Actions

Work Header

La estación

Summary:

Hoy era el día que tanto había esperado, pero incluso con semanas para prepararse, sentía que el tiempo nunca sería suficiente para dejar todo resuelto.
Habían pasado semanas desde que había anunciado al líder Naobito su decisión de abandonar el clan, y ahora, finalmente, había llegado el día de su despedida.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Hoy era el día que tanto había esperado, pero incluso con semanas para prepararse, sentía que el tiempo nunca sería suficiente para dejar todo resuelto.
Habían pasado semanas desde que había anunciado al líder Naobito su decisión de abandonar el clan, y ahora, finalmente, había llegado el día de su despedida.

—Desde hoy quedas oficialmente expulsada del Clan Zenin —dijo Naobito Zenin, levantando su copa de sake y bebiéndolo como si fuera agua. Ni siquiera era mediodía, y aquel anciano ya estaba borracho. Un hábito repugnante, pero aceptado en el clan— De ahora en adelante no esperes apoyo financiero, protección, herencia ni ayuda alguna. Eres una paria, y eso jamás cambiará…

Las palabras del viejo eran las mismas de siempre, un eco de humillación constante. Ella lo sabía. Todos en aquella residencia le recordaban su posición. Con el tiempo había aprendido que las palabras no definían a nadie: eran las acciones las que imponían respeto y haría que su familia se tragara sus insultos.

Cuando Naobito tomó otra botella de sake, supo que era su momento.

—Líder del clan, el día que regrese será por mis propios méritos, no por el nombre Zenin. Y no asevere que haya recibido beneficio alguno de esta familia —respondió Maki, clavando su mirada en la de Naobito. Ese gesto, directo y desafiante, se había vuelto habitual entre ellos.

—No eres más que una niña caprichosa que regresará rogando dentro de unos meses, besando mis pies —replicó Naobito, señalando que le sirvieran otra botella—. Mientras yo viva, no volverás a este clan como hechicera. Solo regresarás casada con quien yo decida, y solo servirás para engendrar más hechiceros y satisfacer los deseos de tu esposo.

"Aquellos que no tienen técnicas malditas no son humanos."

No esperaba otra cosa del líder que había moldeado todo el clan sobre esa premisa. No le daría el gusto de mostrar disgusto por ser reducida a un simple vientre, y mucho menos mostrar vulnerabilidad cuando debía valerse por sí misma.

Pero era mezquina, y no se iría sin decirle una que otra cosa en su cara al viejo.

Fingiendo obediencia, se acercó al estante y tomó el tokkuri de Suigei Sho Jumai Daiginjo, uno de los favoritos de Naobito. Siguiendo al pie de la letra lo primero que había aprendido en el clan, sostuvo la botella con ambas manos —una en el cuello, la otra en la base— y se inclinó ligeramente. Acercó la botella sin tocar la copa y vertió el sake con movimientos precisos y controlados, cada gesto medido, elegante, desafiante en su sutileza.

Pero esta vez no esperó a que Naobito levantara la copa. Lo miró directamente, un desafío silencioso, rompiendo el protocolo que la habría castigado si aún perteneciera al clan.

Suerte que ya no lo era.

—¿Qué le hace pensar que vivirá tanto tiempo? —la frase cortó el aire y le valió una cachetada del anciano. Otros habrían caído al suelo desmayados, pero no ella. Se mantuvo firme, enderezó su hakama y sus lentes, y no tocó siquiera su mejilla. Los golpes siempre sanaban. La dignidad no.

Naobito terminó su copa de alcohol sin mirarla, el vidrio golpeando suavemente la madera de la mesa. El olor del sake se mezclaba con el ambiente cargado de tensión.

—Maki —dijo, su voz arrastrada por el alcohol—hace unos días recibí información de que fuiste aceptada en la escuela de hechicería de Tokio.
Maki lo miró de frente, sin un atisbo de duda en su postura.

—Estás en lo correcto. Nunca me habrían aceptado en la de Kioto.

Naobito se rió, un sonido áspero y despreciativo.

—Hubiera sido una vergüenza que asistieras allí, donde miembros de la facción Hai y algunos fracasados del Akashi se han graduado. Seríamos la burla de las otras grandes familias…la escuela en Tokio está que acepta puros fracasados.

—Yo iré a la escuela donde van los más fuertes —su voz era firme — Entre ellos, me haré un nombre por mí misma. No me interesa rodearme de hechiceros que basan su carrera en un apellido.

