Chapter Text
La lluvia había comenzado a caer poco antes del anochecer, golpeando los ventanales del dormitorio Ophelia con un ritmo irregular, como si el cielo intentara marcar el paso del tiempo que Wednesday Addams se negaba a reconocer.
El cuarto, dividido aún entre dos mundos, parecía sostener la respiración. En un lado, los tonos fríos, el orden casi fúnebre, la ausencia de color. En el otro, el arco iris apagado de la mitad que alguna vez perteneció a Enid Sinclair. Sus cobijas de tonos pastel estaban cuidadosamente dobladas, pero el aire aún conservaba su fragancia: una mezcla de lavanda, vainilla y lluvia.
Wednesday no se permitió mirar hacia ese lado.
La sola idea de hacerlo despertaba un malestar que no podía clasificar ni diseccionar con precisión. Era una sensación tan ajena como molesta, un peso suave pero persistente en el pecho. Así que se concentró en empacar.
Thing se movía de un lado a otro, cerrando el baúl principal con la eficiencia de un sirviente invisible. El leve crujido de la madera resonaba en el silencio, interrumpido apenas por el murmullo de la lluvia y algún trueno distante. Cada sonido tenía la cualidad de una despedida.
Wednesday retiró su máquina de escribir del escritorio. La superficie de metal estaba fría, pero familiar. Acarició las teclas con un gesto casi imperceptible, como si se despidiera de un cómplice silencioso.
Desde que Enid se había marchado, los textos que había escrito eran más ásperos, más erráticos. Ni siquiera la escritura había logrado calmar la inquietud que reptaba bajo su piel.
Un trueno más fuerte estremeció los muros. Thing la observó, haciendo un pequeño gesto inquisitivo.
—No, no es tormenta eléctrica —murmuró Wednesday sin mirarlo—. Es otra cosa.
La lluvia siguió su danza contra los vidrios. Y entonces ocurrió.
Un frío repentino recorrió la habitación. No era la temperatura del aire, sino algo más denso, más profundo, como si la realidad misma hubiera exhalado una bocanada de aliento helado.
El mundo pareció ralentizarse.
El sonido del agua cesó.
El tic del reloj del pasillo se apagó.
Hasta Thing quedó inmóvil, su forma suspendida a mitad de un movimiento.
Wednesday alzó la vista. La penumbra parecía moverse, vibrar.
El reflejo del ventanal se onduló, como si el vidrio se hubiese convertido en agua. De esa superficie líquida emergió una silueta: alta, envuelta en sombras antiguas, con los ojos de un plateado imposible.
—Hola, Wednesday —dijo la figura, con una voz que era a la vez susurro y trueno.
Ella no retrocedió.
Su respiración permaneció controlada, aunque la tensión en sus hombros traicionaba la alerta que se expandía en su interior.
—Espero que tengas una buena razón para invadir mi habitación —respondió con sequedad—. Odio los fantasmas sin modales.
La figura sonrió, una mueca apenas perceptible en el mar de sombras que lo envolvía.
—Mi nombre es Licaón. Algunos me llaman el primer lobo.
Wednesday lo observó con detenimiento, evaluando cada palabra.
—El rey maldito, condenado por los dioses por su soberbia —murmuró—. Un mito.
—Los mitos —dijo él, acercándose un paso sin hacer ruido— son verdades que el tiempo olvidó.
Ella arqueó una ceja.
—Supongo que no has venido a pedirme disculpas en nombre de tu especie.
Licaón soltó una risa breve, grave.
—No. He venido a hablarte de tu amiga… Enid Sinclair.
El nombre flotó en el aire, cortante.
La mirada de Wednesday se endureció, pero no respondió.
—Tu amiga —continuó Licaón— está perdiendo el control de su forma. El equilibrio entre su humanidad y la bestia se quiebra. Muy pronto, su mente se desvanecerá por completo bajo el instinto.
Un músculo en la mandíbula de Wednesday se tensó.
—No creo en sentimentalismos disfrazados de advertencias sobrenaturales.
—Y sin embargo, crees en visiones. Crees en lo que ahora ves —replicó él.
Wednesday no contestó. Su silencio era un muro.
—Solo un Omega verdadero —prosiguió Licaón, su voz expandiéndose hasta llenar el aire— puede devolverle el equilibrio. Una pausa, larga, suficiente para que el corazón de Wednesday latiera una vez, fuerte.
—Alguien que la ame y la comprenda por completo.
Wednesday lo miró, helada.
—El amor —dijo finalmente, con un tono tan seco que podría haber sido una sentencia— no es una variable en mis ecuaciones.
Licaón la observó con una mezcla de ternura y melancolía.
—Entonces tendrás que aprender una nueva fórmula.
Ella cruzó los brazos, intentando ocultar el leve temblor en sus dedos.
—Supongamos, por un instante, que te creo. ¿Qué esperas que haga? ¿Que me transforme en un manual de control emocional para licántropos desbordados?
—No —dijo él, con voz serena pero profunda—. Espero que aceptes lo que ya eres.
La oscuridad pareció acercarse un poco más. El aire se volvió espeso.
—Tú, hija de la noche —dijo Licaón—, eres su única Omega.
