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—Doctor Mendoza —Mario trató de llamar la atención del presidente de Ecomoda, quien lo ignoraba en su oficina mientras tenía una conversación por teléfono—. Armando, ¡hey! —insistió Mario.
Armando colgó el teléfono, irritado.
—¡¿Qué quiere?! ¿Qué no ve que estoy ocupado? —alzó la voz sin razón, como ya era usual.
—Espero que no esté demasiado ocupado —sonrió Mario burlón—, necesito que venga a mi oficina. El asunto… es algo urgente.
Armando respiró profundo y masajeó sus sienes. Le ordenó a su secretaria Beatriz que se encargara de las llamadas mientras él estuviera ausente. Luego, siguió a Mario hasta su oficina. Allí estaba Sandra, limándose las uñas. La larguísima secretaria se asustó al ver a los dos hombres entrar, y por accidente empujó al suelo los papeles sobre su escritorio.
—Sandra… —empezó Mario en tono dulce.
—¡Lo siento, doctor! Ya lo recojo —Sandra se apresuró a organizar el desastre.
—No, Sandra. Necesito que me hagas un favor. Mira —Mario sacó un pedazo de papel del bolsillo de su chaqueta—, necesito que bajes a la bodega y encuentres un folder azul con esta etiqueta y me lo traigas. No se le olvide y no regrese hasta que lo haya encontrado, ¿bueno?
—Ay, pero —Sandra estaba por refunfuñar hasta que vio la mirada asesina de Armando—... Sí señor, voy enseguida.
Con la secretaria fuera de la oficina, Mario aseguró la puerta desde adentro. El silencio era tensionante. Armando se ponía más nervioso a cada segundo.
—Bueno, ¿qué es eso tan urgente que teníamos que hablar? —Armando se mordió las uñas.
Mario se inclinó hacia él y susurró.
—¿Cómo va el plan para conquistar a Betty? ¿Algún avance?
—Este —Armando levantó las cejas, incrédulo—... ¡usted es un estúpido! ¿No se da cuenta de todas las responsabilidades que tengo en esta empresa? ¿Me hizo interrumpir mi trabajo sólo por esta bobada?
—Su mayor responsabilidad con la empresa es llevar una buena relación con Betty, y eso usted lo sabe muy bien —Mario posó su dedo en la frentota de Armando—. Si la descuida, todo caerá. No importa lo mucho que se esfuerce, la empresa legalmente ya no es suya.
—Eso es… verdad —Armando se llevó las manos a la cabeza—. No sé qué hacer, para ser honesto. No he logrado acercarme a ella. Mi cuerpo se resiste con todas sus fuerzas. Es que, ¿por qué tiene que ser tan… fea? No me nace hacer nada con ella. Es como Misión Imposible.
—Oh, por favor. Debería ser la cosa más fácil del mundo. Precisamente porque es fea, no debería tener que esforzarse tanto. Veamos, usted cuando se quiere acercar a una mujer bonita, ¿qué hace?
—Le digo lo que me gusta de ella. La invito a un lugar elegante donde podamos charlar tranquilos, nos tomamos unas copas y luego… ¡bum! jajajaja —Armando sonrió con picardía—. El problema es que no me gusta nada de Betty, ni tampoco la puedo llevar a sitios públicos.
—Oiga, ¿y usted siempre es totalmente honesto con las mujeres? —Mario se rascó la oreja—. ¿Nunca dijo alguna mentirita blanca para hacer que la otra se sintiera más “especial”?
—Pues… sí. Supongo que sí. El problema es que desde que estoy con Marcela, siento que mi imaginación se ha limitado mucho.
—Eso es porque no la pone en práctica. La monogamia mata la creatividad —aseguró Mario—. El cerebro es como un músculo que toca ejercitar porque si no se atrofia… o algo así leí en una revista. Sin embargo, veo que aún tiene buena imaginación para inventarle excusas a Marce.
