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Renuncia

Summary:

Oga consigue un buen trabajo gracias a Furuichi, pero tiene que ver lo mal que la está pasando su amigo en la misma empresa que él. Oga hará lo posible para que Furuichi sea feliz y no se amargue tanto, porque para eso están los amigos.

Work Text:

A sus 25 años,Tatsumi Oga estaba desempleado. No es que Oga se dedicara a dormir todo el día, sin el esfuerzo mínimo en la búsqueda laboral. Ciertamente intentó sonreír a cada jefe que confió en él, deseando triunfar en el famoso y desgarrador mundo adulto, pero los resultados no lo favorecieron y eso era trágico.

—Lo harás mejor la siguiente vez —dijo Furuichi, intentando animarlo de verdad.

Ya podía separarse de Beel y Nico, el límite eran las afueras de la ciudad, lo cual era excelente si deseaba buscar un trabajo. Recorrió cada zona, desde los lugares más peligrosos hasta los más adinerados, intentándolo por al menos dos años sin conseguir respuesta. Ahora sentía el peso del fracaso y aunque no lo admitiera, estaba triste y desesperado.
—Levántate, la depresión no te queda —dijo Furuichi, sentándose a los pies de la cama—. Te conseguí una entrevista de trabajo.

Oga lucía somnoliento, mirando a Furuichi con el ceño fruncido. Estaban solos en el dormitorio, Hilda y los niños aprovecharon la mañana para salir, las hermosas ventajas de poder separarse de Oga.
—Furuichi, si estás bromeando te partiré la cabeza.
—Debes ir mañana a las tres de la tarde —dijo sonriendo, sin prestarle atención a su amenaza—, como bodeguero.

Entonces Oga intercambió miradas con él unos segundos, buscando la broma o lo que sea que Furuichi estuviese haciendo.
—¿Oga? —dijo Furuichi, viendo al hombre entrar en una especie de trance.
—Tú si eres buen amigo, Furuichi —dijo con el ceño fruncido, pero con sus ojos llenos de lágrimas—. Te invitaré a comer con mi primer sueldo.
Furuichi soltó una pequeña carcajada, él sabía que Oga estaba afligido por esto, no tenía dinero para sobrevivir e incluso si disfrutaba que Furuichi lo invitase a comer, ya no era el adolescente que vivía de croquetas y pan de melón.
—No digas cosas que no puedes cumplir —dijo Furuichi—, es en la empresa donde trabajo.

Entonces la emoción en el rostro de Oga se desvaneció, e inmediatamente se metió bajo las sabanas.
—¡Oye! ¡¿Qué pasa con esa falta de ánimo?! ¡Te conseguí algo bueno! —dijo Furuichi, intentando destapar a Oga.
—¡En esa empresa de mierda tuya! ¡Te quejas todos los días de la horrible gente que hay allí! —exclama Oga, empujando a Furuichi con el pie, haciendo que este caiga al suelo.
—¡No es que estés en posición de rechazar la oferta! —gritó Furuichi.

La discusión se mantuvo un rato hasta que Oga se sentó junto a su amigo en el suelo, Furuichi era la voz de la razón y Oga sería estúpido si lo ignorara.
—Podemos comer juntos, los de bodega salen a almorzar a la misma hora que nosotros —dijo Furuichi, mientras Oga no podía entender que su amigo sintiese tanta emoción al llevarlo—. Solo tienes que comportarte y no romper nada.

Oga no estaba muy seguro, pero si le iban a pagar más del sueldo mínimo, no se quejaría. Aceptó a regañadientes, viendo la ilusión en el rostro de Furuichi.
Llegó al día siguiente, con la ropa más formal que tenía, yendo directamente a la oficina de recursos humanos. La entrevista fue breve, posiblemente la más corta que él haya tenido. Actuó relajado, para ese momento ya conocía la rutina de respuestas que se consideraban correctas.
—Puede empezar mañana —dijo el hombre y Oga se sorprendió, suponía que no habían más interesados.

