Chapter Text
El reloj del escritorio marcaba las 01:47.
La luz azul del monitor iluminaba las tres caras que aparecían en la cámara, todavía sonriendo aunque la sonrisa ya no nacía de la diversión sino de la costumbre. De un papel, que tenía un guión muy claro que seguir.
—Bueno, gente —dijo Mernuel,aplaudiendo las manos e inclinándose hacia al frente—, hasta acá llegamos por hoy.
—Fue épico —agregó Moski, aunque su tono tenía una sombra que no coincidía con la palabra.
Bauleti levantó las cejas y forzó una carcajada.
—Épico… sí, ponele. Como cuando te cae un trueno arriba del auto: épico, pero te deja temblando.
El chat se llenó de “JAJAJA”, de emojis y de comentarios que decían “qué pasa con ustedes hoy”.
Afuera, Buenos Aires seguía latiendo: bocinas, música, calor, y el aire con ese olor a verano mezclado con electricidad de diciembre.
Mernuel le dio “end stream” y el contador de visualizaciones desapareció.
El silencio, sin el ruido de los teclados ni del chat, se volvió más incómodo que cualquier discusión.
—¿Qué les pasa? —preguntó Bauleti, volteando a los dos acusados—. Estuvieron raros todo el directo, tirando palitos y picandose.
Moski levantó la vista, con los ojos cansados.
—Nada. Estoy cansado, nomás que se yo.
—Sí, claro —dijo Mernuel, apoyándose contra el respaldo—. Vos siempre estás cansado últimamente cuando se trata de nosotros.
El comentario quedó suspendido en el aire. Bauleti suspiró.
Sabía que lo mejor era cortar antes de que se calentarán.
—Che, es viernes. ¿Y si salimos gordos? —propuso—. Un rato nomás. Tomamos algo, vemos unas chichis y despejamos la cabeza.
Mernuel se encogió de hombros.
—Yo me prendo.
—No sé —respondió Moski—. Quería dormirme temprano hoy y ni ganas de una minita.
—Dale, no seas amargo, boludo —insistió Mernuel, con media sonrisa—. Te hace falta divertirte un poco.
Moski lo miró, intentando no responder lo primero que le vino a la cabeza, no tenía ganas de iniciar una pelea.
Le dolía que Mernuel le hablara con ese tono, como si no supiera lo que le pasaba, como si no entendiera que cada vez que lo veía reírse con otra chica sentía que se le movía el piso.
—Bueno —dijo finalmente, levantándose—. Una hora. Después me vuelvo.
Bauleti aplaudió.
—¡Eso, carajo! Últimas fiestas antes de la pelea. Vamos, antes de que se arrepientan.
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La noche pintaba una cálida brisa casi elegante que tienen las noches de noviembre, cuando la ciudad ya estaba iluminada por luces cálidas, vidrieras repletas de adornos rojos, y el aire olía a pasto recién mojado, y a promesas que nunca se cumplen del todo.
El boliche estaba repleto. Luces rojas, humo, música retumbando desde el suelo hasta las costillas.
Moski fue el primero en pedir un trago, necesitaba algo para aflojar el nudo que tenía en el pecho. Algo fuerte y que apague toda la bronca.
Mernuel, apenas entró, empezó a saludar gente. Siempre parecía conocer a todo el mundo.
Bauleti desapareció apenas diviso a una chica que le llamo la atencion.
Después de un rato, Mernuel ya estaba con una chica alta de vestido plateado, cabello rubio, últimamente le gustaban más las rubias. La risa de ella se mezclaba con la suya.
Moski se obligó a mirar hacia otro lado y se encontró con Ian, un chico con el que había coincidido en otra fiesta semanas atrás.
Ian tenía una sonrisa fácil y una mirada atenta. Empezaron a hablar. De juegos, de música, de vídeos, nada en especial. Pero la charla era ligera, cómoda y el tiempo pasaba rápido a su lado.
Y Moski se rió. De verdad. Por primera vez en semanas, se rió sin pensar.
Lo que no vio fue la forma en que Mernuel dejó de reírse al notar esa escena.
Desde lejos, la imagen de Moski e Ian riendo juntos se le clavó en el estómago como un sentimiento pesado y asqueroso.
Mernuel, con una gorra roja torcida, una remera negra y los lentes que le ayudaban a disimular su mirada, intentaba mantener la compostura. No porque no se sintiera cómodo (le encantaban las fiestas y la chica era muy linda) sino porque llevaba media hora mirando cómo Moski se reía con otro tipo, uno alto, rubio, con pinta de modelo de perfume y sonrisa fácil.
Ian, le decían. Claro. Ian. Hasta el nombre sonaba a “problema”.
Hace tiempo que no veía esa sonrisa, mucho menos escuchar en vivo esa risa tan risueña y espontánea que le tranquilizaba… Con el dejo de reírse, dejó de tranquilizarlo y sobretodo, dejó de importarle.
Bauleti lo notó desde el otro lado, le dijo a la chica que lo disculpara y se dirigió al pelinegro.
—No empieces, hermano —le dijo por lo bajo.
—¿Qué cosa? —respondió Mernuel, sin apartar la vista y con los puños cerrados.
—Esa cara la conozco. No te hagas el distraído ni el polenta, él está tranquilo déjalo.
—Nada que ver, Bau —dijo, aunque apretó la mandíbula.
Volteo para tomar su cerveza, pero la chica se la alcanzó antes que él se estire… Ella lo tomó del brazo, pero él ya no estaba ahí, mentalmente. Así que retiró su brazo bruscamente como si ese contacto fuese la mayor molestia que haya tenido.
