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Algo ha cambiado.
Bakugō volteó, lo miró a los ojos y dijo: —Nos vemos, a la misma hora mañana.
Luego, retomó su camino hacia el pasillo casi a oscuras, se fue.
... a su habitación, claramente. Está en el cuarto al lado del suyo, no hace falta ser un genio para saberlo. Es su rutina mas Kirishima no tiene la certeza de qué, pero algo es distinto.
... quizás en el ambiente, hace calor, él tiene calor. O quizás fue el tono de voz que Bakugō utilizó, el largo de la oración, la forma de mirarlo al hacerlo, las pausas queriendo estirar el momento. No le ha propinado insultos, pero eso no es nuevo; ahora no lo es.
Qué puede ser, qué pudo pasar, qué es diferente.
Acostado sobre su cama, mirando hacia el techo a oscuras, Kirishima se descubre pensando en el mismo momento una y otra vez. Bakugō le dijo que se ven mañana, a la misma hora, para entrenar por supuesto. Aunque no hacía falta el aviso, Kirishima lo sabe perfectamente: es lo que han estado haciendo en los últimos meses porque han desarrollado una rutina juntos. Es acogedor (hacer mejores amigos tan rápido).
Algo ha cambiado.
Pero, y pese a tanto divague, Kirishima no encuentra una respuesta específica de lo qué es diferente. Bakugō siempre ha sido así, le ha mirado así, le ha hablado así (de tosco, dándole órdenes).
Quizás lo averiguaría próximamente. Aún así, Kirishima no ha podido dormir esa noche.
Le ha costado despertarse al día siguiente. Kirishima deja sonar varias de sus alarmas antes de que un golpe fuerte en la puerta de su habitación lo despierte. Atina a agarrar su celular sobre la mesita de luz, apenas son las seis y cuarto de la mañana.
Otro golpe seco lo saca de un salto de la cama. Sabe qué (quién) le espera del otro lado, así que cuando abre la puerta, lo hace sonriendo con culpa.
—Ah, Bakugō, lo siento. Me quedé dormido. —Rasca su nuca. Está muy despeinado.
Bakugō lo mira de arriba a abajo.
—Sí, no me había dado cuenta —dice, con su típica cara de culo—. Cámbiate. Te espero en la sala, hasta las seis y veinte. Sino, me iré a entrenar solo. —No es cierto.
—¡Eres muy amable!
Bakugō se retira sin más. Kirishima no tiene tiempo de revolver en los pensamientos (algo ha cambiado) de la noche anterior; se dirige rápidamente al baño, luego se pone su ropa de deporte y sale corriendo hacia el ascensor.
Abajo no hay un alma más que Bakugō apoyado contra la pared, utilizando el celular mientras lo espera. Cuando el rubio siente la presencia del otro, levanta la mirada y Kirishima le sonríe automáticamente.
—¿Vamos?
Bakugō no le responde, simplemente se dirige a la entrada y él le sigue por detrás. No suelen hablar mucho en sus entrenamientos, pero no es incómodo. El día comienza con la lentitud de siempre, pero hoy, no sabe por qué, Kirishima tiene el estómago revuelto.
Cuando Kirishima vuelve a los dormitorios esa noche, solo desea tocar la cama y dormir, sin cenar algo. Está agotado, tanto física (odia las sentadillas) como mentalmente (qué es tan diferente, que lo frustra).
Así que por hoy, ha decidido caminar derecho a su habitación, ponerse el pijama y apagar todas las luces. Parece el plan perfecto para descansar al fin. Varias vueltas más tarde le revelan, sin embargo, que hay tanto ruido en su cabeza que no consigue conciliar el sueño enseguida.
Y su estómago gruñendo no ayuda tampoco. Kirishima agarra el celular para mirar la hora, ignorando los mensajes. No es tan tarde y mañana es sábado. Quizás, si tiene suerte, en la heladera habrá algunas sobras sin nombre.
Cuando sale de su habitación, Bakugō está regresando a la suya. Kirishima no lo nota enseguida, pero el rubio está de mal humor (más de lo usual. Ya debería estar durmiendo).
—Ah, Bak-
—No te vi en la mesa, idiota —interrumpe abruptamente—. ¿Crees que saltándote las comidas para pavear vas a conseguir más fortaleza?
Kirishima baja la cabeza, avergonzado sin saber por qué.
—Lo siento, estaba muy cansado, en serio.
Bakugō entrecierra los ojos mientras lo mira, extrañado. Algo ha cambiado, Bakugō probablemente también lo está comenzando a notar. Y si lo hace, no lo menciona en ese momento.
