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William cerró el maletero detrás de Sienna después de ayudarla a sacar una escoba y un recogedor. Había aceptado acompañarla solo porque luego escuchar sus reclamos pasivo-agresivos era muy molesto, además le compraba menos alcohol. Pero eso no significaba que iba a hacer mayor trabajo que llevarla, traerla y ser una especie de seguridad.
Al inicio, no entendía por qué su nieta estaba tan insistente en que la acompañe para que la cuide, sin embargo, después de llegar al lugar, lo entendió.
Ese terreno estaba en una zona de industrias que era bastante movida, había escuchado varios tiroteos por el lugar, sin contar que la imagen que brindaba era intimidante, todo completamente cercado con planchas pesadas de concreto para que no pudiera entrar nadie, los muros estaban llenos de grafitis que junto a los alambres en la parte superior le daban un aspecto aún más abandonado.
Sienna estaba en el ingreso, estaba cerrado con unas cadenas oxidadas y un candado que parecía no haber sido abierto en mucho tiempo. Las puertas que antes debieron ser solo metálicas estaban llenas de tablones de madera podrida que habían sido martillados con poco cuidado, con la única intención de cubrir toda la estructura para que no fuera posible que nadie mirara hacia el interior. A un lado de esa puerta, a la izquierda, fue cuando recién leyó el letrero casi cubierto por polvo, humo y suciedad.
Apenas podía leer las letras “SE VENDE” y menos el número de Johanne Walker.
La muchachita introdujo la llave y con cierto esfuerzo —probablemente por el óxido— logró abrirlo, las cadenas cayeron y ella con cuidado las amarró a un lado. Willy le hizo una señal para que se aparte y él abrió la puerta pesada. Le sorprendió notar que fue más difícil de lo que pensó. Consiguió abrir solo una rendija por la que pudieran pasar ambos, sus años pasaban factura, ya no era el hombre de hace 10 años antes de entrar en prisión. Y menos el hombre que era en su juventud.
Sienna fue la primera en entrar con cierto recelo, luego Willy la siguió y trató de volver a cerrar el portón, pero dejando cierta rendija de la que poder tirar para irse. Aunque dudaba que algún curioso ingresara, era muy pesada.
—¿Me recuerdas qué puta mierda vienes a hacer en este lugar? —escupió Willy con su velocidad habitual, su hablar tan propio donde todas las palabras parecían competir para salir antes de su boca. A veces incluso antes de que pudiera pensar en ellas.
—Tengo que pasar un poco la escoba —Sienna habló a su espalda.
Cuando él se volteó por completo, observó el paisaje que se escondía detrás de ese cercado sucio. La sensación de abandono y deterioro no había disminuido para nada.
Era una explanada enorme, quizás en tiempos antiguos lleno de autos, trabajadores y herramientas, pero ahora solo había polvo, maleza que había roto el concreto del piso para extenderse casi consiguiendo cubrirlo todo. Podía contar hasta cinco esqueletos de autos viejos, mugrientos de pies a cabeza, corroídos y oxidados abandonados en unas posiciones que daba la impresión de que el cierre de ese lugar fue de imprevisto, y quedaron encerrados para pudrirse en sus tumbas metálicas. Uno de ellos era una caravana que estaba a un lado del edificio principal que era el taller. También había basura, mucha basura, chatarra a por montones que sería imposible de reciclar por el estado tan lamentable que Willy podía jurar que, si lo tocaba, se volvería polvo en sus manos. El metal había cedido al tiempo, la humedad y el abandono de ese lugar.
—Si vas a limpiar esto, chavala, vas a morirte primero. Ya te lo digo yo —comenzó a caminar y ella lo siguió. La pequeña mujer se veía intranquila, ligeramente intimidada.
—No voy a limpiar esto, solo voy a… —Sienna apretó la escoba y el recogedor que llevaba entre sus manos—. Voy a quitar un poco las telarañas y ver si no se ha metido alguien.
Willy iba a responder, pero la mujer volvió a hablar.
—Aunque no creo que nadie quiera meterse aquí.
No pudo evitar reírse con cierto recelo.
—No sabes lo que es la necesidad, chavala. Cuando caes en el pozo y no tienes ni donde morirte, cualquier techo es un palacio —a él no le sorprendía si hubiera vagabundos refugiados de la calle. Si fuera suyo, podría decirles algo. Pero como ese lugar abandonado no le pertenecía, por él podrían vivir allí todos los drogadictos que encontraba a veces refugiados bajo el puente.
—No, no. Créeme, abuelito, nadie quisiera meterse aquí.
No hizo más comentario, le quitó la escoba y el recogedor para dejar a la muchacha nerviosa que buscara en el llavero multicolores la llave para abrir la puerta del edificio principal del taller.
Era enorme.
