Work Text:
"Sirius Black sentía cómo sus botas se hundían en la tierra húmeda mientras corría hacia el bosque de Black Hollow, que ardía bajo las sombras de la noche.
—¡Regulus! —gritó, mientras se adentraba entre los árboles—. ¡Regulus!
El eco le devolvió su propia desesperación mezclada con una risa. La risa de su hermano, que venía acompañadas de tres carcajadas más, aunque esas eran más deformes e inhumanas.
Sirius se detuvo para intentar distinguir los sonidos entre el ulular del viento. Pudo distinguir, gracias a la iluminación temblorosa de la luna, las cuatro figuras caminando entre los árboles, entrando a la vieja cabaña a la cual todo pueblo de Glastonbury sabía que debía mantenerse lejos.
Era la casa de los "Mortífagos", como los llamaban en el pueblo. Bellatrix, Peter y Barty. Tres viejos chiflados que practicaban la brujería y juraban amor eterno hacia su "Dios" (o diablo, mejor dicho), Lord Voldemort.
Sirius tragó saliva y volvió a poner sus pies en marcha.
—¡Regulus!
Al llegar a la cerca, notó el humo verde saliendo de la chimenea. Sin importarle los rumores sobre lo que ocurría en aquel lugar, se adelanto y se acercó hasta una ventana entreabierta.
Dentro, su hermano estaba sentado frente a un gran caldero, rodeado por los tres locos.
—Es hora de hacer el hechizo. ¡Libro! —gritó la bruja arrugada de cabello oscuro y algo canoso, acercándose a un estante donde reposaba un volumen gigantesco—. Despierta, bonito.
Sirius ahogó un grito cuando el libro abrió un ojo (literalmente un ojo).
—Ahí estás —susurró ella con una sonrisa torcida—. ¡Es tiempo!
Peter comenzó a saltar y a bailar mientras cantaba:
—¡Es tiempo, es tiempo, es tiempo!
Barty lo acompañó entre risas. Bellatrix se acercó al caldero y comenzó a murmurar lo que parecía ser un hechizo.
Aprovechando el momento en que los tres se reunieron frente al caldero, Sirius subió por la ventana y se coló dentro de la casa, escondiéndose detrás de una estantería desde donde podía observar la escena.
—Ahora sí, —murmuró la mujer—. Ya está todo listo. ¡Una gota de esto y su vida será nuestra!
Tomó una cuchara gigantesca, la hundió en el líquido humeante y la sacó goteando. Se acercó junto a los otros dos hacia la silla donde estaba Regulus.
—Muy bien, tesoro —susurró Peter—. Abre la boca.
La cuchara se posó en la boca de su hermano y Sirius sintió la desesperación apoderarse de él. Salió de su escondite.
—¡No! —gritó.
Los tres brujos giraron la cabeza hacia él.
—¡Un niño! —chilló Peter.
—¡Atrápenlo! —ordenó Bellatrix.
Pero Sirius ya había tomado el caldero del centro y lo volcó con todas sus fuerzas. El líquido se derramó por el suelo. Peter y Barty resbalaron, cayendo entre el vapor verde.
—¡Mi poción! —bramó Bellatrix.
Sirius corrió hacia su hermano, pero la bruja le apuntó con su varita. Sintió cómo su cuerpo se convulsionaba antes de desplomarse en el suelo.
—Chico tonto —murmuró ella con una sonrisa.
Sirius, con la vista nublada, alcanzó a ver cómo Regulus comenzaba a brillar. Lo único que esperaba era que el aviso a sus padres antes de correr aquí fuera lo suficiente rápido como para llegar antes de tiempo.
—¡Prepárense! —gritó Bellatrix—. ¡Tomen mis manos!
Los tres se unieron alrededor de Regulus y comenzaron a soplar hacia adentro, tomando el alma de Regulus. Sirius intentó levantarse, pero apenas podía mover los dedos.
La voz chillona de Bellatrix rompió la calma.
—¡Miren! ¡Somos jóvenes!
Sirius los observó. Los brujos arrugados ahora tenían la piel tersa, sin canas ni sombras de vejez. Apenas alcanzó a ver sus rostros rejuvenecidos antes de girar hacia su hermano y notar que seguía sentado, aunque su cabeza caía, como si estuviera dormido.
Sirius comenzó a recuperarse mientras los brujos bailaban en el centro de la habitación.
—¿Y qué haremos con el chico entrometido? —rió Bellatrix.
Peter y Barty detuvieron sus bailes y los tres se acercaron a Sirius.
—Asarlo como filetes —dijo Peter.
Barty se inclinó y le tocó el rostro. Sirius giró bruscamente la cabeza para apartarlo.
—Colgarlo de un gancho y jugar con él.
—¡Vuelve aquí! —gritó Bellatrix, tirando de su cabello para apartarlo de Sirius. Luego alzó la voz—: ¡Libro! —El volumen con el ojo abierto voló hacia ella.—Su castigo será repugnante... muy lento —acarició la cubierta—. Sorpréndeme, mi amor.
El libro comenzó a mover las páginas por sí solo hasta detenerse en una. Bellatrix sonrió con malicia.
—Perfecto —levantó la mirada hacia Sirius—. La muerte no será tu castigo, sino vivir eternamente.
Ella apuntó con su varita, dejando el libro flotando a su lado, y comenzó a recitar: "Retuerce huesos y espalda encorva, que su grasa infantil se absorba. Que negro azabache su cuerpo corra, y en bestia maldita su alma se corrompa."
Sirius sintió un calor insoportable recorrerle el cuerpo. Todo a su alrededor parecía volverse más grande. Intentó gritar, pero lo que salió de su boca fue un ladrido.
Desesperado, miró a los tres brujos rejuvenecidos que reían y festejaban.
Un bullicio comenzó a escucharse afuera: gritos y pasos, el sonido de antorchas acercándose. Una luz se filtró por la ventana y un golpe seco resonó en la puerta mientras alguien gritaba:
—¡Brujas! ¡Hijas de las tinieblas, abran esta puerta!
Peter giró hacia sus compañeros.
—¡Nos descubrieron!
Pero antes de que pudiera hacer algo, la puerta cayó con un estruendo que sacudió la cabaña."