Apenas salió de la puerta fue a la oficina de Furuichi, quien era más preocupación que persona. Nunca estuvo allí antes, era espaciosa para alguien que llevaba tan poco en una empresa, sobre todo si era joven. Oga golpeó la puerta, el hombre de cabello plateado reaccionó mal y cuando vio a Oga se relajó, aquello decía mucho del entorno laboral.
—Lo conseguí —dijo Oga y Furuichi se levantó para felicitarlo, casi pudiendo saltar de la emoción.
—¡Es genial! —dijo Furuichi, cerrando la puerta—. Ok, los tipos de bodega son un poco intimidantes, pero te adaptarás bien. ¿Ya te entregaron el uniforme?

Oga le explicó algunas cosas sobre el día siguiente, que tendría una inducción y allí le darían todo. La emoción de Furuichi era un poco linda, Oga no recordaba la última vez que vio a su amigo contento por su presencia. Quizás se sentía solo entre personas que no lo respetaban.

La mañana siguiente fue como volver a la escuela. Oga y Furuichi se fueron juntos, caminando con un optimismo natural. Se hizo a sí mismo un almuerzo ganador, porque hoy si tendría con quién comer. Una vez llegaron a sus trabajos y Oga terminó la inducción, todo se oscureció un poco, al menos a simple vista. Furuichi tenía razón, la bodega apestaba a humedad, pero la mantenían con una limpieza intachable. Quizás era algo del edificio, se notaba el trabajo de los hombres por mantener las paredes limpias, pero aun así la pintura vieja se descascaraba.
—¡¿Quién mierda limpió el techo con cloro y no lo enjuagó?! —gritó un hombre corpulento y lleno de tatuajes en el cuello.
—¡Debes dejar actuar el jodido cloro antes de sacarlo! ¡¿Eres imbécil?! —exclamó otro hombre, este tenía lentes de sol y una cicatriz que atravesaba su rostro.
—¡EL AIRE ESTÁ TÓXICO! ¡¿DILUISTE ESTA MIERDA?!

Oga los escuchó un rato, discutiendo sobre la toxicidad y la ventilación. Luego llegó otro bodeguero y la discusión se complicó, así que Oga tuvo que esperar más. ¿No era descortés entrometerse en conflictos?
—Buenos días, soy el nuevo —dijo Oga, siendo completamente ignorado—. ¿Aló? ¿Disculpen? ¿Hola? Trabajo aquí desde hoy, Tatsumi Oga, buenos días de nuevo. ¿Escuchan?

La llegada de un viejo canoso los dejó a todos en silencio, no porque le tuviesen miedo, era otra cosa, una forma de respeto que los hacía conscientes de sus propias acciones.
—Ventilemos el lugar por una hora, la próxima vez recuerden hacer esto con mascarillas —dijo el viejo y todos estuvieron de acuerdo—, saben bien que la limpieza no es nuestro trabajo, así que no se amarguen por lo extra.

El anciano miró a Oga apoyado en la pared, su uniforme limpio e impecable gritaba nuevo. Se le quedó mirando un rato, Oga levantó una ceja, preparado para cualquier tipo de insulto o regaño.
—Tatsumi Oga, ¿no? Puedes llamarme Tokugawa —dijo él, lo que causó que todos saludaran a Oga de forma amistosa, notando solo recientemente su presencia.
Era un extraño mix de lo que él llamaría “ex yakuzas y convictos”. Se les notaba a todos, las cicatrices, los tatuajes, el extenso vocabulario que se reducía a un abanico de groserías. Oga no podría llamar a eso el paraíso, pero era ciertamente un sitio con el que se sentía familiarizado.

—¡Genial, un tipo nuevo! ¡Soy King! Ya sabes, como Rey en inglés —dijo un hombre obeso y de aspecto nórdico.
—The King of motherfuckers —dijo un tipo alto y rubio, consiguiendo que el tal King le tirara una caja, logrando hacer reír a todos.

Oga seguía sin bajar la guardia, incluso estuvo atento a sus propias pertenencias, que se reducían a su celular y dos chicles. Sin embargo, a medida que las horas pasaron, notó la amabilidad en cada uno de ellos. ¡Claro que le sorprendió! Ganar ese nivel de respeto le tomó muchos golpes en su escuela, esto era un mundo nuevo.

