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Las llantas de la patrulla chillaron cuando tomaron una curva a esa velocidad.
La persecución no era más que un entretenimiento para Freddy.
El rugido del motor, las luces rebotando en la noche húmeda y el eco de las sirenas eran la sinfonía que acompañaba su sonrisa ladeada.
No estaba cazando realmente… no aun, solo estaba jugando.
Si Freddy quisiera, esa persecución hubiera terminado hace bastaba tiempo.
Como un gato que deja correr al ratón para estudiar cómo se mueve, cómo tiembla, cómo intenta sobrevivir.
Por radio, una voz irrumpió en el silencio:—Perdimos visual, comisario. Se desviaron hacia el sur.
Freddy no contestó de inmediato. Giró el volante con precisión quirúrgica y siguió la ruta que él habría tomado para escapar. Su instinto —ese olfato perverso para el peligro— lo guió hasta un callejón sin salida. Detras de las mediaciones del casino. Allí, bajo la luz de un faro que parpadeaba, encontró el auto abandonado.
El mismo que usaron los atracadores.
Y como decía.
Freddy solo estaba jugando a cazar.
El coche oscuro, una clase de media-alta gama pero no por eso tenía menos calidad. Lo observó. Una serie de modificaciones que hacian interesante el modelo todo en un perfecto ensamblado para no mayor velocidad, si no para mayor estabilidad.
Un auto que a 200km/h podría girar como si fueras a 5km/h. Interesante elección cuanto menos.
Al revisarlo estaba limpio. Demasiado limpio.
Cuando las demás unidades llegaron.
Pidió por radio un rastreo de huellas.
—No hay nada visible, señor —respondieron tras unos minutos—. Pero el vehículo está registrado a nombre de Luis Hidalgo. Reportado como robado hace un par de horas.
Freddy sonrió.
No era coincidencia. Nada que involucrara a ese chico podía serlo.
Luis Hidalgo.
El mismo nombre que apareció en sus informes, acompañado de fotos sueltas: él, compartiendo apartamento con cierto sujeto de su interés, el mismo que en sus antecedentes decia que era exmilitar. Informes pobres, llenos de vacíos que su gente no sabían llenar. Pero al final era cuestión de tiempo. Porque no hay nada que Freddy no quiera saber y no consiga.
Sabía que la poca información que tenía era la misma que él , permitía ver.
Le resultaba interesante. Era un hombre intrigante, y su familiar, protegido, conocido ?, lo era igual. Ambos despertaban la misma curiosidad en él.
Aun ni podía explicar cuál era exactamente la relación entre ambos hombres.
Freddy, sin embargo, no necesitaba palabras. Las imágenes le bastaban: dos figuras compartiendo un espacio demasiado familiar para ser algo más que conocidos.
Cuando le informó que el azabache estaba en la comisaría, pidiendo información sobre su auto, una carcajada baja se le escapó.
—Así que decidiste entrar a la boca del lobo, neno —susurró, ajustándose los guantes de cuero.
Aparcó frente al edificio con la elegancia que lo caracterizaba, bajó del coche y cruzó la entrada con paso lento, casi teatral.
Todo con Freddy siempre era una actuación.
El era lo que las mujeres catalogaban una Showgirl. En su caso un Showman.
El aire del pasillo olía a café frío y papel viejo, y al fondo, entre uniformados, lo vio.
Luis.
El chico tenía la calma de quien finge no temer nada. La mirada fija, la postura recta. Un azabache tan impecable que parecía ajeno al caos que lo rodeaba.
Freddy saboreó ese momento: la imagen de un sospechoso que se creía invulnerable.
Como el batir en vano de una Mariposa, atrapada en una telaraña a punto de ser devorada.
Ordenó que los interrogaran por separado. Al compañero —Tao, el mismo aquien había atormentado hace tan solo unas semanas— lo envió a otra habitación.
A Luis, lo pidió para sí.
