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Hay noches que se sienten más largas de lo que deberían.
Y Sanji, con diecisiete años y la cabeza llena de ideas que chocaban entre sí, ya estaba acostumbrado a perderse en ellas. Era de esos adolescentes que juraban tenerlo todo bajo control, que creían no necesitar a nadie, aunque por dentro solo querían que alguien los mirara de verdad.
Decía que era un egocéntrico, un narcisista encantador. Y tal vez lo era… pero también era un buen chico. De los que se quedan despiertos para escuchar a un amigo, de los que escriben poemas que nunca envían.
Aquella noche, como tantas otras, no podía dormir.
Tenía los audífonos puestos, la música baja, y el celular en la mano. Deslizaba el dedo sin atención, buscando algo que no sabía nombrar. Hasta que lo vio.
Una foto.
Un chico con el cabello verde, sonrisa apenas insinuada y ojos que parecían mirar directo, incluso a través de una pantalla. En su perfil solo decía: “Zoro. No me gusta hablar mucho.”
Y eso fue lo que lo atrapó. Esa sencillez arrogante. Esa calma que parecía un desafío.
Sanji frunció el ceño, sonriendo con el cigarro entre los labios (aunque juraba que solo lo hacía por costumbre, no por necesidad).
—Tsk, qué tipo tan aburrido. —murmuró, pero su dedo ya estaba tocando “Enviar mensaje”.
El texto fue breve:
—Bonita descripción. Pareces divertido.
No esperaba respuesta. Ni la necesitaba. O eso se decía.
Pero minutos después, la pantalla vibró.
—¿Eso fue sarcasmo o cumplido?
Sanji soltó una pequeña risa.
—Depende de si piensas responder.
Así empezó todo.
Al principio fue una conversación sin importancia, solo una distracción nocturna. Zoro era seco, lento para escribir, pero cada palabra suya parecía medida, real. Sanji, en cambio, llenaba el chat con frases, chistes y provocaciones, como si necesitara cubrir los silencios con algo.
Y, sin entender por qué, empezó a quedarse despierto hasta más tarde solo para seguir hablando con él.
Zoro no era como los demás. No jugaba, no intentaba impresionar.
Solo estaba. Y eso, sin querer, lo desarmaba.
Los días pasaron y el hábito se volvió costumbre.
Sanji ya no fingía que no esperaba sus mensajes.
Miraba la pantalla cada pocos minutos, revisaba si Zoro estaba en línea, se inventaba excusas para seguir la charla.
—¿No duermes nunca o también eres un insomne profesional? —le escribió una vez.
—Duermo cuando no hay nada interesante.
—Vaya, eso fue un cumplido, ¿eh?
—No te emociones.
Sanji fingió molestarse, pero su sonrisa no se borró por horas.
Era raro.
Zoro hablaba poco, pero cada palabra dejaba eco.
Y aunque se decían tonterías, algo se movía debajo, un hilo invisible que los unía más de lo que cualquiera admitiría.
Sanji empezó a notarlo en cosas pequeñas: cómo su humor mejoraba al ver su nombre, cómo pensaba en qué contarle antes de dormir, cómo lo buscaba entre conversaciones viejas solo para volver a leerlas.
No era amor. Aún no. Pero sí esa primera punzada, ese calor suave que anuncia algo más grande.
Y aunque Sanji seguía creyendo que tenía el control —ese aire de “yo sé lo que hago”—, dentro suyo empezaba a construirse algo que no podía contener.
Porque a veces, incluso los más egocéntricos se derriten con un poco de atención.
Los días se fueron volviendo rutina, pero una de esas rutinas que uno empieza a cuidar como si fuera algo sagrado.
Sanji se despertaba, veía la pantalla del teléfono y sonreía apenas. A veces no había mensajes, a veces sí. Pero igual, lo primero que hacía era mirar.
Zoro ya era parte de sus mañanas. Y sin notarlo, también de sus noches.
No hablaban de grandes cosas al principio.
Era más bien esa clase de diálogo que parece no decir nada pero lo dice todo.
Zoro contaba lo poco que hacía en el día —entrenar, comer, dormir—, y Sanji se burlaba, siempre con una elegancia exagerada que Zoro encontraba insoportable y, secretamente, divertida.
—¿De verdad tu vida se resume a levantar pesas y gruñirle al mundo?
