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Miradas

Summary:

Ban se dio cuenta de que esté demonio jamás había recibido un abrazo. Mientras meliodas se preguntaba que clase de mirada era esa, el zorro de la avaricia solo pensaba en robar esa primera vez en algo del Príncipe Demonio.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Habían pasado unas cuantas semanas desde que Meliodas había llegado al palacio de Liones. El rey Bartra le había dado la bienvenida y nada más que un nombramiento rápido y oficial. Vio a Elizabeth, pero ella no lo recordaba. Merlin dijo que había sido castigada por no haberlo matado. No le alegró, pero tampoco le importó. Jamás pudo terminar de amarla por completo; solo llevaban unos meses de conocerse cuando ella lo traicionó: prefirió a su raza antes que a él. Él sí hubiera dejado todo por ella.

Pero ¿qué importaba? Según parece, Zeldris la mató en venganza. (No sabía cómo sentirse). Y él… bueno, ya pasaron tres mil años desde que vio a la raza demoníaca. Ya no tendría sentido alguno matar a la mujer que lo traicionó. ¿De qué serviría ahora, si ni siquiera lo recuerda? Además, matar a la tercera princesa de Liones no lo dejaría bien parado. Merlin tenía razón: no tenía a nadie, además de ella. No confiaba en los demás, a pesar de que ellos ya le estaban dando el beneficio de la duda. No eran mejores amigos, pero ya lo dejaban sentarse con ellos. Menos el Zorro.

Ese hombre insistía en irse cada que Meliodas llegaba. Le intrigaba. Todos parecían odiar a los demonios solo porque “así siempre ha sido”, pero él parecía tener algo personal. La gente tendía a odiar a los demonios por ser los villanos de la historia contada por las diosas. Claro que esa solo era la versión de esa raza; nunca se detuvieron a preguntar quién había iniciado la guerra. (No fueron ellos).

Fue por eso que, como buen demonio, fue a visitar al Zorro. No era tonto: sabía el efecto que tenía en las personas. Incluso cuando todavía era un joven que no tenía la edad para participar en la corte de su padre —sí, los demonios tenían eso— tanto hombres como mujeres se le acercaban para pedir un poco de su atención. Dejaron de hacerlo cuando se hizo la fama de que asesinaba a todos sus pretendientes (a las mujeres solo las hacía llorar, lo cual era peor para ellas). Aun así, seguían mirándolo de lejos: lo suficientemente cerca para ver si tenían la oportunidad de obtener una simple y vacía mirada de él. Todos lo habrían tocado, si no fuera porque era el más sádico de los demonios y el hijo del Rey. Su padre no lo amaba, pero no hubiera permitido que su mejor soldado y su heredero fueran manchados por las sucias manos de plebeyos corrientes. (Tal vez por eso dejó que lo sellaran, para que no se quedara con Elizabeth).

Sabía que el corazón del Zorro dio un vuelco cuando le sonrió. Lo escuchó, y por eso sonrió más. Quería ver qué efecto tenía en ese hombre. No porque pudiera amarlo —nunca pudo entender ese sentimiento, ni siquiera con Elizabeth—, sino porque quería saber hasta dónde podría molestar al Zorro. (Ni siquiera sabía su nombre).

Llegó a una puerta. Era suya… (no lo es). Sabía que el Zorro tendía a entrar a su habitación para buscar algo con qué culparlo. (No tenía nada). Y sabía que estaba dentro: era silencioso y muy habilidoso. Un buen ladrón. Así que abrió la puerta.

 

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Ban sabía que solo era cuestión de tiempo antes de que ese demonio los traicionara. (Tú y yo sabemos que eso es solo un pretexto 👀).
Se detuvo en lo único que había en la habitación: ropa. Merlin se la había dado, pero parecía que el demonio no quería usarla. La levantó con una mano y la tocó ligeramente con los pulgares. Era suave y ligera, pero parecía quedarle bien al dueño, quien no parecía estar de acuerdo, porque tenía una semana que Merlin le había dado la ropa y aun así se negaba a usarla. Era increíble lo malagradecido que podía ser esta horrible criatura. Merlin había adaptado personalmente estas prendas para todos, y el demonio se negaba a usar lo que tan amablemente le habían regalado.

No podía terminar de entender cómo era posible que los demás miembros del equipo ya estuvieran empezando a confiar en él. De Diana no lo dudaba, pero King —la maldita hada gorda— ya lo dejaba hablar con la niña gigante sin ponerse enfrente de ella. Incluso Escanor, en su forma diurna, ya no mostraba el resentimiento que demostró al inicio, cuando el rubio se acercaba a Merlin. En su forma nocturna ya ni siquiera temblaba cuando lo veía.

No podía entender por qué estaban confiando en él. Claro, el tipo no había hecho nada malo desde que llegó, pero tampoco nada bueno. Sabía que solo era cuestión de tiempo antes de que ese maldito engendro los apuñalara y se fuera a causar una nueva guerra… o algo así. O incluso que robara sus almas y las comiera en un horrible ritual malévolo. Claro que eso solo era la imaginación de Ban, ya que Meliodas no había comido una sola alma desde que Elizabeth le había enseñado que la comida humana era mucho mejor que un alma con sabor a vapor. Pero eso no era lo importante, ya que Ban no sabía eso. El problema era que, desde que llegó aquel hombre mediano, tenía la mala costumbre de perderse en sus pensamientos. Por eso, extrañamente para él —y cualquiera que lo conociera—, no se percató de la entrada del Príncipe Demonio a su habitación.

