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Language:
Español
Stats:
Published:
2025-11-22
Words:
2,163
Chapters:
1/1
Kudos:
6
Hits:
55

Skate

Summary:

Después de un trabajo fallido para él, de golpes, insultos y de esa sensación asfixiante de abandono en una ciudad tan llena, pero a la vez tan vacía como lo era Los Santos, Bo Xin termina en el parque de skate. Su dolor y su infinita angustia parecen ahogarlo, pero una mano fina parece ofrecerle algo que jamás sintió en su vida: La sensación de existir para alguien.

Notes:

¿Todo comenzó en un parque de skate?

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Bo sabía que sería un día malo desde el momento que pasó la noche tiritando de frío en uno de esos moteles abandonados en el norte donde solía esconderse. Era un lugar aterrador que sumado a sus pesadillas constantes le generaron una noche donde apenas pudo conciliar el sueño por minutos. Estaba tan cansado. Exhausto.

Y no únicamente de forma física sino simplemente cansado de sobrevivir cada día mientras esperaba pacientemente a que su padre volviera por él. No lo juzgaba. Jamás. Nunca podría juzgarlo, no, no lo haría.

Padre había sido bueno, padre había sido duro, pero lo había educado para la vida. Si padre lo golpeaba era porque lo merecía, por torpe. Si padre se fue de China dejándolos fue porque Bo era el problema. Si padre golpeaba a madre era porque… porque… 

Mordió su labio y apretó sus manos fuertemente. No quería pensar en eso.

La voz de uno de los hombres para los que acababa de conducir lo hizo alzar el rostro. Estaban sentados en el suelo en un círculo con él en medio y el auto de huida estacionado a un lado ocultándolos en esa zona alejada de la ciudad.

El hombre con máscara azul estaba gritando, Bo no pudo evitar encogerse levemente y desviar su vista hacia el auto. Le daba miedo los adultos que alzaban mucho la voz, especialmente cuando él no tenía ninguna arma para intentar defenderse.

Hace unos minutos había conducido para un grupo que quería hacer un robo en una joyería, les habían hablado de él. De un increíble piloto. Y aunque a Bo no le dieran mucha confianza, había aceptado. Necesitaba comer, necesitaba dinero para quizás poder comprar otra ropa y tener medicamentos por si enfermaba.

—Darle 40% me parece una exageración.

Bo dejó de ver su reflejo en los vidrios polarizados para enfocarse en ese hombre que parecía el líder ¿Estaba hablando de su dinero?

—Quedamos 40% y 60% —dijo otro hombre con un tono menos demandante. Aquel con el que había pactado el trabajo.

—¿Y? ¿Para qué necesita dinero un crío?

Se puso de pie inmediatamente.

—¿De qué hablando, tronco? —Bo sabía que ese hombre era más alto y más fuerte que él, y a pesar del miedo que le dio su voz, se armó de valor para sostenerle la mirada.

El jefe enarcó una de sus gruesas cejas y le dio una mirada de superioridad.

—Te daré 10%, crío —le lanzó unos cuantos billetes en la cara—. Nos vamos.

Los demás hombres a su alrededor se levantaron y comenzaron a pasar a su alrededor como si nada hubiera pasado, dirigiéndose hacia el auto. Bo había cerrado sus ojos por inercia cuando lo vio lanzarle algo, al abrirlos por un momento se quedó en shock. A sus pies estaban unos pocos billetes. Algunos eran pisados por los compañeros de ese sujeto que acababa de humillarlo.

Bo por detrás de la mascarilla apretó los dientes hasta hacerlos chasquear y dio un paso pisando él mismo el dinero.

—¡Tu puta madre! ¡Dame dinero que merezco por trabajo! —gritó.

El jefe se detuvo y se volteó para verlo. Aún detrás de su máscara azul, Bo podría jurar que había una risa burlona.

—Mocoso, una palabra más y tendré que meterte un tiro. Me importa tres cojones que aún tomes teta de la puta de tu madre —el sujeto sacó una pistola de sus pantalones.

A su alrededor, Bo sintió cómo el resto de la banda también se detuvo y algunos mismos sacaban sus propias pistolas.

Él no tenía una pistola, había perdido la suya en esa escapada suicida y el atentado que generó en el Vainilla para ayudar a esa mafia que había desaparecido. Solo tenía un cuchillo en el morral que Vampi le había regalado.

No podía hacer nada.

—Ahora, crío. Ponte de rodillas y recoge el dinero que te di.