—Y entonces... ¡ja! —exclamó la profesora Sprout, de Ciencias, vestida con un sombrero puntiagudo de bruja, mientras golpeaba la mesa con ambas manos. Harry dio un brinco en su asiento—. A los tres mortífagos los colgaron en la horca, acusados de brujería y asesinato en el pueblo de Glastonbury. —Hizo una pausa y suspiró—. Pobre Sirius Black. Ni su padre, ni su madre, ni nadie del pueblo supo jamás qué fue de él. —Caminó lentamente mientras los alumnos la miraban fascinados—. Pero cuenta la leyenda que, en la noche de brujas, si un joven virgen enciende la vela negra... los Mortífagos resucitarán.
Un murmullo se hizo presente en el aula.
—Y por eso —concluyó la profesora— se dice que un perro negro aún ronda los alrededores de la cabaña, vigilando que nadie sea tan tonto como para probarlo. —Dio un salto repentino y gritó:— ¡Bú!
Toda la clase se sobresaltó antes de estallar en risas, menos Harry.
En este pueblo no podían ser tan idiotas.
Volvió a concentrarse en su cuaderno y murmuró para si, aunque todos escucharon:
—Por favor...
—¡Ajá! —exclamó la profesora, señalándolo—. Tenemos un escéptico entre nosotros. Señor Potter, ¿le gustaría compartir su punto de vista relajado y despreocupado... típico de Brighton?
Sus compañeros estallaron en carcajadas. Harry levantó la vista.
—De acuerdo —dejó el lápiz a un lado—. Tengo entendido que aquí en Glastonbury creen en brujas y todo eso. Pero todos sabemos que el Día de las Brujas es un invento de las fábricas de dulces. Una conspiración.
Hubo un coro de abucheos general.
—Por si lo dudas —intervino una voz detrás de él—, el Día de las Brujas está basado en la antigua festividad llamada Víspera de Todos los Santos. —Harry giró la cabeza. Un chico rubio de aspecto pulcro lo observaba con aires de superioridad—. Es la noche del año en que los espíritus de los muertos pueden regresar a la tierra.
Toda la clase comenzó a aplaudir.
—Bien dicho, Draco —sonrió la profesora Sprout.
El chico (Draco, al parecer) chocó las manos con su compañero de banco, un muchacho de piel oscura que también reía.
Harry arqueó una ceja.
—Vaya. Qué conveniente para los fabricantes de disfraces.
—O para los fantasmas —replicó Draco.
La clase volvió a reír. Harry no pudo evitar sonreír apenas.
—Bueno, señor Potter —intervino la profesora—, parece que el señor Malfoy le ha ganado esta ronda.
—No era una competencia —respondió Harry, girando de nuevo hacia su cuaderno.
—Claro que no —habló Draco detrás—. Yo siempre gano.
Harry estaba a punto de replicar, pero la campana anunció el fin de las clases. Guardó sus cuadernos en la mochila y salió al pasillo, que se llenó enseguida de estudiantes riendo y empujándose.
Afuera el aire olía a lluvia reciente. Harry buscó su bicicleta, le quitó el candado y comenzó a pedalear calle abajo.
Mientras volvía a su nueva casa, divisó una figura de cabello rubio. Decidió que sería buena idea acercarse, dado la reciente "confrontación", si podría llamarse así.
—¿Draco, verdad? —preguntó, acercando la bicicleta hasta quedar a su lado.
Draco giró la cabeza. Le sonrió.
—Sí. ¿Tú eres el nuevo, no? El chico de Brighton que no cree en brujas.
—Sí —rió Harry—. Llegué hace una semana. —Draco se detuvo y Harry frenó junto a él, apoyando un pie en el suelo. Extendió la mano—. Harry Potter.
Draco la estrechó.
—Draco Malfoy. ¿El cambio fue grande, no?
—Sí, ni lo digas, —rió y le soltó la mano.
—¿No te gusta aquí?
—No lo sé, el clima es agradable —se encogió de hombros—. Pero todo este asunto del Día de las Brujas...
—¿De verdad no crees en eso? ¿Ni siquiera en Halloween?
—Mucho menos en Halloween.
—Vale. En caso de que te visite alguno de los Mortifagos, puedes refugiarte en mi casa —bromeó, sacando algo de su mochila. Le extendió un papel—. Daremos una fiesta. Por si te animas —le sonrió y luego se alejó con las manos en los bolsillos.
Harry sonrió, tomó el papel y lo desplegó. En el centro solo había una palabra escrita con tinta negra: Idiota.
Harry frunció el ceño y volvió a levantar la vista. Definitivamente, este pueblo está loco.
Guardó el papel en el bolsillo del chándal y volvió a pedalear. Decidió cortar camino por el bosque de Black Hollow; era mucho más rápido que atravesar todos los semáforos del centro.
Al llegar a su casa, notó que el camión de mudanza seguía en la puerta, descargando cajas. Suspiró. No quería estar allí. Quería estar en Brighton, con Ron y Hermione, con sus mejores amigos.
Dejó la bicicleta en el jardín y entró en la casa.
—Hola, hijo —lo saludó su madre mientras ordenaba cosas que sacaba de una caja—. ¿Qué tal la escuela?
—Mal —respondió sin mirarla, dirigiéndose directamente hacia las escaleras. Había decidido comportarse como un idiota hasta que sus padres entendieran que lo mejor era volver a su ciudad.
—Oye, hijo —exclamó su padre desde el salón—, sé optimista.
—¡No puedo creer que nos hayamos mudado aquí! —gritó Harry antes de encerrarse en su habitación.
Lanzó la mochila a un rincón y se dejó caer en la cama con un suspiró. Metió las manos en los bolsillos de su abrigo y sacó el papel que le habían dado unos momentos antes. Lo abrió de nuevo: la misma palabra lo esperaba.
—Draco Malfoy... —murmuró.
La puerta del armario se abrió de golpe.
—¡Bú!
—¡Teddy! —exclamó, incorporándose y llevándose una mano al pecho.
El niño disfrazado de Frankenstein, se echó a reír a carcajadas antes de correr hacia él y lanzarse sobre la cama.
—¡Te asusté, te asusté! —canturreó mientras rebotaba sobre el colchón—. ¿Quién es Draco Malfoy y por qué te escribió una nota de amor?
Harry rodó los ojos y se levantó, metiendo el papel en el bolsillo.
—En serio, Teddy. Tu padre fue claro: no entres a mi cuarto.
—Sí, pero salieron a hacer compras, así que no pueden regañarme. No seas tan gruñón. —Siguió saltando sobre la cama—. ¿Adivina qué? Vas a tener que llevarme a buscar dulces.
—Este año no, Teddy.
—Tu mamá dijo que sí lo harías.
—Pues que te lleve ella.
