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Lazos Saiyajin

Summary:

Escondidos de Freezer, algunos sobrevivientes se adaptaron a una nueva forma de vida tras ver la destrucción de su planeta.
Los saiyajines viven en clanes nómadas.
13 años después de lo planeado, Kakaroto llega a la tierra, débil y malherido.

Colección de Oneshots:
1 - Destino; Kakaroto x Chi-Chi

Notes:

Hola, lector:

Me gustaría introducirlos a mi pequeño proyecto: Esto no es una historia lineal, sino una colección de one-shots dedicados a mis parejas favoritas de Dragon Ball. Cada capítulo funciona como un fragmento independiente: una reimaginación, un desvío del canon, un “¿qué pasaría si…?” que explora distintos vínculos dentro de este universo.

Este primer lanzamiento es, además, mi primer fic publicado.

Empiezo con un one-shot de Kakaroto/Milk (Goku/Chi-Chi) que nace de una premisa alternativa:
Kakaroto llega a la Tierra trece años más tarde de lo que Bardock había planeado. Ha pasado sus dos primeros años de vida en Vegeta-sei, por lo que cuando arriba al planeta, ya tiene aproximadamente quince años y una historia completamente distinta a la que conocemos.

Este capítulo es único y autoconclusivo dentro de ese ship.

Los siguientes one-shots explorarán otras parejas y otros escenarios, siempre dentro de esta colección.

Gracias por leer.

Espero que disfrutes este viaje tanto como yo al escribirlo.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Destino


— ¿Quién era ella? —.

El muchacho siempre se lo preguntaba con ese brillo en sus ojos negros.

Hace más de una década que él decidió por su cuenta no volver a pensarla. Para así no atormentar aquella promesa que nació desde el silencio de esos días, a su renacimiento. Sin embargo en días como hoy, cuando el híbrido preguntaba y él la reconocía en esa expresión tan seria en su rostro: le daba la bienvenida.

Había tanto allí.

En la mirada infantil que lo estaba abandonando, en ciertas manías que mostraba en su entrenamiento o la postura firme que se la recordaba de una manera tan insoportable. Incluso en el cabello que crecía constantemente y se cortaba torpemente frente a las armaduras brillantes.

Y si nunca la hubiera conocido tal vez no se sentiría así de miserable. Tanto como siempre desde que no le dijo adiós, el día en que le mintió. Como tampoco, nunca hubiera tenido ese pedazo de vida al que se negaba a dejar ir. Jamás lo diría, jamás soltaría una sola palabra o una lagrima sobre el tema.

Pero su mente volvía una y otra vez allí. Hoy esperó al pasado como nunca antes, el único amigo y testigo de lo que marca el alma de él.

Ese día, a los extensos bosques, el olor de la tierra, el fuego contenido entre la humedad y demás. Ahora era un rastro: un beso del fuego que lo envolvía cada que se enfermaba y su cuerpo sucumbía a esa sensación febril.

— ¿Sólo te quedarás callado? — Habló de nuevo el muchacho a lo lejos. Usaba esa misma lengua,  a la que no conocía su origen y ojalá él no hubiera repetido esas palabras exactas.

Lo que le dijo la humana la primera vez que la encontró, a quién es su vida, su destino y lo único que no podría nombrar jamás, porque aún no terminaba de comprenderlo.

 


 

Después de su infancia, en esa torpe huida a paramos desconocidos como un clase baja que abandonó el enfrentamiento. A otra derrota más donde las caras que conocía, dejaban este mundo. Como todos, como la historia que se repetía una y otra vez: Su sangre y su mera existencia eran solo eso, presenciar siempre la batalla. Lo suficiente para vivir un día más, nunca para encontrarle un sentido.

Porque una cosa era ser saiyajin .

La otra era portar el orgullo saiyajin.

El orgullo de la raza nacía con la clase media, la historia, la civilidad perdida. Por su parte, él junto a su estirpe había sido condenada a ser solo la escoria. Miserables clase baja: eslabones innecesarios pero enormes en cantidad. Siempre subestimados, considerados estúpidos. Y él, con su poca fortuna fue encontrado por algunos clanes errantes de la raza guerrera desde que la mayoría de los registros, los veteranos y el planeta fueran perdidos en el genocidio estelar.

