Chapter Text
06:00 A.M.
El eco metálico de la alarma perforó el silencio de la habitación, repitiéndose con una insistencia casi personal.
—Ugh... —gruñó ella, enterrando el rostro en la almohada.
Sin abrir los ojos, lanzó un manotazo a ciegas hacia la mesilla de noche. El aparato salió volando y golpeó el suelo con un estruendo seco, silenciándose al fin.
—Qué molestia —murmuró entre dientes, con la voz todavía rasposa por el sueño.
Poco a poco, unos párpados pesados se levantaron para revelar dos iris de un vibrante color violeta. Se quedó ahí un momento, parpadeando con confusión mientras sus pupilas intentaban asimilar la luz filtrada por las cortinas. Finalmente, se desperezó; estiró sus fuertes brazos hacia el techo, tensando los músculos hasta que un sonoro bostezo escapó de su garganta. Tras un suspiro profundo que parecía cargar con el peso de todo el día que tenía por delante, se obligó a abandonar la calidez de las sábanas.
Sin embargo, la verdadera pesadilla no estaba en el madrugón. Al cruzar el umbral de su edificio, la paz se hizo añicos. Una ráfaga cegadora de flashes la golpeó de frente, seguida por el rugido caótico de la prensa.
—¡¿Quién es ella?! —gritó alguien desde la multitud.
—¡Danos una declaración sobre tu relación con ella!
—¿Cómo afectará este escándalo a tu carrera profesional?
Las preguntas se amontonaban unas sobre otras, creando una pared de ruido ininteligible. Ella reaccionó por instinto, cubriéndose el rostro con la mano mientras el corazón le daba un vuelco. No hubo ruego, ni explicación. Con un gesto seco, se encajó las gafas de sol sobre el puente de la nariz, ocultando su mirada tras el cristal oscuro.
Haciendo oídos sordos al bombardeo de preguntas, se abrió paso entre el mar de cámaras con pasos largos y decididos, huyendo del caos en dirección a su trabajo.
08:00 A.M.
En la penumbra de la cocina, una figura delgada de cabellos negros y largos deambulaba sin rumbo fijo. Sus pasos eran erráticos, casi mecánicos, como si su cuerpo estuviera presente pero su mente se encontrara atrapada en un laberinto de dudas. Se detuvo en seco, se ajustó los lentes sobre el puente de la nariz con un dedo y se rascó la cabeza, desordenando aún más su melena.
—¿Por qué? —susurró al aire, como si las paredes pudieran darle la respuesta.
Se acercó al refrigerador con desgana y comenzó a inspeccionar el contenido, apartando envases con la esperanza de encontrar algo que no hubiera caducado semanas atrás. Al final, se decidió por un cartón de leche. Con movimientos lentos, se sirvió un vaso mientras el silencio de la casa parecía pesarle en los hombros.
—Hummm... —balbuceó tras dar un sorbo, dejando un rastro blanco en su labio superior—. Está loca. ¿Realmente por qué ha regresado?
Arrastrando los pies hacia la sala, seguía dándole vueltas al mismo rompecabezas. La lógica no terminaba de encajar en su cabeza.
—Si se marchó de esa manera, se supone que todo había terminado ahí... ¿Por qué volver ahora?
Se dejó caer sobre la mesa de centro, quedando sumida en un trance reflexivo. De pronto, sus ojos se abrieron de par en par. Como si una bombilla se hubiera encendido sobre su cabeza disipando la niebla, soltó un aplauso sonoro y se puso en pie de un salto, desbordando una alegría repentina.
—¡Eso es! ¡Claro, eso tiene que ser! —exclamó para sí misma.
Sin soltar el vaso de leche, emprendió una carrera frenética escaleras arriba, con la adrenalina disparada. Al llegar a su habitación, se lanzó sobre la laptop y sus dedos empezaron a ametrallar el teclado con una urgencia eléctrica.
—"Ella había estado en un accidente horrible... un evento tan traumático que la obligó a volver" —dictaba en voz alta mientras escribía.
Satisfecha con el giro de los acontecimientos, tomó otro sorbo de leche y dejó escapar una sonrisa ladeada, casi traviesa.
—Esto... esto se está poniendo cada vez más interesante.
10:00 A.M.
El pasillo del hospital parecía interminable. Honoka, con su cabello naranja revuelto por la ansiedad, trazaba una línea invisible en el suelo mientras caminaba de un lado a otro. Sus manos no paraban de jugueteas con el dobladillo de su camiseta; cada segundo de espera se sentía como una hora.
De pronto, el chasquido metálico de la puerta de la consulta resonó en el silencio, haciéndola detenerse en seco. Umi salió al pasillo; se veía radiante, pero con un brillo de nerviosismo en la mirada que aceleró el corazón de Honoka.
—Y bien... —la voz de Honoka salió apenas como un hilo, cargada de una urgencia que no pudo ocultar—. ¿Qué te dijeron?
Umi guardó silencio un instante, observándola con una ternura que le inundó el pecho, analizando cada facción de su rostro.
—Yo... —comenzó Umi, pausando antes de soltar la frase que cambiaría sus vidas—. Estoy embarazada, Honoka.
El aire pareció abandonar los pulmones de la chica pelinaranja. Sus ojos, de un azul tan profundo como el cielo, se abrieron de par en par. La incredulidad duró solo un segundo, reemplazada al instante por un impulso eléctrico. Honoka dio un salto, con el cuerpo vibrando de pura felicidad, y estalló en un grito que resonó en todo el ala del hospital:
—¡Voy a ser mamá!
Umi, incapaz de contener la emoción, esbozó una sonrisa suave, aunque fue rápidamente interrumpida.
—Señorita, por favor —le llamó la atención una enfermera desde el mostrador, con una mirada severa—, esto es un hospital. Le agradecería que bajara la voz.
Honoka se sonrojó hasta la raíz del cabello, dedicándole una disculpa avergonzada a la enfermera antes de volver a enfocarse por completo en su esposa. En un movimiento ágil, acortó la distancia y envolvió a Umi en un abrazo envolvente, sin importarles quién pudiera estar mirando.
—¡Umi-chan, vamos a ser madres! —susurró, esta vez con la voz quebrada por la felicidad, antes de sellar la promesa con un beso tierno.
Umi cerró los ojos, dejando que la realidad se asentara mientras correspondía al abrazo con toda la firmeza que le permitía su propio torbellino de emociones.
—Sí —respondió Umi, asintiendo contra su hombro—. Vamos a ser madres.
12:00 P.M.
—Ay, no... —dejó escapar un suspiro largo y cargado de cansancio.
— Honoka, voy a salir a comprar los ingredientes para la cena.
Umi, se despidió con una caricia antes de salir del hogar. Honoka se quedó en el comedor, con el eco de la puerta cerrándose resonando en su mente. En cuanto estuvo sola, la fachada de seguridad se desmoronó.
Sobre la mesa, las libretas de cuentas de la repostería —el legado de sus padres— lucían como una sentencia de muerte. Los números en rojo eran cada vez más difíciles de ignorar, y con la noticia del bebé en camino, el miedo a no ser suficiente la asfixiaba.
—¿Qué hago? ¿Qué voy a hacer? —murmuró, dejando caer la cabeza entre sus manos—. Si le pido ayuda a mis padres, solo veré decepción en sus rostros. Y si acudo a la familia de Umi... me verán como una completa inútil.
Frustrada, se tiró de los cabellos y gruñó contra la madera de la mesa. En un intento por calmarse, su mente voló hacia años atrás, a los días de preparatoria, cuando todo era, en teoría, mucho más simple. Una sonrisa pequeña y nostálgica se dibujó en su rostro al recordar lo difícil que había sido llegar hasta Umi.
—Ah, Nico-chan... me hiciste la vida imposible —rió por lo bajo.
Recordó las barreras que la pelinegra había levantado, decidida a proteger a su prima de cualquier pretendiente que no considerara a la altura. Nico no se lo había puesto fácil, pero, con el tiempo, esa barrera se convirtió en un puente. Al final, fue la misma Nico quien, tras años de escepticismo, le dio el empujón definitivo para ganarse el corazón de Umi.
—Nico siempre ha sido una gran amiga —susurró con ternura, viendo la imagen de ellas tres en su mente.
Entonces, el pensamiento surgió de la nada, como una sombra inevitable.
—Hummm... Nico tiene dinero. Tiene una carrera exitosa y vive sola en esa casa enorme. —Sus ojos se entrecerraron, analizando la posibilidad—. Aunque últimamente las cosas no le han ido muy bien a ella tampoco... pero...
Sacudió la cabeza con vehemencia, como queriendo espantar un insecto.
—¡No, Honoka, detente! —se reprendió a sí misma, caminando de un lado a otro—. Pero... ¿y si fuera solo un préstamo? Un préstamo discreto... sin que Umi o Nico se enteren jamás. ¡Eso es!
Decidida, con una chispa peligrosa en los ojos, se levantó de la silla. Caminó hacia la chimenea y, con manos temblorosas, descolgó un retrato antiguo: las tres, vestidas con el uniforme escolar, riendo sin preocupaciones.
—Lo siento, Nico-chan —dijo, acariciando el cristal sobre el rostro de su amiga—. Sé que, en el fondo, entenderás por qué tengo que hacer esto.
