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Nueva Vida

Summary:

Frankelda ahora es la reina de los sustos, y se ha ganado el respeto del pueblo gracias a sus historias. Su amada, tiene todo el reconocimiento que siempre debió tener y Herneval no puede estar más feliz y orgulloso de ella. El Plano de los sustos se ha salvado, pero ahora ambos deben enfrentar un nuevo reto en sus vidas.

Notes:

Frankelda no me pertenece, es propiedad de los hermanos Ambriz y de Cinema Fantasma.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

—Majestad, su reunión con la corte del terror está por comenzar —Mitelitas informa con tono apacible mientras acompaña al monarca hacia la tétrica edificación que se alza imponente frente a ellos—. No necesita hacer esto, ese criminal no merece su tiempo ni su presencia… al menos no después de todo lo que ha causado en el reino.

El simple recuerdo genera en el Tecotia una sensación de inquietud indescriptible, y la pesada culpa se instala de nuevo en su corazón. El tiempo y las palabras de infinitas disculpas definitivamente no pueden borrar del todo las heridas en el alma.

El silencio se prolonga más de lo necesario y se vuelve tenso cuando al entrar a su destino, la luz se extingue dando paso a la oscuridad. Cualquier sonido exterior se desvanece antinaturalmente, ahogado únicamente por el eco de sus propios pasos.

Huele a tierra y humedad a medida que avanzan, las paredes de piedra gotean como si estuvieran llorando en la oscuridad. La penumbra se vuelve más espesa, atenuada apenas por la pálida y titilante luz de las frágiles antorchas que permanecen suspendidas en el techo.

—Será algo rápido, Mitelitas. Esto es como una inspección de rutina.

—Herneval. —Cualquier rastro de formalidad se ha esfumado, siendo reemplazado por una reprimenda silenciosa disfrazada de simple familiaridad.

El sonido de la voz de Mitelitas al pronunciar su nombre, tensa ligeramente al Susto, y por supuesto que puede reconocer las intenciones de quien ha sido su mejor amigo y prácticamente su hermano desde la infancia, pero más que nada, Herneval es consciente de la preocupación que dejan entrever sus palabras.

Pero lejos de lo que Mitelitas puede llegar a imaginar, ésta no es una grata visita a la prisión.

—El efecto del sueño profundo comienza a debilitarse —Herneval dignifica una significativa mirada por sobre el hombro hacia su amigo, dejándole en claro cuáles son sus verdaderas intenciones—. Con este criminal en particular, sabes que no podemos… —él duda un momento, buscando las palabras correctas para expresar lo que quizá Mitelitas ya intuye—. Deshacernos de él, debido a lo que eso significaría para nuestros clanes. Lo mejor que podemos hacer por ahora es mantenerlo en este estado.

Es la mejor solución, o al menos la más diplomática después de que los líderes traidores fueran apresados en su mayoría. La familia real no necesitaba derramamiento de sangre en sus manos, sino, verdadera justicia. Ahora más que nunca, cuando el reino comienza a recuperarse y los sustos estaban a salvo.

Herneval no escucha a Mitelitas moverse, pero la mano en su hombro es la respuesta silenciosa de su comprensión y apoyo.

—Estaré detrás de ti, amigo mío. —Más que una simple afirmación, esa es la promesa de que lo protegerá sin importar qué. Un juramento que Mitelitas no piensa romper… no de nuevo.

 


Los informes resultan ser ciertos después de todo.

Herneval puede ver un atisbo de movimiento dentro de la celda una vez que las enormes puertas de metal que sellan la mazmorra crujen airadamente antes de cerrarse, inmediatamente el clic de la cerradura reverbera en las paredes de roca.

La oscuridad de la celda le impide definir completamente al prisionero, pero al acercarse a los barrotes puede notar esa enorme y familiar silueta ya de pie. Los ojos del Susto parecen brillar con malicia en la penumbra, ocho ojos acechando el más mínimo movimiento de Herneval.

El Tecotia se detiene a una distancia prudente, manteniendo la compostura del monarca que se supone que es.