—Dale, boludo, solta esa birra —le dijo Bauleti, empujándolo por el hombro—. Estás mirándolo como si le fueras a sacar el alma con los ojos.
Mernuel parpadeó, volviendo a la realidad.
—¿Qué decís? Estoy re tranqui, amigo.
—Tranqui las pelotas. Estás a nada de que se te caiga la botella del apretón. Mirá la etiqueta, la estás despegando con el dedo.
—No estoy celoso, si eso estás insinuando —masculló Mernuel.
—¿Celoso? —repitió Bauleti, riéndose—. Nooo, obvio que no. Solo parecés un gato viendo cómo otro gato se sienta en su sillón.
Mernuel se pasó la mano por la nuca.
Intentó mirar a otro lado, pero el ruido de la risa de Moski lo arrastró de nuevo. Esa risa. Esa forma de inclinar la cabeza para atrás, de taparse la boca como si le diera vergüenza reírse tan fuerte, pero igual hacerlo.
Y el pelotudo de Ian, el infeliz, estaba demasiado cerca. Le había tocado el brazo. Dos veces.
La primera vez fue un toque casual, como para llamar su atención.
La segunda ya fue descarada.
Y Mernuel no tenía paciencia para segundas veces.
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Moski lo estaba pasando bien.
O al menos eso creía hasta que sintió la mirada pesada de Mernuel en la nuca por décima vez esa noche.
—¿Qué le pasa a tu amigo? —preguntó Ian, levantando una ceja mientras agarraba su vaso.
—Nada, nada. Es así. Medio... protector.
—Protector o territorial —bromeó Ian—. Tiene pinta de los que gruñen si te acercás mucho a su gente.
Moski soltó una risa nerviosa.
—Nah, no. Solo es... bueno, un poco intenso. Pero buen pibe, se llevarian muy bie...
No alcanzó a terminar la frase cuando Mernuel se acercó.
Lo hizo con una sonrisa demasiado forzada y una energía que se sentía a kilómetros.
—¿Todo bien, Moski? —preguntó, apoyando el brazo sobre su hombro—. Te estaba buscando, boludo.
—¿Ah, sí? —respondió Moski, levantando las cejas—. Estoy hablando, ¿no ves?
—Sí, sí. Con...Ian, ¿no?
Ian le sonrió, tendiéndole la mano.
—El mismo. Un gusto Mernuel.
Mernuel se la estrechó sin dudar, pero con esa presión que se pasa del saludo al pulso de fuerza en dos segundos. Bauleti, desde unos metros, sintió el aire ponerse denso.
—Bueno, listo, ya te lo presenté, podés irte —bromeó Moski, intentando desactivar la tensión. Pero Mernuel no se movió, al contrario. Se plantó detrás de él más cerca, casi respirando en la oreja, con los brazos cruzados al frente y sonrisa cancherita.
Y el aire se volvió espeso, incómodo.
Hasta que Ian, incómodo, se alejó para buscar otra bebida.
Apenas se fue, Moski se giró hacia él:
—¿Qué carajo fue eso?
—¿Qué cosa?
—Esa demostración de macho alfa en medio de una fiesta, boludo. ¿Qué te pasa?
—Nada. Solo me parece raro que estés pegado a un tipo que conocés hace media hora.
Moski lo miró fijo, incrédulo.
—¿Y qué? ¿Desde cuándo te tengo que pedir permiso para hablar con alguien?
—No me refiero a eso.
—Ah, ¿no? ¿Entonces a qué? —alzando la voz—. ¿A que no te bancás verme riéndome con otro? ¡Porque parecías un novio celoso, Mernuel!
—¡No digas boludeces!
—¡Las estás haciendo vos! —Moski ya estaba colorado, entre el enojo y el calor—. Siempre tenés que marcar territorio, siempre. No podés dejar que nadie me hable, que nadie me mire, que nadie…
—¡Porque siempre te metés en quilombos, Moski! —explotó Mernuel—. Siempre confías en cualquiera. Y después terminás llorando porque te usan, o se te ríen en la cara, o…
—Ah, claro. Ahora soy un nene, ¿no? —interrumpió Moski con una sonrisa amarga—. ¡Gracias, papá!
Bauleti, que estaba al costado con una copa en la mano, miró a los dos y suspiró.
—No son ni las cuatro de la mañana y ya están a los gritos —dijo, resignado.
Pero ya era tarde.
Moski giró y se fue, empujando la puerta con fuerza para salir de ese boliche.
El aire fresco lo golpeó en la cara, como si el clima se aliara con su enojo.
Apoyó su peso en una pared, mirando al cielo, respirando hondo, intentando calmarse.
Mernuel salió tras él.
—Moski…
—No —dijo sin mirarlo—. No empieces.
—De verdad, no quise…
—Sí, sí quisiste. Siempre querés tener el control. Siempre querés ser el que decide qué está bien, con quién puedo hablar, qué puedo hacer.
—No es eso.
—¡Claro que es eso! —gritó, girando—. ¡Porque no soportás no ser el centro de atención! Si no estás vos, todo se cae, ¿no? Todos tienen que girar alrededor tuyo. Y cuando no lo hacen, te pones como ahora.
El silencio cayó pesado, solo roto por el bullicio de dentro donde todo seguía normal. Ahí afuera nada estaba siendo normal entre amigos.
—¿Y si me importa? —dijo Mernuel de repente, en voz baja.
