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Sangre y Plata

Summary:

Draco buscara ocultar que es omega, mientras trata de reparar el armario evanescente. Harry es alfa y tratara de saber que es lo que oculta draco.

Chapter 1: De regreso a Hogwarts

Chapter Text

El Expreso de Hogwarts serpenteaba a través de colinas teñidas de los últimos vestigios del verano, un rubor dorado y verde que se aferraba a la tierra como un recuerdo obstinado. Dentro del vagón, el aire estaba cargado de un eco diferente al de años anteriores. No era solo la habitual excitación preescolar; era una tensión soterrada, un miedo agridulce que se filtraba por las rendijas de las ventanas y se enredaba entre las risas forzadas. La guerra ya no era un espectro en el horizonte; era una mancha de tinta que había empezado a extenderse, envenenando todo lo que tocaba.

Harry Potter apoyaba la frente contra el cristal frío de la ventanilla, sintiendo el familiar zumbido de la cicatriz, un dolor sordo y persistente que se había convertido en su compañero constante desde el verano. No era el dolor agudo de cuando Voldemort sentía una emoción poderosa, sino una molestia baja, como si una parte de su propio ser estuviera siempre en guardia, siempre al límite. Ron y Hermione callaban a su lado, un silencio cómplice. Todos lo sentían. El mundo se había vuelto más frío, más oscuro, y Hogwarts, su refugio, ahora se erguía como un último bastión en un territorio que rápidamente se volvía hostil.

"¿Otro sapo de chocolate, Harry?" ofreció Ron, rompiendo el hechizo de silencio. Su voz era más grave que el año pasado, con un ronquido áspero de alfa que aún se estaba acostumbrando. Harry, también presentado como Alfa durante aquel verano turbulento, asintió con la cabeza, aunque no tenía apetito. Su propia naturaleza alfa era una presencia inquieta bajo su piel, un impulso de proteger, de actuar, que chocaba frontalmente con la impotencia que sentía. Dumbledore lo mantenía al margen, el Ministerio lo pintaba como un mentiroso, y él estaba atrapado en una prisión de inacción.

"No dejes que te afecte, Harry," murmuró Hermione, su voz era un susurro lógico y calmado en medio del caos emocional del vagón. "Estamos a salvo en Hogwarts. Dumbledore está allí." Pero hasta ella sonaba menos segura de lo habitual.

Mientras tanto, en otro vagón, tan alejado del de Harry como las circunstancias lo permitían, Draco se contemplaba en el reflejo fantasma de la ventana. Su rostro, siempre pálido, tenía una palidez cadavérica, como si la sangre se hubiera negado a circular por sus venas durante semanas. Sus ojos grises, antes brillantes con arrogancia, ahora eran pozos de una angustia tan profunda que amenazaba con tragárselo entero. Apretó los puños, notando cómo le temblaban ligeramente los dedos dentro de los guantes de cuero fino que siempre llevaba puestos, incluso en interiores. Nadie debía ver. Nadie debía saber.

Bajo las capas de seda negra y lana costosa, oculta por un hechizo de enmascaramiento que le había costado a su madre una fortuna en ingredientes raros y oscuros, latía una verdad que podría destruirlo. Draco Lucius Malfoy era un Omega. La presentación había llegado en la quietud aterrorizada de las vacaciones de verano, un huracán de sensibilidad exacerbada, una necesidad visceral de anidar y una docilidad biológica que se burlaba de cada fibra de su orgullo. Fue el mismo día en que el Señor Oscuro se había mudado a la Mansión Malfoy, convirtiendo su hogar en una tumba suntuosa.

"Es tu deber para con la Causa, Draco," le había susurrado su padre, desde detrás de los barrotes de su celda en Azkaban, en una de las raras visitas permitidas. Su voz, antes una herramienta de autoridad Alfa, ahora era solo un eco quebrado. "Restaurar el honor de nuestra familia."

Pero el "deber" había sido una ceremonia grotesca en el salón principal, con el olor a polvo y decadencia flotando en el aire. El Mortífago que lo había suplantado, Antonin Dolohov, un Alfa con un aura fétida a violencia y crueldad, le había sujetado el brazo con una fuerza que le había dejado moretones. Y entonces, la Varita de Saúco había tocado su piel. No fue un simple corte; fue una profanación. El dolor había sido insoportable, una quemadura de hielo y fuego que le había grabado en la carne no solo el símbolo, sino la promesa de una lealtad que le hacía vomitar. Y a través de todo ello, Draco había tenido que mantener su naturaleza Omega perfectamente oculta. Un Omega era visto como débil, vulnerable, un bien valioso para criar, no para luchar. Si los Mortífagos lo descubrían, su destino sería mucho peor que la muerte. Sería un juguete, un premio, un recipiente.

Solo su madre, una omega de sangre fría y corazón de leona, lo sabía. Ella había sido quien había conseguido las pociones de enmascaramiento, quien le enseñó a contener el instinto de sumisión, a proyectar una falsa seguridad de Beta. "Nadie debe saber, Draco," le había dicho, sus dedos fríos acariciando su mejilla. "Ni siquiera tus amigos. La debilidad es un lujo que no podemos permitirnos."

