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Bajo la sombra del árbol sagrado

Summary:

Ranpo carga con un legado que nunca pidió: ha nacido como la reencarnación de Taro Hirai, el héroe que salvó a su pueblo de un demonio siglos atrás.

Para todos, es la viva imagen de aquel hombre venerado como una deidad, y con ello, el portador de sus expectativas.

Desea mantenerse lejos de todo lo que lo ate a Taro... salvo de una presencia: Poe, el tanuki que le juró lealtad y lo protege desde un pacto de sangre sellado con Taro en el pasado.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Herencia indeseable

Chapter Text

Ranpo llegó a plantearse muchas veces qué habría sucedido si hubiera nacido en circunstancias distintas a las que le fueron dadas por ese ridículo destino.

Tal vez su vida no sería más que la de un chico normal, sin la mayoría de los privilegios otorgados desde su nacimiento y la molesta carga de expectativas que se fueron acumulando en él con el paso del tiempo sobre sus hombros.

De ser así, rechazaría sin problema los regalos y elogios, renunciaría al respeto y adoración que le eran profesados por la gente del pueblo a cambio de su libertad.
Pues todo lo que anteriormente creyó que le era merecido, acabó convirtiéndose en las cadenas que lo ataban a la sombra de un nombre que actualmente odiaba más que nada en el mundo.

Condenado a ser el recipiente de su alma y sangre, un espejo vivo del hombre que alguna vez trajo la paz a los hogares de las generaciones pasadas de esas tierras e incluso en su presente era venerado como una santidad.

Si tan sólo se le diera la pequeña oportunidad, habría elegido una vida diferente.

Aun así, habría algo de lo que se arrepentiría profundamente, si un milagro como ese llegara a tocar a su puerta.

 

—Ranpo, ¿Estás escuchando?

La voz de su padre lo llamó, cansado de advertir que la comida con la que jugaba estaba a punto de caer sobre la mesa. Después escuchó un suspiro frustrado, justo cuando reaccionó para tomarla del borde y llevársela a la boca.

—Lo estoy, te escuché —mintió para escapar del posible reproche por la falta de atención, aunque no le era nada difícil retomar el hilo de aquella charla surgida a mitad del desayuno—. No me llenes la cabeza con los deberes del templo tan temprano, ¿quieres? Te recuerdo que sigo en temporada de exámenes y no voy a sacrificar mis notas por peticiones absurdas.

Fukuzawa no se molestó en mencionar el hecho de que Ranpo nunca había tenido problema alguno en sus clases y, si era tan huraño en esos periodos, se debía más que nada al no querer desprenderse de esa excusa que le brindaba un poco de libertad sobre sí mismo. Lo comprendió perfectamente y no pensaba negarle algo como eso, por lo que terminó dando la razón a aquella pequeña mentira.

—Aún así…—retomó el adulto, incapaz de ceder por completo debido a la importancia de la situación— intenta conseguir un poco de tiempo; la madre de esa niña en verdad estaba preocupada.

Ranpo parecía estar a punto de quejarse de nuevo, pero la sensación de algo subiendo por su pierna interrumpió sus palabras, para hacerle mirar a la criatura que se había establecido sobre su regazo. El oscuro pelaje un mapache japonés fue acariciado por su dueño, recibiendo un par de gorjeos antes de que ambas miradas se conectaran por unos segundos, haciendo al chico suspirar rendido como si estuviese recibiendo una reprimenda por su conducta.

—De acuerdo —cedió resignado, con una expresión que podía ser tomada para el adulto o la mascota por igual—. Trataré de ir con Kunikida más tarde.

Diciendo eso, se levantó de su lugar con el mapache en brazos, lo dejó sobre el sofá y tomó su mochila para dirigirse a la salida. No sin antes pasar por la nevera, donde tomó una cajita de jugo que bebería en el camino a la preparatoria.

 

El pueblo natal de Ranpo era pequeño y se encontraba bastante alejado de la ciudad, lo que explicaba su profundo apego a las costumbres ancestrales.

Las carreteras se mantenían casi desiertas, cruzadas de tanto en tanto por alguna unidad de transporte público. Los vehículos particulares eran escasos y la electricidad apenas iluminaba las calles principales, dejando muchos senderos sumidos en penumbra al caer la noche.

