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A pesar de tener tan sólo diez años, la vida lo había obligado a crecer muy rápido. Es por eso que Megumi solía comportarse como un adulto o, bien, imitarlos. Tsumiki aseguraba que era una especie de juego para él, y probablemente tenía razón, porque su hermana siempre tenía razón en esas cosas. Lo conocía mejor que nadie. Él, sin embargo, se resistía a “ser infantil”, pero últimamente, como las circunstancias de su vida habían cambiado, se podía permitir aflojar esa postura de a momentos.
Desde que Gojo Satoru apareció en sus vidas, Megumi y Tsumiki pudieron… bueno, intentar vivir sus infancias como niños. Al principio, aquel hombre extraño, de anteojos oscuros y pelo blanco desordenado, le generaba desconfianza. Megumi se mantenía alerta cada vez que llegaba a su casa y se disponía a limpiar el lugar y ayudarlos con sus deberes. Con el tiempo, sólo le pareció irritante. A Tsumiki parecía caerle bien. Recibía la ayuda de buen gusto y, a pesar de que inicialmente Gojo se había acercado a ellos por Megumi, este parecía consultarle más a ella cuestiones de organización del hogar. A Megumi no le molestaba, porque, en cierto sentido, Tsumiki sí estaba a cargo de ambos por ser la mayor, y en parte esto mismo fue lo que le dio la confianza suficiente como para dejarlo entrar en sus vidas. Y es que, fuera cual fuera el arreglo que había hecho su padre con aquel tipo, no parecía que fuera a secuestrarlos y venderlos en su beneficio. Gojo Satoru, en su desordenada manera, parecía interesarse genuinamente en ellos.
Por eso no tardaron en mudarse a una casa con él. Y así, de a poco y por vueltas más raras de la vida, terminaron formando una especie de familia rara. Al principio, sólo eran ellos tres. Tsumiki estudiaba y se encargaba de gran parte de las tareas del hogar. Gojo entrenaba a Megumi y lo llevaba a misiones cortas con él. Megumi mejoró su técnica y pronto pudo invocar a sus shikigamis con mayor facilidad y por más tiempo. Todo marchaba bien. Varios años pasaron, y Megumi ya parecía haberse acostumbrado a aquella nueva normalidad.
Hasta que llegó él.
Suguru Geto. Ya lo conocían, puesto que Gojo pasaba la mayor parte de su tiempo libre con ese hombre, pero generalmente no intercambiaban más de dos o tres palabras. Megumi pensaba que, si Gojo era infantil, ruidoso y pesado en su día a día, aquellas características se incrementaban al doble cada vez que volvía de ver a su mejor amigo o cuando este estaba presente. Y lo peor —o lo que Megumi no podía entender— era que a Geto no parecía molestarle. ¡Al contrario! Alimentaba los delirios del joven albino con comentarios sarcásticos que muchas veces sólo ellos entendían, para luego darle un sermón que ni él se creía cada vez que Gojo se pasaba de la raya.
Bueno, bien. Megumi podía acostumbrarse a ver a Geto de vez en cuando. Se llevaba bien con Tsumiki, probablemente porque tenía dos hijas un poco más chicas que ella, con las cuales solía charlar de lo que sea que hablaran las chicas. Si mantenían las cosas como estaban, todo iría más que bien. Y Megumi podía acostumbrarse a ser la voz de la razón en la casa, porque ya comenzaba a entender cómo manejar a Gojo. El problema es que, un día, cuando salieron de la escuela, encontraron a Gojo esperándolos a la salida. Generalmente volvían solos, ya que él siempre estaba ocupado en el colegio de hechicería o en alguna misión. Aquella tarde, los llevó a comer a una cafetería nueva y les dijo que pidieran lo que quisieran. Tsumiki estaba encantada con el lugar. Megumi intentó pedir café negro, pero ella no se lo permitió.
Entonces, la revelación:
—A partir de la semana que viene, Suguru y las niñas van a venir a vivir con nosotros —dijo, casual, como si contara que afuera el día estaba soleado.