Moski lo miró, desconcertado.
—¿Qué?
—Que te hablen, que te miren, que te rías con otro. ¿Y si me importa, Moski? ¿Qué hago con eso?
Moski abrió la boca para responder, pero no pudo.
Porque justo en ese momento, la puerta se volvió a abrir de golpe y apareció Bauleti, con una expresión mezcla de preocupación y fastidio.
Bauleti se metió entre los dos pensando que se estaban por ir a los golpes.
—Basta, basta, no arranquen acá la puta madra, por favor.
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El viaje de vuelta fue mudo.
Moski del lado izquierdo, miraba por la ventana. Del lado derecho, Mernuel apretaba los puños mientras se reía irónicamente mirando al frente y negaba con la cabeza.
Bauleti, en el medio, pensaba que hubiera preferido quedarse con esa chica toda la noche y no con este par de boludos inestables.
Al llegar al departamento, el silencio se rompió de nuevo.
—Sos un imbécil —dijo Moski, abriendo la puerta de golpe.
—¿Yo? —respondió Mernuel, siguiéndolo—. ¿Y vos qué? ¿el santito ahora?
—¿Sabés qué pasa? Que no todo gira alrededor tuyo boludo.
—Ah, claro. Pero el primero que se te acerca y dice dos palabras, te reís re bien. Pero no fuera yo que solo me tiras la mierda de muequita pedorra forro.
Bauleti se apoyó contra la pared, resignado.
—No se puede con ustedes dos, loco. —Les señaló los cuartos—. Cada uno a dormir. Ya está.
Moski lo miró, tenía los ojos todavía húmedos e intentaba no temblar.
—No sé por qué sigo intentando.
—Porque te importa —le respondió Bauleti, bajito.
Moski no contestó. Solo se sentó en el sillón para ahuecar su rostro entre sus manos.
Mernuel se encerró en su habitación con un portazo.
El sonido del pestillo fue lo último que se oyó esa noche.
El orgullo, a veces, pesa más que cualquier disculpa.
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A la mañana siguiente, el sol entró tímido por la ventana.
El departamento olía a café y desvelo.
Eran las 7:32 cuando un sonido lo despertó.
Un llanto.
Un llanto que no era ninguno de ellos.
Un llanto agudo, chiquito, insistente.
Al principio, Moski pensó que era el televisor de algún vecino. Pero el sonido venía del pasillo.
Se levantó, todavía con el cuerpo pesado por el sueño, y caminó hasta la puerta.
El llanto era cada vez más claro.
—Por favor que no sea un gato —murmuró.
Abrió.
Pero no era un gato.
En el piso, dentro de una canastita vieja, había un bebé envuelto en una manta.
Ojos cerrados, puños apretados, cara roja de tanto llorar.
Moski se quedó quieto.
No sabía si gritar o reír.
—Bauleti… —susurró primero. Luego, más fuerte—. ¡BAULETI!
Desde el fondo se escuchó un “¿Qué pasa?”.
—Vení ya. ¡Y traé a Mernuel!
Los pasos retumbaron en el pasillo.
Mernuel apareció primero despeinado, con una remera del revés pero revisando rápido si Moski estaba bien. Detras de el venia Bauleti.
—¿Qué carajo…?
Frente a la puerta, envuelto en una manta celeste, había un bebé.
Un bebé real.
Con un gorrito rojo, un chupete y un cartelito colgando que decía:
“Porfavor cuida de mí.”
Los tres miraron la canasta.
El bebé dejó de llorar por un segundo, como si los estuviera mirando también.
Entre las mantas, un papel arrugado: un nombre, escrito con birome.
“Freddie”
Silencio.
Nadie dijo nada durante un largo rato.
Hasta que Bauleti rompió el aire:
—Bueno… Y si volvemos a cerrar la puerta?.
El silencio fue inmediato.
Los tres miraban el pequeño bulto frente a la puerta como si fuera una bomba a punto de explotar.
Un bebé.
Un bebé.
A las siete y media de la mañana de un 28 de noviembre.
—Esto es una joda, ¿no? —fue lo primero que dijo Bauleti, mirando alrededor, buscando cámaras escondidas, o algún cartel que dijera “Te la creíste”.
Pero no había nada. Solo el llanto que ahora se hacía más fuerte.
Moski, instintivamente, dio un paso adelante.
—Ay, por favor... —susurró, agachándose—. Tiene frío.
—¡No lo toques! —gritó Mernuel, retrocediendo—. ¡Ni se te ocurra tocarlo!
—¡Es un bebé, no una granada! —le respondió Moski, levantando al pequeño con cuidado—. Mirá, está temblando.
El bebé se calmó apenas sintió el calor de los brazos de Moski, y por un instante, el silencio volvió.
Moski lo miró. Tenía los ojos cerrados, pestañas larguísimas, la piel rosadita.
Un gorrito rojo con pomponcito.
Y el cartel, ese maldito cartel, colgando del moño blanco de la manta.
“Porfavor cuida de mí”
Bauleti lo tomó con cuidado y lo leyó en voz alta, como si dijera un conjuro.
—Esto parece el inicio de una película que termina mal.
—O con nosotros presos —añadió Mernuel, frotándose la cara—. Esto no puede estar pasando.
—Está pasando —dijo Moski, abrazando al bebé con más fuerza—. Y no lo vamos a dejar acá afuera.
—No, obvio —replicó Bauleti—. Pero tampoco lo podemos meter como si fuera un paquete de MercadoLibre.
