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Characters:
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Language:
Español
Series:
Part 1 of Notas
Stats:
Published:
2025-10-22
Words:
3,349
Chapters:
1/1
Comments:
6
Kudos:
19
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3
Hits:
275

Notas - AU Franscar

Summary:

Donde O se cruza con F en el subte.

"𝚂𝚘𝚗𝚛𝚒𝚘 𝚊𝚕 𝚛𝚎𝚌𝚘𝚛𝚍𝚊𝚛 𝚚𝚞𝚎 𝚜𝚘𝚖𝚘𝚜 𝚍𝚘𝚜 𝚎𝚡𝚝𝚛𝚊ñ𝚘𝚜 𝚌𝚛𝚞𝚣𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚖𝚒𝚛𝚊𝚍𝚊𝚜"

//

AU subido originalmente en twitter.com/grandpiastrix81 inspirado en la canción Notas de Santi Muk.

Work Text:

Otro día de invierno invade la ciudad con una inesperada tormenta. Es domingo y el subte de Buenos Aires está casi vacío en la estación Florida de la línea B.
La lluvia traía un atisbo de soledad con ella, las personas caminaban apuradas, queriendo llegar a sus casas, tratando de no mojarse. El sonido de las zapatillas que patinan en los charcos, los paraguas cerrándose como flores negras, anuncios que se repiten con voz de lata. En el borde pintado de amarillo, Franco cuenta los azulejos para no pensar en el día que lo trajo hasta ahí: pocas ventas, demasiados mails sin responder, una llamada de su viejo preguntando si “ya estás comiendo bien”. Se acomoda los auriculares, pero sin darle play a nada. Prefiere escuchar la ciudad, el latido herido de los trenes.

Cuando de repente lo ve. No es un destello ni un milagro del cielo. Es apenas un pibe con un sobretodo negro, sus rulos húmedos por la lluvia y una mochila negra con un parche desteñido de un rayo. Oscar apoya la espalda contra la pared del andén, sosteniendo con el pulgar un libro abierto por la mitad, como si temiera que las palabras se escapen si afloja. Tiene la mirada perdida, pero no en el texto, mira hacia las vías, hacia un punto que solo él sabe. Franco lo mira, y por un segundo, Oscar también lo mira. Dos segundos. Tres.

Las puertas del subte llegan con su metal cansado, se abren y las pocas personas que se encontraban en el andén suben esperando llegar a sus casas sin enfermarse por la lluvia. Oscar entra; Franco entra. Quedan enfrentados, separados por un pequeño pasillo vacío. Oscar mira a su alrededor y se da cuenta que son los únicos en el vagón, sonríe para sus adentros pensando en cómo acercarse al misterioso castaño que no deja de mirarlo de reojo.
El vagón se sacude con suavidad. Franco intenta no mirar. No mirar. No mirar.
Mira.

Oscar guarda el libro sin marcar la página. Franco imagina que eso debe dolerle al autor, a los personajes, a las letras mismas: quedarse flotando, sin un doblez que indique hogar.
Oscar apoya la cabeza sobre el vidrio dejando que la humedad le pinte un semicírculo. El tren arranca; en una curva a Oscar se le cae su libro y cuando se agacha para agarrarlo, sus ojos se cruzan con los del argentino, casi rozando sus manos sin querer. Casi.

Ambos vuelven a sus lugares y cuando Oscar está por agradecerle suena una bocina y una voz robótica dice “Queridos pasajeros, el servicio está momentáneamente detenido entre estaciones por un desperfecto técnico. Personal de mantenimiento está asistiendo. Les pedimos que permanezcan dentro del coche y eviten abrir las puertas.”
Ambos se quedan en silencio esperando que la formación retome su curso habitual. Franco saca su teléfono para avisarle a sus amigos lo ocurrido mientras que Oscar se pone a scrollear en Twitter para evitar hacer un papelón en frente al menor. El más alto piensa en una frase. Cualquier frase. “Que paja esto, ¿No?” sería una buena puerta, amplia, con bisagra suave. “Siempre hay algo con el subte, ¿Viste?” sería menos invasiva, “¿Viste que siempre frena más brusco entre Uruguay y Callao?” sonaría a charla de ascensor versión subte; frágil, inofensiva. Pero no dice nada, en cambio practica con la lengua la M de “me llamo”, la O de “Oscar”, y se pierde en sus pensamientos y se sorprende de que su nombre tenga la misma oquedad hueca que el túnel, O como boca abierta, como sorpresa, como el principio de un naufragio.
Franco sigue perdido en la pantalla viendo de reojo a Oscar, pensando si comenzar una conversación en ese momento es lo más adecuado. Cuando por fin junta fuerzas para hablarle suena una voz metálica informando que el tren está por retomar su camino y ambos se quedan en silencio.