—¿Cómo va el primer día? —dijo Furuichi, quien lucía mucho más cansado que él.
—Iré a comer con estos tipos, dicen que hay un lugar muy bueno con carne barata.

Pero aquel comentario solo hizo palidecer a Furuichi, quién creyó firmemente que comería con Oga en el almuerzo. No le respondió de inmediato, seguía sorprendido con cómo Oga pudo integrarse a su grupo.
—Ven con nosotros, no les molestará, son buenos tipos —dijo Oga, pero a Furuichi no le constaba que fuesen amables con él, después de todo era un oficinista en terreno desconocido.

 

—No, está bien, en realidad me alegro por ti —dijo Furuichi, con esa sonrisa falsa que usaba para fingir—, además traje mi propia comida y no quiero que se pierda.
—¿En serio? ¿Estás seguro? —dijo Oga, viendo como sus compañeros pasaban por detrás de él para ir a almorzar, llamándolo.
—Sí, disfruta tu nuevo ambiente —respondió, dándole unas pequeñas palmadas en su espalda antes de irse.

Oga vio cómo su amigo se iba a su oficina, muy seguro de que el tipo se puso triste o incómodo por esto, lo conocía y aunque no diría nada al respecto, estaría atento a sus actos.

—Oga, ¿te hablas con los administrativos? Ten mucho cuidado ahí —dijo uno de los viejos, dando un bocado a su bistec—, hace años me involucré con una mujer de ahí, son malas personas.
—Furuichi es la excepción, es mi amigo desde hace años —dijo Oga, con la boca llena también—. ¿Lo conocen? ¿Pelo plateado? ¿Bien parecido?

Los hombres se miraron entre ellos, Furuichi era de bajo perfil en la empresa, tenía sentido que no lo conocieran.
—Es bueno que no lo conozcamos, significa que no se mete en problemas, pero tal vez el tiempo lo corrompa —dijo King, dando un sorbo a su cerveza, como si no fuese a trabajar después.
—Miren, no entiendo este odio entre bodega y administrativos, para ser justos Furuichi no administra, tiene otro cargo más importante que no recuerdo —aclaró Oga, terminando de masticar—, pero trátenlo bien, el tipo se esfuerza en ser agradable.

Los hombres que de hecho eran mejores personas de lo que parecían, aceptaron aquello. Si Oga, (que ahora era uno de los suyos) pedía algo, entonces se cumpliría.
Las siguientes semanas fueron igual de gratas para Oga, era un hombre tranquilo en un trabajo que no exigía mucho más que fuerza. Sintió que esta era la experiencia que debió tener en la escuela, la de un tipo normal pasando el rato con amigos y nada de demonios. ¡Afortunadamente seguía disfrutando de su juventud!

Oga tomó horas extras porque le convenían, le gustaría hacerlo seguido, pero también quería algo de tiempo libre. Mientras subía las escaleras vio a Furuichi imprimiendo unas cosas, apoyado en la impresora y quedándose dormido de pie.

—Oye, ¿qué haces aquí tan tarde? —dijo Oga, apareciendo por su espalda y asustándolo—. ¿No salías a las seis?
Furuichi dijo algo inentendible, claramente estaba agotado. Miró a Oga a los ojos y luego los cerró, quedándose allí un rato hasta que Oga le pegó en la cara.
—Oye imbécil de mierda, ¡¿crees que no duele?! —dijo Furuichi, devolviéndole el golpe, el suyo obviamente no dolía.
—Te ves como la mierda, deberías ir a dormir —dijo Oga.
—No, tengo que dejar estos informes en la oficina de mi jefe —dijo Furuichi, bostezando y claramente dispuesto a quedarse.
—Son las ocho —explicó Oga—. ¿Es muy importante?
Furuichi afirmó con la cabeza, al parecer uno de los supervisores mandó un correo informativo hace unas semanas y no lo incluyó, por lo que jamás se enteró de esa información y aquello era para mañana.

