Chapter Text
𝗻𝗼𝘃𝗶𝗲𝗺𝗯𝗿𝗲 𝗱𝗲 𝟮𝟬𝟮𝟰
hace un mes, lautaro había llegado a argentina. venía lleno de miedos e incertidumbres, pero sobre todo cargado de sueños.
manuel lo había esperado en el aeropuerto con la ansiedad y la felicidad de un nene a punto de recibir su juguete favorito. desde ese día, se volvieron inseparables.
la convivencia no había sido difícil, para nada. parecía que se conocían de toda la vida: tenían una compatibilidad natural, casi perfecta. y la madre de manuel, que ya había asumido que no serían solo “unas vacaciones”, estaba encantada con la compañía… aunque todavía un poco molesta por la mentira.
hacían todo juntos, hasta las tareas del hogar. limpiaban, cocinaban y ordenaban, siempre en los horarios caóticos que manejaban ellos dos. nada de lo que hacían coincidía con los ritmos normales de una persona funcional.
manuel estaba obsesionado con complacer a su amigo de todas las maneras posibles. no quería que se sintiera lejos de casa ni un segundo, y eso su público lo notaba. había algo íntimo en cómo atendía cada capricho del rubio. y a lautaro, por supuesto, no le molestaba.
esa noche acababan de terminar un stream que a sus seguidores les había fascinado. habían tenido muchos más espectadores de los acostumbrados. algo estaba cambiando, algo estaba haciendo que todo valiera la pena.
las ventanas de la habitación de manuel vibraban con el aviso de una tormenta cercana, mientras lautaro seguía con el celular en la cama, desconectado del resto del mundo.
—gordo —dijo manuel desde el marco de la puerta, cerrándola detrás de él— hoy fue una locura, creo que lo estamos logrando.
lautaro dejó lo que estaba haciendo y le sonrió automáticamente. la felicidad se le escapó sin permiso. tampoco pudo evitar clavar la vista en el torso desnudo de manuel, todavía con algunas gotas del baño resbalándole por la piel.
se acercó a la cama haciéndole un gesto con la cabeza para que se corriera. llevaban un mes durmiendo juntos. levantar el colchón del piso todas las mañanas nunca había sido una opción, y la cama de manuel siempre alcanzaba para los dos.
—¿vos decís? —respondió lautaro, moviéndose para hacerle lugar.
—obvio que sí, sos el mejor para esto y te lo dije.
lautaro volvió a sonreír. se sentía valorado, querido, apreciado. manuel le había abierto su casa, lo había recibido y confiado en él para un proyecto. no sabían cómo iba a terminar nada, pero si lautaro estaba seguro de algo era que no quería volver a españa. quería hacerlo funcionar.
una parte suya lo atribuía a la fama, al reconocimiento, al levante en los boliches o algún que otro canje. pero la otra parte —la más honesta— sabía que era por manuel. había algo en él que hacía que sentirse querido fuera como tocar el cielo con las manos.
manuel no solo era atento: era una luz. no había persona que no lo quisiera o lo admirara. todos creían que iba a llegar lejos. ser querido por él era como vivir dentro de su órbita, en ese mundo cálido que generaba sin esfuerzo.
lautaro era consciente de eso, de todo lo que le provocaba tenerlo cerca, y no quería perderlo por nada. manuel lo consolaba, lo hacía reír, lo ordenaba cuando el mundo se le iba de eje.
a veces, cuando manuel se daba vuelta para dormir, lautaro se quedaba mirándole la espalda unos segundos de más. había algo ahí, algo que no terminaba de nombrar. cariño, admiración, miedo… no lo sabía. pero estaba. siempre estaba.
ninguno de los dos lo sabía todavía, pero ese mes donde todo parecía perfecto iba a convertirse en un recuerdo al que volverían mucho más seguido de lo que querían admitir.
—¿querés que veamos algo o estás con sueño? —preguntó manuel, agarrando el control de la televisión.
—estoy para una serie, se llama gossip girl, pero no sé si te va a gustar.
manuel largó una carcajada. ¿cuáles eran las chances de que justo esa serie eligiera?
—¿te la recomendó una minita? —se rió mientras abría netflix.
—sabés que no estoy con ninguna, boludo —le dio un codazo suave—. la miraba en españa con mi hermanita. estaba buena. podemos empezarla de cero.
—gordo, a veces dudo de que seas puto, te juro —comentó manuel, en chiste.