Naobito soltó una carcajada, tomando sus palabras como si fueran un juego. Pero Maki no se inmutó. Cada gesto, cada palabra estaba calculada.

—La única razón por la que no dije nada sobre tu absurda decisión de ir a Tokio es que tú vas a ser un ejemplo de el por qué seguimos las tradiciones —dijo él, inclinándose ligeramente hacia atrás, despreciativo y borracho.

—Me tiene sin cuidado que lo intente demostrar —respondió ella con frialdad, cansada de escuchar los delirios de un anciano que apenas podía mantenerse en pie.

Naobito golpeó la mesa con la palma, derramando un poco de sake.

—Haznos un favor y deja que una maldición te debore en tu primera misión. Tu padre se sentirá contento de tener un problema menos.

Maki contuvo un suspiro, manteniendo la calma. No había razón para discutir con alguien que ya había perdido la noción de la realidad.

—Tienes media hora para recoger tus cosas y abandonar la residencia —dijo Naobito, señalando con un gesto torpe hacia la puerta— Naoya se asegurará de que solo lleves lo necesario y de que salgas de aquí como una señorita. Ya puedes largarte.

Maki lo observó unos segundos más, viendo en su mirada una mezcla de desprecio y sorpresa. Luego se dio la vuelta con decisión. Sus pasos resonaban en la madera mientras recogía las pocas pertenencias que le pertenecían, con cada movimiento reflejando que no iba a permitir que nadie definiera lo que ella había decidido empezar

*

Si había alguien en este mundo capaz de hacerle perder la compostura que tanto la caracterizaba, esa persona era Mai. Desde que su hermana se enteró de su decisión de abandonar el clan, algo entre ellas se había quebrado por completo. Mai no le había dirigido ni una sola palabra, ni una mirada; la trataba como si fuera otro mueble más de la casa.
Maki había intentado todo: hablar, explicarse, incluso disculparse por cosas que no eran su culpa. No quería dejar cabos sueltos entre ellas. Amaba a su hermana, y Mai era la única razón por la que seguía levantándose cada mañana y esforzándose por ser más fuerte.

Ella era la razón por la que planeaba regresar algún día al clan para cambiar las cosas. Nadie iba a rescatarlas de aquel infierno; sólo rompiendo el sistema a la fuerza podrían crear sus propias reglas.

Pero hoy, justo hoy, Mai había decidido hablarle… aunque fuera detrás de la puerta del cuarto que compartían y que se negaba a abrir.

—¡Mai, abre la maldita puerta o voy a romperla! —gritó Maki, golpeando con fuerza. Sabía que su voz resonaba por toda la residencia.

—¡Nada de lo que está en este cuarto es tuyo! Lo poco que te pertenece está en las bolsas afuera.

La sangre le hervía.

—¡Estúpida, Mai! ¡Destruiste casi toda mi ropa y tuviste el descaro de meterla en bolsas de basura! ¡Abre antes de que pierda la poca paciencia que me queda!

Maki veía rojo. Sabía que Mai podía ser vengativa, problemática e impulsiva… pero jamás había dirigido ese veneno hacia ella. Al parecer, de ahora en adelante, las cosas serían diferentes.

—Haz lo que quieras —respondió Mai, con un tono frío, confiado, casi infantil— ¿Qué podrías cambiar en veinte minutos?

Maki apretó los dientes. No podía perder el poco tiempo que le quedaba discutiendo con su hermana ni gritándole a una puerta.

Respiró hondo, tomó impulso y, usando una fracción de su fuerza, rompió el seguro del shōji. Ambas puertas corredizas, amarradas entre sí, se separaron de golpe como si hubieran sido de papel.

Al romper el seguro y separar las puertas, Maki esperó encontrarse con la misma postura desafiante de siempre. Pero Mai dio un paso atrás, mirándola con los ojos muy abiertos. No dijo nada. Solo la observó durante unos segundos eternos, como si de pronto reconociera una fuerza que no recordaba… lo que había querido evitar.

El miedo duró poco. Se apagó igual que una vela sofocada por el viento. Y en su lugar, surgió algo más oscuro. La mirada de Mai se endureció, helada, resentida, tan cargada de odio que la habitación pareció hacerse más pequeña.

Maki no respondió a esa mirada. No tenía tiempo que perder. Caminó en silencio hacia el pequeño montón de ropa de entrenamiento que Mai no había logrado destruir; las dobló sin cuidado, solo con prisa. Luego tomó su naginata, su única posesión que Mai jamás se habría atrevido a tocar.

