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Characters:
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Language:
Español
Stats:
Published:
2025-11-30
Completed:
2025-12-11
Words:
3,127
Chapters:
2/2
Comments:
4
Kudos:
60
Bookmarks:
1
Hits:
418

(4344)

Summary:

Un consuelo para lxs 4344 que estamos vivendo un infierno (es muy cortito pero algo es algo).

Chapter Text

El ruido del motor del Ferrari resonaba como un lamento . Lewis Hamilton apoyaba la frente contra el volante, los ojos cerrados, intentando encontrar una respuesta en la oscuridad que la data no le daba. El auto no respondía, era un animal indomable y caprichoso y por más que ajustaba, cambiaba, suplicaba, la conexión se había roto. La frustración era una losa pesada sobre sus hombros.

Decidió dar un paseo por el paddock, lejos del zumbido de ingenieros y las pantallas llenas de gráficos en rojo. El garaje de alpine estaba a unos pasos, más silencioso, pero no lejos de su propia nube de preocupación. Ahí, recostado contra la pared y con la mirada perdida en su propio teléfono, estaba Franco Colapinto.

Lewis se detuvo un momento, observando al joven piloto argentino. Lo había visto correr, tenía un talento bruto y una pasión que le recordaba a sí mismo, hace una eternidad. Se acercó con una sonrisa cansada.

—Días difíciles, ¿eh? —dijo, haciendo que Franco se sobresaltara y bajara el teléfono rápidamente, una mueca de vergüenza cruzando su cara.

—Lewis! Sí, ya sabes… intentando encontrarle la vuelta. —Su acento argentino sonaba más marcado por los nervios.

Fue entonces cuando Lewis lo vio. En la funda trasera del teléfono, desgastado en los bordes por el uso, había un adhesivo. No era cualquier sticker. Era una dibujo de una foto de ellos dos cuando Franco era aún un novato deslumbrado. En la imagen, ambos sonreían ampliamente. Alguien lo había convertido en una calcomanía.

A Lewis le dio un vuelco el corazón. Una oleada de ternura, tan intensa y pura que por un segundo desplazó toda su frustración. En medio de la presión brutal, de la lucha constante ese gesto de admiración genuina, era un rayo de luz.

—¿Es eso…? —señaló el sticker con la barbilla, su voz más suave de lo que esperaba.

Franco se le pusieron las orejas rojas dando vuelta el teléfono para esconderlo.
—Ah, eso… es una tontería. Fue un regalo….. —murmuró, evitando la mirada de Lewis.

—No es una tontería —lo interrumpió Lewis, apoyándose en la pared junto a él—Es lindo. De verdad.

El silencio que siguió no fue incómodo, sino cargado. La tensión, esa atracción no dicha que a veces surgía en miradas o sonrisas demasiado largas, se hizo presente. Franco finalmente alzó la vista, y sus ojos se encontraron con los de Lewis. Había admiración, sí, pero también algo más.

—A veces —confesó Franco, jugueteando con el teléfono—, lo miro y me recuerda por qué estoy aca. Que esto no es solo sobre números y presiones. Es… esto. La pasión.

Lewis asintió lentamente. Las palabras del chico resonaban profundamente en él.
—Es fácil olvidarlo —admitió, con una honestidad que rara vez mostraba en público—. Te envuelve tanto en la lucha, en ganar, que el simple hecho de… querer al deporte, se desdibuja—señaló de nuevo el sticker— me lo recordó.

¿Cómo haces para no quemarte?—preguntó Franco, con un atrevimiento nuevo

—A veces me quemo —confesó Lewis, girándose para enfrentarlo completamente— Como hoy. Siento que hablo y nadie escucha. Que el auto y yo estamos en idiomas diferentes. Es… solitario.

—Si, lo entiendo bien —susurró Franco.