La tradición corrupta y fragmentada. Los suyos eran algo más cercano a una bestia de carga, un animal útil, un salvaje de ser necesario para no desperdiciar los residuos del oxigeno que respiraba que un saiyajin de verdad. ¿Cómo había huido?, ¿lo recordaba si quiera?

No.

En su cerebro almacenó el ardor de la batalla, las laceraciones en sus puños agrietados, moretones y contusiones menores. Él… a Kakaroto y al animal que era, uno que siempre estaba aferrándose a esa vida a la que no le encontraba sentido. Vivir un día más, respirar un día más. ¿Por qué lo hacía?

Y tan improbable como tan irónico. Terminó, por fin, justo en el planeta al que fue exiliado desde un principio. El lugar seleccionado para buscarle cobijo: La tierra, 13 años tarde.

¿Cómo iba a encajar?, si no estaba entre los suyos, si no conocía un espacio para él. Demasiado mayor para ser adoptado en este mundo, demasiado joven para tener conciencia de su existencia real. Un limbo de posibilidades que como la mayoría de los Saiyajines errantes en el universo se enfrentaba: no pertenecían a nada.

Ese día se impactó contra las piedras duras del cerro, entre sus propias maniobras furibundas y el curso de la tecnología que se hacía inteligible entre su malestar. Todo ese aterrizaje terminó con el destrozo de la nave mientras su cuerpo herido, enfermo y moribundo se estrelló después de la explosión.

Sería años después, cuando dicho guerrero aprendiera las formas, costumbres y palabras que entonces lo llamaría Destino. Su absurdo y férreo deseo de encontrar aquello que la chica que ese mismo día recorría los cerros, fuera en su vida. Una única constante, un viaje con un único final.

El primer instinto de la joven fue huir, tal cual los animales asustados que corrieron en dirección opuesta. Más, se quedó unos instantes allí, como si su cuerpo no hiciera caso a la mente y hubiera tomado la decisión primero. Firmemente parada en el suelo, se encontró con aquel viejo enemigo que la asediaba cada vez que se aventuraba por su cuenta al bosque, el león. Que como ella se quedó, observando el cielo, el bosque, escuchando al cielo romperse y al final, ese enorme estruendo con el silencio mortal de la jungla después. Caminó primero que el depredador al que miró orgullosamente para descender con la enorme mochila y sus piernas fuertes por el barranco.

Haciendo gala del estilo marcial que había aprendido a entender. Delante de ella un ki, uno extraño, un forastero, lo que no pertenecía estaba tan cerca de ella, y aunque era la prudente hija de Ox Satán, también habia en su espíritu una fuerza irrefrenable y en su corazón, una bondad pura. Misma que no le permitió abandonar a aquel hombre herido en medio del campo.

Extraño como su pelo revuelto. Lo escuchó farfullar algo, no lo comprendió. Sin embargo, no perdió ánimos para ir a comprobar su estado cuando su rostro revelaba el dolor, las heridas su estado critico, y ella reaccionó casi maternal. Tocando su cuello caliente mientras buscaba signos vitales, limpiando el polvo de su cara con parte de su ropa y el agua que se racionaba al viajar.

Y mientras la naturaleza herida por el evento los encubría. Ella se pregunto que diría el Maestro de su padre, en quién se inspiraba. O lo que haría aquel viejo amigo al que buscaba allí, si la vieran tomando una decisión tan… en fin.

Abandonó la mochila y se echó el herido a la espalda. Agarró todas sus fuerzas y subió el barranco devuelta hasta la ruta que conocía como la palma de su mano. Caminó con él hasta la vieja casa entre medio de la nada. Horas que probaban su determinación, su temple y su corazón.

Una prueba divina.

Pensó. Porque Milk era casi infantil sí y quizás por eso en su pecho habia espacio para un acto tan desinteresado por aquel desconocido.

Su maestro, Gohan, la esperaba como si hubiera leído señales en el viento o simplemente hubiera sentido su ki hacia él. El de ambos, la recibió con cuencos de agua, comida y algunos hierbajos locales que calmarían las heridas, si frotaba para conseguir los aceites de las hojas.

— No es posible que sea de aquí, ¿verdad? — preguntó, inocente, mientras clavaba sus ojos en el enfermo y el hombrecillo caminaba apoyado del bastón hacía la estufa de piedra.

El hombre se quitó su gorra para rascarse la cabeza — Si no había nadie con él… si no puede curarse solo, todo indica que está perdido de una guerra que desconocemos —.

