Work Text:
El departamento de Gen huele a café frío ya la colonia barata que usa cuando no quiere que nadie note que lleva tres días sin dormir.
Son las 2:14 de la madrugada y él está sentado en el suelo del salón, con la espalda contra el sofá y el teléfono en la mano. La pantalla muestra el último mensaje de Senku, enviado hace ocho horas.
Ishigami Senku
Te lo cuento a ti primero porque sé que te va a hacer gracia: me caso el mes que viene. Es Ruri, la astrofísica del JAXA. Comodidad pura. compartimos financiación, visados y un laboratorio entero. Ni siquiera tendremos que fingir que nos soportamos. Pásate si quieres, habrá alcohol gratis.
Gen leyó eso catorce veces seguidas. Después se rio, como siempre se ríe cuando algo le duele demasiado: alto, teatral, con la mano en el frente como si fuera una diva de los años cincuenta. Luego apagó el móvil y no contestó. Ahora, seis horas y media después, sigue sin contestar.
En la mesa baja hay una botella de whisky japonés que compró el día que Senku le dijo
“nunca me enamoraré de nadie, el amor es una reacción química que distrae”.
Tenía diecisiete años y Gen se lo creyó. Se lo creyó tanto que se pasó siete años convirtiéndose en el payaso perfecto: el amigo que nunca pide nada, el que siempre tiene una lista de bromas, el que se queda hasta las tantas ayudando con experimentos que no entiende solo para ver cómo se le ilumina la cara a Senku cuando algo funciona. Siete años siendo la sombra que nunca cruza la luz.
Se levanta, tambaleante. El suelo está lleno de cartas que nunca envío. Las escribió en noches como esta, cuando el silencio era demasiado grande y el “te quiero” se le escapaba por las comisuras de los labios. Las guarda en una caja de zapatos, debajo de la cama, como si fueran pruebas de un crimen. Saca una al azar.
17/04/2019
Mi amado senku:
Hoy has sonreído tres coma cuatro segundos más de lo normal cuando te he traído el café exactamente como te gusta. Creo que eso cuenta como cita en tu idioma. En el mío sería suficiente para besarte contra la pared del laboratorio. Pero soy un cobarde de manual, así que solo te he dicho “de nada” y me he ido.
Tuyo (aunque no lo sepas)
—Gen.
La rompe en pedacitos muy pequeños. Uno a uno. Como si así pudiera borrar también la memoria. Enciende la luz del baño. El espejo le devuelve una cara que ya no reconoce:
ojeras profundas, labios agrietados, ojos demasiado abiertos. Se mira como quien mira a un extraño.
«Tú nunca fuiste lo suficientemente interesante para él», se dice en voz alta. Y duele tanto que casi es un alivio. Saca el frasco de pastillas del armario. Las cuentas con dedos precisos: treinta y dos. Las mismas que toma cuando la ansiedad le aprieta el pecho hasta que cree que va a morir. Ironía pura. Escribe la nota en una hoja del bloque de propaganda de su última gira de magia. Letra grande, redonda, la misma que usaba para hacer trucos de cartas en el instituto.
Senku:
Lo siento. Al final no voy a poder ir a la boda.Tenía muchas ganas de verte feliz, pero creo que no lo soportaría. Nunca fui valiente como tú. Nunca fui nada como tú. Te quise desde el día que me prestaste tu chaqueta en segundo porque llovía y yo había olvidado el paraguas. Te quise cada vez que me explicaste una fórmula como si fuera el secreto más importante del universo. Te quise incluso cuando me dijiste que el amor era una pérdida de tiempo. Sobre todo entonces. Pero soy un mentalista pésimo: nunca logré hacer que me miraras de la forma en que yo te miraba. No llores, ¿vale? Los científicos no lloran. Y si lo haces… miente. Eres muy bueno mintiendo cuando quieres.
Tuyo (aunque ya no importa),
—Asagiri Gen.
Dobla la hoja en cuatro partes perfectas, como si fuera una carta de amor normal. La deja encima de la mesa, al lado de la invitación de boda que Senku le mandó por correo (papel reciclado, cero sentimentalismo). Justo lo que cabía esperar. Se sienta en el sofá.