él sabía que lautaro todavía no estaba para estar con nadie. no conocía a nadie, y su primer mes había sido pura adaptación. le había presentado a su grupo de amigas y salieron un par de veces, pero el rubio no se animaba a cruzar ningún límite.
la serie avanzó rápido y, sin darse cuenta, ya iban por el tercer capítulo. manuel estaba más enganchado que lautaro, aunque cada tanto hacía comentarios sobre lo cuestionable de estar viendo eso juntos.
la lluvia golpeaba con fuerza y los truenos no paraban. lautaro empezó a acomodarse para dormir, quedando de costado, mirando el perfil de manuel disimuladamente… aunque pretendía estar atento a la serie.
—¿ya te vas a dormir? —preguntó manuel, sorprendido— quería ver uno más, aunque sea.
—pensé que era de putos la serie —lo cargó. eso solo le valió un golpe fuerte en el brazo.
lautaro lo miró con cara de asesino. ambos sabían lo que iba a pasar. y aunque manuel un poco lo odiara, por dentro siempre lo esperaba. lautaro lo mordió. fuerte. tanto que manuel soltó un grito bajito, porque su mamá estaba descansando.
forcejearon entre mordidas, cosquillas y risas durante unos segundos eternos. y cada vez que lautaro lo mordía, ese límite confuso entre la broma y algo más se estiraba un poquito. manuel lo sabía. y aun así, nunca lo frenaba.
cuando se calmaron, manuel notó el cansancio en la cara de su amigo.
—descansá, bebote —le sonrió apenas—. mañana tenemos día largo.
lautaro sabía que tenían contenido que grabar para todas las plataformas. le devolvió la sonrisa y cerró los ojos con una tranquilidad que no recordaba haber sentido antes.
𝗲𝗻𝗲𝗿𝗼 𝗱𝗲 𝟮𝟬𝟮𝟲
el calor de buenos aires en plena temporada de verano podía poner de malhumor a cualquiera que hubiera pasado frío las últimas veinticuatro horas. lautaro lo sentía. había bajado del avión hacía treinta minutos y ya tenía gotas de sudor en la frente, un calor pegajoso por dentro y unas ganas extremas de meterse a una pileta.
sin ayuda de nadie —como se había prometido— buscó sus valijas y el taxi más cercano.
en los últimos cinco minutos se había cuestionado unas diez veces si lo que estaba haciendo era correcto, pero ya no tenía sentido pensarlo demasiado: no había forma de frenarlo.
le dio la dirección al taxista y este arrancó. mientras se alejaba de ezeiza y se acercaba a capital, lautaro se emocionó. volver a una de sus ciudades favoritas le removía todo. admiraba los edificios, los paisajes, hasta los perros que paseaban con sus dueños. estaba contento.
pero también angustiado.
porque parte de esa angustia era culpa. culpa por haberlo arruinado todo. culpa por saber que volver significaba enfrentarse a cosas que había dejado tiradas como si fueran nada.
un año atrás, su vida era completamente distinta. era el streamer del momento con sus amigos, salía de jueves a sábado y tenía cerca a todas las personas que más quería.
intentó cortar el pensamiento porque el mapa de la aplicación marcaba que ya estaban cerca.
cuando volvió la mirada a la ventana, se encontró con la peor escena posible: el departamento donde había vivido siempre con sus amigos estaba frente a sus ojos, en la misma esquina de su destino.
bajó nervioso, con pasos rápidos y la ansiedad trepándole por la garganta. acomodó las valijas como pudo, casi se le cayeron, y despidió al chofer con una propina que ni siquiera correspondía a la moneda del país.
—no puedo ser tan pelotudo —murmuró.
sabía que no tenía ubicación, que nunca había desarrollado sentido de orientación en capital, pero no imaginaba que fuera tan malo como para no haberse dado cuenta antes.
la marca que lo había contratado —por una cifra millonaria que después le serviría— le había mandado la dirección hacía más de un mes. tenía tiempo de sobra para investigarla, pero no lo había hecho.
sabía que era el mismo barrio donde vivían sus amigos, pero las chances de que fuera en la misma cuadra, en su cabeza, eran bajísimas.
todavía abrumado, empezó a buscar las llaves en la mochila que llevaba encima de la valija. en su intento desesperado por pasar desapercibido, tiró todo el contenido al piso: llaves, cepillo de dientes, cosas de baño, billetera y hasta su celular, que se estrelló contra el pavimento.
juntó todo como pudo y se aseguró de no olvidar nada. cuando estaba por meter la llave en la cerradura, una voz lo congeló.
—¿moski?
su corazón se aceleró de una forma que no sentía desde hacía meses. sabía exactamente de quién era esa voz.
y no estaba listo.
lo había descubierto la única persona que no quería que supiera que él estaba ahí.
y en menos de un día.
