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Kitsune V8

Summary:

En un mundo que se estaba muriendo, Naruto era un mecanico y un corredor de carreras con un simple sueño: vivir. Pero una noche, un chico sexy y misterioso puede cambiarle su vida, y él esta encantado con la idea.

Una historia corta de como Naruto pasa de ser un niño huerfano a mecanico, de mecanico a corredor y de corredor al hombre que puede ayudar a un joven misterioso de salvar el mundo... siempre y cuando dicho joven deje de secuestrarlo.

Notes:

Hola!
Les presento una nueva historia, un poco de todos los cliches de ciencia ficción en distopía adolescente, pero en gay.

Chapter 1: Un nuevo día del Nuevo Mundo

Chapter Text

Era el año 306 despues de la devastación nuclear que casi destruye a la humanidad, el planeta tierra no era verde ni azul, en esos días pasaba de naranja a negro y viceversa. Muchos cuentan leyendas de lo que solía ser, pero muchos sólo agachaban la cabeza y seguían día a día, intentando seguir adelante.

Naruto era uno de ellos, justo como en ese momento, se levantaba incluso antes de que el sol decidiera hacer de las suyas contra su piel. Entre adormilado y sonriente por un nuevo día, se paró de su colchón y se quedo ahí sentado intentado espabilarse pronto.

No es que no quisiera dormir, amaba dormir, pero su cuerpo le exigía descargar la energía acumulada por la noche y él era obediente, o terminaría por hacer explotar la casa otra vez.

Fue un accidente las primeras diez veces. De veras.

Dentro de su diminuto cuarto de un solo colchón, un ropero y un baño propio, se movió para asearse y vestirse de forma improvisada, unos pants y una camiseta para correr.

Salió del departamento intentando no hacer tanto ruido, pues Iruka seguro seguía dormido en su propia habitación, y cerró la puerta con el seguro electrónico, mientras se cerraba su chaqueta naranja encima también.

Ya afuera, el helado viento desértico le golpeo en la cara. Maldición, todas las madrugadas era igual, refrescaba horrores, pero el resto del día parecía banderilla en una fogata. El sol no perdonaba.

Se estiró, calentó y troto calle abajo

—Un día más, Naruto —murmuró para sí, con esa media sonrisa que nunca terminaba de apagarse conforme su mente seguía divagando.

En las afueras del distrito oeste, mejor conocido como el Barrio, los techos metálicos temblaban con cada ráfaga de viento caliente que arrastraba el eco distante de los generadores eléctricos del gobierno.

Las grandes naciones se redujeron a solo ser grandes ciudades en un gran planeta desértico. Los países contaban con el mínimo de población, la suficiente para seguirse llamando sociedad y que existieran los pilares de la misma. Por supuesto, los jodidos ricos estaban hasta arriba de la cúspide, eso no cambio para nada.

Y ante la falta de recursos y a plena hambruna, nació en todo ser humano la mejor herramienta para salvarlos.

Chakra.

El Chakra era la energía vital de todos, evolucionando a materializarse de forma externa como elemento natural y es utilizada para… para todo. Como energía, como combustible y como recurso vital del agricultor.

En todos había chakra, más no todos eran capaces de materializarlo y menos en controlarlo. Naruto, se consideraba raro, pero tampoco tenía manera de demostrarlo a menos que estuviera en su auto.

Y de todas formas no tenía ganas. Si el gobierno detectaba que eras un Usuario  -así les llamaban-, te raptaban a los campos de plantación o a lo que sea que supieras hacer, y de vacaciones o volver con tu familia ni hablamos.

Naruto tampoco tenía padres, era huérfano y sin memoria; su primer recuerdo es despertar en la cama con preocupado Iruka de 16 años sobre él, entre 6 o 7, tampoco lo sabía bien porque antes de eso, su cabeza estaba en blanco. Así que sí, sólo eran Iruka y él contra el mundo, y sabía que le debía mucho, mucho a Iruka por haberlo adoptado tan joven.

Por eso debía esforzarse, ser el mejor, él debía…

El sol empezaba a trepar entre las torres oxidadas y los cables que cruzaban la calle. Sonrió ante la bruma de calorcito que empezaba a crecer en los caminos de asfalto abollado y comenzó a correr más rápido. Siempre lo hacía: entre calles destruidas, lotes abandonados y carteles de propaganda vieja del gobierno. Era su manera de mantenerse vivo, de no pensar demasiado.

Al regresar, con la primera tanda de energía quemada, se metió bajo la ducha -apenas un gotero de agua y helada como cubitos de hielo-, se vistió con su segundo conjunto de ropa naranja y negro y salío de su cuarto, el olor a pan tostado y café sintético lo recibió desde la cocina.