—No pueden, van a una fiesta.
—Entonces que te lleven tus padres.
—También irán a la fiesta.
—¡Pues tienes siete años, ve tú solo!
Harry se caminó hacia su batería, colocada en la esquina de la habitación. Le encantaba ese instrumento: era la manera más efectiva que conocía de golpear algo sin meterse en problemas.
Teddy corrió hacia él.
—No puedo ir solo, soy un niño. Es mi primera vez en este lugar, me voy a perder. Además, hay luna llena, los lobos andan sueltos.
Harry empezó a tocar, intentando ignorarlo. Teddy se cruzó de brazos.
—Sea como sea, vas a tener que llevarme.
Harry frenó en seco y lo miró.
—¿Apostamos?
Teddy frunció los labios, ofendido, y abrió la puerta de la habitación.
—¡Lily! —gritó con tono de berrinche—. ¡Harry no quiere llevarme!
Harry soltó un suspiro resignado y apoyó las baquetas sobre el redoblante.
—Genial...
Justo lo que necesitaba: una guerra con un Frankenstein de un metro veinte.
◆◆◆
—¡Dense prisa! —gritó Remus desde la planta baja—. ¡Está por empezar la hora de las brujas!
—¡Bú! —gritó Teddy, saltando frente a su padre.
Remus fingió asustarse mientras el niño reía a carcajadas.
—Ay, qué miedo... —dijo con voz temblorosa—. ¡Qué susto ese Frankenstein!
—Sí que asustaste —añadió Tonks, revolviéndole el cabello—. Mi hijo es todo un monstruo de verdad.
Harry, apoyado contra la pared, los observó con los brazos cruzados. Llevaba ropa común y corriente, una gorra y unas gafas de sol oscuras. En realidad no veía absolutamente nada con ellas, y menos sin sus lentes con aumento, pero no pensaba salir a la calle en este nuevo pueblo y dejar que lo vieran pidiendo dulces.
—¿Y tú, hijo? —preguntó James, asomándose desde la cocina—. ¿De qué es tu disfraz?
Harry lo miró.
—Soy un rapero.
—Oh —dijo Remus, acercándose para acomodarle la gorra—. Póntela de lado, así queda mejor.
Harry le dedicó una sonrisa falsa.
—¡Sonrían! —exclamó Lily, entrando al pasillo con una cámara en la mano.
—Mamá, no —pero el flash iluminó el vestíbulo.
Teddy levantó los brazos como si celebrara una victoria.
—¡La hora de las brujas empezó oficialmente! —anunció, corriendo hacia la puerta.
◆◆◆
Harry podría jurar que pasó la peor hora de su vida escuchando una y otra vez el famoso "¿Dulce o truco?", mientras iba de casa en casa viendo a Teddy (y a decenas de niños más) correr disfrazados por las calles.
La avenida principal de Black Hollow estaba llena de luces anaranjadas, linternas de calabaza y olor a galletas recién horneadas. Algunos adultos repartían dulces desde los porches; otros se divertían asustando a los niños con máscaras y gritos.
Harry, en cambio, prefería sentarse en los escalones de las casas mientras Teddy llenaba su bolsa hasta el borde. Tuvo que tragarse el orgullo cuando un par de compañeros de la escuela lo reconocieron y se rieron al verlo acompañando a un grupo de niños disfrazados.
—Anímate, Harry —dijo Teddy, tropezando con la capa de su disfraz—. ¡Te estás perdiendo lo mejor!
—¿Ya nos podemos ir?
—No. Aún quedan más casas.
—¿Cuánto más quieres? Ya tienes la bolsa llena.
—Una más —pidió Teddy, alzando el pulgar con una sonrisa inocente.
—Eso dijiste hace diez casas —refunfuñó Harry—. Escucha, me has humillado delante de todo el pueblo. Sigue pidiendo tus dulces, pero hazlo sin mí.
Teddy lo miró con los ojos muy abiertos. Pareció que iba a responder, pero bajó la cabeza.
—Ya no eres divertido. Extraño a Harry divertido —corrió hasta un banco y se sentó, dejando la bolsa de dulces a un lado. Se frotó los ojos con las mangas del disfraz.
Harry se sintió fatal. Solía disfrutar acompañarlo, reír con él, y ahora Teddy no tenía la culpa de que estuviera de mal humor. No era el niño el problema: era la mudanza, el pueblo nuevo y la sensación constante de no encajar aquí.
Caminó despacio hacia él y se agachó a su altura.
—Teddy, lo siento. No quise gritarte. Es solo que odio este lugar. Extraño a mis amigos... y quiero volver a casa, a Brighton.
El niño se sorbió la nariz en un gesto muy inocente.
—Bueno. Esta es tu casa ahora.
—Sí, lo sé —suspiró—. Lo siento. He sido un idiota todo el día.
—Eso sí.
—Muy gracioso —rió revolviéndole el pelo—. Vamos, sigamos pidiendo dulces.
—¿De verdad? —sus ojos brillaron de nuevo.
—De verdad. Pero solo una casa más, ¿trato?
—Trato.
Teddy apretó la bolsa de dulces entre sus manos y echó a correr calle abajo.
—¡Oye, espera! —gritó Harry, caminando tras él. Se acomodó las gafas y guardó las de sol en el bolsillo de su abrigo.
—¡Mira, Harry! ¡Aquí! —exclamó Teddy, deteniéndose frente a lo que parecía una mansión.
Harry levantó la vista. La casa se alzaba imponente con una fachada de piedra cubierta de hiedra y ventanales que reflejaban la luz de la luna. Las calabazas del porche eran enormes, las más grandes y perfectas que Harry había visto jamás.
—Wow. Vaya casa.
—Gente rica —dijo Teddy—. Seguro tienen los mejores dulces.
—O sidra y manzanas acarameladas.
Ambos se miraron y asintieron al unísono.
—Operación "Última Casa" —Teddy soltó una risita y abrió la verja.
Desde afuera se oía música. Al parecer, había una fiesta en pleno apogeo, las luces parpadeaban desde los ventanales y las sombras de la gente se movían al ritmo de la melodía.
La puerta principal estaba entreabierta, y Harry se detuvo frente a ella.
—¿Dulce o truco? —gritó, asomándose apenas. No hubo respuesta, solo el murmullo de risas—. Creo que no oyeron.
—Pues yo sí escuché —dijo Teddy antes de correr hacia el interior.