3:00 P.M.
Nico estaba en su elemento. Sus dedos volaban sobre el teclado, sus ojos clavados en la pantalla mientras las palabras cobraban vida.
—"Ahora que ella se encontraba en estado crítico, el alma se le desgarró y, con un sollozo, sujetó su mano... —murmuró, tecleando con furia—. 'Despierta... por favor', le rogó, mientras acariciaba su mejilla y..."
Ringring.
—Agh... —gruñó, tratando de ignorar el estruendo para no perder el hilo—. "Y ella le susurró..."
Ringring.
—¡Ahhh! —El grito de frustración quedó ahogado cuando el timbre volvió a sonar, esta vez con una insistencia casi agresiva.
Ringring.
—¡Ok, ok! ¡Ya voy, detente! —Nico se levantó de un salto, dejando la historia a medias. Corrió escaleras abajo, maldiciendo a quien tuviera la osadía de interrumpir su proceso creativo.
Al abrir la puerta, sus palabras se quedaron atrapadas en su garganta. Allí estaba Honoka, radiante, con una sonrisa que parecía demasiado brillante para ser real.
—¡Felicidades! —exclamó la pelinaranja antes de que Nico pudiera procesar quién estaba frente a ella.
Nico parpadeó, confundida, apoyándose en el marco de la puerta.
—¿Honoka? ¿Qué demonios haces aquí?
—¡Has ganado un viaje todo pagado a Corea! —anunció, ignorando por completo la pregunta de Nico.
Nico se quedó estática. —¿Qué? ¿De qué rayos estás hablando?
Sin pedir permiso, Honoka se coló en la casa con una energía eléctrica, obligando a Nico a retroceder.
—Adelante... supongo —masculló, cerrando la puerta con una mezcla de desconcierto y desconfianza.
—Tu casa sigue impecable, como siempre —comentó Honoka mientras se desplomaba en el sofá, invadiendo el espacio personal de Nico.
—Sabes perfectamente que no soporto el desorden —respondió Nico, sentándose frente a ella, cruzada de brazos—. Ahora, vuelve a empezar. ¿Qué es eso de que "he ganado" un viaje?
Honoka se puso en pie de un salto, gesticulando con una intensidad nerviosa. —¡Ah! Pues un sorteo. En la repostería, la visitante número mil de este año... ¡ganaste el premio mayor!
Nico entrecerró los ojos, analizando cada fibra de su lenguaje corporal. —¿Un sorteo? ¿Cómo es que nunca vi ningún aviso, cartel o papel anunciándolo?
—Bueno, es que... —Honoka vaciló solo un instante antes de recuperar su sonrisa forzada—... sí que lo había, Nico-chan. Solo que ya sabes cómo eres; siempre estás en tu mundo y nunca prestas atención a tus alrededores.
Nico no pudo negar que aquello era cierto, pero el instinto le decía que algo no encajaba. Honoka, al notar la sospecha, se acercó a ella y le tomó las manos con una calidez casi desesperada.
—¡Vamos, Nico-chan! Solo te la pasas trabajando encerrada aquí. Este viaje te hará bien... ¡quizás hasta te dé la inspiración que necesitas para terminar tu novela!
Nico bajó la mirada hacia sus manos unidas. —¿Cuándo fue la última vez que saliste de esta casa? —preguntó Honoka, suavizando la voz.
—Yo... la verdad, no me acuerdo.
—¡Entonces es la oportunidad perfecta! —insistió Honoka con una sonrisa persuasiva—. Sal, diviértete, vive un poco.
Nico se quedó pensativa. El plan sonaba tentador, pero la logística la detuvo. —¿Pero mi casa? ¿Quién cuidaría de ella? Supongo que podría llamar a mi hermana, pero...
—¡NO! —Honoka prácticamente gritó, haciendo que Nico diera un respingo—. Digo... no es necesario. Umi-chan y yo podemos encargarnos de todo mientras no estás.
Nico dudó, mirando a su amiga con sospecha, pero la oferta era demasiado buena para rechazarla en su estado de fatiga mental.
—Vamos, Nico... —murmuró Honoka con ojos brillantes—. Te lo mereces.
Nico suspiró, rindiéndose ante la insistencia. —Supongo... que si es todo pagado... acepto.
Al otro lado de la ciudad, el ambiente en la sala de reuniones era gélido, muy lejos de la calidez doméstica. Tres mujeres compartían una mesa, pero solo dos de ellas participaban realmente en la conversación.
—Cuando llegues, irás directo a la entrevista. No habrá margen de error —explicó la mujer de lentes, con voz autoritaria—. Mañana a primera hora comienza la sesión de fotos. Es vital que estés concentrada.
La pelirroja, sentada al otro lado de la mesa, ni siquiera se inmutó. Su mirada estaba perdida en algún punto distante, demostrando un desinterés casi insultante por la logística de su propia carrera.
—¿Qué hay de la casa que pedí? —preguntó ella, cortando la explicación de su mánager con una frialdad cortante.
La mujer de lentes suspiró, cerrando los ojos un segundo para recuperar la compostura.
—De eso ya nos encargaremos... cuando sea el momento —respondió, antes de arrastrar un periódico que descansaba sobre la mesa hasta ponerlo frente a la pelirroja—. Pero ahora, me gustaría que hicieras un esfuerzo por ser más cuidadosa. ¿Es mucho pedir?
La pelirroja bajó la vista hacia el papel. El titular, impreso en letras negritas y sensacionalistas, le devolvió la mirada con una crudeza innecesaria: "Nishikino, envuelta en un amor a escondidas".
Un suspiro de hartazgo escapó de sus labios, más irritada por el escándalo que por el peso de la noticia en sí.
—Por favor, Nishikino-san —insistió la mánager, con un tono que mezclaba la advertencia con una súplica cansada—. No podemos permitirnos otro tropiezo de esta magnitud.
La pelirroja, sin molestarse en dar una explicación o una disculpa, simplemente se encogió de hombros y se puso en pie.
—Bien —sentenció con voz seca, dando por terminada la conversación antes de que la mánager pudiera añadir una palabra más.
5:00 P.M.
—¡Vamos, vamos, más rápido! —exclamó Honoka, arrastrando las maletas de Nico como si el mismísimo tiempo la estuviera persiguiendo. Sus pulmones ardían por el esfuerzo de la carrera.
Nico, apenas logrando mantener el paso mientras cargaba sus pertenencias restantes, soltó un bufido de exasperación:
—¡¿Se puede saber por qué rayos este viaje tenía que ser precisamente hoy?!
Honoka, evitando el contacto visual y apretando los dientes, aceleró aún más el ritmo.
—E-eso ahora no importa, ¡si no corremos vas a perder el vuelo! —respondió cortante, ignorando el trasfondo de su pregunta.
Tras unos minutos de carrera frenética entre la multitud del aeropuerto, finalmente alcanzaron la zona de control de seguridad. El ambiente se volvió pesado de repente; el momento de la despedida era inevitable.
—Bueno... gracias por todo, Honoka —dijo Nico, recuperando el aliento mientras se ajustaba el asa de su equipaje.
Honoka se quedó petrificada un segundo. Un remolino de culpa le revolvió el estómago. Sin pensarlo dos veces, se abalanzó sobre ella y la envolvió en un abrazo desesperado, casi asfixiante.
—Nico-chan... —murmuró, con la voz cargada de una extraña melancolía—. Sabes que eres mi mejor amiga, ¿verdad? Te quiero mucho.
Nico, genuinamente sorprendida por la intensidad del gesto, se tensó un instante antes de relajarse y devolverle el abrazo con una sonrisa dulce, ajena a la tormenta que crecía en la mente de la otra. Permanecieron así, inmóviles en medio del caos del aeropuerto, hasta que la realidad de los horarios se impuso.
—Honoka... —susurró Nico, separándose suavemente con una risa nerviosa—. Si no me doy prisa, voy a terminar perdiendo ese avión después de todo.
Honoka dio un paso atrás, soltándola como si la quemara.
—Cierto, tienes razón —se forzó a sonreír, aunque sus manos temblaban—. ¡Que tengas un viaje increíble y cuídate mucho, Nico-chan!
Nico asintió una última vez y se encaminó hacia el área de seguridad. Honoka se quedó inmóvil, observándola alejarse, agitando la mano en una despedida que se sentía como un adiós definitivo. En cuanto la figura de la pelinegra se perdió tras el control, la fachada de Honoka se derrumbó.
—Me va a matar cuando regrese... —susurró para sí misma, con la mirada endurecida por la resolución—. Me va a odiar, lo sé. Pero no tengo otra opción. Esto es por mi familia.
Se dio la vuelta, secándose una lágrima traicionera que rodaba por su mejilla. Tenía que moverse rápido; el reloj no se detenía y el tiempo para ejecutar su plan se agotaba.
6:00 P.M.
—Por aquí, por favor —indicó la azafata con una sonrisa profesional, guiando a la pelinegra por el pasillo.
—Gracias —respondió Nico, acomodándose en su asiento. Sus ojos recorrían la cabina con la curiosidad genuina de una niña en una tienda de dulces; la emoción por conocer Corea le hacía olvidar por un momento su faceta de escritora seria. Se abrochó el cinturón, tarareando para sí misma, ajena a lo que estaba a punto de ocurrir.