—¿Y qué querés que haga? ¿Que lo devuelva al buzón? —gritó Moski.
—No grites, que lo vas a asustar —dijo Mernuel, bajando el tono pero sin moverse—. Metelo adentro dale fue.
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Cinco minutos después, el bebé no paraba de llorar y nadie sabía qué hacer.
Bauleti, desesperado, se plantó frente a la computadora y tipeó a los gritos:
—¡¿Cómo calmar a un bebé recién nacido?! ¡Dice que hay que tenerle paciencia! ¡¿Qué clase de consejo es ese, google?!
Moski lo mecía intentando que deje de llorar, caminando de un lado a otro por el living y cantándole una canción chiquita que ni recordaba si era de cuna o de un comercial. Le salía mal, se trababa con la letra, inventaba versos, y el bebé, en algún momento, hizo un quejido raro y por primera vez dejó de llorar unos segundos. Moski inspiró, aliviado, y se le escapó una sonrisa llena de ternura que lo dejó sin aire.
Y Mernuel, bueno, él se encerró en el baño dejándolos solos. La puerta quedó entreabierta y desde adentro se lo oía resoplar. No era que quisiera escapar, simplemente el llanto le hacía un ruido interno que no soportaba. Sacó el celular y, con la pantalla temblando, abrió PedidosYa; en el buscador ya no escribió “pizza” ni “birra”, sino “bebé”.
Encontró una sección con productos para bebés y, sin pensar demasiado, empezó a meter todo lo que veía en el carrito: mamaderas, varios tamaños de pañales (por las dudas), toallitas húmedas, una caja de fórmula en polvo de tres marcas distintas, un kit con termómetro y cortauñas para bebé, y hasta un paquete con gorritos de algodón.
No podía casi ni pensar con los llantos del bebé y los gritos de sus amigos de fondo, pero su impulsividad se transformó en algo útil: pedir, comprar, asegurar.
Quince minutos después, le avisaron que su pedido estaba abajo. Se escabullo de los otros dos y bajo desesperado por ese pedido.
Volviendo con las bolsas se dio cuenta que se olvido la llave asi que toco.
Bauleti abrió horrorizado al ver las enormes bolsas. Llevaba una caja y bolsas que parecían hechas para un hospital: pañales gigantes que les quedaban enormes al bebé, una mamadera con una tetina que parecía más grande que su pulgar, latas de fórmula de marcas variadas (porque Mernuel no se había decidido por una sola), y un paquete de toallitas que olían a talco.
Todo eso junto les dio una risa nerviosa y un pánico que asomaba por debajo.
—¿Qué pediste, Merno? —preguntó Bauleti, levantando una caja que decía “PAÑALES - TALLA 5”.
—No sé, agarré lo primero que vi —respondió Mernuel, rojo—. Pensé que era por tamaños, no por edad.
—¡Esto le entra a un nene de jardín, no a un bebé! —dijo Moski riendo—. ¡Mirá, parece un mantel!
Aun así, lo intentaron.
Pusieron al bebé sobre una toalla limpia y desplegaron uno de los pañales tamaño “gigante”. Obviamente, le quedaba tres veces más grande.
Bauleti sostuvo al bebé como si fuera de cristal mientras Moski trataba de doblar el pañal por la mitad.
—Sostenelo, sostenelo, que lo cierro con cinta —dijo, buscando desesperado una cinta scotch sobre la mesa.
Mernuel apareció con una cinta gris de embalar, de esas que usan para cajas, y sin pensarlo dos veces la pegó con cuidado.
El resultado: un bebé con un pañal enorme, sostenido con cinta adhesiva, pareciendo más un burrito envuelto que un recién nacido.
Los tres lo miraron en silencio.
—Bueno... —dijo Moski finalmente— ¡no se le cae!
—Sí, pero ahora parece que va a despegar —dijo Bauleti, y los tres estallaron en una carcajada nerviosa.
Después vino la parte del alimento.
Moski preparó la primera mamadera siguiendo las instrucciones de una de las latas.
—Dice que con agua tibia... pero no aclara cuánto es “tibia” —murmuró.
—Tibia es... no sé, que no queme, ¿no? —respondió Bauleti, metiendo el dedo. —¡Boludo, está hirviendo! —gritó, saltando—. ¡Me quemé!
—Bueno, probala en la muñeca, ahí dicen los videos —intervino Mernuel, que ya estaba viendo un tutorial—. Si quema, está muy caliente. Si no se siente, está fría.
Probaron otra mamadera. Muy fría.
Otra. Muy caliente.
Y otra más, al fin, justo a temperatura bebé.
—¡Esta es! —gritó Moski triunfante.
El bebé la aceptó sin protestar, y mientras succionaba con los ojitos entrecerrados, los tres se quedaron mirándolo, en silencio, con una mezcla de alivio, ternura y miedo.
—Bueno… —dijo finalmente—, por lo menos no lo rompimos.
Mernuel lo miró con el ceño fruncido, pero una sonrisa mínima se le escapó al ver al bebé dormido sobre una pila de mantas.
—No todavía —contestó.
El bebé ya no lloraba, solo hacía ruiditos suaves mientras movía las manos al aire, como si quisiera agarrar algo invisible.
—Ok —dijo Bauleti, tomando el control de la situación—. Primero: ¿de quién carajo es?
Silencio.
Los tres se miraron.
—No me mires a mí —dijo Moski, ofendido—. Yo no tuve nada que ver.
