Chapter Text
En la facultad de arte decidieron celebrar una fiesta, así que todos estaban libres de invitar a sus amigos o familia para Yotasuke, su plan era simple y perfecto , ignorar por completo el evento
Y así hubiera sido… si en el último momento no hubiera sido arrastrado por Yatora.
—Es solo un par de horas. Te hará bien salir de tu burbuja—había dicho Yatora con esa sonrisa amplia y despreocupada que a Yotasuke le costaba tanto ignorar
ahora, arrepentido de su debilidad, se refugiaba contra una pared, sintiendo la vibración de la música
Fue entonces cuando lo vio. Yatora no estaba solo a su lado, una chica. Una chica que Yotasuke no conocía. Ella era bonita, con una sonrisa fácil y una elegancia natural que Yotasuke sentía que nunca podría poseer una punzada fría se clavó en su pecho.
Instintivamente, Yotasuke dio un paso atrás, fundiéndose con las sombras, deseando con todas sus fuerzas que su figura delgada y su ropa oscura lo hicieran invisible
Pero los ojos de Yatora, como siempre, tenían un radar para encontrarlo después de un segundo, ya se acercaban, abriéndose paso entre la multitud. Yotasuke contuvo el aliento.
—Ey, Yotasuke, ¡al fin te encuentro! Te presento a Mori, una amiga—dijo Yatora, con una sonrisa que parecía un poco tensa alrededor de los bordes, casi nerviosa.
—Un gusto, Mori—dijo Yotasuke, con una voz que apenas logró elevarse por encima del bombo de la música su mirada se posó en Yatora por una fracción de segundo antes de bajar al suelo.
—Igualmente— respondió ella con una pequeña sonrisa cortés,
Yotasuke no supo qué más decir el silencio se extendió, incómodo y pesado, hasta que Yatora, en un intento por romper la tensión, tomó de la mano a Mori—Bueno, ¡vamos a bailar! ¿Vienes, Yotasuke?—
—No— fue la respuesta seca, casi automática. Y los vio alejarse, la mano de Yatora guiando a Mori hacia el centro de la pista.
Yotasuke nunca había sentido algo así, una sensación corrosiva y caliente que le serpenteaba desde el estómago hasta la garganta, verlos juntos era como observar una composición perfecta en la que él sobraba. Mori se reía, dejándose llevar por el ritmo, y Yatora... Yatora le sonreía con una genuina felicidad que rara vez dirigía hacia Yotasuke sus mejillas estaban sonrojadas, no por el alcohol, sino por la complicidad del momento cada vez que Yatora se inclinaba para decirle algo al oído, Yotasuke sentía que un cristal fino se quebraba en su interior era envidia
Era envidia, sí, pero también una tristeza profunda, la certeza de estar viendo un lugar al que nunca pertenecería.
Su mirada, nublada por esa emoción amarga, buscó desesperadamente un anestésico en una mesa cercana, varias copas medio llenas brillaban con líquido ámbar agarró la más cercana sin pensarlo y la bebió de un trago el líquido ardió en su garganta, áspero y dulzón
Desde su rincón, mareado y con el valor falso del alcohol corriendo por su sangre, no podía dejar de mirarlos la música cambió, se volvió más lenta, más íntima. Yatora y Mori se acercaron, bailando suavemente. Él le dijo algo, y ella rió, apoyando la cabeza en su hombro.
Yotasuke cerró los ojos con fuerza en la oscuridad de sus párpados, la imagen persistía, quemando ya no sabía si lo que sentía era el efecto del alcohol o el nudo de emociones que llevaba años
apretándose en su pecho. Solo sabía que, por primera vez, el deseo de huir luchaba contra un deseo aún más aterrador el de ser quien estaba en el centro de esa pista, siendo el único foco de esa sonrisa dorada.
Vio que terminó el baile Mori soltó la mano de Yatora para ajustarse el cabello. Yotasuke, con el corazón martilleándole en el pecho y el valor ficticio del alcohol ardiendo en sus venas, actuó por puro impulso cruzó la distancia que lo separaba de ellos, ignoró por completo la presencia de la chica y tomó la mano de Yatora.
—Ven—fue todo lo que logró decir, tirando de él con una fuerza que sorprendió a ambos.
Lo alejó de la multitud, de la música, de Mori, arrastrándolo hacia la relativa tranquilidad de un pasillo lateral solo cuando el ruido se convirtió en un murmullo lejano, se detuvo el aire fresco le golpeó el rostro, haciendo que la realidad se volviera un poco más nítida, y con ella, la vergüenza.
—Yo...—Tartamudeó, sintiendo el calor subirle a las mejillas al notar que aún sostenía la mano de Yatora la soltó como si le quemara. —Estoy borracho y me tengo que ir— declaró.
Se estaba dando cuenta, con terrible claridad, de que era una pésima idea
—Ey, espera. Yo te llevo— Yatora se ofreció de inmediato, con una sonrisa suave que no tenía rastro de la tensión que Yotasuke había presenciado antes era una sonrisa solo para él.