—¿Y la tuya a quejarte de todo lo que no te cocina?
—Por lo menos yo tengo gusto.
—Y yo paciencia.
Esa fue una de las primeras veces que Sanji rió de verdad frente a la pantalla. De esas risas que salen sin pensarlo y se quedan vibrando en el pecho.
Poco a poco empezaron a contarse más cosas. Pequeñas verdades que uno no comparte fácilmente.
Sanji habló de la cocina, de cómo había aprendido viendo a su madre preparar platillos que parecían arte.
Zoro escuchó —o leyó— todo con una atención que Sanji no esperaba. A veces no respondía con frases largas, solo con un “suena bien” o un “deberías abrir un restaurante algún día”.
Pero en esa brevedad había algo cálido, como si Zoro supiera exactamente qué decir para no romper el momento.
Sanji no lo admitía, pero ya pensaba en él más de lo que quisiera.
Su nombre aparecía incluso en los silencios.
Mientras cocinaba, mientras caminaba, mientras se reía con alguien más.
Era como si el verde de ese cabello hubiera empezado a colarse entre los colores de su vida.
Hubo noches en las que la charla se alargaba hasta que el cielo se aclaraba por la ventana.
A veces se quedaban en silencio, solo enviando puntos o emojis, pero sin colgar.
Sanji aprendió que hay silencios que no incomodan, que se sienten como compañía.
—¿Por qué siempre te quedas despierto hasta tan tarde? —le preguntó una vez.
—Porque tú también estás despierto.
—No me culpes.
—Entonces deja de contestarme.
—Ni loco.
Zoro no dijo nada más, pero al rato mandó un audio corto.
Solo se oía su voz ronca, diciendo algo entre susurros:
—Idiota.
Sanji se quedó mirando la pantalla, con el corazón apretado y una sonrisa torpe.
Ese tono… tan real, tan cercano. Por primera vez, se sintió visto, querido, incluso si Zoro no lo había dicho con palabras.
Después de eso, algo cambió.
Las conversaciones se volvieron más lentas, más sinceras.
Zoro empezó a contarle cosas que no solía compartir: que odiaba sentirse inútil, que a veces se perdía en sus propios pensamientos, que su hermana era insoportable pero la amaba igual.
Sanji lo escuchaba, lo comprendía, y sin decirlo, empezó a cuidar de él a través de las palabras.
Una noche, sin planearlo, se desahogaron.
Sanji confesó que a veces se sentía como si todo lo que hacía no valiera nada.
Zoro tardó, pero respondió:
—Eres mejor de lo que crees. Solo que no te das tiempo de verlo.
Fue la primera vez que Sanji lloró frente a la pantalla. No mucho, solo lo justo.
Y se dio cuenta de algo: Zoro, sin tocarlo, había llegado más lejos que nadie.
Desde entonces, hablar con él ya no era una distracción. Era refugio.
Un rincón del mundo donde podía ser él mismo, sin miedo a parecer débil, sin necesidad de fingir.
Y así, poco a poco, entre bromas, desvelos y silencios compartidos, Sanji entendió que no estaba solo.
Que ese chico de mirada tranquila y palabras escasas lo había cruzado justo cuando más lo necesitaba.
Y eso le daba miedo.
Porque cuando alguien empieza a importarte tanto, sabes que ya no hay vuelta atrás.
Los días se volvieron más ligeros.
Sanji ya no entraba por aburrimiento, sino por costumbre. A veces despertaba y lo primero que hacía era revisar si Zoro había respondido. A veces, lo último antes de dormir era reírse con algún comentario suyo.
Zoro no hablaba mucho, pero cuando lo hacía, Sanji sentía que cada palabra valía más que el resto del día. Era directo, tosco, pero genuino. Le decía cosas como —Eres insoportable, pero me haces reír— y eso bastaba para que Sanji sonriera mirando la pantalla, con el corazón agitado sin razón aparente.
No eran iguales, y tal vez por eso se entendían. Sanji era fuego, palabra rápida y emoción viva; Zoro era silencio, paciencia y calma. Se peleaban por tonterías —por quién tenía mejor gusto musical, por quién cocinaba peor, por quién se rendiría primero si se perdían en una isla—, y en cada broma había una complicidad invisible.
Hubo un momento, uno pequeño pero definitivo, en el que Sanji se dio cuenta.