Unos instantes después, un murmullo recorrió el pasillo. Una figura alta, envuelta en gafas de sol y una aura de inalcanzabilidad, avanzaba hacia los asientos de primera clase. Era la pelirroja. La azafata se detuvo junto a Nico y le indicó el asiento contiguo.
La pelirroja asintió, sin molestarse en saludar, y se dejó caer en su lugar. Mientras el personal de vuelo iniciaba las instrucciones de seguridad, ella simplemente se hundió en su asiento, ajustándose las gafas para intentar dormir.
El avión comenzó a carretear. El rugido de las turbinas fue el detonante para Nico; el pánico se instaló en su pecho cuando la aeronave se elevó. Y entonces, llegó la turbulencia. Un sacudón violento hizo que el corazón de Nico diera un vuelco y, por puro instinto, sus dedos se cerraron con fuerza sobre la mano de su compañera.
La pelirroja abrió un ojo, mirando la mano de Nico con un disgusto evidente. Intentó zafarse con un tirón seco, pero, para su sorpresa, Nico tenía un agarre de hierro. La pelinegra no la soltaba; el miedo era demasiado intenso.
La pelirroja gruñó, dándose la vuelta con desdén. Este va a ser un viaje muy largo, pensó, resignándose al contacto forzado.
Mientras tanto, a miles de kilómetros, el ambiente era mucho menos turbulento pero igualmente asfixiante. En la sala de la casa de Nico, Honoka mantenía una negociación tensa con la mujer de lentes.
—Bien, la casa parece estar en orden —concluyó la mujer, entregándole un sobre grueso a la pelinaranja.
Honoka lo tomó con dedos temblorosos. Al abrirlo, el aire se le escapó de los pulmones: la cantidad de dinero era abrumadora.
—Es lo que acordamos, ¿cierto? —preguntó la mujer con frialdad.
Honoka asintió, incapaz de articular palabra, sintiendo cómo el peso de su traición se materializaba en aquel fajo de billetes.
—Muchas gracias.
—A usted —respondió la mujer, retirándose con pasos secos y dejando a Honoka en un silencio sepulcral.
La pelinaranja caminó hacia el ventanal que cubría toda la pared, aquel que dejaba ver la ciudad que Nico tanto amaba. Se detuvo ahí, con la mirada perdida en el horizonte, y cerró los ojos, intentando silenciar la voz de su conciencia.
—Nico-chan... —susurró al aire, con el corazón apretado por la culpa—. Me vas a perdonar, ¿verdad?
Pero las paredes no le dieron respuesta, y el sobre en su mano se sentía más pesado que nunca.
A bordo del avión, la energía de Nico era inagotable. No solo estaba disfrutando del viaje, sino que parecía estar en una competencia personal para ver cuánto podía comer.
—¡Woah, esto es delicioso! —exclamó con la boca medio llena, dando cuenta de su segundo plato de carne mientras ignoraba olímpicamente el muro de silencio que la pelirroja a su lado intentaba erigir—. ¿Sabes? Es mi primera vez en Corea. ¿Has ido antes?
La pelirroja no se dignó a girar la cabeza; simplemente siguió comiendo con una parsimonia irritante.
—Qué pocos modales —masculló Nico, ofendida, antes de volver a concentrarse en su bandeja.
Diez minutos más tarde, el servicio de mesa terminó y el silencio por fin reinó. Para la pelirroja, aquella situación era un alivio inusual. Normalmente, el mundo entero la asediaba; ser una de las cantantes más famosas del momento significaba no tener ni un segundo de paz. Pero aquella pelinegra, con su entusiasmo desmedido, la trataba como si fuera una desconocida cualquiera. Irónicamente, aunque sus gafas de sol eran un imán para las miradas, aquella chica parecía ser la única persona a bordo que no tenía ni la menor idea de quién era.
—Oye... —la voz de Nico volvió a romper el aire, sacándola de su ensimismamiento.
La pelirroja se giró, con los nervios a flor de piel. ¿Por qué no puede estar callada ni cinco minutos?, pensó, sintiendo cómo una vena le palpitaba en la sien.
—Tú... —Nico entrecerró los ojos, intentando articular algo, pero de repente se puso en pie con un gesto brusco.
Su rostro, antes brillante y alegre, se tornó pálido y contraído por una mueca de dolor. La pelirroja, dejando de lado su irritación, la observó con una pizca de genuina preocupación que duró apenas un segundo. Antes de que pudiera preguntar qué le pasaba, el desastre ocurrió: un ataque de náuseas incontenible superó a Nico, y el resultado fue tan inevitable como desagradable sobre el asiento y la ropa de su acompañante.
La pelirroja soltó un gruñido gutural, saltando de su asiento mientras el asco se apoderaba de sus facciones.
—¡Pero qué...!
—Lo siento, lo siento muchísimo... —balbuceó Nico, roja de vergüenza, antes de salir disparada hacia el baño como si su vida dependiera de ello.
La pelirroja se quedó allí, maldiciendo su suerte mientras se quitaba la camisa manchada para intentar limpiarla con desesperación.
—¡Qué chica más insoportable! —masculló para sí misma, lanzando una mirada de odio al pasillo—. Es el peor vuelo de mi vida.
Maki se levanto, dirijiendose hacia el otro baño libre. Cuando finalmente logró medio limpiar el desastre y regresó a su lugar, se encontró con una estampa que casi le hace perder la cabeza: la irritante pelinegra había regresado y estaba hundida en su asiento, profundamente dormida, roncando suavemente como si lo ocurrido segundos antes no hubiera sido más que un mal sueño.
9:30 P.M.
—Señorita... —una voz suave pero firme la sacudió.
Nico se movió, con el cuerpo entumecido tras lo que pareció una eternidad de sueño profundo. Al abrir los ojos, se encontró con la mirada paciente de una azafata.
—Ya hemos llegado —le anunció la mujer con una sonrisa profesional.
Nico parpadeó, confundida, y miró a su alrededor. La cabina estaba desierta, bañada por la luz tenue de la noche que se colaba por las ventanillas. Pudo haberme despertado antes, pensó, sintiendo una punzada de molestia al recoger sus cosas. Entonces, sus ojos se posaron en algo sobre el asiento contiguo: la camisa de la pelirroja, olvidada en el apuro de la salida.
La tomó, sintiéndose extrañamente obligada a devolverla, y se apresuró a salir del avión, decidida a encontrar a aquella chica de modales inexistentes.
Al salir al pasillo del aeropuerto, la divisó a lo lejos. Iba rodeada de una barrera impenetrable de guardaespaldas que se abrían paso entre la multitud.
—¡Oye! ¡Espera! —gritó Nico, apresurando el paso y esquivando a otros pasajeros.
Pero antes de que pudiera acercarse, un hombre de seguridad, con uniforme impecable y expresión severa, se interpuso en su camino. Empezó a soltar una ráfaga de palabras en coreano, bloqueándole el paso con firmeza.
—¡Espera, solo quiero devolverle esto! —insistió Nico, agitando la camisa en el aire, pero el guardia seguía hablando con un tono de advertencia.
La pelirroja se perdió de vista entre el mar de gente. Nico, derrotada y sin entender una sola palabra, bajó los brazos y dejó escapar un suspiro de resignación.
—Me pregunto si es alguien importante... —murmuró para sí misma, guardando la camisa en su equipaje.
⁂
La salida del aeropuerto fue un desierto de decepciones. Recorrió el área de llegadas durante más de una hora, buscando frenéticamente cualquier cartel con su nombre, pero no había rastro de nadie. Con los nervios a flor de piel, sacó su teléfono y marcó el número de Honoka.
Buzón de voz. Una, dos, tres veces. Nada.
—¿Qué clase de viaje es este? —estalló, caminando en círculos, sintiéndose abandonada a su suerte.
El caos de no entender el idioma y el cansancio acumulado amenazaban con romper su compostura, hasta que, por un golpe de suerte y la amabilidad de una chica local que notó su desesperación, logró que le consiguieran un taxi. La joven le dio las instrucciones al conductor y, antes de marcharse, le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—Kamsa —dijo Nico, pronunciando con torpeza la única palabra que había logrado aprender en el trayecto, agradeciendo el gesto con una inclinación de cabeza.
El taxi arrancó, alejándose hacia las luces de la ciudad, mientras Nico se quedaba observando por la ventana, preguntándose qué más podía salir mal en este "viaje soñado".
⁂
Mientras Nico se debatía entre el pánico y la confusión en la zona de llegadas, al otro extremo del aeropuerto, el mundo de la pelirroja se movía con una precisión coreografiada. Maki caminaba con la mirada al frente, protegida por un muro humano de guardaespaldas que la escoltaban hacia la limusina que la aguardaba.
A su alrededor, el aire vibraba con los gritos de sus fans:
—¡Maki!
—¡Maki-unnie, por aquí!
—¡Eres la mejor, Unnie!
Ella, imperturbable, dedicó una sonrisa ensayada a la multitud y saludó con un gesto elegante de la mano. No era calidez, era profesionalismo puro; la imagen perfecta que la industria exigía de ella.
El trayecto en la limusina fue breve, apenas un suspiro antes de llegar al set de su entrevista programada. Bajo la luz cegadora de los reflectores, Maki se transformó.
