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El taxi que llevaba a sus padres al aeropuerto de Musutafu giró en la esquina y fue como si el naranja intenso del atardecer se lo hubiese tragado. Con él, pensó Saya, acababa de desaparecer todo lo que le resultaba familiar.
La sonrisa que había tenido empapelada en el rostro se le desvaneció como un helado derritiéndose. La mano, todavía levantada en el aire en gesto de despedida, fue descendiendo con lentitud.
No la convirtió en un puño hasta que los nudillos se le quedasen blancos. Tampoco se clavó las uñas en las palmas hasta dejar cuatro lunitas rojas en la carne pálida y blanda. Solo la dejó colgar ahí en su sitio, sin esfuerzo.
Despojado de resistencia, el nudo que llevaba aguantando en lo hondo de la garganta se le deshizo en un par de lagrimones gruesos y calientes que pronto se convirtieron en dos torrentes.
Entonces fue que atinó a dar vuelta sobre sus talones y meterse dentro de la casa que le habían alquilado. La casa en la que la habían dejado. Sola. En una ciudad que quedaba a unos 1.300 kilómetros de su Sapporo natal. A ella. Que tenía apenas 15 años y jamás había tenido que valérselas por sí misma. Y que, por poco dispuesta que estuviese a admitirlo, no tenía ni la más pálida idea de lo que hacía.
Comenzó a sollozar mientras se sacaba los zapatos con los pies y se ponía sin cuidado las pantuflas con orejas de conejito.
Se refregó la nariz ya enrojecida con el borde de la sudadera para que los mocos no se le metieran en la boca y se dejó caer sobre el sofá verde esmeralda. Era tan mullido que por un momento le pareció que podría tragársela.
Ojalá se la hubiese tragado.
Estaba sola.
¡Sola!
Y, a pesar de que podía llorar a su antojo e incluso berrear "¡Buaaaa! ¡Quiero a mi mamá!" como en el primer día de clases en jardín de infantes —a excepción de que esta vez nadie jamás lo sabría—, no lo hizo.
Se habría sentido terriblemente estúpida. Y ya se sentía lo bastante estúpida ahí, haciendo el ridículo mientras lloriqueaba como si sus padres la hubieran abandonado, cuando aquello había sido exactamente lo que ella les había pedido.
Peor: lo que ella les había rogado.
Su padre le había insistido para que estudiase en otra academia, más cerca de casa. No hacía falta que le siguiera los pasos tan a pie juntillas, le había dicho, si él ya para eso le había abierto camino.
Saya, sin embargo, estaba empeñada en probar que podía convertirse en la mejor sin depender de la reputación de su padre. De modo que no había dado su brazo a torcer.
Había ingresado en la UA. Había conseguido que sus padres la dejasen mudarse sola para asistir a clases, como a tantos otros adolescentes japoneses. No tenía por qué ser tan dramática. Debería estar celebrando. Había cumplido una a una todas las metas que se había propuesto.
Check. Check. Check.
Pero ahora le dolía.
Le dolía y le quemaba en el pecho y en el estómago.
Ni siquiera había pasado media hora desde que sus padres se habían marchado y ella ya los echaba tanto de menos que, de no ser tan orgullosa, quizá se hubiese atrevido a llamarlos y decirles que no estaba segura de estar del todo lista. No. De hecho, que estaba segura de no estarlo.
¡Ni siquiera conocía a nadie en aquella estúpida ciudad!
Sin darse cuenta, comenzó a calmarse.
De todos modos, jamás se hubiese atrevido a llamarlos ahora, ni siquiera si hubiese podido tragarse todo su orgullo de un solo bocado.
La despedida había sido igual —o quizá incluso más— difícil para ellos. Hablarles de las dudas que ahora la asaltaban solo les habría causado una mayor preocupación. No podía cargarlos con eso. Ya no podía retractarse.
Se sorbió los mocos con más fuerza de la necesaria.
Lo que tenía que hacer era hacerse fuerte. El único camino posible era el que tenía delante. Y lo único capaz de hacer que el dolor de su familia —y su propio dolor— valiesen la pena era destrozar cada obstáculo en su camino hasta convertirse en la número uno. No tenía alternativa.
Se acomodó mejor en el sofá al tiempo que se secaba las lágrimas —con la manga, de nuevo— y en ello sintió el zumbido de su teléfono vibrando, insistente, en el bolsillo de la sudadera.
¿Habrían olvidado algo sus padres? ¿Acaso habrían dejado los boletos del avión?
La llamada no era de ninguno de ellos, notó, al observar la pantalla.
Cierto, pensó.
Sí que conocía a alguien en aquella ciudad.
—Hola, ¿señora Bakugo? —dijo al contestar, tratando de que la voz le sonase lo más normal que podía.
