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Un día común y corriente en la región de Natlan y su diversidad. Fuerte, ruidosa, con un calor que abrigaba. Mualani una joven entusiasta, alegre, viva representación de un ciudadano natlense. Para Mualani, una sonrisa no era solo un gesto; era una necesidad vital, como el agua fresca de los manantiales de Natlan. Su filosofía era simple: si tienes la capacidad de iluminar el día de alguien, es tu deber hacerlo. Y últimamente, había una nube de tormenta verde y negro que le preocupaba.
Kinich un cazador de saurios pragmático y callado siempre estaba allí, eficiente, letal y... absolutamente serio. No es que estuviera mal, pero sus ojos siempre cargaban esa mirada calculadora, fría, tal vez un poco nostálgica, como si siempre estuviera esperando el siguiente ataque.
—Eso no es vida —murmuró Mualani para sí misma, observándolo desde lejos mientras él revisaba el filo de su mandoble.
Se acercó dando saltitos sobre la arena caliente. Kinich ni siquiera se inmutó hasta que ella estuvo a un paso de distancia.
—¡Kinich!, tengo una misión urgente para ti —anunció Mualani, cruzándose de brazos y poniendo su mejor cara de negocios.
El cazador levantó la vista. Su expresión no cambió.
—¿Qué tipo de bestia? ¿Cuánto es la paga? —preguntó con su tono monótono habitual.
—La bestia es... el aburrimiento —Mualani sonrió, mostrando todos los dientes—. Y la paga es buena. Pero la condición es estricta: tienes que aprender a usar mi tabla de surf. Tómalo como un encargo de escolta... pero escoltando a ¡tu propia diversión!.
Kinich parpadeó, confundido. Antes de que pudiera negarse, una voz pixelada y estridente estalló a su lado.
—¡JA! —Ajaw se materializó en el aire, flotando alrededor de la cabeza de Kinich—. ¿Escuchaste eso, inútil sirviente? ¡La chica quiere verte hacer el ridículo sobre el agua! ¡Acepta! ¡Quiero ver cómo te tragas medio océano!
Kinich suspiró, un sonido largo y cansado.
—Si hay paga de por medio... acepto el contrato.
Mualani salto de la emoción y tomo a Kinich del brazo arrastrándolo al océano donde cumpliría su misión de derrotar a monstruo del aburrimiento de Kinich. Minutos después, la escena era un desastre encantador.
Estaban en aguas poco profundas. El sol de la tarde hacía brillar el mar, pero Kinich parecía una estatua de piedra intentando flotar. Estaba rígido sobre la tabla de Mualani, con las rodillas dobladas en un ángulo extraño y los brazos extendidos con demasiada tensión.
—¡Relájate, Kinich! —instruyó Mualani, que estaba de pie en el agua junto a él, sosteniendo la tabla para que no se volteara—. Estás tratando de luchar contra el agua. Tienes que confiar en ella... Tienes que confiar en mí.
—Estoy... confiando —gruñó Kinich entre dientes. Su concentración era absoluta, como si estuviera desactivando una bomba y no montando una tabla de surf de colores brillantes.
—¡MÍRALO! —gritó Ajaw, volando en círculos frenéticos—. ¡Parece un palo de madera a punto de romperse! ¡Vamos, Kinich, cáete ya! ¡Hazme feliz!
Kinich intentó ignorar al dragón pixelado y giró la cabeza para mirar a Mualani buscando estabilidad. Ella le dedicó una sonrisa cálida y paciente, de esas que te hacen sentir que todo va a estar bien.
—Mírame a mí, no mires las olas —dijo ella suavemente, soltando la tabla poco a poco—. Eso es... vas bie...
Pero la distracción de Ajaw fue letal. El dragón se puso justo frente a la cara de Kinich y le sacó la lengua.
—¡BU!
El equilibrio de Kinich se rompió. Sus pies resbalaron y, con la gracia de una roca lanzada desde un acantilado, cayó de espaldas al agua con un sonoro ¡PLASH!
Mualani no pudo evitarlo; soltó una carcajada cristalina, pero no de burla, sino de pura alegría. Ajaw, por otro lado, se reía maniáticamente.
Kinich salió a la superficie escupiendo agua salada, con el pelo pegado a la frente y una hoja de alga en el hombro. Parecía un gato mojado y enojado.