Era el privilegio de ser comisario: nadie se atrevía a cuestionarlo.
Antes de empezar, sin embargo, Freddy tuvo un pensamiento.
—Pasalo por el detector de metales —ordenó.
No lo hacía por protocolo, sino por pura desconfianza.
Sabía quién era ese chico: el responsable del hackeo en la base de datos policial. El mismo que había borrado expedientes enteros, incluso el de ese hombre Eduardo Casanova . Con un descaro sabiendo que no habría pruebas humanas para acusarlo.
Un fantasma digital que había jugado con los agentes a placer.
Cuando Luis levantó los brazos para que lo revisaran, Freddy lo observó con atención. La piel clara, los dedos largos, el reloj caro que no combinaba con la historia de un simple mecánico. Había algo en su quietud, que le parecía divertida… una serenidad tan controlada que solo podía venir de alguien acostumbrado a ocultar cosas.
—Celular —pidió Freddy, extendiendo la mano.
Luis lo entregó sin decir palabra, pero su mirada lo atravesó con una calma glacial. Por un segundo le dedico una mirada sin miedo, solo una advertencia clara. Pero así como apareció y se fue. Como si recordara que no estaba delante de una persona si no enfrente de el.
Freddy sonrió.
Sí.
Míralo, un gatito queriendo asustar al diablo.
—Tranquilo, no muerdo… todavía.
Ten cuidado Luis, Papi te enseño a no hablar con los chicos malos?.
Mientras lo guiaba hacia la sala de interrogatorios, pensó en lo que le había contado Lewis: archivos encriptados, cámaras que no grababan, informes borrados. Todo desapareció como si el sistema hubiera decidido que aquello no era de relevancia.
Sabía que Lewis le había dado información a los medios. Pero tampoco tenía interés en descubrir que faltaba.
Freddy tenía una idea de quién era.
Cuando se cerró la puerta tras ellos, el silencio se volvió espeso.
Luis alzó la vista, con expresión neutra, agradeciendo usar gafas, una falsa sensación de seguridad, mientras Freddy se paraba frente a él.
Un segundo de pausa. Dos.
Luego, Freddy inclinó la cabeza, con voz baja:
—Curioso que tu coche aparezca justo en la ruta del robo, ¿no crees?
Luis lo miró sin pestañear. —Por eso vid. Para resolverlo.
— ¿Resolverlo? —repitió Freddy, divertido—. Resolver que? Que tú auto este en la escena del crimen no significa que seas el culpable. A no ser, que lo seas. ¿Lo eres? Luis.
El azabache ladeó la cabeza apenas. — Solo soy culpable de confiar en la seguridad de la policía al dejar mi coche afuera.
Freddy contuvo una risa.
Era tan provocador, con razón Fermín le tenía tirria, eso y por otras cosas.
Que le hacía mucho más gracia.
La situación le parecía muy graciosa un cachorro de Zorro queriendo ser más fuerte y listo que el Lobo.
Luis, te cuidado de a quien provoca o puede que salgas lastimado. O peor aún puede que te devoren. Papi no te enseño a no provocar a tus mayores.
—Tienes razón—dijo con una parsimonia —. No se puede confiar en una policía. Una sonrisa ladina surgió de sus labios.
Y Luis sintio un escalofrío recorrerlo desde la cumbre de su cabeza hasta la punta de los dedos de sus pies.
—Entonces —dijo Freddy, recostándose en la mesa—, cuéntame cómo fue todo eso del robo y tu coche desaparecido.
Luis mantuvo la mirada fija en un punto del suelo antes de responder, con la voz serena, calculando cada palabra.
—Salí de casa alrededor de los ocho. Dejé el coche en la calle, frente al tall–Cardealer. Cuando salí a almorzar, ya no estaba. Pensé que me lo habían remolcado o robado. Fui a hacer la denuncia… eso fue todo.
Freddy camino despacio, observando cada microgesto.
