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❝Borra la amargura de mi corazón❞
Aún recuerda la amargura de ese día. Tan espesa que sofocaba, tan dolorosa que supuraba. La solían comparar con una cicatriz. “¿Qué es una marca más en el cuerpo?”, decían. Sin embargo, ésta fue tan profunda y grotesca que amenazaba con sangrar para toda la vida, como un recordatorio cerca del pecho la cual verías años después frente al espejo y te darías cuenta que nunca sanó.
El estadio quedó mudo. Una ironía porque minutos antes del desastre alentaban sin importarles si lastimaban sus pulmones o sus cuerdas vocales. Alentaban porque era un todo o nada y ellos perdieron estrepitosamente la batalla.
“Qué humillación”, pensaría cuando todo se hubiera asentado en su cuerpo. Lo peor no era la pérdida. Lo peor era quedarte con tu mente a solas en la oscuridad de una habitación y que tomara las riendas de tus pensamientos para bombardearte con las posibles tácticas y soluciones a la horda de problemas que enfrentaron en ese encuentro, sabiendo que jamás podría escapar de esos fantasmas. Lo peor es el hubiera.
No supo si eran las feromonas alfa que exudaban sus compañeros cual mecanismo de defensa, agrias y asfixiantes, haciendo del ambiente algo denso y tumultuoso o eran sus propias emociones que advertían con ahogarlo las que le cerraban la garganta y le hacían escocer ferozmente los ojos.
Corrió hasta encontrar algún rincón apartado y vacío de El Trébol, no soportando más el llanto quejumbroso que salía de su ser. Con manos temblorosas, desbloqueó el teléfono y marcó el número al que debía de memorizar igual de bien que el planteamiento con el que se suponía iban a ganar.
Un timbre bastó para que su anclaje lo atrapara en medio de esa tormenta salada.
—Lo vi todo, Olger, lo siento mucho.
—Yo también vi tu resultado. Lamento mucho que te haya pasado eso, Nathan —lamentó porque, ¿qué sería de un omega que no puede demostrar empatía por su alfa, a pesar de ser rivales en esta fatal competición?
Sin embargo, sus palabras no presentan más que la verdad al haber él mismo saboreado la ácida derrota. Puede ser empático con el hombre que entiende su dolor.
—Siendo sinceros, ustedes se jugaban mucho más que una posibilidad —¿y que le recordaran eso no dolía? Un sollozo que no alcanzó a acallar salió de sus labios mordisqueados—. No quería decir eso- yo- perdón, amor…
—Te necesito —fue lo único que masculló antes de que quebrarse por completo.
—Yo también te necesito, Olger. Te necesito más que nunca —pudo escuchar los hipidos contenidos a través del comunicador y eso le rompió aún más el corazón.
—Vení conmigo, ya sabes dónde encontrarme. Por favor —suplicó patéticamente. Se pondría de rodillas e imploraría si eso permitiera que el alfa se apareciera a su lado y pudiera consolarlo.
—No puedo, mi amor. Lo intenté y no me dejaron.
Aquella admisión lo pasmó. Fue cruda, directa, pero no menos sorprendente. Algo caliente se enroscó en su pecho al pensar que su alfa se enfrascaría en cualquier aventura, por más descabellada que fuera, con tal de alcanzarlo y mitigar cualquier dolencia que lo asediara. Por ahora, no necesita de una mordida en su cuello si puede sentir las intenciones valerosas de Nathan a un país de distancia.
—¿Lo in-tentaste? —Escobar planeaba que su pregunta saliera deslumbrada ante la osadía del mayor, pero solo pudo evocar una voz entrecortada que amenazaba con desquebrajarse más.
—Por supuesto, lo intentaría todo por ti, Olger. Te prometo que, cuando acabemos con todo este proceso, voy a ir a buscarte al día siguiente y no te podrás escapar de mí.
—No planeaba hacerlo tampoco —sorbió su nariz. Una nueva sensación lo cubría. Algo similar al alivio luego de tragar el antídoto para la mayor de las dolencias—. Te voy a estar esperando porque sé que ahí vas a estar.
—Siempre, príncipe. No quiero dejarte, pero nos están llamando a todos. Solo aguanta un poquito más antes de que podamos reunirnos, ¿sí? Vas a ver que va a valer la pena. Te amo, Olger.