Megumi sintió que se le atascaba un pedazo de torta en la garganta. Tsumiki sonrió ampliamente. Le brillaban los ojos.
—¿En serio? ¿Pueden dormir ellas en la habitación que está al lado de la mía? —preguntó, mientras le daba golpecitos en la espalda a su hermano.
—¡Por supuesto! Además, esa es la habitación que está en el medio de la tuya y la de Megumi. Así que van a estar los cuatro cerca el uno del otro —contestó Gojo, encantado.
Los dos comenzaron a hablar, emocionados, mientras Megumi se recuperaba terminando su té y limpiándose las lágrimas de los ojos.
—¿Y Geto? —preguntó entonces, alzando una ceja.
Gojo lo miró a través de sus anteojos oscuros y sonrió.
—Conmigo, en mi habitación, por supuesto.
Eso explicaba muchas cosas: las risitas tontas, la complicidad y los chistes que sólo ellos entendían. La estúpida sonrisa con la cual se miraban a la distancia mientras el otro no se daba cuenta. Tal vez Tsumiki tenía razón; tal vez Megumi todavía era bastante ingenuo. Al menos en lo que a relaciones humanas respecta.
La casa ya era bastante ruidosa con Gojo dando vueltas, pero como pasaba gran parte de su tiempo en misiones o en la escuela, Megumi y Tsumiki tenían mucho tiempo para ellos solos. Ahora que convivían con tres personas más, el día a día se estaba transformando en una tortura.
Nanako solía dejar la puerta de su habitación abierta de par en par y ponía música lo suficientemente fuerte como para que la escuchara todo el barrio. La única que podía negociar el volumen de la música era Tsumiki, pero como generalmente eran canciones que ella le recomendaba a la menor, tardaba en acceder a las miradas y resoplidos de reproche de Megumi. De alguna forma, había adoptado a las otras dos como hermanas menores rápidamente, y la adoración que sentían era mutua. Las mellizas la admiraban y escuchaban todo lo que Tsumiki les decía, incluso aunque eso supusiera dar tregua a la guerra silenciosa que mantenían con Megumi.
Él, por su parte, pasaba gran parte del tiempo afuera, entrenando. Le gustaba invocar a sus perros shikigami y pasear por el barrio (en definitiva, excusas para alejarse del ruido del hogar). A veces dejaba que Mimiko lo acompañara, porque era bastante distinta a su hermana. Era reservada y tranquila, pero solía hacer comentarios agudos sobre ciertas situaciones que a Megumi le inspiraban respeto. Creía que podía entenderse con ella, siempre y cuando no estuviera Nanako cerca. De momento, podía tolerarlo.
En cuanto a Geto, Megumi no estaba seguro de entenderlo del todo. Sí podía ver cómo alguien como él se llevaría tan bien con alguien como Gojo. Cuando estaban juntos, hablaban un lenguaje que sólo ellos entendían por completo. El resto sólo podía captar una parte de todo aquello. Se mostraba comúnmente centrado, racional y mediador, pero había algo en su tono de voz que dejaba escapar algo más: una personalidad burlona y sarcástica, como si fuera una bestia contenida que estaba todo el tiempo queriendo soltarse. Detrás de la lógica había emociones reprimidas, y Megumi siempre tenía la sensación de querer ver más. De querer entenderlo verdaderamente. ¿Por qué las mellizas lo adorarían tanto si no fuera porque aquello que ocultaba era más interesante? Y más importante aún: ¿cuáles eran sus intenciones para con Gojo?
Megumi no podía decir que le interesara Gojo particularmente. No sabía si había llegado a quererlo. O si esto era así, de qué manera. Tsumiki decía que Gojo se preocupaba por él y que no tenía que ser tan duro, pero Megumi no le había pedido nada al hechicero. Ellos sólo convivían porque su padre había hecho algún intercambio a conveniencia y probablemente lo único que tenían los hermanos para agradecerle era que había elegido a una buena persona. Excéntrica, pero buena al fin. Sin embargo, si aquello oscuro que contenía Geto dentro de sí perjudicaba a Gojo, Tsumiki y él estarían en un problema. No quería ver que a su hermana volviera a faltarle un plato de comida en la mesa. Y él, como hermano maduro y responsable, haría lo posible para que eso no pasara.
