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La canción infantil seguía sonando en su cabeza una y otra vez. La sangre desparramada en los pies de los infelices también aparecía, como un charco, como un lago de emociones que lo mantenían a flote. Trabajar en un parque de atracciones infantiles no es la mejor opción luego de huir de ese lugar, de ese infierno en vida. Cada momento, cada segundo que pasaba, el simple recuerdo lo perturbaba aun más, con dolor, con una terrible agonía que recorría cada centímetro de su cuerpo.
Los tiros en la pesadilla, la cara de las víctimas, ver a compañeros pasar un destino peor que la muerte misma, donde el sufrimiento superaba cualquier ilusión, cualquier superación. Cada instante, cada minuto que allí estaba, cada mañana que se despertaba en esa cama de fierros torcidos con un colchón ínfimo y una sábana que apenas cubría su cuerpo, con ese chándal verde pasto con su número impreso en la camiseta, cada instante, solamente reforzaba más el hecho que huir de allí, poder hacerlo, había sido un regalo glorioso de la vida misma. Agradecido estaba con ese guardia que, teniendo compasión, lo ayudó a salir, pero pobre de todos aquellos desgraciados que quedaron, que no pudieron hacerlo.
Gyeong Seok se enteró por Jun Ho que la isla había explotado, fue casual, un encuentro en una cafetería, un saludo amistoso y una preocupación en la lengua. No dijo mucho más, no sacó más información que aquello. Una isla venida abajo, cuerpos sudados y lastimados, miradas tristes, familias sin un miembro fundamental, sueños destruidos, aplastados por empresarios de alto nivel económico que se divertían en sus grandes sillones, apostando por quién vencerá.
“¿Puedo preguntar algo?” dijo en esa ocasión, algo tímido, jugando con sus dedos mientras Nayeon seguía internada, una de esas noches de quimio que la dejaron agotada y por consiguiente él tuvo que salir por un café.
“Claro, lo que sea” indicó con una sonrisa Junho.
“¿No sobrevivió nadie?”
Las palabras abandonaron su boca como un suspiro, un doloroso suspiro que quitaba vidas. La mirada alegre de Junho por el reencuentro terminó por marcar una nostalgia en sus ojos oscuros, brillando, casi a punto de llorar. Junho negó con la cabeza, vehemente, y el corazón de Gyeong Seok simplemente reventó.
“Lo siento. ¿Hiciste amigos allí dentro?”
“Uno o dos”
Uno o dos sería demasiado. No, Gyeong no había hecho amigos. Cuando se dio cuenta que estaba en ese lugar donde simplemente acribillaban gente por placer, lo único que pudo hacer fue evitar sentir algo por las personas, porque sabía que se despediría tarde o temprano. Cambiaba de grupo constantemente, salvaba a los pocos que podía salvar, intentaba no morir en el intento incluso si fuera extremadamente doloroso. Pero entonces, por un segundo giró, dio la vuelta y las vio, dos mujeres intentando sobrevivir solas. La voz electrónica, un poco desalmada, había anunciado “tres” y ellas pedían a gritos una persona más. Él estaba solo, había dejado que sus compañeros del último grupo se juntaran, él buscaría a alguien y lo hizo. Tomó a las dos mujeres y las arrastró hasta una habitación.
“Lo siento” respondió Junho.
Gyeong afirmó con la cabeza, suspiró pesadamente, con los hombros abatidos como aquel soldado que regresa de la guerra vivo, pero muerto a la vez. Gyeong Seok no había hecho uno o dos amigos, Gyeong Seok había conocido a alguien especial allí dentro, su nombre: Hyun Ju, su número 120.
No sabía nada de ella, pero al mismo tiempo lo sabía absolutamente todo. Sus ojos le contaron una historia llena de sufrimiento, pero una vitalidad insuperable. No quiso compartirlo con nadie, ni siquiera con su hija, los recuerdos de aquella mujer eran demasiado privados como para expresarlos. Demasiado dolorosos para hablarlos. Simplemente cada recuerdo resultaba una daga en lo profundo de su pecho, partiendo su piel, su cuerpo a la mitad.