Yotasuke se hubiera negado, habría gruñido un "puedo solo" y se habría marchado. Pero esa noche, quizás por el alcohol, quizás por el desgaste emocional, o quizás por un atisbo de valentía recién descubierta, asintió con la cabeza —Está bien—
Tal vez no estaría mal ser egoísta, solo esta vez.
Caminaron en un silencio que no era incómodo, la ciudad nocturna se extendía ante ellos, un cuadro de luces difusas y sombras alargadas a mitad de camino, bajo la luz amarillenta de un farol que pintaba sus contornos de oro, Yatora se detuvo y se volvió hacia Yotasuke.
—Sabes, hay algo de lo que me arrepiento de no haber hecho esta noche—
Yotasuke levantó una ceja, una defensiva que se erigió al instante. El corazón se le encogió. —Si es sobre el amor, no me interesa— dijo con aspereza. Sabía que seguro se trataba de Mori, y realmente no soportaba la idea de escuchar una confesión romántica salir de su boca.
Yatora lo miró, un poco desconcertado, y luego una risa leve escapó de sus labios. —No, no es eso. Es algo mucho más importante— hizo una pausa dramática, sus ojos brillando con picardía. —Sabes, yo quería verte bailar.—
—¿Eh? ¿Por qué?— La pregunta salió más brusca de lo que pretendía, fruto de la sorpresa y el alivio.
—Pura curiosidad—, admitió Yatora, encogiendo los hombros. —y, sobre todo, quería mostrarte que si en la pintura tú eres el prodigio, cuando se trata de baile, el prodigio soy yo.— Su tono era jactancioso, pero tan lleno de calidez que resultaba irresistible.
Yotasuke no pudo evitarlo. Una risa corta y genuina, que sonó extraña incluso para sus propios oídos, le escapó era un sonido liberador. Yatora se unió de inmediato, y por un momento, el aire se llenó de su risa compartida, disolviendo la última capa de tensión.
Entonces, Yatora sacó su teléfono y una canción lenta y melódica comenzó a fluir desde el pequeño altavoz, llenando el espacio entre ellos con una banda sonora íntima con una elegancia casi teatral, se dio la vuelta y extendió la mano hacia Yotasuke
—Y bien... ¿me concederías este baile?—
Si hubiera estado en medio de la fiesta, rodeado de miradas y el estruendo de decenas de conversaciones, Yotasuke lo habría rechazado sin dudar pero no lo estaban. Estaban ahí, en su propia burbuja, en una calle vacía con solo la luna y los focos anónimos como testigos el mundo se había reducido a los dos y a la música casi tembloroso, Yotasuke deslizó su mano en la de Yatora.
Sus cuerpos se acercaron. Yatora colocó su mano libre con suavidad en la cintura de Yotasuke, mientras este, tras un momento de incertidumbre, posó la suya sobre el hombro de Yatora era un contacto nuevo, electrizante. Comenzaron a moverse, despacio, sin un paso definido, simplemente dejándose llevar por el compás no era el baile enérgico de la fiesta esto era diferente, más íntimo, más significativo. Yotasuke podía sentir el calor del cuerpo de Yatora a través de la ropa, el leve movimiento de
su respiración olía a pintura al óleo y a la noche fresca.
Miraba fijamente el hombro de Yatora, demasiado tímido para levantar la vista, pero con cada giro lento, con cada paso acompasado, la sensación desagradable de antes se derretía, reemplazada por un calor tranquilo que nada tenía que ver con el alcohol. Por primera vez en la noche, Yotasuke no quería estar en ningún otro lugar.
La canción llegó a su fin, dejando un silencio cargado de algo nuevo, algo audaz y frágil en el momento en que dejaron de moverse, pero antes de que Yatora pudiera soltarlo, Yotasuke actuó con un valor que no sabía que poseía, se irguió de puntillas y, en un movimiento rápido y suave, presionó sus labios contra los labios de Yatora fue un beso fugaz, apenas un roce de piel contra piel
Sin dar tiempo a una reacción, Yotasuke se separó de un salto sus ojos, muy abiertos, reflejaron el pánico y la euforia al mismo tiempo.
—¡Me voy!— logró balbucear, y antes de que Yatora pudiera pronunciar una sola palabra, giró sobre sus talones y echó a correr calle abajo, dejando atrás a un Yatora paralizado, con la mano aún extendida en el aire y una sonrisa lenta
Yotasuke corrió sin aliento, sin rumbo, solo impulsado por la adrenalina no se detuvo hasta que llegó a la puerta de su apartamento, con el corazón a punto de estallarle en el pecho abrió la cerradura con manos temblorosas y se desplomó contra la puerta una vez dentro
Finalmente, arrastrándose hasta su habitación, se dejó caer sobre la cama enterró el rostro en la almohada, queriendo ahogar un grito que era mitad terror, mitad triunfo
—idiota...—murmuró , pero no había reproche en sus palabras, solo una abrumadora incredulidad giró sobre su espalda y contempló el techo oscuro, con una sonrisa tonta y nerviosa que no podía contener luego, un suspiro profundo escapó de sus labios, cargado de un nuevo y aterrador pensamiento que lo hizo estremecer de anticipación y pánico.
—¿Qué voy a hacer mañana cuando lo vea...?—