El parpadeo.
El ligero movimiento de su mandíbula.
Ese impulso casi imperceptible de ajustar el cuello de su camisa.
Cada detalle era una línea de código que Freddy descifraba sin prisa.
—Ya veo —murmuró, extrayendo un cigarrillo del bolsillo interno de su saco—. Todo muy correcto. Muy limpio.
Encendió el cigarrillo con calma, la llama iluminando sus ojos bajo los lentes.
—Si no tienes inconvenientes —continuó, exhalando el humo con elegancia— necesitaré las grabaciones de tu trabajo. Quiero confirmar que estuviste allí en el horario que dijiste.
Luis alzó la vista, impasible.—Claro. No tengo problema.
Freddy le ofreció el cigarrillo, girándolo entre los dedos con un gesto casi amable.—¿Fumas?
—No —respondió el azabache, con un leve movimiento de cabeza—. No me gusta.
Mentiroso . Pensó.
Un pequeño Mentiroso. Papi no te enseño que decir mentiras es malo, Luis.
Una sonrisa perezosa se forma en los labios del comisario.—Inteligente de tu parte.
Y luego, de forma descarada, sopló el humo hacia él, disfrutando del instante en que Luis frunció el ceño y arrugó la nariz, como si el olor le resultara insoportable.
Freddy lo miró con un brillo casi divertido en los ojos, como un animal que observa a otro reaccionar justo como espera.
—¿Te incomoda? —preguntó con voz baja. Demasiado cerca rozando el espacio personal.
Luis no respondió. Pero en su silencio había algo… un temblor apenas perceptible, una tensión que lo traicionaba, se removió levemente en su lugar.
El comisario lo notó.
Lo sintió.
Esa mezcla de incomodidad y resistencia.
La piel del muchacho parecía encogerse bajo su mirada, y Freddy lo saboreó en silencio.
Luis, por su parte, no podía evitar sentirse diminuto.
El hombre frente a él imponía más que autoridad; era una presencia sofocante, demasiado grande para ese cuarto angosto. Freddy parecía ocuparlo todo: el aire, las sombras, el espacio entre sus pensamientos.
Se sentia como si cada bocanada de aire que el tomara fuera prestado.
Su cuerpo, el doble del suyo, proyectaba una fuerza que se sentía peligrosa, casi animal. Luis estaba seguro de que si aquel hombre quería, podría levantarlo con un brazo… y con el otro, quebrarse cuello con facilidad.
Esa idea lo perturbó más de lo que quiso admitir.
El humo llenaba el aire. La mirada tras los lentes oscuros no se apartaba de él.
Y por un segundo, Luis tuvo la absurda sensación de que Freddy veía a través de él. Como si pudiera leer las mentiras que había ensayado antes de entrar, una por una.
Se sintió desnudo aún con la ropa puesta.
La sonrisa del comisario fue la confirmación silenciosa de que lo tenía atrapado, aunque ni siquiera lo había tocado.
—Ya regreso —dijo Freddy finalmente, apagando el cigarrillo contra el cenicero de metal. Su tono era suave, casi cortés, pero sus ojos decían otra cosa.
Luis solo asintió.
Lo observó salir.
El sonido de la puerta cerrándose lo dejó en una quietud pesada, demasiado consciente de su respiración.
Se sentía raro.
A pesar de todo lo que había escuchado sobre ese hombre —su crueldad, sus métodos, su falta de escrúpulos—, Freddy se había mostrado sorprendentemente cordial.
Y eso, precisamente, era lo más inquietante.
Cuando Freddy cruzó al otro cuarto, el aire cambió.
La máscara amable se desintegró apenas vio al otro detenido.
Tao lo miró con desconfianza, sentado con los brazos apoyado sobre la mesa en el centro.
—¿Qué quiere? —gruñó.
Freddy caminó en círculo alrededor de él, despacio, como un depredador que huele a su presa.
