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1.
Lautaro no recordaba cómo había comenzado la tradición. La televisión del living era más grande y, aunque nadie lo había usado ese día, el aire acondicionado de seguro funcionaba a la perfección, pero allí estaban ellos: echados sobre la colcha de la cama de Manuel, sin camiseta y con el pelo pegado en la frente. Y sin aire, detalle importante. Manuel, con la cabeza contra el respaldo, debía haber perdido el hilo de la película hacía bastante, pero Lautaro no se esforzó en pelearlo por ello —ya se había acostumbrado al cerebro líquido de su amigo, que tenía la concentración de un niño de dos años, y sabía que cualquier enfrentamiento sería en vano. Puedo irme a mirar a mi cuarto, si jodo, le había dicho Lautaro, palabras que Manuel tomó como una afrenta personal. No seas boludo, Moska, no es por la tele que te dejo que estés en mi cuarto hasta la madrugada. Ninguno le había puesto nombre en voz alta al sentimiento que los envolvía cuando se daba el ritual, pero en su interior, Lautaro sabía que se trataba de que disfrutaban de la compañía del otro.
Lautaro estaba echado boca abajo, con los ojos fijos en la pantalla. Era cuestión de tiempo hasta que Manuel le dijera que no mirase de tan cerca, pero mientras tanto, Lautaro iba a disfrutar de tener frente a él la cara de Michelle Trachtenberg, con esa mirada cristalina debajo de un par de cejas oscuras.
El clic de la cámara le indicó a Lautaro que su amigo le había sacado una foto. No le dijo nada, pero cuando a los pocos minutos revisó su Twitter y notó que no la había subido, se preguntó por qué Manuel siempre estaba capturando pequeños momentos de su cotidianidad que acabarían archivados por siempre en los recovecos de su galería. Lautaro lo observó a través del espejo de cuerpo entero, que estaba ubicado en la cara interna de la puerta abierta del placard: tenía el teléfono en la mano, pero la barbilla rebotaba cada pocos segundos contra su pecho, ante lo que parpadeaba con confusión. La escena se repitió en loop varias veces, hasta que finalmente Manuel anunció:
—Che, vos seguí mirando tranqui, yo me voy a dormir porque se me cierran solos los ojos. —Y acto seguido gateó hasta quedar a un lado de Lautaro, desde donde se estiró para llegar a apagar la luz.
Lautaro sintió el antebrazo de Manuel contra el costado de su cuerpo, y aunque no tenía motivos —porque su piel estaba caliente, y el movimiento había sido lento, y no difería de lo normal—, se estremeció e hizo amago de apartarse. Sin embargo, no logró consumar la acción, porque Manuel colocó una mano entre sus omóplatos a modo de apoyo, apretó el interruptor y luego se metió bajo la sábana. Fue cuestión de segundos, pero Lautaro creyó que le había marcado la piel con forma de huella para siempre, como un tatuaje hecho a fuego. El calor de su tacto se extendió por cada una de sus terminaciones nerviosas y acabó por asentarse en la parte baja de su abdomen.
Luchó por permanecer en esa posición por unos minutos más, pero al final decidió incorporarse y se arrastró de espaldas hasta el respaldo de la cama, donde apoyó la cabeza sin despegar la vista del televisor. Por la periferia del ojo derecho captó a Manuel, de costado, con los auriculares puestos y un video de ASMR en el celular. Tenía una mano estirada sobre la almohada que le correspondía a Lautaro cuando se quedaba a dormir en su cama, y no se la había aplastado de casualidad. Por el ángulo de su espalda, la punta de los dedos de Manuel le rozaban la camiseta, pero Lautaro no fue consciente de ello hasta que su amigo le pasó las uñas cortas sobre los huequitos que se le formaban en la parte baja de la espalda, en una caricia distraída en lo que se dormía.
Con la piel erizada, Lautaro buscó el control entre el lío de sábanas y apagó la televisión. Luego manoteó hasta encontrar una remera, porque solía darle frío en las madrugadas, aunque por el tamaño de la misma, dudaba que realmente fuera suya. Se la puso igual y luego se acostó. Esperó a que Manuel quitara la mano, pero lo único que atinó fue a curvar los dedos y continuar con el mimo, esta vez en la nuca.
Era demasiado.
Lautaro se incorporó con la boca abierta.
—Me llegás a morder y te doy vuelta la cara de una piña —dijo Manuel, leyéndole las intenciones sin necesidad de abrir los ojos y tensando su agarre contra el pelo de Lautaro—. Pensé que ibas a seguir de largo hoy.
Lautaro luchó por darle coherencia a su respuesta, porque tener la punta de los dedos de Manuel enredadas en su cabello le nublaba la percepción de la realidad. Una parte de sí le decía que se apartara inmediatamente de las rarezas de su amigo, pero la otra, melosa, lenta como las atenciones de Manuel, lo instaba a disfrutar de la caricia, quizás rodar hasta acabar contra…
—Me dio sueño —escupió, a la vez que le daba un tinguiñazo en el bíceps—. Soltame o te muerdo, puto.
Manuel quitó la mano entre rezongos y Nunca más te hago un arrumaco, Moski. Él resopló y se dio la vuelta. Le recordó que no se durmiera con los auriculares puestos, que después se le rompían y se quejaba; y entre tires y aflojes cada vez más espaciados, la habitación fue quedando en silencio.
Lo último que creyó sentir antes de dormirse fue el dedo de Manuel en el cuello de su camiseta, pero cómo pudo haberse tratado de un sueño, al día siguiente no sacó el tema a colación.
2.