—Dinos, Maki, ¿qué te parece Seúl hasta ahora? —preguntó la reportera, inclinándose hacia ella con un interés que rozaba lo obsesivo.
—Es una ciudad fascinante —respondió Maki con una sonrisa impecable y medida—. Moderna, vibrante... tiene una energía única.
—Mañana comienzan las sesiones de fotos para tu nuevo álbum, ¿cierto? —continuó la entrevistadora, tomando nota con entusiasmo.
—Así es. Estamos trabajando mucho en los detalles finales —asintió Maki, manteniendo su postura perfecta.
La reportera bajó un poco la voz, buscando el titular jugoso que toda la audiencia esperaba.
—Se ha rumoreado mucho... ¿Es verdad que estás saliendo con la actriz Toudo Erena?
Maki soltó una carcajada suave, el sonido perfecto para desarmar cualquier especulación.
—No, para nada. Somos solo amigas.
La entrevistadora soltó un suspiro de alivio, pero no se dio por vencida.
—Entonces... ¿hay alguien especial ocupando tu corazón en este momento?
Maki endureció ligeramente la mirada, aunque su sonrisa nunca abandonó su rostro. Se inclinó apenas unos milímetros hacia adelante, marcando el límite invisible.
—Dije que no contestaría preguntas sobre mi vida personal —respondió con voz firme pero dulce, dando por cerrado el tema con una cortesía tan fría que la reportera no tuvo más remedio que cambiar de dirección.
—Hablemos mejor de lo que los fans pueden esperar del nuevo álbum, ¿te parece?
⁂
El taxi se alejó, dejando a Nico frente a la imponente estructura del hotel. Tras soltar un suspiro de alivio, arrastró su equipaje hacia el interior.
—¡Woah, esto es enorme! —exclamó, maravillada por la opulencia del lobby.
Se acercó al mostrador con paso dubitativo. La recepcionista, una mujer joven y eficiente, le dirigió una sonrisa de cortesía.
—¿En qué le puedo servir? —preguntó en coreano.
Nico sintió un vacío en el estómago.
—Ah... ¿habla inglés? —preguntó con un hilo de voz, aferrándose a su libro guía como si fuera un salvavidas.
—Por supuesto. ¿En qué puedo ayudarla? —respondió la joven, cambiando de idioma con total naturalidad.
Nico, que apenas defendía un inglés rudimentario, hizo un esfuerzo sobrehumano por articular la frase correcta.
—Tengo... una reservación. A mi nombre.
—Claro, déjeme verificar. ¿Su nombre, por favor?
—Yazawa. Yazawa Nico.
Mientras esperaba, una mujer alta, rubia y de ojos penetrantes se detuvo justo a su lado. Su sola presencia parecía irradiar una elegancia fría y sofisticada mientras preguntaba por "Nishikino Maki". Nico se quedó prendada de ella, observándola con una mezcla de curiosidad y admiración. Es preciosa, pensó, olvidándose por un momento de sus problemas.
La rubia recibió una llamada y comenzó a hablar en un ruso fluido, con un tono autoritario que le sentaba sorprendentemente bien. Al colgar, notó la mirada fija de Nico y le dedicó una sonrisa maliciosa.
—¿Qué tanto me miras? —le preguntó cargado de un acento seductor—. ¿Acaso te parezco linda? Seguro que no entiendes ni una palabra de lo que digo...
Nico se sonrojó, descolocada. Pero antes de poder seguir, la recepcionista volvió a hablar, interrumpiendo el momento.
—Señorita, lo siento mucho. No tenemos ninguna reservación bajo ese nombre.
Nico sintió que el mundo se le venía encima. — Ay… no entendí nada
La rubia, divertida por la situación, se acercó y le tradujo el problema a Nico con naturalidad. Los ojos de la pelinegra se abrieron desmesuradamente: la estafa de Honoka empezaba a revelarse.
—¿Tienen habitaciones libres? —preguntó la rubia, tomando el control de la situación—. ¿Hasta qué día se queda?
—Hasta el viernes... —susurró Nico, encogiéndose de hombros, más apenada que nunca.
La rubia hizo el trámite por ella en cuestión de segundos. Tras un intercambio rápido con la recepcionista, se giró hacia Nico.
—Listo. Habitación 719.
Nico respiró, sintiéndose diminuta. —Gracias... de verdad, muchas gracias.
La recepcionista le entregó una llave magnética a la rubia con una reverencia. —Señorita, puede subir. La señorita Nishikino la espera.
Con una última mirada indescifrable hacia Nico, la rubia se retiró hacia los ascensores, dejando a la pelinegra sola en medio del lobby. Nico se cubrió el rostro con las manos, sintiendo cómo el calor subía por sus mejillas.
—¡Qué vergüenza! —murmuró para sí misma, maldiciendo su mala suerte y a la ingenua de Honoka por meterla en este lío.
⁂
—No esperaba verte aquí, Eli —dijo Maki, acomodándose en el sofá mientras la rubia tomaba asiento frente a ella.
—Estaba de paso y no pude evitar pensar en que hacía mucho que no coincidíamos —respondió Eli con una sonrisa serena que contrastaba con la rigidez de la pelirroja.
Maki suspiró, dejando que una expresión un poco más relajada asomara en su rostro. —Es verdad. Ya han pasado un par de meses desde la última vez, ¿no?
Eli asintió, mirando hacia la ventana con una expresión pensativa. —La verdad, espero poder regresar a Japón pronto.
Maki se tensó casi imperceptiblemente. Un destello de nerviosismo cruzó sus ojos. —¿Vas a volver? ¿De verdad?
—Sí, bueno... —Eli se encogió de hombros con naturalidad—. Sabes que mi hermana sigue allí, y aparte, me gustaría estar cerca de mi mejor amiga.
Maki intentó forzar una sonrisa, pero el tema le resultaba difícil de digerir. —Pero dime, ¿cómo están tus padres? ¿Y tu hermana?
—Supongo que bien, dentro de lo que cabe —respondió Maki, desviando la mirada y dejando claro con su tono cortante que el tema no era de su interés.
Eli no se dejó intimidar por la frialdad. —¿Aún sigues peleada con tu padre?
Maki sintió cómo la irritación le subía por la garganta. Se puso en pie de un salto, caminando hacia la otra punta de la habitación. —¡Eli, por favor! Sabes perfectamente que ese hombre es incapaz de escuchar. Es como hablarle a una pared.
—Maki, ya no eres una niña —insistió la rubia, con un tono más suave pero firme—. Tal vez, si tú cedieras un poco... el resultado sería distinto.
Maki guardó un silencio absoluto, apretando los puños. Eli dejó escapar un suspiro de derrota; conocía lo suficiente a la pelirroja como para saber que su terquedad era una muralla casi imposible de derribar. El ambiente se cargó de una incomodidad palpable, solo rota por el suave sonido del aire acondicionado.
—¿Y Kotori? —preguntó Eli, rompiendo el hielo con cautela—. ¿Cómo está ella?
Maki se giró lentamente. —Ella está bien... supongo.
—Te extraña. Deberías llamarla —dijo Maki, con un rastro de irritación genuina en su voz—. No cuesta nada.
—Sí... —susurró Eli, evitando el contacto visual—. Tal vez debería llamarle.
El silencio volvió a instalarse, más pesado que antes. Maki, sintiéndose acorralada por los recuerdos y la presión de su amiga, se apresuró a cambiar de tema.
—Ah... ¿quieres beber algo? ¿Una cerveza o quizás un whisky? —preguntó, intentando mostrarse hospitalaria mientras se alejaba hacia el minibar.
Eli se puso en pie, negando con la cabeza. —No te molestes, Maki. Ya tengo que irme. La próxima vez, cuando estemos más tranquilas, tomaremos algo juntas.
Maki asintió, sintiéndose un poco aliviada por el fin de la charla. —Sí... para la próxima —respondió, acompañándola hacia la salida mientras intentaba recuperar su máscara de indiferencia.
⁂
Encerrada en la habitación 719, Nico caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado, con el teléfono pegado a la oreja. Por enésima vez, el tono de llamada de Honoka se cortó, dejando solo el silencio absoluto de la habitación.
—¡Demonios, Honoka! ¡Contesta de una vez! —rugió, lanzando el dispositivo sobre la cama y desplomándose con un suspiro lleno de impotencia—. Algo no anda bien... aquí hay gato encerrado, y lo voy a descubrir.
Se puso en pie de un salto, decidida a tomar el control. Abrió su cartera y comenzó a contar los billetes con dedos temblorosos. Solo tenía 100,000 yenes. Una suma que, en condiciones normales, le habría parecido razonable, pero que ante la realidad de un hotel de lujo en Seúl y un vuelo de regreso inesperado, se sentía como una burla.
—Si los cálculos no me fallan... —murmuró, haciendo cuentas mentales que la dejaron aún más pálida— esto no va a alcanzar ni para cubrir la mitad de mis problemas.
Justo cuando estaba a punto de maldecir su suerte nuevamente, un rugido cavernoso y prolongado emanó de su vientre, cortando su monólogo interno. Nico se tocó el estómago, avergonzada a pesar de estar sola.