Al llegar a la estación Carlos Pellegrini Franco se baja dejando una conversación pendiente en el aire. Oscar suspira y lo sigue con la mirada, perdiéndose entre la gente, Franco no miró atrás y Oscar se arrepintió toda la noche de no haberle hablado.

Los siguientes días se ordenan como una coreografía secreta.
Lunes, miércoles y jueves, Línea B rumbo a Juan Manuel de Rosas a eso de las once menos cuarto. Oscar aparece una estación después de Franco: se sube en Florida, con la cara limpia de sueño, el pelo perlado de humedad, la mochila al hombro. A veces trae otro libro. A veces trae un café que abraza con ambas manos buscando sentir el calor que quiere sentir por parte del misterioso morocho. A veces no trae nada, y en esos días mira la oscuridad del túnel como si pudiera nombrarla. Como si supiera exactamente lo que se siente estar ahí pero pasar desapercibido.
Oscar descubre que hay una música leve en la forma en que Franco respira cuando pasan por Callao, porque siempre hay un frenazo torpe ahí. Descubre qué le tiembla apenas el pulgar cuando el vagón se llena de turistas en Uruguay, que sonríe con pudor cuando pasa un vendedor de lapiceras y fibrones y que su sonrisa tiene medio segundo de retraso respecto al chiste, como si necesitara confirmarse a sí mismo que sí, que está bien reír.
Oscar, por su parte, perfecciona el arte de mirar sin parecer que mira. Apoya su teléfono a la altura del pecho, deja la pantalla apagada, y usa el reflejo tenue para trazar mapas: la inclinación de los hombros, el arco de las cejas, la muesca invisible del labio inferior que aparece cuando el menor se muerde un borde por la ansiedad.

A la noche, ya en su departamento, el australiano se sienta en el borde de la cama y escribe. No grandes cosas, apenas notas sueltas en el bloc del teléfono: “campera azul, rulos con vida propia, pulgar indeciso”. A esas notas les pone un título medio cursi, medio secreto: Amante del amor en sus más mínimas expresiones.

Una tarde de lluvia, la ciudad se vuelve un abrigo pesadísimo. Franco piensa en bajarse antes, en tomarse un bondi, en evitar el agua. Pero va al subte igual. En Carlos Pellegrini entra un vendaval de gente con paraguas chorreando. Oscar también. Trae el pelo más oscuro, la campera con gotitas, y un libro nuevo: tapa blanca, título corto. Franco no alcanza a leer. El vagón arranca y se apaga por un segundo —ese latido interrumpido— y en la oscuridad breve Franco distingue la silueta de Oscar más que a Oscar mismo: un recorte, un negativo, una posibilidad.

Cuando vuelve la luz, Oscar ya está mirándolo. Franco siente que lo atraparon observando. Baja la mirada, se ríe solo, vuelve a subirla como pidiendo disculpas sin palabras. El más alto inclina la cabeza, apenas. Esa inclinación es un “te vi”, un “yo también”, un “che, hola” que no pasa por la boca pero le llega igual hasta el estómago.

 

“Próxima estación: Callao” anuncia la ya tan conocida voz metálica.

Oscar se repite mentalmente: decí algo. se ensaya en la lengua: “qué lluvia”, “alto quilombo hoy”, “¿viste el partido de ayer?”. En el movimiento de frenar, el vagón los empuja un poco. Sus manos vuelven a casi tocarse. Casi.