—Solo una conversación. Aunque, francamente, no me importa.
—No tengo nada que decirle.
El comisario sonrió sin humor.—No me interesa lo que tengas que decir, chino de mierda.
Tao alzó la vista. El asco en las palabras dichas le provocaron una rabia. Y esta solo aumento al darse cuenta que no podria hacer nada.
Freddy se inclinó sobre la mesa, su voz descendiendo hasta un susurro, solo el podía escuchar.
—¿Sabes lo que sí me interesa? Ese chico con el que llegaste. El que se sienta en silencio y finge no saber nada.
El silencio de Tao fue su respuesta.
Freddy lo observó, impasible.
Para él, Tao no era más que una herramienta. Un puente hacia lo que realmente le llamaba la atención: Luis Hidalgo y con el a la persona que tenia detras.
Ciertamente Luis tambien era una pieza cuanto menos interesante, ese rostro tranquilo. Esa voz suave. Esa inteligencia que podía ser peligrosa si no la tenía de su lado.
Lo quería cerca. Comprenderlo, poseerlo, usarlo.
Y su conexión con Eduardo Casanova.
Todo lo demás —incluido ese acompañante molesto— no era más que ruido.
Mientras tanto, Luis seguía en el cuarto, inmóvil, mirando el humo que aún flotaba en el aire.
Se sentia agobiado. Cada minuto que pasaba se arrepentía de haber decidido a ir a Comisaría. La sensación de estar atrapado, enredandose en una telaraña sin posibilidad de escapar se hacía cada vez más grande.
Comenzaba a sentir miedo.
Y Eduardo no estaba ahí para protegerlo.
Luis, papi no siempre puede protegerte del monstruo, que esta debajo de tu cama. Algún día ese monstruo te arrastrara hacia la oscuridad y será tu culpa por dejarlo entrar.
El sonido del picaporte lo sacó de su ensimismamiento.
Freddy regresó, sereno, con la misma sonrisa que no decía nada y lo decía todo. Cerró la puerta tras de sí, y el clic metálico resonó más fuerte de lo normal, como si encerrara algo más que aire.
Luis lo observó de reojo. Quería parecer tranquilo, pero el pulso en su muñeca lo delataba.
—Bueno —empezó el comisario, acomodándose los lentes—, revisé algunas cosas. Y, curiosamente, todo encaja con tu versión.
Luis asintió, con un alivio contenido.—Entonces… ¿puedo irme?
Freddy no respondió enseguida. Caminó alrededor de la mesa, apoyando los dedos sobre la superficie metálica, dejando que el silencio hablara por él. Luego, inclinándose un poco hacia Luis, murmuró: —Claro. Aunque… hay algo curioso.
—¿Qué cosa?
—Digamos que tus explicaciones son tan… perfectas —dijo con una sonrisa apenas torcida— que me cuesta creerlas.
Luis lo miró fijamente, forzándose a no desviar la mirada.—Ya le dije la verdad.
Freddy ladeó la cabeza, su voz descendiendo hasta un tono bajo, casi íntimo.—Lo sé. Me lo has dicho con tanta calma que casi podría creerlo. Pero… —su sonrisa se ensanchó apenas— hay algo en tus ojos que contradice tus palabras. Y yo confío más en los ojos que en los labios.
El aire se volvió más espeso. Luis tragó saliva sin darse cuenta, y Freddy, deleitándose, volvió a enderezarse.
—Pero no te preocupes, no estoy aquí para acusarte de algo u peor arrestarte.
—¿No?
—No —respondió él con suavidad—. Si quisiera hacerlo, ya estarías firmando una declaración y con esposas ahora mismo.
El comisario encendió otro cigarrillo, caminando hacia la ventana que daba al pasillo. Su tono cambió, más ligero, casi amable:
—Puedes irte. Ya comprobé la información. Pero… por lo que pueda pasar, deberías buscarte un abogado. El fiscal puede tener una opinión diferente. Ya sabes, el auto, el robo, las coincidencias.