La telefonía móvil había llegado apenas hacía unos años, pero seguía siendo un lujo reservado para una minoría de estatus económico elevado.

No era raro que los forasteros lo miraran todo con asombro, como si hubieran viajado en el tiempo a un lugar detenido uno o dos siglos atrás.

Ciertamente, no podría decir que ese juicio estaba equivocado por completo.

Sus pasos continuaron por el trayecto cuesta abajo que lo conducía a una de sus paradas obligatorias, antes de que el sendero arbolado se abriera hacia la carretera; los escalones recién restaurados señalaron la ya conocida ruta que lo llevó frente al antiguo santuario del lugar.
Hasta donde sabía, su familia llevaba haciéndose cargo del mantenimiento y cuidado de ese sitio, casi desde su construcción. En la actualidad, esas responsabilidades recaían en su padre y él, para su pésima suerte.

Se trataba de un templo pequeño, sin detalles exagerados en su fachada. Mantenía un aspecto simple y tradicional, salvo unas cuantas modificaciones hechas a lo largo de los años para conservarlo en buenas condiciones.
Su tamaño no rebasaba el de dos habitaciones regulares, tampoco había lujos en el interior más que el espacio de las ofrendas y un retrato perfectamente cuidado colocado al fondo como pieza principal.

El estómago de Ranpo manifestó el desagrado de la vista con una ligera sensación de náuseas, apenas tolerando el denso olor a incienso combinado con el dulzor de las frutas y demás ofrendas colocadas a los pies de aquel altar.

Levantó la cabeza y sus ojos se toparon con el cuadro, la reliquia principal del templo y, al mismo tiempo, la pieza que más detestaba en todo el lugar. Tras el fino marco y la capa de vidrio que protegía la pintura del polvo y la humedad, un hombre joven lo miraba desde el lienzo, sosteniendo en brazos a un mapache. Su expresión, casi nerviosa, parecía delatar que aquella había sido quizá la única ocasión en que se prestó a quedarse quieto para una pintura.

Ranpo se estremeció con desagrado; era como si aquel rostro, que tanto veneraban los demás, le recordara con esa silenciosa perfección, lo lejos que estaba de ser libre y que su vida había quedado atrapada en la sombra de un pasado que no le pertenecía.

Un reflejo que todos anhelaban, pero que él jamás podría ni quería replicar.

Fue incapaz de seguir mirando esa imagen por demasiado tiempo, afectado por el escalofrío que la proyección de sus propios rasgos en ese lienzo le provocaba.

Como cada vez, deseó que aquella visita fuese la última, pero sabía que el destino nunca le concedía ese tipo de deseos.

Para los visitantes, resultaba extraño que el templo careciera de una puerta que protegiera su interior; a menudo se preguntaban qué confianza permitía dejarlo expuesto sin temor a saqueos o actos vandálicos. La respuesta, en realidad, era sencilla: aunque el pueblo no estaba libre de delincuentes o de aquellos a quienes solo les complacía causar problemas, nadie nacido en esas tierras era ajeno al aura que emanaba del santuario. Desde el nacimiento de Ranpo, esa influencia se había vuelto aún más palpable, pues él era la prueba viviente que confirmaba la veracidad de las leyendas transmitidas por sus antepasados, quienes habían levantado el templo como eje central de la comunidad y como vínculo con el futuro de su descendencia.

No había una sola persona que se atreviera a poner un pie en ese sitio, teniendo malas intenciones.

El reflejo de ello estaba en las ofrendas, pues Ranpo se presentaba a recogerlas diariamente y no tenía recuerdo alguno de haber visto objetos maltratados o abiertos. Pero a pesar del nivel de confianza sobre la gente, él tenía que acudir a resguardar todo de otros inconvenientes, como la humedad, el calor o los insectos.

La variedad de presentes que solía encontrarse tenían un punto común, más allá de los ramos de flores de bonito color y aromas agradables o las creativas figuritas de origami que los niños solían dejar en ocasiones, la mayor parte de las ofrendas estaban formadas por dulces y también alimentos hechos en casa.