Cuando terminó, respiró hondo. Le dedicó a su hermana una última mirada: corta, contenida, casi vacía. Entendía su rabia, pero no iba a pretender resolver lo irreparable en cinco minutos.

Estaba por marcharse cuando la voz de Mai la cortó por la espalda. Un hilo de voz, cargado de veneno y tristeza reprimida:
—Eres una perra mentirosa que no tiene el valor de dirigirme la palabra. No te creas superior… no eres más que un mueble sin energía maldita.

Maki no se dio la vuelta. No merecía la pena volver a romperse.

—Cuando estés lista para hablar —respondió con frialdad, casi en un susurro— sabes dónde encontrarme.

El silencio que siguió era pesado, irrespirable.
Y entonces Mai, con un temblor que trató de ocultar bajo un tono cruel, pronunció lo único que realmente podía doler:

—Hazme el favor de no regresar nunca. Muere en tu primera misión.

Las palabras se estrellaron contra la espalda de Maki como un golpe. Era la primera vez que su hermana le lanzaba aquel tipo de comentarios, algo que solo había escuchado del resto del clan pero nunca de ella.

Pero siguió caminando.

Si se detenía aunque fuera un segundo, no podría irse.

Y no podía darse ese lujo, su decisión ya estaba tomada.
**
—Las mujeres y sus dramas innecesarios. Tienes suerte de que yo encuentre esta escena divertida —comentó Naoya desde el final del pasillo, con esa sonrisa torcida que tanto detestaba. Siempre disfrutaba humillar a quien consideraba inferior… es decir, a casi todos. Pero a las mujeres del clan, aún más.

Maki apretó la mandíbula mientras él se acercaba con pasos lentos, seguros, como si el pasillo le perteneciera.

Sin pedir permiso, Naoya tomó sus cosas de los brazos de ella y las dejó caer al suelo con desprecio. Maki quiso reaccionar, pelear por ellas, pero sabía la verdad: todavía no era lo suficientemente fuerte para enfrentarlo

—No pongas esa cara, prima —dijo él, agachándose para revisarlo todo con teatral lentitud— Solo tengo que asegurarme de que no escondas nada que no debas…Sígueme, los criados llevarán tus cosas a la entrada.

Ese tono… ese tono nunca traía buenas noticias. Y la forma en que su mirada recorría su cuerpo, sin parpadear, le provocó un escalofrío que le subió por la columna como un aviso del que no podía escapar. Su mente gritaba que corriera, pero su cuerpo estaba paralizado.

Ya conocía ese patrón. Ya conocía esa mirada. Ya conocía ese miedo.

Antes de que pudiera reaccionar, Naoya la tomó del brazo y la arrastró hacia un rincón oscuro del pasillo. Su respiración se agitó; por un momento su mente se desconectó de su cuerpo, como tantas veces le había ocurrido en el pasado.

Era inútil pensar que abandonar el clan borraría esas marcas. Los Zenin presumían sus tradiciones, pero todos sabían la verdad: ninguna mujer salía intacta de esa casa.

—¿Qué te dije sobre tu lugar, Maki? —su voz era suave, casi burlona, mientras empezaba a estrujar su cuello—. Ni siquiera eres digna de mirarme a los ojos, mucho menos de levantarme la mano.

La empujó contra la pared del pasillo, haciendo que la madera del marco retumbara

La mano de Naoya se cerró alrededor de su cuello, apretando con una familiaridad repugnante. La otra recorrió su cuerpo sin permiso ni pudor. El asco le retorció el estómago. El aire comenzó a escaparse de sus pulmones mientras él murmuraba cerca de su oído, como si disfrutara cada segundo de su falta de respuesta.

Sabía lo que vendría si no reaccionaba.
Y aun así su mente seguía flotando, fría, distante, como si viera su propio cuerpo desde afuera mientras la mano de Naoya se deslizaba por debajo de su pantalón.

—Recuerda esto cuando estés afuera. Nadie va a proteger a una Zenin defectuosa.

Odiaba ser la víctima de se idiota, apretó los puños hasta que sintió sus uñas atravesar su piel.

La razón exacta por la que había decidido irse. No iba a ser nunca más la víctima. Ni de ese clan, ni de ese sistema, ni de imbéciles como Naoya. Si algo iba a cambiar, tendría que hacerlo ella misma.

—¿De casualidad parece que esconda una katana en las bragas? —escupió Maki, con una frialdad que lo descolocó por completo.

Naoya se detuvo, confundido. Ese instante era todo lo que ella necesitaba.