Las palabras quedaron suspendidas como un cuchillo entre ambos.
Thing, aún inmóvil, parecía observar la escena desde otra dimensión.
Wednesday parpadeó lentamente.
—Debes estar confundido. Yo no pertenezco a nadie.
—No se trata de pertenecer —contestó el espíritu, y sus ojos brillaron con la luz de una luna antigua—. Se trata de reconocer. Enid te eligió mucho antes de que tú siquiera comprendieras qué significaba eso.
Por primera vez en mucho tiempo, Wednesday no supo qué responder. El silencio que siguió fue casi insoportable.
Licaón se movió levemente; su forma parecía fundirse con la penumbra.
—Cuando una alfa pierde su centro, solo su Omega puede traerla de vuelta. Pero hay un precio: deberás aceptar su marca.
Wednesday ladeó la cabeza.
—¿Marca? —repitió con desdén.
—El lazo físico y espiritual entre Alfa y Omega. Un vínculo tan profundo que trasciende el alma. Pero cuidado… —su voz bajó, como un gruñido contenido—, si la provocas, si tu Alfa siente deseo en exceso, podría destruirte sin querer.
Wednesday lo miró, impasible.
—Tu descripción de la pasión suena exactamente como la autodestrucción. Empiezo a entender por qué los dioses te castigaron.
Licaón sonrió.
—Y aun así, fuiste creada para sentirla. La oscuridad también puede amar, Wednesday Addams. Solo necesita un motivo.
Las sombras comenzaron a disolverse lentamente. La luz volvió a filtrarse a través de la ventana.
Antes de desvanecerse del todo, Licaón susurró:
—Si necesitas consejo, di mi nombre. Vendré a ti.
Y desapareció.
El sonido de la lluvia regresó con violencia. Thing cayó al suelo con un leve golpe y comenzó a moverse, alarmado.
Wednesday permaneció inmóvil, la mirada perdida en el reflejo del cristal.
Por un momento, creyó ver los ojos de Licaón en su propio reflejo: dos lunas plateadas que se desvanecían con el parpadeo.
El silencio volvió.
Thing subió de un salto al baúl, haciendo señas frenéticas.
—No, no he enloquecido —dijo ella finalmente, con la serenidad de quien ha aceptado un hecho incómodo—. Empaca más rápido. Es hora de irnos.
Thing se detuvo, haciendo una pregunta muda con sus dedos.
Wednesday lo observó desde arriba, su expresión tan fría como una lápida recién tallada.
—A buscar a mi… Alfa.
Thing se quedó estático, como si la palabra lo hubiera congelado. Wednesday exhaló despacio y corrigió con voz más dura:
—A buscar a Enid.
La lluvia no cesaba cuando Wednesday cruzó los pasillos vacíos de Nevermore. Los retratos antiguos parecían observarla con un juicio silencioso, y cada paso resonaba como un eco en un mausoleo.
Al llegar al portón principal, encontró a Lunch esperándola con un paraguas negro y la misma expresión neutra de siempre.
—¿Algún destino en particular, señorita Addams? —preguntó él, abriendo la puerta del coche.
Ella acomodó su baúl en el asiento trasero, seguida de Thing, que trepó por el costado.
Sin mirar a su chofer, respondió:
—Al norte. Cerca de la frontera con Canadá.
Lunch asintió sin más. El motor encendió con un ronroneo grave y el vehículo comenzó a moverse entre los árboles.
El edificio de Nevermore se fue desdibujando en el espejo retrovisor, hasta convertirse en un punto oscuro entre la bruma.
Wednesday se recostó ligeramente contra el asiento. La lluvia trazaba surcos en el cristal, y cada gota reflejaba luces intermitentes, como si fueran pequeños recuerdos atrapados en movimiento.
Thing se acomodó junto a su maleta y la observó, inquieto.
Ella mantuvo la mirada fija en el bosque.
Enid.
Su nombre resonó dentro de ella con la suavidad de una herida aún abierta.
Recordó su risa, su absurda costumbre de poner música en la mañana, el contraste de sus colores invadiendo su lado monocromático.
Había odiado eso… o eso creyó. Ahora comprendía que lo que había sentido no era odio, sino miedo.
Miedo a ser tocada por algo tan cálido.
Miedo a que el caos de Enid derritiera el hielo en el que había aprendido a sobrevivir.
Un relámpago iluminó el cielo. En el vidrio, el rostro de Wednesday se reflejó junto al destello, y por un segundo, creyó ver los ojos plateados de Licaón detrás de los suyos.
Sus dedos se cerraron sobre el asiento.
Amar.
Una palabra vulgar, pero imposible de ignorar.
Sabía que lo que la unía a Enid era más que amistad. Era una corriente subterránea, algo que la atraía sin permiso. Y ahora, esa conexión era lo único que podía salvar a la loba de sí misma.
Wednesday respiró hondo.
Su voz apenas fue un murmullo, pero Thing la oyó.
—Espero que estés preparada para ser mi Alfa, Enid —susurró, mientras la lluvia se intensificaba sobre el techo del coche—. Porque sabes muy bien lo que ocurre con aquello que reclamo como mío.
El coche se perdió entre los árboles.
Y Nevermore, bajo la tormenta, pareció guardar silencio.
