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Language:
Español
Stats:
Published:
2025-11-28
Updated:
2025-12-03
Words:
6,095
Chapters:
7/?
Comments:
3
Kudos:
4
Hits:
49

Derecho Penal

Summary:

La joven Gabriela Soria toma la clase de Derecho Penal impartida por su profesor favorito, Guillermo Graziani.

Chapter Text

—Quedamos en que íbamos a tomar Derecho Penal con Gutiérrez, a las diez de la mañana. ¿Cómo que te anotaste con Graziani a primera hora?

Gabriela miró a Mariana. Era lo más cercano que tenía a una amiga en la facultad. Siempre procuraban cursar juntas para ayudarse a estudiar. Le dolía no compartir aula esta vez, pero sabía que no podía desaprovechar la oportunidad.

—Sabés que Gutiérrez es un cerdo con las mujeres —respondió Gabriela—. Graziani de verdad enseña la materia, ¿o te olvidás de cuando cursamos Introducción al Derecho?

—Ah, claro. Pero con Gutiérrez aprobás con una falda linda; no como con Graziani, que no tiene ni el cincuenta por ciento de aprobación en sus cursos. ¿O te olvidás de la joda que nos comimos para aprobar Introducción? Casi nos hace darnos de baja el primer cuatri. Graziani es una bestia.

—Además de maricón —agregó Alejandro, otro compañero del curso que estaba cerca de la banca donde charlaban las chicas. Las empujó levemente para hacerse lugar. No les caía particularmente bien, pero era tan aplicado como ellas, así que solían compartir apuntes o quedarse hasta tarde estudiando juntos. Era lo más cerca que cualquiera de ellos estaba de tener un verdadero grupo de amistad.

Gabriela frunció el ceño.

—¿Vos quién te creés que sos para decir esas cosas del doctor Graziani?

Alejandro levantó las manos en señal de paz.

—¡Uh! Perdón, no sabía que eras su abogada defensora.

—Dejala —agregó Mariana—. Está enamorada de él desde el primer cuatri. Tendrías que haberla visto cómo lo miraba en Introducción. Desde entonces, toda clase que puede, la toma con él. —La miró con picardía—. Si te descuidás, te va a demandar por acoso.

Los dos se rieron mientras el rostro de Gabriela se ponía colorado, haciendo juego con su pelo.


Cuando la alarma sonó a las cinco de la mañana, Gabriela se arrepintió un poco de haber tomado la clase del doctor Graziani tan temprano, pero su sentido de la responsabilidad hizo que se le pasara rápido y se puso en movimiento.

La noche anterior el restaurante había estado movido, así que había juntado buenas propinas. Los martes no abría, así que tendría la tarde libre: otro punto a favor. Podría volver a casa temprano y dormir una buena siesta.

El subte iba repleto incluso a esa hora. Aprovechó para dar una cabeceada abrazada a su mochila, pero para cuando llegó a la facultad ya estaba completamente despierta.

El aula estaba casi vacía cuando llegó, salvo por un chico que parecía dormir sobre la butaca. Gabriela se sentó con cuidado para no despertarlo; sabía lo valiosos que eran esos minutos de sueño.

Pronto empezó a haber movimiento. Para cuando llegó el profesor, Gabriela había contado quince personas.
“Voy a tener que estar entre los siete mejores si quiero aprobar”, pensó.

Graziani entró dando los buenos días. Dejó su maletín sobre el escritorio y borró la tiza que había quedado del día anterior.

—Vamos a trabajar —dijo, dando un aplauso fuerte que sirvió para despertar a los más dormidos—. A ver… veo caras conocidas. —Pasó la mirada por el grupo. Sus ojos se cruzaron con los de Gabriela y los mantuvo por un segundo. Ella apartó la vista, pero él dejó escapar una media sonrisa—. Los que se anotaron en mi clase porque no les quedó otra, lo lamento mucho. Y los que se inscribieron por gusto… —miró a Gabriela otra vez— bueno, supongo que les falta emoción en la vida.

Solo él se rió de su propio chiste.

Gabriela se quedó sin aliento. Verlo moverse al frente del aula era hipnotizante. Podría escucharlo hablar por horas, y de hecho así sería: Derecho Penal estaba marcada de siete a nueve de la mañana los martes, jueves y viernes.

—¿Puedo pasar? —La voz la sacó de golpe de sus ensoñaciones. Miró hacia la puerta: era Alejandro. Revisó su reloj: 7:10. Graziani tenía tolerancia cero con la impuntualidad. Ni en pedo lo iba a dejar entrar.

—Señor Costa —dijo el doctor, con tono cansado—. ¿Ni siquiera el primer día podemos contar con su asistencia a tiempo?

Alejandro no respondió.

Graziani soltó una risa breve.

—Adelante. Entre. Y que no se repita.

Gabriela no podía creerlo, Graziani tenía que haber empezado el día con un excelente humor para permitir algo así.

—Gracias.

El joven entró y se sentó al lado de Gabriela cuando la ubicó.

El profesor se dio vuelta para proseguir con los temas que verían durante el semestre.

—¡Te burlaste de mí por anotarme a esta clase y vos también te inscribiste! —le susurró Gabriela con furia contenida.

—No me burlé de que te anotaras; me burlé de que estés enamorada de él.

Gabriela volvió a ponerse colorada.

—No estoy enamorada de él —contestó entre dientes.

—Menos mal. No podrías hacer algo más estúpido —dijo Alejandro, y giró hacia el pizarrón, dando por terminada la conversación.

Gabriela se quedó confundida. Sentía que algo no terminaba de encajar, pero de lo que sí estaba segura era de que ese sería un semestre de lo más interesante.