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Language:
Español
Stats:
Published:
2025-11-06
Completed:
2026-02-10
Words:
36,865
Chapters:
17/17
Comments:
108
Kudos:
379
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14
Hits:
4,720

Sueños y Sustos de Francisca Imelda

Summary:

Cuando Francisca llega a la edad apropiada su abuela decide que debería comprometerse, pero lo que ninguna sabe es que un admirador secreto no permitirá que esto ocurra.

Edit: Está historia introduce romance LGBT después de algunos capítulos, y se centra igual en el hijo de Frankelda y Herneval.

Notes:

Mi primer trabajo de Frankelda, juzguen ustedes mismos.

Chapter Text

Francisca era una niña de carácter poco agradable, la gente la percibía como extraña y algo apagada, unos decían que se debía a la pronta partida de su madre y al poco interés que prestaba a ella su padre, otros claro decían que se debía al carácter duro de su abuela, y había quienes simplemente teorizaban que Francisca Imelda había nacido así, que más remedio quedaba a eso.

Durante su infancia Francisca gozo de las atenciones de sus hermanos mayores, que aunque eran bastante brutos en su opinión, se veía que la querían mucho por ser la menor y la única niña, así mismo sus cuñadas eran mujeres amables, y poco a poco se fue llenando de sobrinos.

Sin embargo, Francisca no era feliz, vivía con su mente atormentada por una sola idea; ser escritora. Aquella obsesión la había llevado a numerosas peleas con su abuela, peleas donde nunca salía victoriosa para su mala suerte. Su padre no parecía interesado en el tema, y aunque en ocasiones intentó leerle algunas historias él nunca la escuchaba, y en algunos casos hasta dormido se quedaba. No hacía esfuerzo por mostrarlas a sus hermanos, después de todo ellos tenían sus propias familias y no quería molestar a nadie.

En muchas ocasiones la abuela arrebataba su cuaderno, lo echaba con molestia sobre la mesa y la mandaba a otras tareas, y para peor se debia decir que Francisca era muy buena en todo lo que a hogar se dijera; barrer, trapear, cocinar, lustrar, lavar e incluso remendar -esto era lo que más le chocaba- así que su abuela iba por ahí jactandose de lo buena esposa que sería Francisca una vez llegado el momento, por que además de eso debía decirse la verdad; Francisca era tal vez la tercera muchacha más guapa del pueblo, no diría que la primera ni segunda pues había conocido a las hijas de Don Hortencio, y vaya que muchachas. No era ese el punto, la cosa aquí es el gran material de esposa que significaba Francisca; guapa, rica y encima hacendosa.

Debido a esto al llegar su adultez su abuela supuso que como era debido Francisca debía tener sí o sí una fiesta para presentarla correctamente en sociedad, a Francisca le parecía más que ridículo, todo el pueblo la conocía y hasta de otros pueblos se habían echado una vuelta solo para darle el visto bueno. Aunque por un lado le atraía la idea, pues le habían prometido que su padre vendría desde la Capital para verla, eso sí le interesaba. Por lo demás, la idea de un esposo le era repugnante, no por qué Francisca no quisiese casarse o por qué alguna vez se hubiese traumado con eso -después de todo tanto sus padres en su momento y como sus hermanos ahora gozaban de maravillosos matrimonios- simplemente siempre había tenido la extraña sensación de que ningún hombre en esa tierra la haría sentirse feliz y eso para Francisca era muy importante, además, ¿como podría convertirse en la mejor escritora de terror si se casaba y se ponía a atender a su marido? No se podían hacer ambas cosas, o posiblemente si, pero dudaba que su futuro esposo se lo permitiera.

—¡Francisca Imelda, ven acá escuincla!

Francisca bajó la cabeza y siguió removiendo la cazuela, fingiendo que no había escuchado el claro grito qué había pegado su abuela. Sus cuñadas voltearon a verla con esa cara de "¿Otra vez?"