—No te disculpes —dice, irritado—. Pero tienes suerte, he visto que otro idiota como tú ha dejado su platillo casi completo y debería estar guardado en la heladera ahora mismo.
Los ojos del pelirrojo brillan.
—¡Qué bueno! Nos vemos mañana, bro.
Por un instante, Kirishima siente un gran deseo de darle un abrazo, pero solo pone su mano en el hombro del rubio y sale corriendo escaleras abajo. Ha sentido una corriente eléctrica al tocarlo.
En el salón hay poca gente merodeando antes de irse a dormir. Apenas está por entrar a la cocina cuando una voz lo llama.
—¿A dónde crees que vas?
Kirishima frena en seco y voltea con cautela. Desde el sillón, Sero y Kaminari lo miran expectantes.
—... sin saludarnos, bro.
El pelirrojo ríe y va rápidamente a saludarlos con un fuerte apretón de manos a cada uno.
—¡¡No me asusten así!! Creí que me metía en problemas o algo.
—¿Qué hacías cómo para asustarte así?
—Ir con tu mamá, ¿por?
Kaminari suelta una carcajada y Sero rueda los ojos.
—Digo, porque estás actuando muy raro. —Sero se recuesta en el sillón, poniendo sus brazos atrás de su cabeza—. Hoy ha habido carne para cenar y no te has aparecido.
—¿¿En serio? ¡Lo había olvidado completamente! —Kirishima lloriquea, a punto de tirarse rendido en el sofá contrario.
—Igual, te guardaron un poco. Tenes suerte de ser el consentido de Kacc-
—¡Y por supuesto, puedo suponer que tampoco leíste los mensajes del grupo! —Sero le da un pellizco a su amigo que lo hace saltar—. Quedamos en ver una peli esta noche.
Kirishima se sonroja de vergüenza y algo más. Consentido por Bakugō...
—Estoy siendo un poco desastre hoy —dice, con la moral por el suelo—. Creo que me voy a enfermar. Iré a por la comida y me quedo con ustedes, si quieren.
—No, no queremos.
Kirishima ríe y se dirige a la cocina sin más. Abre la heladera, no tarda en encontrar un táper con comida, sin nombre por supuesto. Lo agarra sin pensárselo mucho para dejarlo dentro del microondas. Siente un fuerte palpitar en el pecho, pero lo ignora. Agarra un vaso y se sirve agua de la canilla, y entonces se da cuenta que no ha encendido el aparato.
Se maldice y lo deja calentar por unos minutos. Luego, toma los cubiertos y los pone dentro del táper calentito. Y vuelve al sillón con todo en sus manos.
—¿Creen que me digan algo por comer acá y no en la mesa?
—No creo que a nadie que siga despierto le importe —contesta Hanta. Tanto él como el rubio, le dejan un lugar para sentarse al borde izquierdo en el mismo sillón. La película ya está empezada.
—Mmh —Kirishima agarra una gran porción y comienza a comer. Está delicioso—. ¿Qué están mirando?
—Spiderman, pero la de Miles Morales.
Kirishima asiente y se relaja, o lo intenta. No puede prestarle mucha atención, ni al filme ni a sus amigos, mientras come y piensa.
Intenta ordenar algunas de sus ideas, recordando lo que ha hecho en el día. En realidad, piensa en Bakugō, porque si sus días llevan un orden es porque el rubio siempre está a su lado.
Incluso ahora que no está físicamente, siente la presencia de su mejor amigo. Kirishima solía pensar que su relación sería unánime, pero, de a poco, sabe que ha conseguido terreno en el corazón del otro chico. Y es tan increíble y se siente tan genial, ser vecinos de habitación, los entrenamientos y las charlas cortas; la sensación de su piel desnuda cuando lo abraza y el rubio pretende enojarse, que ahora estos pensamientos se le están yendo de las manos.
Kirishima empieza a toser descontroladamente y se pone muy rojo de cara. Tanto Sero como Kaminari lo miran preocupados, golpean su espalda y le ofrecen el agua. De pronto, sobre la palma de su mano hay un pétalo ensangrentado que espera que nadie más haya visto.
—Bro, ¿estás bien? ¿Necesitas algo? —pregunta Kaminari, acariciando su espalda, preocupado. Sero ha ido corriendo a por más agua.
—Sí- sí —Vuelve a toser—. Solo... me ahogue con la comida.
Algo ha cambiado. Quizás es él el del problema.
