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En algún momento, una vez hace ya tiempo, Javier escuchó decir a alguien la frase de el amor es ciego.
Ciego, porque te hace ver cosas que no están ahí y te hace ignorar otras que sí están presentes.
Qué manera tan peculiar de decir que el amor te vuelve imbécil, había pensado en ese instante.
Y también había pensado que era una exageración. No tenía sentido. No para él, al menos.
Javier siempre se había considerado una persona guiada por la razón y la lógica; así que, incluso de llegar a enamorarse, encontraba ridícula la idea de que aquel dicho tenga lugar en su vida romántica.
Y luego comenzó a pensar que Lloyd Frontera, el tipejo que tiene por maestro, en realidad no era tan feo.
Ahora mismo, viéndolo gritar órdenes aquí y allá, lo encuentra bastante guapo, en realidad.
Javier necesita un examen de la vista.
Necesita que le saquen los ojos y se los revisen a profundidad.
Debe haber algo mal. Algo fatal. Un virus. Una enfermedad. Una bacteria mortal se está comiendo su retina. O algo así.
Javier debe estar mal de la vista.
Aunque tal vez no son sus ojos los defectuosos. Tal vez es su cabeza la que está fallando.
Tal vez de tanto andar bajo el sol ardiente se le ha frito el cerebro por el calor. Las neuronas se le han quemado y por eso está teniendo pensamientos tan extraños. ¡Claro! Eso tiene bastante sentido, ¿Cierto…?
O tal vez es algo producto de algún golpe que se dio en el pasado, en alguna pelea o enfrentamiento, y que recién está manifestando sus consecuencias ahora, haciéndole creer que Lloyd Frontera es un hombre de belleza incomparable, que solo hacía falta mirarlo desde un buen ángulo para comprender su encanto.
Qué desfachatez. Qué ridiculez. ¡No está bien!
Va en contra de toda lógica y química y física y todo.
Está todo mal en encontrar a Lloyd Frontera, de todas las personas y criaturas existentes, guapo.
──── Oye. ───Llama el tan aludido, con la cabeza inclinada en su dirección, una ceja levantada y una de sus manos, de dedos delgados y nada delicados teniendo en cuenta su estatus como un noble, sosteniendo su infaltable pala. Lloyd lo observa con evidente interés y Javier no puede respirar bien. Le tiemblan las rodillas. Le punza el corazón. Quiere gritar y reír.
Y besar al cabrón que tiene por maestro, quizás.
No, no. Ignoremos eso.
Es solo que Lloyd es realmente lindo así. Sus ojos marrones parecen hacerse más grandes cuando posa así, sus labios se ven dulces y rosados y abultados, su nariz se arruga en un gesto casi adorable y...
Javier necesita un doctor ya.
Un medico especializado en demencia. Un mago, quizás. Tal vez le han hechizado, le han lanzado una maldición.
¿Lindo, adorable? Está perdiendo la cordura. Ese tipo de adjetivos simplemente no están destinados a ser usados para describir a Lloyd Frontera, maldición.
──── Qué. ───Dice. A secas. Como si no hubiera bebido agua y estuviera muriendo de sed. Con la garganta apretada por palabras extrañas que quieren salir de su boca y se enredan en su lengua. Javier no está seguro de cuáles son las palabras que quiere decir, pero hay algo en él (¿su dignidad, probablemente?) que le grita que debe mantenerlas silenciadas, atrapadas tras sus dientes sin poder ser pronunciadas.
Lloyd se acerca, y es peligroso de una manera que Javier nunca esperó. Lo hace perder la cabeza. Hay algo casi seductor en su andar. En su mirada inquisitiva, en sus labios curvados en una mueca pensativa, en la piel bronceada que se deja ver por entre las amarras de ese intento de camisa que tiene; músculos fortalecidos se asoman y Javier quiere hundir los dientes en la carne hasta dejar su marca en él.
Quiere lamerle el sudor del cuello para saciarse la sed con él, besarle la boca hasta que el aire en sus pulmones se acabe y dejarse caer a los pies de Lloyd para poder brindarle satisfacción al hombre de la manera más básica que hay. La carnal.
──── ¿Qué tienes? ───Lloyd pregunta y aleja de Javier abruptamente los pensamientos totalmente inadecuados que le dejan las mejillas calientes. Y otra parte también. Duele. La necesidad lo tiene al borde de la locura. Javier hunde las uñas en las palmas y deja ir el aire en un suspiro lento, obligándose a recuperar el control de su lengua.
──── ¿A qué te refieres? ───Devuelve la cuestión entonces. A secas también. Aún más que antes. Hay algo que quema dentro de su pecho y hace que el sudor le resbale por la frente caliente. Está a punto de salirse de su propia piel. Javier intenta, de verdad, fingir desentendimiento y mostrarse despreocupado, pero sabe que falla en eso. Falla terriblemente. Es casi patético. Lloyd lo confirma al chasquear la lengua y darle una larga mirada que grita que no se ha tragado su intento de actuación en absoluto.
──── Te has estado comportando jodidamente raro desde la mañana. ───Aclara Lloyd, a pesar de lo innecesario en ello. Javier sabe que ha estado actuando raro. Probablemente todos los han notado. A este paso, no tomará mucho tiempo que alguien pille su mirada y vea a través de su alma el motivo de su inquietud. Javier está aterrado.─── ¿Tuviste una pesadilla o algo así?
Debajo del tono burlón, hay un dejo de preocupación. Las emociones genuinas del joven maestro siempre se dejan ver entre las palabras, un destello detrás de sus muecas feas; Javier ha aprendido a leer entre líneas a Lloyd Frontera mejor que nadie. Puede ver en sus ojos, en la manera en la que el entrecejo se le frunce. Lloyd está preocupado, bastante inquieto por verlo actuar extraño.
