Chapter Text
Tenía ocho años cuando la idea de escapar se sembró por primera vez en su mente. No tardó mucho en hacerlo realidad.
El invierno había llegado sin piedad, cubriendo con nieve los techos de la mansión Todoroki como si el mundo intentara en vano apagar el fuego que consumía esa casa desde dentro. Los copos caían en silencio, acumulándose en las ventanas como testigos mudos de la tragedia que se había apoderado de cada habitación.
Shoto lo recordaba con absoluta claridad.
Hacía dos años que Touya había muerto en el incendio que él mismo había provocado en la montaña Sekoto. Dos años desde que las llamas de su hermano mayor se habían vuelto contra él, consumiéndolo completamente hasta no dejar más que cenizas y fragmentos de huesos que apenas habían sido suficientes para un funeral.
Su hermano mayor, su protector, su confidente en las noches más oscuras. El omega que había ardido tan brillante que terminó por desvanecerse en cenizas, llevándose consigo todos los secretos que habían compartido, todas las promesas susurradas en la oscuridad, todos los sueños de un futuro donde no fueran solo herramientas de Endeavor.
También estaba el eco de las puertas cerrándose tras su madre. Rei había sido internada apenas semanas después del funeral—cuando el peso de perder a su hijo mayor y la presión constante de Endeavor finalmente quebró su mente frágil. El incidente con el agua hirviendo había sido la gota que derramó el vaso, dejando a Shoto con una cicatriz que ardía tanto como su corazón roto.
“Los omegas débiles no pueden manejar la realidad”, había dicho Endeavor, como si el colapso de su esposa fuera una falla personal y no el resultado de años de abuso y pérdida.
Pero lo que más recordaba Shoto eran las palabras de su padre, frías como cuchillas, pronunciadas esa misma mañana mientras observaba los restos humeantes del muñeco de entrenamiento que había pulverizado con su quirk.
—Con Touya muerto, tú eres mi única opción —había dicho, sin siquiera mirarlo—. No puedo permitirme otro fracaso. Tú harás lo que él no pudo. Tú me servirás.
No hubo lágrimas. Solo una sensación que se quedó atrapada en su garganta por días, meses. Algo que ni siquiera tenía nombre, pero ardía más que cualquier llama, más que cualquier hielo. Era la comprensión terrible de que para su padre, tanto él como Touya nunca habían sido hijos. Solo herramientas. Y cuando una se rompía, simplemente se reemplazaba.
Esa noche, mientras Endeavor dormía en su estudio—porque ya no soportaba dormir en la habitación que había compartido con Rei—, Shoto tomó una decisión.
Así que una noche, se fue.
Con pasos pequeños, abrigado a medias, y sin saber a dónde dirigirse. Llevaba consigo una mochila pequeña con lo esencial: algo de ropa, el poco dinero que había logrado reunir de las propinas que ocasionalmente recibía, y lo más importante: una fotografía arrugada donde él y Touya aparecían sonriendo junto a un joven de cabello rubio con alas doradas.
Touya tenía catorce años en esa imagen, Shoto apenas cinco. Su hermano mayor lo cargaba en la espalda mientras el chico alado los observaba con una sonrisa que parecía reservada solo para Touya. Había sido tomada apenas un año antes del incendio, en uno de los pocos días felices que recordaba, cuando Touya había decidido presentarle a su “persona especial”.
“Es mi alfa”, había susurrado Touya esa tarde, con las mejillas sonrosadas y esa expresión que Shoto no había entendido entonces pero que ahora reconocía como amor. “Algún día, cuando seamos mayores, vamos a estar juntos para siempre. Y tú vas a ser nuestro hermano pequeño, ¿está bien?”
Shoto había asentido entonces, sin entender completamente pero confiando en que si Touya lo decía, debía ser cierto.
Ahora la fotografía era lo único que quedaba de esa promesa rota.
Solo sabía una cosa: no quería quedarse ahí. No quería convertirse en el reemplazo de Touya. No quería que su vida se consumiera cargando con las expectativas que habían matado a su hermano.
Musutafu — Suburbios
Las luces de la ciudad eran engañosas. Prometían seguridad desde lejos, pero cuando uno estaba en la calle, sucio, solo y con frío en los huesos… no brillaban igual.
Shoto había caminado durante horas, alejándose de los barrios residenciales hacia zonas que ni siquiera sabía que existían. Sus pies estaban rojos, la piel pelada por el hielo que se formaba involuntariamente a su alrededor cada vez que el miedo lo sobrepasaba. La gente lo veía de reojo y luego apartaba la mirada. Un niño solo en las calles no era su problema. Nadie quería cargar con un niño desconocido, especialmente uno que despedía el aroma distintivo de un omega joven.
El hambre había llegado primero, luego el frío, y finalmente la desesperación. No había pensado más allá del escape. No había considerado qué vendría después.
Se desplomó en un callejón trasero, entre bolsas de basura que despedían un hedor nauseabundo. El olor era sofocante, pero al menos ahí nadie gritaba su nombre. Nadie esperaba que encendiera fuego o congelara el suelo. Nadie lo medía, no lo comparaba con fantasmas de hermanos muertos. Nadie le recordaba que era una herramienta defectuosa.