—Y yo menos —respondió Mernuel, levantando las manos— Jamás iría a pelo ni jodiendo.
—Bueno, bueno —intervino Bauleti—. Entonces descartamos la opción “papá sorpresa”.
—Sí, gracias, Sherlock —ironizó Mernuel.
Moski lo fulminó con la mirada.
—No empieces.
—Solo digo lo obvio.
—Siempre con ese tono de superioridad, loco, ¿podés relajarte cinco minutos?
—¿Relajarme? ¡Tenemos un bebé en el sillón, Moski! ¡Un bebé!
—¡Y vos gritando como un demente! —replicó Moski.
—¡Porque vos lo agarraste como si fuera tuyo!
—¡Porque alguien tenía que hacerlo, Mernuel! ¡No todos somos unos cagones!
El bebé hizo un pequeño gemido, como si también opinará.
Bauleti les lanzó una mirada de muerte.
—Si siguen así, me voy a encerrar en el baño con el pibe y ustedes se matan tranquilos.
Silencio otra vez.
Solo se oía el chupeteo del bebé.
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Una hora después, el living era un caos: toallas, mamaderas, tazas, el moño blanco sobre la mesa y los tres buscando pistas en internet.
Bauleti tipeaba frenéticamente luego de avisar a la policia, “qué hacer si te dejan un bebé en la puerta”, “denunciar bebé encontrado”, “ayuda me dejaron un bebé abandonado” “que significa que un bebé llore” “por que los bebés lloran”.
Moski, con el bebé en brazos, caminaba de un lado a otro.
—Capaz lo dejaron porque pensaron que acá vive otra persona.
—¿Y justo eligieron nuestro departamento? Esta persona entró al edificio Moski—replicó Mernuel—. Entro como si nada y pensó “Vamos a dejarlo con los tres streamers que duermen a las cinco y comen fideos crudos con vodka”.
—¿Y si lo confundieron con otro edificio? —intentó Bauleti, sin mucha convicción.
—¿Y si... —empezó Moski— hay una cámara? Como... como una especie de reality o algo.
—¿Un bebé como contenido? —preguntó Mernuel, incrédulo—. ¿Qué clase de enfermo haría eso?
—Internet —contestó Bauleti simplemente.
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Después de un rato, los tres se quedaron en silencio, mirando al bebé dormir.
El moñito blanco seguía sobre la mesa.
Era lindo.
Inquietantemente lindo.
—Bueno... —dijo Bauleti, rascándose la cabeza—. Esperemos a la policía, o volvamos a llamar pidiendo ayuda urgente.
—Sí, sí —asintió Mernuel—. Es lo lógico, si todavía no llegaron hay que volver a avisar.
Pero cuando fue a agarrar el teléfono, Moski habló sin levantar la vista:
—Esperá.
—¿Esperá qué? —preguntó Mernuel.
—Que capaz... no sé... si llamamos otra vez, lo mandan a un orfanato o algo rápido sin solución para él.
—¿Y cuál sería la alternativa, Moski? ¿Criarlo nosotros tres? Es secuestro.
Moski no respondió.
Bauleti soltó una risa nerviosa.
—Jajaja. Sí, claro. Nosotros tres criando a un bebé. Imagínate.
Silencio.
—No —dijo Mernuel, tajante—. No. No. Ni en pedo.
—Dije “imaginate”, no “hagámoslo”, tranquilo che —aclaró Bauleti, levantando las manos—. Pero... bueno... tampoco es tan loco si lo pensás.
—¡Sí, está loco! —insistió Mernuel—. ¡Re loco!
—Y sin embargo, el bebé sigue acá —dijo Moski en voz baja.
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El día avanzó, cancelaron el stream nocturno y rezaban para que llegara la mamá de Mernuel.
Ninguno tuvo el valor de volver a llamar a la policía. Lo tomaron como una señal y no volverían a insistir de momento.
Entre pañales improvisados (gracias a la cinta americana) y leche tibia (gracias, youtube tutoriales), se las arreglaron.
Bauleti hacía chistes nerviosos, Moski se mostraba increíblemente tierno, y Mernuel...
Mernuel no sabía qué hacer.
Cada vez que el bebé lo miraba, sentía una mezcla rara de ternura y pánico.
—Te tiene miedo —bromeó Moski.
—No, solo... me respeta —dijo Mernuel.
—Mmm, sí, claro. Se nota.
Pero esa noche, cuando Moski se durmió con el bebé al lado en el sillón y Bauleti roncaba del otro lado del living, Mernuel se acercó en silencio.
Miró al bebé, luego a Moski.
Y suspiró.
—No puedo creer esto... —murmuró, acomodándole la mantita al pequeño.
Por primera vez, sonrió.
Una sonrisa chiquita, cansada, pero sincera.
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Al otro día, el timbre sonó.
Los tres se levantaron sobresaltados.
Moski con el bebé en brazos, Mernuel despeinado, Bauleti en calzones.
Se miraron, pálidos…
—¿Y si vienen a buscarlo? —susurró Moski.
—¿Y si vienen a arrestarnos? —dijo Mernuel.
—¿Y si es el delivery? —agregó Bauleti.
Silencio nuevamente hasta que ell timbre volvió a sonar. Tres veces esta vez, obligando a Bauleti a tragar saliva y abrir la puerta.
—Ya voy, ya voy —gruñó, tropezando con una zapatilla mientras Mernuel lo empujaba—. Si es el de las empanadas, le pienso dar un abrazo.
Moski y Mernuel lo siguieron, tensos.