Luis respiró hondo, intentando procesar el giro repentino.
—¿Un abogado?
Se rio para sus adentros, mirando su rostro fingiendo confusion e inocencia. Normal que Lewis estuviera obsesionado con el.
Freddy exhaló el humo y lo miró por encima del hombro.
—Conozco uno muy bueno. No te cobrará. Considéralo… un favor.
Esa palabra encendió algo en la mente del azabache.
Los ecos de una voz vieja, grave, sabia, le vinieron a la memoria.
“Un favor con favor se paga. Así que fíjate bien quién te los hace, y a quién se los haces.”
Y luego, aquella advertencia de su abuelo dicha con el tono seco de quien ya ha visto demasiado:
“Nunca confíes en un policía."
Y menos si este se apellida Trucazo.
Luis alzó la mirada y negó con calma.—Agradezco la oferta, pero no será necesario.
Freddy se giró, sorprendido, y luego soltó una carcajada abierta, genuina, que llenó la habitación.
—¿Sabes? —dijo entre risas— Es la segunda vez que me niegas un favor, pitukiño.
Luis frunció apenas el ceño, confundido por el apodo.
El comisario se inclinó hacia él, con esa sonrisa peligrosa, tan cerca que el perfume y el humo lo envolvieron por completo.
—Me niegas un tercero —murmuró, en voz baja— y voy a empezar a sentirme ofendido. Y créeme… no quieres eso.
Luis se quedó inmóvil, sin entender si aquello era una broma o una advertencia.
Freddy, satisfecho con su desconcierto, simplemente enderezó el cuerpo y le indicó con un gesto que podía irse.
Caminaron juntos por el pasillo.
Luis lo hacía con pasos medidos, intentando que el sonido de sus botas no revelara lo tenso que estaba. Freddy, en cambio, caminaba con soltura, las manos en los bolsillos, como si nada de aquello tuviera peso alguno.
La comisaría olía a desinfectante y metal caliente.
Al final del corredor, Tao esperaba, pálido, con los ojos fijos en el suelo.
Luis lo miró un segundo, intentando descifrar qué le habían hecho. Pero Freddy seguía a su lado, tan cerca que podía sentir su sombra mezclarse con la suya.
—Espero las grabaciones del taller —dijo el comisario con voz amable, como si diera una simple instrucción.
—Claro —respondió Luis, intentando sonar natural.
Cuando ya estaban por salir, Freddy se inclinó ligeramente hacia él, acercándose lo suficiente para que solo Luis lo escuchara.
Su voz fue un roce de seda sobre una herida.
—Y espero con ansias ver cómo las modificarás.
Luis se detuvo.
Sintió el vacío en el estómago. Palideció. Giró el rostro hacia él, con la respiración suspendida.
Esa sonrisa. Esa maldita sonrisa.
Freddy no necesitaba decir nada más; sus ojos, tras los lentes, eran un reflejo oscuro que lo sabía todo.
Luis entendió.
Lo sabía.
Freddy inclinó apenas la cabeza, y su sonrisa se volvió casi demoníaca.
—Ah, y una última cosa… —susurró, acercándose al oído del muchacho—. Deberías pensar en teñirte de rojo. Te quedaría bien.
El azabache lo miró sin responder, con la garganta seca.
Freddy, en cambio, se apartó con elegancia, dándole la espalda, sin perder ese aire de control absoluto.
Mientras el sonido de sus pasos se alejaba por el pasillo, Luis sintió que el oxígeno volvía a pesar.
Y comprendió, sin necesidad de palabras, que aquel hombre no lo había liberado.
Que el no se había librado. Que a el lo habian dejado irse.
Como un depredador que suelta a su presa antes de volver a capturarla.
Como un gato jugando con un ratón.
Y estaba claro quien era la presa.
Luis, papá no te enseño a tener cuidado del peligro.