Su abuela entró en la cocina como un vendaval, tenía la fuerza y la presencia de un tornado, y es por eso que Francisca a veces le temia tanto. En sus manos, la abuela llevaba lo que parecía ser una tela manchoneada y la estrujaba entre sus manos con un odio qué hacia ver sus arrugadas manos como un par de ramas viejas qué se enredaban una y otra vez en la tela.

—Escuincla babosa, mira lo que hiciste con tu vestido nuevo, solo te pedí que le dieras una enjuagada y mira lo que viniste logrando, ¿ahora que rayos te vas a poner para la fiesta? Vendrá gente muy importante, no hay tiempo de mandar a hacer otro vestido.

La abuela lanzó el trapo sobre la mesa, sus cuñadas la veían medio entre risa y entre reproche, solían decirle que algún día le causaría un verdadero disgusto a la anciana y ahora si Francisca no se la iba a acabar.

Todo eso le venía en nada, Francisca solo quería dejar ya las tareas y dejarse caer en su cama, donde las mejores historias llegaban a su cabeza, justo en ese momento tenía una perfecta pero lamentaba decir que todo el asunto de la dichosa fiesta la tenia tan distraída que le estaba siendo difícil continuar con sus pendientes en papel.

—¿Francisca?

Y por si no fuera poco sus hermanos se la pasaban interrumpiendo para todo, uno que otro había venido muy triste diciendo lo mucho que la iba a extrañar ya que se casara, a si mismo le habían dicho que si no estaba segura no pasaba nada pero que no hiciera enojar a la abuela.

—¿Si?

—¿Estas visible?

—Pasa Antonio.

Nota de autor: ¿Alguien sabe los nombres de los hermanos de Francisca? Solo se sabe que tiene diez, raro.

Antonio era el penúltimo hijo, es decir, que había nacido antes que ella y no se llevaban mucho tiempo.

—Te traje esto.

Antonio le dejó una carta sobre el escritorio y medio sonrió, entre nervioso y asustado como un niño que no quiere ser cachado en una travesura.

—¿Y esto Toño?

—Me lo dieron para ti, ¡no me preguntes más!

Antonio se salió de la habitación casi corriendo, Francisca no le dio importancia pero decidió leer la misteriosa carta.

Querida Señorita Straffon

Me dirijo a usted cordialmente en respuesta a su fiesta de presentación, por años la he observado deseando que este momento llegara para hacer realidad un par de confesiones, confesiones que claro le haré saber a su padre, mañana en su fiesta me presentaré ante usted con una propuesta, espero tenga la mente abierta y sobre todo su corazón disponible.

Su admirador oculto.

Francisca iba abriendo la boca más y más con cada palabra, y si pudiese abrir más los ojos seguro que lo hubiese echo, que charlatanería tan bien ensayada era aquella, y estaba segura que no eran más que mentiras pues ningún muchacho del pueblo quería casarse con ella por propia voz, o iban obligados por sus padres o la cuantiosa herencia que Francisca algún día tendría les llamaba en grande la atención.

Ya con eso Francisca terminó de vaciar su cabeza, y hasta cierto punto su estómago, no quiso saber más esa noche de nada y prefirió dormir, tal vez mañana podría seguir escribiendo.

Lo que no sabía Francisca es que tendría un visitante aquella noche, uno al que su carta de amor no le había agradado para nada.

Durante esa mañana Herneval había tenido una terrible discusión con sus padres, los viejos reyes estaban preocupados por su hijo, el principe estaba seguro de que tenía un gran plan para reanimar el Plano de los Sustos, pero sus padres se negaban a traer a una escritora humana, pues sabían bien que muy en el fondo Herneval estaba enamorado de la joven. Era imposible, y francamente muy egoísta, ella era humana y él, era El Principe de los Sustos, era un amor imposible; sus vidas coexistian en dos planos totalmente opuestos, y siendo sinceros era un amor unilateral pues si bien Herneval parecía bastante dispuesto, Francisca ni siquiera sabía que existía.