Con toda la fuerza acumulada por años de rabia contenida, levantó la rodilla y le dio un golpe preciso en la entrepierna. Naoya cayó hacia atrás, gimiendo, y Maki retrocedió de inmediato, sin perderlo de vista.

Bajo otras circunstancias, el precio por desafiarlo significaba un doloroso castigo. Naoya era uno de los pocos que podía dejarla desmayada del dolor por la cantidad de golpes. Era su forma de enseñarle una lección

Pero ahora le daba igual. Ella ya no pertenecía a ese clan. Mucho menos a él.

—¡Hija de puta! —rugió Naoya, doblado de dolor— ¡En cuanto te alcance, te voy a destrozar!

Maki lo observó con una calma casi antinatural. Por primera vez… ella no tenía miedo.

El mundo le dio un giro cuando algo duro —un palo de madera— le golpeó la parte posterior de la cabeza. El dolor le nubló la vista unos segundos, obligándola a tambalearse.

Al voltearse, la vio. Su madre.
Apretando el bastón de limpieza como si fuese un arma, con la respiración entrecortada y los ojos desorbitados.

—¡¿Cómo demonios se te ocurre tocar al señor Naoya?! —gritó, golpeándola de nuevo en el brazo, en la espalda, donde alcanzara— ¡¿Cuándo vas a aprender a comportarte como una dama y dejar de meterte en problemas?!

Cada golpe no dolía por la fuerza, sino por la humillación.

La ironía. Su madre siempre tenía que defender al imbécil de Naoya y sus maltratos.

Su madre se detuvo en seco cuando Naoya, aún doblado por el dolor, se enderezó.

El chico avanzó lentamente, limpiándose el sudor de la frente, la furia clavada en su sonrisa torcida.
La mujer, sin pensarlo, cayó de rodillas frente a él.

—P-perdón… perdón por entrometerme, Naoya-sama… mi hija… ella… ella no entiende… no sabe comportarse…

Maki desvió la mirada. No por vergüenza propia, sino por vergüenza ajena. Ver a su madre suplicar por la aprobación de ese monstruo le revolvía el estómago.
Naoya se detuvo frente a la mujer, la sombra de su cuerpo cubriendo por completo el rostro agachado de ella.

—Vieja estúpida —escupió— Ocúpate de preparar la salida de esta paria. Su presencia ya me repugna.

Maki apretó los dientes.

—¿Por qué ?

Naoya la miró como si fuera basura.

—Mi padre quiere que salgas de esta casa como una señorita. Yo solo cumplo órdenes. No quiero que digan que te dejé ir como la salvaje que eres.

La frase no tenía más intención que herir, pero Maki no le dio el gusto de reaccionar.

Su madre la tomó del brazo con manos temblorosas y la arrastró por el pasillo.

—Ven. Debo dejarte presentable.

La llevó a una habitación que apenas recordaba: una sala de baño tradicional, con una tina de madera recién llenada con agua caliente. El vapor subía en columnas suaves, como si el cuarto quisiera disimular la tensión que lo impregnaba.

Maki apenas entró cuando sintió cómo su madre empezaba a desatarle la ropa.

—Puedo hacerlo sola —gruñó, retrocediendo. La última vez que su madre la atendió fue hace más de dies años. Desde que se descubrió que no poseía energía maldita y pasó a ser un fracaso más.

—No tienes elección —respondió la mujer sin verla a los ojos.

Naoya se quedó de pie en la puerta. Como si observar fuese un derecho. Como si ella fuese un objeto que debía supervisar.

—Quiero cerciorarme de que no escondas nada —dijo con desgano, apoyado en el marco.
Maki sintió un nudo ascender por el pecho. Había límites que incluso dentro de esa casa deberían existir. Pero el clan Zenin nunca los tuvo.

Su madre siguió desvistiendo a Maki con la desesperación de quien sabe que un error puede costarle caro. Cuando la tina estuvo lista y la ropa de Maki cayó al suelo, Naoya se dio la vuelta finalmente.

—Todo parece en orden “señorita” —se burló antes de cerrar la puerta.

El silencio que quedó no fue alivio. Fue peor.
Su madre se acercó con un cubo y una pastilla de jabón.

—No quiero que me toques —murmuró Maki, conteniendo la náusea de toda la humillación que sentía.

La mujer la ignoró por completo y le vertió agua caliente sobre la espalda.

Podía apartarla. Podía tomarle la muñeca, girarse, siquiera levantarse de la tina. Su cuerpo tenía fuerza suficiente para hacerlo. Su madre no era Naoya.

No era alguien capaz de detenerla físicamente.