Zoro le había mandado una foto del atardecer, sin decir nada más. Y él, sin pensarlo, respondió —Si algún día llego a ver ese cielo contigo, seguro me quemo los ojos.
El mensaje quedó en visto unos minutos. Sanji se arrepintió enseguida, se pasó una mano por el cabello y masculló algo como —Idiota— por haber sonado tan cursi.
Hasta que llegó la respuesta: —Entonces te guiaré antes de que te pierdas.
Desde ese día, algo cambió.
Las charlas se volvieron más largas, las bromas más suaves, los silencios más cómodos. Había madrugadas en que ninguno decía nada, pero seguían conectados, solo compartiendo el ruido de fondo o el sonido de la respiración del otro.
Sanji no entendía si era amor o solo el eco de su soledad buscando forma. Pero cuando Zoro lo llamaba “rubio molesto”, su pecho se llenaba de una calma que no encontraba en ningún otro lugar.
Y así, sin planearlo, se volvieron parte de la rutina del otro.
Pequeños mensajes, promesas tontas, el intercambio de canciones, y esas risas que se sienten como un abrazo.
Hasta que una noche, entre bromas, Zoro dijo —¿Alguna vez te has enamorado sin tocar a alguien?
Sanji tardó en responder.
—Sí —escribió al fin—. Y creo que me está pasando otra vez.
El silencio del chat duró más que nunca.
Zoro no respondió esa noche.
Pero Sanji no se sintió solo.
Por primera vez, entendió que había encontrado algo que dolía y curaba al mismo tiempo.
El invierno había llegado de verdad.
Sanji estaba frente a la ventana, viendo cómo el vapor de su respiración empañaba el vidrio. Sostenía el teléfono con ambas manos, sin saber si escribir o no. Afuera todo era frío, pero dentro de él había algo que ardía.
Zoro estaba conectado.
El circulito verde brillaba, provocador, como si le dijera “hazlo ya”.
Sanji tecleó —oye— y lo borró.
Luego —¿puedo decirte algo sin que te rías?—, pero también lo borró.
Se pasó una mano por el cabello, suspiró y murmuró para sí:
—Maldita sea, no es tan difícil, solo dilo.
Zoro fue quien rompió el silencio.
—¿Sigues despierto, rubio?
—Sí. No podía dormir.
—¿Pesadillas otra vez?
—No. Esta vez es algo peor —respondió, riendo apenas, con los dedos temblando sobre el teclado.
—¿Peor?
—Sí… tú.
Zoro tardó un segundo en responder. —¿Qué hiciste ahora?
—Nada —escribió Sanji, luego volvió a borrar.
Cerró los ojos, dejó que el corazón le latiera fuerte y escribió otra vez, más despacio—.
—Nada. Solo que últimamente pienso demasiado en ti.
—¿Ah, sí? En qué sentido.
—En todos.
—¿Qué clase de respuesta es esa, idiota?
Sanji soltó una risa nerviosa. Era tan fácil hablar con él y tan difícil decir lo que realmente quería.
—No sé cómo explicarlo, Zoro. Es raro. No te veo, no te toco, no sé cómo hueles ni cómo suena tu risa en persona… pero igual estás en todo. En mi día, en lo que cocino, en lo que escucho. Y cuando no me hablas, siento que me falta algo.
El chat se quedó quieto. Los tres puntitos aparecieron, desaparecieron, volvieron a aparecer.
Sanji siguió escribiendo, sin esperar respuesta:
—Supongo que es ridículo, ¿no? Enamorarse de alguien que no ha estado al lado tuyo ni un solo día. Pero no puedo fingir que no pasa. No puedo actuar como si no me importaras, Zoro. Y no quiero que lo tomes como una broma, porque no lo es.
Dejó el celular a un lado, respiró hondo.
El corazón le dolía de tanto latir.
Y entonces vibró la mesa. Una llamada entrante.
Contestó sin pensarlo.
Del otro lado, Zoro respiraba igual de nervioso.
—Sanji —dijo, con voz baja, como si temiera romper algo. —Tenía miedo de que lo dijeras.
—¿Por qué?
—Porque no sé si podría fingir que no siento lo mismo.
Sanji se llevó una mano al rostro, sin saber si reír o llorar.
Zoro siguió: —Eres insoportable, hablas demasiado y piensas cosas extrañas… pero te juro que, desde hace tiempo, no hay día en que no espere verte aparecer. Aunque sea un maldito mensaje.