Su departamento no era grande, para nada. Entrabas y el recibidor estaba justo ahí, a la derecha los dos cuartos con su respectivo baño, a la izquierda y sin división, los muebles de la cocina y una pequeña mesa en medio de todo. Una televisión vieja que no agarraba más que cuatro canales: las novelas, las caricaturas de títeres, las películas viejísimas que Iruka juraba eran históricas y las mentiras del gobierno.

 Ejem, noticias del gobierno.


 Iruka, con su cabello atado y una camisa algo gastada, servía dos platos de desayuno.

—Vas a gastar las zapatillas antes de tener para unas nuevas —dijo sin mirarlo, sonriendo con cansancio.


 —Y tú vas a quedarte sin voz con tanto gritarles a esos mocosos —contestó Naruto, tomando asiento.

 

Iruka rió, dejando la taza frente a él.


 —No grito. Enseño con pasión.


 —Sí, sí. Pasión. Eso dime la próxima vez que un niño vomite sobre ti. De veras. —Iruka volvió a reír y él mordió otra pieza de pan. Debería ser un pan duro, pero su tutor tenía una asombrosa habilidad de hacer toda la comida comestible y deliciosa.

 

Iruka era ayudante del profesor de la única escuela en el Barrio. Sí, ayudante, porque nunca pudo ir a la preparatoria. Para volverte un ciudadano registrado y los beneficios que con ello llevaba, debías terminar la preparatoria ya fuese en colegió de la capital -ricos- o la academia militar -pobres-, pero sí o sí debía cursarse el grado de preparatoria. Iruka se quedó con la secundaría incompleta, todo por cuidar de él.

 

Aún así, era el hombre mas inteligente que conocía, sabía de todo, y en la escuela del Barrio enseñaba a todos los cursos y los demás profesores y ayudantes lo admiraban. Pero nadie era su mayor fan más que Naruto.

 

Excepto cuando lo regañaba.


 —Ayer, llegaste tarde de nuevo. —Iruka habló detrás de su taza, Naruto no tuvo la fuerza para mirarlo a los ojos mientras le hablaba — ¿Corriste otra vez?

 

Naruto bajó la vista, mordiéndose el pan.

 —Ayer no. Sólo me quede en el taller arreglando el auto.

 

—Ah, entonces ayer llegaste tarde por arreglar el auto con el que vas a competir, ¿qué? ¿hoy?

 

No se le podía mentir a la cara al hombre que dio todo por ti, ¿no? Era difícil.

 

—No hago nada malo, Iruka.

 —Hasta que lo hagas. — respondió firme —. Esas carreras nocturnas no te van a llevar a ningún lado, Naruto.


 —¿Y qué otra opción tengo? —respondió con voz más baja, apretando la taza entre las manos—. No voy a estar toda la vida limpiando motores ajenos.

 

Iruka suspiró resignado a no poder insistir más. Se acercó y le revolvió el cabello.

 —Solo prométeme que vas a tener cuidado.

 

Naruto asintió. No lo prometió, pero tampoco lo negó. No es como que fuera a ir tras el peligro, sino que, simplemente quería correr.

 

Era lo que mejor sabía hacer y había una oportunidad para ser el mejor de todos y que la gente lo supiera. Él necesitaba lograrlo, cumpliría los veinte el año siguiente, debe darse prisa si no quiere quedarse en ese pozo sin fondo de desastres toda la vida.

 

El desayuno terminó y cada uno tomó su rumbo.

 

Minutos después, el sonido de una motoneta vieja llenó la calle mientras él se ponía la chamarra de cuero y los guantes de trabajo. El logo del taller Nara Motors estaba bordado en el hombro del traje azul desgastado y lleno de aceite.

El camino al taller era largo, pues estaba más cerca de la salida al desierto que dentro de la ciudad, pero el aire —mezcla de humo y polvo metálico— lo hacía sentir vivo.

El taller estaba al fondo, la parte del frente era una refaccionaría todo tipo de artículos electrónicos y de autos, mientras que atrás era una bodega donde siempre olía a gasolina y aceite viejo.

Kiba, uno de los trabajadores y amigo del vecindario ya estaba ahí, con las manos manchadas de grasa y una sonrisa de perro.

 —¡Naruto! Llegas tarde, idiota.

 —Solo porque me bañé —respondió, lanzándole una llave inglesa, sin atinarle.

En la esquina y sobre un banco metálico, Shikamaru hojeaba una revista con cara de tener más ganas de seguir durmiendo que estar ahí. Ni siquiera levantó la vista cuando habló:


 —Llegas tres minutos tarde. Eso significa que hoy las cervezas las pagas tú.

