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Era un sábado especial. Para la hinchada, para el equipo, para todos los que sentían los colores blaugrana latir en su corazón. La tan esperada vuelta al Camp Nou, el regreso del Barcelona a su casa, su trinchera, su palacio. Renovado, majestuoso, glorioso. Gavi no podía más con la emoción y el orgullo que llenaban su pecho. Suyo había sido el último gol en aquel estadio antes de los trabajos de remodelación, y aunque su rodilla aún le impedía estar en la cancha junto a sus compañeros, la sensación de júbilo que experimentó aquel día todavía hacía eco en su memoria. Hoy miraba desde las gradas, con una gran sonrisa en el rostro.
Esta no hizo más que ensancharse hasta lo imposible al ver a Robert pisar el césped portando el brazalete de Capitán. El polaco lucía impecable, determinado y tan feliz como los demás de poder jugar de nuevo en su amado estadio. Fue el mismo Robert quien inaugurara el marcador del partido. Gavi pensaba que nada podía ser más perfecto que el momento en que su novio fuera quien volviera a hacer vibrar el Camp Nou con un grito de gol.
Sin embargo, poco duró la enorme satisfacción del joven español, cuando vio que Robert, luego de marcar el tanto a favor de su equipo, abrazaba con euforia a Fermín, envolviéndolo en sus fuertes brazos, levantándolo por sobre sus hombros y estrechándolo fuertemente contra su cuerpo. La escena era tan familiar como extraña. Gavi conocía aquel festejo de sobra, lo sabía de memoria, pues era su festejo con Robert.
Ver a otro en los brazos del polaco hizo que sintiera un fuerte aguijonazo en el pecho. Una herida que se sentía peligrosamente como la de una traición, un dolor amargo que ensombreció el resto de la jornada. Lo que debió ser un día festivo y de gloria por la victoria en casa de su amado equipo, se tornó en ese instante en todo lo opuesto.
Y lo peor era que el partido acababa de empezar.
Para el entretiempo, estando todos en los vestidores, Gavi se mantuvo junto a Pedri, que había ido a felicitar y apoyar a Ferran, dándole ánimos y sugerencias para la segunda mitad del encuentro. Gavi vio a Robert acercarse, con una sonrisa traviesa en los labios y los ojos brillantes de alegría.
—Empezamos ganando, ¿has visto? —comentó el polaco, como quien no quiere la cosa, buscando que Gavi saltara a su cuello y lo felicitara por su gol.
—Sí, claro. El equipo está haciendo un buen trabajo —fue toda la respuesta de Gavi. Robert frunció un poco el ceño y lo miró con duda, sin decidir si la tensión que percibió en la voz de Gavi era real o solo se la había imaginado.
Hasta poco antes de iniciar el partido habían estado muy acaramelados, Gavi diciéndole lo orgulloso que estaba de él y que seguramente anotaría muchos goles, mismos que luego celebrarían solos los dos. Todo esto en medio de besos y sonrisas. ¿Por qué ahora parecía indiferente a su esfuerzo? ¿Ni siquiera un besito de recompensa le daría?
Flick pronto llamó a los jugadores para darles nuevas indicaciones, así que Robert no tuvo tiempo de preguntar ni agregar nada más. Lo que fuera que estuviera pasando, si es que algo pasaba, tendría que esperar a que el compromiso hubiera terminado.
La vuelta al Camp Nou fue el éxito que se esperaba, la hinchada y los jugadores salieron felices. Sin embargo, Robert Lewandowski estaba lejos de recibir las caricias y halagos que esperaba por el partido ganado.
—¿Ya me vas a explicar qué fue todo eso? —la voz airada de Gavi se escuchó nada más el polaco acabara de entrar por la puerta de su hogar.
El más joven ni siquiera se había cambiado, seguía llevando la misma camiseta blanca y los amplios pantalones marrones que lució durante el encuentro. Sin embargo, su apariencia, usualmente adorable, se notaba en discordia con su semblante frío y serio.