Durante su infancia, el mirar esos obsequios guardados con esmero en cajas de almuerzo y envueltas en bonitos pañuelos decorados, le llegó a parecer maravilloso. Pero hace tiempo había perdido el interés en ello, ya que no importaba mucho que dichos regalos estuvieran siempre dirigidos a él y buscaran hacerle feliz, ya que en realidad los sentimientos de adoración fiel que se impregnaban en cada objeto estaban destinados a alguien más.

Esa persona, el motivo por el que se construyó el templo, que en la época actual pertenecía a su familia. Aquel hombre que era venerado por salvar a su gente de la destrucción, aunque los detalles sobre tal acontecimiento ocurrido algunos siglos atrás no estuvieran del todo claros.
Lo único seguro era que ambos compartían mucho más de lo que el resto creía y de lo que Ranpo estaba dispuesto a tolerar a esas alturas de su vida.

Esa era la razón por la que detestaba las constantes atenciones de la gente, sus palabras de afecto y admiración que pasaban a través de él en una búsqueda de satisfacer la memoria del mártir que se sacrificó en su favor.
Había perdido su individualidad ante el resto para convertirse en un objeto a preservar. Su valor se resumía en ser un descendiente de la bendecida sangre de ese hombre y nacer como su vivo reflejo.

Estaba cansado de eso.

Cansado de sentirse lejos de sí mismo.

Cansado de los deberes y responsabilidades que jamás eligió, de un destino impuesto desde antes de tener uso de razón.

Estaba cansado de vivir bajo la sombra del nombre de Taro Hirai.

Prefiriendo no permanecer más tiempo en ese lugar se apresuró a guardar las ofrendas en uno de los casilleros cercanos, empacó dos cajas de almuerzo en su mochila y se dirigió a la salida sin dar una sola mirada atrás. Retomó el camino del sendero hasta que vio el inicio de la carretera, donde un gastado letrero de metal y una banca de concreto formaban una rústica parada de autobús. Justo en ese punto y como cada mañana, le esperaba uno de los pocos amigos que había logrado ganarse su confianza, entre el mar de gente que solo quería estar a su lado por intereses superficiales.

—¡Kunikida! —saludó al joven de cabello rubio, cuando estuvo en su rango de visión.

—Buenos días —correspondió el nombrado con amabilidad, manteniendo un tono bastante respetuoso al que Ranpo aún no había podido eliminar completamente de su trato.

—¿Prefieres fideos o arroz frito? —Ignorando ese pequeño detalle se adelantó a preguntar aquello, mientras comenzaba a buscar dentro de su mochila—. Puedes elegir lo que sea, no me importa.

—¿Qué? —exclamó desentendido el más alto, para luego reaccionar un tanto alarmado—. E-Espera, ¿Estás hablando de las ofrendas? Por favor, ya he dicho que no es necesario que las compartas conmigo.

—Ay, vamos —Ranpo resopló cansado—. Todas las mañanas dejan comida suficiente para dos o tres personas, si no lo haces tú nadie más lo hará y tendremos que dárselo a algún gato callejero, e incluso hay cosas que ellos no pueden comerse.

—Pero…

—¿O es que temes que caiga sobre ti alguna maldición por aceptar lo que debería ser para mí? —sugirió en una ligera burla, adelantándose a avanzar varios pasos en ese camino hacia la preparatoria—. Seguro los espíritus que habitan el pueblo se molestarán contigo.

—¡Eso no tiene ninguna gracia! —advirtió Kunikida, fingiendo un intento de seriedad, opacado por el temor visible en su actitud.

—Descuida, ninguno de ellos te hará nada si confías en mí —continuó en su tono bromista, cambiando luego esa infantil expresión al detenerse para esperar al otro chico—. Y hablando del tema, ¿Tienes algo qué hacer después de clases?

—En realidad no —Su respuesta fue simple pero no pudo contener por demasiado tiempo su curiosidad—. ¿El señor Fukuzawa te ha pedido visitar a alguien en temporada de evaluaciones? Creí que no aceptabas ese tipo de tareas aunque te insistiera.

—Lo consideré —suspiró con pesadez—. Pero me es fácil suponer que, si no lo resuelvo ahora, este caso no resistirá hasta el final de mis exámenes.

