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Archive Warning:
Category:
Fandom:
Relationships:
Characters:
Language:
Español
Series:
Part 3 of Notas
Stats:
Published:
2025-11-02
Words:
1,835
Chapters:
1/1
Comments:
2
Kudos:
7
Hits:
242

Entre estaciones - AU Franscar

Work Text:

Otro día de invierno invade la ciudad con una tormenta que parece cebarse especialmente con él. Llueve desde que abrió los ojos. Llueve en los mensajes sin responder, en la pila de facturas sobre la mesa, en la voz de su viejo preguntando si “ya estás comiendo bien”. Llueve incluso adentro, en ese espacio pequeño entre el pecho y la garganta que a veces se le llena de cosas que no sabe nombrar.
Hay un silencio peculiar en los subtes, uno que se cuela entre los ruidos, que no suena pero igual pesa. Franco lo conoce: ese zumbido leve cuando el tren va por los túneles, ese aire que se recalienta con el movimiento.
Hace meses que viaja a esa hora. Siempre con el teléfono, aunque no siempre lo ve. A veces lo desbloquea, lo hojea apenas para parecer ocupado. En realidad mira.
Mira a él.
Un pibe con sobretodo negro, parado contra la pared del andén. Tiene las ondas húmedas y un libro entre las manos, sostenido con tanto cuidado que parece frágil. Hay algo en su quietud que llama la atención de Franco. No es que destaque: es que no parece estar del todo acá. Tiene la mirada en otro lugar, y eso a Franco le resulta magnético.
No sabe cuánto tiempo pasa antes de que sus ojos se crucen. Tres segundos, tal vez cuatro. Lo suficiente para que algo dentro suyo se desordene.
Suben al subte. Quedan frente a frente, con un pasillo de aire en el medio. Franco se promete no mirar, pero sus promesas valen poco últimamente.
Lo mira igual.
Cuando el otro guarda el libro sin marcar la página, Franco siente una punzada de ternura absurda. Se imagina a los personajes suspendidos, flotando entre capítulos, esperándolo. Capaz soy igual, piensa. Una historia sin señalador.
Al arrancar el tren el libro se cae de sus manos y Franco sólo puede pensar listo, es mi momento de hablarle y se agacha en busca del libro pero a medio camino se encuentra con una mirada esperanzadora, algo cansada diría yo y con muchos secretos ocultos detrás de esos ojos misteriosos.
El tren se sacude, y de pronto, un tirón. Las luces titilan.
La voz metálica inunda el aire:
“Queridos pasajeros, el servicio está momentáneamente detenido entre estaciones por un desperfecto técnico. Personal de mantenimiento está asistiendo. Les pedimos que permanezcan dentro del coche y eviten abrir las puertas.”
Cuando el tren se detiene por desperfecto, Franco suspira. No le gusta quedarse encerrado, pero esta vez hay algo en la pausa que no le molesta tanto. Se entretiene con el celular, disimula las miradas, finge que no nota cómo el pibe del sobretodo mueve los labios como si ensayara algo. Se pregunta qué estará pensando, si tiene alguien que lo espera, si es de esos que se ríen fuerte o apenas levantan una comisura. Fantasías chiquitas, inofensivas.
Franco exhala, y no sabe si es miedo o alivio.
El vagón queda detenido, flotando entre dos túneles como un pensamiento interrumpido.
Hay un murmullo general proveniente del vagón continuo.
Y Franco mira a Oscar, que se pasa una mano por la nuca y sonríe, resignado. Esa sonrisa. Tan simple y tan letal.
Ahora o nunca.
Pero no dice nada.
Siente la lengua como un músculo dormido. El corazón, en cambio, despierto como un perro que ladra por todo mirando a la nada.
Mira la hora y guarda su teléfono en el bolsillo de su campera azul.
Mira al techo, luego al piso, después a él. Oscar está mirando su libro, aunque no lo lee.
Silencio.

El aire se vuelve denso. Una gota de agua corre por la ventana, lenta. Alguien tararea bajito una melodía, y el sonido encaja con el temblor de las luces.
Franco cierra los ojos un instante. Se imagina hablando. Se imagina diciendo: “Che, ¿vos también viajás siempre a esta hora?” o “Perdón, ¿qué estás escuchando?”.
En su cabeza, el más alto se ríe, le contesta, se presentan, bajan en la misma estación, caminan juntos por la escalera, comparten una medialuna en la confitería de la esquina.
Cuando abre los ojos, el vagón sigue igual. Oscar sigue en silencio. La realidad no se movió ni un centímetro.
Oscar se pasa una mano por el pelo.
Y entonces, por primera vez, sus miradas se cruzan de verdad.
Un segundo.
Dos.
Suficiente para que todo se frene dentro de él también.
Siente el pecho como una estación llena y vacía a la vez.
Oscar intenta decir algo, se le nota en los labios, pero no sale nada. Y Franco no lo ayuda.
Son dos silencios que se chocan y se quedan pegados.
El tren tiembla, da un golpe suave y arranca.
Cuando llegan a Callao, Franco todavía lo está mirando de reojo. Oscar parece indeciso, como si una palabra le colgara de la garganta.
Franco sostiene la mirada medio segundo más, hasta que Oscar baja la suya.

Los días siguientes, empieza a notar un patrón.
Lunes, miércoles, jueves. Línea B. Misma hora, mismo asiento, misma estación.
Y el mismo chico.
Al principio lo atribuye a la casualidad. Después, deja de hacerlo.
Sigue viéndolo.
Sigue no hablándole.
Hay algo hermoso en eso, una especie de amor sin riesgo.
Si no lo conocés, no puede decepcionarte, piensa.
Pero también, si no lo conocés, nunca va a pasar nada.
No sabe su nombre. Lo inventó un par de veces: “Carlos”, “Max”, “Oscar”. El último le gustó, se le pegó. Oscar tiene pinta de llamarse así, con esa cara de dormido que siempre parece recién salido de un sueño y esos auriculares que nunca están conectados a nada.