La mirada entre ellos fue más larga esta vez. Lewis podía ver la peca junto al ojo de Franco, la determinación mezclada con la dulzura en su expresión. Era joven, pero su alma era antigua, cansada de la misma batalla.

Sin pensarlo, Lewis extendió la mano y colocó suavemente la palma sobre el sticker en el teléfono que Franco todavía sostenía, cubriendo la imagen de ambos.
—Gracias —dijo, su voz un hilo de voz— Por recordármelo.

Franco contuvo el aliento. El calor de la mano de Lewis a través del plástico de la funda le quemaba.

Permanecieron así un momento más y el silencio cómplice se extendió por un momento más, roto solo por el zumbido lejano de un motor . La mano de Lewis seguía sobre la funda del teléfono, un punto de contacto cálido y firme.

Franco, sintiendo que la ternura en los ojos de Lewis le daba permiso para ser más atrevido, sonrió con picardía. Una chispa traviesa iluminó su mirada, alejando por completo la sombra de la vergüenza.

—Cuando estaba en la temporada más intensa de las categorías inferiores, viajando como un loco, y al mismo tiempo, tenía que hacer el colegio a distancia —explicó Franco, gesticulando—. Era un lío. Llegó la fecha de un examen de Historia, y yo, con una carrera en Monza, era humanamente imposible.

Lewis asintió, comprendiendo perfectamente —En vez de dar mil vueltas —continuó Franco, acercándose un poco—, le mandé un mail al profesor. Le puse: “Profesor, lamento informarle que no podré rendir el examen porque me fracture el brazo en un entrenamiento”. Pensé que era un clásico, infalible.

Lewis soltó una risa ahogada—Pero —Franco hizo una pausa dramática, sus ojos brillando— el profesor era un tipo perspicaz. Me responde: “Colapinto, lamento mucho su lesión. Por favor, adjunte el certificado médico para justificar su inasistencia”.

La carcajada de Lewis estalló, sincera y liberadora. Se llevó una mano a la cara, sacudiendo la cabeza. Franco lo observaba, embargado por una felicidad profunda. Verlo riendo así por algo que él contaba, era lo mejor.

—¡No! —logró decir Lewis entre risas—. ¿Y qué hiciste?

—¡Entré en pánico! —confesó Franco, riendo también—. Pero en un arranque de desesperación, le respondí: “El doctor está de vacaciones en las Maldivas y no tiene acceso a internet. Es un tema de privacidad”. Y para hacerla más creíble, le adjunté una foto de mi brazo… vendado con papel higiénico y cinta aislante. Parecía un brazo robótico fallado.

Lewis no pudo más. Se dobló de la risa, una risa profunda que le sacudió los hombros y le nubló la vista con lágrimas. Se apoyó contra la pared, sin aliento, la frustración del día evaporándose por completo. Franco lo miraba, con una sonrisa tan amplia que le dolían los pómulos. Disfrutaba cada segundo con Lewis, cada sonido de su risa sincera. 

—Dios mío, Franco —jadeó Lewis, secándose una lágrima—. ¿Y funcionó?

—¡Por supuesto que no! —exclamó Franco—. El profesor me escribió: “ Colapinto, con esa habilidad actoral, considere el teatro si la Fórmula 1 no funciona. Tiene hasta viernes para enviarme el examen». Pero me hizo reír tanto con su respuesta que estudié como un condenado en el avión a Monza y lo aprobé.

Lewis recuperó el aliento, su mirada suave y llena de una admiración nueva. Ya no era solo ternura por el sticker, era su fascinación por la persona que tenía a un lado.
Lewis lo miró, y por primera vez en mucho tiempo vio a un hombre que le ofrecía un puerto seguro en medio de su tormenta. Un hombre que, con una anécdota ridícula y una calcomanía, había logrado recordarle la alegría más simple.

—Entonces tal vez —propuso Lewis, su voz serena— deberías contarme más historias. 

—Eso —respondió Franco, sintiendo cómo el corazón le latía con fuerza— Me encantaría.