—Explicarte, ¿qué? —preguntó el más alto con convincente inocencia—. Yo sé que pudimos haber anotado un par de goles más, por lo menos, pero creo que la ventaja que conseguimos fue suficiente.
—No estoy hablando del partido, Robert —le cortó el otro con algo de fastidio—. O quizás sí.
—No entiendo. ¿Estás molesto por el partido o no? Pensé que hoy íbamos a celebrar…
—¿Por qué no mejor te vas a celebrar con Fermín? —arremetió Gavi, incapaz ya de esconder la causa de su malestar. Miraba fijamente a Robert, sus ojos como espadas afiladas, y su mandíbula apretada de furia.
—Pues, ya festejamos todos en el vestuario un poco, me extrañó no verte ahí. ¿Te fuiste primero porque te dolía la rodilla?
—¡No me refiero a eso, Robert! Sino a la forma en que lo abrazabas y alzabas como si quisieras hacerlo tocar el cielo, como si quisieras fundirte con él.
—¿El festejo luego del gol? —aventuró el polaco, aterrizando en la razón detrás de aquella discusión—. Fue solo una reacción del momento. No le veo el problema.
—¿El problema? —repitió Gavi de forma retórica—. ¡Que ese es mi festejo! ¡Nuestro festejo especial, Robert! ¡Soy el único que puede lanzarse a tus hombros de ese modo! —exclamó, todavía alterado; pero luego añadió, con voz más contenida—: O por lo menos lo era. Pensaba que lo era, que teníamos algo especial. Pero supongo que esta lesión no solo me ha costado mi lugar en el equipo, sino también entre tus brazos.
Robert se sonrió apenas, pero ante la mirada iracunda del más joven lo disimuló inmediatamente. No es que no tomara en serio los reclamos de su novio, sino que se le hacía tremendamente adorable verlo tan celoso y molesto. Adorable pero peligroso.
—Nada podría hacerte perder tu lugar en mis brazos, Gavi, ni en mi corazón —intentó tranquilizarlo con sus palabras—. Ni en el equipo, todos estamos esperando ansiosos por volver a tenerte de titular en la cancha. Lo de hoy solo se dio. Quizá fue memoria muscular, adrenalina. Además, ¿qué esperabas, que lo soltara y lo dejara caer a medio vuelo?
—No estoy diciendo eso, ¡pero hay mil maneras más de celebrar un gol!
Lewandowski no pudo más.
—Te ves sumamente lindo así, todo celoso y territorial —le ofreció, con la sonrisita volviendo a su rostro.
—¡No estoy celoso, Robert! —protestó Gavi, gesticulando con fastidio y dando vueltas por el salón—. Solo quiero que me digas de frente, si voy a tener que acostumbrarme a verte levantar en brazos a cada compañero que te ponga una asistencia o simplemente esté cerca cuando estás feliz por un gol.
—Estás siendo injusto, amor. Tú y yo sabemos que no estoy tratando de reemplazarte con nadie. Además, ningún festejo se sentirá igual de maravilloso que los que son contigo.
—Bien parecía lo contrario, desde los graderíos, al menos.
—¿Vas a seguir con eso? —preguntó con un ronroneo, y se acercó lentamente a Gavi, abriendo los brazos en una clara invitación a que este parara de discutir y se dejara envolver por ellos.
Gavi mantuvo sus propios brazos cruzados sobre su pecho y el semblante estoico, pero no se apartó ante el avance de Robert.
—Prométeme que solo celebrarás así conmigo —exigió, pero su voz ya no transmitía rabia, la tormenta parecía estar cediendo. Con un poquito más de esfuerzo, todo el espíritu combativo se habría esfumado del joven deportista.
—Depende —dijo, Robert, aún con los brazos abiertos, pero en su rostro una fingida contrariedad acompañaba sus palabras—. ¿Y si es un partido de Champions, o un gol decisivo en el alargue del segundo tiempo? ¿Y si anoto un hat-trick?
