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Augusto Damastes siempre admiro a Francisca desde que eran pequeños, su pasión y seguridad con la que solía contar sus historias era increíble de ver.
Está incluso fue la manera en la que se conocieron en un primer lugar. Ella estaba en la fuente de la iglesia con su libro en mano durante el recreo, aunque los contenidos de aquel relato ya no los puede recordar bien la forma en la que ella narraba sus relatos de horror y fantasía definitivamente si.
Sus primeras interacciones no fueron del todo bien, al principio ella asumió que él era sarcástico o burlón como sus otros compañeros, yéndose antes que él obtuviera el valor de decir algo más. Afortunadamente esto no impidió que con el tiempo se volvieran amigos, aunque su tiempo juntos fuera limitado por las responsabilidades de cada uno sus charlas llegaban a ser lo más destacado de su día, ayudaba el que Francisca tomaba la iniciativa y lideraba con esa chispa de entusiasmo la mayoría de sus pláticas, a diferencia del carácter más callado que él aun posee, lo cual ella nunca juzgó. Una de sus características que lo llevaron a… verla como buena amiga, o eso se dice a si mismo.
Por su parte él no entendía algunas de sus historias o particularmente le gustaban sus finales tan trágicos y sombríos, a veces se preguntaba porque ella tenía una apelación tan fuerte hacia lo macabro. Pero su imaginación además de talento eran indudables.
Todo lo anterior era verdad pero no podía negar el no sorprenderse al verla salir de la imprenta de su padre totalmente decaída.
“Francisca espera-” Intentó llamarla pero ella no se detuvo. Por un segundo pensó en seguirla, tal vez animarla pero… se quedó congelado en donde se encontraba.
Había tenido la esperanza que su padre la escuchara- por más improbable que fuera, su padre era muy… firme al respecto de cómo las cosas funcionan, desde la literatura hasta los deberes de cada uno, insistiendo que estos se le asignan a uno desde que nació. Augusto a veces desearía tener esa firmeza, incluso si el carácter de su padre lo ponía nervioso desde pequeño.
Pensó en simplemente entrar a la imprenta y ayudar a su padre como siempre. Luego podría buscar a Francisca en un par de horas para ver cómo se sentía. La escritora posiblemente deseaba estar sola ¿no? Y por más vergonzoso que fuera, él dudaba que sus palabras la ayuden de alguna manera.
“Augusto, entra ya y ayúdame a editar los borradores que quedan.”
Dio un paso en la puerta, pausando con un ceño fruncido. Estaba dividido entre ir tras la chica que salió corriendo o dejarlo ir. ¿Valdría la pena?¿Qué pasa si no sabe qué decirle en un momento tan decepcionante para ella? Se debe de sentir horrible al ver que un profesional como su padre no desea ver su trabajo.
Justo cuando escuchó la voz de su padre apurando lo a entrar Augusto recordó las veces que Francisca lo motivó a expresarse con más confianza y ser honesto consigo mismo. “Consideralo, ¿De acuerdo? o uno de estos días te ahogarás en tus miedos y escribiré lo que pasó en una de mis historias.” lo había dicho como una broma y metáfora pero a veces él sentía que si era el caso.
“¡Augusto!”
“Padre, disculpa volveré en un momento.” se disculpó apresuradamente, caminando rápido en dirección por donde había ido Francisca. Ya podía sentir la duda y el posible arrepentimiento trepando su espalda pero decidió pensar en eso más tarde, cuando su padre inevitablemente le de un sermón por no escucharlo.
Al principio no tuvo suerte en encontrar a la escritora después de comprobar que no se encontraba en casa, el único otro lugar que podía pensar era el cementerio a afueras de la ciudad, después de todo ella disfrutaba de los lugares con poca gente donde nadie interrumpiera sus pensamientos y aveces iba a visitar a su madre o abuela.
En camino allí intentó pensar en que decirle: animarla tal vez termine mal y solo la motive a seguir a pesar de tantas probabilidades en su contra. Pero si la desanima entonces él se escuchara igual que su padre o los regaños de la fallecida abuela de Francisca.
“No es tan malo- argh no estupido, eso suena horrible.” Se dijo así mismo mientras intentaba decidir que decirle a la joven con esperanzas de hacerla sentir mejor.
Estaba apunto de llegar al cementerio e iba tan concentrado que casi pierde la figura que empezó a volar por encima del lugar. Sus ojos se abrieron de par en par a ver a la criatura; alas enormes de tecolote con diferentes colores, garras, piernas de animal, el resto de su cuerpo parecía el de un humano si no fuera por las plumas que lo cubrían, fascinante pero- Augusto tenía un buen conocimiento de la naturaleza y sabía que no había ningún pájaro o siquiera animal que se viera así.
La sorpresa y confusión que tenía se volvieron terror cuando pudo enfocar su mirada y vio a Francisca, sería imposible confundir su largo cabello marrón incluso a la distancia. Ese -ese monstruo la estaba sujetando por arriba del piso de la misma forma que las aves de presa obtienen su comida.
Sin darse cuenta empezó a correr hacia ellos, no tenía su rifle consigo, sin embargo eso no importaba, tenía que hacer algo.
Al correr logró ver el momento en el que Francisca cayó inerte en sus brazos de ese demonio. Sus piernas casi le fallan temiendo lo peor, lo que terminó viendo era incluso más inaudito, algo que solo pudo describir como el alma de la joven saliendo de su cuerpo.
Finalmente logró llegar al lugar cruzando las rejas del cementerio, sin embargo era demasiado tarde. La criatura alada de algún modo logró abrir un tipo de puerta mágica en el mausoleo, como una puerta al infierno y Augusto solo pudo ver cómo arrastró el alma a través de este. “¡Francisca!” la intentó llamar pero igual que antes no sirvió de nada, él otra vez no sirvió de nada. Los vio cruzar las puertas del mausoleo, el alma de la muchacha desapareciendo en un segundo. Ahora su cuerpo yacía frente a la tumba de su propia abuela.
Corrió lleno de preocupación hacia ella y se arrodilló a lado tratando de comprobar si estaba herida o si siquiera seguía con vida.
… Aún respiraba, sintió un pequeño alivio pero eso no importaba, ella había sido secuestrada, por algo que ni siquiera era humano y desafiaba todo lo lógico.
Miró a Francisca y de regresó al mausoleo a cuyas puertas comenzaban a cerrarse. Tenía que hacer algo, si lo hubiera hecho desde el comienzo entonces todo eso no hubiera pasado, si tan solo hubiera tenido la voz necesaria para hablarle desde que la vio salir de la editorial. No podía abandonarla a su suerte con ese diablo alado.
“No te preocupes, te traeré de regreso, lo prometo.” Dijo a pesar de que ella no lo escucharía, era una promesa y no la abandonaría. Tomó un respiró hondo, miró al cuerpo inconsciente de Francisca antes de levantarse, no tenia tiempo para pensar, lo que iba a hacer era imprudente y atolondrado pero ignoro todos esos pensamientos.
Después procedió a hacer la acción mas insensata en su vida, correr antes de que se cerraran las puertas que lo llevarían a un lugar que nunca se podría haber imaginado ni en sus más locos sueños o pesadillas.