Se toma las pastillas de ocho en ocho, con agua del grifo que sabe a metal. No llora. Ya no le quedan lágrimas; se le gastaron todas en las noches anteriores. Cierra los ojos y piensa en la única vez que casi se lo dijo.
Tenían veintidós años. Estaban en el tejado del instituto de posgrado, fumando cigarrillos que Senku no sabía fumar y que Gen le encendía por pura costumbre. La ciudad brillaba debajo como un circuito impreso.
—Oye, Senku-chan —dijo Gen de pronto—. Si mañana el mundo se acabará… ¿te arrepentirías de algo?
Senku soltó el humo por la nariz, tosió un poco y se encogió de hombros. —De no haber terminado el acelerador de partículas, supongo.
Gen se río. Su risa más falsa hasta la fecha. —Claro. Qué típico de ti.
«Nunca pregunté lo que quería preguntar» pensó para si mismo.
Ahora el techo gira despacio. El corazón late como un tambor lejano. Siente que se hunde en algo cálido y negro. Lo último que piensa, antes de que todo se apague, es:
«Ojalá hubieras sido un poco más ilógico, Senku-chan. Solo un poquito.»
–––
Senku llega a las 7:42 de la mañana.
Tiene la llave de repuesto que Gen le dio “por si alguna vez te encierras fuera siendo un genio despistado”. Nunca la uso hasta hoy: algo en el silencio del teléfono le apretó el pecho desde las cuatro de la mañana.
Abre la puerta.
El olor dulzón de la muerte ya está ahí, mezclado con el café frío.
Lo encuentra en el sofá, con la cabeza echada hacia atrás, como si estuviera dormido después de una noche larga de trucos de magia.
Senku se queda quieto en el umbral.
No grita.
No corre.
Solo se queda mirando la nota que hay encima de la mesa, reconociendo su propia invitación de boda manchada de lágrimas que ya se secaron.
Lee.
Lee otra vez.
Lee hasta que las palabras se le clavan como cuchillas.
Y entonces, por primera vez en su vida, Ishigami Senku hace algo completamente irracional:
Se arrodilla en el suelo, coge a Gen en brazos aunque ya está frío, y llora como si le arrancaran el alma a pedazos.
—Idiota… —susurra contra el pelo negro que ya no huele a nada—. Idiota, idiota, idiota…
Llorar no sirve de nada. La ciencia no lo trae de vuelta. Y por primera vez, Senku desearía con todo su ser que la ciencia estuviera equivocada.
En el bolsillo de Gen encuentra una carta arrugada, de las muchas que nunca envió. La abre con dedos temblorosos.
Es de hace ocho años.
Y termina así:
«Si algún día te casas, Senku-chan… prométeme que serás feliz. Aunque no sea conmigo.»
Senku aprieta la carta contra el pecho y grita.
Grita hasta que le sangra la garganta.
Grita hasta que entiende que hay cosas que ni diez mil millones de humanos juntos podrán jamás revivir.
Y en ese departamento que huele a café frío ya final, Ishigami Senku aprende que el amor también puede ser una reacción química. Solo que esta vez, la ecuación no tiene solución.
•
•
•
•
•
•
•
•
Han pasado diecinueve meses.
Senku se casó con Ruri exactamente cuarenta y dos días después del funeral de Gen.
Fue una ceremonia civil, fría, de diez minutos. Ella firmó los papeles, él firmó los papeles, y luego volvieron al laboratorio como si nada hubiera cambiado.
Ruri nunca preguntó por qué Senku llegó con los ojos hinchados. Ella entiende que hay preguntas que la ciencia no responde.
En la casa que ahora comparten (un apartamento funcional lleno de servidores y neveras criogénicas) hay una habitación cerrada con llave. Dentro están las cosas de Gen que Senku rescató antes de que la familia se las llevara: la caja de zapatos llena de cartas rotas, la chaqueta del instituto que aún huele a él cuando hace frío, la última baraja de cartas que usó en su espectáculo antes de morir. Senku entra una vez al mes, se sienta en el suelo y reconstruye los pedazos de carta como si fueran un rompecabezas imposible.