La mayoría de las veces, lo que ocurría en el stream moría en el stream, salvo quizás por alguna broma que continuaba teniendo el potencial de ser graciosa pasado su primer uso. Fue por esto que Lautaro se sorprendió cuando, tras apagar la cámara y bajar a la cocina a buscar algo para picar, Manuel insistió con el tema.
Mientras Lautaro calentaba las sobras de la cena en el microondas, Manuel buscó dos vasos y sacó la Coca Cola y agua. Estuvo a un paso de reprocharle la elección que había tomado para sí mismo, pero como era tarde, y tenía sueño, y no se veía con ánimo de dar inicio al bucle que se generaría de su recurrente discusión, se guardó el comentario y abrió uno de los cajones para buscar cubiertos.
Lautaro fue el primero en atacar el tupper de lasaña, mientras Manuel se empinaba el vaso y le sonreía con los ojos por sobre este. Tenía el cuerpo tan acostumbrado al refresco que ya no lo desvelaba, contrario a Lautaro, que tendía al insomnio y cualquier variación de la rutina lo hacía pasar las noches de largo y acostarse al mediodía. Dejó el vaso a un costado de su mano y se dispuso a comer. Seguía sin quitarle la mirada de encima.
—¿Tengo algo en la cara, que me mirás tanto?
—No, no… Cara de puto nomás.
Lautaro amenazó con clavarle el tenedor en la mano, ante lo que él lo sostuvo por las muñecas en un intento por evitarlo. Forcejearon entre quejidos y risas ahogadas, y finalmente llegaron a una tregua: Lautaro apoyó las manos sobre la mesa con las palmas hacia arriba y Manuel aflojó el agarre en sus muñecas, aunque no las quitó de allí. Compartieron una carcajada nerviosa, pero ninguno mostró señales de violar el acuerdo. Manuel deslizó sus manos hasta las de Lautaro, pero antes de quitarlas, enganchó la punta de los dedos a los suyos y tironeó de forma juguetona.
—Pah, no entiendo cómo es que tenés las manos tan chiquitas, loco —comentó, y sujetó una de ellas en el aire, donde movió sus articulaciones y le apretó los nudillos con una curiosidad casi quirúrgica. Si Manuel ejercía la fuerza necesaria, Lautaro sabía que sus huesos cederían como si fueran de plástico.
—A ver, flaco, me sacás una cabeza, obviamente voy a tener las manos y los pies más chicos que vos.
—Nah, ¿los pies también? A ver, mostrame.
—Si ya me has visto las patas como doscientas veces, Manuel.
—Dale, dejame verte las patas —insistió, en un ruego exagerado.
—Ah, bueno, se pone kinky la situación —se burló Lautaro.
—No seas pajero —se rió Manuel a la vez que le pellizcaba la muñeca—. Yo no niego ser kinky, pero con las patas ni ahí. —Y mientras alzaba dos veces las cejas de forma sugestiva, añadió:—. Me parecen más hot las manos.
A Lautaro le dio una puntada en el pecho. Era obvio que Manuel lo estaba jodiendo, pero a su vez, la forma que lo miraba —con la sonrisa torcida pero los ojos serios— lo hacía dudar de sus intenciones. Sentía electricidad por debajo de la piel, y cada punto de contacto con Manuel parecía emitir chispas. Se preguntó si sería cierto, si era verdad que se excitaba al mirar un par de manos en posiciones sugestivas. Parpadeó un par de veces para sacarse de la retina las imágenes que había tejido su mente, porque se asemejaban demasiado a una película erótica, con la poca ropa que tenían los conocidos protagonistas.
—Guardate los detalles —pidió, y se felicitó a sí mismo por no sonar sofocado—. Prefiero ser capaz de seguirte mirando a la cara sin pensar en tus fetiches, sucio.
—Ay, meteme los dedos en la boca, Lauti —dijo con la voz jocosa que utilizaba para molestarlo, y antes de que pudiera reaccionar, acercó la boca a la mano que tenía apresada y le mordió el nudillo.
Debía haberse desmayado. No había otra explicación para encontrarse en una situación tan similar a la que su inconsciente recreaba en sueños, esas que lo despertaban acalorado y con preguntas que a la luz del día no se atrevía a reconstruir en la parte frontal de su mente. Fue un apretón leve, y en cuanto aflojó la presión, Lautaro retiró los dedos y los acunó contra su pecho.
—El puño en el ojete te voy a meter, puto de mierda —le respondió, finito y tembloroso.
Algo se agitó en la mirada de Manuel.
Lautaro pensó que sus palabras le habían quedado como servidas en bandeja para retrucarle alguna otra guarangada, pero antes de que siquiera pudiera abrir la boca, Lautaro le pateó el tobillo por debajo de la mesa y se metió un bocado de lasaña a la boca. Manuel, en silencio, lo imitó.
3.
—Che, Moski, son las nueve y media —dijo Manuel mientras lo sacudía del hombro—. Tendríamos que ir preparándonos para prender.
Lautaro se aovilló dándole la espalda y apretó las sábanas contra sí. Sentía a Manuel arrodillado sobre el colchón, y aunque entendía a qué se debía la premura en su voz, Lautaro tenía mucho sueño como para seguirle los chistes en una transmisión en vivo. Intentó quitarle las frazadas de encima, pero Lautaro se quejó y lo empujó de un codazo. Aunque no tenía mucho sentido por la época del año, estaba muerto de frío.
—Bueno, ta, ta, dejate de patalear, nene —lo reprendió su amigo mientras lo sostenía por los hombros.