—Perdón —dice Oscar con un hilo de voz. Franco se asombra al escuchar su voz, la pensó miles de veces, varias noches pensando en él, en cómo será su voz, en cómo se sentirá su tacto, a qué saben sus labios. El menor parpadea, y niega con la cabeza como si no hiciera falta perdonar nada. Sonríe sin dientes. Oscar piensa que esa sonrisa es su estación favorita, pero ese pensamiento se ve invadido por una voz en su cabeza diciendo “que cursi bro”, pero otra voz le da la razón pensando en que qué importan los rótulos si se siente así.

El tren vuelve a arrancar y con él arrancan, también las vidas que Oscar imagina. No una, mil. Las escribe en la mente como quien tararea una melodía:

Vida 1. En Callao, Franco finalmente pregunta por el libro.
Oscar dice el título —corto, raro, de esos que parecen un suspiro— y comenta que le está gustando porque la prosa tiene una suavidad que te empuja, como una brisa que no sabías que estaba y sin embargo te lleva. Oscar piensa “igual que vos” pero no lo dice. Terminan bajando juntos en Pueyrredón. Caminan por Corrientes entre vendedores de medias y turistas con cámaras. Comparten un paraguas que no alcanza para los dos y por eso caminan pegados, riendo cuando un auto los salpica. Franco anota en el celular el nombre de una cafetería chiquita en Almagro. “Mañana si querés”, dice. Oscar asiente y siente el mundo entrarle en el pecho como la primera bocanada después de estar mucho tiempo en una pileta profunda.

Vida 2. Una semana después, Franco invita a Oscar a un recital. No importa de quién, importa el ritual: entrar juntos a un lugar oscuro donde la música crea un idioma nuevo. En el medio de un tema lento, Oscar cierra los ojos y deja que las notas —esas que parecen salir de la voz de Franco aunque no esté cantando— le acaricien el alma. “No fue suerte ni azar que hoy estemos juntos. Entre tantas personas en este mundo”
Cuando abre los ojos, Franco está mirándolo, y en esa mirada hay un hogar que Oscar no sabía que le faltaba.

Vida 3. Es verano. En Ángel Gallardo compran helado en cucurucho. Oscar pide sambayón y frutilla, mezcla improbable que a Franco le parece de viejo pero que le termina encantando. Se sientan en un banco y hablan de todo: de las películas que los hicieron llorar, de la vez que el menor se cayó de la bici y casi se abre la cabeza, del miedo irracional de Oscar hacia las mariposas. Un nene los mira y les pregunta si son novios. Oscar se atraganta con el helado. Franco dice “todavía no”, y Oscar ríe tan fuerte que la risa espanta a las mariposas y a los miedos.

Vida 4. Discuten. Por una pavada, por horarios, por mensajes contestados tarde. Franco camina rápido, Oscar no lo alcanza y en el sonido de la lluvia contra las baldosas se le enreda el corazón. Después, en el escalón de un edificio cualquiera, se piden perdón con la torpeza hermosísima de quienes todavía no aprendieron el manual del otro. Franco apoya su frente contra la de Oscar y el mundo se acomoda otra vez, como cuando el vagón termina de cerrar las puertas y el ruido calza justo.

 

Vida 5. Juegos de domingos. Mercado de pulgas. Pelis subtituladas. Pizza de muzzarella con aceitunas. Manos unidas. La vida mínima que se hace enorme cuando se comparte.

Vida 6. Una madrugada, cuando la ciudad es un gato que duerme con un ojo medio abierto, Franco canta bajito en el oído de Oscar. No letra ajena, no canción famosa: una melodía inventada sobre la marcha, una sucesión de notas suaves cual brisa sobre el mar. Oscar siente que naufraga en eso y no le preocupa. Dejarse ir, por una vez.