Un golpe en la puerta del vagón lo hizo sobresaltarse. Por un instante, un terror irracional, le heló la sangre. ¿Lo habían olido? ¿Había fallado el hechizo?

La puerta se abrió y apareció Pansy, con su pelo liso amarrado en una coleta y su sonrisa mordaz. "¿Planeando la conquista del mundo desde aquí, Draco? Estás más pálido que un fantasma." Detrás de ella, Vincent y Goyle, dos Alfas de inteligencia limitada, pero una gran lealtad. Su mera presencia física, su aroma bruto y sin refinar a sudor y potencia, hacía que a Draco le costara respirar. Theo, quien se habia presentado como beta, se coló detrás de ellos, sus ojos calculadores escudriñaron a Draco con una curiosidad que resultaba incómoda.

"Estoy pensando, Pansy. Un concepto que quizá te resulte ajeno," replicó Draco, forzando su voz a su tono habitual de desdén. El esfuerzo le costó un latigazo de dolor en el brazo marcado. "No todos podemos pasar el viaje parloteando sobre uñas y peinados."

Pansy, una Beta que disfrutaba de su papel de segundona con ambiciones de primera, frunció el ceño pero no dijo nada. Zabini, el último en entrar, cerró la puerta con un movimiento elegante. Blaise era un Alfa, pero de una clase diferente a Crabbe y Goyle. Su poder era sereno, calculador, envuelto en un aura de misterio y una belleza casi peligrosa. Su sola presencia calmaba ligeramente los nervios de Draco, una paradoja que no se atrevía a examinar.

"El ambiente en el tren es... tenso," comentó Blaise, tomando asiento frente a Draco. Sus ojos oscuros se posaron en los guantes de Draco por una fracción de segundo demasiado larga. "Dicen que Potter se presento como alfa... era de esperarse, después de todo es el elegido".

"¿Y a mí qué?" escupió Draco, y el nombre le supo a hiel en la boca. Potter, el Alfa dorado, el salvador, el que siempre tenía la razón, siempre era el centro de todo. La simple mención de su nombre hacía que algo primitivo en el interior de Draco se estremeciera, una mezcla de odio visceral y de algo más, algo profundo que se negaba a reconocer y que atribuyó al desprecio. "Que sea el Alfa predilecto de Dumbledore no cambia nada. Sigue siendo un imbécil con complejo de mártir. Su presentación es el tema favorito de todos, como si fuera lo único importante que está pasando."

"¿Y qué más importante crees que está pasando, Draco?" preguntó Theo suavemente, jugando con una moneda que hacía aparecer y desaparecer entre sus dedos. "Mi padre dice que las cosas están muy mal. Que hay desaparecidos. Que los Lestrange andan más sueltos que nunca."

"Tu padre siempre fue un alarmista, Nott," espetó Draco, desviando la mirada hacia la ventana, donde el paisaje se oscurecía rápidamente. No podía permitir estas dudas. No aquí. No ahora. Tenía un papel que interpretar. El de hijo leal, el de Mortífago en ciernes, el de Beta fuerte. Cualquier desviación sería su sentencia de muerte. "Los Lestrange siempre han sido entusiastas. No significa que el Señor Oscuro...", hizo una pausa forzada, como si pronunciar el nombre le quemara la lengua, "...esté activo como Potter pregona. Es solo otra de sus campañas para llamar la atención. La gente desaparece todo el tiempo por montones de razones aburridas."

Blaise observó el gesto de Draco con interés. "Pareces muy seguro de eso. Casi como si tuvieras información de primera mano." Su tono era casual, pero la insinuación flotaba en el aire, pesada y peligrosa.

Draco contuvo la respiración. ¿Era una pregunta inocente o una trampa? Zabini era como una serpiente, siempre deslizándose hacia la verdad. "No necesito información de primera mano para reconocer una exageración," replicó con desprecio, esperando que su falsa arrogancia enmascarara el pánico que sentía crecer en su pecho. "Mi padre siempre dijo que la histeria es el arma de los débiles. Potter es débil, por más alfa que huela, y sus seguidores son aún más débiles por creerle."

Pansy se rió, un sonido agudo que cortó la tensión. "¡Exactamente! Seguro que la Weasley está encantada. Al fin un alfa en la familia que no huele a gallinero."

Los chistes continuaron, pero Draco apenas los escuchaba. El dolor en su brazo era una constante, un recordatorio pulsátil de la carga que llevaba y del peligro que representaba cada palabra, cada mirada. Se ajustó inconscientemente el guante, asegurándose de que no quedaba un milímetro de piel al descubierto. Las palabras de Theo sobre los desaparecidos resonaban en su mente, mezclándose con los recuerdos de los gritos que a veces filtraban los suelos de la Mansión Malfoy. Él sabía exactamente por qué desaparecía la gente. Y tenía mucho más miedo que cualquiera de ellos.