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Language:
Español
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Published:
2025-10-20
Updated:
2025-10-20
Words:
2,407
Chapters:
1/?
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30

El ángel andante

Summary:

Mackenzie la vencedora de los 61 juegos del hambre se ofrece voluntaria para el tercer vasallaje de los 25 ósea los 75 juegos del hambre ahí se encuentra con Katniss con la cual empieza a haber una conexión

Chapter 1: El inicio

Chapter Text

El Distrito 8 era un laberinto de fábricas humeantes y telares incansables, donde el aire siempre olía a algodón quemado y a sudor acumulado. Las calles estrechas, pavimentadas con polvo y retazos de tela desechada, serpenteaban entre edificios grises que se inclinaban como si el peso de la opresión del Capitolio los hubiera doblado con el tiempo. Era un lugar donde la vida se medía en turnos de trabajo interminables, y la esperanza era tan escasa como un hilo de seda en una bobina de lana barata. Pero en medio de esa grisura, había un rayo de luz: Mackenzie, una niña de apenas trece años que todos conocían como "el ángel andante".
Mackenzie había nacido en una de las chozas más humildes del distrito, hija de un tejedor y una costurera que habían muerto en un accidente fabril cuando ella tenía solo ocho años. Desde entonces, se había criado sola, robando conocimientos de libros viejos que los agentes de paz descartaban o que los curanderos clandestinos le prestaban a escondidas. Su mente era un prodigio: a los diez años ya sabía suturar heridas con hilos de tela improvisados; a los once, preparaba infusiones que aliviaban el dolor de las manos ampolladas por los telares; y a los doce, había asistido su primer parto en una fábrica oscura, trayendo al mundo a un bebé que lloraba con la fuerza de la supervivencia. No tenía un título oficial –el Capitolio no permitía tales lujos en los distritos–, pero para la gente del 8, ella era la doctora más valiosa que habían tenido. Su cabello largo, blanco como la nieve recién caída, caía en ondas suaves sobre sus hombros, contrastando con su piel pálida y sus ojos grises que parecían contener la sabiduría de alguien mucho mayor. Y su sonrisa... ah, esa sonrisa amable que iluminaba las caras cansadas de los trabajadores como un faro en la niebla.
Aquella mañana, el sol apenas despuntaba sobre los techos oxidados cuando Mackenzie salió de su choza con una bolsa de tela raída colgada al hombro, llena de vendajes improvisados, hierbas secas y un par de agujas que había afilado ella misma. Caminaba con paso ligero, saludando a todos los que se cruzaban en su camino. "¡Buenos días, ángel!", le gritó un viejo tejedor desde la puerta de su taller, agitando una mano nudosa. Mackenzie se detuvo, sonriendo con esa calidez que hacía que el frío del distrito pareciera menos punzante. "Buenos días, señor Harlan. ¿Cómo va esa tos? ¿Tomó la infusión de eucalipto que le dejé ayer?"
El hombre rio, un sonido ronco pero genuino. "Sí, ángel, y me siento como nuevo. Eres un milagro andante, niña. ¿Qué haríamos sin ti?" Mackenzie se acercó y le ajustó el pañuelo alrededor del cuello, sus dedos delicados moviéndose con precisión. "Solo hago lo que puedo. Recuerde descansar un poco, ¿eh? No quiero verlo en la fábrica hasta que esté mejor." El viejo asintió, sus ojos brillando con gratitud. Era así con todos: Mackenzie no solo curaba cuerpos, sino que sanaba espíritus. Los niños la seguían como patitos, pidiéndole que les contara historias de curaciones milagrosas mientras les vendaba rasguños de juegos en las calles. Las madres la bendecían cuando salvaba a sus bebés de fiebres que el Capitolio ignoraba. Incluso los agentes de paz, esos guardianes fríos del orden, la miraban con un respeto tácito, a veces pidiéndole en secreto que curara sus propias heridas de patrullas.