El bebé, acurrucado contra el pecho de Moski, dormía plácidamente, ajeno al caos.
Bauleti abrió… y se quedó quieto.
En el pasillo había una mujer joven, de unos treinta años, pelo rubio desordenado, con una carpeta en la mano y cara de ya vi demasiadas cosas raras en mi vida.
—Buenos días —dijo con tono profesional—. ¿Residencia de… Manuel Merlo, Lautaro Moschini y Santiago Baietti?
Los tres se quedaron mudos.
—Depende —dijo Bauleti finalmente— ¿Quién pregunta?
La mujer suspiró, acostumbrada a esa clase de respuesta.
—Soy Camila, trabajadora social del centro comunitario de la zona. Ayer recibimos un aviso desde la comisaría de una denuncia por “bebé abandonado”. La dirección coincide con esta.¿Puedo pasar?
El bebé, como si entendiera, eligió ese momento exacto para soltar un pequeño quejido.
Camila arqueó una ceja.
—Ah, perfecto —dijo, cruzándose de brazos—. Entonces sí es acá.
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Quince minutos después, estaban los cuatro sentados en el living: Moski con el bebé, Bauleti con una taza de café que no sabía si tomar, y Mernuel intentando aparentar que tenía todo bajo control.
Camila los observaba, tomando notas en una libreta en silencio hace ya un buen tiempo. Ella miraba al rededor y apuntaba, miraba la mesa y apuntaba, los miraba a ellos y apuntaba.
—Entonces... —empezó ella— el bebé apareció en su puerta esta mañana.
—Sí —dijo Moski.
—Y ninguno de ustedes sabe quién podría haberlo dejado.
—No.
—Ni por qué.
—Tampoco.
Camila los miró, escéptica.
—¿Y pensaron llevarlo a la policía o volver a llamar?
—Sí —mintió Mernuel.
—¿Cuándo?
—Eh... estábamos justo por hacerlo.
Camila levantó la vista de su libreta.
—¿Después del desayuno? ¿O después del stream?
Moski reprimió una risa.
—Bueno, nos dormimos, lo admito. Pero lo cuidamos, le dimos de comer, y no lo dejamos solo ni un segundo.
Camila observó al bebé.
—Sí, se nota. Está tranquilo y con buen pañal.
Luego los miró a ellos.
—Lo que no entiendo es porqué alguien lo dejaría acá. ¿Tienen idea? ¿Alguien que los conozca, alguna ex pareja, amiga, seguidora...?
El silencio fue brutal.
Mernuel tragó saliva.
Camila lo notó enseguida.
—Ah —dijo, anotando algo—. Veo que hay historia.
Moski lo fulminó con la mirada.
—No es su bebé, si eso estás pensando.
Camila sonrió con ironía.
—No pensé eso… todavía.
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Después de un rato de preguntas y respuestas que no llevaban a ningún lado, Camila suspiró.
—Bueno. Hasta que se esclarezca quién lo dejó y por qué, el protocolo indica que el bebé debe quedar bajo resguardo temporal.
Los tres la miraron al mismo tiempo.
—¿Resguardo temporal? —repitió Bauleti.
—Sí. Pero el centro está saturado, así que... —Camila miró su libreta y luego a ellos— tal vez puedan quedarse con él por unos días si así lo quieren…
El silencio fue tan fuerte que se escuchó la respiración del bebé.
—¿Perdón? —preguntó Mernuel, incrédulo.
—No es tan grave, los tres ya son adultos y ninguno tiene antecedentes—dijo Camila, encogiéndose de hombros—. Es solo mientras se hace la investigación. Les traeré los papeles.
—¿Y si decimos que no? —preguntó Moski.
—Entonces lo llevó al centro y seguro pasará la navidad solo, esperando que alguien lo reclame.
Moski bajó la mirada al bebé y lo abrazó con más fuerza.
—No va a pasar navidad solo —murmuró.
Mernuel lo miró, entre fastidio y ternura.
Camila sonrió, cerrando la libreta.
—Perfecto. Entonces me encargo del trámite temporal, y no se preocupen, lo que necesiten o tengan dudas les dejare mi numero y llamen a la hora que necesiten. Nos vemos en unos días.
Y así, sin más, se fue.
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Al mediodía, se volvió a escuchar el timbre por tercera vez (la segunda fueron unas ricas empanadas finalmente). Bauleti casi se cae del sillón del susto, y Mernuel fue corriendo a abrir, todavía con el bebé dormido en brazos. Del otro lado estaba su mamá, con un bolso enorme colgado al hombro y el papá detrás, cargando dos paquetes gigantes de pañales.
—¡Ay, por fin llegamos! —dijo la madre, entrando sin esperar invitación—. No saben lo que me costó conseguir pañales, parecía que medio Buenos Aires tuvo bebés esta semana.
Dejó los paquetes sobre la mesa y suspiró.
—Esto les va a durar dos días como mucho, ¿eh? Los bebés se cambian a cada rato, no es como ustedes que van al baño una, dos o tres veces al día y ya —agregó mirando al bebé con ternura.
—Mamá tranquila, está todo bajo control —dijo Mernuel, aunque tenía la mirada perdida de quien no durmió nada mientras acomodaba a Freddie.
—¿Bajo control? ¡Ay, por el amor de Dios! —le contestó ella, tomando al bebé con naturalidad—. Mirá lo flaquitos que están ustedes tres. Ni siquiera parecen haber comido. ¿Ya le dieron de comer? ¿Lo durmieron? ¿Y tus padres de Bauleti?