—Supongo que no tiene mucho sentido seguir lamentándome con el estómago vacío —se dijo a sí misma, intentando recuperar un ápice de dignidad—. Tal vez encuentre algo de ramen en el lobby o alguna máquina expendedora decente.
Con un último vistazo sombrío a su cartera, se ajustó la chaqueta y salió al pasillo, decidida a buscar sustento antes de que su pánico se convirtiera en una crisis total.
⁂
—¡Ay, caliente, caliente! —exclamó Nico, dando saltitos mientras intentaba equilibrar el humeante cuenco de ramen que acababa de rescatar de la máquina expendedora del pasillo.
Estaba tan concentrada en no derramarse el caldo encima que ni siquiera vio quién doblaba la esquina hasta que estuvo a escasos centímetros.
—¡Oh! —soltó Nico, frenando en seco.
Ante ella, impecable y radiante incluso en la penumbra del pasillo, se encontraba la misma rubia del lobby. La cercanía hizo que el corazón de Nico diera un vuelco, y no solo por el calor del ramen.
—¿Pudiste acomodarte bien en tu habitación? —preguntó la rubia con una voz suave y una amabilidad que desarmó a Nico al instante.
—S-sí, todo perfecto... muchas gracias por ayudarme antes —respondió Nico, sintiendo cómo un rubor intenso le subía por las mejillas—. Y, eh... quería pedirte una disculpa. Yo no me quise burlar de usted en el lobby. Es solo que le escuché hablando en ruso y jamás imaginé que hablara japonés.
La rubia soltó una risita cristalina. —No te preocupes. Supongo que no encajo precisamente en el estereotipo de la japonesa típica, ¿verdad? —bromeó con una sonrisa.
Nico sintió que su cara ardía aún más. Era innegable: aquella mujer era absolutamente fascinante.
—Ah... soy Nico. Yazawa Nico —dijo, intentando recuperar un poco de compostura antes de hacer una pequeña y algo torpe reverencia, casi dejando caer su sopa.
—Ayase Eli. Mucho gusto, Yazawa-san —respondió ella, inclinando la cabeza con una elegancia natural.
Eli bajó la mirada hacia el humeante cuenco que Nico sostenía con tanta devoción. —Parece que vas a cenar —observó con una sonrisa divertida.
—Sí... —Nico recuperó el sentido de la realidad—. ¿Ya comio usted?
—Sí, gracias. Me he adelantado un poco.
Nico asintió, sintiéndose un poco tonta por la invitación improvisada, pero encantada por el interés de la rubia.
—Bueno, entonces supongo que me retiro —dijo Eli, dando un paso atrás con gracia—. No quiero ser la causa de que tu sopa se enfríe.
—¡Ah! ¡Cierto! —exclamó Nico, mirando su ramen como si acabara de recordar que existía—. Tiene razón, esto se enfría rápido.
Eli le dedicó una última mirada cargada de una calidez que hizo que el estómago de Nico diera otro tipo de vuelcos. —Fue un placer, Yazawa-san. Si el destino lo quiere, nos volveremos a encontrar. Hasta la próxima.
—Hasta luego —respondió Nico, viéndola alejarse por el pasillo hasta que desapareció de su vista.
Nico se quedó ahí un momento, con el ramen empezando a perder temperatura pero con una sonrisa boba dibujada en el rostro que no planeaba desaparecer pronto.
JUEVES
Nico dedicó el resto del día a recorrer Seúl. A pesar de la barrera del idioma y de que su presupuesto se reducía a cada paso, se negó a dejar que el pánico le arruinara la experiencia. Cada callejón y cada mercado tenían un encanto que la distraía de su precaria situación.
Se detuvo en un pequeño puesto de artesanías, eligiendo con cuidado un par de recuerdos para sus hermanos. Mientras pagaba, una punzada de nostalgia le apretó el pecho. Hacía demasiado tiempo que no los veía, y el deseo de estar con ellos era casi doloroso. Sin embargo, se obligó a guardar esa tristeza bajo llave. No podía volver a la casa de sus abuelos con las manos vacías y el fracaso escrito en la frente; no hasta que pudiera demostrarles —y demostrarse a sí misma— que su carrera como escritora era lo suficientemente sólida para mantenerlos a todos.
—Ya falta poco —susurró para sí misma, forzando una sonrisa ante el reflejo de un escaparate—. Ya casi.
Mientras tanto, en un estudio fotográfico en el corazón de la ciudad, el ambiente era frenético. Maki se encontraba tras los biombos, cambiándose para el siguiente set de fotos. A su alrededor, ayudantes corrían de un lado a otro cargados con prendas de seda y accesorios de diseñador.
Al tocar una de las telas, la mente de Maki viajó lejos de Seúl, aterrizando directamente en un pequeño taller en Japón. La textura, la precisión de las costuras y la pasión en el diseño le recordaron inevitablemente a la persona que, sin quererlo, se había adueñado de sus pensamientos.
—Kotori... —susurró su nombre en el aire, con una suavidad que jamás permitiría que nadie más escuchara.
—Maki-sama, el equipo está listo. Empecemos —anunció una de las trabajadoras, irrumpiendo en su burbuja personal.
Maki cerró los ojos un instante, respiró hondo para recuperar su máscara de hierro y asintió, apartando el recuerdo de la modista para volver al frío escenario de las cámaras.
⁂⁂
Al caer la noche, la habitación del hotel se sentía asfixiante. Nico, con el orgullo herido y la paciencia agotada, volvió a intentar marcar al teléfono de Honoka. Como respuesta, solo recibió el sonido monótono de la operadora automática.
“Después del tono, por favor, deje su mensaje.”
—¡Maldita sea, Honoka! —estalló, su voz retumbando contra las paredes—. ¡La dichosa "guía" jamás apareció, y estoy segura de que no lo hará! ¡Júralo, júralo que cuando te vea, vas a desear nunca haber conocido mi nombre!
Azotó el auricular del teléfono del hotel contra su base, dejando que el eco del golpe se apagara en el silencio de la habitación. Se quedó mirando su cartera sobre la mesilla: el dinero se había esfumado entre los gastos del día y el intento fallido de comprar un pasaje de vuelta. Estaba atrapada.
Se dejó caer en el colchón, cerrando los ojos mientras repasaba cada detalle del viaje en avión, intentando encontrar alguna respuesta lógica a su desastre. De repente, una frase que había escuchado en el pasillo, casi como un susurro lejano, cruzó su mente como un relámpago:
“Si vengo a ver a Nishikino Maki. Soy Ayase Eli.”
Nico se incorporó de golpe, con los ojos brillando ante la epifanía. Un golpe de alegría recorrió su cuerpo.
—¡Eso es! ¡Tiene que ser eso!
Su mente volvió al vuelo, al desastre de la comida y a la pelirroja insoportable de al lado. Recordó la voz de la azafata corrigiendo a la chica y llamándola "Nishikino-san". ¡Todo encajaba! La mujer rubia que la ayudó en el lobby iba a ver a la misma chica que le había amargado el viaje.
Sin perder un segundo, corrió hacia su maleta y rebuscó frenéticamente hasta encontrar la camisa que la pelirroja había olvidado en el asiento del avión.
—¡Es mi oportunidad! —dijo, agarrando la prenda con firmeza—. Si ella es alguien tan importante, esto es mi pasaporte para obtener respuestas... o al menos, mi forma de llamar su atención.
Salió de la habitación con una determinación renovada, apretando la camisa contra su pecho mientras se dirigía a los ascensores. Estaba cansada de ser la víctima de las circunstancias; era hora de que Nico Yazawa tomara el control de su propia historia.
⁂⁂
Toc, toc, toc.
La puerta se abrió con un golpe seco. Maki, todavía con el rastro del cansancio del set de fotos en el rostro, apareció ante ella con una mirada que podría haber congelado el fuego.
—¿Sí? —preguntó, intentando identificar a la intrusa.
Nico, haciendo acopio de todo el valor que le quedaba, se aclaró la garganta. —Hola... ¿me recuerdas?
La pelirroja entrecerró los ojos, analizando el rostro de Nico con desdén hasta que una mueca de puro horror cruzó su semblante.
—En el avión, yo... yo te vomité —dijo Nico, encogiéndose de hombros con una vergüenza muy bien ensayada.
La molestia de Maki fue inmediata y eléctrica. —¿Tú? Sí, lo recuerdo perfectamente. ¿Qué es lo que quieres? ¿Vienes a vomitarme de nuevo?
—Bueno, quería darte una disculpa formal. Y... olvidaste esto en el avión —Nico sacó la camisa, doblada, lavada y perfectamente planchada—. La lavé y la preparé para ti.
Maki tomó la prenda con desconfianza, como si temiera que estuviera maldita. —¿Eso es todo? Bien. Gracias. Buenas noches.
La puerta se cerró en las narices de Nico con una violencia que hizo vibrar el marco. Pero Nico no se rendiría.
Toc, toc, toc.
La puerta volvió a abrirse, esta vez con Maki a punto de estallar. —¿Quieres dejar de tocar mi puerta? ¡¿Cómo demonios supiste dónde me estoy quedando?!
—Si no quieres ayudarme está bien —dijo Nico, manteniendo una calma fingida—, pero, al menos, ¿podrías darme el número de Ayase-san?