Pero algo dentro de ella —algo oscuro, viejo, incrustado como un clavo— la mantenía quieta.

—¿Ves lo que provocas? —susurró, reprendiendo como si fuese su culpa— No sabes pasar desapercibida. No sabes evitar llamar la atención de los hombres. ¿No puedes comportarte… aunque sea por un día? Deberías ser más como tu hermana y quedarte callada.

Maki cerró los puños. El jabón le recorría los brazos como una caricia fría y mecánica, como si su madre no estuviera lavándola sino borrándola.

Las manos de su madre se movían rápido, sin mirarla. Como si lavar a su hija fuera un castigo o una humillación que no quería enfrentar.

El vapor del agua llenó el cuarto. Maki, con el cuerpo rígido y la mirada clavada en el suelo, sintió que algo se quebraba.

Que algo se desprendía de ella para siempre. Que ese baño no era para purificarla, sino como a otras antes que ella en su posición, era para recordarle que no podía romper ese lazo que le unía al clan.

Su madre la sacó de la tina con un gesto brusco. Al pasar la toalla por su piel, sus ojos se detuvieron en las cicatrices que recorrían el cuerpo de Maki: líneas finas, marcas en los antebrazos, pequeños cortes ya cerrados. Algunas eran fruto de años de entrenamiento; otras, más toscas y oscuras, eran recuerdos inevitables de “correcciones” por no saber su lugar como mujer dentro del clan.

—Mírate… —susurró con desdén mientras pasaba la tela por una cicatriz del hombro— Tu cuerpo nunca será del agrado de tu futuro esposo si sigues con estas tonterías de armas y disciplina. Y estas manos… —le levantó la palma con fuerza— tan callosas. Parecen de un hombre.

Maki sabía que podía romper aquel agarre con facilidad. Cada músculo de su cuerpo estaba preparado para hacerlo. Pero algo dentro de ella la detenía. Tal vez era costumbre.

Tal vez era simplemente agotamiento.

Así que dejó de escuchar.

La voz de su madre se desvaneció en un murmullo mientras Maki se perdía en recuerdos que valían más que todo ese odio. La primera vez que escapó con Mai a la playa. Su primer día en el escuadrón Kukuru, cuando todos quedaron mudos al verla superar un entrenamiento que nadie esperaba. El instante en que recibió su primera arma maldita y los lentes que le permitían ver maldiciones. Fragmentos de una vida que ella sí había elegido.

Cuando volvió en sí, su madre seguía examinando su desnudo cuerpo como si fuese un error.

—Ese no es el cuerpo para engendrar hijos —sentenció.

Maki levantó la mirada, cansada y fría.

Quiso decirle que sería más fuerte que cualquier hombre del clan, que ellos entrenaban porque tenían todo el tiempo del mundo y no porque fueran superiores. Aquella disciplina que tanto despreciaba era lo que la había llevado a ser aceptada en la academia, mientras que el clan intentaba moldearla en otra sirvienta dócil durante toda su vida y la hacían perder su tiempo en labores del hogar.

—No tengo intención de traer más Zenin a este mundo.

La bofetada llegó sin pausa, seca, casi mecánica.
Su madre respiró hondo, temblando de frustración, y regresó con un Kimono azul.

—Todas las mujeres del clan salen del hogar vestidas así.

—No me voy a casar. Prefiero usar ropa normal o mi hakama —respondió Maki— Y quemaré este kimono en cuanto llegue a Tokio.

Otra exhalación tensa, un intento de control. Sin decir nada más, su madre empezó a vestirla a la fuerza, como si la seda pudiera cubrir con elegancia todo lo que el clan había destruido en ella.

Pero nada podía borrar esas cicatrices. Ni las de su piel… ni las que llevaba desde niña.

***
La madre la jaló del brazo hasta la salida, donde Naoya y el líder del clan, Naobito, la esperaban. Afuera, el auto ya estaba listo, rodeado por sirvientes que fingían indiferencia. Su padre, por supuesto, no se había dignado a verla partir. Mejor así. Estaba cansada de recibir sólo desprecio.

Naoya se acercó con una media sonrisa y le arrojó su maleta y su arma al suelo como si fueran basura.
—Qué caballeroso —murmuró Maki, recogiendo sus cosas sin darle el gusto de verla molesta.

Caminó hacia el auto sintiendo decenas de miradas clavarse en su espalda, como agujas que querían asegurarse de que recordara su lugar. Estaba a punto de entrar cuando se detuvo. Volteó por última vez hacia la residencia. Quince años de encierro, de humillaciones, de silencios insoportables. Una prisión con paredes de tatami.