Por primera vez en su vida, se sintió invisible.
Y por eso no lo vio venir.
Las horas pasaron en una nebulosa de sueño interrumpido y escalofríos. Cuando finalmente abrió los ojos, el cielo había oscurecido completamente. Las luces de la ciudad se veían más tenues, más distantes. Y entonces…
—¿Estás despierto?
La voz lo sacudió como agua helada. Era masculina, seca, amortiguada por algo… como una máscara. Había algo en ese tono que le erizó la piel, una calidad clínica que le recordó demasiado a los hospitales.
Frente a él, una silueta se recortó contra la tenue luz de la calle. Traje negro inmaculado que contrastaba con la mugre del callejón. Guantes quirúrgicos blancos que brillaban bajo la luz artificial. Cabello rubio pálido perfectamente peinado. Una mascarilla quirúrgica cubriéndole media cara, como si el mundo entero fuera una contaminación de la que debía protegerse.
Pero eran los ojos lo que realmente lo perturbó. Dorados. Fríos. Inhumanos. Lo observaban con la misma intensidad con la que un científico examinaría una muestra bajo el microscopio.
Shoto intentó levantarse, retroceder, pero las piernas no le respondían. Había estado demasiado tiempo inmóvil, demasiado débil por el hambre y el frío. Su quirk parpadeó débilmente—hielo formándose en sus dedos, calor surgiendo en su lado izquierdo—pero no pudo mantenerlo.
—Un omega joven solo en esta parte de la ciudad —murmuró el hombre, agachándose con movimientos precisos, como quien examina una pieza de tecnología averiada—. Tienes suerte de seguir con vida. Esta zona está controlada por… elementos indeseables que tienen apetitos particulares por tu tipo secundario.
Se acercó un poco más, y Shoto pudo oler algo químico, antiséptico. El hombre observó con atención clínica la heterocromía de sus ojos, la piel dañada por el frío, la ligera condensación de su aliento en el aire. Sus ojos se detuvieron especialmente en el cabello bicolor, en la cicatriz que ya comenzaba a formarse alrededor de su ojo izquierdo.
—Eres un omega… joven. Casi sin desarrollo, pero ya emites feromonas de estrés. Y ese cabello. Esa heterocromía… —Los ojos dorados se estrecharon—. Tú eres uno de los hijos de Endeavor, ¿no es así? El menor. Shoto Todoroki.
El nombre salió de sus labios como una sentencia, y Shoto sintió cómo su mundo se desplomaba. Había creído que podía desaparecer, que podía convertirse en alguien más. Pero incluso aquí, en el lugar más sucio y olvidado de la ciudad, seguía siendo el hijo de Endeavor.
Shoto no respondió, pero su cuerpo tembló. El miedo liberó más feromonas, y vio cómo las fosas nasales del hombre se dilataron ligeramente, como un depredador que acababa de encontrar el aroma de su presa.
—Eso responde mi pregunta. —El hombre chasqueó la lengua con satisfacción—. Tienes un quirk inusual. Dual. Extremadamente raro. Eres un espécimen… valioso.
Sus ojos recorrieron el cuerpo pequeño de Shoto como si pudiera ver a través de la ropa, evaluando, catalogando. Cuando volvió a hablar, su voz había perdido cualquier rastro de calidez fingida.
—Podrías ser muy útil para mi investigación. Los omegas con quirks poderosos son… especialmente receptivos a ciertos tipos de condicionamiento.
Sacó una jeringa de su abrigo con movimientos practicados, eficientes. El líquido dentro era transparente, pero algo en la manera en que lo sostenía sugería que había hecho esto muchas veces antes. Antes de que Shoto pudiera gritar, antes de que pudiera activar su quirk, antes de que pudiera hacer algo más que jadear de terror, el pinchazo en el cuello lo redujo a un suspiro ahogado.
Su cuerpo se entumeció instantáneamente. El mundo giró como un carrusel roto. Las luces de la ciudad se convirtieron en estelas doradas que danzaban detrás de sus párpados. La oscuridad cayó sobre él sin avisar, pero no antes de que pudiera ver la sonrisa que se formaba detrás de la mascarilla del hombre.
Y mientras todo se desvanecía, mientras su conciencia se disipaba como humo, escuchó el sonido inconfundible de los guantes de látex al ajustarse sobre la piel. Un ruido quirúrgico. Preciso. Clínico.
El sonido de alguien que se preparaba para trabajar.
Lo último que pensó antes de que la oscuridad lo consumiera completamente fue en Touya. En cómo su hermano había intentado escapar de su propio infierno y había terminado convertido en cenizas. Y ahora él, que había tratado de seguir sus pasos hacia la libertad, se encontraba cayendo en un abismo aún más profundo.
En algún lugar de la ciudad, en un callejón lleno de cenizas donde los restos de Touya Todoroki supuestamente habían sido encontrados dos años atrás, el viento nocturno sopló entre los escombros. Pero lo que nadie sabía era que en las profundidades de un hospital secreto, conectado a máquinas que mantenían vivo lo que quedaba de un cuerpo quemado, Touya Todoroki seguía respirando.
Inconsciente.
Agonizante.
Pero vivo.
Y soñando con llamas que susurraban el nombre de su hermano pequeño.