La realidad, mientras tanto, tiene su propia delicadeza. En el vagón, el celular de Franco vibra y él lo mira con una mueca de fastidio leve. Responde algo rápido. Oscar utiliza ese segundo de distracción para tomar coraje. Piensa que tal vez lo mejor es que salga mal: que Franco lo mire con cara de “no entiendo” o de “no, gracias” o de “tengo apuro”. Mejor eso que quedarse a vivir en la estación intermedia, en esa plataforma eterna donde no se sube ni se baja. Decí algo, se dice. Decí algo ahora.
El tren vuelve a frenar. Pueyrredón. Suben y bajan cuerpos. El artista callejero afinado arranca con “todo coro, gente” y está genuinamente afinado, y a Oscar le da ternura que esa belleza mínima exista. Mira a Franco. Franco lo mira. Acá. Ahora.
Y sin embargo, lo que aparece no es una frase, sino otra vida:


Vida 7. Oscar consigue trabajo en una librería sobre Corrientes. Franco, por obra de algún dios menor que atiende caprichos, entra un sábado buscando ese libro de tapa blanca. No lo encuentran y se quedan charlando en la escalera de la planta alta, con olor a cartón nuevo. Al despedirse, Franco le escribe su número a Oscar en el reverso de un ticket. “Mandame cuando quieras”, dice. Oscar no espera llegar a casa, le escribe en el semáforo. El menor responde con un sticker torpe. Dos horas después, están tomando café en una esquina redonda. Tres días después, están besándose en un pasillo oscuro. Cinco meses después, están peleando por a quién le toca sacar la basura. Un año después, a Oscar le pasa que mira a Franco en silencio y se asusta de lo mucho que lo quiere.

Oscar parpadea. La vida imaginaria se disuelve como azúcar en una taza que nunca estuvo. Las puertas del vagón se cierran y la voz anuncia Callao. Franco baja la mirada. Oscar también.
La primera vez que Oscar lloró en un transporte público fue a los diez años, el día que su perro no volvió de la veterinaria. Lloró en un colectivo 92, pegado a la ventanilla, y la mujer desconocida de al lado le tocó el hombro con dos dedos, soft, como pidiendo permiso para consolar. Desde entonces, Oscar tiene la vaga idea de que los vehículos que se mueven son también templos, lugares donde el mundo se te permite un poco más.
Tal vez por eso, cuando Dorrego se va quedando atrás y la oscuridad del túnel vuelve a rodearlos, Oscar decide creerle a esa sensación boba pero intensa de reconocer a alguien que nunca conoció. No hay manual. No hay garantía. Es solo un presentimiento: qué raro que se sienta tan normal.
—Juan Manuel de Rosas —dice la voz, al fin.
El vagón se vacía de golpe. Oscar y Franco quedan de nuevo cerca, tan cerca que Oscar puede ver el brillo pequeño en la comisura del ojo de Franco —¿cansancio? ¿risa?—, adivinar que su shampoo no es de menta sino de algo más cálido, imaginar que la tela de su campera guarda el olor de una casa con ventana abierta. La gente empuja hacia las escaleras. Hay ruido de llaves, de pasos indecisos, de turistas mareados por la señalética.
Oscar respira.
—Che —dice Franco, y la palabra le sale con acento de barrio, sin sofisticación, como salen las cosas que importan—. Eso que leés… ¿Está bueno?
Franco hace una pausa mínima. Es el tiempo que tarda una llave en chocar contra otra al fondo de un bolsillo. Es el tiempo exacto en que una vida puede virarse a un lado u otro. Su boca se curva. Oscar piensa “listo”. Piensa “ahora sí”. Piensa, incluso, la próxima frase.
—Perdón —dice Oscar, amable—. Estoy apuradísimo. Perdón, de verdad.
Pasa caminando despacio, y en ese despacio hay un cuidado: no empuja, no aparta. Apenas hace lugar con el cuerpo. Franco se abre. Oscar sube las escaleras. El sobretodo negro se vuelve una mancha lejana. Franco lo sigue con la mirada hasta perderlo en una curva de azulejos.
Se queda quieto. El vagón en el que llegaron ya no está. Otro llega. El viento caliente que arrastra es como un susurro sin idioma. Oscar cae en la cuenta —no de golpe, no como una epifanía que te incendia—, sino como cae el sueño: inevitable, silencioso. Lo que vivió estos días fueron posibilidades. Tramas tejidas en el aire, en la ventanita del celular apagado, en la respiración a tiempo con frenadas y anuncios. No hubo libros compartidos, ni cafés bajo lluvia, ni helados de sambayón. Hubo miradas, sí. Hubo esa vibración rara de conocer sin conocer. Hubo música en el silencio. Y nada más.
Y, de algún modo inexplicable, eso no le parece poco.
Los días siguientes, Oscar sigue viajando a la misma hora. A veces, en Florida, vuelve a subir la campera azul. A veces no. Cuando sube, Oscar la registra con esa parte del cuerpo que no es ojo ni oído sino una especie de radar tonto, atento a lo mínimo. Si Franco lo mira, Oscar le devuelve la mirada. Si no, deja que el túnel haga su trabajo de tragar miedos.
Una mañana, Franco se queda dormido de pie. Un libro de tapa blanca abierto en la mano, la cabeza inclinada. El vagón frena más brusco que de costumbre en Pueyrredón y Franco alcanza a despertarse a tiempo para no desmoronarse del todo. Oscar extiende la mano un centímetro, nada más, como quien está listo para agarrar una taza que se cae. No hace falta. Franco se endereza, chasquea la lengua con vergüenza, sonríe para sí. Oscar baja la mano. Nadie vio nada. Nadie sabe nada.