Una parte de ella… una parte muy pequeña y muy estúpida… esperaba ver un rostro amable despidiéndose. Tal vez el de Mai.

Pero sabía que aquello era imposible.

En el fondo, deseaba que Mai hubiera escapado con ella. Pero Mai jamás abandonaría el clan; estaba hecha para permanecer. Y eso era lo que más le dolía. Que su hermana hubiera elegido la jaula antes que su libertad.

Cuando por fin se dispuso a cerrar la puerta del auto, Naobito se acercó con pasos lentos y desagradablemente seguros. Sacó un sobre y se lo entregó.

—Tómalo. Es caridad —dijo Naobito, extendiendo el sobre como si fuera un mendrugo—No quiero que anden diciendo que el Clan Zenin deja a sus desechos morir en la puerta

La sonrisa que acompañó sus palabras fue lenta, satisfecha, casi burlona—Gástalo bien. No volverás a ver un solo yen más de nosotros. Y créeme… es más de lo que mereces.

Sonaba a expulsión disfrazada de formalidad. Una manera cruel de decirle que no la querían de vuelta.
Las palabras le recordaron otra promesa, una que Naobito le había dicho el día que anunció que se marcharía: “Haré que sufras, niña. Tú y todo lo que amas .”

No quería aceptar ese sobre. No quería deberle nada. Pero tampoco estaba en posición de rechazar dinero cuando le esperaba un viaje largo. No dejaría que el orgullo la hundiera antes de llegar a Tokio.
Así que lo tomó. Sin agradecer. Sin mirar a nadie.
Se subió al auto, cerró la puerta con un golpe seco y, sin volver la vista atrás, emprendió rumbo a la estación.

La libertad sabía amarga.

****

El carro se detuvo frente a la estación, y Maki sintió cómo un vacío se extendía en su pecho. Por primera vez en su vida, pasaría mucho tiempo lejos de Mai.
La idea de separarse de su hermana la hizo sentir desnuda, aunque ya no tuviera que temer los gritos ni los golpes de su familia; ahora el miedo tomaría otra forma: maldiciones y entrenamiento

El ruido de la estación, el murmullo de la gente y el tintineo de maletas rodando sobre el pavimento la envolvieron. Compró un boleto a Tokio, y le dijeron que su tren no llegaría en tres horas.

Lo suficiente para pensar en lo que dejaba atrás.
Observaba a la gente con discreta incomodidad, consciente de que sus ojos se fijaban en ella y en su arma envuelta. La sentían fuera de lugar, diferente, como si fuese una muñeca delicada, aunque la realidad era que llevaba en los brazos años de entrenamientos, golpes y cicatrices.

Necesitaba respirar, salió a caminar por las afueras de la estación. Kyoto se extendía ante ella: templos, callejones, tejados antiguos. Por alguna razón, la caminata se sentía como una despedida silenciosa. Se permitió sentir nostalgia, un peso cálido y punzante. No sabía cuándo volvería a pisar estas calles, a ver las montañas o a su hermana.

Cuando regresó a la estación, por alguna razón sus pasos se hicieron más pesados. Cada pie que levantaba parecía cargado de pesar, como si hubiera entrenado sin parar todo el día.

Entrar al vagón fue como atravesar un umbral invisible: allí no había familia, ni reglas conocidas, ni nadie que dictara su valor. Solo la cruda realidad.
Y la realidad era abrumadora.

No era un sueño ni un deseo: era ella misma, sola, con un arma en la mano. Por algún motivo, esa realidad la aterraba. Debería estar feliz. Por fin era libre de caminar el camino que había escogido.
Pero no lo estaba. Sentía un nudo en el estómago, un frío que subía desde la espalda hasta la garganta.
Se sentó junto a la ventana, abrazando su maleta y su arma apoyada en su costado. La visión borrosa de las calles de Kyoto comenzó a desvanecerse mientras el tren avanzaba.

Intentó cerrar los ojos, buscar algún sueño que la consolara, pero el miedo persistía. Era un miedo que no podía nombrar: miedo al futuro, miedo a fallar, miedo a perder lo que todavía no tenía. Y, sin embargo, en medio de todo ese temor, un destello de determinación la mantuvo alerta. No era normal en ella sentirse de esa forma.

Esa noche, mientras el tren avanzaba, no pudo dormir. Cada carril que golpeaba contra el metal resonaba como un recordatorio de que ya no había protección, de que la vida que conocía había terminado.

Por primera vez, Maki estaba realmente sola.

