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Merope contempla el anillo de Abraxas llena de dolor, rabia y cansancio… Suelta una risa envenenada, teñida por la tristeza que la domina, mientras aguarda la afrenta en la caja de porcelana en la que venía envuelto.
El brillo del cristal azulado, tono igual al de sus ojos, no confiere a la pieza el cariño impreso en generaciones, dadas de esposa en esposa, al parecer indignas de una sangre nueva, sin lazos familiares, sin nada que la ate a las cosas que su amado atesora. Su maleta ya está guardada; entre el montón de papeles hay un sobre con su nombre escrito, del Ministerio. Le ofrecen un muy buen puesto para una principiante, donde las posibilidades de ascender están a su favor, pero… estar involucrada en el Ministerio la dejaría al alcance de los Malfoy con más precisión que un ave puesta en una jaula, eternamente ceñida a un hombre que ya había entrelazado su alma con otra mujer.
Sale de su cuarto. Es lo suficientemente tarde para que sus pasos sean los únicos que resuenen en los pasillos, mientras asciende a la oficina del director. Dumbledore —quien pronto asumirá— la saluda desde una esquina.
—Profesor Dumbledore.
—Señorita Riddle. —La mención de su apellido la hace estremecer de pies a cabeza; el orgullo que solía sentir por aquel nombre muggle pierde significado con los acontecimientos de esta noche—. ¿Qué hace aquí?
—¿Cómo… cómo eligió enseñar, profesor? ¿Qué lo motivó?
La pregunta parece sorprenderlo, aunque de buena manera. La joven no sabe qué ve en sus ojos para que su habitual desconfianza parezca desaparecer.
—Hay muchas razones —respondió—, pero la principal es cuando vi a los de primer año logrando transformar una aguja. Ver esos ojos inocentes llenos de alegría, cuando su magia pasa de una fuerza descontrolada… a un bien que ellos pueden dominar, es mi logro más personal.
Las palabras resonaron en Merope Riddle, recordando que ella misma fue aquella niña inexperta, temblorosa y diminuta. Con mechones sueltos, que Walburga Black cuidadosamente ató esa misma noche en que su magia, por primera vez, fue libre de depositarse en una hebra.
Ahora no estaba lista para tomar el puesto de aquella segura niña Black, ni el del futuro director de Hogwarts. Pero sabía que algún día podría atravesar esos pasillos dominando lo que ellos tenían: esperanza.
Con una reverencia, se retiró de la habitación. Mirando los cuadros, sintiendo la magia resonando en cada rincón del castillo, caminó ideando su próximo destino. Muy lejos de Londres, de Abraxas y de su futura esposa.
Al llegar a su cuarto, redactó la simple carta que declaraba su rechazo a un puesto secundario, a un lugar tan insignificante en la vida de un hombre por el que habría dado todo. Al escribir las palabras mira nuevamente esa caja, dentro esa joya que vale más que cualquier cosa que posee, pero siente el mismo rechazó, esa aversión grabada en su sangre.
No le deseó felicidad, ni a él ni a ese futuro matrimonio; sabía que era mezquino, pero en su ser solo albergaba la esperanza de lo contrario… que en los brazos de esa mujer solo alcanzará a pensar en ella. Que su esposa durmiera sabiendo que le pertenecía el apellido, pero no el corazón de su amado.
Eran fantasías infantiles, vertidas con lágrimas de desdicha, mientras abandonaba el dormitorio al amanecer. Orion Black la encontró —era más joven— y, acercándose, le dio dos cartas. Él lo comprendió sin decir nada más, un breve vistazo de traslúcido pesar cubrió sus ojos, mientras murmuraba un “Adiós, señorita Riddle” y fue a entregarlas a sus hermanos: uno por
corazón y otra por sangre.