—Están de viaje en Estados Unidos —dijo Bauleti, medio dormido todavía—. Vuelven recién para Navidad.
—Ah, bueno mandales un saludo y avísale que se quede tranquila que yo los voy a ayudar —respondió la mujer, sosteniendo al bebe con naturalidad mientras sonreía.
El padre de Mernuel dejó el bolso en el suelo y se rió por lo bajo.
—Ya no son unos niños amor, no les des clase de crianza, que los vas a asustar más. Estan flacos eso si.
—¿Y cómo no los voy a asustar? Si míralos, parecen tres pollitos sin plumas —replicó ella, mientras revisaba los pañales—. Bueno, ahí tienen dos paquetes, con suerte llegan al martes. Si no, me llaman, y les consigo más.
Después miró al bebé con una sonrisa suave.
—Ay, pero mirá esa carita… parece un regalo de navidad.
—Sí, uno que llora y no vino con manual —dijo Bauleti, y Mernuel le dio un codazo para que se callara.
La madre se rió.
—Ay, ustedes son todo un caso. Lo que no le pasa a nadie, les pasa a ustedes jajaja. Miren, si fuera por mí, me llevaría al bebé, porque esto es mucho trabajo para tres chicos. Pero Manu ya me comentó que la trabajadora social dijo que tiene que quedarse acá, ¿no?
—Sí —respondió Mernuel—. Dijo que mañana pasa de nuevo y ahí nos dice qué hacer.
—Bueno —suspiró ella—, entonces hasta mañana se lo bancan. Pero que conste que si mañana no aparece nadie, yo me lo llevo a mi casa. No lo voy a dejar acá durmiendo entre botellas vacías y deliverys de pizza.
Los tres la miraron con una mezcla de vergüenza y risa.
—No hay botellas vacías —dijo Moski, que recién salía del cuarto con el pelo todo despeinado—. Solo jugo de manzana.
—Claro, claro, jugo de manzana —dijo la madre de Mernuel con sarcasmo—. Bueno, muchachitos, ya que estoy acá, voy a enseñarles cómo se cambia un pañal. Y no quiero caras raras, porque esto lo van a tener que hacer cada tres horas mínimo y no se asusten si después de cambiarlo se vuelve a hacer caca porque son así los bebés.
Mernuel se dejó caer en el sillón, resignado.
—Siento que esto es un castigo de Navidad anticipado —murmuró.
Ella lo escuchó y le dio una palmada cariñosa en la cabeza.
—No, mi amor. Esto es la vida real. ¡Con esto no te vas a olvidar nunca más el preservativo!
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Más tarde el silencio volvió a caer en el departamento.
Mernuel se dejó caer en el sillón con la mamadera en mano.
—¿Estamos locos? —preguntó, mirando al techo—. ¿De verdad vamos a cuidar a un bebé? ¿Qué va a pasar con nosotros? ¿Recuerdan que vivimos del stream? ¿Cómo vamos a aparecer mañana en vivo con un bebe?
—Y… Qué sé yo —respondió Bauleti, frotándose los ojos mientras veía que pedían para comer—. Pero parece que vamos a tener un bebe por unos días largos.
—¿Y vos estás contento con esto, no? —dijo Mernuel, mirando a Moski.
—No contento. Solo... —Moski lo miró a los ojos—. Alguien lo tiene que cuidar, ¿no?
Hubo un segundo de silencio pesado.
Uno de esos que dicen más que cualquier discusión.
Mernuel desvió la mirada.
—Sí. Supongo.
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El resto del día fue un caos adorable.
Moski, increíblemente, se adaptó rápido: preparaba biberones, lo dormía con canciones suaves, y hasta ya lo empezaban a llamar por su nombre “Freddie”.
Bauleti filmaba todo (para tener pruebas, según él, “por si nos acusan de secuestro infantil”).
Mernuel…
Mernuel no podía dejar de mirar y pensar. Quería ayudar al bebe, pero entre ellos tres apenas se podían cuidar a ellos mismos, como iban a poder con un bebe indefenso? Que iba a pensar la gente? ¿Cómo van a seguir ahora? Él quería resolver todo y que sus amigos ni se preocuparan, pero no sabía por dónde empezar…
Cada tanto, Moski se agachaba con el bebé en brazos y le sonreía haciendo reír a Freddie, con una ternura que no le conocía.
Eso lo desarmaba y al mismo tiempo quería protegerlos.
Y no sabía por qué.
—¿Qué mirás? —le preguntó Moski, notando su mirada.
—Nada.
—Mentira.
—Solo me parece raro verte así... feliz.
Moski se rió.
—Capaz porque hace mucho que no me das motivos para estarlo.
Mernuel abrió la boca, pero no respondió.
Porque tenía razón.
Esa noche, el departamento parecía una olla a presión. El calor de Buenos Aires se colaba por las ventanas abiertas, el aire acondicionado apenas movía el aire y el llanto del bebé resonaba por todos los rincones.
—¡No puede ser! —gritó Bauleti desde el sillón, con una almohada en la cara—. Lloró hace quince minutos, ¿qué más quiere?
—Tiene calor, bol… —Moski se frenó—, tiene calor, eso, o hambre, o sueño, o no sé, todo junto —dijo con la voz cansada.
Mernuel se pasó una mano por el pelo, fastidiado y ya con ganas de llorar él también. La camiseta blanca toda manchada con vómitos o fórmula de bebé y las ojeras marcadas eran el retrato de la desesperación adolescente.