Milk había sido primero la aprendiz de su padre, luego la alumna de Son Gohan porque era más fuerte que su progenitor, y porque no había podido sacar nunca información de Muten Roshi. Y ella, comprendía que el mundo era más caótico de lo que pudiera imaginar. Que había mucho más allá de su entendimiento real, al igual que las extrañas costumbres citadinas a las que también era ajena.

¿Donde podría encajar una princesa rural en este mundo moderno?

Ella suspiró y se echó sobre sus manos mientras miraba con compasión sincera al hombre que padecía a su lado.

— Es fuerte — dijo. Era obvio, ¿quién hubiera sobrevivido a esa caída?

— Sí, pero no lo suficiente — alcanzó a responder el sabio Gohan.

Se distrajeron un segundo, mientras intercambiaron esas palabras el se alzó como si hubiera sido invocado, ambos se pusieron en posición de alerta. La naturaleza protectora de Milk la guió, interponiendo entre el guerrero casi senil y el hombre que se puso de pie de un salto. Aún con las hierbas en su frente, quien gruñó palabras extrañas.

La morena en posición de batalla, él la imitó y luego se desplomó sobre ellos. Ella lo cogió, aferrándoselos a sus músculos para que no se golpeara la cara. Lo acomodó con suavidad en la cama — No sabe como pelear, ni reconocer enemigos de amigos — murmuró el hombre.

De manera en que ella se quedó mucho más tiempo del que debía en las profundidades de las montañas. Tal vez porque no quería ser presionada como la princesa que era, tal vez porque le tenía lastima, la manera en que sus ojos eran tan vibrantes y sumisos le recordaban a las bestias heridas. Un miedo calcado que le removía su centro y ella quería ayudar.

Y aunque el padre de la joven siempre presumía tanto su belleza como su temperamento, ahora estaba allí, siendo gentil con un hombre que parecía que no dudaría en rebanarle el cuello si pudiera… Un hijo nacido de la crueldad y la muerte, siendo ambas todo lo que conocía. Dejarlo fue extraño, como olvidar algo a propósito. Al momento en que comentó la extraordinaria historia, ya en casa su padre señaló con sorpresa — ¡Imagina una guerra que haga a los hombres estrellarse desde el cielo!, debe ser un tipo impresionante —.

Pero ella recordaba otra verdad de su esencia. Y en como parecía más un gato arisco del dolor que un guerrero, tal vez le recordaba a la torpeza de su padre, a los niños de la aldea que a veces buscaban en sus ojos una piedad extraña, la caridad de la humanidad. El tiempo pasó en lo que pareció ser alrededor de un año desde el encuentro hasta este nuevo día. Ese hombre apareció caminando un día por el mismo bosque que ella había recorrido, cargando unas pocas pertenencias.

— Oh, Kami — Exclamó ella desde su habitación antes de ni si quiera pensarlo y correr hacia él, lanzándose desde el segundo piso del castillo. Reconoció su energía.

Le dió esa mirada extraña e intensa, le confesaba con la misma que la estuvo buscando. Muchos miraron al extraño par desde la distancia. El vigía habló primero, alertó a los hombres y al propio padre que corrieron en busca de la princesa.

Allá lejos de la preparación humana ante lo que Ox llamó una energía hostil. Los jovenes se miraban.

— Se ha ido — murmuró de forma torpe, enredada como si arrastrara la lengua en ese esfuerzo para hablarle. Milk lo escuchó y esperó varios segundos mientras procesaba ese extraño acento. Él le tendió una cadena que rodeaban sus manos.

Y hubo un extraño entendimiento en el acto. El salvaje se entregaba, las cadenas que sostenía la elegían como la próxima propietaria. Palideció, porque no sabía de lugares en que esta fuera una práctica habitual. Su padre que apareció detrás de ambos en posición de combate se lo confirmó. 

— ¿Es todo lo que dirás?, ¿solo te quedarás callado? —.

Defiéndete, pelea, explícate, haz algo.

Pensó mientras eran rodeados por los hombres de su padre, vestidos con esas armaduras casi oxidadas, reconociendo tardíamente el ki extraño.

— Kakaroto — mencionó con extraña claridad.

¿Quién le había dado la misión de comunicar la muerte de Son Gohan?, ella volvió a hacerlo, interponer suavemente su cuerpo entre la lanza que se aproximaba a Kakaroto, para protegerlo, para ayudarlo — Papá, creo que tu mejor amigo ha muerto —.