Lautaro intentó mirar su rostro, pero el foco del techo le hacía arder los ojos. Manuel pareció notarlo, porque encendió el velador y se paró a apagar la luz. Entonces se sentó en el borde de la cama y le colocó la palma de la mano en la frente. Luego, la parte posterior de los dedos en la mejilla. Al final, algo blando y áspero entre sus cejas. Lautaro alzó los párpados y descubrió la cara de Manuel pegada a la suya. Quiso apartarlo de un manotazo, pero sentía como cada parte del cuerpo le temblaba y se negaba a obedecerlo, así que se limitó a torcer la cabeza a un lado. Manuel se apartó con un suspiro.
—Tenés fiebre —anunció—. Voy a buscar algo para bajártela. ¿Cómo te sentís para bañarte?
Él se quejó sin despegar los labios a la vez que volvía a su posición inicial. Manuel chasqueó la lengua y salió. Cuando sus pasos se perdieron, Lautaro entreabrió los ojos y se tocó la frente. Se puso boca arriba y exhaló con fuerza. Había visto a la madre de Manuel hacer lo mismo en su hijo al medirle la temperatura, así que sabía que su amigo no había tenido segundas intenciones con su movimiento —ni reírse de él, ni darle una caricia. Y sin embargo, Lautaro no podía dejar de pensar en lo mucho que se había asemejado a un beso. Su cordura había sido más fuerte que la repentina necesidad de colocarle las manos en la nuca y pedirle que aumentara la presión de sus labios; y Lautaro sabía, sabía que esas cosas no debía siquiera pensarlas, mucho menos anhelarlas.
Manuel apareció con un ibuprofeno, una botella de agua y un tupper con agua. Le pidió que se incorporara, le acomodó las almohadas y le ofreció la pastilla. Tenés que hidratarte si no querés que terminemos en la emergencia, gordo. Lautaro asintió, pero la garganta se le cerró tras dos tragos. Se sorbió los mocos y volvió a colocarse en posición horizontal. Escuchó que Manuel lo rezongaba por haberse abrigado poco la última vez que habían salido, pero sus retos quedaron ahogados por la desagradable sensación de tener algo mojado en la cara.
—No te lo saques —lo reprendió con un golpecito en la mano—. Es para que te baje más rápido la fiebre.
—Sacámelo de los ojos —masculló él.
Cuando Manuel obedeció, Lautaro lo descubrió semiacostado a su lado, con una mano en el celular. La otra descansó sobre su pelo, el cual acarició de forma distraída, para desconcierto de Lautaro, que no entendía qué placer podía traerle el gesto. Manuel solía comentar que tenía el pelo muy suave, pero en ese momento tenía el cuero cabelludo sucio y apestoso a causa de la transpiración. Evitó comentar al respecto porque lo cierto era que disfrutaba del mimo y atesoraba que su amigo no sintiera asco de su estado. En cambio, levantó la cabeza e intentó ver qué tenía a Manuel tan entretenido.
—¿Qué hacés?
—Estoy poniendo en Twitter que al final hoy no prendemos —explicó a la vez que le enseñaba la publicación.
—Por lo menos mentí y poné que nos fuimos de joda —intentó bromear Lautaro, pero las palabras sonaron torpes, demasiado pegadas unas u otras.
Su amigo rió de igual modo.
—Sí, sí, digo que estás haciendo roleplay de enfermera con una mina.
—Pero el que está haciendo de enfermero sos vos, Manu —retrucó él con una risa estúpida.
Tuvo que cerrar los ojos para bloquear la imagen que comenzaba a asomar por las esquinas de su mente al imaginar a Manuel de uniforme celeste. No podía ser normal tener esa clase de pensamientos en el estado en el que se hallaba. No podía ser normal tener esa clase de pensamientos y punto, le reprendió la vocecita censuradora que aparecía en su cabeza cada vez que los cables se le cruzaban y Manuel le parecía el tipo más hermoso y más bueno del planeta Tierra. No: se presentaba solo cuando esos sentimientos lo empujaban a querer abrazarlo, y atesorarlo, y enterrarse en su torso hasta fundirse con su plexo solar. Quería enredarse entre sus costillas. Quería que Manuel lo llevara por siempre consigo y meterse en su piel como si fuese uno más de sus tatuajes. Sentía que el aire ingresaba por su nariz, pero parecía evaporarse al contacto con la brasa ardiente que era su cuerpo.
Manuel quitó la toallita de su frente y la hundió otra vez en agua. Él se preparó para recibirla otra vez, pero en vez de eso, Manuel volvió a tomarle la temperatura con los labios, esta vez apoyándolos sobre su sien. Él se apartó como si el contacto le quemara.
—Pará, flaco, dejá de hacer eso —farfulló con un gemido ahogado, que disimuló con el malestar.
—¿Por? —Y con una sonrisa pícara, agregó:—. ¿Te pongo nervioso?
—Sos un pajero —dijo Lautaro, mientras lo apartaba de sí con dos dedos en el cachete—. Te vas a contagiar.
—Dejate de joder, a estas alturas estoy más que contagiado, o soy inmune a tu peste —respondió. Entonces estiró la mano por sobre su cuerpo y se hizo con el control remoto, que estaba apretado entre la pared y la cama— ¿Querés que ponga un capítulo de Gossip Girl?
Lautaro sonrió con los ojos entrecerrados.
—Fua, boludo, si fueras una mina ya te habría chapado… ¿Adónde vas?
—A empezar el trámite de cambio de género —se rió su amigo, con una mano en el marco de la puerta.
—Pajero —refunfuñó—. Poné la tele y acostate, dale, dale.
Manuel, que cuando se lo proponía era más cargoso que un infante, se acostó pegado a él.. Le apretó las mejillas con una mano y lo sorprendió con un sonoro beso a un lado del ojo.