—¡Teddy! Espera—
—¡Lotería! —gritó el niño, deteniéndose frente a una mesa cubierta de dulces, tartas y serpentinas.
Harry dudó unos segundos, pero el aroma a chocolate pudo más. Caminó hasta la mesa y tomó un puñado de turrones.
—Vaya... —los guardó en la bolsa—. Esto es un paraíso azucarado.
—Miren nada más... Harry Potter.
La voz resonó desde lo alto de las escaleras. Harry levantó la cabeza. En el último escalón, estaba su compañero, Draco Malfoy, con los brazos cruzados. Llevaba un disfraz que no sabía decir que era, una capa negra y una máscara descansando en una de sus manos.
Harry se quitó la gorra ridícula que tenia en la cabeza inmediatamente.
—Draco.
—Ahhh... —murmuró Teddy, mirando de uno a otro con una sonrisita—. Asique él es Draco.
Justo lo que le faltaba, pensó Harry.
Draco se paró frente a ellos.
—Pensé que no creías en la noche de brujas.
—Y no creo —respondió Harry, tomando la mano de Teddy—, pero estoy acompañando a mi primito, Teddy.
Draco sonrió.
—Qué dulce de tu parte.
Harry abrazó a Teddy por los hombros.
—Siempre lo hago.
—Mentira —replicó Teddy—. Sus padres lo obligaron. Estamos viviendo juntos hasta que a mis padres les entreguen su casa y....
Harry le dio un golpecito en la espalda.
—Calla, —dijo entre dientes.
Draco rió.
—¿Quieren tomar sidra?
—Sí, claro.
—Harry no toma alcohol —intervino Teddy—. Le cae mal. Una vez, en Navidad...
—¡Teddy! —Harry le tapó la boca—. Sí, sí tomo.
Draco alzó una ceja.
—Perfecto —Detuvo a uno de los mozos que pasaba con una bandeja de copas y tomó dos. Le ofreció una a Harry, que la aceptó.
—Gracias —dijo para luego darle un sorbo. Hizo todo lo posible por mantener una expresión neutra mientras el sabor le torcía el gesto por dentro—. ¿Esta es la fiesta de la que hablabas? ¿Es tu casa?
—Sí. Bueno, en realidad no es una fiesta como la que te imaginas. Mis padres organizan una cada año. Es aburrida, solo vienen los amigos de ellos.
—Suena encantador.
—No lo es —contestó Draco, dejando su copa en una mesa cercana. Tomó un puñado de turrones y los colocó en la bolsa de Teddy—. Yo soy el encargado de repartir los dulces. ¿Has conseguido muchos, Teddy?
—De hecho, sí —respondió el niño—. Pero Harry no. Aunque a él le gustó mucho la nota de amor que le escribiste.
Harry, que acababa de dar otro sorbo, escupió la sidra de golpe. Draco ahogó una carcajada.
Harry miró a Teddy con los ojos muy abiertos en señal de advertencia.
—¡¿Qué dices?!
—La ha estado leyendo y suspirando "Draco Malfoy..." —imitó Teddy, llevándose una mano al pecho y lanzando un suspiro muy exagerado.
Harry sonrió torpemente y le dio otra palmada en la espalda, aunque esta fue más fuerte. Forzó una sonrisa y dijo entre dientes.
—Cállate, Teddy. —Luego miró a Draco y soltó una risa—. Los niños... dicen cada cosa.
Dios, se moriría de vergüenza si Draco creía que había estado suspirando por él después de que le entregó una nota que decía "idiota".
—No sabía que causaba ese efecto en los chicos de Brighton, Potter.
—No lo haces.
—¿Ah, no? —Draco arqueó una ceja y sonrió—. Qué pena.
Harry se removió incómodo, más de lo que habría querido. Draco pareció notarlo, porque cambió de tema.
—Por cierto, Teddy, me gusta tu disfraz.
—Gracias. A mí me gusta el tuyo. ¿Qué eres?
Draco levantó la máscara que llevaba en la mano.
—Mortífago. Así es como se vestían, según las malas lenguas.
Teddy abrió los ojos con fascinación.
—Nos contaron cosas sobre ellos en la escuela.
—Ah, sí. ¿Y qué te contaron?
—Que hacían magia oscura y que los atraparon luego de matar a un niño.
—Sé mucho sobre ellos. Mi padre dirigía el museo que exhibía sus reliquias.
—¿De verdad? —preguntó Harry.
—Sí, aunque lo cerraron hace años —respondió Draco—. Decían que... pasaban cosas muy extrañas.
—¿Qué clase de cosas? —preguntó Teddy.
Draco se inclinó como si estuviera contando un secreto.
—Las vitrinas se abrían solas. Los objetos se movían durante la noche. Y a veces, cuando no quedaba nadie en el edificio, se escuchaban voces.
Teddy lo miró boquiabierto.
—¿De quiénes eran esas voces?
Draco sonrió apenas.
—De los que ya no están.
Harry soltó una risa incrédula.
—Por favor, esto es demasiado ridículo —cruzó los brazos—. ¿Y qué pasó con esas reliquias?
—Siguen allí —dijo Draco—. Solo que ya no se permite la entrada a nadie.
—Pero a ti sí, supongo.
Draco soltó una pequeña risa.
—Bueno, tengo acceso. Más bien, mi padre lo tiene.
—¿Y qué tal si vamos? —bromeó Harry.
La sonrisa de Teddy desapareció por completo.
—¿Qué? ¡No!
Draco, en cambio, lo miró como si lo estuviera considerando realmente.
—¿Ahora?
—Vamos. Así me convences de que tus historias no son solo cuentos.
Draco lo observó unos segundos y otra sonrisa se dibujó en su rostro.
—De acuerdo. Pero necesitaré las llaves. Mi padre las esconde, —giró sobre sus talones y comenzó a subir las escaleras—. No tardo —añadió antes de desaparecer por el pasillo.
Harry lo siguió con la mirada. Teddy le tiró de la manga.
—Harry, no quiero ir ahí. Mis amigos me hablaron de ese lugar. Es... raro. ¿Por qué lo invitas a una cita en un museo embrujado? ¡Invítalo al cine como una persona normal!
Harry se atragantó con su propia saliva.
—¡¿Qué?! No es una cita.
—Lo es. Lo vi en la tele. Empieza con una broma tonta y termina con besos bajo la luna.
—Teddy—
—Y si aparecen fantasmas, ya no es romántico, ¡es trágico!
Harry suspiró y se cubrió la cara con las manos.
—Voy a fingir que no estás analizando mi vida amorosa a los siete años.