Un edificio mucho más grande que el Canals Custom, por lo menos en altura, con un aspecto similar a una fábrica. Pero estaba tan deteriorado como si hubieran pasado años por encima de este lugar y solo el ladrillo de la fachada estuviera impidiendo que se viniera abajo. En algún momento debió tener letras brillantes donde el nombre del taller recibía a los clientes, pero en estos momentos solo podía ver la marca de donde estuvieron y una sola letra oxidaba con telarañas que se enredaban en ellas, la estructura se mecía ligeramente con el vaivén del viento amenazante con caer sobre ellos en cualquier momento.
En algún tiempo, ese lugar debió tener letras que decían “PITSTOP”.
—Yayo.
Bajó la vista y vio a Sienna inclinada intentando levantar el portón enrollable oxidado y pesado. Ya había quitado los candados que la aseguraban, pero no podía levantarlo. No le sorprendió, su nieta adoptada era muy pequeña y ese portón daba la impresión de no haber sido abierto en mucho tiempo.
Con ayuda de ella consiguieron levantarlo lo suficiente como para poder entrar ellos agachados en una posición no tan incómoda.
El interior tenía un aspecto tan fantasmal que Willy —aunque no creía ni en fantasmas ni en dios— dudó un poco en si mantenerse dentro o salir y tomar aire. Quizás por todo el tiempo cerrado, por el moho, el polvo y la suciedad, era que sintió cierta incomodidad, como si el aire estuviera pesado, difícil de respirar y hasta viciado.
Quizás comenzaba a entender a qué se refería Sienna con que nadie quisiera dormir allí.
Entraba cierta luz por las ventanas rotas de altura y por el portón que estaba medio enrollado. El edificio era tan grande como se veía desde afuera, tan imponente que Willy pensó que no había visto hasta ahora un taller con esas dimensiones. El Canals era un edificio cuadrado, todo en el interior mientras que este taller era rectangular, apenas podía ver el fondo desde su posición y los mezanines en el fondo y en su izquierda controlaban la enorme altura que tenía el lugar en su nave centrl. El taller donde trabajaba tenía 6 cubículos amplios que podían ser hasta 8 si consideraba las zonas de tunneo, pero a simple vista había contado mínimo 10 en ese lugar. Era una locura.
La gruesa capa de polvo hacía que Willy deje huellas con cada pisada, tuvo que alzar la mano varias veces para quitar las telarañas que invadían todo. Si en algún momento ese lugar tuvo pintura, esta se caía a pedazos de las paredes. El interior era un cementerio por lo silencioso, por los restos de chatarra y también por lo que parecía ser un auto destartalado que estaba en el fondo estacionado en lo que debió ser en su momento una zona para pintar.
Tiene hasta zona de pintura, nosotros no tenemos espacio para esa mierda en el Canals.
Sienna alzó la escoba y comenzó a quitar las telarañas que se le atravesaban a ella con mucho ahínco, saltando de vez en cuando al ver las que le superaban en altura. Willy por un momento se quedó viendo el espectáculo gracioso que era su nieta antes de regresar sus ojos a ese taller.
Había pasado mil veces por la carretera principal donde estaba ubicado, había visto ese cerco intimidante también mil veces, pero en realidad jamás había dimensionado lo grande que era ese terreno y la construcción en sí que albergaba en su interior. Antes de entrar en prisión estaba seguro de que ese lugar era solo un almacén, creyó que siguió siendo un almacén abandonado, pero verlo con sus propios ojos solo lo dejaba entender que en algún momento se convirtió en un taller de mecánica.
Probablemente en el taller más grande Los Santos.
—¿Por qué si esto es de Johanne, no lo abre y lo aprovecha? Joder, quizás gastaría mucho en regresarlo a la vida, pero lo que facturaría en una semana lo recupera —se detuvo un uno de los cubículos donde aún veía herramientas tiradas en el piso empolvado junto a excremento de ratas y basura.
También maldijo para sus adentros, si este taller se abría sería un problema para Kyle. Una competencia directa.
—Porque está maldito.
Willy dejó de revisar los muros para voltear y ver a su nieta adoptada. Sabía que Sienna era ciertamente disminuida —por ello Liam la había adoptado—, pero jamás pensó que a ese nivel para creer en maldiciones y fantasmas.
Ella seguía con su trabajo de sacar telarañas y a la vez golpear algunos mobiliarios o montículos de chatarra para asustar alguna rata que tuviera su nido allí.
—Johanne solo quiere deshacerse de este lugar. Cada vez que algo malo ocurre en la cafetería, lanza sal sobre su hombro y entredientes creo que vuelve a maldecir este taller —Sienna se detuvo y lo miró con esos enormes ojos café—. Para mí, ahora está más maldito porque ella sigue aumentando la maldición.