Bo no se movió, se mantuvo de pie observando desafiante al hombre mayor.

—Sombra —el jefe alzó su mano e hizo una señal que inicialmente Bo no entendió.

Otro hombre, uno que tenía el cabello teñido de azul, salió de entre el grupo de la banda e hizo ademán de golpearlo. Bo lo esquivó con facilidad, devolvió los golpes con destreza, pero cuando pensó que iba a derribarlo, otro lo golpeó por la espalda haciendo que perdiera el equilibrio y le diera ventaja a los demás.

Recibió más golpes en la espalda, en el rostro y uno en la pierna tan fuerte que lo obligó a arrodillarse mientras apretaba los dientes y los ojos para contener las lágrimas. Se encogió sobre sí mismo por el dolor, aferrándose a su pierna derecha con fuerza.

—Listo, suficiente —Sombra detuvo a unos tipos que habían estado pateándolo, aprovechando su vulnerabilidad.

—Recoge tu dinero, crío de mierda —el jefe habló riendo.

No levantó la vista, no iba a enseñarle sus lágrimas. Los escuchó irse encendiendo el vehículo, algunos entre risas y otros lanzándole insultos que no podía comprender del todo. Cuando el sonido del motor del auto había desaparecido, recién Bo atinó a levantar su rostro sucio lloroso.

A pesar del asco que sintió ante la sola idea, comenzó a recoger el dinero pisado y sucio. Era poco. Tan poco. Apenas podía alcanzarle para comer el día de hoy, lo guardó con lentitud en su morral y se limpió sus lágrimas con el dorso de su mano con rapidez, se sentía tan humillado.

Se levantó tembloroso, un dolor agudo en su pierna herida casi lo hace caer nuevamente de rodillas, pero hizo todo lo posible para soportarlo y mantener su equilibrio. No era débil, era fuerte. Era muy fuerte. Podía con esto y más. Llevaba años viviendo en las calles, en el frío y en ese mundo, esto no era nada.

Padre golpeaba más fuerte, esto no es nada. Padre golpea más fuerte.

Cojeó torpemente hasta una carretera, esperaba de corazón poder encontrar algo que lo llevara a la ciudad. Tenía hambre y estaba tan adolorido que sentía por momentos que no podría caminar jamás. Había pensado por un momento llamar a Yados, pero sabía que se burlaría de él por haberse dejado golpear y en estos momentos no estaba de ánimos para escuchar su voz ruidosa ni sermones. Prefería esta tortura autoimpuesta de caminar, aunque cada paso fuera como una puñalada en su pierna.

Un anciano que conducía una camioneta destartalada paró y aceptó acercarlo un poco a la ciudad a cambio de unos billetes. Bo se subió en la parte posterior con mucha dificultad y durante todo el trayecto apretó el cuchillo dentro del morral, ante cualquier giro extraño que no fuera por la carretera principal, le rajaría el cuello.

Lo dejó en la zona de la playa, cerca de lo que parecía ser un parque de skate, Bo se bajó con torpeza cayéndose nuevamente en mitad del malecón. El anciano no le preguntó por cómo estaba, simplemente estiró su mano pidiendo el dinero prometido. Se levantó tembloroso y le entregó la mitad de lo que había obtenido en ese funesto trabajo de piloto. El tipo recibió el dinero sucio con asco, lo contó con rapidez, hizo un gesto de despedida y volvió a subirse a su camioneta para irse.

Bo simplemente maldijo viéndolo partir. Si estuviera bien, hubiera saltado para correr. Jamás le hubiera pagado. Pero en estos momentos no iba a llegar muy lejos.

Metió nuevamente sus manos en su morral y vio lo poco que le quedaba de dinero. Su estómago rugió, tenía muchísima hambre ¿Cuánto tiempo llevaba sin comer? Bo no recordaba ni haber desayunado el día de ayer. Esperaba que pudiera alcanzarle para un sándwich y un poco de agua, no quería pasar otro día sin probar bocado, comenzaba a sentirse débil.

Comenzó a cojear con lentitud, con el dolor constante en su pierna que le decía que debería también ir a un hospital para que revisen que el golpe que le dieron no le fracturó algo. Pero no podía, no tenía dinero. No iban a atender a un niño indocumentado y sin un padre.

Estaba sucio, lleno de tierra especialmente en sus rodillas. Su rostro también, manchado con lágrimas secas y marcas de golpes que apenas eran cubiertas por la mascarilla sucia. Bo caminaba por el malecón concurrido hacia el parque de skate que estaba rebosante de gente, pero jamás se había sentido tan solo.