—¿El bebé quiere mimitos? Ay, vení acá, bebito, que el Manu te va a dar besitos hasta que te cures —dijo, con el labio inferior abultado y esa voz aguda que solía poner para provocar las risas de la audiencia
Lautaro se retorció en un intento por alejar su cuerpo del suyo, pues ya tenía los labios juntos y estirados para darle otro beso mojado y juguetón. Tironearon el uno del otro hasta que su amigo lo sometió, tras apretarle las piernas contra el colchón y sostenerle las manos contra la pared.
—Sos un trolo, man, salí, salí. —Intentó contraatacar Lautaro, pero como no podía moverse debajo de su peso, el efecto fue nulo.
Manuel se rió con los ojos achinados ante sus esfuerzos, y él, desarmado, dejó de forcejear. La imagen parecía sacada de uno de esos sueños que a la mañana Lautaro fingía no haber tenido: Manuel, cernido sobre él, utilizando su ventaja física para doblegarlo contra la cama, y él, Dios, él se moría de ganas de que cerrara la distancia que los separaba —en todos los sentidos posible.
Cerró los ojos. Si seguía por ahí…
Manuel se dejó caer a su otro costado. Apoyó la cabeza junto a la suya y prendió la televisión. Lautaro sintió su cuerpo relajarse, porque por fin su amigo se comportaba dentro de los parámetros esperados. Solo se desvió de sus expectativas en una ocasión, pero como su accionar coincidía con el momento en que el cansancio reducía a Lautaro a un amasijo amorfo y tibio sin consciencia ni razón, quizás el beso suave que Manuel le dio en el hombro fuese solo un producto de su ávida imaginación.
4.
Cuando Manuel le había dicho Me voy a juntar con una mina, acompañame, Lautaro no creyó que sería tan literal. Enseguida había imaginado que se trataba un dos pa’ dos, y aunque sabía que sería incómodo, con suerte la chica en cuestión sería lo suficientemente amable como para compartir una sonrisa incómoda que dejaría en evidencia lo mucho que ambos querían a sus amigos como para segundearlos un domingo de verano en plena tarde. Ya lo habían hecho un par de veces, así que aceptó de primera, sin sugerir que se llevara a Bauleti, como hacía desde que vivían juntos cuando el plan no le resultaba atractivo. Un poco se alegraba de que hubiese ido a buscarlo a él, porque desde que se habían mudado al apartamento, cada vez parecía verlo menos.
Se tomaron un Uber hasta la placita que habían establecido como el punto de encuentro y se ubicaron a la sombra de un árbol. Lautaro ya se había arrepentido del plan, porque la camisa se le pegaba a la espalda y podía sentir las axilas resbalosas de sudor. Miró de reojo a Manuel. Le brillaba la cara y cada pocos segundos se tironeaba del frente de la musculosa y la sacudía. Iba vestido de arriba a abajo de negro, como siempre, y se había calzado los lentes de sol sobre la cabeza. Lautaro sabía que objetivamente debería darle un poco de asco, pero lo único que le provocaba la imagen eran unas intensas ganas de lamerle la transpiración que se le acumulaba en el arco de Cupido y, ya de paso, arrancarle un pedazo de labio con los dientes.
—¡Lu! ¡Acá!
Con un esfuerzo titánico, Lautaro quitó la vista de su amigo y la dirigió a la recién llegada. A Lu se le achinaban los ojos miel cuando sonreía, notó a la vez que recibía el beso en la mejilla a modo de saludo. Salvo el grueso delineado en los párpados, no se parecía en nada al tipo de Manuel, y sin embargo, ahí estaban, sonriéndose el uno al otro por segunda o tercera vez. Su amigo lo presentó a la vez que le daba un golpecito en la espalda, y luego sugirió dirigirse a una cafetería cercana, porque no estaba para ponerse a dar vueltas con ese calor. Lautaro esperó una explicación (perdón, mi amiga no pudo venir) o una despedida (gracias por acompañarme, Moski, tomá plata para el Uber y dormite una siesta), pero cuando ninguna de las dos llegó, no le quedó de otra que seguir a la parejita dos pasos por detrás, preguntándose por qué Manuel lo había arrastrado hasta allí.
Hizo un nuevo intento por dejarlos solos al llegar al lugar, pero otra vez Manuel insistió que se sentara con ellos. Lautaro asintió, pero a espaldas de Manuel intercambió una mirada de disculpa con Lu. Ella se encogió de hombros como restándole importancia, pero algo en la inclinación de su cabeza le hizo saber que se había resignado. Quiso decirle que uno se acostumbraba a no ser el foco de atención de Manuel, pero como no tuvo oportunidad de tenerla a solas, optó por seguirles la conversación.
Lu era graciosa. Parecía haber perdido la timidez inicial, causada quizás por querer gustarle a Manuel, y a medida que pasaban los minutos dio cuenta de un sentido del humor ácido y hasta escatológico, que en un principio lo espantaron y luego lo condujeron a sacar sus propias respuestas crudas y desubicadas. Por un minuto, creyó que quizás Manuel había organizado la cita para él, pues contrario a lo habitual, permanecía largos segundos de silencio, donde seguía con la vista el ping pong en que se había convertido su charla con Lu.
Un par de horas después, con las panzas llenas y las bocas tirantes de reír, se pusieron de acuerdo para llamar los tres un mismo Uber. Apenas llegó y sin mediar palabra, Lautaro se subió en el asiento del copiloto —antes de que Manuel sugiriera que se sentara con ellos atrás, en esa actitud extrañísima que venía exhibiendo desde que lo invitó a su salida. El conductor miró por el retrovisor, luego a él, y con una sonrisa disimulada, les preguntó a dónde iban. Lo que le faltaba, ser el bufón del del auto…
Dejaron a Lu en su casa y volvieron al apartamento sin intercambiar palabra. Bauleti no estaba, lo que solo amplificó el silencio que los acompañaba. Se dejaron caer en el sofá, con los pies sobre la mesita ratona. Manuel se rascó la cara y se levantó a la cocina. Apostaba lo que fuera a que volvería con una Coca Cola.