—Casi ocho —corrigió Teddy—. Cumplo ocho en diciembre.
—Maravilloso. Lo tendré en cuenta para no invitarte nunca a mis citas.
El sonido de pasos descendiendo por las escaleras los hizo mirar hacia arriba. Draco había dejado la máscara y ahora traía en una mano un manojo de llaves antiguas que tintineaban.
—Listo. El museo está a unos diez minutos a pie. Vamos.
Teddy se veía horrorizado.
—¿Vamos a ir en serio?
—¿Por qué no? —respondió Draco.
—Porque es de noche —dijo Teddy—. Y porque, por si no lo han notado, esta historia se llama "cómo mueren los idiotas en las películas".
Harry soltó una risa.
—Vamos, Teddy, nada pasará.
—Esa es exactamente la frase que dice el primero que muere —masculló el niño.
Draco arqueó una ceja.
—Tienes talento para los títulos de terror, pequeño. —Luego hizo un gesto con la mano, indicándoles que lo siguieran.
—Vamos —dijo Harry, acariciando la cabeza del niño—. Prometo que volveremos antes de la medianoche.
—Eso mismo dicen los vampiros —murmuró Teddy, pero terminó siguiéndolos.
Draco empujó la puerta que llevaba hacia el jardín trasero de su casa, saliendo al otro lado de la calle. Las hojas giraban en remolinos sobre el camino de piedra en ese lado. No había mucha gente, y estaba apenas iluminada por los faroles que titilaban.
—Solo tenemos que seguir por el sendero que lleva al bosque, —anunció Draco.
—Ah, perfecto. Bosque oscuro, museo cerrado, luna llena. Nada podría salir mal.
Draco sonrió sin mirarlo.
—Admito que mejora la experiencia.
Teddy tropezó con una piedra y murmuró algo sobre "testamentos y guardianes invisibles".
Draco se inclinó hacia Harry.
—¿Siempre es así?
—Si.
—Oh, entonces tendremos conversación toda la noche.
Cruzaron por un sendero cubierto de hojas secas. Al adentrarse en el bosque, Draco señaló una casa hecha pedazos.
—Oye, Teddy. Por allí estaba la famosa cabaña de los Mortífagos. Dicen que el alma de cien niños sigue atrapada allí.
Harry levantó la vista hacia donde Draco apuntaba. Entre los troncos apenas se distinguían los restos de una estructura vieja devorada por la maleza.
—¿Eso era una cabaña?
—Lo fue —respondió Draco—. La demolieron hace mucho tiempo. Los objetos que encontraron aquí fueron los primeros en exhibirse en el museo. Después empezaron a llegar más donaciones y más historias.
Siguieron caminando. El bosque se abrió poco a poco y frente a ellos apareció el edificio del museo: una estructura de piedra gris. Las ventanas estaban cubiertas por polvo y una hilera de estatuas vigilaba la entrada.
Harry se detuvo para observar la fachada.
—Bueno, al menos tiene buen gusto para lo tétrico.
Teddy tragó saliva y sugirió.
—Podríamos... no entrar.
Draco, sin hacerle caso, se acercó a la verja de hierro. Insertó una de las llaves en la cerradura y el metal chirrió con un sonido largo.
—Excelente bienvenida —murmuró Harry.
Draco sonrió de lado y caminó hacia la puerta principal, Harry iba a seguirlo pero Teddy tiró del brazo de Harry con fuerza.
—Harry, vámonos. Tengo miedo.
—Teddy, por favor... —Harry se agachó hasta quedar a su altura y susurró—. Haz esto solo por mí, y después haré lo que tú quieras. Cualquier cosa.
No podía irse sin más. Quedaría como un cobarde y mañana en la escuela todos se reirían de él.
Teddy levantó la vista hacia el cielo, fingiendo reflexionar.
—Está bien. Pero el próximo Halloween, yo voy de Garfio y tú de Peter Pan.
—¿Qué?
—Y usarás mallas. O no acepto.
Harry estuvo a punto de decir que no, pero Teddy ya se estaba dando la vuelta asique lo tomó del brazo.
—Esta bien, trato hecho.
Teddy sonrió y le dio una palmada en la espalda.
Draco, desde la puerta, se giró y grito:
—¿Asustado, Potter?
—Ni un poco, —caminó hacia él.
Draco metió otra de las llaves en la cerradura principal. El candado cedió y la puerta se abrió, dejando escapar un olor a humedad y madera vieja. Un viento frío salió desde el interior, parecía ser que el edificio hubiera contenido la respiración durante años.
—Qué bien —murmuró Harry—. Aire vintage.
Draco empujó la puerta del todo.
—Bienvenidos al Museo de Historia Oculta.
El interior era oscuro, con vitrinas cubiertas por sábanas y lámparas colgantes que se balanceaban levemente con el viento. El suelo de madera chirriaba con sus pasos.
—Esto parece el escenario de un asesinato —murmuró Harry.
—Yo no veo nada —se quejó Teddy, aferrándose a su brazo.
—Espera, hay un interruptor por aquí... —Draco tanteó la pared.
Harry, mientras tanto, se acercó a una de las vitrinas. Estaba cubierta de polvo. Soplando sobre el cristal, levantó una nube gris y tosió entre risas.
—Genial... definitivamente me estoy intoxicando con historia.
Encima de una mesa, algo brilló débilmente. Harry lo tomó: era un encendedor antiguo con filigranas en forma de serpiente. Lo abrió y una pequeña llama se encendió al instante.
—Un encendedor —le dijo a Draco, levantándolo para que lo viera.
—Curioso. No deberías encender cosas antiguas en un museo maldito, Potter.
—Lo siento, olvidé mis clases de seguridad mágica —replicó con sarcasmo.
Draco sonrió y al fin encontró el interruptor. Giró la perilla y un par de luces parpadearon antes de encenderse. Algunas lámparas chispearon y se apagaron enseguida, pero otras quedaron encendidas, revelando partes del museo: pasillos llenos de cuadros antiguos, urnas de vidrio con objetos deformes, y un gran cartel en el centro que decía "Reliquias de los Mortífagos de Salem".
Teddy tragó saliva.
—No me gusta esto.
—A mí sí —dijo Draco—. Es más interesante que cualquier fiesta de mis padres.
—¿Qué es esto? —preguntó Teddy, señalando una vitrina.
Draco sonrió.
—Oh, eso es un caldero. El original donde preparaban sus pociones.