Esa tarde, como Ranpo había dicho, en vez de ir directo a casa le dió a Kunikida el nombre de aquella familia para que le guiara a su domicilio. Su compañero no le cuestionaba nunca la razón de que, siendo un pueblo pequeño donde casi todos se conocían, se le dificultara tanto encontrar a otras personas.
Podría justificarlo un poco por el espacio rural, donde las casas estaban mayormente separadas debido a zonas de cultivo bastante amplias y la típica vegetación silvestre de una provincia, alejada de los caóticos centros urbanos. Sin embargo llevaba años haciendo ese tipo de visitas como para recordar al menos una ruta que no fuera hacia la escuela o su propio hogar.

Cuando finalmente encontraron esa casa, adentrándose en una estrecha vereda detrás de un pequeño invernadero, la voz de una mujer los recibió con alegría y alivio por su llegada. Sin perder tiempo les pidió entrar, conduciendolos a una habitación donde alguien se hallaba sobre la cama y cubría todo su cuerpo como si muriera de frío.

—Mi niña lleva así varios días —habló la mujer, acercándose a tocar la superficie de ese bulto de mantas y un sollozo infantil emergió casi ahogado—. Creímos que era un simple resfriado pero la medicina no surte efecto y el médico realmente no tiene idea de lo que le impide mejorarse.

—¿Qué estuvo haciendo ella exactamente antes de comenzar a sentirse así? —cuestionó Ranpo, al tiempo que se acercaba, seguido de cerca por Kunikida.

—Mi madre sale a trabajar desde temprano casi todos los días —Apareciendo en la puerta, un joven que reconocieron como el hermano mayor de la familia, cruzó la habitación para llevar un poco de comida a su pequeña hermana—. Así que fui yo quién estaba con ella y el resto de mis hermanos.

—¿Pudiste notar algo entonces? —interrogó Kunikida.

—En su momento sólo me pareció raro —señaló mientras se sentaba a la orilla de la cama y acariciaba el cabello de la niña que apenas sobresalía al exterior—. Siempre que se aburren de estar en casa suelo llevarlos a jugar a algún lado. Aquella vez nos alejamos un poco más de lo usual, pero siempre me mantuve pendiente de todos, sin embargo ella regresó a mí sin querer seguir corriendo con los demás y pidiéndome que nos fuéramos.

—Y a partir de eso fue que llegamos a este punto, ¿no? —reflexionó Ranpo, los ojos esmeralda mostrándose con cierta sospecha al mirar a ese chico—. Necesito que me des una referencia clara del sitio donde estaban jugando.

—¡Yo sé! —Otro de los hermanos intervino, asomándose por la puerta—. Desde donde estaba se podía ver ese gran árbol feo, el que parece estar todo quemado.

—Ah, ya entiendo —asintió el estudiante, pareciendo haber armado el amplio rompecabezas del asunto con solo escuchar esa explicación—. Ella está despierta, ¿verdad? Tengo que revisar algo ahora mismo.

La madre movió a la pequeña que no parecía dispuesta a mostrarse, aferrando su agarre en las sábanas pero cediendo al fin ante la insistencia de su familia.

—Comenzó con molestias en la garganta y recientemente ha estado dejando de comer —Las palabras que no fueron pregunta alguna, sino una afirmación de los hechos, igual se respondieron en un débil asentimiento—. Parece un caso demasiado agresivo.

Frente a su vista, la niña de cabello corto le mostraba abiertamente aquello que le estaba molestando. En su cuello se enroscaba una extraña criatura de cuerpo alargado y con múltiples extremidades, además de una piel endurecida separada en secciones pequeñas, como una coraza articulada.

Siendo una imagen tan desagradable, era una verdadera lástima que Ranpo fuera el único que pudiera verlo.

Para el resto de los presentes, no había más que la menor de aspecto cansado y enfermo suplicando con su mirada inocente que alguien le dijera qué era lo que le estaba lastimando.

—Existen pocas personas que nacen siendo sensibles a lo sobrenatural y, aunque no llegues al nivel de poder verlos, claramente alguien de tu edad es un objetivo demasiado vulnerable —Trató de explicar la situación en términos sencillos—. A partir de hoy no ignores tus instintos y aléjate de los sitios que te generen esa desconfianza que seguro sentiste cuándo ocurrió esto.