Siguió su ronda matutina, deteniéndose en varias casas. En la primera, una mujer llamada Mira la esperaba con un niño en brazos, el pequeño con una quemadura en la mano de un telar caliente. "Ángel, por favor, mira esto", suplicó Mira, su voz temblorosa. Mackenzie se arrodilló, examinando la herida con ojos expertos. "No es grave, pero hay que limpiarla bien." Sacó una pomada casera de su bolsa –una mezcla de aloe y miel robada de las colmenas silvestres– y la aplicó con gentileza. El niño gimoteó, pero Mackenzie le susurró: "Shh, valiente. Piensa en las estrellas que ves por la noche. ¿Sabías que las heridas sanan como las constelaciones se unen?" El niño la miró con ojos grandes, y pronto sonreía. Mira abrazó a Mackenzie. "Eres nuestro ángel andante, Mack. ¿Qué haremos si algún día te vas?"
Mackenzie rio suavemente, su cabello blanco cayendo como una cascada sobre su espalda. "No me iré a ninguna parte, Mira. Este es mi hogar." Pero en el fondo, sabía que el Día de la Cosecha se acercaba, como una sombra inevitable. Siguió su camino, ayudando a un grupo de trabajadores en una fábrica cercana. Uno de ellos, un joven llamado Tomas, se había cortado el brazo con una máquina. "¡Ángel! ¡Ven rápido!", gritaron sus compañeros. Mackenzie corrió, arrodillándose junto a él. La sangre manchaba el suelo, pero ella no vaciló. "Mantén la presión aquí", indicó a un amigo, mientras limpiaba la herida y la suturaba con hilo de algodón. Tomas la miró con adoración. "Eres increíble, ángel. Todos te queremos aquí. Eres como una familia para nosotros."
A lo largo del día, las escenas se repetían. En el mercado improvisado, una anciana le regaló una manzana marchita a cambio de un consejo para su artritis. "Toma, ángel andante. Mereces más, pero es lo que tengo." Mackenzie aceptó con gracia, mordiendo la fruta y compartiéndola con un niño callejero que la seguía. Los vendedores la saludaban con inclinaciones de cabeza, ofreciéndole retazos de tela para sus vendajes. "¡Ángel, pasa por aquí cuando quieras!", decían. En una plaza pequeña, un grupo de niñas jugaba a imitarla, fingiendo curar muñecas rotas. "¡Yo soy el ángel andante!", gritaba una, y Mackenzie se unió al juego por un momento, riendo con ellas. Su sonrisa era contagiosa, su presencia un bálsamo en un mundo de dolor.
Pero el Día de la Cosecha llegó como un trueno. La plaza central del Distrito 8 estaba abarrotada, miles de rostros tensos bajo el sol implacable. Los niños de doce a dieciocho años se alineaban en filas, separados por edad y género. Mackenzie estaba allí, con su vestido simple de tela gris, el cabello blanco recogido en una trenza suelta. Miraba alrededor, reconociendo caras que había curado: el niño de la quemadura, el viejo de la tos, Tomas con su brazo vendado. Todos la miraban con una mezcla de esperanza y miedo, susurrando: "Que no sea el ángel, por favor."
La representante del Capitolio, una mujer con peluca extravagante y maquillaje chillón llamada Elara Voss, subió al escenario con su habitual pompa. "¡Felices Juegos del Hambre! ¡Y que la suerte esté siempre de vuestra parte!" Su voz era un chirrido falso en el silencio opresivo. Primero, el tributo masculino: un chico de quince años llamado Renn, fuerte pero tembloroso. Luego, el femenino. Elara metió la mano en la urna, sacando un papelito. "Mackenzie Hale."
Un gemido colectivo recorrió la plaza. "¡No! ¡El ángel!", gritaron varios. Mackenzie sintió que el mundo se detenía. Su corazón latía con fuerza, pero antes de subir al escenario, vio algo: un niño en la multitud, no mayor de diez años, se había caído en el pánico y se había cortado la rodilla con una piedra afilada. La sangre fluía, y el niño lloraba. Sin pensarlo, Mackenzie corrió hacia él, arrodillándose en el polvo. "Tranquilo, pequeño. Déjame ver." Sacó un vendaje de su bolsillo –siempre llevaba uno– y lo presionó contra la herida, atándolo con manos firmes. La sangre manchó su vestido gris, tiñéndolo de rojo oscuro. El niño la miró con ojos llorosos. "Gracias, ángel andante..."