Un silencio sepulcral.

El hombre cargaba ese sombrero, la mochila atada a su espalda y que estaba encadenado solo esperó. Entre la solemne noticia y todos los que lo veían con desconfianza, el estomago saiyajin rugió.

Y fue la primera sonrisa que él provocó en ella. La que escondió sutilmente con las manos en su cara. Los días, las semanas y los meses le enseñaron a vivir. Despertaba primero, se acostaba al último, siempre buscándola con la mirada, siempre callado. Comía como un ejercito, creció aún más sobre su cabeza y siempre se acomodaba cerca de ella, ajustando su cuerpo para permanecer a su lado.

¿Buscaba su olor?, ¿escuchar cuando ella susurraba?, ¿eran sus extraños modales una extraña retribución?

Un protector feroz, nadie se acercaba a la hija de Ox Satán si ella no lo quería. Entrenaban juntos, ella que disciplinada ensayaba poses marciales, como su equilibrio, él jugando a ser ella. Luego le mostraba lo que hacía con el anciano que los entrenó a ambos. Días enteros, silencios cómplices.

Era una confianza anómala, una que nació hace demasiado tiempo allí cuando él intentaba amarrar sus vendas y fallaba, en donde ella solo se acercaba con paso firme y con sus manos duras contenía la piel herida con tierno tacto.

Fue un día que Kakaroto miraba fijamente a una familia de patos en la laguna que Milk entendió primero sus sentimientos.

Era más fuerte que cualquier humano, siempre lo había sido, siempre lo sería y parecía que su fuerza crecía más y más. Y conforme más palabras llegaban a su cabeza, la gente que se acostumbraba a su solitaria presencia, supo que ahora él ya no la necesitaba. Cuando él también lo supo, no la abandonó.

Los días continuaron con esos entrenamientos pacientes de la madrugada, donde el saiyajin la esperaba siempre a primera hora para practicar con ella. Durante las tardes, él cargaba la leña, ella lo acompañaba mientras recolectaba hongos, hierbas y pescaban juntos. En la quietud de la noche, siempre la ayudaba a servir y a limpiar. Una amistad sincera, incorruptible y tranquila en que él aprendió a convivir mejor entre humanos.

Con los años fue natural, sin ceremonias, sin nombres o argollas. Con una resignación tranquila de Ox Satán que el compañerismo de esos muchachos se transformó en un vínculo.

Kakaroto entendía esa diferencia monumental. Casi imperceptible el día que se conocieron porque él era débil, demasiado débil para ser llamado guerrero, que aquella chica era fuerte. No solo el carácter suave pero determinado, sino que era una artista marcial de naturaleza pacifica que complementó los pocos aprendizajes que ese anciano de las montañas le legó antes de partir.

El hecho de que siendo niño le hubieran arrebatado la cola, por ser considerado indigno lo ayudó a sentirse fisicamente parte de esa parada temporal en el espacio. El planeta que lo albergaba a él era amable, y dejaba a seres débiles vivir. Dimensionalmente diferente a la vida que llevó en el espacio sirviendo a aquellos que eran más fuertes que él, encontrando un calor en el pecho que no sabía llamar porque aquí no parecía molestar. Lejos de la brutalidad, cerca de la confianza firme de la mujer a la que se había entregado.

Y él quería conservar ese calor en su pecho durante todo el tiempo que siguiera respirando, quería ver las tímidas sonrisas de la princesa y ayudarla todos los días. Y dios sabe que lo hubiera hecho, de no ser por esa llegada abrupta.

Con humildad y con miedo, días después del alumbramiento del niño que se llamaba Gohan, él explicó torpemente su origen. ¿Sería rechazado?, ¿otra vez convertido en escoria por aquel origen fragmentado que ni él conocía? Aquel niño había nacido con la misma cola que él antes de que se la quitaran, ahora debía explicar a la madre que era el bebe, que era él mismo.

— Es como los míos — ocultó su decepción, pero ella con ternura lo aceptó primero. A lo que eran, un par de padres viviendo en la pacífica tierra, ajeno a todos los enemigos que derrotó en otra vida.

No. Él es cómo nosotros dos, Kakaroto. Tú y yo, juntos —.

Y su corazón latía con fuerzas, porque entonces todo pareció tener sentido.

