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La luz de la luna brillaba sobre su cabeza mientras las cigarras cantaban ruidosamente a causa del calor. Sentado en el suelo, con la espalda recostada contra el tronco de un árbol, Atsushi contemplaba la luna llena. Era plateada, pequeña y lejana, para nada intimidante; no se asemejaba a aquella luna azul espectral que lo atormentaba algunas noches. Pequeña y lejana era la forma perfecta de la luna, pensó Atsushi para sí, mientras observaba sus manos y soltaba un largo suspiro. Retrayó las piernas para abrazarlas y descansó la frente sobre las rodillas.
Habían sido tres días muy duros… No, en realidad, toda la vida de Atsushi había sido dura. La aparente paz que había estado viviendo desde que Kunikida y Dazai lo acogieron le había hecho olvidar que, la mayor parte del tiempo, estaba destinado a las tragedias. Y estaba bien: Atsushi se había acostumbrado a pasar penas y necesidades. Pero esa vez era diferente. Lo era porque lo ocurrido no lo afectaba directamente a él, sino a uno de sus compañeros.
—Sigues aquí. ¿No tienes otro lugar donde estar?
A unos metros se levantaba una enorme mansión. Atsushi no había tenido la oportunidad de verla por dentro, pero solo con observar la extensión de la muralla de madera que la rodeaba, y los árboles que sobresalían por encima de ella, podía imaginar su amplitud. En la muralla había una pequeña puerta que permitía el acceso al lugar, y en ella se encontraba una chica de mirada esmeralda y afilada, con el ceño fruncido e incrédula ante su presencia.
Atsushi se puso de pie de inmediato y avanzó apenas un par de pasos, pero un desagradable aroma lo detuvo. Se cubrió la nariz y retrocedió hasta su posición inicial.
—Montgomery-chan, ¿está Tanizaki-san…?
—Está bien —interrumpió Lucy enseguida, abandonando la puerta y acercándose a él para ahorrarle el mal trago—. Está estable. Sobrevivirá hasta que llegue su doctora.
Atsushi soltó un suspiro de alivio, llevando una mano al pecho y dejando escapar una leve sonrisa.
—¿En serio? Gracias a Dios… muchas gracias por decírmelo, Montgomery-chan.
—Ajá. De todas formas, si no lo hacía, habrías estado rondando por la residencia todo el tiempo, como los últimos días, ¿no es así? —inquirió ella. Atsushi se mostró apenado, lo cual confirmaba sus palabras—. Cielos, ¿acaso no entiendes que asustas a los Kakushi?
—L-lo siento… —se disculpó bajando la cabeza—. Intento mantener la distancia, pero…
—Pero te pueden ver de todas formas. Eres de lo único que se habla en la mansión —insistió ella, señalándolo. Atsushi se quedó tieso, mirándola a los ojos.
—Perdón… en serio… es que Tanizaki-san estaba tan herido que… Naomi-chan también está preocupada, así que… yo…
Cada vez hablaba más bajo, desviando la mirada. Lucy sintió entonces que parecía una matona acorralando a un pobre chico en un rincón. No era una sensación agradable. Bajó la guardia y lo miró más cansada que molesta.
—Bueno, bueno, ya está. De todas formas, no hay que prestar atención a los chismes. Los puse en su lugar por ti, así que no tienes que preocuparte.
—Gracias, pero no quisiera que te metieras en problemas por mi culpa. Yo… entiendo que les incomode mi presencia.
Atsushi sonrió, y aquella fue la sonrisa más incómoda de ver para Lucy. ¿Cómo podía alguien sonreír con tanta tristeza… y hacerlo tan naturalmente?
—¡Caw! ¡Norte! ¡Norte! ¡Nakajima Atsushi! ¡Dirígete al norte!
El silencio de la noche fue interrumpido por el graznido estridente de un cuervo Kasugai. Bajó del cielo directo hacia Atsushi, intentando picarle la cabeza.
—¡A-ay! —se quejó mientras trataba de cubrirse—. ¡Iré! ¡Iré!
—¡Al norte! ¡Caw!
—¡S-sí! —De alguna forma, Atsushi logró atrapar al ave y sostenerla con firmeza antes de que le sacara un ojo. Luego miró a Lucy con una sonrisa de disculpa—. Parece que tengo que irme. ¡Nos vemos después, Montgomery-chan!
—Ah… sí, claro.
Atsushi le regaló una sonrisa más animada a modo de despedida y se encaminó en dirección contraria a la mansión.
—¡He-hey! —ella lo llamó, y él se detuvo de inmediato—. Yo… lo siento si dije algo que te incomodó.