*****
La noche había sido terrible. No durmió ni un segundo; cada ruido del tren la sobresaltaba, cada sombra la hacía sentir como si alguien estuviera a punto de atacar. Solo pensaba en llegar. En terminar ese viaje que parecía eterno y poder quitarse aquel maldito kimono.

Cuando el tren finalmente se detuvo en Tokio, bajó con un impulso casi desesperado. No tenía un plan, no sabía a dónde ir primero: solo sabía que necesitaba respirar. Corrió hacia el baño más cercano, asegurándose de que no hubiera nadie dentro.

Y en cuanto la puerta cerró… se quebró.
Por primera vez desde que dejó la residencia, el peso de aquella soledad la aplastó. Las piernas le temblaron y una opresión feroz le apretó el pecho, robándole el aire. El baño, tan pequeño y frío, parecía encogerse a su alrededor. Se llevó las manos al rostro, pero el terror seguía allí, palpitando bajo su piel.

Sintió cómo la envuelta de su naginata se le resbalaba de entre los dedos, cayendo al suelo con un golpe seco. Ese sonido la obligó a mirar.
En el reflejo metálico de la hoja vio su propio rostro deformado por el llanto, los ojos rojos, la respiración descontrolada. Vio a la Maki vulnerable, la que había estado escondida bajo años de disciplina, golpes y orgullo forzado. La Maki que nunca había tenido permiso de llorar.

Esa visión la sacudió. No había llegado a Tokio para derrumbarse en un baño público. No después de todo lo que había dejado atrás.

Aún temblando, se obligó a levantarse. Abrió la llave del agua con las manos mojadas de lágrimas y comenzó a lavarse la cara una y otra vez, como si quisiera borrar cada rastro de vulnerabilidad.
Poco a poco, las lágrimas dejaron de salir. Su respiración volvió a un ritmo más lento, más firme, como si estuviera recuperando las piezas de sí misma una por una.

Al alzar la mirada hacia el espejo, vio a otra Maki: cansada pero de pie.

—Será la última vez que llore así… —susurró, sin apartar los ojos de su reflejo— La última vez que me rompo por ellos.

En cuanto salió del baño, Maki por fin pudo apreciar Tokio. La estación de Shibuya se extendía ante ella como un mar de luces. Personas caminaban a toda prisa, pantallas gigantes proyectaban colores vivos, y los sonidos de la ciudad la golpeaban de manera diferente a Kyoto: más caóticos, más libres, más ajenos.

Casi se pierde entre la multitud cuando una voz clara la llamó:

—¡Zenin Maki!

Maki se giró, con el corazón aún latiendo a mil, y corrigió:

—Solo Maki, por favor.

—Ah, claro —dijo la mujer, esbozando una sonrisa—Soy Akari Nitta. Te estaba buscando. Soy de la escuela y debo llevarte hasta allí.

Maki asintió, aliviada por no tener que perderse en la ciudad o preguntar a extraños por direcciones.
Akari la miró de pies a cabeza y comentó con naturalidad:

—Vaya… te ves…Hermosa en ese kimono, diría yo.

Maki casi se atraganta con sus propias palabras, pero respondió con un simple “gracias”, intentando no mostrarse sorprendida. Era la primera vez que un extraño le decía algo así sin segundas intenciones.

Akari, buscando mantener la conversación, continuó:

—Bueno, te explico un poco cómo funciona la escuela. Con tu llegada, ya son tres estudiantes de primer año. No son muchos, pero al menos no estarás sola en esto.

—Tres… eso es todo —murmuró Maki, levantando ligeramente una ceja

—Por ahora —dijo Akari con una sonrisa divertida — Pero créeme, no tardarás en encontrarte con desafíos. La escuela puede ser… intensa.

Maki asintió, haciendo un esfuerzo por seguir la conversación. Por primera vez, se sintió curiosa y hasta un poco interesada.

Mientras caminaban hacia el carro, la ciudad a su alrededor, el ruido y la charla ligera de Akari ayudaban a que dejara de lado, aunque fuera por unos minutos, el dolor en su pecho.

Cuando finalmente llegaron, Maki no esperaba ver a dos figuras esperándola: el director Masamichi Yaga y Satoru Gojou, quienes le daban la bienvenida. La formalidad de la recepción la sorprendió, pero había algo tranquilizador en su presencia, como si la escuela estuviera preparada para recibirla

****
Maki había escuchado pestes del clan Gojou y de su líder. Las pocas veces que visitó al clan para reunirse con Naobito, lo vio de lejos: alto, temible, y tan arrogante como su reputación indicaba.