—No es tu culpa —dijo Oga y Furuichi sabía que tenía razón, pero las cosas no funcionaban así en esa empresa, al menos no en el piso donde Furuichi trabajaba.
—Lo sé, pero no todo aquí es justo —dijo, sin evitar bostezar en cada momento.
—Misaki tiene una impresora, deja imprimiendo todo allí y lo entregas por la mañana, nadie lo notará.

Y Furuichi le hizo caso, apenas pudo mantenerse de pie para irse y Oga lo acompañó.
—Mis compañeros dicen que en tu piso son imbéciles, que incluso los nuevos se corrompen.
—Es parte del proceso y las jerarquías estúpidas —dijo Furuichi—. El otro día me habían elegido para un curso importante, pero alguien reclamó y al final dijeron que no estaba bien que me diesen la oportunidad a mí por sobre los más antiguos.
—No parece tan malo, significa menos cosas tediosas que hacer —dijo Oga, intentando ser sincero.
—Supongo que es una forma de verlo.

Oga notó el desánimo, no comprendía del todo esta situación y por qué existían tantas diferencias entre ambos trabajos. ¿Se debía a la competencia profesional? Como eran cargos más importantes y muchos de allí tenían títulos universitarios, peleaban por quién era más capaz e inteligente, mientras que los de bodega solo vivían el día a día y la pasaban bien.

Un día Oga fue a comer con Furuichi. Fue a su oficina, lo tomó del brazo y lo obligó a descansar. No fue la única vez, se repitió tanto que todos sabían del tipo de bodega que se lo llevaba a esa hora. Se hizo tan notorio debido a la risa de ambos, cómo se notaba el cambio de ánimo en Furuichi desde que Oga lo arrastraba al comedor.
—Ayer Beel aprendió un insulto nuevo, Hilda tarde o temprano lo sabrá —dijo Oga, hablando con la boca llena.
—Creo que ya debe estar lo suficientemente decepcionada, desde que su segunda palabra fue el estúpido apodo que me diste —dijo Furuichi, apoyando sus codos en la mesa.
—No sé cómo pasó —dijo algo avergonzado, porque jamás admitiría lo mucho que habló de Furuichi cuando se fue.
—Me extrañaste, eso fue lo que pasó —dijo Furuichi, riéndose de Oga—, Hilda me odió mucho después de eso.
—Tiene sentido, una madre espera que su hijo diga papá y mamá, no el nombre del amigo de su padre —dijo Oga, mirando al cielo— y sí, te extrañé.
Hubo un silencio incómodo, porque había ciertas cosas de las que ellos no hablaban. Furuichi se ruborizó ligeramente y Oga desvió la vista, arreglando sus cosas para volver al trabajo.

Un día de invierno, exactamente a las 17:20 de la tarde, tanto Oga como Furuichi fueron llamados a la oficina de recursos humanos. Cuando Furuichi lo vio en la oficina, inmediatamente frunció el ceño.
—¿Qué hiciste? —dijo Furuichi, debido a que Oga tenía un prontuario demasiado extenso y Furuichi podía darse el lujo de desconfiar de él.
—No me señales con el dedo, tampoco sé lo que pasa —se defendió Oga, sentado informalmente en la silla.
De pronto el hombre llegó con una carpeta y se sentó frente a ellos, parecía tranquilo, era el mismo que entrevistó a Oga para el trabajo. Él se tomó su tiempo, abrió la carpeta y leyó el caso de ambos para sí mismo.

—¿Por qué carajo estamos acá? No hicimos nada —dijo Oga, siendo mirado por Furuichi.
—Mantente al margen —dijo Furuichi, regañándolo.
Finalmente el encargado de recursos humanos los miró y tecleó unas cosas en su computadora.
—No es que esta empresa sea anticuada, intentamos hacer lo posible para ir con los tiempos modernos, pero hay ciertos protocolos que hay que mantener.