—¿Y?, ¿qué te pareció? —preguntó desde la otra habitación.
Lautaro se acercó hasta donde estaba su amigo, y, apoyando la cadera contra la mesada, observó cómo revolvía un cajón en búsqueda de un destapador.
—¿El qué? ¿Lu? Re simpática. Muy graciosa —dijo, sincero, y con las cejas alzadas, agregó:—. ¿Por? ¿Te gusta? —Manuel se encogió de hombros—. Bue, nada te viene bien a vos, pibe. Todavía que me llevás a agarrarte la vela…
—¡¿Qué decís, degenerado?! —respondió con la voz aflautada—. Es sostener la vela, no agarrármela, sucio.
—Si te la agarro es para cortártela, pajero, posta no sé para qué me llevaste —se quejó Lautaro.
Manuel alzó el destapador al aire en señal de victoria.
—Quería saber qué opinabas de ella —explicó.
—¿Y desde cuándo te importa qué opino yo de las minas que te querés empomar?
Manuel mantuvo la mirada en la botellita. Fue entonces que Lautaro comenzó a sospechar que no eran sugestiones suyas, y que la invitación a la cita con Lu era solo el primero de una serie de acontecimientos extraños. El silencio en la cafetería. Su reticencia a encontrar sus ojos en ese momento.
—El problema es que no sé si me la quiero empomar —dijo Manuel con un hilo de voz. Lautaro se cruzó de brazos, porque comenzaba a sentirse ansioso ante la falta de seguridad de su amigo—. Tipo, obvio podría hacerlo porque es divina y tal, pero, ¿de verdad quiero hacerlo?... No me mires así.
—Es que no sé si te sigo, Manu —explicó él, con la voz baja y grave, aunque eran los únicos presentes.
—No, si es que ni yo me entiendo —suspiró él. Se empinó un trago y copió su posición. Se ubicó tan cerca que sus hombros se rozaban cada vez que Manuel manipulaba la botella—. Últimamente me siento raro, vacío, como que todo me aburre. Las minas, digo. Cogérmelas.
—Capaz querés una novia —sugirió Lautaro, incluso más confundido que antes.
Manuel negó con la cabeza a la vez que apretaba los labios.
—No, tampoco. No sé, es como si me hubiera cansado de las mujeres. —Lautaro sintió la tentación de dejar escapar una carcajada ante semejante ridiculez, pero algo en la forma nerviosa que tenía Manuel de rascarse el brazo lo detuvo. En un susurro, agregó:—. ¿Te puedo confesar algo?
—Obvio.
—No puedo dejar de pensar en cómo sería chapar a un pibe —confesó. Lautaro sintió que algo hacía cortocircuito en su cabeza—. ¿Moski?
Él le enseñó la palma de la mano.
—Pará, estoy pensando qué decir.
Manuel sonrió.
—No preciso que digas nada —contestó en una exhalación, mientras lo sujetaba del brazo—. Sé qué clase de persona sos, por eso estoy hablando con vos.
Lautaro lo miró a través de las pestañas. Manuel volvió a sonreírle, sin despegar los labios. No es que estuviera sorprendido, porque Manuel había insinuado que estaba abierto a ello en un montón de ocasiones, tanto en stream como en conversaciones privadas, pero había una gran diferencia entre la posibilidad y la confirmación. Lautaro le palmeó el dorso de la mano, y por un microsegundo, los dedos de Manuel se aferraron a los suyos.
—Bueno, a ver, decime, ¿cuál es tu dilema? —preguntó Lautaro—. Comé pibes, comé pibas. Con la cara que tenés, no te va a costar ninguna de las dos cosas.
—Es que… ¿Y si quiero chapar pibes porque me aburrí de las minas? —preguntó, y se veía tan perdido que Lautaro sintió la tentación de envolverlo en sus brazos y cuidarlo de todas las dudas que le impedían conciliar el sueño a la noche.
En cambio, con tono de burla, respondió:
—Disculpame, querido, pero a ninguna persona normal se le ocurre querer cogerse a un tipo a la primera que se aburre.
—Coger no —aclaró Manuel, ante lo que él alzó las cejas—; pero capaz tenés razón… ¿Insinuaste que no soy normal?
—Sí. No lo voy a retirar.
—Sos un imbécil.
—Y vos un trolo. Un trolo que busca excusas para ser trolo.
—...Sí.
5.
Esa madrugada, por primera vez en la semana, pudo escuchar a Manuel dejándose caer contra el colchón en la habitación contigua. Su estadía en la casa se tornaba cada día más irregular, tanto así que Lautaro no recordaba la última comida que habían tenido juntos por fuera del stream. Se preguntaba a menudo dónde pasaba las noches, aunque lo que en realidad le interesaba era saber con quién. Lo cierto era que la charla en la cocina se reproducía en su mente como un disco rayado, y, sugestionado, no paraba de crear escenarios donde Manuel se iba, furtivo, a matar las horas a la casa de algún chico. En el fondo, era consciente de que se trataban de simples imaginaciones suyas, porque incluso aunque Manuel admitiese para sí mismo y para la cámara que cabía la posibilidad de que estuviera con un hombre, le importaban demasiado las opiniones que el grupo de randoms que los miraba podía llegar a tener, y no se arriesgaría a ser vinculado con un tipo por andarse de caliente. Y Lautaro no podía juzgarlo, porque él más que nadie lo entendía: su público era masculino y heterosexual; y para que siguieran dándoles de comer, también debían serlo ellos.