—Yo también te amo, Nathan —y colgó.
El estadio se sintió tan grande que lo empequeñecía. Tanto espacio y, aun así, no podía respirar.
Luego de la reunión postpartido, el ambiente sombrío se asentó en cada uno de ellos. Tuvo un momento con Quimi para llorar ambos su desdicha. También a su familia se vio apesadumbrada al verlo tan desconsolado y no dudaron en consolarlo, siendo tan ínfimo el tramo que sanó de la grave herida que atravesaba su corazón.
Arrastró sus pies hasta su habitación, teniendo las fuerzas apenas suficientes para ponerse la ropa para dormir y acomodar un par de mantas en la cama para hacer un nido improvisado. Una prenda azul marino relució entre su equipaje y su respiración se cortó al ver de quién era el suéter. Pensó en agregarlo al nido, pero quería lo más cercano a sentir a Ordaz con él.
El suéter de Nathan colgaba grande sobre su cuerpo. Unas pequeñas motas con olor similares a la canela y arroz dulce fueron percibidas por su olfato. No era ni su tacto ni sus feromonas, pero encontró una pizca de paz y consuelo dentro de aquella prenda ajena cuando, por fin, el sueño lo alcanzó.
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La amargura sigue pegada a su sistema cual enfermedad. Una enfermedad que afecta a un país entero. No ha pasado ni una semana desde el penúltimo partido, así que no se le puede culpar por hurgar en su herida y sentir el dolor fresco en ella.
Sin embargo, el vínculo a sus raíces, a cada célula que corre por la sangre que comparte con millones de guatemaltecos, no le permite marcharse acobardado. Al contrario, toma este último reto con la frente en alto y con la convicción de alguien que lo dio todo, aunque no lo hayan considerado más que para un recambio.
Sabe de sobra que nada cambiará. Todo seguirá igual. Pero no puede abandonar al barco que lo acogió cuando aún estaba en una pieza y que al día de hoy está destruido. Por más que se hundan, estará junto a los vestigios de esa nave, esperando arribar en tierra firme para volverlo a reconstruir y zarpar de nuevo. Entendió con mayor significado lo que significa estar en las buenas y en las malas.
Puede parecer una cruel broma de la vida, un escupitajo a su dolor, Dios probando hasta dónde llegará su perseverancia, mas no se contiene al celebrar el que fue el segundo gol de la noche para su país, autografiado por su botín y que le vale su primer tanto en las eliminatorias centroamericanas. Arde en lo profundo, brilla en el exterior. Y se permite sonreír por un momento porque hace días no lo hubiera creído posible.
El hubiera lo quiere atacar otra vez, aunque se resiste. Ya tendrá el camino libre cuando llegue a casa.
Terminan ganado el encuentro y se marchan solemnes tras este último esfuerzo. Sigue sin cambiar algo, pero prefiere irse con las manos medio llenas a haber hecho de este último partido un espectáculo humillante. Tendrán un par de años más, trata de consolarse, y quizás esta vez sea la vencida.
Pasan los minutos antes de que una canción reconocida para él vibre por medio del parlante de su teléfono y solo pasa un timbre antes de contestar con urgencia.
—¡Nathan! —exclama a modo de saludo.
Su novio deja escapar una pequeña risa al ver su emoción. El contraste entre el inicio de esta conversación y la del jueves pasado es desconcertante.
—Vi tu gol, tremendo como siempre. Felicitaciones, príncipe. A nosotros nos fue pésimo, por si te sube el ánimo.
—Ya te dije que no me digas así, canchito —se queja. El rojo de sus mejillas puede ser por la vergüenza, pero trata de engañarse a sí mismo diciendo que es por correr por poco más de cuarenta y cinco minutos—. Sé que vos solito les hubieras plantado bien la cara, ellos se lo pierden.
—No lo creo, pero gracias por confiar en mí. Tenía que venir a resolver unos asuntos con mi club… ¿Cómo te sentís ahora?
Deja salir un suspiro tembloroso, pero se recompone: —¿Sinceramente? No tan bien. Sé que no está en mis manos cambiar el rumbo de las cosas y que poco podía hacer, pero te juro que ese primer gol se sintió tan bien que, por un momento, me pude olvidar de todo. Solo era yo celebrando con mis compañeros sin que nada más doliera.