Incluso si eso implicaba deshacerse de Geto Suguru.
Aquel fin de semana primaveral estaba perfecto para salir a pasear. Gojo anticipó que los llevaría a todos a hacer un picnic y ver los cerezos florecidos, con lo cual Geto preparó varias viandas de comida para todos. Salieron temprano, cargando todo lo que podían en el auto que compartían ambos. Las mellizas llevaban una mochila enorme cada una, llenas de cosas que seguramente no utilizarían. Tsumiki armó su bolso y luego ayudó a Megumi a armar el suyo.
—¿Por acá ya están listos? —preguntó Geto, asomándose a la puerta de la habitación de Megumi.
Este lo fulminó con la mirada mientras Tsumiki le decía que sí, que ya tenían todo, y Geto entendió claramente el mensaje, ya que no se atrevió a dar un paso dentro de la habitación. Después de decirles que los esperaban en el auto, les dedicó una sonrisa un poco demasiado formal y se fue. Cuando dejaron de escucharse sus pasos en el pasillo, Tsumiki suspiró y miró a su hermano.
—¿Qué? —preguntó Megumi, desviando la vista.
Su hermana le pellizcó el cachete con cariño y le entregó la mochila llena.
—Vamos, ya está todo guardado.
Cuando llegaron, tardaron unos diez minutos más en decidir dónde iba a sentarse cada uno, hasta que finalmente Tsumiki y Mimiko cedieron los lugares junto a la ventanilla a Megumi y Nanako (después de que Geto les pidiera amablemente que así lo hicieran). Gojo, que vestía una remera de Metalgreymon y unos anteojos oscuros cuadrados a diferencia de los redondos habituales, puso música y arrancaron hacia su destino.
—Megumi, ¿por qué trajiste esa campera? Hoy está bastante caluroso —comentó Geto, girándose hacia él momentáneamente.
—Le dije que la dejara, pero insistió —comentó Tsumiki a su lado.
“Traidora”, pensó Megumi.
—Nanako tiene un buzo puesto —señaló Megumi.
—Pero el mío es finito y tiene estilo. Combina con mi ropa —repuso ella, y luego le sacó la lengua.
—¡El mío también combina!
—De repente todos son diseñadores de moda acá —comentó Mimiko con sarcasmo.
Gojo soltó una carcajada y Geto se cubrió la boca para tratar de mantener la compostura. Tsumiki soltó una risita por lo bajo.
—¿Y vos no intentaste esconderle la remera de Metalgreymon a Gojo antes de salir? La estuvo buscando como quince minutos porque querías que se pusiera otra cosa, ¿o no? —le dijo Megumi a Geto.
Silencio.
—¿Ah, sí? —murmuró Gojo, bajando el volumen de la música.
—N-no… no fue tan así —contestó Geto, sin mirarlo.
—Por eso estaba en la lavadora por más de que estaba limpia…
—La puse ahí por accidente —mintió el otro con descaro.
—A mí me gusta tu remera, papá Gojo —comentó Tsumiki, acercándose para darle unas palmaditas en el hombro.
Las mellizas asintieron seriamente. Megumi desvió la vista hacia la ventana, y su mirada se encontró con la de Geto a través del espejo lateral. Se observaron mutuamente unos instantes, conteniendo comentarios. Finalmente, Geto asomó una sonrisa en la comisura de sus labios y volvió a subir el volumen de la música.
Cuando llegaron, Megumi bajó del auto cargando su mochila y esperó a Tsumiki. Ella le pidió que ayudara a las mellizas con sus mochilas también y, después de poner los ojos en blanco, ayudó a Mimiko con sus cosas. Gojo y Geto intercambiaron una mirada cómplice y los dejaron ayudarse entre sí.
