Actions

Work Header

La danza de la estrella

Summary:

Una joven bailarina que no necesita de una bella voz para seducir a nuestro Fantasma, su danza será suficiente para mostrarle a Erik, la música en su interior.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

La Danza de la Estrella 

Me es difícil precisar el instante en que Cila entro a mi vida o mejor dicho el momento en que yo entre en la suya.

Quizá...

Si, creo que sí…

Fue aquel día lluvioso de junio, cuando varias jovencitas audicionaron para ingresar al conservatorio, una camada más de ratas que movían sus patitas sin ton ni son, aunque estuviesen convencidas delo contrario. Aburrido las observaba desde mi palco sin tener realmente nada mejor que hacer.

Fue entonces que algo llamo mi atención. En el escenario, moviéndose en absoluta discordancia a las demás, bailaba una joven que ante mis ojos dio vida a las notas de Mozart que resonaban en el lugar. Sus pasos eran firmes provistos de una delicadeza por demás cautivadora que contagiaba al resto de su cuerpo.

Fueron minutos eternos aquellos en los que vi reflejadas en su danza la sarta de emociones que la música me provocaba y debo admitir que aquello me gusto. Si, en verdad me fascino la idea de encontrar en aquella mujer a alguien capaz de sentir la música como yo lo hacía.

—Felicitaciones señorita, bienvenida a la Real Academia de las Artes ¿Cuál es su nombre?—pregunto el único tonto que podía considerarse letrado en danza. La chica le miro apenada, el sujeto repitió la pregunta. Yo prestaba atención deseando conocer el nombre de aquella estrella, pero la muchacha continuaba sin pronunciar palabra alguna. Una mujer apareció entonces propinándole un empujón que la sacó de balance.

—Discúlpela señor director, sucede que es muda pero su nombre es Cila...—

—Cila—repetí en mis adentros contemplando indignado como aquella mujer la tomaba del brazo arrastrándola con ella al foyer dela danza.

Empezó así una época de odiosa degradación para aquella dulce niña. Viéndose obligada a bailar toda una sarta de mediocres coreografías que herían su orgullo artístico.

Aunque su gracia ya había logrado llenarla de presentes y augustos pretendientes que se veía forzada a tratar amablemente por mandato de aquella maldita mujer a cuya custodia estaba. Yo la observaba, sintiendo en mi pecho una extraña sensación de furia cada vez que un abonado le besaba la mano con mirada lasciva.

Contra mi costumbre. Me descubrí siguiéndole por los pasillos hasta el camerino en el que terminado su acto y sintiéndose al fin sola, descargaba su alma en llanto. Yo le miraba apenado sintiendo hervir en mi pecho las ansias de consolarla, pero tal idea era siempre reprimida por la eterna maldición de mi existencia.

¿Consolarla?

Imposible, antes se desmayaría, saldría gritando o incluso llegaría a la muerte ante el horror que significaba tenerme cerca. A fin de cuentas, yo era un fantasma.

A tal condición me había confinado y en tal condición debía quedarme, resultaba tan sencillo pensar eso...

Por desgracia los días pasaron volviéndose semanas, las semanas meses y por ende los meses años. Cila, la tierna ninfa de piel canela se apodero de mis pensamientos estableciendo su morada en el calor del corazón que erróneamente yo había creído muerto.

Haciéndolo latir irrefrenablemente cada vez que antes de cada ensayo, cuando el teatro aún estaba solo, daba rienda suelta a su arte, bailando de tal suerte que en pocos segundos se convertía en la dueña del escenario. Sin orquesta, sin cuentas ni ordenes, solo ella y la música en su interior...

Me enamore.

Hoy que todo ha cambiado sé que puedo decir sin mentir, que la amaba desde el primer momento en que la vi, pero tarde dos años en comprenderlo, un mes en aceptarlo y tres segundos en revocarlo. Obligándome a enfrentar mi cuestionable humanidad en el espejo del que involuntariamente solía huir.