Maki se quedó paralizada. Su expresión pasó de la furia a una incredulidad absoluta. —¿Conoces a Eli? ¿Cómo? ¿De dónde?
¡Bingo! pensó Nico, saboreando el momento. Ya tenía el anzuelo.
—¿Conocerla? —Nico dejó escapar un suspiro nostálgico que le salió de maravilla—. Eli y yo tenemos una historia... una que es mejor no recordar si quieres evitar que me ponga a llorar.
Pocos minutos después, y ante el asombro de la propia Nico, estaba sentada en el sofá de la suite privada de Maki. La pelirroja no le quitaba la vista de encima, tratando de descifrar si aquella desconocida era una loca o alguien a quien debía temer.
—Bien —dijo Maki, cruzando las piernas con elegancia—. Empieza. ¿Cómo la conoces?
—Ella y yo tuvimos algo... —Nico hizo una pausa dramática, bajando la mirada—. Algo tan intenso y apasionado que, de solo pensarlo, me duele el pecho. Es una lástima que todo terminara así.
Rayos, pensó Nico mientras una lágrima falsa amenazaba con brotar, debería haberme dedicado a la actuación.
Por su parte, Maki observaba a Nico con una mezcla de sospecha y una satisfacción secreta. Así que tenías una amante oculta por aquí, ¿eh, Eli?, pensó la pelirroja con malicia. Bien, si esta chica es verdad, el camino queda despejado para Kotori.
—¿Qué tan seria fue tu relación con ella? —preguntó Maki, inclinándose hacia adelante, devorando cada palabra.
Nico levantó la vista, sus ojos carmín brillando con una tristeza teatral. —Estuvimos a punto de casarnos.
⁂⁂
Nico se encontraba en la intimidad de su habitación, con una sonrisa que rozaba lo diabólico mientras contaba, una a una, las divisas que la pelirroja le había entregado. El papel crujía bajo sus dedos como una música celestial.
¿Será que me pasé de la raya?, se preguntó por un segundo, deteniendo su conteo. Suspiró, mirando el fajo de billetes con una mezcla de remordimiento y alivio. Nah, se respondió a sí misma, encogiéndose de hombros mientras su rostro se iluminaba con una satisfacción absoluta. Al final del día, es un préstamo. Mientras se lo devuelva hasta el último yen, no hay razón para sentirse mal.
Soltó una risita triunfal, acomodándose en el sofá mientras el plan terminaba de tomar forma en su cabeza. Estaba más que satisfecha; se sentía invencible.
Viernes 3:00 P.M. — Tokio
“El número que usted marcó no está disponible.”
Nico dejó escapar un bufido cargado de veneno mientras guardaba el teléfono. —Ya verás cuando te ponga las manos encima, Honoka. Juro que te vas a arrepentir.
⁂⁂⁂
Mientras tanto, a kilómetros de distancia, Maki conducía su deportivo por las calles de Japón. El motor rugía con una elegancia contenida, pero su atención estaba fija en un solo punto: la entrada de la pequeña boutique. Al estacionar, sus ojos se posaron en la figura de cabellos grises que acomodaba las perchas con una delicadeza infinita.
Maki sintió cómo su corazón se suavizaba, perdiendo toda la coraza de estrella pop. Es tan increíblemente linda, pensó, sintiendo una calidez que ninguna cámara podría capturar.
—¡Kotori! —exclamó con una sonrisa genuina.
La joven se giró, y al verla, sus ojos se iluminaron con una alegría pura. —¡Maki-chan! —corrió hacia ella, envolviéndola en un abrazo que olía a incienso y telas finas—. ¡No tenía idea de que habías regresado! ¿Cómo te fue en el viaje?
—Bien —respondió Maki, aceptando una taza de té que Kotori le ofrecía, sintiéndose por fin en casa.
—¿Por qué no me llamaste? —preguntó Kotori, bajando la mirada con un deje de tristeza.
—No tenía... no tenía una razón de peso para molestarte —murmuró Maki, sintiendo un calor subiendo por sus mejillas.
Kotori le dio un golpe juguetón en el brazo. —¡Mala! —rió suavemente—. ¿En serio necesitas una excusa para hablar conmigo? Apuesto a que solo viniste esperando que yo tuviera algo preparado para ti.
—¡Por supuesto que no! —dijo Maki, riendo
— Espero que al menos hayas tenido la decencia de no recibirme con las manos vacías —. Kotori sonrió con dulzura.
—¿Qué tal si te invito a cenar mañana para compensarte?— Maki pregunto, sintió que el mundo volvía a su eje.
—Supongo que es mejor que nada —respondió Kotori, devolviéndole la sonrisa.
De pronto, una asistente se acercó interrumpiendo el momento. —Minami-san, tiene una llamada importante.
Kotori se disculpó con una seña y se alejó. Maki la observó desde la distancia, deleitándose con la naturalidad de sus movimientos, hasta que notó algo extraño: la expresión de Kotori cambió radicalmente. Su rostro se iluminó con una sonrisa tan radiante, tan profunda, que Maki sintió un vacío gélido instalándose en su pecho.
—¡¿En serio?! —la escuchó exclamar con emoción—. ¡Entonces tienes que cenar con nosotras mañana! Más te vale venir, ¿eh? ¡No acepto un no por respuesta!
Al colgar, Kotori regresó radiante. —Era Eli —dijo, sin notar la rigidez en la postura de la pelirroja.
—Sí, me lo imaginé —respondió Maki, forzando una neutralidad que le quemaba los labios.
—Espero que no te moleste, Maki-chan, pero la invité a que se una a nosotras —dijo Kotori, un poco apenada por la intromisión.
Maki sintió un martillazo en el alma. La presencia de Eli era el último ingrediente que necesitaba para arruinar su paz. —¿Por qué me habría de molestar? —mintió con una sonrisa vacía.
En cuanto salió de la tienda y estuvo a solas, el dique se rompió. Maki azotó la puerta de su coche con tal fuerza que el chasis retumbó.
—¡Maldita sea! —gritó contra el volante, dejando que la furia desbordara su control.
⁂⁂⁂
Nico permaneció inmóvil frente a la imponente entrada de la casa que sus padres le habían heredado. Una sonrisa nostálgica curvaba sus labios; aquel era su refugio, el único lugar en el mundo donde se sentía a salvo de los problemas. Sin embargo, al girar la llave y empujar la pesada puerta de madera, esa sensación de seguridad se evaporó al instante, reemplazada por un vacío que le heló la sangre.
—¿Qué... demonios? —dejó caer su maleta con un golpe sordo.
La eco de su voz rebotó contra las paredes desnudas. Recorrió cada habitación, de arriba abajo, frenética, buscando algo, cualquier cosa. No había muebles, no había cuadros, ni siquiera un rastro de polvo que indicara que alguien hubiera vivido allí recientemente. La casa estaba muerta.
—¡HONOKA! —el grito, cargado de una rabia volcánica, desgarró el silencio del lugar.
Sin perder un segundo, salió disparada hacia la calle y abordó el primer taxi que vio, con el nombre de la repostería de los Kousaka grabado a fuego en su mente.
Mientras tanto, en la repostería, el ambiente era inusualmente pesado. —Gracias, vuelva pronto —dijo Honoka, despidiendo a un cliente con una sonrisa profesional, aunque un escalofrío le recorrió la espalda—. Dios... tengo un presentimiento horrible.
El sonido de la campanilla de la puerta resonó en el local. —¡Bienvenida! —exclamó Honoka, pero al ver quién entraba, su voz se apagó.
—HO-NO-KA…! —la voz de Nico no era un saludo, era una sentencia de muerte.
Honoka, que estaba detrás del mostrador, sintió cómo la sangre abandonaba su rostro hasta quedar pálida como un papel. —¿Ni... Nico-chan? —balbuceó, incapaz de tragar saliva.
Nico no esperó a las explicaciones. Cruzó el local como un rayo y, antes de que Honoka pudiera reaccionar, la acorraló contra la pared.
—¡Me quieres explicar qué demonios hiciste! —rugió Nico, con los ojos inyectados en sangre.
Honoka estaba paralizada, incapaz de articular palabra, atrapada en el aura de terror que su mejor amiga proyectaba. Nico, perdiendo toda paciencia, la tomó de la solapa y la obligó a bajar a su altura, clavando sus gélidos ojos carmín en los celestes de la pelinaranja.
—¡Llegué a Corea y no había ni una maldita guía! ¡Nada! —bramó, apretando el agarre—. ¿Me puedes decir, maldita sea, qué demonios hiciste con mi casa? ¡Dímelo!
El silencio en la repostería era absoluto.
⁂⁂⁂
—¿Entonces me estás diciendo que estás en problemas financieros y tu única salida fue desplumarme? —preguntó Nico, con un suspiro que no era de alivio, sino de pura incredulidad.
Nico, sentada ahora en la sala de estar de los Kousaka, esperaba una respuesta que, de no ser convincente, destruiría para siempre lo que quedaba de su amistad.
Honoka bajó la cabeza, apretando las manos sobre su regazo. La vergüenza era evidente en cada fibra de su ser.
—¡Y no se te ocurrió nada mejor! —estalló Nico de nuevo, perdiendo el control por un segundo—. ¡Tus padres, Honoka, tus padres siempre han estado ahí!