El silencio los envolvió un momento. Solo el sonido del viento en la ventana y la respiración entrecortada de ambos.
—Zoro…
—¿Qué?
—Entonces estamos jodidos los dos.
Zoro soltó una risa temblorosa. —Sí. Pero al menos juntos.
Y así, sin una palabra más, se quedaron escuchando el ruido de fondo del otro.
No había distancia suficiente para apagar lo que acababan de decirse.
Después de esa noche, algo cambió.
Ya no eran solo mensajes perdidos entre el ruido de internet. Ahora se buscaban de verdad.
Zoro le escribía cada mañana —aunque solo fuera un “despierta, vago”— y Sanji respondía con una foto de su desayuno, o con un “ya te extraño, marimo idiota”.
Eran distintos, pero juntos tenían sentido.
Sanji vivía acelerado, queriendo contarlo todo, con palabras que parecían no alcanzarle; Zoro hablaba poco, pero lo que decía pesaba, quedaba grabado. A veces Sanji se enredaba en su propia ansiedad y Zoro lo calmaba con algo tan simple como —Respira. No todo tiene que doler para ser real—.
Empezaron a celebrar pequeños aniversarios.
El primer mes, Sanji le envió una bufanda que tejió a medias, entre risas y frustración. Zoro le mandó una pulsera de cuerda trenzada que, según él, había hecho mientras “no pensaba en nada”.
El segundo mes, Sanji le escribió una carta y Zoro le envió un dibujo mal hecho de ambos, de espaldas, viendo el mar.
Eran regalos imperfectos, pero llenos de ellos.
A veces, Perona —la hermana de Zoro— se metía en las llamadas.
Sanji terminaba riendo tanto con ella que Zoro fingía molestarse.
—¿Por qué te cae mejor ella que yo? —gruñía.
—Porque ella no me llama idiota cada cinco minutos —respondía Sanji, y ambos terminaban discutiendo, riendo, reconciliándose.
Con el tiempo, Sanji empezó a hablarle de Zoro a su madre.
Ella lo escuchaba con esa ternura sabia de quien ya lo entiende todo sin que se lo digan.
—Parece un buen muchacho —decía, mientras cortaba verduras en la cocina.
Sanji sonreía, revolviendo la salsa, y respondía —Lo es. Aunque finja que no—.
Eran felices. A su manera.
Había días difíciles, días de distancia, de peleas tontas por celos, por malentendidos o simplemente por cansancio. Pero siempre volvían a encontrarse en medio de todo.
Zoro decía —No te vayas— y Sanji respondía —No podría aunque quisiera—.
El amor se volvió una rutina.
Una rutina bonita, constante.
Sanji se sentía menos solo, más completo. Zoro, aunque no lo admitiera, empezaba a sonreír más seguido, a escribir más.
Y así pasó el tiempo.
Navidad se acercaba de nuevo, la segunda que compartirían —aunque solo por pantalla—. Planeaban enviarse algo especial, tal vez hacer una videollamada hasta quedarse dormidos.
Sanji tenía preparado un regalo que le había costado semanas conseguir: un libro viejo que Zoro había mencionado una vez, casi sin importancia.
Zoro, en cambio, había mandado hacer un llavero con una pequeña letra “S”, y bromeó diciendo que así podría “atarlo aunque fuera desde lejos”.
Esa noche, Sanji escribió:
—Si las cosas siguen así, algún día voy a ir a verte, ¿sabes?
Zoro respondió: —Entonces deja de prometerlo y hazlo.
—Lo haré. Pero quiero que sea cuando ya pueda mirarte sin temblar.
Zoro se rió. —Entonces me tocará esperarte toda la vida, rubio.
Y ahí, en medio de la distancia, la promesa quedó flotando.
Como si ambos supieran que algo tan fuerte no podía durar para siempre, pero igual se aferraran a la idea de que sí.
Porque amar, para ellos, siempre había sido una forma de resistir.
Con el tiempo, algo cambió. No de golpe, sino en los detalles.
Las llamadas que antes duraban horas ahora se acortaban.
Los mensajes se respondían más lento.
Zoro empezó a desaparecer por ratos, y Sanji, sin decirlo, empezó a preocuparse más de la cuenta.
—¿Estás bien? —preguntaba.
—Sí, solo cansado.
