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Desde el fin de la guerra de Troya, había pasado todo tipo de sufrimientos.
Desde verse sin provisiones a bordo del barco, hasta ver morir a su amigo más querido y a varios de sus hombres a manos de un cíclope. Desde los juegos del engañoso dios de los vientos, hasta ver a casi toda su flota hundida por el dios del mar. Pasando por la isla de una poderosa hechicera, luego cruzar el Inframundo en busca del único profeta capaz de guiarlos a casa, enfrentar sirenas, un enorme monstruo, y al final, luego de la condena del rey de los dioses, terminar atrapado por siete largos años en una isla con una diosa solitaria...
Cada día había sido un desafío, un tormento, pero nada lo hizo detenerse, ni pensar en desistir.
Porque solo tenía un objetivo en mente, y no iba a renunciar a él sin importar la condena.
Llevaba veinte años lejos de casa, sin ver a su esposo y a su hijo, anhelando volver a su lado. Y ahora, por fin estaba por lograrlo.
Luego de atravesar todas esas tormentas, esas millas que los separaban, todos esos monstruos y todos esos obstáculos, al punto de incluso arriesgar la vida al enfrentar a un dios, por fin había conseguido llegar a las costas de su reino.
Por fin había vuelto a casa. Por fin podía volver a ver a su amor.
En Ítaca, él llevaba veinte años aguardando el regreso de su amor, confiando en que algún día vería su barco en el horizonte, a pesar de que todos ya lo daban por muerto.
Pero él no.
Aunque hubiesen pasado veinte años desde que lo vió partir junto a su flota, con rumbo a Troya, él no perdía la esperanza de volverlo a ver.
A pesar de haber hecho todo lo posible por encontrarlo, y no haber obtenido nada. A pesar de haber agotado todas las opciones para encontrarlo, no estaba dispuesto a rendirse.
Algo le decía que su amado seguía vivo en algún lugar, haciendo todo lo posible por volver a su lado.
Sin embargo, el tiempo se estaba agotando.
Los pretendientes aparecieron solo un año después del fin de la guerra de Troya, cuando su esposo fue el único rey aqueo que no volvió a casa.
Había intentado todo para resistirse o ahuyentarlos. Pero nada dio resultado.
La única alternativa era que su propio hijo lo exiliara de vuelta a Esparta y tomara el trono de su padre, pero, a pesar de todos sus esfuerzos, no consiguió convencer a su hijo de aceptar tal cosa, sabiendo que no volvería a verlo...
Bueno, aunque príncipe, seguía siendo solo un cachorro en ese tiempo, al fin y al cabo.
Así que, luego de pensarlo, ideó un plan: Prometió a los pretendiente que elegiría al nuevo rey cuando terminara de tejer el sudario para el padre de su difunto esposo.
Sin embargo, pasaba todo el día tejiendo, solo para deshacer parte del progreso al anochecer. Solo una parte, suficiente para retrasar el progreso, pero no tanta para hacerlo obvio.
Durante el día, avanzaba, y cuando llegaba a cierto punto, fingía no haber notado un error hasta que fue demasiado tarde, y no había más opción que deshacer todo el progreso y volver a comenzar.
Así había conseguido mantenerse a salvo a sí mismo y a su hijo por casi diez años. Pero esos hombres eran peligrosos y cada día perdían más y más la paciencia. Era cuestión de tiempo para que todo se fuera abajo.
Pasó varias noches llorando mientras deshacía el telar, suplicando a los dioses por el retorno de su esposo.
Y ahora, con su hijo fuera del reino en viajes diplomáticos, una fuerte tormenta, como nunca había visto, azotó el reino.
¿Acaso esa era la señal que había esperado?
No lo sabía, pero, incluso si ese era su fin, haría hasta el último esfuerzo por ganarle tiempo a su esposo.
— ¡Escúchenme bien todos, porque no pienso volver a decirlo!- Gritó, apenas estuvo frente a todos esos cerdos.- ¡Quién sea capaz de tensar el viejo arco de mi esposo, y disparar limpiamente a través del ojo de doce hachas, será el nuevo rey, se sentará en el trono, y gobernará conmigo como su rey!
Apenas explicó el desafío, todos comenzaron a reír y jactarse de lo fácil que sería completar ese reto, y todo lo que harían cuando ganaran... Idiotas.
Ese arco no era como los que todos esos imbéciles conocían, estaba seguro de que no podrían siquiera colocar la cuerda correctamente. Pero no iba a darles ninguna ventaja, menos a mostrarles debilidad, en especial a ese maldito lagarto, que había sido el responsable de herir a su hijo y hacerlo sentir prisionero en su propio hogar por más de diez años, y que desde el primer día en que puso un pie en el palacio, no dejó de mirarlo con lascivia.