Lucy podía ser dura, sí, pero definitivamente no era insensible. No podía soportar la imagen de esa sonrisa triste del albino, aceptando con total comprensión el temor de los demás hacia él. Esa sonrisa… no, esa mirada y esas palabras eran dignas de alguien resignado. Y Lucy era experta en reconocer expresiones así de tristes.
—¿Eh? ¡No, no, no! ¡No te preocupes por eso! —dijo Atsushi de inmediato, sacudiendo las manos y soltando al cuervo. Éste, por supuesto, reanudó su labor de atormentarlo.
—¡Kruak! ¡Rápido, rápido! ¡Kruak!
—¡Ay! ¡Ay, ay, ay! ¡Sí, ya voy, entendí! ¡Me estoy yendo! —Atsushi se cubrió el rostro con un brazo; al menos, si iba a ser atacado, quería proteger sus ojos. Entonces se volvió hacia Lucy, que lo observaba con desdén—. Nos vemos después. ¿E-estaría bien eso?
Esta vez su mirada era menos triste, y más tímida. Demonios, ¿por qué se sentía nerviosa ahora? Se dio media vuelta para que no le viera el rostro; qué bochornoso.
—Sí… De todas formas volverás, ¿no? Por tu amigo.
—Ja, ja, ja. Tienes razón… pero espero verte de nuevo también, Montgomery-chan. Gracias por venir a saludarme, eres muy gentil.
Por la forma en que lo dijo, Lucy comprendió que las palabras de Atsushi iban más allá de la simple cortesía. Su tono suave, risueño y cálido expresaba una gratitud que la sorprendió. La pelirroja se dio la vuelta para verlo, pero él ya no estaba: se había ido con su cuervo, dejándola sola.
Atsushi Nakajima era un demonio que trabajaba para los cazadores de demonios, en el escuadrón liderado por Yukichi Fukuzawa.
Las reglas de los cazadores eran claras, estrictas e inquebrantables. Bajo ese orden, Atsushi Nakajima debería haber muerto en el mismo instante en que se encontró frente a los cazadores de demonios. Sin embargo, Yukichi Fukuzawa y los cazadores bajo su mando tenían cierta fama de ser la rama menos ortodoxa de la organización: trabajaban de forma más independiente y se permitían quebrar una que otra regla de maneras muy sutiles.
Los rumores decían que entre sus filas había más de un demonio, pero aquella idea parecía tan fantasiosa que, aunque era un buen chisme, nadie la tomaba en serio. ¿Cómo Oyakata-sama permitiría que en su organización existieran demonios? ¿Era siquiera posible encontrar uno cuya hambre fuera controlable?
Pero había señales. Señales como que los cazadores de Fukuzawa casi nunca visitaban las casas de descanso de la familia Fuji; señales como que jamás se había escuchado de bajas entre los suyos… o como que pocas veces se los veía, ya que solían trabajar en solitario. Pocos habían tenido el placer de cruzarse con uno de ellos y confirmar su identidad.
A veces, incluso, parecía que ellos mismos eran solo un rumor.
Hacía ya más de un mes que Lucy había sido salvada por el grupo de Fukuzawa. Atsushi Nakajima fue quien acudió a su rescate y la dejó internada por algunas heridas en la mansión de descanso de la familia Fuji, en la que ahora trabajaba.
Al principio pensó que, a pesar de haberla salvado, el chico era un patán: la había dejado a pocos metros de la puerta y ni siquiera fue capaz de llevarla al interior. Pero, con el tiempo y tras escuchar los murmullos en los pasillos de la mansión, comprendió el motivo de su actitud: las flores de glicinia.
Atsushi Nakajima no podía entrar en ninguna de las mansiones de reposo por la gran cantidad de árboles de glicinia que adornaban sus jardines. Podía soportar el aroma hasta cierto punto, antes de sentir la imperiosa necesidad de alejarse. Aun así, cuando ella fue herida, se acercó hasta casi cinco metros de la puerta, hasta que su rostro se tornó verde y casi perdió la respiración. Tuvo que dejarla a su suerte.
Desde entonces, noche tras noche, desde que había llegado con Jun’ichirō Tanizaki al lugar, se instalaba en el mismo punto, esperando recibir noticias.
Nadie era capaz de acercársele, ni siquiera para pedirle que se marchara. Quizás era porque Lucy lo había conocido sin saber de su naturaleza que podía acercarse sin temer por su vida.
«Montgomery-chan… gracias por venir a saludarme, eres muy gentil.»
Cuando él dijo eso, ella entendió que, en realidad, le estaba agradeciendo por no temerle. Por mirarlo al rostro y confiar en que no le haría daño.