Recordó el letrero de ingreso. Era verdad, Johanne quería vender este lugar.
—¿Por qué dices que está maldito, chavala? Esas mierdas no existen, joder. Ya te lo dice el puto Willy Jones —si las maldiciones existieran, Willy estaba seguro de que él lo estaría por el tipo de hijo y padre que fue.
—Porque jamás ha prosperado, abuelito. Johanne misma estaba endeudada y casi pierde su casa, tuvo que hipotecarla para abrir la cafetería porque este lugar la estaba hundiendo. Su padre lo compró y a los meses murió dejándola con todo. Johanne me contó que su dueño anterior se lo vendió por una miseria porque también parecía estar desesperado por venderlo —Sienna detuvo su mirada en una de las puertas que había limpiado, donde una araña estaba sobre la zona donde en algún punto debieron estar letras pintadas con el nombre del taller—. Yo creo que solo tengo un año en la ciudad, pero nunca lo he visto abierto…
—¿Y por qué aún lo tiene? —ese letrero daba la impresión de estar pegado en la fachada desde hace milenios—. Si sigue buscando un buen monto, está perdiendo dinero, joder.
—No, no, no —Sienna comenzó a negar—. Johanne solo quiere recuperar lo que invirtió su padre al comprar este lugar, si alguien le ofrece el monto lo firma ese día, lleva mucho tiempo con este problema —la escuchó reír—. Pero nadie lo quiere… O bueno, nadie lo quería.
—Por eso estás limpiando —Willy ahora entendía.
La muchacha asintió.
—¡Entonces hay que celebrar, joder! Sí, señor, tu jefa por fin se va a liberar de esto, seguro te da un buen incentivo, chavala —la muchacha se encogió de hombros.
—Es más complicado.
No quiso hacer más preguntas. Willy se paseó por todo el local, con cuidado de no tropezar con la chatarra o la basura desperdigada en el piso, ni con los restos de algún mobiliario o maquinaria que se terminó rompiendo o deteriorándose por el tiempo guardado. Era un buen lugar, por un momento pensó que, si Kyle no fuera su amigo, podría ofrecer algo por él, aunque supiera lo mínimo de mecánica, y le importara realmente muy poco aprender más de ello. No creía en las maldiciones, pero tampoco podía negar que seguía sintiendo el aire pesado y que la apariencia fantasmagórica de este lugar daba la impresión de estar clausurado desde hace milenios cuando quizás solo eran unos meses o un año como dijo Sienna.
Ayudó a meter algo de basura en una de las bolsas negras que Sienna sacó de su pequeña cartera, limpiaron lo suficiente para que se pudiera caminar en el interior del taller. Pero, de todos modos, Willy seguía pensando que si lo que Johanne quería era hacer un recorrido interno con el cliente que tuviera, perdería mucho al enseñarle este lugar. Ningún cliente compraría un lugar que estaba en esas condiciones.
Willy cargó las bolsas mientras ella llevaba la escoba y el recogedor, salieron del taller y con mucho esfuerzo Sienna consiguió bajar el portón y asegurar los candados con llave. Habían revisado que estaba del todo vacío el interior, quitaron telarañas, buscaron nidos de ratas y limpiaron aquella basura que era fácil de acopiar. Él creía que no había mucha diferencia, pero Sienna parecía conforme con lo que hicieron.
Cuando salió por le portón de ingreso, lo vio.
Era una persona de la que no se percató hasta que salió completamente. Estaba de pie a un lado del ingreso mirando a uno de los grafitis pintarrajeados sobre los muros de concreto con los que se cercaron el terreno. Era un grafiti rosa con palabras que habían sido tachado tantas veces que era ilegible.
Era un muchacho joven, su piel era tan blanca que Willy podía jugar que con la luz del sol brillaba, se veía aún más pálido por lo oscuro de su cabello negro y por sus ropas también negras. Estaba solo de pie, con sus manos en su espalda en un gesto tranquilo, relajado, pero su posición firme tenía un porte que le recordaba a alguien que no podía identificar en sus recuerdos mezclados.
El muchacho quizás se percató de él o no, Willy no lo sabría, pero mantuvo su atención en ese grafiti rosa. Aunque tampoco podía asegurarlo, esos lentes oscuros le impedían ver lo que sus ojos ocultos observaban.
Su figura contrastaba con fuerza con todo el lugar, no parecía pertenecer allí. Parecía una figura sobrepuesta que no guardaba relación con le entorno tan callejero, vulgar y común en el que estaban.
—Chaval —habló gravemente para llamarle la atención.
Él desvió levemente su rostro hacia él, pero antes de que pueda hablar, Sienna salió del terreno mascullando en voz alta muchas cosas que no llegó a escuchar del todo por no quitarle los ojos de encima a ese extraño que estaba a unos metros de él.