Naruto bufó.

 —Tú ni siquiera haces nada, solo piensas.

 —Y por eso el negocio sigue de pie —contestó Shikamaru con calma, encendiendo un cigarrillo eléctrico—. Tu trabajo es engrasar y hablar. El mío es pensar y cobrar.

Kiba soltó una carcajada.

El día recién empezaba, y los motores del taller rugían con vida.

Para Naruto, cada rugido era un latido. Desde que llegó con Iruka, recuerda estar haciendo dos cosas: correr por todo el Barrio, y estar arreglando algo con sus manos, así que cuando Iruka empezó a notar mas su entusiasmo de agarrar y desmantelar todo lo eléctrico de la casa, lo llevo al taller Nara donde el señor Shikaku accedió a tenerlo como su aprendiz algunas tardes.

Las tardes se volvieron algunos días, algunos días se volvieron todos, y al final ahí estaba, debajo de motores y oliendo a aceite todas horas, disfrutando del sonido de las llaves o de estar bromeando con sus amigos o algunos clientes.

La mejor parte fue cuando probo el carro de uno de los clientes ricos del señor Nara, un auto lujoso a los que sólo podía soñar. En ese entonces ya era un adolescente, uno imprudente, que saco el carro a probar y termino corriendo a toda precisión el motor. Fue rápido, fue intenso, no sabía lo que debía hacer en un principio pero luego su corazón se calmo, juraba que se volvió uno con la maquina, el auto supo de él y le enseño como manejarlo.

Desde ese día, todo cambio.

Ahora estaba en el presente, cerrando el ultimo carro del día mientras Shikamaru le decía que se podía largar y Kiba entusiasmado le gritaba que tomaría su motoneta prestada para verlo en “el lugar de siempre”.

Era la hora.

Naruto paso al baño rápido y se remojo la cara, se quito la mayor suciedad posible y se cambio a su ropa comoda, mirando la hora. El taller cerraba a las 8, el lugar estaba a media hora y la carrera empezaba hasta pasadas las 10, bien, tenía tiempo de hacerle unas modificaciones pequeñas a su bebé.

Fue a la parte trasera del taller, entre tambos de basura, una mesa con muchas cosas encima y una manta que cubría su mayor tesoro.

Bajo ella El Kitsune V8 lo esperaba ahí, dormido bajo una lona de tela oscura.

Quitó la cubierta con cuidado, revelando el brillo dorado mate de la carrocería. Los sellos de chakra, grabados por él mismo, brillaban débilmente en azul cuando pasó la mano por el capó.

Lo bautizo, “Kitsune”, nada más rápido y ágil como su pequeño zorro. además de que así es como lo llamaba Iruka de niño, o algo así.

—Vamos, chico… hora de despertar.

Abrió el cofre.


Un pequeño núcleo de chakra relampagueó en el centro del motor, como si el auto tuviera un corazón propio. Naruto ajustó un cable, giró la llave principal y el motor rugió, profundo, con un eco metálico que vibró en las paredes.

El sonido lo hacía sentir vivo.


Ese rugido era su libertad.

 

Revisó los indicadores en el tablero: presión de chakra estable, nivel de mezcla 80/20, temperatura controlada. Todo listo.

 

Cerró el garaje, se subió y aceleró.

Las luces del tablero se encendieron con destellos azules y anaranjados.

Cuando pisó el pedal, el Kitsune V8 rugió con fuerza, dejando un rastro de energía en el asfalto mientras se lanzaba hacia la autopista.

 

El viento golpeaba su rostro, las luces pasaban como líneas fugaces, y por un momento —solo un momento— el mundo no parecía tan roto.

 

El rugido del motor se confundía con su risa.


.

.

.

El “lugar”. No era broma, así se llamaba. Estaba en el sector sureste, la zona de bodegas y plazas abandonadas que apenas se sostenían; poco salubre, nada seguro y perfecto para eventos como esos, pero nada interesante para darle otro nombre más que el que la gente murmuraba.

 

Las carreras de autos era ilegales por tres diferentes razones, la menos creíble es porque según el gobierno “no eran un ejemplo para las futuras generaciones”; la segunda y perfectamente razonable, el desgaste de combustible que se supone, personas como ellos no deberían tener a tan libre demanda y que de todas formas mucha era robada; número tres, las carreras de reality era un gran negocio para la ciudadela, era el entretenimiento selecto entre las masas, por lo que, a pesar de sacar recursos de las carreras callejeras, no se querían arriesgar a perder sus fieles consumidores por ratas como ellos.

