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Language:
Español
Stats:
Published:
2025-11-03
Words:
946
Chapters:
1/1
Kudos:
3
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1
Hits:
19

El Duelo del Silencio

Summary:

Kaiba reduce y amordaza a Pegasus antes del torneo, lo lleva en su jet para callarlo… pero en el silencio forzado nace tensión, cuidado inesperado y un romance que ninguno quiere admitir.

Work Text:

El silencio dentro del jet privado de Kaiba Corp era tan afilado como las miradas que lo habían precedido.

Solo el zumbido constante de los motores atravesaba la atmósfera densa entre ambos duelistas.

El cielo nocturno se extendía más allá del cristal, lleno de nubes y luces lejanas, pero dentro del avión todo parecía quieto, suspendido.

Pegasus J. Crawford estaba sentado a su derecha, elegantemente vestido como siempre, aunque en circunstancias menos dignas: sus muñecas unidas por unas esposas plateadas, y una banda negra de seda oscura cubría su boca, asegurada con firmeza detrás de su cabeza plateada.

Aun así, su ojo carmesí brillaba entretenido, incapaz de resistir provocarlo, incluso en silencio.

Kaiba, con los brazos cruzados y la mirada perdida hacia la ventana, juraba no devolverle ni una sola mirada.

Una hora antes.

—¿Acaso me estás oyendo, Kaiba-boy? —había dicho Pegasus, con su tono juguetón, mientras apoyaba su bastón de marfil en el piso de mármol del vestíbulo del torneo—. No puedes simplemente ganar con fuerza bruta. Los duelos… también se juegan aquí —se señaló la sien— y aquí —y sonrió, señalándose el corazón.

Kaiba apretó los dientes.

—Yo gano donde importa. En el campo. No en tus teatrillos ridículos.

Pegasus se inclinó más, su voz suave, casi susurrada:

—Entonces… ¿por qué tiemblas cuando menciono a tu hermanito? ¿O será que temes sentir algo… por alguien más?

Fue suficiente.

Kaiba lo empujó contra la pared de mármol.

Rápido, certero. Pegasus rió bajito, sin resistirse, aún más encantado.

—¿Te ofendí? —susurró con descaro.

Kaiba no contestó. Solo sacó de su abrigo una cinta de seda negra —la misma que Pegasus había usado para atarle el cabello durante la rueda de prensa— y con firmeza, se la colocó sobre la boca, ajustándola con un nudo preciso.

—He tenido suficiente de tus palabras —dijo, sin levantar la voz—. Y no voy a dejar que arruines este torneo con tus juegos.

Pegasus quedó inmóvil, sorprendido. Pero sus ojos… sonreían.

Kaiba ordenó a sus guardias:

—Llévenlo al jet. Yo me encargo del resto.

Pegasus no opuso resistencia. Era casi como si lo disfrutara.

Ahora.

El avión ascendía entre nubes. El cielo era oscuro, inmenso. Kaiba no decía nada.

Pegasus lo observaba.

Cada tanto, movía ligeramente las muñecas esposadas, no para escapar, sino para llamar su atención.

El cuero del asiento crujió cuando acomodó la espalda, con gracia impropia para alguien atado.

Kaiba exhaló, irritado.

—Deja de moverte.

Pegasus inclinó la cabeza, como preguntando ¿y si no?.

Kaiba finalmente giró hacia él. Lo miró directamente.

El corazón de Pegasus dio un salto.

Había algo peligroso en los ojos del joven CEO… pero también algo quebrado.

Algo que Pegasus, con su habilidad para leer emociones como cartas, no podía ignorar.

Kaiba se inclinó. Tomó el mentón de Pegasus entre dos dedos.

El movimiento fue calculado, frío… pero su pulgar, apenas, rozó la piel demasiado suave.

—No hables. No provoques. No juegues conmigo —dijo en voz baja—. No hoy.

Pegasus no podía hablar, pero su mirada decía ¿y si ya lo hice?

Kaiba apartó la mano bruscamente, como si se hubiese quemado.

—No sé por qué te traje. Debería haberte dejado en una celda. Pero… —frunció el ceño— quiero verte. Aquí. Callado. Cerca. Para asegurarme de que no vuelvas a interferir.

Mentira. Desde el principio, había sido otra cosa.

Pegasus ladeó la cabeza. El ojo milenario se suavizó.

Bajó la mirada… y por primera vez, no parecía un oponente. Parecía humano. Silencioso. Cansado.

Kaiba tragó.

—Si sigues viéndome así, te quitaré el maldito ojo.

Pegasus sonrió bajo la banda.

Pasaron minutos. El ambiente cambió. La rabia se enfrió.

El silencio ya no era un arma, sino… un refugio incómodo.

Kaiba suspiró. Su voz, apenas audible:

—Tú no entiendes lo que es perderlo todo.

Pegasus parpadeó.

—No entiendes lo que es luchar para proteger a alguien… y aun así sentir que no es suficiente.

Su voz no temblaba, pero casi.

Pegasus, lentamente, extendió sus manos esposadas hacia Kaiba.

No como una amenaza. Como una invitación.

Kaiba se quedó helado.

Pegasus, sin poder hablar, inclinó la cabeza suavemente… como diciendo entiendo más de lo que crees.

Fue entonces cuando Kaiba cedió.

Se inclinó.

Retiró la cinta negra de la boca de Pegasus con cuidado.

El material se deslizaba como sombra sobre sus labios.

Pegasus inhaló. No para hablar. Solo… para respirar junto a él.

Kaiba murmuró:

—Di algo y te la vuelvo a poner.

Pegasus sonrió, suave, sincero.

—Gracias… Seto.

Kaiba frunció el ceño.

El nombre de pila lo atravesó como un rayo.

—No… me agradezcas.

Pegasus se acercó un poco más, sus manos aún atrapadas, pero el corazón libre.

—No lo hago por gratitud —susurró— sino porque… nunca te había visto tan humano.

Kaiba se tensó. Pero no se apartó.

Pegasus, atrevido, rozó con sus dedos esposados la manga de Kaiba.

—Puedes volver a amordazarme cuando quieras… pero no podrás silenciar lo que ya siento.

Kaiba lo observó. Largo. Silencioso.

El avión atravesó una nube iluminada por luna creciente.

Un destello plateado cruzó los ojos de ambos.

Kaiba acercó su rostro al de Pegasus.

A tan poca distancia que solo un suspiro podría separarlos.

—Eres insoportable.

Pegasus sonrió despacio.

—Y aun así… no me has dejado ir.

Kaiba suspiró.

—Porque no quiero.

El silencio estalló con una verdad que ninguno esperaba… y ninguno rechazó.

Pegasus cerró los ojos.

No por miedo. Sino porque, por primera vez, el silencio dolía menos a su lado.

Kaiba apoyó su cabeza contra el respaldo, exhalando.

No se tocaron más. No se besaron.

Pero entre esposas y cintas, un pacto invisible se selló.

El duelo del silencio había terminado.

Y lo que vino después… no era guerra.

Era comienzo.