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Language:
Español
Stats:
Published:
2025-11-30
Words:
1,004
Chapters:
1/1
Comments:
2
Kudos:
2
Hits:
32

Del otro lado de la vereda

Summary:

Guillermo reflexiona sobre las palabras de maximiliano y de sus sentimientos por pedro

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Guillermo se encontraba en su oficina terminando los últimos detalles de un caso que debían presentar en pocos días ante el juzgado.
Pero los papeles que tenía en las manos parecían no tener tanta importancia para él en esos momentos; sus pensamientos estaban siendo ocupados por algo… o más bien por alguien.

Pensaba en Pedro.

No era la primera vez que su nombre se instalaba en su mente sin permiso, pero sí la primera vez que Guillermo se permitía no apartarlo. Se recostó en la silla y dejó escapar un suspiro largo.

Desde el instante en que lo conoció sintió una atracción instantánea hacia el joven penalista. Guillermo creía que dicha atracción desaparecería con el tiempo, como había ocurrido con muchos otros anteriormente; pero, a medida que pasaban los meses, esa atracción no hacía sino aumentar, para tormento de Guillermo.

Recordó la risa de Pedro, ese sonido que siempre le iluminaba el día sin importar lo mal que estuviera. Recordó la manera en que se inclinaba ligeramente hacia él cuando hablaban, como si lo que Guillermo dijera fuera realmente importante. Recordó incluso esos pequeños roces de manos que parecían accidentales… pero que, ahora que lo pensaba, quizá no lo eran tanto.

La presencia de Pedro en el estudio se había convertido en imprescindible para la vida de todos, pero sobre todo para la de Guillermo. Su presencia tan natural y calmada lograba siempre tranquilizar el corazón del hombre incluso en sus peores momentos.

Se reclinó nuevamente en su silla. La habitación estaba tranquila, casi demasiado. Aquel silencio le permitía escucharse con más claridad, y lo que escuchaba era una verdad que hasta hacía poco trataba de evadir.

Lo que sentía por Pedro no era solo cariño. No era solo amistad.
Era algo mucho más profundo, algo que lo hacía mucho más vulnerable. Amaba a Pedro.

Descubrirlo no le daba paz. Le llenaba de un gran temor e incertidumbre: temor a lo que podría pasar si dejaba que sus sentimientos por el joven lo dominaran. Él, que siempre había sido un hombre que nunca se involucró de forma tan profunda con ninguno de sus amantes. Pero Pedro ni siquiera era un amante, y jamás lo sería, porque pese a las risas y miradas cómplices, el joven penalista estaba comprometido y, en palabras del mismo, muy enamorado de su novia.

En ese instante, las palabras de Maximiliano cayeron como una bomba. Las palabras del joven de Rosario ahora calaban muy profundo dentro de Guillermo, pues ahora era él quien se había enamorado perdidamente de alguien que no le correspondía. Ahora era él quien sufría porque la persona que amaba, amaba a alguien más. Ahora era su turno de encontrarse del otro lado de la vereda.

Pedro había llegado a su vida con una misión, aun cuando el joven no fuese consciente de ello: enseñarle a Guillermo una lección. Amarlo tan profundamente y no poder tenerlo sería el precio a pagar por sus errores pasados. Y aunque le doliese, lo aceptaría sin oposición, pues estaba dispuesto a callar ese amor con tal de que Pedro fuese feliz. Y quizá esa era la gran diferencia entre él y Maximiliano: que Guillermo sí pensaba en la felicidad del objeto de su afecto y nunca haría nada para arruinarlo. La noche había caído cuando salió, por fin, de su oficina. El estudio se encontraba en completo silencio. Tomó su saco y apagó las luces. Al llegar a la calle, el aire frío de la noche le golpeó el rostro. Respiró profundamente, buscando claridad, pero lo único que encontró fue el nombre de Pedro repitiéndose una y otra vez en su mente. Deambuló sin rumbo fijo por un rato. En algún momento se encontró frente a una cafetería que solían frecuentar con Pedro, para revisar casos o simplemente para conversar. Mantuvo la vista fija hacia el local vacío; la soledad del lugar le provocó un nudo en la garganta. En esas mesas vacías buscaba el rostro del joven penalista, aunque sabía que no lo encontraría.

Aun así, una parte de Guillermo deseaba verlo sentado allí, con esa sonrisa tan suya, haciendo que la vida fuera menos complicada. Pero era solo una fantasía creada por su mente.

Una hora después, Guillermo llegaba a casa, la cual se encontraba en penumbras. Subió lentamente las escaleras; no tenía ganas de compartir la cama con Ana, quien seguramente estaría totalmente borracha, aunque a Guillermo ya le daba igual. Entró en la habitación, pero Ana no se encontraba allí, lo que le pareció extraño, aunque no le dio mucha importancia.

Se acostó en la cama, cubriéndose el rostro con las manos. No lloró, aunque por un instante sintió que podría hacerlo. No por debilidad, sino por el peso de amar a alguien en secreto y el cansancio de mantener ese sentimiento oculto.

Miró al techo y dejó que la verdad lo invadiera una vez más: amaba a Pedro, y ese amor sería solo suyo y de nadie más. Era un amor destinado a mantenerse en las sombras. Pero se decía a sí mismo que todo valdría la pena al ver a Pedro feliz.

Quizás —pensó— eso era lo único que podría hacer. Acompañarlo, apoyarlo, ser ese alguien en quien Pedro pudiera confiar y contar en todo momento.

—Solo deseo que seas feliz, Pedro —murmuró apenas, sabiendo que el joven no podría escucharlo.

Con esta simple frase, Guillermo aceptó su destino. Un amor callado, sí, pero también un amor capaz de renunciar sin destruir.

Se recostó en la cama y cerró los ojos. La noche siguió su curso, mientras Guillermo, por primera vez en mucho tiempo, permitía que la tristeza conviviera con la paz. Una paz amarga, pero paz al fin.

Mañana, pensó, volvería todo a ser como siempre. Volvería al estudio, volvería a su trabajo y volvería a ver a Pedro. Y aunque su corazón doliera, también sabía que seguiría luchando contra ese sentimiento… no para olvidarlo, sino para aprender a vivir con él.

Porque amar, incluso en silencio, también era una forma de ser valiente.

Notes:

Gracias por leer