—Creo que no se trata sólo de ser buen mentiroso o no —reflexionó Armando—. También están mis sentimientos. Sé que un pobre diablo como usted no sabe lo que eso significa. Pero no puedo forzar una relación con alguien por quien no siento ni lástima.
—Me duelen sus comentarios, doctor —Mario se llevó la mano al pecho—. Claro que tengo sentimientos, sólo no entiendo eso que llaman “romance” o “enamoramiento”. Yo solía creer que todas las relaciones estaban basadas en la actuación. Que las muestras de afecto y los detallitos de novios no eran más que normas de cortesía, procedimientos burocráticos para obtener sexo. Si le soy honesto, nunca he sentido nada por una mujer semejante a lo que muestran en las películas de amor. Y aun así, eso no me ha detenido para conseguir lo que quiero. Es sólo una cuestión de mentalidad. Y para llegar a ello, voy a tener que enseñarle otra forma de ver el mundo.
—Bueno —Armando se cruzó de brazos—, ¿cómo puedo volverme tan frío como usted? Enséñeme. No tengo otra opción.
—Tendremos que empezar por algo de terapia de shock. ¿Qué podría ser peor que besar a Betty?
—La verdad es que no se me ocurre nada —Armando hizo una mueca de desagrado.
Mario se acercó a Armando y tomó su rostro entre sus manos. Lentamente acercó sus labios a los del presidente.
—¡Oiga, oiga, oiga! —Armando apartó a Mario de forma algo brusca—. ¿Qué pasó ahí?
—Doctor —Mario rió en voz baja—... estamos practicando. Preparándolo para lo peor. Le aseguró que después de esto, conquistar a Betty y recuperar la empresa será pan comido. Es por un bien mayor.
—No estoy tan seguro de esto, Calderón—Armando se sonrojó.
—Entonces le aconsejo que mantenga los ojos cerrados. O… lo único otro que se me ocurre es cancelar el matrimonio con Marcela para afirmar su credibilidad ante Betty.
—¡No! ¡Todo menos eso! No pienso cancelar la boda. No puedo.
—Entonces, ¿se va a relajar?
—Sí… —Armando cerró los ojos y frunció el ceño, resignado.
Mario volvió a acercarse y besó a Armando en los labios. Armando tensó los músculos de su mandíbula por instinto, pero luego de unos segundos decidió devolver el beso. Dando el siguiente paso, Mario buscó con su lengua entrar a la boca de Armando y éste se lo permitió. Al sentir sus lenguas en contacto, Armando se sintió abrumado y apartó el rostro un momento para respirar.
—Mantenga los ojos cerrados, doctor —le recordó Mario.
—Sí, claro.
Armando reunió fuerzas y se dejó besar de nuevo. Estuvieron un rato sintiendo sus bocas con el mismo ímpetu que tendría una pareja real enamorada.
—¿Sí ve? No es tan difícil —lo felicitó Mario—. Pero hay un problema: ¿se va a quedar así de tieso cuando Betty lo esté besando? Va a creer que le dio la chiripiorca. Intente mover las manos esta vez.
—Creo… que fue suficiente por hoy. Puedo hacer eso yo mismo —argumentó Armando.
—Armando, deje le advierto algo. Tiene que aprender a tratar a Betty con el mismo nivel de seriedad y “actitud de servicio” que le daría a una supermodelo. Las mujeres mueren por atención y nunca están satisfechas, ni siquiera las feas. Si no hace que Betty quede queriendo más y más de usted, será el fin para todos.
—Puedo hacerlo —Armando se llenó de determinación—. Déjeme demonstrárselo.
Armando volvió a besar a Mario, esta vez con más ardor incluso del que en su vida demostró besándose con Marcela. Puso sus manos en las caderas del vicepresidente comercial y este se sentó en su propio escritorio para poder rodear el cuerpo de Armando con sus piernas. Armando empezó a mover sus manos hacia arriba, acariciando el abdomen y torso de Mario. Por dentro sentía como si su cerebro hubiera perdido el control de su cuerpo y lo gobernara algo menos racional, un impulso más primitivo y poderoso que no le permitía detenerse. Armando movió sus labios hacia el cuello de Mario y continuó besándolo ahí. De la sorpresa, Mario dejó escapar un leve gemido. Sin saber qué hacer, Mario empezó a mirar alrededor y algo lo sobresaltó.