Se abrazó a sí mismo, era golpeado por algunas personas que caminaban a su alrededor chocándolo como si no lo vieran, como si él era únicamente un obstáculo que ocupaba espacio de forma inútil e innecesaria. Había risas, palabras, ruidos, todo tan vivo, pero a la vez tan frío.

Bo se detuvo, pero las personas a su alrededor seguían moviéndose.

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas que no pudo contener volviendo a manchar su rostro con ellas. Se sentía tan solo, tan miserable. Perdido en una ciudad tan ajena e inhóspita que no lo veían a él, que simplemente percibían un ser sin valor y sin una existencia que pudiera valer la pena.

Lo hacían sentir como basura, como un error.

Estaba allí, frente a ellos herido y lloroso, y aún así era totalmente ignorado porque no tenía valor alguno. Hace unas horas había sido usado por esa banda como quien pone un animalito entrenado a hacer un trabajo y luego lo apalean al no responder como deseaban. Era menos que un perro callejero.

Quizás por eso su padre lo abandonó.

Con ese pensamiento, Bo no pudo resistir el dolor físico y el que en su pecho comenzaba a formarse quitándole el aire, haciéndolo sentir asfixiado y asustado como si su instinto de sobrevivencia le estuviera diciendo que estaba muriendo. Cayó de rodillas comenzando a temblar en medio de sus lágrimas, sintiendo que el mundo podía caerle encima a pesar de que a su alrededor no pasaba nada y todas las personas seguían con sus vidas felices y tranquilas caminando a través de él, ignorando su miseria y su dolor infinito.

En medio de ese caos en su mente y de su ataque de pánico, con la cabeza gacha y la vista clavada en el piso con adoquines de concreto opaco y sucio que sus lágrimas no le permitían ver bien, una mano fina muy blanca apareció.

Parpadeó varias veces creyendo por un momento que estaba teniendo una alucinación.

La mano blanca se movía con suavidad tratando de llamar su atención, un movimiento que le pareció grácil a pesar de ser tan simple.

Alzó su rostro y vio al dueño de ella.

Frente a él estaba una persona, un muchacho cuya piel era tan blanca como la de aquellos idols que veía en las pantallas de las tiendas de artefactos electrónicos. Su cabello negro contrastaba con su piel y con esos ojos claros curiosos cuyo color no podía definir que lo observaban con algo que le parecía una mezcla de curiosidad y preocupación.

¿Verdes? No, parecen grises ¿O quizás azules? ¿Quizás ambos colores? ¿Es eso posible?

El muchacho estaba levemente inclinado para estar a su altura, aún con su mano extendida moviéndola frente a él y quizás hablando, pero Bo no podía escucharlo ni entenderlo, estaba fijo en su rostro fino, en su cabello y en esa aura que le pareció estúpidamente angelical, como si un atisbo de luz desprendiera de alguien que estaba vestido de negro. No había visto nunca a nadie así.

No parecía real.

Un crucifijo ¿Es un ángel? ¿Es de esos ángeles que hablaban las monjas? ¿De ese dios que dicen que lo ve todo?

Bo siempre odió a ese dios porque si fuera real era un hijo de puta al haber permitido que él viva todo lo que estaba viviendo. Pero si lo que tenía frente a él era producto de ese dios, entonces quizás no era tan hijo de puta.

Le había mandado un ángel bonito.

Demasiado bello, tan bello que Bo podía sentir sus mejillas encenderse por debajo de su mascarilla.

—¿Me puedes escuchar? ¿Estás bien?

Su voz también es muy dulce.

Era la primera vez que esa presión en su pecho se detenía y sus lágrimas dejaban de caer.

En medio de la multitud que había estado pasando por encima de él como si se tratara de un trasto viejo y roto, ignorando sus lágrimas y su dolor, tratándolo como lo más bajo e inservible, hubo una persona que se fijó en Bo.

Ese muchacho había bajado su vista para verlo a él, para ver a un Bo sucio, golpeado y herido que no era más que un objeto usado para cometer delitos y luego desechado. Un niño perdido en una ciudad norteamericana, abandonado por un padre violento, con una madre prostituida en China y con el corazón destruido por haber intentado sobrevivir aun cuando quizás la muerte hubiera sido más misericordiosa.

Por primera vez en su vida, en ese fugaz momento mientras seguía viendo el rostro bello que le tendía una mano delicada para ayudarlo a levantarse, Bo Xin sintió que existía.

Notes:

Todo comenzó en un parque de skate.