—Abuelito, cierra ya este lugar y nos vamos porque estoy hasta… —se calló con rapidez apenas notó que Willy no estaba solo y la presencia de ese extraño.
El muchacho asintió levemente como dando un saludo silencioso. Willy estaba seguro de que vio como el color llenaba el rostro redondo de su nieta adoptiva, su cabello rojizo y sus mejillas estaban del mismo tono, por los nervios se le cayeron las cosas que llevaba entre las manos.
—N-no… ¿Aún no es la reunión con Johanne-? ¡No! ¡Es la reunión con Johanne-! —comenzó a mascullar mientras llevaba sus manos a su cabello con nerviosismo.
—En realidad, no —el muchacho por fin habló, su voz era suave y con un acento inglés marcado—. La reunión está acordada para mañana, solo estaba cerca y decidí pasar.
Willy lo observó de frente. Él jamás usaría esta palabra para describir a ningún hombre, nunca lo había hecho en toda su vida, pero lo único que pensó al ver a ese muchacho era que su rostro era muy bello, a pesar de no poder verlo completo por los lentes oscuros. Pero aún así, aquello en lo que Willy más se fijó o sintió, fue como esos ojos detrás de esas gafas oscuras lo barrieron de arriba abajo y luego levantó su rostro con un gesto engreído tan ligero que era casi imperceptible antes de llevar su atención a Sienna, a quien hizo probablemente lo mismo.
—¿Eres el comprador, chaval? —Willy habló con mayor rudeza, sin poder esconder el enojo en su voz por lo que estaba seguro de que había visto a ese muchacho hacer. Podía jurar por el retrasado de su hijo que lo había hecho.
—Tentativo. Si llegamos a un acuerdo.
—Entonces ¿No es hoy? —titubeó de nuevo Sienna.
El muchacho solo negó.
—Qué alivio —la muchacha suspiró como si hubiera perdido un peso de encima mientras llevaba la mano a su pecho, al hacer eso pareció haberse percatado de algo—. ¡Ay, no! Dejé la escoba dentro.
Dicho eso, Sienna se metió con rapidez nuevamente dentro del terreno cercado sin dejarle tiempo a Willy o al extraño a decir algo.
Willy arrugó las cejas y retomó su mirada hacia el muchacho que parecía observar hacia el interior del terreno por la pequeña rendija del portón que apenas estaba abierto para que pueda entrar y salir alguien. Su rostro bello parecía inexpresivo, pero estaba seguro de que esos ojos que escondía no. Por algo los ocultaba.
—Dijiste “tentativo”, entonces no estás tan interesado, chaval.
—Al contrario, estoy muy interesado —respondió con suavidad—, pero hay que acordar algunas cosas con la persona que lo tiene en su poder.
—¿Con la dueña dices?
—Se le podría llamar de esa forma, sí.
Notó un cambio ligero en su voz, parecía que no quería llamar “dueña” a la dueña de ese terreno que antes fue el taller PitStop.
—Pues la Johanne es un hueso duro de roer, chaval, joder. Vas a tenerla duro para quitarle tremendo negocio —Willy no sabía si le convenía que ese taller fuera vendido o no porque si lo era, podría ser una competencia, si no lo era, podría ser un problema más para Johanne y por cadena para Sienna. La idea de que esa mujer haya hipotecado su casa y solo dependía del PitStop cafetería lo hacía creer que en cualquier momento su nieta sería despedida por otro negocio quebrado—. Pero seguro eres un tremendo negociador y tienes la polla enorme, chaval, te la vas a hacer y quizás hasta te llevas a la cama a la Johanne ¿Qué nombre le vas a poner a tu nuevo taller?
El hombre mayor podría jurar que la mirada detrás de esas gafas oscuras se endureció y lo vio con una frialdad que, aunque el sol brillaba en lo alto, se le erizó la piel.
—PitStop, claramente —su voz mantenía ese tinte suave, tan inglés, pero podía identificar un tinte gélido.
—Ya hay una cafetería que se llama PitStop, chaval, la de la misma Johanne. Vas a tener que buscarte otro—
—No, su nombre es PitStop —su voz lo interrumpió, sonó severa a pesar de la finura de su tono, como si estuviera diciendo algo que va a ocurrir. Como quien ordena algo y los sirvientes deben cumplir. Como quien es inflexible, no tuerce su brazo y está acostumbrado a que sus deseos se hagan realidad.
Dio un par de pasos hacia él con elegancia, no para acercarse sino para ver un poco mejor hacia el interior del terreno.
—Pues allí vas a tener un problema, chaval.
—No lo creo.