—Últimamente siempre estás cansado.
—Últimamente tú siempre preguntas lo mismo.
Silencio.
Pequeñas heridas que no sangran, pero duelen.
Sanji intentaba mantener el equilibrio. Cocinaba más, escribía cosas que no se atrevía a enviar. En las noches, releía las conversaciones antiguas y se decía que todo volvería a ser igual.
Zoro también lo intentaba, pero se notaba la distancia incluso en la forma en que respiraba por llamada.
Hubo una discusión que lo cambió todo.
Una tarde cualquiera, por una tontería. Sanji había olvidado responder un mensaje; Zoro, con ese orgullo que lo protegía de su propio miedo, lo tomó como desinterés.
—Parece que ya no te importa —soltó Zoro.
—¿Qué dices? —Sanji respondió, dolido. —¿Porque no te contesto en cinco minutos? No vivo pegado al teléfono, marimo.
—Siempre tienes una excusa.
—Y tú siempre te pones a la defensiva.
—Tal vez porque siento que me estás dejando atrás.
Sanji se quedó callado.
No era cierto, pero dolía como si lo fuera.
—No te dejaría, Zoro —susurró. —Eres lo único que todavía me hace quedarme.
—Entonces quédate, pero deja de dudar tanto.
Y colgó.
Sanji se quedó mirando el teléfono, con las manos temblando.
No lloró. No esa vez. Solo se recostó, con el pecho apretado y el eco de su voz en la cabeza.
Aun así, se reconciliaron. Siempre lo hacían.
Zoro le pidió perdón, torpemente, con un mensaje: “No soy bueno para esto, pero no quiero perderte.”
Sanji respondió: “No lo harás.”
Después hablaron toda la noche. Rieron. Volvieron a sentirse cerca.
Pero había algo en el fondo, algo que ya no se iba.
Cada discusión se volvía más difícil de olvidar.
Cada reconciliación, más breve.
Y aun así, se amaban. Con esa fe ciega de quien sabe que el otro también está intentando.
Sanji cocinaba mientras hablaban, y Zoro lo escuchaba quejarse del humo, del frío, del día.
Zoro le contaba historias pequeñas —de Perona, del trabajo, del gimnasio— y Sanji reía, fingiendo que todo seguía igual.
La Navidad se acercaba otra vez.
Su segunda juntos.
Y ambos sabían que había algo que no estaban diciendo, una sombra que se interponía entre los planes, entre las risas.
Una noche, Sanji lo miró a través de la pantalla y sintió un nudo en la garganta.
—Oye, Zoro… ¿alguna vez has pensado en cómo sería si nos perdiéramos?
—¿Perdernos?
—Sí. Que un día dejáramos de hablar.
—No lo digas —interrumpió Zoro, con la voz baja. —No quiero pensar en eso.
—Yo tampoco. Pero lo hago igual.
Ninguno habló por un rato.
Solo el ruido del ventilador, la respiración contenida.
Y aunque ambos sonrieron al final, sabían que algo en ellos estaba empezando a dormirse.
Pasaron los años.
El tiempo no curó nada, solo hizo que aprendieran a llevar la herida sin que sangrara.
Siguieron hablándose, a ratos, con silencios largos entre mensaje y mensaje. A veces uno desaparecía por semanas, y cuando volvía, el otro fingía que nada había pasado.
Hasta que un día, sin esperarlo, Zoro escribió:
—Voy a estar cerca de tu ciudad.
Sanji se quedó mirando la pantalla. Leyó el mensaje tres veces, como si fuera una trampa del destino.
—¿Qué dices?
—Solo por un fin de semana. Si quieres, nos vemos.
Tardó minutos en responder, pero las manos ya le temblaban.
—Claro que quiero.
El resto de la semana fue un torbellino.
No podía concentrarse, ni dormir bien, ni dejar de imaginarlo. Se preguntaba si Zoro se vería igual que en las fotos, si lo reconocería al instante, si lo abrazaría primero.
Cuando por fin llegó el día, todo se sintió irreal.
Sanji llegó antes, nervioso, con una bufanda enredada al cuello —la misma que alguna vez le había tejido.
El aire olía a invierno, y el ruido de la ciudad parecía tan lejano que dolía.
Y entonces lo vio.
Zoro estaba ahí, de pie, con las manos en los bolsillos y una sonrisa que no supo si era tímida o contenida.