—Yo ya no sé qué estoy haciendo —dijo, tirándose en el piso—. Siento que vivo en una pesadilla con pañales y canciones de cuna.
El bebé seguía llorando.
Bauleti, sin fuerzas, buscó en su celular:
—Dice chattgpt que a veces lloran sin motivo… —leyó, y después lo miró—. ¿Y entonces qué hacemos?
—Nada, dejar que llore… —contestó Mernuel, con los ojos cerrados intentando dormir.
—¡Ni loco! —saltó Moski—. Mirá si los vecinos llaman a la policía pensando que lo estamos matando o algo.
Los tres se miraron y, por un momento, el llanto se detuvo. Un silencio raro llenó la habitación. Hasta que el bebé volvió a llorar con más fuerza.
—Bueno, listo, turno mío —dijo Moski, resignado, levantándose y empezando a mecer al bebé en brazos—. A ver, mi amorcito, calmate, que tus tíos están por colapsar.
Empezó a caminar despacio, con una torpeza tierna. Tarareó algo parecido a una canción de cuna mezclada con una melodía de reggaetón. El bebé, por primera vez, bajó el llanto a un quejido suave.
Bauleti se dejó caer en el sillón y, en dos segundos, se quedó dormido con el celular en la mano. La pantalla todavía mostraba una conversación abierta con Coker.
Coker: “Bro, ¿dónde están? Hace dos días no prenden stream, la gente está diciendo cualquier cosa.”
Bauleti: “Nos dejaron un bebé en la puerta.”
Coker: “JAJAJ qué flasheas dale boludo.”
Bauleti: “No jodo. Es real. Hay pañales en mi mesa(le mando una foto de todo el desastre).”
Los mensajes quedaron sin responder. Bauleti ya estaba en otra dimensión, durmiendo con la boca entreabierta.
Mernuel observó a Moski desde la cocina, medio escondido. Había algo diferente en él cuando lo veía así, con el bebé apoyado en el pecho, susurrándole cosas. Moski, tan desprolijo, tan distraído siempre, tenía una calma rara, nueva.
El aire cálido del verano entraba por la ventana, trayendo olor a jazmín y mezcladose con el olor a bebé.
—Ey —susurró Mernuel, acercándose despacio—. Te sale bien eso, ¿eh gordo?
Moski lo miró, con el bebé dormido en brazos. Sonrió.
—Debe ser suerte de principiante.
—O instinto. —Mernuel se rió bajito—. Parecés un padre primerizo en una propaganda de pañales.
—Bueno, si me vas a decir tierno, decilo de una vez —contestó Moski, con esa media sonrisa suya que mezclaba ironía y nervios.
Mernuel negó con la cabeza, pero el gesto se le escapó entre la ternura y el cansancio. Sacó el celular sin pensarlo y le sacó una foto. Moski ni se quejó, solo se acomodó mejor al bebé, como si supiera que esa imagen iba a valer más que el sueño perdido.
—¿En serio me estás sacando fotos ahora? —preguntó, medio riendo.
—Sí, mirá —dijo Mernuel, mostrando la pantalla—. Mirá lo que es esto. Parece portada de un cuento.
—O de un tutorial de cómo no dormir en tres días —replicó Moski.
Ambos se rieron bajito. En el sillón, Bauleti roncó.
Después, Mernuel se acercó y se sentó al lado. Sin decir nada, se sacaron una selfie los tres: el bebé dormido, Moski medio destruido pero sonriendo, y Mernuel con el flash reflejándose en los ojos cansados.
Una foto que no parecía nada… pero tenía ese algo que solo pasa en los momentos que se sienten irrepetibles.
Cuando Moski se levantó para ir al baño, dejó al bebé en brazos de Mernuel.
El silencio del departamento era distinto ahora. Más calmado y tenue.
Mernuel miró la selfie otra vez, sonrió sin querer y, sin pensarlo, la puso de fondo de pantalla.
Suspiró, miró al bebé que dormía y murmuró bajito:
—No sé quién sos, pero cambiaste todo en un día gracias.
El reloj marcaba las 3:42 de la madrugada. Afuera, Buenos Aires seguía despierta. Y esa noche, el bebé dormía entre ellos dos, en medio del sillón.
La tele seguía encendida, mostrando Cars.
Moski miró la pantalla, pensativo.
—¿Te acordás de cuando nos conocimos? —preguntó en voz baja.
Mernuel sonrió con nostalgia.
—Sí. Me alegra todos los días haberte encontrado entre tantos directos…
—Me caíste pésimo al principio, pensé que eras un hater.
—Y míranos ahora, con un bebé.
—Sí —dijo Moski, mirando a Freddie—. Las vueltas de la vida.
Bauleti, desde la otra punta del sillón, gritó medio dormido y fastidiado:
—¡Apaguen la tele, loco, que mañana tengo que comprar pañales!
Los dos se rieron bajito.
Y por un instante, solo por un instante, se sintió como familia.
Afuera, la ciudad brillaba, Moski se quedó dormido con el bebé apoyado sobre su pecho.
Mernuel, sin pensarlo, se acercó y acomodó la manta sobre ambos.
Y mientras lo hacía, sus dedos rozaron los de Moski.
El contacto fue mínimo. Pero suficiente para que algo dentro de él se encendiera.
—En que cagada nos metimos hermoso… —susurró, sonriendo.
Y se quedó mirándolos, con el corazón más desordenado que nunca hasta conciliar el sueño.
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💫 Fin del Capítulo 1.