—Ese chico… —murmuró cuando sus pensamientos la abrumaron tanto que ya no pudo mantener el silencio—. En serio es muy extraño.
—¿Quién…?
La voz rasposa, curiosida y adolorida de su acompañante en la habitación le recordó dónde estaba y qué hacía: estaba cambiando las vendas de Tanizaki. Se suponía que estaba trabajando, no era momento de divagar.
—Ah, lo siento —dijo, evitando mirarlo y enfocándose en las vendas.
—¿Hablas de Atsushi-kun? —Lucy no pudo evitar sentirse descubierta, y al parecer hizo una mueca que la delató, porque el pelirrojo soltó una risa discreta—. Tienes razón, es un chico un poco extraño. Es demasiado amable, ¿sabes? Nunca he conocido un demonio como él.
Si algo caracterizaba a Lucy, era su impulsividad y cierta imprudencia. Por eso, antes de darse cuenta, ya estaba hablando:
—Pensé que ustedes trabajaban con demonios.
Tanizaki la miró sorprendido un instante, antes de regalarle una sonrisa nerviosa.
—Bueno… sí y no. En realidad, casi todos somos humanos. Atsushi es el único demonio de nuestro escuadrón —reveló. Era un número inesperadamente bajo, pero seguía siendo demasiado alto considerando que eran cazadores de demonios.
—¿Solo él? —preguntó Lucy, incrédula.
—Sí, sí. Solo Atsushi-kun —dijo Tanizaki, asintiendo repetidamente—. Sé que por ahí se dice que no seguimos las normas, pero en realidad las respetamos mucho. Atsushi-kun fue una excepción… demasiado extrema.
De otro modo, seguramente habrían sido sentenciados a muerte por cooperar con un demonio. Habría sido considerado traición.
—Puedo imaginarlo… —comentó Lucy en voz baja—. Con lo blando que es, hasta dudaba que en realidad fuera…
—Lo sé —dijo Tanizaki al notar que la pelirroja dudaba en llamar a Atsushi “demonio”—. Es un chico muy bueno. No ha comido a nadie, y no creo que lo haga.
Atsushi comiendo a alguien… era una imagen que Lucy ni siquiera podía concebir.
—¿Cómo estás tan seguro de eso?
Tanizaki esbozó una pequeña sonrisa; Lucy supo que estaba recordando algo.
—Cuando lo conocí por primera vez, nos asignaron una misión conjunta. Mi hermana Naomi nos acompañó, y ambos terminamos gravemente heridos… Atsushi-kun nos salvó la vida. Jamás esperamos que nos atacara un demonio de alto rango —admitió con una sonrisa apenada; cosas como esas eran consideradas torpezas dentro del cuerpo de cazadores—. Atsushi-kun se puso como… como una fiera. Atacó de forma increíble, se veía casi salvaje. Por un momento pareció perder el control; quizás era porque nuestra sangre lo estaba enloqueciendo. Hay instintos contra los que no se puede luchar.
Lucy abrió los ojos como platos.
—Y él… ¿los lastimó?
—Pensé que lo haría —admitió Tanizaki, con el rostro lleno de aflicción—. Pero cuando se acercó…
Tanizaki había perdido su Nichirin durante la batalla, por lo que no tenía con qué defenderse ante la nueva amenaza frente a él. Con brazos peludos, ojos grandes y dorados, garras afiladas y colmillos sobresalientes, Atsushi Nakajima mostraba finalmente todos los rasgos de su demoníaca existencia. Babeaba y gruñía; Tanizaki, que sostenía a Naomi herida entre sus brazos, trataba de apartarla de la vista del demonio, que parecía a punto de lanzárseles encima en cualquier momento.
Lo había visto luchar apenas instantes antes. Tanizaki fue testigo de cómo, con una fuerza similar a la de un tigre, Atsushi desgarró, mordió e incluso desmembró a su oponente. Sabía perfectamente que, incluso si tuviera su Nichirin, no podría darle pelea: estaba herido, cansado y debía proteger a Naomi. Su último recurso era tratar de hacer aflorar la humanidad del chico una vez más.
Atsushi se puso en cuatro patas, y Tanizaki supo que iba a ir contra ellos. No había funcionado llamarlo por su nombre ni rogarle que los reconociera. Hubiera querido correr, pero sus piernas flaqueaban. Lo único que pudo hacer fue aferrarse a Naomi y cubrirla con su cuerpo, esperando poder servir de escudo humano, retrasar al demonio con su propia carne con la esperanza de que algún cazador llegara a salvarlos.
Pero el ataque nunca llegó.