—Ellos... ellos se enojarían tanto si supieran en qué me metí —murmuró la pelinaranja, al borde de las lágrimas.
—¿Y cómo crees que estoy yo? ¿Crees que me hace gracia haber perdido mi hogar? —Nico se levantó, dando un paso hacia ella, con la mano alzada, lista para descargar una bofetada que Honoka tenía más que merecida.
—¡Nico! —La voz de Umi, clara y serena, llegó desde la cocina antes de que el golpe se materializara.
La pelinegra se congeló. Honoka, con los ojos cerrados, temblaba esperando el impacto.
—Ella no sabe nada —susurró Honoka, suplicante—. Por favor, Nico-chan... no tiene nada que ver con esto. No la metas a ella.
Nico bajó la mano lentamente, observando a la pelinaranja con una mezcla de odio y lástima. Claro, pensó con amargura mientras Umi entraba en la sala con una bandeja de té, ni siquiera tuvo el valor de contarle a su propia esposa.
—El té está listo —anunció Umi, sentándose al lado de Honoka con calma—. ¿Qué es lo que te trae por aquí, Nico? Ha pasado una eternidad desde que hablamos de algo que no fuera el testamento de los abuelos.
Nico tomó la taza, sus manos apenas temblaban. Honoka la miraba con terror puro, consciente de que Nico estaba a un segundo de escupir toda la verdad. Si se lo dices, pensaba Honoka, si se lo dices, Umi me dejará y nunca conoceré a mi bebe.
—De hecho... —empezó Nico, clavando la mirada en la pelinaranja, preparándose para destrozarla.
—¡Nosotras también tenemos algo que decirte! —interrumpió Honoka, con un hilo de voz que intentaba sonar alegre.
Umi sonrió, ajena al abismo que se abría en la habitación. —Es verdad, tenemos una noticia maravillosa.
Nico levantó una ceja, confundida por la repentina interrupción. Honoka la miró fijamente, suplicando en silencio.
—¡Vamos a ser madres! —exclamó Honoka, soltando el aire que parecía haber retenido durante siglos.
El silencio fue absoluto. La taza de té de Nico se detuvo a mitad de camino.
—¿Eso... eso es verdad, Umi? —preguntó la pelinegra, buscando confirmación en los ojos brillantes de su prima.
—¡Sí! —respondió Umi, llevándose una mano al vientre con una ternura que logró desarmar a Nico por completo.
La pelinegra exhaló un suspiro largo, sintiendo cómo toda su furia se drenaba hacia el suelo. Miró a Honoka, quien seguía pálida, y finalmente comprendió el peso de su desesperación. Así que por eso lo hiciste, pensó, sintiendo un nudo en la garganta.
—¡Me alegro mucho! —dijo Nico, forzando una sonrisa mientras se acercaba para envolver a Umi en un abrazo—. Muchas felicidades...
Honoka soltó el aire, desplomándose ligeramente en el sofá. Había ganado una tregua, aunque fuera temporal, y el secreto de su traición seguía enterrado bajo el peso de una nueva vida.
⁂⁂⁂
Nico yacía sobre el suelo helado de la que solía ser su casa. Sin muebles, sin vida, sin recuerdos tangibles; solo le quedaba el frío del piso calando hasta sus huesos. La noticia del embarazo de Umi la había obligado a callar, pero no a perdonar.
—Aunque Umi esté esperando un bebé... eso no es excusa —murmuró, observando el techo vacío—. Ella sabe perfectamente lo que este lugar significa para mí. No puede habérmelo arrebatado así como así.
Un suspiro profundo escapó de sus labios, un sonido que se perdió en la amplitud de las habitaciones desoladas. Justo cuando comenzaba a trazar un plan para rastrear a la nueva dueña y recuperar su hogar, su teléfono rompió el silencio.
—¿Bueno?
Sus ojos se abrieron de par en par. La expresión de sorpresa inicial se transformó en una chispa de alerta absoluta.
Al día siguiente, el ambiente en el café era eléctrico. Maki, con su aura de estrella inaccesible, permanecía sentada a una de las mesas centrales. A su alrededor, la clientela se dividía: las chicas la observaban con una mezcla de adoración y envidia, mientras los chicos le lanzaban miradas irritadas, conscientes de que no tenían la menor oportunidad frente a alguien de su calibre.
Maki consultó su reloj por enésima vez y dejó escapar un suspiro de fastidio. ¿A qué hora se dignará a aparecer?, pensó, sintiendo que su tiempo —y su paciencia— se agotaban.
En ese instante, la campana de la entrada sonó y una pelinegra con dos coletas bajas se apresuró a entrar, buscando a su objetivo. Al ver a la pelirroja, Nico se acercó con paso rápido, aunque algo vacilante.
—Lamento la tardanza —dijo Nico, deteniéndose ante ella.
Maki no respondió. Sus ojos, afilados como cuchillas, recorrieron a Nico de arriba abajo con un escrutinio que parecía leerle el alma.
—También lamento no haber llamado antes —continuó Nico, apretando los dientes y sintiendo cómo el rubor del bochorno subía por su cuello—. Te aseguro que te pagaré hasta el último yen de lo que me prestaste, te lo garantizo.
Maki seguía en silencio, manteniendo esa mirada fija, tan intensa y prolongada que Nico sintió que le faltaba el aire. La presión del escrutinio de la estrella era casi física.
—Sígueme —dijo Maki bruscamente, poniéndose en pie y abandonando el café sin mirar atrás.
Nico se quedó un segundo paralizada, confundida ante la falta de una respuesta verbal, pero finalmente reaccionó. Se puso en marcha, trotando un poco para alcanzar el paso decidido de la pelirroja, mientras se preguntaba qué demonios estaba pasando por la cabeza de esa mujer.
Maki se apoyó contra la pared frente al vestidor, cruzada de brazos, con la impaciencia escrita en cada facción de su rostro. Cuando finalmente la cortina se descorrió y Nico salió luciendo el vestido rojo, la pelirroja se tomó unos segundos para analizarla.
La pelinegra se sentía incómoda, ajustándose la falda corta que acentuaba su figura de una forma que ella no solía utilizar.
—Supongo que esto estará bien —sentenció Maki con una frialdad casi quirúrgica, sin un ápice de cumplido—. Bien, vamos.
Maki se dio la vuelta y salió de la tienda con paso firme.
—¡Espera! ¡¿Pero qué...? ¡Aún no me has explicado qué onda con todo esto! —gritó Nico, caminando tras ella a toda prisa, con el vestido rojo flameando a cada paso—. ¡No soy tu muñeca de trapo, Maki!
La pelirroja ni siquiera se inmutó; su andar no perdió ni un milímetro de velocidad. Nico, sintiéndose más confundida que nunca y profundamente molesta, tuvo que resignarse a seguirla hasta el auto. Una vez allí, se subió al asiento del copiloto, sintiéndose fuera de lugar en medio de tanta seda y cuero.
—¿Me puedes decir, de una vez por todas, a dónde vamos? —exclamó Nico, fulminándola con la mirada.
Maki arrancó el motor con un rugido potente, sus manos firmes sobre el volante mientras observaba el tráfico de la ciudad con ojos gélidos.
—Vamos a comer —respondió, sin siquiera girar la cabeza para verla—. ¿Estás contenta ahora?
Nico se hundió en el asiento, cruzándose de brazos mientras el auto se lanzaba a la carretera. Comer, pensó con sarcasmo.
⁂⁂⁂⁂
Nico se sentó con una rigidez impropia de ella, abriendo el menú como si fuera un escudo antibalas. Al ver los precios, sintió que el alma le abandonaba el cuerpo. ¡Por el amor de Dios!, pensó, ¿pretende que yo pague esto? ¡Con lo que cuesta un plato aquí, podría comprarle una casa nueva a mis hermanos!
—Sabes... —comenzó Nico, rompiendo el tenso silencio—, he venido porque te debo dinero, pero no puedo pagar esto. No estás esperando que yo pague la cuenta, ¿verdad?
Maki cerró su menú lentamente, mirándola con una intensidad que incomodaría a cualquiera.
—¿No crees que renunciar a un amor sin pelear es triste? —preguntó Maki, ignorando por completo el tema financiero—. ¿Que un amor sea separado por culpa de los padres? ¿De qué sirve vivir sin la persona que amas?
Nico, más confundida que nunca pero captando rápido la sintonía, decidió seguirle la corriente. —Tienes razón —dijo, asintiendo con una falsa seguridad—. Hay que luchar por quien uno ama.
¿Qué está haciendo?, se preguntó Nico. ¿Me trajo aquí porque necesita consejos de amor para su propia vida?
—¡Así es! —dijo Maki, radiante y extrañamente satisfecha—. Por eso te traje. Pronto te reencontrarás con tu amor perdido.
—¿De qué hablas?
—¡Eli! ¡Está aquí en Japón! —anunció Maki, triunfante.
Nico sintió que el aire se le escapaba. Ay, no... —Espera... agradezco tu preocupación, pero no quiero verla. Aún me duele demasiado —dijo Nico, intentando sonar tan trágica como una actriz de telenovela.
Maki, lejos de ceder, le agarró las manos con una firmeza que sorprendió a la pelinegra. —Tienes que luchar por tu amor.
En ese preciso instante, la puerta del restaurante se abrió.
