El estómago le dió un vuelco.

—Ha pasado un tiempo y… —El Hanbin que conocía era el de un año atrás, dolido y en busca de comfort como él también lo había estado. ¿Pero el apego por esa persona era sólo porque fue un pilar en un momento complicado, o era porque realmente sentía algo por él? Esa pregunta la tenía siempre presente desde hacía tiempo. Ahora con él enfrente, era capaz de saber con más certeza que sus sentimientos no se quedaron sólo en agradecimiento por el consuelo. Hubo una pausa para Hao pensar con cuidado sus siguientes palabras, las cuales dijo en un hilo de voz—. No sé si puedo confiar de nuevo.

Era lo más sincero que había dicho en toda la noche. El tiempo lo curaba todo, más el trabajo adicional que uno hiciera, pero aún no estaba seguro de volver a entrar a una relación que le demandara lo que él no estaba pudiendo dar. Ser traicionado por quien más confiaba dejaba un vacío y un cierre de sí mismo instantáneo por miedo a repetir todo de nuevo.

—Podemos averiguarlo juntos sin apuro —A tientas Hanbin tomó su mano. La mirada de Hao fue automáticamente a ese punto de encuentro y apretó levemente la mano contraria, lo que hizo que Hanbin acariciara un par de veces el dorso con el pulgar. Suavizó la voz al continuar—. Es tu decisión, pero sabes que puedes confiar en mí. Pasamos por lo mismo. Nunca te haría algo así.

Hao levantó la cabeza para mirarlo. Sabía que él no era Jiwoong, que eran personas distintas. No podía seguir siendo esclavo de su propio dolor, y Hanbin no había tenido ningún papel en sus heridas.

—Hay que comenzar desde cero —Tampoco quería que el tiempo juntos le recordara sólo a lo que fue en simples palabras el duelo de separarse de quien era su marido, aún mucho antes de tener que hacerlo realmente.

Esta vez que Hanbin volvió a sonreír, a pesar de ser sutil tuvo más alivio que antes. Como si una carga se le hubiera levantado de los hombros. Asintió con la cabeza un par de veces y se tomó su tiempo para contemplar a Hao. Cuando éste estuvo a punto de romper el contacto visual porque parecía que le estaba leyendo el alma, Hanbin soltó su mano para abrazarlo. Los miedos desaparecieron en cuanto Hao devolvió el gesto y las palabras sobraron en la calidez de los brazos del otro.

—Necesito tiempo.

Su corazón aún tenía moretones que no dejaban de doler, rastros de lo que fue que aún no terminaban de sanar. Y antes de comenzar cualquier cosa, todavía faltaban muchas cosas que hacer.

—Yo también —La voz de Hanbin, en su calma, transmitió una vibración por su cuerpo—. Pero estoy dispuesto a esperar si es por estar contigo.

La esperanza de un futuro mejor, fuera cercano o no, lo mantuvo abrazado a Hanbin por un rato más. En el silencio que extrañamente había tomado la ciudad, podían permitirse tomar un momento honesto el uno con el otro, pecho con pecho compartiendo un mismo sentir. Hao se acomodó para apoyar mejor el mentón en el hombro contrario, y dijo casi en un susurro:

—Gracias.

Por primera vez después de mucho tiempo, sintió paz. La que venía de hablar y aclarar las cosas, aunque hubiera mucho que aún no sabía, el primer paso ya estaba dado.

¿Qué había después de eso, de sincerarse con el otro?

Antes ni siquiera podían soñar con una oportunidad, cualquiera fuera la forma que ese algo tomara. Ahora, un año después, podrían ser capaces de llegar a ese algo, quizás… Ojalá.

Notes:

chachán. quise que tuviera un final parecido al de la película, medio abierto y como cada persona lo quiera ver

amé in the mood for love y escribir esto fue como hacer una muestra de esa admiración mezclándolo con lo que hace que se me ocurran ideas en primer lugar (bnb u otros ships de zb1). aprendí un montón en el proceso, fue un logro terminar la historia y estoy contenta de al fin poder publicarla

si llegaron hasta acá tengan lindo día/noche <3