Tanto Oga como Furuichi levantaron una ceja, no entendían de qué hablaba. Oga pensó en que tal vez fue su uso indebido del baño de discapacitados, pero nadie podía culparlo, aquel lujo era su secreto desde que llegó a la empresa, primero porque siempre estaba vacío, segundo porque a veces necesitaba cagar y ese era el único baño con ventilación.
—Furuichi, ¿tú también cagas allí? —susurró, aunque más que un susurro fue telepatía.
—¿De qué estás hablando?
—No tienes por qué ser tímido, hay ciertas cosas que el hombre debe hacer, incluso en horario laboral —dijo Oga, mientras el encargado de Recursos humanos se les quedaba mirando.
—No siento la suficiente confianza como para cagar en el trabajo.

De pronto el encargado de Recursos humanos saca dos hojas, con muy poco contenido en ellas.
—Algunas personas dicen que ustedes están en una relación, ya saben, por el contacto físico, así que solo firmen esto para dejar constancia.

Y justo en ese momento hubo una pausa, lo que debió ser un momento de reflexión. Honestamente, era la primera vez que alguien insinuaba un noviazgo entre ellos. Furuichi se rió un poco, nervioso y entretenido. Tatsumi Oga era muchas cosas, pero no alguien romántico y si alguna vez tenía la intención de amar, sabía perfectamente que no estaría en sus opciones.
Furuichi recordó cuando Oga se fue al mundo de los demonios, que él esperó que lo llevara a rastras o que mínimo le preguntara si deseaba ir. “Es un viaje familiar”, pensó él en ese entonces, celoso de su relación con Hilda y el tiempo a solas que pasaban. Si Oga tuviese que elegir a alguien, sería a ella, quien cuidaba a Beel y a Nico, quien vivía con él bajo el mismo techo. Ella era hermosa, educada, un símbolo sobre todo lo que estaba bien en una mujer y su relación con Oga no había hecho más que mejorar.

—Señor, nada de eso es cierto, lo que pasa es que somos amigos desde niños, por eso somos cercanos —explicó Furuichi.

El hombre de lentes se puso a leer entre los archivos y finalmente está de acuerdo con Furuichi. Es un tipo amable, así que los dejó ir, confiando plenamente en su palabra. Mientras tanto Oga, quién no había dicho demasiado desde la acusación, salió de la habitación junto a Furuichi, totalmente callado.
—Así que solo notan mi presencia cuando estás tú y porque me creen tú pareja, genial —dijo Furuichi, luciendo cansado.
Oga se rascó la nuca, quizás se ruborizó un poco por la situación, pero intentó cambiar el tema.
—¿Por qué no te juntas con los de bodega en el almuerzo? Son agradables y seguramente no hubiesen denunciado nuestra “relación” a este viejo —dijo Oga, abriendo nuevamente la invitación.

Y Furuichi que llevaba dos años en ese lugar de mierda, lo pensó. Incluso si habían reglas no escritas sobre por qué ambos bandos no se juntaban, nadie podía ser peor que sus propios compañeros.
—Quizás traiga unas galletas para compartir, ¿o es demasiado? —dijo Furuichi.
Y aquella frase cerró el trato, Oga sonrió y entendió que este tipo la pasaría bien aunque sea un par de horas al día.

Desde entonces Furuichi bajaba al -1 sagradamente, saludando a quienes apenas conocía. Eran nueve hombres musculosos, que parecían ex convictos y yakuzas, la mayoría con más de cuarenta años. Curiosamente Oga parecía el más normal en ese grupo, pero Furuichi juraría que el tipo estaba más corpulento desde que entró a trabajar.
La primera observación de Furuichi fue que eran infantiles. No llevaba ni un minuto allí y fue invitado a una carrera de sillas de escritorio.
—¡Ven aquí Furuichi! —exclamó Oga, señalando la silla frente a él—. ¡El más liviano gana!

Furuichi miró discretamente las cámaras, notando que estaban volteadas hacia la pared. Escuchó a uno de los hombres decir que tal vez no servían, porque llevaban años haciendo esto y a nadie le importaba. Furuichi entonces se rió de la situación y se sentó frente a Oga, esperando ser empujado lo suficientemente fuerte para ganar. Vio al hombre pelirrojo contar hasta tres, se afirmó lo que más pudo y en cuestión de segundos sus pies dejaron de tocar el suelo.