—¿Y eso? —preguntó, apuntando a una figura cubierta por una manta.
—Esa —Draco retiró la tela—, es la silla donde obligaban a los niños a beber sus brebajes.
Teddy dio un paso atrás.
—¿Qué?
—Siempre buscaban ser inmortales —continuó Draco—. Tomaban la vida de los más jóvenes. Hacían conjuros y esas cosas.
—"Y esas cosas", —rio Harry—. Todo esto es mentira, Teddy. Solo son leyendas para vender entradas y asustar a los turistas.
Draco lo miró.
—Potter, las leyendas nacen de algo real.
Harry puso los ojos en blanco.
Continuaron avanzando por el pasillo. Draco se detuvo frente a una vitrina en particular.
—Miren esto —sopló una capa de polvo que cubría el cristal. Dentro, un libro enorme descansaba abierto, con páginas amarillentas y una cubierta de aspecto rugoso—. Este es el libro de hechizos de Bellatrix Lestrange. Se lo regaló el mismísimo Lord Voldemort. Según cuentan, está forrado con piel humana y contiene los embrujos más poderosos y prohibidos.
Teddy lo miró impresionado. Harry se alejó unos pasos, explorando por su cuenta, hasta que una vela negra de aspecto antiguo llamó su atención.
—¿Y esto?
Draco se giró.
—Ah, la famosa vela de flama negra de la que hablaba la profesora Sprout.
Harry se inclinó un poco, leyendo la ficha junto a ella.
—"Vela de flama negra: hecha con la grasa de un ahorcado..." —Leyó en voz alta y alzó una ceja—. ¿En serio?
Draco soltó una risa.
—Sigue leyendo.
Harry obedeció:
—"La leyenda reza que, en una noche de luna llena, levantará el espíritu de los muertos si la enciende un virgen durante la noche de brujas". —Luego levantó la vista—. Bueno... habrá que encenderla para conocer a los tres Mortífagos, ¿no?
Teddy parecía horrorizado.
—No, no, no, —retrocedió—. Ni se te ocurra.
Pero Harry ya había sacado el encendedor del bolsillo y lo extendió hacia Draco.
—¿Lo haces tú?
—No, gracias. Prefiero seguir con vida.
Harry se encogió de hombros.
—Cobarde.
Acercó la llama a la vela, pero antes de tocarla, algo se abalanzó sobre él. Un bulto oscuro y peludo salió de la nada, ladrando con fuerza y lo derribó al suelo.
—¡¿Pero qué demonios?! —exclamó Harry, mientras el animal le lamía la cara y luego escapaba corriendo por los pasillos—. ¡Estúpido perro!
—¡Es Sirius Black! —dijo Teddy. Estaba temblado de miedo—. Basta, Harry, ya te divertiste. Vámonos. Por favor.
—Tiene razón —añadió Draco, mirando alrededor—. Esto dejó de ser gracioso.
Harry se levantó, limpiándose el polvo de la chaqueta.
—Por Dios, es solo un perro callejero. —Se giró hacia la vela—. Y esto es solo un montón de mentiras.
—Harry, no lo hagas —advirtió Draco.
Pero Harry ya había encendido el mechero. La llama naranja iluminó su rostro mientras lo acercaba lentamente a la vela.
—Harry, ¡no! —gritó Teddy.
La mecha prendió con un chasquido. Nada ocurrió. La llama era pequeña y normal. Harry sonrió.
—¿Ven? Solo una historia estú—
La llama cambió de color. De naranja a azul. Luego a verde. Y, finalmente, a negro.
Las luces del lugar parpadearon violentamente hasta apagarse. Las sábanas que cubrían las vitrinas comenzaron a agitarse de forma que parecía que algo respirara debajo.
Harry levantó la vista hacia Draco.
—Draco...
Teddy se tapó los ojos con ambas manos.
Las puertas del museo se cerraron de golpe con un estruendo. Uno a uno, los focos del techo estallaron. Harry se cubrió los oídos mientras el gran candelabro del centro comenzó a balancearse.
Draco tiró de la manija de la puerta, pero esta vibró bajo sus manos como si tuviera pulso.
—No se abre.
—¿Qué... qué está pasando? —murmuró Harry.
Teddy recogió su bolsa de dulces, con las manos temblorosas.
—Un virgen encendió la vela negra.
Harry lo fulminó con la mirada. Pero cuando quiso responder, todas las velas del candelabro se encendieron a la vez pero de un color verde. Las demás siguieron, una por una, hasta que la habitación se llenó de un resplandor verde y enfermizo.
Una voz femenina resonó desde el techo:
—¡Regresamos!
Harry instintivamente se escondió detrás de una estantería, el corazón ahora le latía tan fuerte que casi podía oírlo rebotar en sus oídos.
Draco se acercó despacio hacia él. Se agachó a su altura y susurró:
—¿Eso quiere decir que eres virgen?
—¿En serio estás preguntando eso ahora? ¡Idiota, escóndete!
—Solo intento entender la magnitud del problema —replicó Draco. Pero al ver la expresión de Harry, rompió en carcajadas—. Dios, para alguien que no cree en la Noche de Brujas, te asustas con mucha facilidad.
Harry iba a replicar algo cuando otra carcajada resonó desde el fondo del salón. Se quedó helado. Giró lentamente hacia Draco que seguía riendo.
—No, espera. ¿Esa risa fue tuya, verdad?
Draco parecía haber ido a un circo de lo mucho que reía; se sujetaba el estómago, incapaz de parar. Harry lo miraba sin entender qué era tan gracioso ni qué estaba pasando.
Escuchó entonces pasos acercarse entre las sombras. Se giró justo a tiempo para ver al perro negro aparecer de nuevo, corriendo directo hacia ellos. Antes de que pudiera reaccionar, el animal se lanzó sobre Draco y lo derribó al suelo.
—¡Draco! —exclamó Harry, intentando apartar al animal.
Pero se detuvo al ver que Draco no gritaba: seguía riendo mientras el perro le lamía la cara con entusiasmo y movía la cola como si lo conociera de toda la vida.
—¡Basta, Padfoot! ¡Está bien, muchacho, está bien! —Cuando el perro por fin se calmó, Draco se incorporó y le rascó detrás de la oreja—. Eso es... buen chico —aún intentaba recuperar el aliento.
Harry lo observó completamente desconcertado.
—¿Padfoot?
Teddy lo miró con los ojos muy abiertos.
—Te presento a Padfoot —dijo Draco—. Lo traen todas las noches de Brujas para asustar a los idiotas entrometidos.