—Doctor —susurró, pero Armando no se detenía —... ¡Doctor! —Mario lo empujó con delicadeza—. Creo que vi pasar a alguien frente a la oficina justo ahora.
Armando despertó de su trance y pegó un salto hacia atrás, asustado.
—No, no, no —murmuró Armando— Esto no puede ser bueno.
Armando se acercó con sigilo a la puerta y tras esperar unos segundos la abrió para ver si había gente en el pasillo. Justo al abrirla, Sandra, quien estaba apoyada en la puerta, se fue de bruces contra el presidente y chocó con su pecho. Toda su cara estaba roja y gotas de sudor resbalaban por su frente.
—Em… —Sandra intentó decir algo, pero se quedó en blanco.
—¡Sandra! ¿qué está haciendo aquí? —Mario se levantó—. Digo… ¿hizo lo que le encargué?
—Lo siento, doctor, de verdad —se le estaban llenando los ojos de lágrimas—. Pregunté por todos lados y nadie había visto ese folder. Si quiere…
Mario la interrumpió con un gesto. Sandra temblaba, esperando un inminente regaño, pero en vez de eso, él solo volvió a su sonrisa coqueta característica.
—Está bien. Fue un error mío. Olvida eso. ¿Por qué no mejor bajas a la recepción y le preguntas a Aura María si han llegado los proveedores?
—Cla-claro, doctor. Con permiso —Sandra se fue corriendo, no sin tropezar con todo lo que tuviera enfrente.
Armando volvió a cerrar la puerta. Estaba iracundo.
—¡MALDITA SEA, CALDERÓN! —gritó— ¿Cómo nos vamos a librar de esto ahora?
—Primero que nada, silencio —Mario intentó apaciguarlo—. La jirafona insípida podría seguir espiando en este momento. Segundo que nada, calma. No sabemos con certeza qué escuchó. No pudo haber visto mucho a través de la persiana. Evitemos escalar las cosas.
—¡¿Calma?! ¿Cómo me voy a calmar? Si ella sabe algo, en este momento le estará llevando el chisme al cuartel. Y ellas lo esparcirán, como un virus, a todo el país. Si llegan a creer que nosotros somos… que somos un par de… “Hugos”, entonces adiós a mi reputación, adiós a mi matrimonio y adiós a Betty y a mi empresa.
—Pero nosotros sabemos que no es verdad. Vamos, Armando, ¿cree que alguien llegaría a creérselo en serio? ¡Es absurdo, hombre! Nada va a pasar, se lo aseguro.
Armando rechinaba los dientes de la rabia y la ansiedad. Parecía una olla a presión a punto de estallar.
—Puedo arreglarlo —aseguró Mario, poniéndose una mano en el corazón—. Ya sé cómo: un pequeño “escándalo”. Le conseguiré una cita con una modelo esta noche, y esta vez dejaremos que Marcela se entere. Así distraeremos a todos.
—¿Está loco? Si Marcela me pilla con otra mujer, puede que mañana amanezca sin pellejo.
—¿Qué prefiere? ¿Una peleita pre-marital y dos semanas de dormir en el sofá o que se acabe la relación para siempre? Usted conoce a Marcela mejor que nadie, sabe que le perdonará una infidelidad siempre y cuando sea con una mujer bonita. En cuanto a Betty… le puede echar el cuento de “me gustan muchas, pero mi corazón es solo tuyo”. Se lo creerá sin problema.
—Usted es el diablo, Calderón, el diablo —Armando sacudió la cabeza y se dirigió a la puerta—. Volveré a mi oficina a trabajar.
Armando se retiró sin más y Mario se quedó en su oficina riéndose sólo, pensando en la mirada deseosa de Armando. Una mirada que ocultaba un deseo que jamás confesaría.