Yo era un monstruo, dos décadas de confirmaciones continuas habían bastado para convencerme de ello. Sabía que mis artes y voz eran mi mayor triunfo, pero a pesar de ello ninguna mujer cuerda aceptaría la envoltura de mis cualidades y mi diosa de cabellos de noche no sería la excepción, la chica era muda no ciega, muda

Cila había perdido el habla cuando niña en una tragedia que su tutora jamás puntualizaba. Poco después sus padres habían desaparecido y la niña había quedado al cuidado de la portera del edifico en que vivían.

Custodia que cedió al primer familiar que se presentó para reclamarla, en este caso su tía política esposa del hermano muerto de su padre. Para entonces Cila ya contaba con quince años. Siguiendo los negocios que atañían a su nueva tutora viajaron de América a Europa y tras descubrir la vocación de la chica para la danza, la mujer decidió hacerla ingresar en el conservatorio.

Sí, esa era más o menos la historia que se había difundido entre los bastidores de la Opera provocando que mirasen a la joven con cierta compasión. Desde luego en mi caso su condición no hizo más que aumentar la admiración que le profesaba.

Tan joven, tan dulcemente tierna y sin embargo tan firme. Enfrentando cara a cara a los demonios de su destino aun cuando después de cada batalla se rindiese a sí misma ocultándose del mundo.

Cila, mi querida Cila.

Recuerdo las nieblas de aquella mañana de octubre, en que el destino me alentó a despejar las ideas con una caminata por el parque. Pocas han sido las ocasiones en que me he sentido tan tranquilo como aquel día en que la hallé, sentada en una de las bancas alimentando a los cisnes.

Vestida de blanco, lucia tan bella que me descubrí comparándola con las aves que comían de su mano, oh maldito el instante en que sentí envidia de aquel cisne que gozaba de sus caricias.

Enfadado me lleve una mano a la sien tratando de menguar la punzada recién aparecida, ella lo notó. Abandonando la banca se acercó a mí con mirada preocupada.

Mi corazón comenzó a agitarse de tal manera que temí lograse escuchar sus latidos, pero la joven no prestaba atención al batir de aquel tamborcillo. Por el contrario, continuaba observándome con aquella mirada que parecía inquirir sin palabras la pregunta usual de aquellos casos.

"¿Le sucede algo?"

Si, pude leer en su mirada la frustración de no poder pronunciar palabras tan simples. Por lo que en un intento de hacerla sentir mejor se me ocurrió contestar a su muda cuestión.

—No se preocupe señorita no me ocurre nada.

Respondí afablemente, pero ella continuó mirándome de la misma manera. De momento me encontré atrapado en una mezcla de temor e indignación que me inmovilizaron cuando la joven coloco su índice en mi mejilla y ejerció una suave presión.

 Lógico. Desde el primer momento había confundido mi antifaz con una especie de venda, una amarga sonrisa se dibujó en mis labios.

—Ah, tampoco debe preocuparse por eso señorita, créame no es de cuidado.

Aseguré, esta vez mas apagadamente. Como había pensado, el primer foco de atención hacia mi persona era siempre aquel accesorio. En un segundo la imagine descubriendo lo que el antifaz guardaba y la sola idea de su rostro lleno de espanto bastó para que mi primer impulso fuera alejarme.

Pero la joven me detuvo sin siquiera darse cuenta, pues con infinita delicadeza delineo el contorno del antifaz y retiro su mano al tiempo que me obsequiaba una bella sonrisa. Gesto que basto para mantenerme a su lado.

La punzada había desaparecido. Juzgando entonces que sin siquiera planearlo mi primer movimiento estaba hecho me permití despedirme depositando un beso en su mano. Para mi infinita sorpresa mi gesto decoró con carmín sus hermosas mejillas. Así que temiendo descubrir ante ella mi evidente alegría me retire rápidamente.

Cila...

Felicidad. No puedo definirlo de otra forma, simplemente: felicidad.

Tal es el sentimiento que su sola presencia provoca en mi persona. Noches enteras de sonrisas en mi rostro pensando tan solo en ella. En el sigilo de sus pasos aquella noche en que me descubrió recorriendo mis dominios.