—¡Oh! ¿Pero quién se atreve a interrumpir mi descanso eterno en este sitio sagrado? —el tono de la voz destila un sarcasmo venenoso, casi burlesco mientras la silueta se acerca a los barrotes. El chasquido de los gruesos grilletes en cada una de sus patas acompañándolo en cada paso inundan el ambiente—. Ahhhh, pero si no es nadie más que su majestad, el príncipe… no, perdón, el ahora rey del plano de los sustos, honrándome con su presencia…

Procustes es visible en toda su podrida gloria a pesar de sus restricciones, su sonrisa es grotescamente descarada y casi petulante, como si todavía tuviera la gracia de su antiguo título dentro de la nobleza de los sustos. Herneval considera que, a pesar de su situación, la arrogancia todavía prevalece en el infame sujeto. Y tal vez así sea, pero dicha arrogancia no es lo único que el ahora monarca puede ver en esa pesadillesca mirada.

La ira, el rencor y el deseo de venganza son tan claros como el día.

—Entonces ¿A qué debo su visita, majestad? ¿Acaso al fin se dio cuenta de su terrible error al reemplazarme a mí, el fiel pesadillero real, por esa inmunda y nada talentosa humana? Debo decirle que todavía está a tiempo de enmendar esa equivocación y deshacerse de esa fracasada.

La sola mención despectiva hacia Frankelda enciende la ira en Herneval, Procustes menos que nadie puede hablar así de ella y menospreciar su talento en su presencia, él no lo permitirá. Sus manos arden con el deseo explícito de golpear a ese vil traidor y sus alas se extienden en clara señal de amenaza; lo que provoca una lenta y torcida sonrisa en los labios de Procustes al lograr su principal cometido: hacerlo enfadar.

Después de todo, el pesadillero conoce la mayor debilidad de Herneval… Frankelda. 

—No te atrevas a hablar así de ella —la advertencia escapa de los labios de Herneval como un peligroso siseo, estrechando la mirada hacia Procustes con renovada determinación—. Son gracias a las historias de Frankelda, que el plano de los sustos y mis padres se han salvado… tú no eres más que un miserable traidor y un mediocre escritor de clichés.

Por un breve instante, las palabras parecen surtir el efecto esperado en Procustes, quien frunce el ceño y borra esa torcida sonrisa de satisfacción. La acribilladora mención sobre su mediocridad pesa más que la acusación sobre su fallida traición. Internamente maldice a Ceimut por el fracaso de su rebelión antes del golpe de estado hacia la familia real, aunque la Dama Coyote también fue una pieza clave para que todo se viniera abajo antes de siquiera poder ejecutar su plan de llegar al plano de la realidad.

Entonces de nueva cuenta, la furia se levanta dentro de él, amenazando con rebosar. ¿Por qué? ¿Por qué Herneval, de todos los sustos, tenía esa predilección por los humanos? Esas sucias criaturas a las que podían someter y alimentar al plano tal como la gloriosa Enkara alguna vez lo hizo. Procustes lo supo desde el principio, que los Tecotia, ese maldito clan y en especial, esa maldita familia de Ficturo, nunca debieron asumir el trono.

—Y usted, su majestad —Procustes prácticamente escupe el título—. No es más que una decepción para los Sustos, usted no merece el trono, y mucho menos después de que usted desposara a esa humana y para colmo, la nombrara como mi reemplazo. Esa unión no es más que una blasfemia para este reino y todos sus habitantes. —cada palabra cargada de odio apenas contenido.

El pesadillero puede notar en la mirada de Herneval la ligera sorpresa por su conocimiento sobre los recientes acontecimientos dentro de la familia real. Por supuesto, Procustes sabe sobre el nombramiento de Herneval como el nuevo rey del plano de los sustos, así como la infame noticia sobre la nueva “reina”; el matrimonio de esa humana con el susto… una unión por demás profana e indignante para él.

—Pero recuerde lo que le dije alguna vez, que cualquier falla caerá por siempre sobre sus hombros —la voz del pesadillero es profunda y casi gutural al sentenciar esas palabras a Herneval, esperando calar y apuñalar esa inquebrantable voluntad que parece haberse fortalecido en este tiempo. Procustes quiere resquebrajar cualquier atisbo de mínima paz y esperanza que el Tecotia pudiera tener—. Los sustos estamos a merced de los humanos y ellos son los culpables de nuestra decadencia, usted más que nadie debería tener eso en cuenta.