No pudo evitar apretar las bolsas que llevaba en sus manos. Lo volvió a ver con detenimiento, su postura se mantenía tan calmada, pero con ese aire de alguien que no recordaba. Sus ropas, aunque negras y simples, no parecían ser de cualquiera de las tiendas de la ciudad ni de ningún mercadillo de segunda mano, él no sabía de marcas ni de esas mierdas, pero podía jurar que el tipo de ropa que ese muchacho usaba era similar a la que veía en las hijas de Dante. Era delgado, su contextura era bastante fina y por lo que Willy había podido notar, estaba solo. Un pensamiento le cruzó la mente con rapidez ¿Y si lo secuestraban? Para querer comprar ese taller era porque tenía dinero. Sería fácil, quizás podría ser más rápido que él, pero estaba seguro de que Karim podría agarrarlo. Era delgado, no iba a poder defenderse. Podrían robarle el dinero que tenga encima para esta compra, la jefa de Sienna podía esperar un poco más a otro comprador.
Además, quería ver esos ojos sin las gafas oscuras y decirle si tiene el valor de volver a mirarlo por encima del hombro estando de rodillas ante ellos.
—Debes tener cuidado por aquí, chaval. Se ve que no eres de la ciudad, hay lugares que son muy peligrosos, como este, aunque esté en una vía principal —dijo con cierto tono casual. Quería que le corroborara que estaba solo.
—He estado en Los Santos antes —el muchacho mantuvo en todo momento su posición, pero desvió levemente su rostro hacia él cuando agregó—, no creo que sea peligroso para mí.
Hubo algo en esas palabras, en la forma en que lo miró a través de esas gafas oscuras que le impedían ver sus ojos, que lo hizo creer que había leído sus intenciones o peor, que estaba respondiendo con engreimiento que no podía pasarle algo.
Podría reírse, en otra circunstancia lo hubiera hecho. Hubiera hasta sacado la pistola que escondía en sus pantalones para enseñarle que las calles de Los Santos no eran lo que pensaba, pero… Pero no lo hizo. Se mantuvo él también en su posición, en silencio, solo observándolo y sosteniendo lo que era su mirada.
—Quizás hay muchos perros, pero con los perros hay que tener mano dura —agregó—. No puedes tener conversaciones con perros. Si tienen la rabia, se les corta de raíz.
Esa voz no perdió en ningún momento su suavidad, no alzó el tono, pero había algo en su forma de hablar, en que cada palabra a pesar de que salió de forma pulcra, delicada y con ese acento inglés elegante y refinado fue lo que lo hizo inconscientemente retroceder un paso. Esa persona cuyo porte parecía imponerse por encima de su altura y contextura tan fina, había logrado algo que ni siquiera el Joyero o Dante había conseguido hasta ahora.
No podía secuestrarlo. No debía secuestrarlo.
Willy no tuvo tiempo de responder o ser consciente porque Sienna volvió salir y esta vez sostenía tanto la escoba como el recogedor entre sus manos.
—Los encontré —dijo con alegría, pero cuando recordó que ese muchacho seguía allí de pie, volvió a ponerse nerviosa—. Nosotros vinimos a limpiar un poco, pero… Pero si hoy no es la reunión entonces nos deberíamos ir…
—Perfecto.
Sienna hizo un movimiento raro de no decidirse cómo hacer una despedida que fue respondido con otro leve asentimiento del muchacho que después retrocedió para dejarle espacio para cerrar el portón de ingreso al terreno. Willy volvió a cerrarlo con dificultad, pasó las cadenas y Sienna lo cerró con el candado, el hombre anciano podía sentir la mirada del muchacho en cada uno de sus movimientos. Después la siguió cuando ella caminó hacia la camioneta estacionada a un lado, abrió el maletero y metió las bolsas negras mientras ella dejaba la escoba y el recogedor. Su nieta caminó rápido hacia el asiento de copiloto y se subió. Él se mantuvo un momento de pie después de cerrar la cajuela y desvió su rostro hacia atrás donde se muchacho seguía en su misma posición, mirando hacia los muros, ignorando todo a su alrededor.
Para Willy seguía pareciendo un contraste brutal entre todo él y el mundo a su alrededor, que hasta en la forma en que asentía podía notar una gracia y una elegancia que ninguna persona de pie tenía. Nadie. Ni siquiera lo había visto en Guilia con sus joyas, su ropa de diseñador ni su perfume intenso algo estridente para su gusto. Había algo en ese muchachito.
Algo que lo hizo retroceder un paso y ni siquiera había podido aún procesar.
—Oye, chaval —gritó—. ¿Quieres que te llevemos a algún lado?
—No, gracias —respondió—. Me quedaré un momento más.
