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Los recuerdos de Natalia son vagos y plagados de agujeros. Estaba parada en la sala de emergencias cuando un hombre que ella no conocía le saltó encima y la mordió o la apuñaló. Recuerda haberse caído al piso o quizás alguien la empujó… recuerda las sillas tiradas y gritos y pies que se mueve a su alrededor. Alguien la levantó y se la llevó a rastras, pero no recuerda quién, sólo recuerda una voz grave diciéndole algo al oído y puteando en voz baja. El sonido se aleja y todo se vuelve oscuro y desaparece.
Ahora, acostada en una superficie algo dura, como una camilla o el asiento de atrás de un auto viejo, ella siente las ropas empapadas enfriándose sobre su piel. Hay un bulto bajo su cabeza, alguien probablemente le puso el bolso ahí para que no lo pierda. Mentalmente, Natalia sonríe pero no se traduce en ningún gesto en su cara. El mundo se zarandea y rezonga pero su mente ya está demasiado lejos para que le importe. Lo que pasa, le pasa a alguien más.
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Natalia Vera es más bien baja, de rasgos delicados, con la cara redonda como una luna llena. Su pelo ondulado negro normalmente cae en lustrosos mechones sobre sus hombros, sus ojos grandes y azules miran el mundo con asombro e inteligencia. Cuando el hombre la atacó ella estaba sentada en la emergencia esperando a qué la atendieran por unos dolores agudos y persistentes en el pecho que venía sintiendo. El manager de la academia de artes donde ella estaba haciendo una residencia se ofreció a llevarla en su camioneta al hospital de camino de unos trámites que tenía que hacer en Montevideo. Como los trámites eran la Ciudad Vieja, ella terminó en el Hospital Maciel. Estaba sentada juiciosamente en una silla escuchando música con sus auriculares cuando alguien que estaba fuera de su vista perdió el control y se tiró gritando sobre el grupo de gente más cercano.
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Elcar mira por el espejo trasero para comprobar que Naty está bien. La mordedura está sangrando todavía pero la tela que le ató parece ayudar, al menos por ahora. El bolso de almohada bajo la cabeza, y el maletín en el piso para que el contenido no se rompa. Suficiente por ahora. El vestido floreado se está oscureciendo lentamente pero no hay nada que él pueda hacer, con un poco de suerte absorberá el sangrado hasta que pare.
Elcar putea por lo bajo, se limpia el sudor, y arranca el auto. Odia manejar, no sabe y no tiene licencia, lo poco que conoce es porque alguien insistió en enseñarle. En aquél momento le pareció inútil, pero ahora con suerte los sacará a los dos del ground zero.
Elcar acelera y el viejo cacharro se mueve con un salto y una sacudida. En la madrugada, sin un alma en la calle, el auto se mueve fácilmente y si se apura, puede que logren dejar la ciudad sin problemas. Probablemente porque es verano y la gran mayoría de la población capitalina está de vacaciones. O quizás sólo estén durmiendo, Elcar no sabe realmente, sus horarios son retorcidos y una vida de abuso deja huella. Quién hubiera dicho que viviría tanto...
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Elcar es alto, flaco y fibroso, de manos y piernas huesudas, es más fuerte de lo que parece. Sus ojos grandes y hundidos, su pelo desaliñado y forma de mirar fijo sin hablar muchas veces da la impresión de estar bajo influencia. A veces esa impresión es cierta.
Elcar estaba de salida con un maletín médico lleno de muestras y testers cuando vio un hombre perder el control en un brote de furia y saltar sobre un grupo de personas sentadas en la sala de espera. La mayoría lo vio venir y corrió pero una chica fue atacada. Elcar iba a seguir su camino cuando se dio cuenta que esa chica era una antigua amiga de infancia. Fue allí que decidió intervenir, incluso sabiendo que estaba arrojando todo su trabajo por la ventana.
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Ya afuera de la ciudad, Elcar se las arregla para meterse en un camino lateral rodeado de arboles, y parar a revisar el auto y sus pertenencias. En sus bolsillos hay algo de plata hecha ñoqui, la cédula, el carnet de miembro de Peñarol, un paquete de pañuelos a medio empezar, un puñado de pelusas, virutas, tickets varios y papelitos, y un caramelo de menta viejísimo. En la guantera encuentra un celular prehistórico, un tornillo suelto y un pañuelo usado y arrugado que le hace fruncirse con asco. Cierra la guantera con fastidio. Protegido por los arboles de miradas curiosas, Elcar decide salir del auto e ir a chequear el baúl. Encuentra una caja de herramientas, una variedad de bolsas viejas de supermercado, algunos objetos polvorientos de los que no tiene ni idea qué son o para qué sirven, y un kit básico de emergencia. Manotea el kit y cierra el baúl de un golpe porque parece tener una tendencia a abrirse por su cuenta.
Abre la puerta del asiento trasero y chequea que Naty esté viva. Tiene el pulso débil y la piel demasiado pálido pero respira y el sangrado parece haberse detenido. Ahí mismo abre el botiquín y el portafolio que tenía en el piso. Saca una botellita con la etiqueta “toma uno”y, con la habilidad que da la experiencia, llena la jeringa con un tercio del contenido, comprueba que no hay burbujas de aire y le busca la vena en el brazo a Naty. “Espero que no se mueva” piensa y le mete la aguja. Deja que la sangre y el líquido se mezclen y de a poco, suavemente, lo empuja hacia la corriente sanguínea. Por un segundo, una sonrisa aparece en su cara, la escena le trajo un recuerdo. Pero Naty se queja y él se acuerda de que esto es serio. No hay tiempo para recuerdos ni sonrisas. Con una mano la sostiene firme en su lugar y con la otra termina de inyectarle la sustancia. Cuando la jeringa esta vacía, agarra un pedazo de algodón del kit y con cuidado la desliza fuera de la vena. Sostiene el algodón por un momento y luego se ocupa de empacar todo. Nunca había sido tan cuidadoso en su vida. Probablemente porque era su vida y no la de ella.
Después de asegurarse de que ella está bien, usa los cinturones de seguridad para afirmarla en el asiento y vuelve a su lugar. Sentado al volante piensa en dónde encontrar una casa vacía o al menos la casa de un amigo que los deja quedarse por un tiempo. Pensándolo bien, buscar un amigo es arriesgado, Elcar no sabe cómo va a reaccionar Naty y las cosas se podrían poner violentas. Es mejor ir a un lugar solitario. En el peor de los casos, serán dos muertos, él y ella. En el más probable, será uno sólo, pero al menos las infección se habrá contenido. Con un poco de suerte, claro.
Con un suspiro resignado, Elcar arranca el auto. Más adelante va a retomar la ruta y si todo va bien, encarar hacia el norte donde él recuerdo un lugar donde podrían parar por unas horas, quizás unos días. Dudoso que llegue a una semana. Incluso con suerte.
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