Por supuesto que Herneval es consciente de esto, pero el miedo latente por la estabilidad de su gente y su plano se ha desvanecido gracias a Frankelda. Su creatividad es el don con el que ha sido bendecida y él agradece infinitamente que ella decidiera quedarse con ellos y ayudar a su reino.

—Lo sé, pero tengo la completa seguridad de que nuestro pueblo no volverá a agonizar como lo hicieron con tus historias. Las de mi amada Frankelda mantendrán el equilibrio de ambos planos, verdaderas obras maestras que perdurarán por siglos. —Herneval se regocija internamente, en sus labios dibujándose un atisbo de sonrisa al mencionar el nombre de su amada.

No se trata de simple palabrería cegada por la influencia del amor, ni de una fe ciega… sino de la confianza y el reconocimiento del verdadero talento.

Y el certero gruñido de Procustes y la mirada de odio profundo en sus ojos son la confirmación de que jamás podrá aceptar dicha verdad.

Los grilletes tiemblan ante la ira, tintineando cuando en un vago intento, Procustes trata de romperlos para alcanzar a Herneval.

—¡Majestad! —Mitelitas, quien todo ese tiempo permanecía junto a las enormes puertas, se apresura hacia su amigo, con el arma lista para la defensiva.

Entonces, Herneval decide que es tiempo de poner fin a esa charla sin sentido y hacer lo que en un principio fue el motivo de su visita a la prisión.

—Vuelve a dormir, Procustes. Regresa a ese sueño que es tu castigo y tu prisión. —el toque es breve y conciso.

El forcejeo se detiene, así como los gruñidos y siseos. El cuerpo de Procustes se desvanece poco a poco cayendo lentamente en la inconsciencia, pero no sin antes pronunciar unas breves palabras.

—Muy indulgente de su parte majestad. Ah, y antes de que se me olvide —un largo bostezo retumba en las paredes, los ojos de Procustes apenas pueden mantenerse abiertos, no así su voluntad para terminar con lo que fuese a decir—. Mis felicitaciones por su futuro heredero. Me pregunto si todos los sustos aceptarán al nuevo príncipe.

Herneval no entiende del todo a lo que Procustes se refiere, y no hay tiempo para cuestionar ya que el infame susto al fin ha caído en el sueño profundo de su hechizo. En todo caso, le intriga más el hecho de que el pesadillero pareciera conocer mucho más de lo que debería… su ascensión al trono, su matrimonio y sobre su hijo… ¿Cómo es eso posible? ¿Algún informante?

No lo sabe… aún… pero lo averiguará.

Frankelda y su hijo son ahora su mayor prioridad.

 


Los nuevos miembros de la corte del Terror parecen ser aún más razonables que los anteriores líderes, sobre todo el Coco, con quien Herneval ha podido congeniar un poco más. Al parecer ambos sienten cierta fascinación por el mundo humano y ese ha sido tema de conversación cada que la ocasión lo amerita. Y bueno, al parecer, a Coco parece agradarle la pesadillera real y le guarda respeto. Algo que definitivamente Herneval aprecia.

Frankelda ahora es la reina de los sustos, y se ha ganado el respeto del pueblo gracias a sus historias.  Su amada, tiene todo el reconocimiento que siempre debió tener y él no puede estar más feliz y orgulloso de ella.

La reunión ha durado lo necesario para exponer las necesidades y desacuerdos de los clanes con respecto a la nueva era en la que se ha sumido el plano de los sustos. Todavía hay temas pendientes que se encargarán de abordar y discutir en las siguientes reuniones.

Lo único que necesita Herneval en este momento es ver a su querida esposa, quien seguramente se encuentra en el salón del pesadillero real escribiendo alguna nueva trama con personajes interesantes.

Por supuesto, él la encuentra ahí, sentada en el pequeño espacio improvisado que emula un nido de almohadas, su mirada se desliza de un lado a otro releyendo su nueva obra maestra y a decir por la radiante sonrisa que adorna sus labios, ella está completamente orgullosa y fascinada por lo que acaba de crear. Herneval muere por leer esa nueva y atrapante historia.