Qué dulce.
A Javier le revuelve el estómago y se le calienta el pecho; él aspira y parpadea estúpidamente, intentando comparar aquella sensación vertiginosa con el disgusto que le revolvía el estómago cada vez que tenía que enfrentar ese rostro desagradable hace menos de un mes... ¿o es que habían sido dos meses ya? ¿tres?
Es alucinante. En algún momento de su vida, Javier tuvo que dar todo de sí para mantener el control de su expresión facial y no dejar en claro lo fastidiado que se sentía al tener que ver a su joven maestro a la cara. Y ahora...
Ahora tiene que controlar su respiración y empujar lejos la emoción que le enrojece el rostro y hace que le dé un cosquilleo en la piel. Las manos le pican por el deseo. Por la necesidad.
Quiere arrastrar los dedos por la piel áspera y los músculos fortalecidos de Lloyd. Quiere peinar el cabello marrón con dichos dígitos y delinear esos rasgos fáciles que últimamente encuentra fascinantes. Quiere besarle la barbilla, las mejillas y la boca. Quiere sostener el cuerpo más pequeño contra el suyo y asegurarse de que respiran juntos como si fueran uno. Quiere enredar sus cuerpos hasta que nadie pueda decir donde empieza y termina uno para dar comienzo al otro.
Quiere tomar lo que su maestro le dé y abrirse el pecho para guardarlo junto a su corazón. Quiere entregarse por completo, decirle que cada uno de sus cabellos celestes le pertenecen. Dejarle en claro que es dueño de su lealtad, de su fuerza; de su libertad. Javier le pertenece. Es suyo para usar, para aprovechar. Para amar.
Javier quiere decirle que lo ama con cada fibra que compone su ser y quiere pedirle, de rodillas si hace falta, que desea ser amado de regreso también.
Le hormiguea la piel, le pican los dientes, le arde la sangre.
Javier está enamorado. Está enamorado como nunca pensó estarlo.
La revelación lo golpea de lleno. Le roba el aliento y la fuerza. Cuando se tambalea, físicamente afectado por la intensidad de sus sentimientos, Lloyd avanza y lo sostiene por los codos, mirándolo hacia arriba con sus bonitos ojos goteando preocupación mal camuflada.
Javier casi quiere empujarlo y soltarse. Tirarse a sus pies. Quiere arrodillarse y demostrar su adoración tanto como se lo permita su maestro. Quiere arrancarse el corazón y dárselo en las manos, exigiendo que lo reciba y lo guarde junto al suyo.
──── El amor es ciego. ───Murmura, apenas audible, sus manos apretando los brazos del hombre más bajo un momento antes de soltarlo y apartarse como si el contacto le quemara. Porque lo hace. Quema y arde. Javier se siente helado mientras más se aparta.
Lleva una mano a su espada enfundada en un intento de controlar el impulso que palpita en cada célula de su cuerpo y lo insta a atraer al tipo aquel, que a sus ojos es guapo de manera innegable, que es dueño de su corazón y cada pálpito que este da dentro de su pecho, a un beso.
Un beso que le robé el aire. Que entrelace sus almas para así nunca separarse. Javier se relame los labios, el rostro rosado. La necesidad lo hace sentir tan avergonzado como desesperado.
Lloyd parece sorprendido un momento tras haberlo oído, sus cejas se elevan de manera cómica (linda) y su boca se abre para soltar una estupidez, claramente. Javier no le da oportunidad, gira sobre sus talones y avanza hacia el campo de entrenamiento, ignorando el llamado de su nombre por esa boquita que lo incita al pecado.
Quizás si entrena hasta que sus músculos duelan puede encontrar la manera de vivir con la revelación que acaba de tener sin perder la cabeza. Quizás si se desgasta físicamente puede encontrar la manera de resistir los deseos que le calientan el vientre y le vuelven la mente una nebulosa de pensamientos indecorosos.
Por si se lo preguntan, no sirve.
No sirve en lo más mínimo.
Antes de que la luna termine de ocultarse ese mismo día, Javier se halla a sí mismo hundiendo la lengua en la boca de su joven maestro, tocando donde sus manos alcancen mientras mantiene presionado a Lloyd Frontera contra la pared de... de dónde sea que estén. El fuego que genera en su cuerpo el contacto lo consume, y Javier arde con una felicidad que pocos hombres llegan a sentir en la vida.
Los músculos se hunden bajo sus dedos y Lloyd se estremece con cada roce, con cada succión y mordida que Javier le brinda. Sabe a gloria en su boca. Javier nunca se sintió tan dichoso como en el momento en el que tiene la boca llena y escucha a su joven maestro deshaciéndose en palabras incomprensibles. Nunca sintió mejor sensación que la de hacerse lugar, tras cuidadosa preparación, dentro del cuerpo de Lloyd.
Le besa la boca y bebe de sus lágrimas. Sonríe contra la piel endurecida por el trabajo y áspera por el esfuerzo. Sostiene el cuerpo de Lloyd contra el suyo, tal como quiso horas atrás, y lo besa de tal forma que se gana golpes en el pecho y el recordatorio de que el otro hombre no puede aguantar la respiración tanto tiempo como él.
Lo llena de su esencia y lo cuida después. Con los labios permanentemente curvados en una sonrisa y el placer aún calentando su sangre.
Javier se deshace de sus preocupaciones y decide dejarle el problema a Lloyd.
Sí, lo mejor es dejar que Lloyd encuentre la solución a la situación en la que ahora se han envuelto.
Después de todo, él la ocasionó.
Él y su encanto abstracto.