Había bastante gente en el parque, así que tardaron un tiempo en encontrar un lugar para sentarse. Finalmente, llegaron a un gran cerezo cuyos pétalos caían a modo de lluvia sobre el césped. Según Geto, parecía que no tendrían problema con el sol, así que allí se quedaron. Después de acomodarse, Nanako le pidió a Tsumiki que la acompañara a sacar fotos. Megumi dirigió una mirada rápida a los dos adultos, que conversaban animadamente con un par de latas en la mano. En un momento, entre carcajadas, Gojo se acercó a Geto y depositó un beso en su mejilla, ante lo cual el otro lo alejó empujándolo con suavidad, aunque estaba evidentemente ruborizado. Megumi torció la boca en un gesto de disgusto y miró a Mimiko, que peinaba a su muñeca en silencio. Entonces juntó las manos para proyectar una sombra. Mimiko levantó la vista cuando un enorme perro blanco asomó el hocico hacia su muñeca.
—¿Vamos a caminar? —preguntó Megumi.
La chica se levantó y se acomodó la pollera. Antes de seguirlo, miró a Geto, que asintió al instante.
—No se alejen demasiado —se limitó a decir.
Caminaron entre los árboles, por donde se filtraban rayos de luz. Megumi tenía una pelota de goma, que cada tanto arrojaba con fuerza hacia adelante para que el shikigami la atrapara. Luego, se la ofreció a Mimiko y la arrojaban por turnos, aunque ninguno hablaba mucho. Eso estaba bien. A Megumi no le molestaba la gente silenciosa.
Después de que el perro hiciera una pirueta particularmente difícil para atrapar la pelota lejos de ellos, ambos soltaron una risita. Mimiko lo miró de reojo.
—¿Por qué no te cae bien Geto-sama? —preguntó, sin mirarlo.
Megumi la observó unos instantes, algo incómodo. El perro volvió corriendo a su lado, y después de recibir la pelota, pasó su mano por atrás de sus orejas.
—No es que no me caiga bien —murmuró.
—Vi cómo lo mirás —repuso ella. —¿Es por tu papá?
—Es que no lo entiendo, ¿por qué ustedes lo adoran? Esa moral tan correcta, esa calma tan fingida… No puedo creer que no lo vean, si pasan ustedes más tiempo con él que nosotros —contestó Megumi, algo molesto. Pateó una piedra en el camino, frunciendo el ceño mientras ordenaba sus pensamientos. —Y Gojo no es mi papá.
Mimiko alzó las cejas con sorpresa. Luego, a diferencia de lo que Megumi esperaba, sonrió levemente.
—Yo creo que vos hacés lo mismo —comentó, encogiéndose de hombros. Megumi la miró con confusión. —Incluso la forma en la que hablás… Vos también fingís ser así, ¿no?
No le contestó. Su perro lo miraba moviendo la cola. Megumi aceleró el paso y decidió cambiar de tema.
En el camino, se encontraron con Nanako y Tsumiki. La melliza le explicaba a su hermana algo que estaba aprendiendo a hacer con el celular. Ella, como Mimiko, podía controlar energía maldita, aunque sus técnicas eran bastante extrañas y no las sabían manejar del todo bien. En el camino de vuelta al árbol, ambas le explicaron a Tsumiki (y a Megumi también, aunque en contra de su voluntad) que Geto no quería obligarlas a entrenar si no lo deseaban, pero que sí debían aprender lo necesario para poder defenderse.
—Geto-sama no se lleva muy bien con la gente del colegio. Sólo pudo dar clases ahí porque Gojo intervino por él —explicó Nanako.
—Parece que su palabra tiene bastante peso en el mundo de la hechicería, ¿no? —comentó Tsumiki, para quien todo aquello era algo lejano. Megumi agradecía que así fuera.
—Claro que sí, el clan Gojo es el más importante de todos. Aunque ellos dos no hablan de eso, y tampoco quieren contarnos —contestó Mimiko.