Oía a Manuel dar vuelta de un lado al otro, insomne. De pronto, se levantó y cruzó el pasillo. Menos de un minuto después, regresó. Lautaro intentó sacudirse el impulso de un pellizcón, pero antes de darse cuenta, ya se había sentado sobre el borde de la cama. Buscó las pantuflas con los pies a la vez que jugaba con el dije de su cadenita e intentaba hallar una excusa para quedarse en su habitación. No la encontró.
Entró al cuarto de Manuel sin tocar, porque sabía que le molestaba; pero no hubo reacción de su parte. La televisión era la única fuente de luz, eso y la pantalla del celular. Manuel scrolleaba de forma distraída, con los párpados semicaídos. Dio un pequeño salto cuando Lautaro gateó hasta quedar a su altura, y sin mediar palabra, levantó las mantas y se acomodó a su lado, con la cabeza sobre su hombro para poder mirar el teléfono.
Manuel tenía la mano envuelta en el palito de un chupetín. Lautaro siguió con su mirada el movimiento de la golosina hasta su boca, la cual descansó en la parte interna de su mejilla, que se ahuecó para hacerle lugar. Las puntas de sus dedos largos descansaron sobre sus labios esponjosos, esos que Lautaro deseaba comerse hasta que ya no quedase más que colgajos de carne sanguinolenta. También le arrancaría el cachete de su mordisco, pensó; y si se dejara, se le prendería de la yugular hasta que Manuel le pidiese que acabara con su vida y con su cuerpo, para bien o para mal. Su jadeo, en el silencio de la habitación, hizo que Manuel girara la cabeza para mirarlo, con una broma en la punta de la lengua, porque jamás afrontaría eso que había entre ellos, eso que Lautaro había intentado cubrir con toneladas de autodesprecio e indiferencia. Pero no podía, ya no. Necesitaba morderlo, así que lo hizo.
—¡Pa’a! ¡De voy a ahoga’, pedotudo! —se quejó él a la vez que intentaba apartarlo de su clavícula con un tirón de pelo.
—Dame bola, Manu, hace como mil días no te veo —lloriqueó él.
—No, hace como mil días que no me mordes —masculló Manuel. Se había quitado el chupa-chupa de la boca sin aflojar su agarre. Desde el colchón, el teléfono les alumbraba las barbillas—. Y hablá bajo, que Santiago se va a levantar a putearnos.
—Quiero morder, quiero morder —balbuceó él, en un teatro que poco de ficción tenía.
Se hizo hacia adelante otra vez, pero Manuel lo retuvo en donde se encontraba con un nuevo tirón. Gimoteó bajito, porque esta vez sí le había dolido. Él volvió a chupar el caramelo, con los labios apretados y las mejillas hundidas. Fue inevitable no estremecerse a causa de un escalofrío, ante lo que su amigo siguió el movimiento de sus hombros con precisión quirúrgica. Se preguntó si Manuel también tenía esa clase de fantasías violentas, de arrancarle las vísceras para hacerse un hueco en el cual meterse. Lautaro se dejaría abrir el pecho si le prometieran cosérselo al de Manuel.
—Abrí la boca, a ver. Mordé esto.
El dulce estaba tibio y húmedo, y por miedo a que Manuel se lo quitara, lo raspó con la lengua hasta quedarse con cualquier rastro de Manuel que este tuviera. Pero su amigo le dio la dicha de regalárselo. Lo soltó y se acomodó contra la almohada para verlo. Lo repasó con la mirada de arriba a abajo, despacio, y sonrió de lado, con los ojos achinados como hacía tanto no se los veía.
—La ansiedad oral que tenés es impresionante, pibe.
Él no respondió. Se preguntó si Manuel también lo sentía, ese tirón en el estómago que parecía conducirlo a él, como si se hubiera tragado un imán. Lautaro esperó a que agregara algo más, a que le contara el motivo de su vigilia, a que lo echara o lo besara, pero él permaneció inmutable hasta que el chupetín se deshizo en su boca. Estiró el cuerpo por sobre su torso para dejar el cabito sobre la mesa de luz. Sintió frío en la espalda, donde la camiseta se le levantaba, y como si lo supiese, Manuel tiró del dobladillo hacia abajo. Permaneció con los dedos allí hasta que Lautaro volvió a sentarse.
Esperó a que lo invitase a dormir con él, como antes, en la casa de su madre, pero con un golpecito en la cadera, le dijo:
—Bueno, che, a mí me dio sueño. No te quiero echar, pero…
Se preguntó qué le diría si admitía que él también era medio puto. Era solo una fantasía, porque mientras Lautaro no fuese capaz de declaráselo a sí mismo como otra cosa que no fuese una broma o una posibilidad, sería imposible que las palabras escaparan de sus labios. Así que suspiró y se dijo que la saliva y el calor que ahora estaban alojados en su estómago deberían ser suficientemente para mantenerlo lejos de la locura que amenazaba por consumirlo ante la lejanía de su amigo.
Se apartó de la cama, aunque lo único que deseara fuese meterse entre las sábanas con Manuel, que ya le daba la espalda.
Mientras el crepúsculo se filtraba por entre las cortinas, Lautaro se hacía sangrar las manos a costa de arrancarse la piel de alrededor de las uñas.
+1.