Él nació débil porque estaba destinado a venir a este mundo, a encontrarla y a conocer como sea que se llamara esto, sólo al lado de ella. Era un camino invisible que valía todo el miedo que conoció afuera, lo que soportó, lo que calló y lo que aprendió. Quizás nunca había sido un guerrero, por mucho que siempre tuviera que enfrentar a los pequeños conquistadores que invadían las tierras de otros grupos de humanos. Porque mientras unos lo llamaban héroe, él solo luchaba con la esperanza de volver a esa pacifica vida con ella. En donde sus habilidades y su fuerzas no eran temidas.

Hasta que llegó él otro, uno que le decía hermano. Que lo buscaba para reclutarlo… Después de que el imperio de Picolo Dai Mahou fuera detenido justo en el castillo de Ox Satán, cuando el niño Gohan aprendía sus primeros pasos, llegó Raditz. Y era solo un infante, apenas hilvanaba las palabras saiyajines como las humanas cuando lo atacó.

El saiyajin se reía tirado en el suelo.

— Hay un nuevo grupo de Saiyajines, Kakaroto. Escuché que es la misma sangre real la que ha estado buscando a los guerreros para reunir a los sobrevivientes. Y aunque eres débil, mierda, encontraste la manera de perpetuar el legado con este mocoso que no es como tú —.

Milk, que había huido primero volvía dispuesta a todo, a la batalla. Montaba un caballo algo torpe pero serena mientras los demás aldeanos la seguían para enfrentar a la amenaza que llegó desde el cielo, igual que él ya hace siete años atrás. Goku la miró y vio al niño que colgaba desde su cola, noqueado en los brazos del que era supuestamente su tío.

Y tuvo miedo por la fuerza de ese ki que superaba en creces al Picolo que tanto le había costado matar hace dos años. Escondió sus manos y a las cicatrices de las cadenas que siempre portó cuando era algo más que un criado para el grupo nómada que lo “adoptó”.

Le aterró saber que la mujer que amaba no conocía ese miedo y daría la vida por el hijo que heredó como una maldición el potencial de un verdadero guerrero con honor saiyajin. Tomó esa decisión con el silencio que siempre lo acompañaba, con dolor y con el sordo consuelo de que a diferencia de él… Gohan si podría pertenecer a los sanguinarios guerreros huérfanos que nunca había sido un hogar. Y que esa fuerza lo ayudaría a encontrar un lugar entre los salvajes saiyajin antes que en la débil tierra.

— Acepto — repitió, en el idioma que ahora se sentía tan lejano para él — Sólo si nunca dices qué es este lugar —.

Raditz alzó una ceja y soltó una suave carcajada — Perfecto. Sólo si el pequeño costal de carne nos acompaña — señaló alzando a Gohan en sus músculos.

 


 

Y allí, estaba Kakaroto junto a su hijo ahora.

El padre siempre en silencio cuando se quedaba pasmado viendo esa expresión dulce en su mirada. Repetida de su madre, la que nunca alcanzó a llegar a su lado ese día. La que ni si quiera escuchó su juramento fingido de volver cuando la nave se alzaba en los cielos. De vuelta al mundo que lo había escupido. Más humano que saiyajin.

“— Volveré —“.

Se mintió a sí mismo, pero aún se aferraba a la idea de que lo hizo para ella.

Siempre soñando en como se pegaba al cristal y la veía llegar a gritos al lugar en que habían despegado. Siempre despertando a la madrugada humana para entrenar, para enseñarle a su hijo los movimientos que aprendió del Maestro Gohan y de la que él solo supo nombrar como su destino.

Notes:

¿Les gustó? Yo llore mientras escribía esto. Es la primera vez que tomo algo de las demás parejas de Dragon Ball y aún soy nueva por aquí.

Después de pensarlo mucho sobre si publicar o no... quise hacer algo diferente de mis fanfics. Probablemente lo cuente mejor después, cuando sea el turno de la siguiente pareja.

Repito, esta no es una historia lineal. Aún me quedan algunos capitulos que publicar para estos fanfics de las parejas de Dragon Ball. Obviamente habrán limitaciones, por ejemplo: no podré escribir sobre Krilin y la Número 18, ya que su existencia depende totalmente de que la Patrulla Roja se hubiera obsesionado con Goku.

Finalmente, si tengo errores, por favor, tengan en cuenta que es mi primera vez usando AO3 como escritora y casi me dio algo cuando vi eso de "HTML"