—Ah, pero Gojo sí entrena y pasa mucho tiempo con Megumi, ¿no? —mencionó Nanako.
Las tres lo miraron inquisitivamente. Megumi se alejó un paso de ellas instintivamente, como si fuera un gato asustado.
—Sólo entrenamos —dijo rápidamente.
—Pero pasan mucho tiempo con eso. ¿No te cuenta otras cosas? ¿Cómo es la escuela de hechicería? —preguntó Mimiko.
—Sólo fui una vez…
—¡¿En serio?! —exclamaron las tres al unísono.
—¿Cómo es? —Nanako.
—¿Qué hicieron allí? —Mimiko.
—¿Te hizo pelear con maldiciones? —Tsumiki.
—¡Claro que no! —contestó. Con los pelos erizados, verdaderamente parecía un gato asustado. —Fuimos a visitar a Ieiri-san. A mí no me interesa ese lugar. Sólo hago lo que tengo que hacer para que estemos bien.
—Pero papá Gojo sí se preocupa por vos, Megumi —dijo Tsumiki, con una sonrisa gentil. Era su forma máxima de retarlo cuando se comportaba incorrectamente.
—Él no es mi padre —espetó Megumi. —Así como Geto no es su padre. Y nosotros… no somos una familia.
Las tres guardaron silencio. Prácticamente al instante, Megumi se arrepintió de lo que había dicho, pero le incomodaba más la idea de pedir perdón por eso. Así que caminaron en un silencio que ahora sí le hubiera gustado romper, aunque tampoco sabía cómo.
En algún momento, su perro se fundió entre la sombra de los árboles, y cuando vieron a Gojo y a Geto a lo lejos, las mellizas corrieron hacia ellos.
Tsumiki se detuvo y Megumi se giró hacia ella. Se esperaba verla enojada y probablemente le daría un sermón que sería muy evidente para los demás y lo haría avergonzarse. Podía soportar eso. Lo que no podía soportar era el gesto de decepción de su hermana mayor cuando lo miró a los ojos. Y había algo más… ¿tal vez pena?
—Las cosas no fueron muy fáciles para nosotros, ¿no? —comentó ella.
Megumi no contestó. Fijó su vista en el piso. De repente, descubrió que le ardían los ojos. Tsumiki caminó hacia él y pasó una mano por su cabeza con ternura. Se agachó para encontrar su mirada y le sonrió. Dos mechones de cabello oscuro caían a los costados de su rostro, acentuando la gentileza de su mirada. Megumi sintió una punzada de amor incondicional.
—Ahora no estamos solos, Gumi —dijo Tsumiki. —Tal vez no seamos una familia todavía, pero ellos no parecen malas personas. Y parece que quieren acompañarnos. A mí, y a vos también.
Megumi bajó la vista y asintió, dejando escapar algunas lágrimas. Se pasó el puño por los ojos rápidamente, como si nada de eso hubiera pasado. Tsumiki le sonrió una vez más y continuó caminando.
—Ya me está dando hambre, ¿a vos no? —dijo, casual.
—¡Megumi! ¡Tsumiki! ¡Se van a quedar sin onigiris! —gritó Gojo a lo lejos.
Tsumiki corrió hacia los demás y Megumi, luego de asegurarse de que ya no iba a derramar más lágrimas, la siguió. Almorzaron en paz, en un ambiente bastante animado, especialmente gracias a Gojo. En algún momento, Megumi se encontró riendo junto a ellos, y una sensación cálida se expandió por su pecho. Por el momento, decidió confiar en su hermana una vez más.
Después de un día largo y divertido, todos volvieron al auto para emprender el camino de regreso. Gojo y Geto cargaban a las mellizas, una cada uno, que dormían profundamente. Ambas niñas solían estar sincronizadas en energía, lo cual suponía que si una dormía, la otra caía rendida casi al instante también. Tsumiki también bostezaba de a ratos, pero caminaba firme delante de ellos.