—¡GANAMOS!

Ese era Oga, él lo sabía, pero bajo tantas cajas le era imposible garantizarlo. Se pegó fuerte en la cabeza, incluso quedó mareado pero lo haría otra vez. Oga lo ayudó a levantarse, tomándolo entre sus brazos mientras seguía aturdido.
—Te dije que lo pasarías bien —dijo Oga, mientras Furuichi se afirmaba de sus hombros.
—¡¿Cómo es que no me has matado?! —dijo Furuichi, golpeándole el hombro.
No notaron el tiempo que estuvieron cerca del otro, pero Oga aprovechó de acomodar la camisa de Furuichi, se le había subido y descubría su estómago.

—¿Cuánto tiempo planean esos dos estar abrazados? —dijo Kai, un hombre canoso y de lentes negros—. ¡¿HAREMOS LA REVANCHA O NO?!
Oga y Furuichi intercambiaron miradas y sonrieron, volviendo al juego que no podían perder. ¿No es este el tipo de cosas entrañables que hubiesen deseado hacer hace años?
Los juegos ocurrían cada tantos días, dependiendo de las ventanas libres. Furuichi solo recordaba a Oga asomarse en su oficina, arrastrándolo discretamente a la bodega. Ese miércoles fue turno de pictionary y como Furuichi sabía que Oga no era demasiado bueno adivinando, lo dejó dibujar. El tipo era lo suficientemente simple como para entender lo que pensaba, y no es que fuese una sorpresa que su nivel de intimidad llegara a la telepatía.
—¡Un pan de melón! —dijo Furuichi, mientras sonreía—. Oga, dibujas como la mierda.
—¡No tanto si lograste entender! —dijo Oga, presumiendo su elaborado dibujo.

Y aunque Furuichi creyó que esto era temporal, y que se desvanecería apenas Oga se marchara, la situación fue diametralmente distinta. En los pocos días que Oga se enfermó y no pudo asistir al trabajo, tres de los bodegueros fueron a buscar a Furuichi para almorzar.

—Entonces, Furuichi —dijo Yato, un hombre rubio y prácticamente calvo, tenía una cicatriz en su ojo—. ¿Alguna mujer interesada en ti?
—Ya deja al muchacho comer —dijo Misato—, está saliendo con Oga, lo discutimos el otro día y lo sabrías si no te pusieras esos estúpidos audífonos.

La taza de Furuichi se trizó en su mano. Este era un patrón que se repetía mucho últimamente, ¿estaban siendo muy cercanos?
—¿Qué? ¡No no! ¡Es un malentendido! —exclamó Furuichi, intentando desligarse de ello—. No estamos juntos, ni siquiera creo que Oga sienta atracción hacia alguien.
—¿De verdad? —dijo Misato, tan sorprendido como el resto—. Creímos que… bueno, por cómo se comportan.
—¡Solo somos amigos! —dijo Furuichi y de alguna forma todos lucían decepcionados.

Furuichi creía, que como antes Hilda rondaba con más frecuencia a Oga, era obvio que la atención se la robase ella, pero incluso antes, cuando él era la sombra de Oga, nunca nadie los molestó. ¿No se atrevían? Quizás a nadie se le ocurriría que a un tipo que apenas mostraba sus sentimientos y un pervertido, pudiesen salir.
Se despidió de los hombres al final del día, cada uno más amable que el otro. Él se quedó a terminar unos documentos pendientes y la noche lo alcanzó, yendo a casa con más tranquilidad que otras veces.

Cuando Oga volvió al trabajo, vio a Furuichi con más energía que antes. ¿En tan poco tiempo alcanzó la felicidad? Oga parecía orgulloso.
—¿Por qué tan feliz? —dijo Oga, pero él sabía el motivo.
—Me alegra haberte traído a mi trabajo —dijo Furuichi y su sonrisa fue tan linda que paralizó a Oga unos segundos, ¿cómo es posible que Furuichi sonriera así?
—¿De qué hablas? Ni siquiera he venido estos días…
Oga casi pudo tomar su mano, si él no tuviese controlado ese tipo de impulsos desde el colegio, sin duda Furuichi llevaría años alejado de él, o eso creía Oga.