No insistió, le dio la espalda y caminó hacia su camioneta, entró en ella y comenzó a manejar, por el retrovisor aún lo vio parado delante de lo que era el antiguo PitStop ¿Intentaría entrar? No lo creía, el tipo se veía que no tenía la fuerza para hacerlo. Cuando dejó de verlo por el espejo, retomó toda su atención hacia el frente, a su lado Sienna seguía en silencio.
—¿Qué pasa, nieta? ¿Te gustó ese hombre o qué pasa?
—¡No, no, no! —Sienna comenzó a negar con fuerzas—. No me gusta, me da miedo.
—¿Cómo te va a dar miedo, chavala? —no pudo evitar reír—. Además, es el futuro comprador de la Johanne. Aunque van a tener problemas, dice que le quiere poner “PitStop” a ese taller. Dijo que ese era su nombre.
—Por eso me da miedo, yayo —la muchacha cruzó sus brazos—. Un día llegó de la nada a la cafetería, pidió un té que no bebió y me preguntó por qué se llamaba “PitStop” le dije que tendría que preguntarle a la jefa, yo sí sabía, pero no iba a decirle a un extraño.
—¿Y qué? ¿Te dio miedo porque no se bebió esas mierdas que hacen?
—¡Oye, los tés nos quedan muy ricos! —Siena parecía ofendida, pero continuó—. Esperó a Johanne, se sentó a esperarla, aunque le dije que no sabía cuánto iba a tardar o siquiera si iba a venir.
—¿Se puso a ser el guarro con las clientas o contigo para molestarte? —Willy estaba dispuesto a desviar la ruta para regresar a darle un puñetazo de ser así.
—No, para nada. Incluso creo que nunca me sentí más segura con un hombre, no me miró de esa forma ni a mis compañeras ni a las clientas ni a la misma Johanne. Solo estaba sentado allí con su celular. Pero… No lo sé, abuelo, era… extraño. Mi sistema falló, en un momento no podía facturar nada y fue muy estresante… Y él estaba allí. Tuve que llamar a Johanne para pedirle que venga…
—Sienna, el sistema de la ciudad es una mierda. El puto Harry no hace nada, en el Canals o en mi destilería tenemos ese mismo problema, joder ¿Qué tiene que ver ese puto chaval?
—No, Willy ¡No fue un error de siempre! Falló como nunca, por un momento hasta vi la cuenta a cero, te juro que me iba a desmayar cuando pasó eso. Estaba al borde del llanto, hasta que llegó Johanne y —Sienna apretó sus manos con nerviosismo—, y como si alguien estuviera jugando, todo se arregló de golpe. La cuenta regresó con todos sus montos, las facturas comenzaron a salir, era como si yo me hubiera inventado que algo pasaba…
—¿Y no fue así?
—¡Que no! —Sienna golpeó sus manos contra sus piernas—. Y como no sabía qué decirle a Johanne que llegó desesperada, le dije que él estaba allí. Ella estaba molesta conmigo, pero aceptó acercarse. Al inicio conversaron en la mesa, luego Johanna lo llevó a su despacho. Cuando se fue Johanne estaba preocupada —Sienna parecía de verdad apreciar a la dueña del PitStop, su mirada fija en sus propias piernas era triste—. Me dijo que al inicio se emocionó porque él le preguntó si la cafetería tenía algo que ver con este taller, estaba interesado en el taller. Y como Johanne quería deshacerse del taller a como dé lugar, le dijo que estaba en venta y que el precio era muy negociable. Parece que para él el precio o el monto no era problema.
—Entonces ¿Cuál es el asunto de todo esto? Si el tipo dijo que podía pagarle a tu jefa lo que le saliera del coño ¿Por qué estás así?
—Porque le preguntó por qué la cafetería se llamaba “PitStop” —Sienna lo vio con el rostro pálido.
Willy recordaba un poco esa historia.
—¿No es porque el padre de la Johanna, ese que tienen en fotos en la cafetería, le puso ese nombre?
—Sí, pero es el mismo que el del taller.
—Ambos eran del padre, supongo. Es normal, yo quiero ponerle “El Dorado” a mi destilería para que se sepa que es mío junto al café.
—Es que… —Sienna mordió su labio con nerviosismo—. Es que el taller que compró venía con ese nombre, el “PitStop” era un nombre heredado según Johanne. Su padre lo mantuvo del antiguo dueño, y el antiguo dueño lo mantuvo del antiguo y así. Quizás hasta el dueño original… Nunca lo cambió, y al abrir la cafetería lo mantuvo porque quería relacionarlo como una franquicia, una cadena. Luego cerró el taller porque estaba maldito, jamás generó ni un dólar, pero quedaba la cafetería “PitStop”. La cafetería de Johanne sí funcionó, la está ayudando a sobrevivir, a nosotros y es su orgullo.
—Sigo sin ver cuál es tu punto, chavala —Willy no entendía por qué estaba tan angustiada.