 

Otra mañana, una vieja radio portátil se enciende en manos de un vendedor y derrama una melodía dulce, notas suaves que parecen empujar la mañana hacia un lugar mejor. El vagón entero baja el volumen. Franco cierra los ojos un segundo. Oscar también. En esa tiniebla breve, se permite pensar que, de alguna forma —no mágica, no mística, apenas humana—, los dos están compartiendo eso. No un nombre, no una conversación, no una cita. Eso: la misma canción, el mismo tramo de aire, el mismo vaivén.
Cuando la radio se apaga, el mundo vuelve como siempre. O casi.
Una tarde cualquiera, Oscar llega antes y se sienta en un banco del andén. Saca el celular y abre Amante del amor en sus más mínimas expresiones. Escribe:
Hoy pensé en hablarte. Te juro. Practiqué frases como si fueran llaves: unas no calzaban, otras abrían puertas que no me animaba a cruzar. Al final me quedé acá, con los nudillos tibios de no haber tocado nada. Y sin embargo… qué raro que esto se sienta tan normal. Como si te conociera desde antes. Como si te extrañara desde siempre, sin tener todavía el placer de conocerte.
Lo relee. Le da pudor su propia cursilería. Lo borra. Lo vuelve a escribir, más seco: “Hoy casi te hablo. No pude. Igual, gracias por existir en este mismo vagón”. Lo guarda. Se guarda.

 

El subte llega. Sube. Florida. Franco entra. Trae una bolsa chiquita de una librería de Corrientes. Se apoya cerca como siempre. Oscar lo mira. Franco lo mira de vuelta. El mundo se acomoda en ese equilibrio frágil, como una moneda en el borde de la mesa. Después, como todas las monedas, cae del lado que le toca: silencio.

 

No hay moraleja. No hay una última escena donde Oscar corra por el andén y grite un nombre que ni siquiera sabe si es el correcto. No hay abrazo hollywoodense con aplauso de extra. Hay, sí, una ternura hacia uno mismo: la de aceptar que a veces la vida es este lugar ambiguo entre estaciones, esta fantasía que no se concreta pero te acompaña, este hilo de música que te mejora el aire sin que haga falta cantarse en voz alta.
A veces, piensa Oscar, no se trata de tener la historia, sino de sentir que podría existir. Como cuando apoyás la mano sobre una ventana empañada y sabés que del otro lado hay noche, lluvia, taxis que pasan, alguien que llega tarde, alguien que vuelve, alguien que espera. No ves nada, pero sentís el pulso.
El subte frena en Juan Manuel de Rosas. La puerta se abre. Oscar baja con el resto. La mochila le golpea la cadera. En las escaleras, gira un poco la cabeza —un reflejo, una costumbre—. No ve a Franco. O sí, una mancha azul a lo lejos, o tal vez nadie. Sigue subiendo. Sale a la calle. La ciudad lo recibe con su rumor sin partitura. Hay una brisa mínima, de esas que no sabías que estaban pero igual te empujan. Oscar sonríe. Se mete las manos en los bolsillos. Camina.
Y en algún lugar del subte, en un vagón que se va, una historia que no pasó sigue tocando en voz baja. Notas suaves. Dos miradas cruzadas. El placer pendiente —todavía— de conocerse.

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