—¿Se te perdió algo? —una voz plana, pero con un ligero temblor de ira, resonó con eco por toda la habitación.

Ban no era tonto: sabía que la había cagado. Pero ya no podía hacer nada, y mentir descaradamente solo iba a dejarlo en vergüenza. Lamentablemente, para cualquiera que no lo conozca, Ban no tiene vergüenza.
Con una sonrisa en el rostro, el hombre más alto se volteó con las manos aún en la ropa ajena.

—Capitán, qué sorpresa.
El hombre más bajo volteó los ojos, algo impropio de su parte, y de lo cual, si su padre lo viera, se los arrancaría de la cara con un tenedor. (Y eso sería misericordioso de su parte).

—¿Qué haces en mis aposentos, Zorro? —había algo en la forma en que ese demonio le hablaba que lo hacía estremecer. No sabía qué era… una sensación extraña que no había sentido desde…

Rápidamente sacudió la cabeza internamente. ¿Cómo se atrevía a comparar a ese horrible ser con su hermosa mujer?

—Solo paseaba por el lugar, capitán, y sin querer llegué aquí.
Meliodas odiaba las mentiras, y sabía que este Zorro estúpido solo lo estaba molestando.

—Lárgate de mi habitación o…
—¿O qué? —interrumpió Ban—. ¿Me vas a acusar? ¿Quién le creería a un engendro como tú?

Meliodas mantuvo la boca cerrada mientras la sonrisa de Ban crecía, creyendo que había ganado.

—Merlin —dijo sin más.
Ban abrió los ojos. Era verdad. Merlin se había portado “complaciente” —dentro de los estándares de la bruja— con este demonio. Y sabía que nunca le creían a él, principalmente.

—Si te largas y no vuelves a entrar a este lugar, no diré nada.
Ban sintió un extraño sentimiento florecer en su interior: le agradaba que el demonio no lo delatara, y eso lo hacía sentir bien.

—¿En serio, capitán? Muchas gracias.
En un movimiento rápido, Ban se lanzó hacia adelante para atrapar a Meliodas. Lamentablemente, lo único que pudo agarrar no fue más que aire. De la nada, un golpe lo lanzó hacia atrás y se estampó contra la pared. El demonio ya estaba del otro lado en cuestión de segundos. Interesante…

Ban se limpió la sangre de la boca mientras humo salía de las heridas ya curadas de su espalda. Solo se enderezó lentamente y, como si nada hubiera pasado, sonrió.

—Vamos, capitán. Solo es un abrazo.
Una sonrisa ladina apareció en su rostro mientras metía las manos en los bolsillos. Vio cómo el hombre más bajo fruncía el ceño, sin entender realmente a qué se refería.

—¿Por qué debería dejar que me aplastes hasta la muerte, zorro tonto?

Eso lo sorprendió. No sabía que eso era lo que el capitán creía. Tal vez era demasiado orgulloso para dejar que alguien se le acercara… o nadie nunca lo había abrazado. Qué divertido. Eso era lo que estaba buscando: algo con lo cual sacar el verdadero yo de ese demonio, incluso si era algo tan pequeño como un simple abrazo.

Ban se acercó a Meliodas con una sonrisa burlona. Si nadie había abrazado a ese demonio nunca, significaba que él podía robar esa primera vez en algo. Y, sin duda, sacar algo de eso.

El demonio se hacía hacia atrás a cada paso que daba; parecía que, en cualquier momento, se iba a fundir con la pared si no se detenía. No entendía por qué el hombre caminaba hacia él.

Ban, por otro lado, sabía que quería ver la reacción de esa criatura ante un toque cariñoso. Le divertía el simple hecho de imaginar su reacción o la forma en la que sus instintos se liberarían para defenderse. ¿Cómo sería?

Sin pensarlo mucho, metió las manos por debajo de las axilas de Meliodas y lo levantó, envolviéndolo en un abrazo cálido. El demonio se tensó: no sabía qué iba a pasar. ¿Lo mataría? Tal vez. ¿Lo apretaría hasta la muerte? Posiblemente.
Eso no pasó. En cambio, y para sorpresa del mismo Meliodas, su cuerpo se relajó poco a poco… hasta que el silencio de la habitación se vio interrumpido por… ¿un ronroneo?

Ban no podía creer lo que escuchaba. Bajó la mirada y vio al demonio con los ojos cerrados; casi parecía inofensivo. Y era de él de donde salían los ronroneos. ¿Quién diría que el gran y temido Príncipe Demonio no era más que un gatote disfrazado?

Meliodas pareció darse cuenta de que lo observaban. Abrió los ojos y, al ver la sonrisa ladina del Zorro, se percató de su propio ronroneo.
Lo que pasó a continuación es algo que Ban jamás olvidará: los ojos negros del capitán se abrieron en algo parecido a la sorpresa y se sonrojó tanto que podría competir con una manzana roja. Fue divertido. Y mientras Meliodas escapaba por la ventana de la habitación, Ban solo pudo pensar:

Lo quiero.

Su avaricia nunca podía ser saciada; ese era su pecado. Y ahora mismo estaba en busca de un nuevo objetivo:

El capitán.

Notes:

Uff que pesado es esto apenas y tuve tiempo de existir. Sin duda alguna este capítulo tardo lo que creo fueron meses para ser terminado.
Pero bueno espero que a quien sea que esté leyendo esto que fue escrito de manera no continúa durante mucho tiempo le guste ☺️
Gracias.