Sanji no dijo nada. Caminó hacia él, como si tuviera miedo de que desapareciera.
Zoro lo miró fijo, y por un instante el mundo se detuvo.
—Eres más bajito de lo que pensaba —bromeó Zoro, la voz temblando apenas.
—Y tú sigues igual de imbécil —respondió Sanji, antes de que las lágrimas lo traicionaran.
No se abrazaron al principio. Solo se miraron, sin decir nada.
Hasta que Zoro dio un paso al frente, y Sanji sintió que el aire volvía a sus pulmones.
El abrazo fue torpe, fuerte, desesperado.
Zoro apoyó la frente en su hombro, y Sanji cerró los ojos, tragando el nudo en la garganta.
—Pensé que esto nunca iba a pasar —susurró Sanji.
—Yo también. Pero aquí estás.
—Sí… aquí estoy.
—Y no pienso soltarte todavía.
Pasaron horas juntos, caminando sin rumbo, hablando de todo y de nada.
Zoro compró un chocolate caliente y dijo que sabía horrible; Sanji lo probó y mintió diciendo que estaba bien, solo para verlo reír.
Esa noche, antes de separarse, se quedaron quietos frente a la estación. Ninguno quería moverse.
—Nos vemos pronto, ¿no? —preguntó Sanji, como si necesitara oírlo en voz alta.
Zoro asintió. —Sí. Pronto.
El “pronto” sonó demasiado frágil.
Demasiado parecido a un “tal vez”.
---
Esa noche, Sanji durmió con una sonrisa.
Había lágrimas secas en su rostro, pero no le importó.
Por primera vez, el sueño no le dolía.
Y al despertar…
Todo había cambiado.
No había mensajes, ni llamadas perdidas, ni promesas esperando respuesta.
Solo el silencio.
Sanji miró el teléfono, confundido, y poco a poco entendió lo que el cuerpo ya sabía: nada de eso había pasado.
Zoro no había ido.
No se habían abrazado.
No se habían reencontrado.
Todo había sido un sueño.
El reloj marcaba la hora en que solían hablar, y Sanji se quedó mirando el techo, sin moverse.
Le dolía el pecho como si lo hubieran arrancado de la realidad a la fuerza.
A veces, pensaba, tal vez no se trataba de olvidar, sino de aprender a vivir con lo que no ocurrió.
Y aún así, había noches en las que deseaba no despertar.
Porque en los sueños, Zoro seguía ahí.
Esperándolo.
Como si nunca se hubieran separado.
A veces, Sanji todavía soñaba con él.
No con los grandes momentos —no el abrazo, ni las risas, ni la confesión—, sino con los gestos pequeños: la forma en que Zoro escribía su nombre sin mayúscula, el sonido de su risa contenida, la manera en que siempre decía “idiota” cuando no sabía qué más decir.
Al despertar, se quedaba quieto, con el corazón pesado y las manos vacías.
El sol entraba por la ventana, igual que antes, pero ya no iluminaba el mismo lugar.
Todo lo que había compartido con él seguía ahí, en las esquinas invisibles de su vida.
Había aprendido que hay amores que no terminan, solo se transforman.
Que no todos los finales son ruptura, algunos son simplemente distancia.
Y que hay personas que, aunque no vuelvan, dejan un eco tan profundo que hasta el silencio suena a su nombre.
A veces se preguntaba si Zoro también soñaba con él, si aún recordaba su voz o el sabor de las palabras que nunca llegaron a decirse.
Y luego se decía que no importaba.
Porque de alguna forma, en ese sueño que nunca fue real, ya se habían amado lo suficiente.
“Quizá no estábamos destinados a durar,” pensaba.
“Pero sí a encontrarnos, aunque solo fuera una vez, aunque solo fuera en una pantalla, aunque solo fuera en un sueño.”
Y con eso bastaba.
Sanji miraba el cielo, ese mismo que Zoro alguna vez le había mostrado por mensaje, y sonreía.
Una sonrisa cansada, pero sincera.
Porque amar, incluso cuando termina, nunca es un error.
Y mientras el viento soplaba, Sanji susurró al aire algo que nadie oyó, pero que el corazón sí entendió:
—Sigue vivo.
Donde sea que estés.
Porque si algún día vuelvo a soñar contigo, quiero encontrarte ahí, todavía sonriendo.
Mi amor 💛💚