—¿El perro "demoníaco"? ¿El que casi me mata?
—El mismo —le dio una palmadita al perro—. Aunque, claramente, solo ataca a los que se creen héroes escépticos.
Padfoot giró la cabeza hacia Harry, lo miró unos segundos, pero luego corrió hacia Teddy.
Harry se puso de pie y dio un paso al frente instintivamente.
—¡Teddy!
Pero antes de que pudiera alcanzarlos, el perro comenzó a lamerle la cara al niño. Teddy soltó una carcajada tan fuerte que hasta el eco pareció reír con él.
—¡Para, para! ¡Hace cosquillas!
Harry miró la escena con el ceño fruncido.
—Perfecto. Me odia a mí, pero se enamora de él.
—Tiene buen gusto —Draco sonrió.
Harry lo fulminó con la mirada.
—Entonces... ¿todo eso qué fue?
—Una preparación. Hacemos esto cada año en Noche de Brujas, porque siempre hay algún idiota que intenta entrar y encender la vela.
—Y déjame adivinar: tú eres el que organiza la broma.
—Mi padre, en realidad. No quería que nadie se robara nada, así que montó un sistema de defensa muy convincente: luces, sonido, humo, proyecciones... y Padfoot.
El perro ladró como si confirmara su papel en el plan, moviendo la cola con orgullo.
Teddy soltó una risa nerviosa.
—Pues funcionó. Casi muero tres veces.
—Sí, fue brillante —dijo Harry con sarcasmo—. Aunque bastante pobre.
Draco se rio, caminando hacia él.
—Vamos, Potter. Admítelo. Te asustaste.
—No me asusté.
—Claro —se inclinó hacia él, bastante cerca—. Por eso te escondiste detrás de una estantería.
Teddy suspiró.
—¿Puedo pedir que hagan esas cosas de mirarse y coquetear en privado y nos vayamos a casa?
Harry y Draco se quedaron mudos.
—¿Qué? —dijo el niño, encogiéndose de hombros—. Es evidente.
Harry carraspeó.
—Deja de hablar Teddy.
Draco rió, agachándose para recoger el encendedor que Harry había dejado caer.
—Incluso esto fue idea de mi padre, —dejó el mechero sobre la mesa—. Vamos, Potter. Salgamos antes de que el sistema decida proyectar una secuela.
Se dirigieron a la puerta, que esta vez se abrió sin resistencia. Teddy salió corriendo con Padfoot pegado a sus talones.
—Fue divertido... —dijo Draco, quedándose un segundo junto a Harry antes de cruzar el umbral—. Ver al escéptico Potter, el que juraba que todo era una broma, casi morir de un infarto por invocar brujas.
—Ja, ja. Muy gracioso.
—Lo fue —insistió Draco, mientras cerraba la puerta tras ellos.
Caminaron por el sendero de regreso hacia la casa de Draco. Teddy iba delante con Padfoot, riendo cada vez que el perro saltaba entre los montones de hojas o le empujaba la mano para que lo acariciara.
—Bueno —dijo Harry, una vez que llegaron frente a la mansión—, sobrevivimos. Al final tenía razón: eran puras mentiras.
—En mi defensa, diré que jamás se encontró la verdadera vela negra. Esa que encendiste está armada, aunque solo lo sabemos nosotros —Lo miró con una chispa divertida en los ojos—. O tal vez tú rompiste la maldición. "Harry Potter, destructor de mitos y velas encantadas". Tiene un buen título para una película acerca de un chico de Brighton. Aunque con mala actuación, probablemente.
—Depende de quién me interprete.
—Nadie podría hacerlo peor que tú mismo —Harry rodó los ojos.
Esperó que Draco se despidiera y entrara a su casa, pero el chico no se movió.
—¿No vas a entrar? —preguntó Harry.
—Supongo que debería... aunque no tengo ganas.
—Entonces ven conmigo.
Draco arqueó una ceja.
—¿Contigo?
—A mi casa —aclaró Harry rápidamente—. Quiero decir, mis padres salieron, así que está vacía. Podríamos preparar chocolate caliente o no sé, mirar una película de miedo mala y reírnos de los efectos.
—¡Sí! —gritó Teddy mientras lanzaba un palo para que Padfoot lo persiguiera—. ¡Quiero chocolate!
Draco no pudo evitar reírse.
—Bueno, chocolate caliente suena infinitamente mejor que sidra.
Cuando cruzaron a la calle vecina, las linternas de calabaza seguían encendidas y todavía se oían risas y pasos de niños corriendo de puerta en puerta.
—¿Padfoot es tuyo? —preguntó Harry al observarlo corriendo junto a Teddy.
—No. No es de nadie, en realidad. Pertenecía al antiguo cuidador del museo, pero murió hace un año. Desde entonces, el perro ronda por aquí.
—¿Y lo cuidas tú?
—Le damos de comer. Pero no, no es mío. A mis padres no les gustan los animales.
Teddy, que había estado escuchando la conversación, se acercó corriendo a Harry y tiró de su manga.
—¿Podemos quedárnoslo, Harry? Di que sí, di que sí.
—No podemos llevárnoslo, Teddy. Tiene su casa aquí. Y además, debes preguntarle a tu padre.
—Pero no tiene familia —insistió el niño.
—Quizá la encuentre —dijo Draco—. Algunos animales siempre saben dónde quedarse.
Llegaron frente a la casa de Harry. Teddy subió corriendo las escaleras hacia su habitación, con Padfoot siguiéndolo a trompicones. El eco de sus risas se perdió en el pasillo.
—¿Chocolate caliente? —preguntó Harry.
—Claro.
Se quitó la chaqueta y fue directo a la cocina mientras Draco observaba los cuadros y el desorden de la casa.
—Parece... acogedora —comentó Draco, apoyándose en el marco de la puerta.
—Traducción: "demasiado normal para alguien que tiene una mansión" —replicó mientras sacaba tres tazas del estante.
—No lo negaré —dejó escapar una pequeña risa.
Harry vertió la leche en una olla y comenzó a revolver el chocolate, el aroma llenó la cocina.
—¿Quieres malvaviscos? —preguntó.
—Seguro —respondió Draco, acercándose a su lado. Se sentó sobre la encimera y tomó el salero distraídamente. Un segundo después, soltó una carcajada.
Harry lo miró.
—¿Qué pasa?
Draco giró el salero para mostrarle la etiqueta.
—Dice: "Pon un círculo de sal para protegerte de zombies, brujas y exnovios".