Los agentes de paz la arrastraron entonces al escenario, su ropa salpicada de sangre fresca. La multitud rugía en protesta: "¡No se la lleven! ¡Es nuestro ángel! ¡Pedimos que no se vaya!" Madres lloraban, hombres apretaban los puños. Mira gritaba: "¡Ella nos salva! ¡No la merecen!" Tomas intentaba avanzar, pero lo retenían. Elara Voss frunció el ceño, pero prosiguió con el ritual. Mackenzie subió, su sonrisa amable ahora forzada, sus ojos grises nublados por el terror. Miró a su gente, y ellos a ella, con una tristeza profunda. "Adiós, ángel", murmuraban. Era como si el distrito entero estuviera de luto por una pérdida inminente.
En el tren hacia el Capitolio, Mackenzie se sentó en silencio, aún con el vestido manchado de sangre. Sus mentores, ganadores anteriores del Distrito 8, la miraban con pena. Uno de ellos, una mujer llamada Lira, le puso una mano en el hombro. "Eres especial, niña. Todos en el distrito te llaman ángel. Usa eso." Pero Mackenzie solo asentía, su mente en un torbellino. El Capitolio la recibió con flashes y multitudes curiosas, fascinados por esta "doctora niña" con cabello de nieve.
La entrevista con Caesar Flickerman fue un espectáculo. El estudio brillaba con luces cegadoras, el público del Capitolio aplaudía con sus manos enjoyadas. Caesar, con su cabello teñido de azul esta vez, sonrió ampliamente. "¡Mackenzie Hale, del Distrito 8! ¡La llaman 'el ángel andante'! Cuéntanos, ¿por qué ese apodo tan encantador?"
Mackenzie, vestida ahora con un traje sencillo pero elegante –un vestido blanco que acentuaba su cabello nevado–, sonrió con esa amabilidad innata, aunque su corazón latía con miedo. "Bueno, Caesar, en mi distrito ayudo a la gente. Curo heridas, ayudo en partos... Solo hago lo que puedo por mis vecinos."
Caesar se inclinó hacia adelante, dramático. "¡Y hemos oído que durante la Cosecha, ¡incluso ayudaste a un niño herido! ¡Con sangre en tu ropa! ¡Qué heroísmo!" El público jadeó y aplaudió. Mackenzie asintió. "No podía dejarlo sangrando. Es lo que hago."
"¡Y tu distrito rogaba que no te fueras! '¡No se lleven al ángel!', gritaban. ¿Cómo te hace sentir eso?" preguntó Caesar, sus ojos brillando con falso interés.
Mackenzie tragó saliva, sus ojos grises empañados. "Me hace sentir... amada. Pero también triste. No quiero dejarlos. Ellos son mi familia." El público del Capitolio, ajeno al dolor real, vitoreó: "¡Ángel! ¡Ángel!" Pero para Mackenzie, era solo ruido. Sabía que los Juegos la cambiarían para siempre.
Los 61º Juegos del Hambre comenzaron en una arena que era un laberinto de ruinas urbanas, edificios derruidos cubiertos de enredaderas venenosas y trampas ocultas. Mackenzie, de pie en su pedestal, sentía el pánico subir por su garganta. Tenía trece años, era pequeña y delgada, su cabello blanco atado en una coleta. Los otros tributos la miraban: los Profesionales de los Distritos 1 y 2, altos y entrenados; los niños de distritos pobres, tan asustados como ella. El gong sonó, y el caos estalló.
Mackenzie corrió hacia la Cornucopia, no por codicia, sino por instinto. Sabía que necesitaba suministros médicos –si había jeringas, cuchillos, vendajes–. Pero los Profesionales ya estaban allí, blandiendo espadas y lanzas. Un chico del Distrito 1 la vio y cargó contra ella, su espada alzada. Mackenzie esquivó, su mente de doctora calculando: arteria femoral. Agarró un cuchillo del suelo y lo clavó con precisión quirúrgica en la pierna del atacante. Él cayó gritando, sangre brotando. Otro tributo, una chica del 2, la atacó por detrás, cortándole el brazo. El dolor fue como fuego, pero Mackenzie giró y la apuñaló en el cuello, apuntando a la carótida. "Lo siento", murmuró, mientras la chica se desangraba.