 

Sí, el mundo se caía en pedazos pero los ricos seguían siendo: ricos.

 

El eco de los motores llenaba el cielo.


A las afueras del distrito once, una autopista abandonada se extendía como una cicatriz de asfalto, iluminada por luces improvisadas y pantallas viejas colgadas sobre los postes.

 

Naruto llegó acelerando, el Kitsune V8 rugiendo con un tono grave que hizo girar varias cabezas.

Apenas estacionó, un grupo de corredores se acercó alzando las manos y silbando.

 

—¡Miren quién volvió! ¡El chico del zorro! —gritó un tipo con gorra y lentes reflectantes.

—Creí que te habían arrestado, Naruto —dijo otra, una mujer con el cabello violeta y una pierna mecánica. Si, eso era bastante habitual

—Nah, solo me estaba tomando unas vacaciones —respondió él con una sonrisa descarada, bajándose del auto y chocando puños con varios.

 

Que podía decir, a esas alturas y con su talento, sería raro que no fuera popular en el gremio.

 

El aire olía a gasolina, metal caliente y chakra quemado.

Había vehículos de todos los estilos: autos con placas de energía elemental, motocicletas tuneadas con reactores de fuego y hasta una camioneta blindada convertida en una bestia de carreras.

 

Música electrónica retumbaba desde una consola improvisada. Las luces de neón pintaban el pavimento con tonos púrpura y azul.

 

Kiba apareció entre la multitud, con una botella en la mano.

—¡Tardaste! Creí que te rajabas, idiota.

—¿Y perderme esto? Estarás tonto, ¡de veras! —Naruto lo empujó con el hombro y se giró hacia la pista, buscando.

 

Entre la multitud y los autos, una figura diferente apareció.


Cabello oscuro, rostro impecable, postura relajada, mirada fría que recorría el lugar con precisión quirúrgica. No corría, no hablaba con nadie. Solo estaba allí, apoyado en un poste metálico cerca donde los autos se formaban para salir a competir. Pantalones que colgaban de sus caderas y varios cinturones, una camiseta de red cubría lo que debía dejar ver su delgado abdomen y una chaqueta encima cubriendo el resto.

 

Todo negro, todo oscuro, hermoso.

 

Los murmullos surgieron de inmediato: algunos comentaban lo atractivo que era, otros simplemente lo admiraban por el aire de misterio que lo rodeaba.

Pero él ignoró a todos. Todos, excepto uno.

 

Para Naruto no era la primera vez que se cruzaba con esa mirada azabache.

—Ese tipo… —murmuró, alejándose de Kiba quien le estaba gritando.

 

El chico misterioso no apartó su mirada de él, y sin moverse demasiado, se llevó su mano enguantada con un cigarro electrónico, saco el humo, y la bruma hizo parecer su rostro como un espejismo.

 

Para Naruto, había algo que lo hacía diferente a todos los demás curiosos y corredores: un fuego que no podía fingir y a su vez una frialdad que le calaba los huesos.

 

Cuando se escuchó la voz del organizador llamando a los corredores a la línea de salida, Naruto ya se había acercado lo suficiente al chico misterioso, que casualmente y como noches anteriores, se ponía justo del lado donde estaba el Kitsune.


—Oye… ¿te vas a quedar a ver el final de la carrera esta vez? —preguntó con un dejo de desafío y sonrisa.

 

El chico lo miró, apenas ladeando la cabeza, como si ya lo supiera todo y nada le importara.

—¿Haría diferencia? —dijo con voz calmada y aterciopelada, dándole una sensación electrizante al rubio —. ¿Piensas perder?

Naruto parpadeó, sorprendido, y luego sonrió con determinación.

—Nunca. — tomó valor para decir lo siguiente — Pero tal vez si gano, esta vez podrías decirme tu nombre. 

 

El chico de piel blanca no dijo nada, exhalo humo una última vez, se dio media vuelta y se alejó entre la multitud, como si nunca hubiera estado allí.


Pero Naruto lo sintió: la presencia de aquel hombre oscuro y misterioso estaba justo donde debía, marcando un nuevo desafío que no se resolvía en velocidad, sino en intensidad.

 

Tres carreras, tres intentando saber el nombre del sexy y misterioso desconocido que todo el mundo parecía admirar pero nadie conocía. Al menos esperaba estar pronto de saber aunque sea su apellido.

 

Naruto entró al Kitsune, el organizador daba las últimas instrucciones.

 

El rugido de los motores volvió a llenar la autopista.

La carrera estaba por comenzar.

Y en algún lugar de la noche, esos ojos negros seguían observando.