Desde que había vuelto, Manuel sentía que pasaba la mitad de su día pendiente de lo que Moski hacía o dejaba de hacer. Cada vez que debía salir sin él, lo invadía una especie de pánico, que solo se aliviaba cuando regresaba y lo descubría echado en el sofá o remolineando en la cama. Cuando a dos semanas tras su llegada el sentimiento no parecía tener intenciones de cesar, Manuel se dirigió a Bauleti y le preguntó si le ocurría algo similar. En respuesta, su amigo se cebó un mate y lo miró como si supiera algo que él no.
—Internate, flaco. O andá al psicólogo de una vez por todas.
Manuel sabía lo que pensaba Bauleti de la situación. Era tan transparente que podía leer en su cara las sospechas que tenía sobre su relación, así como la forma en que sacudía la cabeza y se decía que eran imaginaciones suyas, impulsadas por el montón de chicas que sacaban a relucir clips antiguos y creaban edits de sus interacciones con Moski tras su vuelta. Santiago oscilaba como un péndulo entre las dos opciones, y si no fuera porque implicaría romper la regla silenciosa que había establecido con Moski sobre no hablar del ship, Manuel ya lo habría aprovechado para hacer un video para YouTube: LE HAGO CREER A BAULO QUE ME COMO A LA MOSKA. No, demasiado autorreferencial, mejor… Bah, daba igual, si no iba a ceder ante el impulso.
Había un segundo motivo para no bromear al respecto, pero Manuel estaba demasiado asustado como para siquiera pensarlo, porque existía una gran diferencia entre me gustaría besar a un chico, efectivamente hacerlo y me muero besar a Moski (y efectivamente hacerlo, pero esta última era una noción tan remota que ni siquiera entraba en la ecuación).
Así que se la pasaba viéndolo, cuando no se perdía en la casa de la conquista del momento o dedicaba el día al trabajo. Era tan evidente que incluso el chat lo había notado, y no paraban de comentarle lo trolazto que estaba desde la vuelta de Moski; ni hablar de las chicas de Twitter.
Lo cierto era que siempre había orbitado a su alrededor, porque él era el sol. Se lo había traído porque necesitaba sentir su calidez y su ardor, incluso a sabiendas de que su cercanía acabaría por lastimarlo. Los clips habían sido las piezas que otros habían necesitado para completar el rompecabezas; porque él no necesitaba verse para saber que miraba a Moski como si fuese una especie de dios.
El problema era que para Moski era uno de los tantos mundos que existía en la galaxia, no diferente de Bauleti o de Balza. O sí, pero porque era su mejor amigo. Pero Moski no sentía como él. Ni siquiera le gustaban los hombres. Incluso nervioso e inseguro como era, se las ingeniaba para estar siempre acompañado. Atraía chicas con su fingida inocencia y sus ojos enormes, imanes mortales. No a Manual. A Manuel lo había enamorado con su violencia y su necesidad, con las palabras crudas que utilizaba para describir el mundo, con su devoción y su tacto áspero contra la piel. Cuando peleaban sobre su cama y le tiraba del pelo…
Hundió la cabeza en la pileta. En algún momento de sus entrenamientos para la pelea, había descubierto que los shocks que recibía su cuerpo —fuese un golpe o el agua helada de las duchas— le nublaban los pensamientos y le adormecían el corazón; por lo que cuando se sentía abrumado, recurría a alguna de sus terapias autoimpuestas. También podía optar por morderse el antebrazo, pero desde que Moski había vuelto, no paraba de delirar con que volviera a clavarle los dientes contra la piel, así que hacerlo se sentía más como estarse haciendo una paja que olvidando todos los dolores que su amigo le causaba sin saberlo.
No es que Moski lo tratara diferente: se reía de sus chistes, le preguntaba cómo estaba, qué tal la salida de la noche anterior, le preparaba el desayuno cuando Manuel estaba muy apurado e insistía para ir a ver a su madre los fines de semana. A todas luces todo había vuelto a la normalidad; Moski estaba streameando más de lo esperado, salvo que…
Salvo que prácticamente ya no se tocaban, ni siquiera para hacerse un mimo en la nuca a la pasada, como solía darse entre ellos. Dios, no se habían tocado desde que lo había ido a recibir al aeropuerto después de las fiestas, hacía casi dos meses, y solo había sido un medio abrazo torpe, apurado debido a la perspectiva de ser reconocidos.
—¿Qué hacés? —Las cervicales le chirriaron por lo brusco del movimiento. Con la cadera apoyada contra la mesada y los brazos cruzados, Moski lo miraba de arriba a abajo—. Estás mirando la pileta como un pelotudo. ¿Y por qué estás todo mojado? Hoy no hace tanto calor.
—¿Qué hacés con mi remera de reina petera? —preguntó él en cambio.
La camiseta de manga corta le quedaba más holgada que a él, notó Manuel, lo que lo hacía parecer más delgado de lo que era. De su fino cuello colgaba la cadenita dorada, cuyo dije Moski envolvió con sus dedos a ver que le había llamado la atención.
—Estaba en mi ropero, así que ahora es mía —respondió, con un falso aire de superioridad que le hicieron relajar el cuerpo e imitar su postura.
—¿Y desde cuándo sos catador de pijas vos? —se burló él.
Moski se encogió de hombro y se llevó la cruz a la boca.
—Estoy seguro que he catado más pijas que vos —dijo, aunque las palabras salieron ligeramente distorsionadas por tener la medallita entre los dientes.
Fue como si le hubieran dado un golpe en el pecho. Se preguntó qué cara estaba poniendo, porque a Moski se le borró la sonrisa y la cadena volvió a caer sobre su pecho. Parpadeó un par de veces, en un intento por reconciliar lo que su amigo le decía con la imagen del Lautaro angelado y heterosexual que tenía en su mente.