—Satoru, deberíamos pasar a comprar algunas cosas para el almuerzo de la semana antes de volver —recordó Geto cuando llegaron al auto.
Ambos dejaron a las niñas en el asiento trasero y les pusieron el cinturón de seguridad. Gojo soltó un resoplido caprichoso.
—Me había olvidado. ¿Tiene que ser ahora? —preguntó, con un quejido exagerado.
—Principalmente porque no nos queda casi nada de verduras —asintió Geto, ocupando el asiento del copiloto.
Atrás, Tsumiki y Megumi también se sentaron y se abrocharon el cinturón. Gojo chasqueó la lengua y encendió el auto.
—Está bien. Megumi, ¿podrías acompañar a Suguru? —preguntó mirándolo por el espejo retrovisor. —Algún adulto debería quedarse con las niñas.
Megumi miró a Geto, que le dedicó una sonrisa a través del espejo, y luego se giró hacia la ventana.
—No hay problema —murmuró.
Con eso, Gojo pareció contento. Manejaron hacia un supermercado cercano y allí, ambos bajaron y prometieron volver lo más rápido posible. Megumi llegó a detectar un intercambio de miradas entre los dos adultos antes de alejarse del auto. Geto parecía estar inseguro de la compañía de Megumi, y Gojo parecía estar incentivándolo a que fuera con él. Megumi se hizo el distraído y caminó delante de Geto en silencio. ¡Qué bronca! No tenían que hablar a escondidas como si fuera un irracional. Podía comportarse durante diez minutos, por más que no le gustara su compañía.
Megumi se lo tomó como un desafío: si creían que se comportaba como un niño, se comportaría como un niño.
Recorrieron los pasillos de la tienda y, después de la tercera o cuarta vez que Geto devolviera a las góndolas productos innecesarios que Megumi tiraba en el carro solo para molestar, el chico se alejó unos metros a observar las distintas marcas de cereales. Geto, por su parte, con un suspiro cansado, se dispuso a seleccionar las verduras. Desde lejos, Megumi vio que una mujer se acercó a Geto. Tendría unos veintitantos y parecía estar pidiéndole alguna indicación de dónde encontrar algún producto. Vio a Geto indicarle con señas, amable, con aquella sonrisa irritante y extremadamente cordial que le hacía entrecerrar los ojos al hablar. La mujer se despidió haciendo una inclinación con la cabeza y se alejó de él, quien continuó su difícil tarea de encontrar una palta que estuviera lo suficientemente madura para el consumo.
Volvieron con dos bolsas cargadas cada uno. Gojo salió a encontrarlos y le pidió a su pareja que esperara en el auto mientras él y Megumi cargaban las bolsas atrás. Mientras acomodaban todo en el baúl, la chica con la que había hablado Geto pasó al lado de ellos.
—Esa mujer estuvo hablando con Geto en el supermercado —mencionó al pasar.
Gojo la miró rápidamente y luego a Megumi, extrañado.
—Ah, ¿sí? —contestó despreocupado. —¿Y qué le dijo?
—Le dijo que tenía lindo cabello —respondió Megumi, con total naturalidad.
Gojo soltó una risita.
—Ah, bueno, Suguru sí tiene lindo cabello —dijo, todavía sonriendo.
Hubo una pausa. Gojo cerró el baúl del auto y luego, todavía despreocupadamente, preguntó:
—¿Y él qué le dijo?
—Dijo que gracias y que ella tenía lindos ojos —contestó el chico, encogiéndose de hombros, como si le estuviera contando algo particularmente aburrido.
—Ah, ¿sí? —volvió a decir Gojo, esta vez forzando una sonrisa eléctrica.
—Satoru, ¿está todo bien allá atrás? ¿Necesitan ayuda? —preguntó Geto, asomándose por la puerta del auto.
—¡Nah, estamos bien! —exclamó Gojo, levantando las manos en un exagerado gesto casual. Volvieron al auto y continuó hablando mientras se acomodaban en sus asientos. —Megumi solo me estaba contando que estuviste charlando con una chica.