Incluso cuando Tanizaki lo vio lanzarse sobre ellos con un rugido bestial.
Asustado y consternado, se atrevió finalmente a abrir los ojos y buscar a Atsushi… y lo encontró a un metro de distancia, mordiendo su propio brazo con tanta fuerza que sangraba. Sus ojos estaban húmedos, pero más humanos que antes.
—No… voy… a… —abrió la boca y volvió a morderse con más fuerza aún; Tanizaki podría jurar que, en ese instante, escuchó cómo se rompía su hueso— …hacerlo…
—A-Atsushi-kun… —lo llamó Tanizaki, tembloroso.
Esta vez, Atsushi obedeció. Levantó la mirada y empezó a llorar. Apenas pudo mantener el contacto visual antes de cerrar los ojos con fuerza y seguir mordiéndose el brazo. Se contenía a sí mismo mientras lloraba como un niño desamparado.
—Luego de unos minutos consiguió calmarse —dijo Tanizaki. Lucy estaba sin habla—. Volvió a ser él mismo y lloró muchísimo. No lo dijo, pero creo saber por qué lloró tanto.
Lucy también podía hacerse una idea aproximada. No se conocían desde hacía tanto, pero Atsushi era tan predecible que podía saberlo casi con certeza: en ese momento, Atsushi había estado asqueado de sí mismo por siquiera sentirse atraído ante la idea de comerse a sus amigos.
—Pero… no fue así conmigo —dijo Lucy, cayendo en cuenta de algo—. Incluso si estaba herida, él me cargó durante todo el camino hasta aquí…
—De alguna forma, creo que desde entonces Atsushi-kun fue capaz de controlar su sed de sangre —respondió Tanizaki con una sonrisa; parecía un poco orgulloso—. Tú eres su amiga, ¿no es así?
Lucy abrió los ojos. ¿Su amiga?
—No… no somos tan íntimos como para ser “amigos”.
—Pero no le tienes miedo.
Eso… era verdad. Ante su silencio, Tanizaki lo tomó como afirmación, y por eso mismo pareció más contento.
—Me alegra ver que hay más personas que se llevan bien con él.
Le habría gustado refutarlo, no porque fuera mentira, sino porque estaba demasiado avergonzada en ese momento, y lo único que se le ocurría era protestar. Pero no alcanzó a hacerlo, pues la puerta deslizante se abrió mostrando a una jovial señorita con delantal: era una de las encargadas de la residencia.
—La doctora Yosano ha llegado —informó—. Solicitó audiencia a solas con Tanizaki-sama para darle su tratamiento.
—Comprendo. En ese caso, hablamos des… ¡Ah!
Antes de poder levantarse, la mano de Tanizaki se aferró a la muñeca de Lucy.
—¡P-p-p-p-por favor! —dijo, cambiando radicalmente de actitud. ¿Por qué se veía tan espantado ahora? ¡Se había puesto azul!— ¡No! ¡No me dejes a solas con ella! ¡Todo menos eso…!
—Ta-ni-za-ki. ¿Hmm? ¿Rehusándote a ser atendido?
—¡Ahhhhh!
Al lado de la ayudante, una mujer vestida con el uniforme de los cazadores de demonios y luciendo un broche de mariposa en el cabello miraba a Tanizaki con una sonrisa sombría. Ni siquiera disimulaba el sadismo. Lucy supo, en ese instante, que debía huir.
—Y yo que me tomo la molestia de hacer un viaje de tres días solo para verte aquí… ¿y así me recibes?
—¡Yosano-sensei! ¡Le juro que ya estoy completamente bien! ¡Yo…! ¡Ah! ¡No me dejes, por favor!
Lucy consiguió deslizar su mano rápidamente y darse a la fuga en cuanto vio que la mujer sacaba un machete del bolso de médico que llevaba. Territorio peligroso.
—Los dejamos solos.
Los gritos de dolor de Tanizaki fueron tan altos y desgarradores que, de haber demonios en el bosque a veinte metros a la redonda, habrían salido despavoridos del terror.
Cuando la doctora terminó de atenderlo, milagrosamente el chico parecía listo para volver al servicio. Tanto la doctora como el cazador agradecieron la hospitalidad y se marcharon del lugar. Pocas veces se podía ver a los cazadores de la división de Fukuzawa, y era natural que, después de haber sido visitados por tres de ellos en tan poco tiempo, las habladurías dentro de la mansión se volvieran más latentes.
Tardarían un par de meses en acostumbrarse al hecho de ser visitados por ellos. Después de todo, las visitas del cazador demonio a la pelirroja serían un poco más seguidas.
Y, si debía ser honesta, no era algo que a Lucy le molestara.