Pero esa tarde tuvo un paseo con Mitelitas, ese paseo fue lo que terminó por convencer a Herneval de que debería hacer algo pronto si realmente estaba enamorado de la humana, aunque técnicamente Mitelitas se había limitado a decir que era una muy mala y terrible idea, era en realidad la propia voz interior de Herneval lo que lo llevaba a actuar así.

Herneval había pasado un tiempo sin visitar a Francisca para leer sus cuentos, así que cuando se colo en la habitación durante la noche estaba ansioso por leer que cosas nuevas tendría su querida escritora, lo primero que llamó su atención fue un pedazo de papel en el escritorio, con premura lo tomó y...

Eso no era lo que él esperaba, para nada lo era.

Entonces comenzó a revisar minuciosamente la habitación, pero de manera silenciosa pues no quería perturbar los sueños de Francisca. Entonces todo cobro un extraño sentido; arreglos de flores costosos, regalos sin abrir, un vestido medio manchado que colgaba en una esquina de la habitación, había así mismo cuentas de gastos y algunas listas de pendientes para una importante reunión. En un cuaderno había otra lista aún más preocupante.

Cosas para boda (?)

No quiso seguir leyendo, su estómago estaba por vomitar, raro, jamás habia vomitado.

¿Qué hacer? ¿Como impedir ese destino tan terrible para su amada?

Se dio media vuelta, entre las sabanas Francisca daba vueltas entre sueños, su cabello rizo se desparramaba por las almohadas y algunos mechones caían sobre sus mejillas sonrojadas, su respiración acompasada hacia su pecho subir y bajar. En un inicio el enamoramiento de Herneval era todo lleno de cariño, un romance donde veía a Francisca con ojos de encanto, pero ahora que su amada era una mujer había traspasado ese velo y su romance era un tanto... más adulto, pero por supuesto que nunca haría nada que Francisca no hubiese aceptado antes.

Aunque... si se mostraba ante Francisca tal vez...

Era una mala idea, pero, tal vez podría funcionar.

Herneval puso todo su empeño en lucir atractivo, tal vez Francisca no notaria su forma poco humana, y si salía mal siempre podía fingir que era un sueño.

Entre sueños, Francisca bostezaba y se removia, escuchaba ruidos y no podía conciliar el sueño correctamente. Al abrir sus ojos recorrió la habitación con curiosidad, pues parado justamente en el marco de su ventana había una sombra que se echaba sobre ella.

No gritó ni armo escándalo, pues extrañamente sentía que aquel ser ya había estado antes ahí con ella... como si toda su vida hubiesen estado juntos o incluso destinados a verse. Aún así, había un toque de algo irreal en toda la situación, Francisca seguía dormida.

—¿Quién eres?

La sombra se acercó y ella pudo verlo; un ser de suave plumaje y enormes alas la observaba con curiosidad y afecto.

—Soy Herneval, el Principe de los Sustos

—¿Los Sustos?

Francisca se incorporó en su cama, su respiración se había disparado con fuerza ante la incógnita del desconocido.

—Si, los maravillosos relatos de los cuales escribes; sueñas y vives pensando, yo soy el Principe de todas esas tus fantasías.

Francisca se dijo a si misma que aquel sueño definitivamente era el más indescriptible de su vida entera. Se deslizó ligeramente por la cama mientras Herneval se sentaba a su lado, el Principe no perdió el tiempo y estiró su mano para acariciar el rostro de Francisca.

Que sueño tan extraño, pensó, se siente tan real.

—¿Qué haces aquí?—. Cuestionó, aunque no sabía si a él o a ella misma

—Vine a visitarte— Le reveló el principe—. Pero parece que vine en muy mal momento, ¿correcto?

Herneval extendió su mano y señaló a lo largo de la habitación los regalos arrumbados de Francisca.

—Al parecer ya no podré visitarte— Dramatizo suavemente, mientras su mano seguía acariciando el rostro de la joven—. Es una verdadera lastima, cuando tengas un esposo ya no seguirás escribiendo me imagino.