Geto lo miró sin comprender unos segundos, hasta que pareció recordar.
—Ah, sí, se acercó a hablarme cuando estaba en el pasillo de las verduras —dijo Geto.
Gojo giró la llave del auto un poco demasiado bruscamente. Atrás, las mellizas se removieron en sus asientos.
—¿Así que andás comentándole a desconocidas que tienen lindos ojos? —preguntó, todavía con una sonrisa extraña.
—¿Que le comenté qué? No, ella me preguntó dónde estaba el pasillo del arroz…
—¿O es que te dijo que tenías lindo cabello y con eso ya te compró?
—Satoru, no tengo idea de qué me estás hablando —dijo Geto, desconcertado.
—Suguru, la lógica me dice que deberías recordarlo, sucedió hace menos de diez minutos —dijo Gojo, ya sin intentar forzar una sonrisa. Su voz sonaba varios tonos más aguda.
En el asiento de atrás, Megumi tenía la mirada fija en la ventana. Tsumiki miraba a los dos adultos discutir cada vez más fuerte, y luego le metió un codazo a su hermano. El chico la miró, haciéndose el desentendido, y se encogió de hombros. “Ni idea”, decía ese gesto. Tsumiki lo observó frunciendo el ceño, evidentemente molesta. Volvieron a casa escuchando a Gojo y Geto discutir. Las mellizas, en ningún momento, tuvieron la intención de despertarse.
La semana siempre comenzaba con entrenamiento después de la escuela. Era uno de los pocos espacios que Gojo se había hecho para ayudar a Megumi a mejorar su técnica. Así que, aquel día, lo estaba esperando a la salida. En esa oportunidad llevaba una venda en los ojos. Últimamente la usaba cada vez más seguido. Tsumiki volvió a casa con las mellizas y ellos dos caminaron en sentido contrario.
En el camino, Megumi invocó a sus perros. Los shikigamis corrieron delante de ellos, jugueteando entre sí. Gojo soltó un silbido impresionado.
—Cada vez te sale más natural —dijo con orgullo.
Megumi fijó la vista en sus pies ante el elogio.
Llegaron a un parque amplio, donde los perros corrieron por el prado. Gojo se detuvo bajo un árbol e invitó al niño a sentarse a su lado.
—Hoy nos vamos a quedar acá. Tomalo como… una lección teórica —dijo.
El chico lo observó extrañado, pero finalmente accedió. “Esa excusa es nueva”, pensó mientras se sentaba junto a su maestro.
A lo lejos, sus perros parecían cavar juntos un pozo. Megumi los observó con una sonrisa. Sabía que no eran mascotas, pero a veces no podía evitar sentir ese tipo de ternura por ellos. De alguna forma, sintió que Gojo lo observaba a través de sus vendajes.
—¿Pudiste invocar algún otro shikigami? —preguntó con interés.
Megumi asintió. Levantó sus manos y proyectó una sombra delante de ellos. De ella salieron dos conejos blancos, de ojos muy rojos. El primero saltó sobre su regazo al instante.
—¡Fantástico, Megumi! —exclamó Gojo, alzando las manos. Levantó al otro conejo y se dispuso a acariciarle detrás de las orejas. —Por supuesto que esto no es una estampida de conejos ni de cerca, pero podemos mejorar eso.
El elogio no podía venir gratuitamente.
—Ya sé, me voy a esforzar —repuso Megumi.
Permanecieron en silencio un rato.
—Te parecés mucho a él, ¿sabías? —dijo Gojo después de un rato.
Megumi lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Eh?
—A Suguru. Te parecés a Suguru cuando recién nos conocimos —explicó.
Luego, de forma algo caricaturesca, imitó la postura un poco encorvada de Geto y, de no llevar vendajes, Megumi juraría que habría entrecerrado los ojos.
—“Satoruuu~, no podés hablarle así a un profesor” —imitó. Megumi no pudo evitar soltar una carcajada ante el parecido del tono de voz. —“Satoru, comportate como un adulto”.