Harry se sentó a su lado mientras el chocolate burbujeaba en la olla.
—Bueno, considerando cómo fue nuestra noche, no suena tan descabellado —se removió hasta que sus piernas se rozaron y carraspeó antes de preguntar—. ¿Dice algo sobre los novios nuevos?
Draco sonrió y volvió a leer la etiqueta, solo para negar con la cabeza.
—No dice nada sobre eso.
—Qué alivio.
Harry se dio cuenta de que estaba siendo demasiado, así que carraspeó nuevamente y dio un pequeño salto para bajar de la encimera. El chocolate ya estaba en su punto, por lo que comenzó a servir las tazas.
Draco también bajó y recibió la suya, pero no bebió.
—¿Vas a probar el chocolate? —Harry frunció el ceño.
Draco dejó la taza a un lado sin apartar la mirada de él.
—Creo que prefiero probar otra cosa.
Harry abrió la boca para responder, pero no tuvo tiempo, Draco ya se había inclinado. El primer contacto fue un roce cálido que supo a cacao gracias a que Harry si había bebido de su taza.
Sintió cómo el aire se le escapaba del pecho y el corazón latía a mil por hora cuando los labios de Draco se abrieron y el beso se volvió lento mientras introducía su lengua en la boca de Harry.
Draco llevó una mano a la mejilla del otro, sus dedos trazando una línea suave hasta su cuello, mientras la otra se posaba en su cintura.
Harry apoyó las manos en su pecho, sintiendo el latido rápido bajo la tela.
Cuando se separaron, Draco sonrió apenas.
—Definitivamente mucho mejor que la sidra.
Volvió a tomarlo del rostro, esta vez con ambas manos, y lo empujó suavemente hasta que Harry chocó la espalda contra la encimera.
El segundo beso fue más hambriento. Harry sintió los dedos de Draco hundirse en su cabello y el calor del cuerpo ajeno pegado al suyo. Estaba a punto de rendirse y subirse más sobre la encimera cuando una voz los interrumpió:
—¿Ya está el choco—?
Draco se apartó de golpe, relamiéndose los labios, mientras Harry giraba hacia la olla como si fuera el ser más inocente del planeta.
—Ah... —Teddy parpadeó con una sonrisa traviesa—. No sabía que estaban ocupados. Te lo dije, Harry. Siempre empieza en broma y termina en besos.
Draco soltó una carcajada mientras Teddy se sentaba en una silla.
—Toma —dijo Harry, pasándole una taza—. Y vete a dormir. Ya es tarde para que los niños estén despiertos.
Teddy balanceó las piernas y dio un sorbo al chocolate. Luego levantó la vista.
—¿Puedo contarle esto a mamá?
—¡No! —gritaron Harry y Draco al unísono.
Harry tragó.
—¿Por qué mejor no vas a ver cómo está Padfoot?
—Está dormido.
—Pues deberías hacer lo mismo.
—Claro... —respondió el niño. Se puso de pie y tomó la taza con ambas manos. Luego los miró y levantó las cejas una y otra vez—. Los dejaré... a solas...
Draco se llevó una mano al rostro mientras Harry apretaba los labios y decía entre dientes.
—Duerme, Teddy.
—Sí, sí, ya voy —salió de la cocina con paso exageradamente sigilosos.
—Tu primo es peligroso —comentó Draco al fin.
—Lo aprendí por las malas —respondió Harry. Luego lo miró—. ¿Quieres ver una peli?
—Claro.
Se sentaron juntos en el sofá del salón. En la televisión estaban dando un ciclo de películas de terror, así que, después de debatirlo un poco, dejaron Chucky. Durante los primeros minutos ambos hicieron algún comentario sarcástico sobre los efectos o los gritos falsos, pero poco a poco la habitación se fue quedando en silencio cuando el cansancio empezó a ganarles.
Harry se acomodó. Alcanzó una manta y la extendió sobre ambos. Draco pasó un brazo por detrás de su espalda y lo acercó un poco más.
—No sabía que las noches de Halloween podían terminar así —murmuró Draco, medio adormilado.
—Yo tampoco —respondió Harry.
◆◆◆
Harry despertó con el sonido de ladridos resonando en la sala. Parpadeó aturdido y se incorporó un poco. La luz grisácea del amanecer se filtraba por las cortinas.
En la puerta, Remus y Tonks acababan de llegar de la fiesta, cubiertos por la llovizna.
Teddy bajó las escaleras corriendo. Parecía ser que el niño no dormía tranquilo sin sus padres.
—Mira quién está aquí —dijo Tonks sonriendo mientras abrazaba a su hijo.
Padfoot también bajó y corrió hacia ellos, dando saltos de alegría. Se lanzó sobre Remus, que apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de recibir una avalancha de lametones.
—¿Y este nuevo amigo? —rio Remus.
—¡Quedémonoslo, papá, por favor! —decía Teddy una y otra vez, abrazando al animal como si fuera suyo desde siempre—. No tiene familia. ¡Y yo quiero que tenga una!
Tonks acarició al perro.
—Parece que el sentimiento es mutuo.
—Está bien, está bien... —cedió Remus, rascando a Padfoot detrás de las orejas—. Pero solo si promete no ocupar mi lado de la cama.
Harry se pasó una mano por el cabello, intentando despejarse. Draco seguía dormido en el sofá, la manta medio caída y una expresión tan tranquila que Harry no quiso despertarlo.
Tonks levantó la vista hacia ellos y dejó escapar una sonrisa.
—Vaya noche, ¿eh?
Harry sonrió con cansancio.
—No tienes idea.
Detrás de ellos, James y Lily entraron con una expresión confusa ante el panorama: un perro desconocido, Remus empapado de baba, Tonks riendo, y extraño chico rubio dormido abrazando a su hijo.
—¿Qué demonios...? —empezó James.
Pero Teddy se adelantó corriendo hacia ellos.
—¡Harry ahora tiene novio! ¡Y es millonario!
Lily ahogó una risa; James frunció el ceño y miró a su hijo, que apenas alcanzó a incorporarse, todavía medio dormido.
—Me parece que tendremos que escuchar esa historia con una taza de café —dijo James seriamente, aunque las comisuras de su boca temblaban por contener la risa.
Desde el sofá, Draco murmuró algo dormido y lo abrazó un poco más.
Harry no pudo evitar sonreír.
Por primera vez desde que había llegado a Glastonbury, pensó que tal vez vivir allí no sería tan malo después de todo.