Francisca ladeo su cabeza ligeramente, eso no era lo que ella quería, para nada, aquel ser parecía decirle las cosas de manera sincera.

—¿Tú crees que no?

—No lo creo, lo sé, es una lástima ya que te admiro increíblemente

—¿Tú me admiras?

Francisca se inclinó al frente casi con desesperación, Herneval imito su acción, acortando la distancia entre ambos, con delicadeza comenzó a descender su mano hasta el cabello de la chica.

—Por supuesto que si, he seguido tu carrera desde la infancia.

Bien, mi sueño tiene buen gusto, pensó.

—Creo que tienes mucho talento, y seria una pena si lo desperdicias, ¿no?

La mirada de Francisca viajo suavemente hacia la esquina donde el vestido colgaba fantasmalmente, casi recordandole qué ahí seguía y que tenia un deber.

Francisca se dejó vencer y se inclinó para recargarse en el hombro de Herneval. El joven sintió que las plumas se le erizaban mientras su mano libre abrazaba el cuerpo de Francisca.

—¿Qué solución tienes? ¿Tú eres parte mi subconsciente verdad? Entonces dame una solución.

Herneval, en su papel de guía de sueños fingió pensar, pero en realidad aprovechaba su tiempo abrazando a Francisca, le gustaba eso.

—Si yo fuera tú haría algo errático, que nos les deje ganas de pedirte nada.

Los engranajes en su cabeza comenzaron a ir de un lado a otro, armando poco a poco el rompecabezas... y tenía la solución idónea. Francisca se alejó un poco y observó a Herneval, vaya, que cabeza la suya para imaginarse a aquel Principe.

—Si, lo tengo.

Herneval se levantó de un salto y medio sonrió.

—Bien, ahora te pediré un pago a cambio por mi maravillosa ayuda.

Francisca ladeo la cabeza con curiosidad, ¿un pago? Bien, era su propia consciencia la que lo pedía, ¿que tan malo podría ser?

Francisca se levantó de la cama, muy dispuesta en aceptar, Herneval la copio y le tomó la mano.

—Quiero un beso.

¿Un beso? Francisca titubeo un poco, bajó la mirada y se sonrojó, no es que fuera una mojigata... pero nunca había besado, es más, no lo tenía permitido.

Aún así, no fue difícil convencer a Francisca al final.

—Bien, pero solo uno...

Herneval no esperó a que la joven terminará, al contrario, la tomó por la cintura y se inclinó para robarle un beso.

No sabía muy bien cómo debía sentirse un beso, pero definitivamente era todo lo que habría esperado que sucediera. Su estómago se removió con cosquillas graciosas mientras el extraño la sostenía con fuerza, la sangre se acumuló en sus mejillas llena de vergüenza.

Por parte de Herneval se emocionó más de lo que tenía en mente, la piel de Francisca era increíblemente suave, su cabello olía como a la brisa de verano y su pequeño cuerpo temblaba entre sus brazos. Pero, sabia que no era correcto, así que la obligó a dormir, y en lugar de esperar a que ella hiciese algo para arruinar la fiesta decidió que él tomaría cartas en el asunto.

Francisca no recuerda más nada de aquel sueño, de echo, a la mañana siguiente ni siquiera recordaba nada del sueño, solo tenía una cosa en mente; debía arruinar la fiesta. Sin embargo, no fue necesario que Francisca hiciera nada, al parecer un animal se había colado al terreno durante la noche, había arruinado las mesas y sillas para los invitados, la decoración, se había metido a la cocina y devorado la mayoría de la comida, y encima había liberado algunos animales de los corrales. Su familia tomó aquello como un mal presagio y se decidió que esperarían las propuestas, después de todo, el padre de Francisca ya sabía de alguien disponible pero no entró en detalles.

Francisca no sabría hasta muchísimo tiempo después la realidad.