—Appa ¿por qué estás triste? —le pregunta su hija un día, cualquiera, no importa, era uno de los tantos días soleados en el parque infantil. Gyeong gira su cabeza, la sonrisa que finge simplemente parece más falsa esta vez.
—No estoy triste, cariño.
—Tus labios sonríen, pero tus ojos lloran.
—¿Mis ojos lloran? —entonces lo siente, las lágrimas simplemente caen como cascadas y aunque sus labios aun siguen sonriendo, sus ojos están goteando.
—No tienes que llorar en soledad, papi —susurra ella, abrazando con ternura.
—Gracias, cielo.
Se funde en un abrazo, pero ni siquiera eso puede calmar su llanto. Siempre funcionaba, siempre ella lo abrazaba y lo calmaba. Cuando recibió la noticia de la leucemia, ella lo abrazó; cuando su esposa murió, ella lo abrazó; siempre lo calmó, siempre, pero ahora es tan doloroso el sentimiento que no puede, ni siquiera el tierno abrazo de su hija puede.
—¿Por qué estás triste, appa?
—No estoy triste.
—Appa—ella se parece a su abuela, mamá de Gyeong Seok, cuando se pone las manos en la cadera y lo mira con severidad, sabiendo que su papá estaba mintiendo—. No mientas o te crecerá la nariz.
—No estoy mintiendo.
—¿Y por qué lloras, appa?
—A veces los adultos necesitamos llorar.
—Hyun Ju —dijo su hija, los ojos de Gyeong Seok se abren al igual que su boca, su corazón prácticamente dejó de latir por unos instantes—. ¿Es ella?
—¿Cómo….?
—Cuando me levanto a la noche a tomar agua, a veces appa está llorando y solo repite ese nombre una y otra vez —explica. Gyeong aprieta sus labios—. ¿Quién es?
—Una amiga de appa.
—Oh —susurra bajito—. ¿Cuándo la voy a conocer?
—No creo que puedas conocerla, cariño.
—¿Por qué? —susurra, Gyeong aprieta sus labios, no lo quiere decir, pero Nayeon no se quedará quieta hasta que lo diga y su mirada intensa pero infantil lo invade por todos lados.
—Ella está en el cielo.
—¿Con eomma?
—Si amor, con eomma.
—Entonces estará bien cuidada, ellas nos cuidarán —Gyeong sonríe, obviamente su hija es tan sensible e inteligente que puede empatizar con él, con Hyunju sin siquiera conocerla y con todos los seres humanos, es su niña, es su princesa.
—Estoy seguro de que se llevarían bien si estuviera aquí.
—Ella está aquí appa —indica, señala la cabeza de su papá—. Una vez escuché de alguien que conozco —musita con una sonrisa, Gyeong sabe que seguramente le tiraría una de las tantas frases que dijo él cuando ella era pequeña e intentaba lidiar con la muerte de su mamá—. «Las personas mueren cuando uno se olvida de ellas», por eso, no la olvides appa.
Aquello golpea su corazón como no tiene idea, esa sencilla frase, bastante trillada pero significativa, había calado hondo en su hija tanto para replicarla y volvía a él, como la luz. Lo supo entonces, lo sabe ahora. Gira su cuerpo hacia el lienzo blanco y toma un carboncillo.
—¿Qué harás, appa?
—Recordar.
Como una serenata, suave e intensa, el carboncillo se deslizó por el lienzo blanco. Nayeon lo mira curiosa y luego posa su mirada al fino retrato. Sus ojos se agrandan cuando poco a poco las rayas van tomando forma.
—Ella aparece en mis sueños desde hace mucho, appa —señala Nayeon con sorpresa—. Cuando tenía pesadillas en el hospital y me dolía mucho, ella entraba a mi habitación y me acariciaba la cabeza y todo el dolor se iba.
—¿Qué? —su mirada cambia radicalmente. Vuelve a mirar el lienzo y la sonrisa, la suave sonrisa parece más amplia esta vez.
—Sino la hubieras dibujado, jamás sabría que era ella.
Nayeon siguió jugando, él siguió pintando, pero el recuerdo nunca se fue. Hyunju nunca dejó de visitar a Gyeong Seok y Nayeon, tal vez no en el mundo, pero si en sus sueños, si en sus recuerdos, si en esa pintura que lentamente formó parte de su vida.