Gavi torció el gesto, con muy poca paciencia ante la broma de su pareja.
—De acuerdo —concedió el mismo Robert, aceptando que la única forma de aplacar el disgusto del más joven era siendo honesto—, mantendré nuestro festejo solo para nosotros dos. ¿Está mejor así?
—Me suena bien, sí —respondió el español, todavía sin mirarlo, sin bajar del todo la guardia.
—Ven aquí —susurró Robert, y terminó de cerrar la distancia entre ellos hasta tener a Gavi sujeto contra su pecho. Este se relajó de inmediato ante el contacto, dejando ir toda la tensión y la rabia que hasta el momento lo habían dominado—. Ni Fermín ni nadie va nunca a ocupar tu lugar, Gavi, ni en la cancha, ni fuera de ella. Mucho menos en mi corazón —añadió bajito, mientras lo apretaba más entre sus brazos.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo —aseguró el polaco, y se quedaron así por unos segundos. En silencio y disfrutando del calor y la presencia del otro.
Un poquito después, Robert retomó el tono juguetón que traía antes y preguntó:
—¿Ahora sí puedo tener mi premio por haber marcado en el partido de hoy?
Ante tal solicitud, Gavi levantó el rostro y le dedicó la sonrisa más coqueta y traviesa que tenía en su arsenal.
—Puede ser… —empezó a decir—, pero yo necesito ser compensado por el daño emocional que dicha anotación me produjo.
—Siempre tienes que salir ganando, ¿no? —protestó el goleador, aunque con una sonrisa complacida. Acto seguido, dejó que sus labios se posaran sobre los de Gavi en un beso delicado y lleno de afecto.
El menor lo aceptó gustoso y se dejó llevar por el ritmo que imponía Robert, mientras llevaba sus manos lentamente a la nuca del polaco y lo atraía más hacia él. Conforme pasaban los segundos, les hizo falta más contacto. Gavi profundizó el beso mientras Robert deslizaba sus manos por debajo de la camiseta del español hasta sentir su piel desnuda.
Las caricias se volvieron más intensas y pronto sintieron la urgencia de buscar más comodidad. Gavi se separó un poco de Robert, buscó con sus manos la parte superior de su camiseta, la hizo rodar por sobre su cabeza hasta liberarse de ella y la dejó tirada sobre el sofá. Robert lo imitó con prontitud, exponiendo también su torso desnudo. El más bajo tomó de la mano a su novio y lo llevó con él escaleras arriba, a la habitación.
Una vez allí, Robert tomó de la cintura a su novio y lo apegó firmemente a su cuerpo. Le sostuvo la mirada con intensidad mientras acunaba su rostro con una mano.
—¿Ya te dije cómo de sexy te pones cuando estás celoso? —ronroneó, con fuego en la mirada.
—Que no se te haga costumbre provocarme celos —amenazó Gavi, la sonrisa pícara aún en su rostro.
El mayor no respondió nada, solo se dedicó a comerle la boca con pasión, mientras avanzaban lentamente hacia la cama. Apenas la rodilla de Robert tocó el borde del colchón, empujó suavemente a su novio y se acomodó sobre él, sosteniendo algo de su peso en un solo brazo mientras con el otro recorría el torso del español.
A partir de ahí, el verdadero festejo dio inicio. Terminaron de despojarse de las prendas que aún les quedaban encima y no tardaron en estar completamente piel con piel, tocando y besando cada parte que encontraran expuesta, arrancando suspiros o gruñidos de los labios del otro y saboreándose como si fuera la primera vez. Se olvidaron del tiempo y del mundo a su alrededor, y se dedicaron a amarse con intensidad hasta que los dos alcanzaron la cima de la gloria en una explosión de placer que ningún gol o celebración podría igualar.
A fin de cuentas, la vuelta al Camp Nou sí había resultado un gran día.