—¿Ella estará bien? —preguntó el hermano mayor.

—Lo estará, claro —aseguró Ranpo, inclinándose a la altura de la pequeña—. Voy a quitarlo, así que quédate quieta.

Soportando el desagrado que acarreaba lo que estaba apunto de hacer, extendió la mano para acercarla al ser que se mantenía aferrado y drenando la energía de su víctima. Cuando la criatura parecida a un insecto sintió su presencia, no dudó un segundo en desprenderse de la niña para surcar la longitud del brazo ofrecido e instalarse a su alrededor.

A pesar de sentirse asqueado por ser el nuevo punto de alimentación del parásito, se forzó a incorporarse, dejando a la madre acercar un vaso de agua a su hija en cuanto la vio comenzar a toser; una señal de estar recuperando su respiración regular, después de que fuera liberada de aquello que había estado obstruyendo de forma lenta el paso por su garganta.

—Supongo que debe estar mejor con el paso de los días.

Ranpo quería terminar el asunto cuanto antes, así que se retiró de la vivienda casi sin dejar a la familia agradecerle por sus acciones. Apresuró a Kunikida para acompañarle de regreso, sin mostrar gran interés en lo que acababa de hacer, a pesar de las palabras de reconocimiento y admiración que su compañero le brindaba.

Si había sido un gran trabajo o no, ¿Cuánto importaba en realidad? Todo lo que tenía provenía de haber nacido en la misma fecha y hora que Taro, siendo así como una segunda vida suya en la época actual. Simplemente era una desafortunada reencarnación que no podía tener un reconocimiento propio por sus acciones.

—Kunikida —Sus pasos se detuvieron, el viento de la tarde le trajo a los oídos un sonido peculiar que llamó su atención —. Hazme un favor.

—Por supuesto.

—Adelántate al templo y recoge las ofrendas por mí para llevarlas a casa —pidió sin expresar el malestar de su brazo, donde la criatura extraña se movía y ajustaba su agarre poco a poco—. Tengo que encargarme de algo.

—¿Me estás pidiendo dejarte aquí? ¿Estás seguro? Tu padre…

—Dudo que no lo entienda —Restó importancia a esas dudas, moviendo la mano y alentándolo a irse—. Estaré allá en unos minutos. Vete de una vez.

Sin estar del todo convencido, pero depositando plena confianza en Ranpo, Kunikida le hizo caso. No sin antes pedirle tener cuidado, aunque ni siquiera supiera lo que estaba pensando hacer.

Cuando no hubo rastro de su presencia, el estudiante se adentró en la zona arbolada a un lado de la carretera. Estuvo atento a cualquier señal entre la penumbra generada por la caída de la tarde, en las espesas sombras de la vegetación alta.

—Una molestia pequeña como tú siempre viene de una más grande —susurró, incómodo aún por la sensación desagradable en su brazo—. ¿Dónde estás? ¡Ven a jugar conmigo también!

Un pesado silencio en el lugar siguió a la agitación de la criatura sujeta a él, luego de eso apareció un gruñido bajo y el sonido de algo arrastrándose por el suelo.

—Pobrecito, te ves más feo de lo que esperaba —La mirada de lástima siguió el movimiento de la figura en la oscuridad, hasta que una extremidad deformada se atrevió a exponerse un poco a la luz de la tarde.

Su apariencia podría definirse como una extraña combinación de insectos, partes unidas sin un orden y estética que producía un profundo repelús al observarlo; los sonidos que emitía eran también una media entre un canto de cigarra y un siseo bajo.

Una vez más Ranpo maldijo su capacidad sobrehumana para apreciar panoramas como aquellos con tanta frecuencia.

Como siempre, los regalitos de Taro aparecían para remarcar a la fuerza su lazo inquebrantable de las peores maneras posibles.

Notes:

Tercera y última aportación del mes.

Disfruté mucho dar inicio a estas nuevas historias, que iré actualizando durante los próximos meses.

De nuevo, quiero mencionar que todavía me estoy acostumbrando a publicar aquí, así que tal vez haya cosas que se me escapen y arreglaré más adelante.

Muchas gracias por leer