Empieza a esperarlo, aunque no lo diga. Llega dos minutos antes, se peina distinto, se sienta del lado donde sabe que el otro suele apoyarse. Se dice que no lo hace por él. Miente.
Aprende sus gestos sin darse cuenta: cómo aprieta el vaso de café con las dos manos, cómo frunce el ceño cuando lee, cómo sus pestañas hacen sombra en el vidrio. Hay algo reconfortante en la constancia de su presencia, como si el subte se hubiese vuelto una cita secreta entre el destino y él.
Franco lo ve siempre en la misma parte del vagón, al lado del pasamanos del medio, con la mano en el bolsillo y el celular apagado. Tiene esa expresión de quien piensa demasiado, y Franco tiene la mala costumbre de enamorarse de la gente que parece estar pensando.
Una tarde de lluvia, Franco duda. Podría tomarse un bondi, evitar mojarse, llegar más rápido. Pero va igual.
Cuando lo ve entrar, empapado, con el mismo sobretodo y otro libro, se siente un poco idiota por sonreír sin motivo.
El vagón se apaga un instante. En la oscuridad, reconoce la silueta del otro antes que su rostro. Cuando la luz vuelve, están mirándose. Franco baja la vista y sonríe, esa sonrisa que usa cuando no sabe si disculparse o agradecer.
La inclinación leve de la cabeza del otro le llega directo al estómago.
No hace falta hablar. El lenguaje, a veces, es un lujo que entorpece.
El tren frena. Se empujan apenas.
—Perdón —dice el del sobretodo.
Franco niega con la cabeza. No hace falta.
Por dentro, sin embargo, algo se enciende. Así suena su voz, piensa.
El sonido lo persigue el resto del viaje.
Esa noche, mientras cocina algo rápido, abre Twitter sin mirar nada y piensa en que el chico tal vez esté haciendo lo mismo, en otro punto de la ciudad, con las manos igual de frías. Se ríe solo de su propia cursilería, pero igual deja el celular boca abajo, como si eso acercara los mundos.

Los días se repiten y cambian apenas.
A veces él sube primero, a veces el otro. A veces hay lugar para sentarse, otras no. Pero el subte se convierte en territorio compartido: un refugio sin palabras.
Franco lo observa con esa mezcla de cariño y miedo que dan las cosas que podrían doler si se concretaran. Se inventa diálogos que nunca dice. Ensaya frases que se deshacen en el aire. “¿Qué leés?”, “¿Cómo te llamás?”, “Siempre te veo por acá”. Todas suenan torpes. Todas le parecen demasiado para algo tan frágil.
Hasta que un día, sin pensarlo, habla.
—Che, eso que leés… ¿está bueno?
El otro lo mira. Y por un segundo, Franco siente que el mundo entero podría girar distinto si esa mirada durara un poco más.
Pero la respuesta que llega no es la que esperaba.
—Perdón —dice él, amable, casi apurado—. Estoy apuradísimo. Perdón de verdad.

Pasa caminando con cuidado. Franco se corre.
Y ahí queda, en medio del pasillo, con la sensación de haber perdido algo que nunca tuvo.
Un jueves cualquiera, el tren frena más de lo normal. No hay anuncio. El vagón vibra y se detiene.
Franco vuelve a sentir esa misma calma rara del otro día.
Oscar lo mira.
Y Franco, con el corazón ardiendo en la garganta, decide que esta vez sí.
Va a hablarle.
El tren arranca justo en ese momento, y el anuncio llega tarde:
“El servicio se normaliza. Disculpen las molestias.”
Todo se mueve otra vez.
El momento se pierde entre el ruido de las ruedas y el silbido del aire acondicionado.

Cuando llegan a Pasteur, Franco está de pie junto a la puerta. Oscar también.
Hay un segundo donde podrían hablar. Donde todo podría pasar.
Pero él no lo hace.
Y cuando lo ve salir corriendo hacia las escaleras —como si tuviera miedo de que la duda lo alcanzara—, Franco entiende que era eso: un reflejo, una historia posible.
Se queda quieto, mirando cómo el andén se vacía.
El altavoz anuncia el regreso del tren.
Franco abre el libro, pero no lee.
Apoya la frente contra el vidrio.
Cierra los ojos.
“Qué raro que se sienta tan normal,
como si te extrañara desde siempre,
todavía sin tener ese placer de conocerte.”
Y por primera vez, la frase no le suena a canción.
Le suena a despedida.

No lo vuelve a ver por unos días. Piensa en dejar de viajar a esa hora. No lo hace.
El subte sigue siendo el mismo, pero algo falta. Hasta que una mañana lo ve otra vez: el sobretodo, los rulos, el libro. Siente una punzada en el pecho, mitad alivio, mitad miedo.
El viaje ocurre como siempre: silencio, respiraciones sincronizadas, una música que solo ellos parecen escuchar.
Cuando Franco baja, piensa en todo lo que no dijo.
Y también en todo lo que igual dijo sin decirlo: las miradas, las risas disimuladas, el casi roce de manos.
A veces, entiende, las historias no necesitan pasar para ser reales.
Hay algo más tierno, más profundo, en esa posibilidad suspendida.
No lo llama destino ni amor ni nada.
Lo llama —con la serenidad de quien aprendió a perder sin romperse— presencia.
La próxima vez que sube, él también lleva un libro de tapa blanca.
No lo abre.
Pero lo sostiene igual, como si en cada página vacía se escondiera la promesa de una historia que todavía puede empezar.

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