Como olvidar aquella mirada de complicidad que me lanzo colocando su índice sobre los labios para garantizarme su silencio. Sin saber que con ello alimentaba la flamita de mi esperanza al notar que por lo menos no le temía al fantasma.

Con sinceridad nunca supe si me reconoció como el hombre del parque. Aunque el destino se ocupó de reunirnos constantemente, en fugaces encuentros que solo duraban instantes que, yo consideraba eternos.

Un día mi sueño se terminó. La doncella de ojos de obsidiana se marchó con su tutora dejando en completo misterio su destino.

Fueron días eternos para los administradores, aquellos en que tuvieron que tolerar mi mal genio consecuencia directa de mi amargura y tristeza.

Finalmente, desesperado, encerrado en la profundidad de mi ansiedad, decidí buscarla. Puse en orden mis asuntos y por primera vez en varios años abandoné mis dominios con la convicción de no retornar sin saber de ella.

Viajé bastante. En pos de mi ideal, de mi esperanza, de mi amor.

Pero también, me instruí. Aprendiendo artes que jamás hubiese desarrollado de no ser por aquel viaje. A la vez perfeccione mis ya bien ganadas cualidades. Pero de ella... no supe nada. Ni una palabra, una pista, un lugar, nada. Tras una década de búsqueda. Me resigne.

Volví al refugio eterno que convertí en mi reino. Reestablecí mi orden, afiancé mi voluntad y como un perfecto idiota me volví a enamorar.

Esta vez de una jovencita sumisa, maleable e indefensa, con una voz de ángel que solo debía pulirse. Me deje llevar, le entregue mi alma a cambio de la suya ofreciéndole todo lo que yo era y cuanto poseía. Sin embargo, justo en el instante en que por fin la sentí mía, apareció un intruso. Que me arrebato su débil voluntad dejándome en agonía.

Me la quitó, perdí de nuevo. Los daños a mí de por si maltratada autoestima, fueron de una magnitud inimaginable. Deseé más que nunca mi muerte y sin embargo no hice nada por buscarla.

Expulsado de mi palacio, vagué por los barrios de Paris como lo hice en otras ciudades mientras viajaba, pensando, decidiendo, sopesando...

Hay en el jardín de lo que ahora es mi morada un estanque con cuatro lirios. Rosa, blanco, azul y amarillo son los colores de sus flores y en cada uno hay un recuerdo.

Rosas eran las nubes aquel atardecer de mayo cuando aburrido paseaba por el cementerio, extrañando…

Si, he de admitirlo, extrañando mi antiguo poder, mi vieja gloria. Caminando entre las tumbas me detuve frente a una recién ocupada, el nombre de una mujer se leía en la cruz de madera único distintivo de aquel montículo de tierra.

—Al menos hubo quien la enterrara señora.

Observé con desgano, acostumbrado ya a solo hablar con los muertos en las tumbas. Di media vuelta para continuar mi paseo y por un instante creí que mi corazón se había detenido.

Frente a mí. Con un ramo de rosas blancas en los brazos, se hallaba, la diosa de mis desvelos. Los años habían madurado la belleza de su persona. La que una vez fuera flor silvestre regresaba como rosa de castilla.

Aunque en realidad nada había cambiado. Me recordó.

Lo supe en el instante en que su sonrisa me lleno de gozo, dejando el ramo sobre la tumba se acercó a mí y me tendió su mano en cuyo dorso deposite un respetuoso beso.

Cila… querida Cila.

A partir de entonces no logre separarme de ella. Relató sus viajes con coreografías que por alguna razón yo entendía del todo. Su tutora había muerto víctima de enfermedad y en aquellos días la joven se hallaba sola en una casita a las afueras de la ciudad.

La visite diariamente, cada día más enamorado de aquella sirena convertida en humano. Capaz de expresar sin una palabra todo cuanto deseaba, al menos para mi así era. Para mí, bastaba una mirada.

Cila enfermó una noche de luna llena, preocupado la mire toser en su lecho mientras Vera la joven a su servicio, me obligaba a abandonar su habitación y su morada.

¿La razón?