Una vez llegaron a la empresa parecía ser el aniversario, decoración en todos lados, música y un buffet. Fue el único día donde los de bodega subieron a gusto, sirviéndose comida y manteniéndose alejados del resto.

—¿Podemos beber? ¿Tan temprano? —dijo Furuichi, mientras uno de sus compañeros le servía un vaso de mojito, un trago que él jamás probó antes.
Pero al parecer había una regla no escrita sobre el alcohol, incluso si estaba legalmente permitido, en realidad no bebían. Nadie se molestó en decirle, no solo porque no les importaba Furuichi, sino que además disfrutaban hacer esto con los ingenuos, era una especie de tradición.
—¿Tomaste? —preguntó Tokugawa, acercándose a Furuichi—. Hombre, llevas aquí dos años, ¿nadie te dijo que están de adorno? Beber en la mañana está muy mal visto.
—¿De verdad? —dijo Furuichi, dando un sorbo al resto de su vaso que Oga terminó de quitarle—. ¡Hey!

Furuichi, un poco mareado, debido a que él mismo no era un bebedor frecuente, notó las ligeras risas. Quizás se lo estaba imaginando, pero juró ver a algunas personas susurrar a sus espaldas.
—¿Y por qué mierda ponen cosas que no se pueden beber? —dijo Oga, frunciendo el ceño.
—Es una prueba, para ver la voluntad de los trabajadores y mierdas que ninguna otra empresa hace —dijo Tokugawa—, todos caen al principio.

Furuichi lucía más juguetón que de costumbre, incluso se puso a bailar al ritmo de la música, ¿no era ese el propósito de la festividad? Intentó sacar a bailar a sus compañeras de trabajo, porque el alcohol le dio algo de su vieja personalidad y Oga supuso que sería un desastre. La coquetería de Furuichi rara vez funcionaba con las mujeres, Oga sabía de esto, su mejor amigo era mayormente un perdedor desesperado y eso no atraía a nadie, bueno, a casi nadie. Así que Oga para ahorrarle un escándalo, lo arrastró “sutilmente” a la bodega.
—¡Oye! ¡Me estaba divirtiendo! —exclamó Furuichi, haciendo un puchero como si Oga genuinamente hubiese arruinado todo.
—Te salvo de que pierdas el trabajo y la poca dignidad que te queda en este lugar.
—¡No necesito que me salves! ¡Este era mi espacio de trabajo hasta que tú llegaste! —exclamó, contradiciendo totalmente las palabras de la mañana—. Se supone que iba a ser un lugar nuevo, fuera de Ishiyama, ¡donde yo iba a brillar!
—Sí sí, como sea, no sé si tengo ganas de escuchar a un borracho, estás siendo patético —dijo Oga, haciéndolo sentarse en las cajas detrás de él, pero Furuichi no le hizo caso.

Oga sintió un puñetazo en la cara, fue repentino y débil. Miró a Furuichi, había visto esa mirada antes, la de un hombre agotado, dispuesto a morir por un poco de respeto. Furuichi sufrió antes, Oga sabía lo emocionado que estaba por entrar a trabajar y crear su propio espacio, iniciar desde cero, lejos de las peleas. Oga también sabía lo mucho que se esforzó, que el tipo era popular en la universidad y que cuando se graduó de Ishiyama, todo el mundo lo quería. ¿Por qué aquí le costaba tanto?

Vio como sus ojos empezaron a brillar, como apretó sus labios y agachó la cabeza. Se sentó en las cajas y sollozó, pensando en que nuevamente necesitaba a Oga para ser protegido, cuando creyó haber superado esa etapa hace años.
—Furuichi —dijo Oga, sin experiencia en el consuelo—. Mira, tú mismo lograste llegar al puesto que tienes, ¿no? Estarías más amargado sin mí, pero estarías bien.