En minutos, el baño de sangre fue suyo. Mató a siete tributos en esa frenzy inicial: un golpe letal en el hígado de uno, un corte en la yugular de otro, usando su conocimiento anatómico para acabar rápido. La sangre salpicaba su rostro, tiñendo su cabello blanco de rojo escarlata. Era brutal, eficiente, pero sus ojos grises estaban llenos de terror. "No quiero esto", sollozaba entre golpes, pero seguía peleando. Un tributo del Distrito 4 la hirió en el hombro con una lanza, el dolor la hizo gritar, pero ella contraatacó, clavando un cuchillo en su pecho.
Entre el caos, vio a un niño de doce años del Distrito 11, herido y acurrucado detrás de una caja. Era el más joven, con ojos grandes y asustados. Mackenzie lo arrastró a un edificio derruido, curando su herida con vendajes robados. "Tranquilo, soy doctora", le dijo, su voz temblorosa. "Te protegeré." Lo llamó Eli. Durante días, se escondieron juntos. Mackenzie lo alimentaba con bayas que identificaba como seguras, le contaba historias de su distrito para calmarlo. "En casa, me llaman ángel. Te sacaré de aquí, Eli." Él la abrazaba, llamándola "hermana".
Pero los Juegos no perdonan. En la tercera noche, un grupo de Profesionales los encontró. Mackenzie luchó ferozmente, matando a dos más –un total de diez ahora–, pero uno apuñaló a Eli en el pecho. El niño murió en sus brazos, gorgoteando sangre. "¡No! ¡Eli!", gritó Mackenzie, sus ojos perdiendo el brillo. La rabia la consumió: acabó con el último atacante, cortándole la garganta. Sola ahora, sobrevivió los días restantes con trampas médicas –pozos con espinas envenenadas, inyecciones letales improvisadas con plantas tóxicas–. Mató a los últimos tres en emboscadas precisas, su cabello ahora permanentemente rojo de sangre seca, su rostro manchado.
Cuando el cañón final sonó y la anunciaron ganadora, Mackenzie se derrumbó en el suelo de la arena, sollozando. Sus ojos grises, una vez llenos de calidez, ahora estaban vacíos, sin brillo. El hovercraft la recogió, y el Capitolio la celebró como "La Cirujana de la Muerte", pero ella solo quería olvidar.
De regreso al Distrito 8, el tren se detuvo en la estación bajo una lluvia torrencial. La multitud esperaba, ansiosa por ver a su ángel. Pero cuando Mackenzie bajó, era una sombra. Su cabello, lavado pero aún con mechones rojizos, caía lacio. Su vestido victorioso colgaba suelto sobre su cuerpo delgado. No sonrió. Sus ojos grises miraban al vacío, perdidos en recuerdos de sangre y muerte. La gente se acercó, murmurando: "¡Ángel! ¡Bienvenida!" Pero ella retrocedió, asustada por el contacto. Mira extendió una mano, pero Mackenzie se apartó, temblando. "No... no me toquen", susurró, su voz quebrada.
Se refugió en su nueva casa en la Aldea de los Vencedores, una mansión fría y vacía. Los días pasaban en aislamiento: evitaba las fábricas, las plazas, las caras que una vez había curado. Cuando alguien llamaba a su puerta –Tomas, con flores; el viejo Harlan, con una infusión–, ella no abría. Su mirada perdida vagaba por las ventanas, viendo fantasmas de tributos muertos. El ángel andante se había extinguido, reemplazado por una ganadora rota, con el peso de once muertes en su alma joven. El Distrito 8 lloraba en silencio, sabiendo que su luz se había apagado para siempre.
Y así, catorce años después, el Vasallaje de los 25 la llamaría de nuevo... pero esa es otra historia.