—Pude verlo. Saltabas con esa sonrisa tan preciosa tuya… Es una lástima que ninguno de los dos lo haya conseguido, pero lo poco que te dejaron hacer lo hiciste más que bien y estoy tan orgulloso de ti, Olger. Nada me hará cambiar de parecer, ¿oíste?
—Yo también estoy orgulloso de vos y espero que nunca lo olvides. Una pena que no te dejaran jugar cuando sos de lo mejor que tienen en el banquillo… ¿Cuándo vas a venir, Nathan? Te necesito un montón.
Un carraspeo se oye a través de la línea: —Pensaba decírtelo cuando ya estuviera en Guatemala, pero veo que no se te pasa nada por alto. En realidad, estoy esperando a que salga mi vuelo. Nos vemos mañana a las diez, príncipe.
El palpitar del corazón de Olger se aceleró cual martilleo incesante. Algo se apretó en su estómago sin saber si es la anticipación o sus instintos omega despertando y revoloteando ante la mención de la proximidad de su alfa. Tiene que apartar el teléfono para inhalar hondo, pues teme que Nathan lo escuche y sepa que lo tiene hecho un desastre.
Pero la emoción es mayor y no la puede ocultar. No a él, al menos.
—¿En serio vas a venir? Ay Nathan, no puedo esperar a tenerte conmigo otra vez, yo- umm —se acuerda de cómo respirar como la gente normal—, simplemente te he extrañado tanto que todo esto se siente tan intenso.
—No sabes cuánto ansío irme a acurrucar a tu cama e ir a enterrar mi cara en tu cuello. Tu olor a chocolate y especias me hace tanta falta que es un milagro no haber caído en la locura debido a la abstinencia. Dios, ya hasta estoy salivando, Olgeeer.
—Ay, comportáte, Nathan —lo reprendió el menor, aceptando esta vez que las palabras y la voz grave del salvadoreño lo hicieron estremecerse de pies a cabeza y le dejaron el rostro pintado de rojo—. Solo tenes que aguantar un poquito más y mañana seré todo tuyo.
—Eso suena bastante bien. Te voy a llevar a almorzar a un lindo lugar y luego no te voy a dejar salir de tu cuarto hasta que ninguno de los dos recuerde estas terribles eliminatorias —una risa risueña se le sale ante la propuesta, pero un aleteo vibra en todo su cuerpo porque sabe que es una promesa y Ordaz lo cumplirá al pie de la letra.
—No dejaré que se te olvide, Chelito.
—Sabes que no se me va a olvidar.
La llamada es interrumpida por un Quimi que va a su encuentro, comunicándole que deben regresar a los vestidores para atender la última reunión postpartido con el equipo. Asiente y deja que se marche para despedirse del delantero.
—Me están esperando. Entonces, ¿nos vemos mañana?
—Sin falta, mi amor. Ahí voy a estar. Te amo.
—Yo también te amo, Nathan.
Y cuelga. No obstante, esta vez no hay presión que le oprima la garganta ni un peso que amenace con rasgar la carne de su corazón. Solo hay esperanza. Una esperanza prístina y pura que le hace sentir que todo estará bien.
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Se levanta temprano a la mañana siguiente, impaciente porque llegue la hora en que su novio aterrice en tierras chapinas. No traga mayor bocado, pues el nerviosismo ha hecho de su estómago un nudo. Llega con una hora de anticipación al aeropuerto La Aurora, deseoso de ver el cabello castaño que anuncie la llegada de su amado. Trata de guardar las apariencias, pero es imposible al sentir a su omega hacer una fiesta en su sistema y sus propias emociones aflorar como en el primer día.
Pero todo vale la pena, absolutamente, cuando ve la larga e imponente figura de un extranjero que es más que un residente permanente en su corazón con equipaje en mano y una sonrisa amorosa esperando por él.
Vale la pena cuando corre hacia el salvadoreño con todo a su alrededor dejando de existir y, por un instante que se siente como una eternidad, son solo ellos. Con los brazos del más alto enroscándose en su espalda y el propio muchacho ocultando su rostro en su hombro, bañándose mutuamente en la oleada de feromonas que buscan conquistar cada tramo del contrario, reclamando lo que siempre ha sido suyo.
Vale la pena cuando son Olger y Nathan reuniéndose de nuevo y la amargura es sustituida por el alivio. Por el amor.