Su señora no me quería cerca. Fueron tres las semanas de agonía que pase frente a su puerta, el medico la visitaba diariamente. Su condición no mejoraba.

Una noche, Vera me hizo pasar, desesperado corrí escaleras arriba. Entre a su habitación, hallándola ahí, entre sus almohadones, los ojos cerrados y las manos sobre el pecho.

Me arrodille a su lado, tome su mano más fría de lo que jamás la había sentido e implore recitando una letanía amorosa que nunca he vuelto a recordar completa...

Blanco era el vestido y las flores que engalanaban su cuerpo aquel día en que frente al altar de La Madeleine me despedí de Cila y de su tormento.

Cuan hermosa lucia entonces entre las flores y los cirios, cuanto recuerdo aquel momento. Vera lloraba, yo no pude hacerlo, p..

.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.

—Rosa, blanco... te faltan dos colores y ¿Quién es Cila?

—¡Orfeo! Te he dicho miles de veces que no le molestes mientras trabaja, lo lamento señor.

Se disculpo una mujer mientras tomaba la mano del pequeño que había interrumpido su escritura, el hombre suspiró.

—Oh no te preocupes, realmente no hay problema.

Sonrió cargando al niño para sentarlo en sus piernas, la mujer asintió con la cabeza abandonando el estudio

—Ahora joven, usted y yo terminaremos esto.

Pronuncio con fingida seriedad, el niño levanto el pecho colocando sus manitas sobre sus rodillas como diciendo "me portare bien" el hombre sonrió.

—Bien.

Pronuncio al tiempo que convertía la ultima "p" en una greca reiniciando su escritura en punto y aparte.

.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.

Azules eran las aguas del estanque que reflejaban el cielo, la mañana en que dios me concedió un deseo. Pues con el primer rayo de sol en el horizonte, había nacido mi heredero. Su madre le llamo Orfeo. Mi regocijo fue eterno.

Inquieto, curioso e hiperactivo, el niño ha ido creciendo sin que yo logre definir de quien ha sacado lo impulsivo.

.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.

—Mamá dice que me parezco a ti.

—Orfeo ¿En qué quedamos?

—lo siento.

.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.

Si bien mi carácter es voluble tirado a lo explosivo no considero ser impulsivo. En cuanto a mi esposa… Bueno me es difícil definirlo, diligente, tranquila, sutil e ingeniosa. Todo eso es ella, sin embargo, en el fondo de su bella persona, se halla un carácter firme, decidido e imperativo que se transparenta en su sonrisa.

.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.

—Si, no sé cómo puede dar tanto miedo con una sonrisa. ¡Ups! Lo siento ya me estaré calladito

—Yo lo dudo, un momento, pasan de las diez ¿No deberías estar ya dormido?

El niño puso cara de inocente, pero en aquel instante una mano despeino sus cabellos, cosa que le hizo voltear ya con mirada suplicante pues sabia a quien encontraría. Una mujer que sonreía mientras descansaba su otra mano sobre su vientre abultado.

—Emmm papi ¿Aún no me dices quien es Cila?

Pronuncio rápidamente el niño para evitar aquella sonrisa que le regañaba aún más que cualquier palabra

—Bueno Cila es…

En aquel instante su boca se vio sellada por la palma de la mujer que le miro con ternura mientras negaba lentamente con la cabeza.

Orfeo no pareció entender aquello, pero librado de aquel modo de la reprimenda de su madre, se escabullo rápidamente del lugar, dejándolos solos.

—¿No estas cansada? Faltan dos meses deberías cuidarte, estaba escribiendo... no noté la hora… yo...

Pero la mujer a su lado no le observaba ya, pues se hallaba enfrascada en la lectura del papel sobre la mesa. Cuando hubo terminado le miro entre severa y enternecida.

Él no pudo más que bajar la mirada desviándola hacia un costado. La mujer le quito la pluma entonces para comenzar a escribir en el mismo papel.

.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.

Amarillas eran las flores que decoraban la mesa donde el día de la boda colocaron las actas, "Erik" escribió mi amado mientras temblaba su mano. Yo no temía, era todo tan bello que hubiese vendido mi alma solo por vivirlo.