Por eso se limitó a dejar el arco sobre la estructura pensada para eso, acariciándolo por última vez, forzandose a contener las lágrimas, antes de salir de la enorme sala, no sin antes gruñirle a ese desgraciado cuando le sonrió.
"Deja volar la flecha cuando sepas que tu tiro es certero."
Aún podía recordar a la perfección las palabras de Jamil cuando le enseñó a usar ese arco. ¿Cómo habría podido imaginar que terminaría usando ese conocimiento de esa forma?
Ya no importaba. Sabía que esos salvajes no iban a jugar limpio de todos modos. Solo pasarían unas horas, antes de que notaran la dificultad, se hartaran y decidieran mandar eso al diablo.
Entonces, subirían hasta su alcoba, irrumpirían en ella, y tomarían lo que querían por la fuerza.
Pero no les daría el gusto.
Tenía aún la espada que Jamil le había dado tras casarse, pero sabía que no podría enfrentar él solo a más de cien hombres.
Pero sí podía impedir que alguno reclamara el trono.
Ese reto solo era una fachada para que su hijo pudiera volver a Ítaca. Y en cuanto esos esbirros decidieran ir por él, se encargaría de acabar con su propia vida, permitiendo así que su hijo se convirtiera en el nuevo rey.
Prefería morir que envejecer sin el mejor de todos.
Nunca pensó que haría todo eso por amor, pero jamás elegiría vivirlo de otra forma. Pasara lo que pasara, estaría esperando a su esposo siempre, incluso lo seguiría a la muerte si era necesario.
Había vuelto a Ítaca... Y esa horda de hombres dispuestos a matar a su hijo y atacar a su esposo era lo primero que veía al regresar a su palacio...
Ya había tenido suficiente.
Por eso no dudó ni sintió nada al lanzar esa flecha directo al cuello de quién se atrevía a conspirar contra su familia, y verlo morir frente a todos.
Por eso tampoco dudó en acabar con absolutamente todos los que habían estado dispuestos a seguirlo en su despiadado plan.
Ya no le importaba nada más que asegurar que su familia estaría a salvo.
Atravesó toda clase de turbulencias para conseguir regresar, y lo iba a conseguir al costo que fuera.
Al final, sí se había convertido en un monstruo. Ya no era a quien su esposo adoraba... Pero todo fue para volver a él.
Y ahora, tras acabar con todos los pretendientes y reencontrarse con su hijo, a quien vió por última vez siendo un bebé, y ahora era todo un hombre, de nuevo estaba frente a la puerta de su dormitorio.
De nuevo veía esa puerta familiar, y sabía que detrás le esperaba su amor.
— Leona...
Apenas abrió la puerta, vió a su querido esposo empuñando la espada que él mismo le había dado, mirando la puerta con desconfianza.
— ¿Eres tú?- Preguntó con precaución Leona, sin acercarse.- ¿Acaso los dioses escucharon mis plegarias?, ¿eres tú quien está ahí, o estoy soñando una vez más?
— Leona...
— Te ves diferente...- Murmuró Leona, acercándose a paso lento.- Te ves cansado, y más delgado... Y tu sonrisa está torcida... ¿En serio eres tú, mi amor?
Aunque le generaba un nudo en la garganta, se armó con todo el valor que tenía para decir la verdad. No podía mentirle a él.
— Ya no soy de quién te enamoraste. No soy quien solías adorar.- Suspiró, agachando la mirada.- No soy tu amable y gentil esposo. Y no soy el amor que conocías.
Por alguna razón, Leona bajó la espalda poco a poco, acercándose a dónde se encontraba. Pero sabía que aún estaba alerta. Lo conocía bien.
— ¿Te enamorarías de mí otra vez, si supieras todo lo que he hecho y no puedo cambiar?- Preguntó finalmente.- ¿Me amarías aún así?... Y sé que has estado esperando tanto por amor...
Incapaz de resistir más, terminó dejándose caer sobre sus rodillas, y al poco tiempo, vió la sombra de su esposo, antes de ver sus ojos justo frente a él, tomándole las manos.
— ¿Qué clase de cosas hiciste?- Preguntó Leona con la serenidad que siempre le caracterizó.
Tuvo que forzarse a tomar un profundo respiro y calmarse para explicar. Era lo menos que le debía a su esposo.