—¡Maki-chan! —la voz de Kotori llegó alegre, seguida de cerca por la silueta inconfundible de Ayase Eli.
¡Ay, me lleva la...! Nico se apresuró a cubrirse el rostro con el menú, sintiéndose como un ciervo ante un depredador.
—¿No esperaron mucho, cierto? —preguntó Eli con su elegancia habitual.
Maki negó, manteniendo su plan en marcha.
—Oh, ¿y quién es ella? —preguntó Kotori, notando a la chica encogida tras el menú.
—Es una amiga —respondió Maki, secamente. La irritación de Kotori fue instantánea y evidente.
—Mucho gusto... —murmuró Nico, intentando esconderse más.
Maki, perdiendo la poca paciencia que le quedaba, le bajó el menú de un golpe brusco y, debajo de la mesa, le propinó una patada nada suave en la espinilla. Nico, ahogando un grito de dolor, levantó la cabeza obligada.
—¡Oh! —exclamó Eli, iluminándose al reconocerla—. ¡Nos vemos de nuevo!
Kotori observó la escena, pasando la mirada de la rubia a la pelinegra con una molestia creciente. —¿Se conocen?
—Nos conocimos en Seúl —confirmó Eli, sonriendo de forma genuina.
¡Eso es!, pensó Maki, regocijándose en su propio juego. Ahora verás, Eli, cómo tu "gran amor" te pone en evidencia frente a Kotori.
—¿Disfrutó su viaje en Corea? —preguntó Eli, amablemente, hacia Nico.
—Sí... todo gracias a usted —respondió Nico, clavándole a Maki una mirada llena de odio puro.
Maki, que hace apenas unos segundos se sentía ganadora, sintió que la sangre se le helaba. El tono de Nico, la respuesta de Eli... de repente, la pelirroja se dio cuenta de la magnitud de su error. Había sido engañada. Nico no era la novia despechada de Eli; era una estafadora a la que ella misma, con su propia arrogancia, había invitado a sentarse a su mesa.
⁂⁂⁂⁂
El aire nocturno golpeaba el rostro de las cuatro mujeres en el estacionamiento. La tensión era un hilo invisible que amenazaba con romperse en cualquier momento.
—Yo llevaré a Kotori a su casa —anunció Eli con su habitual seguridad.
Maki asintió con un gesto rígido, apenas capaz de contener el temblor de sus manos bajo las mangas de su abrigo.
—¿Dónde vive Yazawa-san? —preguntó Eli, lanzando una mirada cortes hacia la pelinegra.
Nico, que seguía procesando el hecho de haber sobrevivido a la cena sin ser desenmascarada por completo, forzó una sonrisa algo encogida. —Yo... vivo algo lejos de aquí. No hace falta que se molesten.
—Yo llevaré a Nico-san a su casa —sentenció Maki con una frialdad que heló el ambiente—. Es mi invitada, después de todo.
Eli arqueó una ceja, detectando que algo no terminaba de encajar en el humor de la pelirroja, pero decidió dejarlo pasar. —Como desees. Fue un gusto volver a verte, Nico-san.
—El gusto fue mío, Eli-san —respondió Nico, realizando una pequeña y educada reverencia, sintiéndose extrañamente satisfecha por haber mantenido el engaño.
—Nos vemos luego, Maki-chan, fue un gusto conocerla Yazawa-san —se despidió Kotori con una sonrisa antes de deslizarse dentro del elegante auto de la rubia.
Nico se quedó allí, agitando la mano con una alegría casi infantil mientras veía el vehículo alejarse. No era solo educación; era la libertad de saber que, por ahora, había salido ilesa.
Dentro del coche, Eli no pudo evitar mirar por el retrovisor una última vez, viendo cómo la silueta de la pelinegra se recortaba contra la luz de las farolas. Una sonrisa boba, casi soñadora, se dibujó en su rostro.
—¿Qué pasa? —preguntó Kotori, notando el cambio de actitud de la rubia.
—No, es nada —respondió Eli, manteniendo la mirada fija en el reflejo de la pelinegra hasta que el auto dobló la esquina y la imagen desapareció por completo.
En el estacionamiento, el silencio volvió a reinar, pero esta vez era un silencio denso y cargado de electricidad. En cuanto el último rastro de las luces traseras del auto de Eli se desvaneció en la distancia, Maki se giró bruscamente hacia Nico. La máscara de "anfitriona amable" se hizo pedazos, revelando una furia volcánica en sus ojos.
⁂⁂⁂⁂
El auto se detuvo bruscamente al borde de un parque desolado. La oscuridad de la noche envolvía los árboles y los bancos vacíos, creando un escenario perfecto para la confrontación. Maki salió del coche con un golpe seco y se giró hacia Nico, con los ojos inyectados en ira.
—¡¿Cómo pudiste haberme engañado de esa manera?! —rugió, su voz resonando en el silencio del parque.
Nico, que hasta ese momento había mantenido la cabeza gacha, sintiendo el peso de la culpa y el miedo, la miró por primera vez.
—¡Me hiciste parecer una completa idiota frente a ellas! ¡Una estúpida!
Pero la paciencia de Nico había llegado a su límite. La rabia, contenida durante días, estalló como un volcán.
—¿Y tú cómo pudiste hacer eso? —escupió Nico, avanzando un paso hacia la pelirroja, sus propios ojos carmín lanzando chispas—. ¿Tienes idea de lo incómodo que hubiera sido para las tres si yo en verdad hubiera sido la ex de Eli? ¡Eres una desconsiderada, egoísta e insensible!
—¡¿Qué?! —gritó Maki, atónita ante el ataque. Nadie, jamás, le había hablado así.
—¡Idiota! —respondió Nico, con la furia creciendo.
—¿Cómo te atreves a gritarme después de todo lo que me has hecho?¡Aquí la única idiota eres tú!
Maki alzó su mano instintivamente, con la intención de abofetear a la pelinegra. Pero en el último segundo, su cerebro reaccionó: No... no puedo hacer esto. Bajó la mano lentamente, su rostro contorsionado por la frustración.
—¡¿Qué?! ¡¿Me vas a golpear?! —gritó Nico, acercándose desafiante—. ¡Vamos, hazlo! ¡Pégame! ¡Maldita insensible, cobarde!
Maki retrocedió, paso a paso, hasta que su espalda chocó contra la fría pared de piedra del parque. Los ojos violetas de la pelirroja se clavaron en los carmín de Nico, que ardían con una intensidad nunca antes vista. La cercanía, el olor a perfume caro y la furia que emanaba de la pelinegra la dejaron inmovilizada, un sentimiento que no conocía.
—Imbécil —murmuró Nico, la voz apenas un susurro, y en un movimiento rápido, la abofeteó.
El sonido de la cachetada resonó en el silencio del parque. Maki abrió los ojos, completamente en shock, con la marca roja de la mano de Nico en su mejilla. El ardor de la piel era nada comparado con el ardor de la humillación.
Nico, con la respiración entrecortada pero con una satisfacción vengativa en el rostro, se dio la vuelta y salió del parque sin mirar atrás, dejando a la pelirroja sola, aturdida y con la mano en la mejilla, bajo la fría luz de la luna.
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Nico regresó a la casa arrastrando los pies, con el corazón encogido. Al cruzar el umbral, un suspiro de derrota escapó de sus labios. Durante su ausencia, la nueva dueña se había apresurado a instalar muebles nuevos; el espacio, antes vacío y lleno de ecos, ahora tenía un aire ajeno, frío y decorado con un gusto que no era el suyo.
No puedo quedarme aquí, pensó, sintiendo que cada objeto nuevo era una afrenta a su memoria. Pero no tengo a dónde ir. La idea de refugiarse en casa de sus abuelos, soportando sus reprimendas y críticas constantes, le resultaba insoportable. No podía volver allí sintiéndose un fracaso.
Sin embargo, el miedo a ser sorprendida por la propietaria en cualquier momento era paralizante. Tras un último y doloroso recorrido visual por lo que una vez fue su hogar, Nico tomó sus maletas.
—Voy a hablar con ella —se dijo, tratando de infundirse un valor que no sentía—. Tal vez tenga buen corazón. Tal vez, si le explico lo que esta casa significa para mí... me entienda.
Se sentó en el portón, esperando bajo el manto de la noche, con el alma en un vilo. El rugido de un motor a lo lejos rompió el silencio de la calle. Un vehículo elegante se acercó con lentitud hasta estacionarse frente al barandal. Nico se levantó de un salto, sintiendo cómo los latidos de su corazón martilleaban contra sus costillas. Escuchó el chirrido de la puerta metálica al abrirse y levantó la vista, esperando encontrar a una desconocida.
Sus ojos carmín se dilataron hasta casi romperse. El aire se le atascó en la garganta.
—No... no puede ser —susurró, retrocediendo involuntariamente.
La pelirroja que acababa de bajar del auto, con la mejilla todavía marcada por el ardor de la bofetada que Nico le había propinado minutos antes, se quedó paralizada al ver a la pelinegra frente a ella.
—¿Qué demonios...? —la voz de Maki vibró con una mezcla de shock, furia y una confusión tan profunda que no le permitía articular otra palabra.
Se quedaron allí, frente a frente, bajo la luz mortecina de la farola.