Megumi—a quien conoció junto a su hermana Mai en una ocasión tensa— nunca habló mucho de él, pero su silencio decía suficiente: ese hombre no era normal. Era el hechicero más fuerte de la era moderna. Misterioso, imparable. Intimidante.

Por eso, cuando lo vio de cerca, con esa sonrisa idiota y aire despreocupado, casi se atragantó de la sorpresa.

El hechicero más fuerte… era un payaso.

Satoru Gojo insistió en hablar a solas con ella antes de que fuera a sus dormitorios. La oficina del director Yaga era tranquila, pero Satoru irradiaba una energía caótica que parecía llenar el espacio entero.

—Bien, vamos directo al punto —dijo Gojo, cruzándose de brazos— Seré tu maestro este año.

Maki lo observó, tensa. Él siguió:

—La decisión de aceptarte no fue unánime. Muchos tienen la mente muy… limitada. Pero yo insistí. Siempre vale la pena apostar por el talento. Además —sonrió— el clan Gojo tiene más influencia que los Zenin en Tokio, así que no hubo mucho que discutir.
Maki apretó la mandíbula. Satoru levantó una mano, como si quisiera calmarla.

—No me interesa tu apellido —dijo— Ni lo que viviste allá. Yo solo quiero ver resultados y creo que puedes dármelos.
Ella entrecerró los ojos —¿Y de dónde sacas eso?
Por primera vez, la expresión de Satoru cambió. Detrás de aquella vendas que cubrían sus ojos, pudo distinguir que la observó con una seriedad que contrastaba de lleno con su actitud anterior.

—He visto de primera mano lo peligroso que alguien como tú puede llegar a ser

Maki esperó una explicación, pero él simplemente la esquivó con un encogimiento de hombros

—En fin. Leí tu informe y tus habilidades físicas y conocimiento en armas están al nivel de estudiantes de último año… incluso de algunos maestros. Eso es impresionante.

—Yo no tengo energía maldita —respondió Maki, directa. Prefería ser directa con su condición.

—Exacto y eso te deja en desventaja. Sin energía maldita, el mundo de la hechicería nunca te aceptará y es muy posible que nunca te reconozcan como hechicera— las palabras de Satoru eran frías pero no arrastraban una verdad que estaba escrita en piedra

—Entiendo…pero hay un motivo por el que estoy aquí

—Correcto…déjame decirte que tengo un buen ojo para gente que tiene un potencial lo suficientemente grande para cambiar el mundo de la hechicería.

Maki exhaló, casi riendo sin humor.

—Y, ¿cómo se supone que haga eso?
Gojou sonrió como si hubiera estado esperando esa pregunta.

—Eso depende de cuánto estás dispuesta a soportar. Ahora que no eres la sirvienta de nadie, puedes dedicarte a entrenar tiempo completo y llevar tu cuerpo al límite. Te doy un mes para subir de nivel. Pero tendrás que empezar por lo básico…

Se inclinó hacia ella, como si estuviera a punto de revelar un secreto importante.

—Comer más proteínas, calorías, y grasas

Sacó de su bolsillo un sobre de proteína en polvo

—literalmente lo había llevado por si acaso— y se lo ofreció con entusiasmo—Chocolate doble. El favorito de este lugar. Te va a encantar.

El gesto de Maki fue instantáneo: una mueca de asco absoluto que intentó disimular… sin éxito.

Satoru la observó y se echó a reír.

—¡¿Qué, no te gusta?! Vamos, no muerde. Bueno, el sabor sí, un poco.

Maki desvió la mirada, incómoda. Claro que no iba a decir “me da asco el dulce”. Pero su cara la delató por completo.

—Está bien, está bien —se rindió Satoru, moviendo las manos— Si no quieres proteína en polvo, entonces tendrás que ganar fuerza a la antigua. Nada de dietas budistas Zenin. Romperás la dieta y empezarás a comer como corresponde

Maki soltó una risa incrédula.

—¿De verdad crees que estaba a dieta porque yo quería?

—No —respondió Satoru con su típica sonrisa burlona—Pero ahora sí tienes una razón para comer bien.

Se enderezó y abrió la puerta.

—Vamos. Te llevo a los dormitorios. Mañana empezamos.

Mientras caminaban por el pasillo, Maki sintió, por primera vez, algo parecido a la esperanza. Era extraño, incómodo, casi doloroso…Pero real.

Notes:

Gracias por leer este proyecto! Más proyectos en mente. Abierta a sugerencias