Frankelda apenas es consciente de su presencia en la enorme habitación, pero basta un ligero carraspeo del ahora Rey de los sustos para llamar su atención. Entonces su sonrisa se extiende aún más, su mirada antes avispada por la emoción, se transforma en una más amorosa y cálida, esa destinada únicamente para él. 

—¡Herneval! ¿hace cuánto que regresaste? —no hay reproche en su voz, sólo una simple curiosidad mezclada con emoción y cariño—. Estoy terminando esta historia, quería que tus padres la leyeran primero… —en un acto casi impulsivo, Frankelda intenta incorporarse con cierta dificultad debido a su condición. Pero un quejido hace evidente su molestia.

Herneval prácticamente vuela hacia ella para ayudarla, totalmente preocupado.

—¿Estás bien? ¿Qué sucede? —no piensa esperar por una respuesta, en ese preciso momento la idea de tomarla en brazos y llevarla al médico de los sustos para que la revisen es su primera y más sensata opción. Su mano busca la de su esposa y se aferra a ella con preocupación apenas contenida—. Será mejor que te revisen, mi amor… le diré al médico real que venga…

Una ligera risa escapa de Frankelda, un tintineo de diversión por la ocurrente y exagerada sugerencia.

—No seas exagerado, Herneval, no pasa nada. Estamos bien —Frankelda hace especial énfasis en el “estamos” para dejar en claro su punto—. Es solamente… el bebé. —señala el abultado vientre que se esconde bajo el renovado y más cómodo vestido que ha creado basándose en su antiguo atuendo—. Moverme o incluso flotar se ha vuelto más difícil.

Oh, él no sabe qué responder ante esta nueva revelación, de hecho, Herneval todavía sigue asimilando el hecho de que, fuera de todo pronóstico, ha logrado concebir junto a su amada, al futuro príncipe de los sustos. Algo realmente insólito para ambos… pero más insólito que Frankelda estuviera gestándolo dentro de su vientre fantasmal.

Los Tecotias nacían de huevos que los sustos femeninos ponían, y que ambos padres se encargaban de cuidar y proteger hasta que éste eclosionara.

Esto… estaba rebasando sus propias expectativas y despertando en él ese instinto protector en su esposa.

Herneval mentiría si dijera que no estaba asustado, porque en realidad, está completamente desconcertado y perdido. Frankelda es ahora su guía en este camino, como humana, ella es la que está más familiarizada con esta situación.

—¿Estás segura, mi amor? —Herneval la sostiene por los hombros con absoluta delicadeza para poder observarla mejor—. No soportaría que algo les sucediera. —La inspección desemboca en el deseo anhelante de sostenerla para siempre en sus brazos y deleitarse con esa mirada llena de amor, besarla y susurrarle infinidad de promesas que se encargará de cumplir—. Te ves tan hermosa. —las palabras salen de la boca del Tecotia sin más. 

A pesar de estar casados, ese tipo de cumplidos todavía logran hacerla sonrojar y agitar su corazón como la primera vez. El tono de Herneval es tan sincero y amoroso que Frankelda apenas puede contener las ganas de arrojarse por completo a sus brazos y besarlo como si no hubiera un mañana.

—Realmente, eres un exagerado, mi querido Herneval.

Antes de siquiera esperar por una nueva protesta de Herneval, Frankelda decide callarlo de la mejor manera que conoce. Cualquier comentario o reproche muere en la boca del Tecotia cuando ella sellan sus labios en un dulce y significativo beso.

Un beso cargado de amor y agradecimiento.

Y por ahora esto es todo lo que ambos necesitan.

Notes:

N/A:

Me enamoré de la pareja de Herneval y Frankelda, definitivamente quería escribir algo sobre ellos… al menos un What If donde Procustes no hubiera “ganado” y donde al menos pudieran tener ese pequeño final feliz uwu

Pd. Me disculpo si encuentran por aquí fallas ortográficas o de redacción… tuve que escribir a las carreras y bueno 0.0

Pd. La lógica de la biología para el bebé también se fue de vacaciones, cariño… déjenme soñar u.u