Llego mi turno, los labios del sacerdote pronunciaron "Cila" yo negué firmando rápidamente el acta para mostrarle lo que había escrito. "Citlalli" pronunciaron a coro y no sin esfuerzo mi esposo y el ministro. Yo me limite a sonreír afirmando con la cabeza.

Cila desapareció aquel día para entregar a Citlalli la ilusión de su vida. Un marido maravilloso, genial e inmejorable, víctima de la tirana sociedad tan solo por su apariencia. Estúpidos, no sabían lo que perdían.

Grande fue mi suerte al compartir con él mi amor por la música y solo ahora comprendo cual fue nuestro camino…

.—.—.—.—.—.—.—..—.—.—.—..—.—.—.

La mujer suspiro acariciando su vientre

.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.

Finalmente era amarillo el lirio que mi esposo planto en nuestro estanque la tarde en que le informe que sería padre por segunda vez…

.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.—.

Erik le quito entonces la pluma dejándola sobre la mesa, acto seguido apago la vela para tomar dela mano a su esposa y guiarla hasta la habitación en cuyo lecho la recostó.

—Descansa mi amor.

Susurro depositando un beso en sus labios tras lo cual se dispuso a marcharse.

—Erik.

Una voz jamás antes escuchada pronuncio su nombre con dulzura. Asombrado observo a la mujer que en su lecho sonreía, acunando su vientre.

—Cuando mi madre se desangraba al perder a mi hermanito, hice un voto de silencio. “Has que se quede conmigo, aunque el niño se marche y nunca volveré a hablar”. Funcionó, pero mi madre me había escuchado y no me lo perdonó. Siempre creí que por ello no regresaron, que dejarme fue mi castigo. Voy a darle un hermano a nuestro hijo, creo que la rueda ha girado. Me veo aquí, en la posición que ella tuvo y no hay nada en este mundo por lo que yo consideraría a Orfeo un monstruo, mucho menos si sus actos y palabras fuesen el resultado del amor infantil que siente por su madre.

Pronunció con tristeza, el hombre se acercó a abrazarla y notó que la tela de su camisa se mojaba.

—¿Tú qué opinas amor mío?

—Creo que Dios nunca tomo tu voto pero nadie supo entender la tristeza que encerraste con tu silencio, me alegra saber que finalmente te has liberado.

Pronunció quedamente acunándola en sus brazos, ella se secó las lagrimas con la sabana y se aferró a su abrazo, podía sentir su corazón resonando en su espalda y sabía que dentro de ella había dos latidos que le respondían.

—Lo lamento, supongo que nunca tuve nada realmente tan importante que decir, como para romper aquel voto, pero hoy al leer ese bonito relato de lo nuestro, he hallado algo que lo vale y por mucho: Erik... te amo.

Notes:

Estoy segura de que la idea de shipear a Erik con una bailarina viene del final de la versión del Fantasma con David Staller. Me gusto darle este giro a la historia, porque creo que la sensibilidad de Erik es por la música y las artes relacionadas con la misma, el canto y la danza. El canon lo lleva por la triste y dulce niña de la hermosa voz en quien ve a una compañera no solo sentimental si no, artística, alguien con quien conformar un dueto que les lleve al éxtasis de la música.
Pero también lo siento poseedor de la sensibilidad para disfrutar de la magia de la danza y llegar a ese mismo éxtasis. Hacer a la muchacha muda va con la intención de eliminar del todo esa variante. Erik no se enamora de su voz, ni cantada ni escuchada, su entendimiento es la apreciación, la atención y la comunión.
El nombre de Citlalli significa estrella, es prehispánico y proviene de México igual que el personaje, me divertí pensando en lo complicado que deba ser pronunciarlo para un francés y por eso lo deje como Cila.
El final es todo un cliché jajajajaja pero no importa me sigue gustando, aunque de su versión original a esta, le he hecho un par de agregados que en su momento no supe exponer y lo dejaban corto pero que ahora lo siento mejor plasmado.