—¡PORQUE QUIERE EL NOMBRE, WILLY! —ella alzó la voz y luego se tapó la boca—. Lo siento, yayo, lo siento. No quise gritarte, no quise hacerlo.
—Nunca más vuelvas a hacerlo, chavala. No te quiero cruzar el rostro con una bofetada —se lo dejó pasar solo porque la muchacha estaba muy afligida—. ¿Y qué mierda eso de querer el nombre? No puede, no tiene derecho, que se la chupe a Johanne. Si quiere el taller, que lo compre y le ponga el nombre de su puta madre.
La muchacha comenzó a negar con fuerza.
—Johanne me dijo que la interrogó mucho por el nombre, le dijo hasta con qué derecho le puso “PitStop” a su cafetería—
—Con el derecho de la santa polla de su padre, joder. Que el puto niñato no tiene derecho a preguntar eso o… —Willy se detuvo en un semáforo—. ¿Cómo se llama ese chaval? ¿Acaso es el dueño original de ese puto taller de los cojones que le puso ese nombre y ahora viene indignado arrepentido de venderlo? Y aunque lo fuera no tiene derecho alguno.
—No está segura. Ha habido tanto cambio de dueños en tan poco tiempo que no sabe cuándo comenzó —ella suspiró—. De todos modos, a pesar de que fue muy incisivo con sus preguntas, al final le dijo que sí quería comprar el taller.
—Joder, entendió ¿no? Eso es bueno, se dio cuenta de que estaba siendo un niñato.
—No creo, porque dijo que también quería la cafetería. Dijo que iba a comprar ambos.
Willy tomó la ruta 68, pero no pudo evitar desviar su rostro para ver a Sienna. Eso le había sorprendido. Una cosa era comprar un terreno donde estaba un taller que era prácticamente un basurero, otra comprar una cafetería en perfecto funcionamiento en el norte. Era de los pocos negocios bien afianzados en esa zona de la ciudad.
—¿Y ofreció un buen monto?
—Johanna dijo que él le pidió que ella ponga el precio por ambos y una firma cediéndole todos los derechos para que ella no vuelva a usar el nombre “PitStop” en ninguna otra marca o negocio que ella quiera abrir a futuro.
—Está obsesionado con ese nombre. Qué puto niñato de mierda, qué tanto le importa ese nombre de mierda que hasta es una gilipollez, con todo respeto, Sienna, pero lo es. “PitStop” ¿Quién le pone PitStop a una cafetería?
—Yo creo que no lo quiere para la cafetería, lo quiere para el taller.
Entonces iba a cerrar la cafetería, pensó Willy. Ahora entendía de cierta forma la tristeza y el nerviosismo de Sienna. A su nieta le gustaba su trabajo, recordaba cuando le dijo que le había dado un sentido a su vida después de haber abandonado la medicina. Era un local que le había brindado la oportunidad a ella, sin importarle su autismo ni sus dificultades para algunas cosas.
—Pero Johanne no ha aceptado ¿O sí? —Willy no entendí entonces qué hacía ese muchacho allí y por qué Sienna había hablado de una cita para ver el terreno donde estaba el taller.
—No quiere perder su cafetería y yo tampoco quiero que lo pierda, me gusta mucho mi trabajo —su voz tembló—. Pero el dinero… Johanne quiere el dinero y me dijo que era como una tentación muy grande. Con eso podría pagar su hipoteca, tener una vida tranquila y deshacerse de la maldición que tiene ese maldito local—
—No existen las maldiciones, nieta —Willy la interrumpió—, es solo un taller que parece un basurero.
—¿Entonces por qué siempre ha estado en bancarrota y todos sus dueños han querido deshacerse de él después de tenerlo? ¡Y el padre de Johanna! El pobre padre de Johanna que se arruinó y luego murió a los meses de que sintió la maldición de ese lugar y ya estaba lleno de deudas.
—Porque no saben manejarlo, joder ¿Has visto ese taller? ¡Es enorme! Es necesario hacer mucho por un taller, mira al puto Kyle, si no tuviera al Harry, a Karim, a Marcus, a Richie y a Mao ese taller se va a la mierda. Si no sabes llevar esa mierda, te vas a la ruina.
Y si era sincero, Willy sabía que las cosas dentro del taller Canals Custom tampoco estaban tan bien como la gente podría creer. Por ello no le sorprendía si cada persona que compró ese taller enorme no supiera administrarlo al punto que terminara arruinado por malos manejos. Un ejemplo era la empresa de grúas que Kyle llevó a la ruina por su poco interés y porque la gente a la que asignó para que lo ayude tampoco supo cómo llevarlo. Eso no significaba que fuera una empresa maldita.
Un taller no puede estar maldito. El “PitStop” es solo un taller más.
Sienna no parecía convencida.