Las palabras de Oga lo conmovieron más, él realmente se había esforzado en ser querido. Furuichi ya no tenía ese comportamiento estúpido con las mujeres, él era amable y servicial, pero lamentablemente ganó trabajos importantes demasiado rápido. Entonces todo ese asunto de las jerarquías lo destrozó, porque los viejos lo detestaban, no querían a un hombre joven que tuviese más poder que ellos, pero no era culpa de Furuichi ser astuto, ni siquiera se consideraba tan listo, ¿en realidad lo era?

Oga lo vio destrozado, limpiar sus ojos para evitar pasar más vergüenza frente a él. Si Furuichi debía ser sincero, quería irse, porque aunque la paga era buena, nunca se sintió más rechazado y él venía de una escuela de delincuentes. Oga no creyó haberlo cuidado así antes, fue arriba y volvió con provisiones, intentando que la siguiente hora volviese a la normalidad.
—Gracias —dijo Furuichi, Oga intentó ignorarlo, pero en esta situación le pareció muy complejo.
—Deberías renunciar —dijo Oga, sentándose más cerca de él, si es que eso era posible—, podemos hacerlo juntos.
—Nah, quédate, la pasas bien —dijo Furuichi, llevando unas cuantas papas a su boca—. Me gusta verte así de feliz.

Oga se le quedó mirando un rato y le hizo cariño en la cabeza, desordenando su cabello. Furuichi no entendió muy bien el gesto, Oga jamás haría algo así con él, pero en aquel momento no le pareció malo, disfrutó la pequeña sensación de afecto. Furuichi era más emocional que Oga, él deseó en múltiples ocasiones tener un abrazo después de una situación estresante, pero no era así como ellos se comunicaban. Sin embargo en aquel momento, Furuichi se acercó a sus labios tan rápidamente que no dejó reaccionar a Oga. Fue un beso corto y emocional, quizás por estrés y Furuichi sabía que tendría repercusiones, estaba esperando el golpe en la cara que nunca llegó. En su lugar Oga respondió con otro beso, deslizando su mano hacia su cintura y tirándose sobre él. Las cajas eran firmes, posiblemente lo más incómodo en lo que alguna vez se estiraron, pero en aquel momento donde la pasión e intensidad se adueñaron de sus cuerpos, nada de eso importó.

Furuichi no estaba seguro de cuánto tiempo fue, ni siquiera se molestó en mirar la hora. Oga no besaba bien, pero aprendió sobre la marcha, siendo guiado por los propios labios de Furuichi, que lo invitaban a morder.
—¿Desde cuándo? —susurró Furuichi, sintiendo a Oga en su cuello.
—No sé —respondió Oga, porque sinceramente no contó los años.

Las manos de Oga fueron arriesgadas y Furuichi lo disfrutó, incluso más que aquella obediencia ciega, podía acostumbrarse a este Oga que no hacía más que consentirlo. Oga dejó una marca evidente en su cuello, al límite de no poder cubrirlo, Furuichi se quejó al respecto pero él hizo exactamente lo mismo.
—Deberíamos volver a la fiesta, no quiero más rumores —dijo Furuichi, quién parecía un desastre ahora mismo.

—¿El tipo de recursos humanos creerá que le mentimos? —dijo Oga, acomodando el cabello de Furuichi.
Se volvieron a mirar un rato, pensando en lo que acababan de hacer. Oga no lo dijo en voz alta, no era su estilo en realidad, pero siempre lo encontró lindo. Oga pensó en cómo durante años le hicieron “elegir” entre Hilda y Kunieda, pero que siempre terminaba mirando a Furuichi. La razón fue simple, encontraba en él comodidad, incluso si Oga no le dio los mejores tratos, con los años aprendió a ser más justo con él.
—¿Qué pasa? —preguntó Furuichi, estaba frunciendo el ceño porque Oga llevaba un rato callado, atrapado en un trance eterno y quizás en el color de sus ojos.

—Si te vas, espero me traigas almuerzo todos los días —dijo Oga, causando una sonrisa en Furuichi.
—No soy tu esposa —respondió, para enseguida obtener otro beso.

Fin.