—¿El Banana? —Se le escapó, antes de que pudiera censurarse a sí mismo.
—¿Qué? ¡No! Qué asco, ¿tan mal gusto te parece que tengo? —se espantó Moski, con la nariz arrugada—. Además es re paki él.
—¿Y quién…?
—Nadie que conozcas —lo interrumpió, sincero.
Se preguntó si habría sido en España. ¿Por eso no quiso volver enseguida?, ¿estaba viéndose con alguien? Sentía que la persona frente a sí ya no era su amigo Lautaro, sino alguien con su cara y una vida paralela, una suerte de doppelganger trolo que había llegado a Argentina a burlarse de los sentimientos de Manuel.
Con la voz temblorosa, inquirió:
—No entiendo, ¿desde cuándo te gustan los pibes a vos?
—Manu, ¿me estás jodiendo? Lo insinué un montón de veces en stream. ¡Incluso al volver!
—Vos me estás jodiendo a mí, ¿cómo iba yo a saber que hablabas en serio?
—¡Porque yo no miento! —exclamó Moski, y tuvo que darle la razón— ¿Qué me mirás así?
—Estoy pensando qué decir —se burló Manuel con la voz aguda, en una mofa estúpida que le permitió seguir observándolo sin ser juzgado.
—No preciso que digas nada. —Lo imitó él—. Posta, no cambia nada, flaco.
Manuel dio un paso al frente y lo tomó de la nuca. Como un perrito, Moski agachó la cabeza, así que Manuel acercó su frente a la suya y lo instó a levantarla otra vez. Cerró los ojos y dejó que la respiración de Moski le entibiara los labios. El silencio que los rodeaba era tal que las inhalaciones tembleques de su amigo parecían resonar como las aceleraciones de un motor.
—Para mí lo cambia todo —murmuró sobre su boca.
Moski intentó deshacerse de su mano, pero Manuel le tomó la barbilla y lo obligó a verlo a los ojos. Necesitaba tenerlo así, cerquita y firme contra sí, porque la perspectiva de pasar dos meses más añorando sus mimos lo aterraba, y quería disfrutarlo todo lo que más pudiera.
—Manuel… No me hagas esto —gimoteó él con un hilo de voz—. Soy tu mejor amigo, lo mínimo que te pido es que cuides mi corazón.
—Lautaro, Lautaro —lo llamó, más para anclarse a sí mismo a la realidad que para atraer la atención de susodicho—. ¿Por qué te pensás que quedé tan hecho pija cuando te fuiste?, ¿por qué te pensás que te escribía día por medio?, ¿te creés que soy tan imbécil como para decir que estoy enamorado de vos y usarlo como si fuera platónico?
—Manu… Yo no puedo tenerte un par de días y dejarte ir, ¿entendés? No te quiero así, te quiero como, como…
Él jadeó contra su boca.
—¿Cómo si se te rajara el pecho al medio cuando pensás que no siento lo mismo que vos? —completó, y con la voz suave, agregó:—. Yo no estoy jodiendo, Lautaro, nunca podría joder con vos, mi amor.
Algo se agitó en la mirada de Lautaro. Creyó que quizás se desmayaría, porque las rodillas le temblaron y su cuerpo sufrió una suerte de espasmo que lo hicieron aferrarse de sus hombros. Entonces se paró de puntitas, clavó la nariz sobre su mejilla y unió sus labios. Manuel respondió con la misma intensidad, con los dedos enterrados en su pelo y los torsos unidos. Suspiró de forma sonora al separarse, pero tras inhalar un par de veces, volvió a besarle, yendo esta vez a la comisura de los labios, la mejilla, la mandíbula.
—Si me rompés el corazón me voy a esconder en el lugar más remoto de Medio Oriente y no me vas a ver nunca más —amenazó Moski, que le hizo levantar la cabeza para mirarlo a los ojos—. Yo no compro con eso de coger y después fingir demencia.
—Ya sé, ya sé. Vos sos un romanticón —se burló Manuel, ante lo que Moski apretó la boca, listo para reprenderlo. Manuel le dio un pico, y otro, y otro—. Te quiero, te quiero. Me muero por besarte desde siempre, para siempre. Mordeme, mordeme que te dejo.
Pero Moski no lo mordió. En cambio, llevó una de sus manos a su cara y se la apretó con fuerza. Manuel parpadeó varias veces, y relajó los hombros ante la mirada oscura de Lautaro. Nunca lo había visto así, tan serio e imponente. Si tuviera un par de centímetros más, hasta quizás se hubiera asustado.
—¿Entendés lo que me estás prometiendo, Manuel? —Él asintió con nerviosismo, e intentó volver a unir sus bocas, pero el agarré de Moski lo detuvo—. Estoy hablando en serio, che.
Manuel juntó sus frentes otra vez, y le perforó cada iris con sus pupilas. Quería que supiera que esto no era una tontería para él, que si estaba excitado y ansioso era porque, después de tantas ganas contenidas, se moría por comerle la boca. Había fantaseado con los labios, y los dientes y la lengua de Lautaro desde que lo conocía, pero en el fondo sabía que deseaba esas superficialidades porque quizás a través de ellas Moski le daría lo que realmente anhelaba.
—Yo también. Yo también. Te lo juro —afirmó, antes de besarle la nariz con delicadeza—. Por favor, no te vuelvas a ir, no me dejes otra vez porque me muero, Lautaro.
Él bajó los párpados y sonrió apenas.
—Te quiero más —le susurró contra la piel, y entonces Manuel lloró.
—¡Ah, bueno! ¡Insólito el panorama! Lo que le faltaba al Bayo…