— Dejé un rastro rojo en cada isla, usé a mis amigos como si fueran simples objetos, arruiné más vidas de las que puedo contar con mis manos...- Dijo, apretando los dientes.- Pero todo fue para volver a tí. Así que dime, ¿me amarías aún así, sabiendo que ya no soy el hombre que conocías?, ¿valió la pena esperar más de veinte años?
Leona no dijo nada, solo lo vió levantarse, aún sosteniendo la espada en sus manos, para luego darle la espalda y comenzar a avanzar lentamente, hasta detenerse junto a su cama matrimonial.
— Si lo que dices es verdad, ¿me harías un favor?- Preguntó, sin darle la cara.- Es solo una insignificancia, pero me traería paz.
No tenía idea de qué sería esa "insignificancia", pero estaba dispuesto a hacerla.
— ¿Ves esta cama matrimonial?- Preguntó Leona, tocando el borde de madera con su mano.- ¿Podrías cargarla sobre tus hombros y llevártela muy lejos de aquí?
Esa petición hizo que su sangre se helara, y sintiera como si su corazón fuera a detenerse.
— ¿Cómo puedes decir eso...?- Tartamudeó con un hilo de voz, temblando al acercarse al otro extremo de la cama.- Construí esta cama con mi sangre y sudor... La tallé en el olivo donde te conocí.- Añadió, apretando las mantas en su puño.- ¡Es un símbolo de nuestro amor infinito!, ¡¿te das cuenta de lo que me estás pidiendo?!
En un arrebato, sujetó las mantas y las arrojó al suelo con furia. Pasando totalmente por alto la sonrisa que se dibujó en los labios de Leona.
— ¡La única forma de moverla, es cortarla de raíz!- Gritó, señalando la estructura de la cama.
— ¡Y solo mi esposo sabía eso!- Gritó Leona en respuesta, golpeando la madera de la cama con su puño.- ¡Así que supongo que ese eres tú!
Sus ojos se encontraron, y hasta ese momento notó la respiración agitada de Leona, y las pequeñas lágrimas formándose en sus ojos.
— Leona...
— Me enamoraré de tí, una y otra, y otra vez. ¡No me importa cómo, dónde o cuándo! ¡No importa cuánto tiempo pase, tú eres mío!- Le dijo con la firmeza que siempre fue su sello personal, a pesar de las lágrimas corriendo por sus mejillas, sujetándolo por el cuello de la desgastada capa sobre sus hombros.- ¡No digas que no eres el mismo!, tú siempre serás mi esposo, y yo he estado esperando veinte años por tí, ¡y esperaría todos los que hicieran falta, solo para volver a verte!
— Leona...
Leona se derrumbó en sus brazos, sollozando, y él no tardó en terminar igual, aferrándose a él con todas sus fuerzas, justo antes de dejar ese ansiado beso, por el que había esperado veinte años, en sus labios.
Había pasado veinte años soportando todo tipo de cosas imaginables. Desde la guerra, hasta enfrentar a los dioses, todo con el objetivo de volver a su esposo, y al fin lo había logrado. Por fin estaba en casa de nuevo, y sentir los labios de Leona sobre los suyos le hizo saber que no era un sueño.
De verdad había vuelto a casa.
Al finalizar la escena, los aplausos no se hicieron esperar, sorprendidos por la excelente dupla que hacían.
— Espero que ahora alguien haya aprendido su lección y no siga diciendo que "interpretar a Penélope es fácil, y hasta un simio con una corona podría hacerlo."
Ante las palabras de Vil, Leona solo resopló, manteniendo los brazos cruzados.
— Nunca dije que era fácil.- Corrigió, mostrando una arrogante sonrisa.- Solo dije que a Rosehearts se le subió el coprotagonismo a la cabeza. ¿O debería decir "que tomó como un reto ser un simio con corona"?
Al ver el ceño fruncido de Riddle, y cómo su rostro comenzaba a colorearse de rojo, todos se apresuraron a intentar calmarlo, mientras Leona solo se alejó, meneando la cola de león de un lado a otro en un evidente gesto de burla.
— Nada mal, Kingscholar.
— El juego de Schoenheit de intercambiar papeles al azar terminó, Draconia.- Dijo, borrando su sonrisa al instante que se encontró con Malleus de frente.- Ya puedes dejar de actuar como un maldito acosador.
— ¿Qué no es Antinoo el papel que interpretarás en la presentación en vivo?- Cuestionó el líder de Diasomnia, manteniendo una sonrisa de lado, sin quitarle los ojos de encima a Leona.