—Johanne se resiste porque le tiene el cariño a su cafetería, pero… —Sienna parecía al final derrotada—. Pero no lo sé, ella tampoco… Quizás para quitarse un poco la tentación dijo que iba a enseñarle el taller por dentro para que él mismo se decepcione y ya no quiera comprarlo ni la cafetería ni el nombre. Él aceptó…
Willy no sabía cómo consolar a las personas, Electra no le había enseñado eso en sus sesiones de terapia. Apretó sus labios durante unos segundos mientras pensaba qué podía decirle, cuando se animó a ello, finalmente abrió la boca.
—Cuando vea la mierda en la que quedó ese taller, no va a querer comprarlo, chavala —recordó la forma en que lo miró, su postura, su piel tan blanca y esos ojos que no podía ver, pero que los percibía intensos, fríos—. Solo míralo, no tenía la apariencia de saber una mierda de mecánica ni saber cómo llevarlo. Va a ver todo el trabajo y la inversión, y se va a echar para atrás, joder. Ya te lo digo yo. Y para comprar eso y arreglarlo, puff, qué trabajo, chaval, solo Dante tendría todo ese dinero.
Su nieta no dijo nada. No respondió y el resto del viaje fue en completo silencio.
Cuando llegaron al PitStop, la cafetería que, según ese muchachito había insinuado, había robado ese nombre, Sienna se bajó y entró con rapidez al interior, eventualmente buscaba a Johanne para comentarle no solo que habían limpiado el taller, sino que había visto a ese extraño parado afuera del local.
Willy se quedó afuera, se recostó contra su camioneta mientras sus ojos se fijaban en el letrero brillante que coronaba la cafetería. Leer “PitStop” allí lo llevó a recordar el edificio del taller donde la sombra de las letras del mismo nombre hace años brillaron con la misma intensidad. No podía evitar preguntarse ¿Alguna vez ese lugar tuvo éxito? Sienna decía que siempre había sido un fracaso, que desde hace un año ella jamás lo vio abierto y lo único que observó fue un cambio constante de dueños que buscaban una salida a una pésima inversión que se catalogaría después como maldición.
Pero no podía evitar recordar cuando escuchó a unos policías dentro del Canals Custom cuchichear entre ellos, dijeron muchas cosas que no le importaban, sin embargo, solo una vino a su mente mientras veía esas letras brillantes: “¿Sabes si volverán a abrir el PitStop? Extraño ese taller”. Por supuesto, eso no significaba nada, podría extrañarse por su cercanía en ubicación que era muy estratégica, podría extrañarse porque quizás no pagaban nada y eso les gustaba, había muchas posibilidades y ninguna implicaba que fuera un éxito.
Lo que sí implicaba era que, en algún punto, antes de que Sienna llegara a Los Santos hace un año, ese lugar, el PitStop, sí llegó a funcionar y tanto que policías eran clientes regulares.
Entonces ¿Qué habría pasado para terminar en su estado actual? Willy cruzó sus brazos y lanzó un suspiro cansado, no era su problema, quizás podría volverse su problema de cierta forma si conseguía reabrir y robaba clientes a una industria donde el Canals, el Asura, el Larrys y el Bennys comenzaban a querer quemarse los locales para liberarse de la competencia.
—Ese niñato no sabe en lo que se mete, joder, si consigue ese taller se lo van a quemar y hasta termine muerto…
Aunque lo dijo en voz alta, no creía sus propias palabras. Recordó la forma en que lo miró cuando tuvo la idea de secuestrarlo para robarle el dinero que podría tener para hacer el trato. No sabía cómo eran sus ojos, pero su mirada la sintió en la piel como cuando fue tatuado por primera vez en la cárcel.
Había algo en ese muchacho que le hizo recordar lo pequeño que él era en un mundo donde había mucho más poder del que su propia y humilde mente podía imaginar. Él era un hombre de barrio, un pandillero que había logrado envejecer, no era nada comparado con lo que la gente de a pie como él llamaba mafia. En el mundo había más cosas que dirigir y proteger un barrio como el suyo, que mover una ciudad como lo hacía Dante, que dirigir un casino que es un paraíso fiscal como Guilia. Había más y era esa figura delgada de piel casi traslúcida, pero porte sólido como una figura de mármol cuya sombra es pesada y lo cubre todo a pesa r de su ligereza contradictoria.
“No puedes tener conversaciones con perros. Si tienen la rabia, se les corta de raíz.”
No creía que eso podía ser una advertencia porque ese niñato de gafas oscuras no podría haber sabido lo que pensó. Pero también —a pesar de haber sido llamado perro— detestaba aceptar que lo que dijo le pareció algo que él mismo podría decir. Le pareció muy inteligente.
Quizás podría repetirlo en algún momento.