El chico rió hasta que asomaron lágrimas en sus ojos. Pronto, Gojo se contagió de su risa. Ambos rieron hasta que tuvieron que agarrarse el estómago y enjuagarse las lágrimas. Finalmente, Megumi soltó un suspiro y volvió a observar a sus perros, que parecían haber encontrado algún trofeo en su excavación.
—Lo de la chica en el supermercado era mentira —confesó.
—Ya lo sé —contestó Gojo.
Volvieron a quedarse en silencio un instante. El conejo que sostenía Gojo en su regazo se durmió.
—Nosotros dos hablamos mucho de ustedes, ¿sabías? —dijo luego. —De los cuatro. No era la idea para ninguno de los dos terminar criando a cuatro niños. Creo que eso se dio naturalmente. Sé que inicialmente nuestro trato era otro, pero con el tiempo tanto Suguru como yo decidimos que no dejaríamos que nadie más sea utilizado como una simple herramienta. Para mí, ustedes nunca fueron eso.
—Ya lo sabía —contestó Megumi, con la mirada fija en las manos que retorcía sobre su regazo. —A mí me importa Tsumiki… pero también me importás vos. No sé por qué los dos dicen que me parezco a él. Todavía no lo entiendo.
—Bueno, él tampoco lo entiende —comentó Gojo, encogiéndose de hombros. Megumi alzó una ceja. —¡Hasta en eso se parecen! Ninguno de los dos se da cuenta de que tienen miedo de estar solos. No saben pedir ayuda, pero quieren ser los primeros en ayudar a las personas que quieren. Y siempre son tan…
—¿Maduros?
—Forzadamente correctos —prefirió. —Cuando en realidad, en el fondo, hierven sus emociones. Y a veces, si hierven demasiado, explotan.
—No estoy seguro de que eso suceda cuando hierve algo…
—Por favor, seguime en la analogía.
Megumi se limitó a observarlo. Creía entenderlo. De alguna forma, sintió que Gojo le estaba poniendo palabras a lo que percibía de Geto, algo que no había podido nombrar por el simple hecho de que implicaba reconocerse a sí mismo en esas actitudes. No sabía todavía si ese sentimiento le gustaba del todo.
Gojo le pasó la mano por el pelo y lo sacudió bruscamente.
—¡Ah, pero son tan tiernos cuando muestran sus sentimientos! —exclamó con una voz más aguda.
Megumi esperó a que el ataque de afecto pasara y luego se liberó de su agarre. Se acomodó el cabello y lo espantó con una mano.
—Creo que puedo intentar llevarme bien con él —dijo finalmente, exagerando la resignación.
Gojo sonrió ampliamente.
—¡Ah, qué bien! Te va a caer bien Suguru. Además, él es mejor en artes marciales que yo. Sería una buena guía para tu entrenamiento, pero no le digas que te dije eso.
Megumi también le sonrió.
—Gracias, pa...
Se llevó ambas manos a la boca de golpe. Gojo lo observó a través de sus vendas unos instantes. Luego, una sonrisa diabólica apareció en sus labios.
—Gracias, ¿qué? —lo provocó, pinchando una de sus mejillas con el dedo.
—Nada —contestó Megumi, desviando la vista.
—¡Dale, Megumi! ¿Qué ibas a decir?
—¡Gracias!
—Una vez, no te cuesta nada.
—Vamos.
Megumi se levantó e hizo desaparecer a los conejos. Comenzó a correr hacia sus perros, sin mirar atrás.
—¡Megumi! —gritó Gojo a sus espaldas.
Miró brevemente sobre su hombro cuando el hombre alto, delgado y de pelo blanco comenzó a correr detrás de él. Cuando volvió la vista hacia adelante, sonrió ampliamente, mientras el viento le sacudía el pelo oscuro y aquella calidez que había sentido en el pecho se expandía por todo su cuerpo. Eso estaba bien. Megumi creía que podía acostumbrarse a esa sensación.