— ¿Y acaso eso cambia el hecho de que sea un antagonista, cuya función es acosar a los coprotagonistas y organizar una revuelta?- Devolvió la pregunta Leona, antes de llevarse los brazos al pecho, dónde el vestuario dejaba demasiado al descubierto.- Y por cierto, mis ojos están aquí arriba.
— No te estaba viendo a tí. Estaba viendo el collar que llevas puesto.- Se defendió el más alto, cruzando los brazos.- Es diferente a los de utilería, y no recuerdo ver a Rosehearts usarlo en los ensayos anteriores.
— Eso es porque este es mío.- Aclaró el príncipe, aún con los brazos cruzados sobre el pecho.- Dicen que aleja a los espíritus malignos y a las energías indeseadas, pero creo que me timaron, porque sigues aquí.
Malleus estaba por responder, cuando un chillido retumbó por toda la sala, y una pequeña ráfaga de fuego les pasó justo a un lado, y segundos después, se encendieron las alarmas contra incendios, activando los rociadores de agua.
— Creo que deberías irte.
— Rosehearts solo está haciendo otro berrinche.- Bostezó Leona, estirándose, antes de sacudirse el agua del cabello, con la clara intención de arrojarle toda a la cara a su interlocutor.- De seguro Schoenheit ya lo tiene controlado.
— No lo decía por Riddle.- Aclaró, carraspeando la garganta, mientras desviaba la vista.
Leona devolvió su atención a su vestuario, notando hasta ese momento lo delgada que era la tela, y cómo solo esos segundos bajo el agua fueron suficientes para que se le pegara por completo a la piel y se volviera casi transparente.
— Maldita sea...
Después de maldecir por la bajo, se alejó del líder de Diasomnia, con los vestidores del salón de Pomefiore como destino. Solo quería quitarse esa ropa y olvidarse de todo ese teatro cuánto antes.
Apenas entró, intentó quitarse la ropa totalmente empapada, enfrentando más problemas de los esperados, cuando la tela se le enredó en el cabello, igualmente empapado.
Si no supiera que Vil aparecería como un espectro para atormentarlo si dañaba el vestuario, ya lo habría convertido en arena. Así que solo pudo bufar frustrado, mientras volvía a intentar librarse de esa incómoda ropa.
Al escuchar la puerta abrirse, y sentir ese peculiar aroma en el aire, supo de quién se trataba, y al dirigir la mirada al lugar, confirmó sus sospechas.
— Vaya, así que me seguiste después de todo.
— Solo vine a asegurarme de que no dañes ese vestuario.- Respondió Jamil.- Esa tela es muy delicada.
Leona solo mostró una sonrisa confiada, recargandose en una pared cercana, dejando que Jamil se encargara de liberarlo de esa prisión de tela.
— Gracias por la ayuda, "Odiseo".- Bromeó, una vez libre de la ropa mojada.- ¿Debería recompensarte?
— Podrías hacerlo, dejando de provocar tensiones con medio elenco, y terminar en cosas como esta.- Reprochó Jamil, mientras tendía con cuidado la ropa sobre un separador.- Riddle está realmente enojado, y Vil también.
— Las dos reinas del drama siempre están de malhumor.- Se burló Leona, bostezando.- No les des tanta importancia.
— ¿Podrías ir a ducharte, antes de que termines resfriado?- Bufó Jamil, girandose para verlo aún en ropa interior.- Vil me envió para asegurarme de que no dañaras el vestuario, tomaras una ducha y volvieras a los ensayos.
— ¿Ya no eres mi amable y gentil esposo?- Siguió burlándose Leona.
— Leona, esto es en serio.
— Bien, bien. Tú ganas.- Cedió, soltando una pequeña risa, antes de acercarse para sujetarlo por la cintura.- Lo que mi amado rey ordene.
— Recuérdame porqué acepté salir contigo.- Masculló Jamil, cruzando los brazos sobre el pecho.- Eres arrogante, orgulloso, quisquilloso, caprichoso...
— Y aún así, me aceptaste.- Sonrió triunfante Leona, frotando su mejilla contra la de Jamil.
Jamil terminó por soltar un suspiro de resignación, antes de que una pequeña sonrisa se dibujara en sus labios, aceptando el beso que Leona le dió.
— Lo sé. Tengo gustos extraños.- Bromeó el vicelíder de Scarabia.- Ahora, ¿puede tomar esa ducha y volver al ensayo, por favor?
— Depende...- Ronroneó el príncipe.- ¿Podemos "practicar" a solas más tarde?
— No arruines el ensayo, y le pediré a Ruggie que se encargue de supervisar Scarabia un par de horas.
— Hecho.