El resto del tiempo trabaja. Dieciocho, veinte, veintidós horas al día. Duerme en el laboratorio, como proteínas en polvo, se inyecta cafeína directamente en la vena cuando las manos le tiemblan demasiado. Sus colegas lo admiran:
“Ishigami-sensei está revolucionando la física cuántica a una velocidad inhumana”. Nadie ve que las vendas que ahora lleva en los antebrazos están manchadas de sangre seca casi todos los días.
Porque cuando el dolor del pecho es demasiado grande, Senku se corta. Cortes limpios, paralelos, calculados al milímetro para no tocar las arterias. Es la única ecuación que todavía le da control: dolor físico = distracción del otro dolor. Una noche cortó tan profundo que Ruri se encontró desangrándose sobre el suelo del baño. Ella lo cosió sin decir palabra, le puso las vendas y al día siguiente pidió traslado a otro proyecto.
Se fue sin reproches. Senku ni siquiera la acompañó a la puerta.
Ahora vive solo otra vez. Y ya no puede más.
Esta noche ha terminado el último experimento que le quedaba por orgullo: un modelo teórico para viajar más rápido que la luz. Lo subió al servidor central, dejó las notas para que alguien más lo continuara, y apagó todas las luces del laboratorio excepto una.
Sobre la mesa hay una jeringuilla llena de un líquido transparente. Es la misma fórmula que usa para dormir a los animales de laboratorio antes de sacrificarlos. Dosis letal para humanos: 12 ml. Él se ha preparado 15.
Enciende la grabadora de voz que usa para sus papeles.
—Registro personal, 3:47 am El universo es un lugar muy grande y muy vacío. Calculó que hay diez mil millones de razones lógicas para seguir vivo… y solo una ilógica para morirme. Pero esa una pesa más que todas las demás juntas.
Apaga la grabadora. Se sienta en el suelo, espalda contra la pared fría. Saca del bolsillo la carta menos rota que encontró en la caja de Gen. La misma que termina con «prométeme que serás feliz. Aunque no seas conmigo».
Senku se ríe. Una risa rota, oxidada, que no ha usado desde hace casi dos años.
—Mentiroso —susurra—. Me pediste que fuera feliz… y luego te fuiste sin darme la oportunidad de intentarlo contigo.
Se arremanga. Las cicatrices son un mapa de noches que no pudo soportar. Se clava la aguja sin dudar.
Antes de empujar el émbolo, habla una última vez, como si Gen estuviera ahí, apoyado en el marco de la puerta con esa sonrisa de medio lado.
—Asagiri Gen… tu truco más cruel fue hacerme creer que podía vivir sin ti. Te equivocas.
Empuja.
El liquido entra frio, rapido, perfecto.
Senku cierra los ojos y por primera vez en diecinueve meses siente que respira de verdad.
Lo último que ve es la luz verde del monitor parpadeando, como la luz de la petrificación aquel día que nunca llegó a salvarlo.
Lo último que piensa es:
«Esta vez llego primero, Gen. Espérame.»
–––
Lo encuentran a las 11:14 de la mañana.
La puerta del laboratorio está abierta de par en par. Sobre la mesa, junto al cuerpo ya rígido, hay una nota escrita con la letra impecable de siempre:
A quien corresponde:
La ciencia avanza porque alguien decide que vale la pena seguir. Yo ya no tengo a nadie por quien valga la pena.
No intenten reanimarme. Él calculó todo.
Si alguna vez logran viajar en el tiempo, díganle a un chico de diecisiete años que preste atención cuando su mejor amigo le sonría de cierta forma.
Y si ven a Asagiri Gen… díganle que al final el ilógico ganó.
—Ishigami Senku (3:52 am)
En la pantalla del ordenador, el salvapantallas muestra una única foto: Senku y Gen en el tejado del instituto, años atrás. Gen apoya la barbilla en su hombro. Senku, por primera vez en su vida, está sonriendo de verdad.
La foto se queda encendida mucho después de que se lleven el cuerpo.
Como si, por fin, los dos estarían juntos en algún lugar donde la ciencia ya no pueda alcanzarlos.
Fin.
