Chapter Text
La vieja sala de mando de Gibraltar, dónde las mayores fuerzas que juraron proteger y servir a la comunidad, donde los autodenominados "héroes" discutían cómo salvar al mundo.
Un mundo que al parecer se rehusó a ser salvado.
El zumbido de los hologramas era el único sonido que cortaba el silencio que inundaba la sala de mando. En una esquina, Juno Teo Minh se encogía ligeramente en su asiento, tratando de que su presencia de 1.60 metros pasará desapercibida entre los gigantes que la rodeaban.
Frente a ella, estaba el científico más capacitado que conocía, Winston ajustaba sus gafas frente a la pantalla central, donde se desplegaba imágenes de los daños en Chengdu, la ciudad que mezclaba a la perfección lo tradicional con la tecnología, solo que eso no le sirvió para ser salvados de los daños que haría Null sector en un ataque que parecía más aleatorio que otra cosa.
—Los datos no cuadran —comenzó el gorila usando una voz grave que hizo saltar de su asiento a la marciana—. La seguridad de Chengdu es de última generación. Null Sector no sólo la penetró sino que lo hizo sin complicación alguna. Sabían dónde golpear y cuándo. Es... Muy sospechoso, sin contar el extraño patrón de sus tropas, al parecer iban hacia un lugar en específico.
Fareeha Amari, hija de una de las mejores francotiradoras, ahora mercenaria, estaba con los brazos cruzados y una ceja alzada, viendo lo que sería su día a día como líder de su equipo. No espero una orden o solicitud para acercar el holograma con sus dedos y hacer un acercamiento hacia el edificio que se mostraba en una montaña.
—Suena a trabajo interno. Un soplón dentro de esa universidad. O algo peor. Su seguridad solo rivaliza con la industrias Volzkaya, algo huele mal.
La palabra "traidor" flotó en el aire, casi como una bala que rozó el aire y ella no se dió cuenta, haciendo que a Juno se le helara la piel. En Marte, la traición era un concepto abstracto, por no decir que la única traición que conocía era cuando se comía las galletas de sus compañeros a escondidas. Pero aquí, era una amenaza que podía ver en todo el daño que hacían.
—¡Ja! — Reinhardt soltó como una liberación, el viejo Cruzado de casi 3 metros, alzando su mano enguantada, con una sonrisa que no entendía de sutilezas—. ¡Entonces el plan es simple! Yo personalmente me encargare que ese soplon hablé. Un poco de persuasión caballeresca y cantará como un jilguero.
—Reinhardt, por favor —Winston suspiró, frotándose el puente de la nariz—. Llegarías al campus y levantarías sospechas en menos de cinco segundos. Necesitamos infiltración e inteligencia, no una montaña de escombros y al sospechoso corriendo despavorido del campus.
Fue entonces cuando Hana Song, que había estado balanceándose con los pies encima de la mesa, saltó al frente con una energía que a Juno le pareció deslumbrante y agotadora. Ya entendía porque era la líder de su equipo también, siempre alerta y dispuesta a afrontar el peligro.
—¡Oye, yo puedo hacerlo! Tengo como tres uniformes escolares en el armario. Puedo pasar por una estudiante de intercambio, ¿qué tal? —dijo, lanzando un guiño, exagerado para algunos. Pero para ella era su señal característica de orgullo y confianza en ella misma.
Winston la miró con una mezcla de exasperación y cariño.
—Hana, eres la jugadora profesional y piloto de mecas más famosa del planeta. Tu cara está en cada valla publicativa de Busan. Serías tan discreta como Reinhardt, pero con colores chillones y mitad de altura.
La idea de necesitar a alguien de "perfil bajo" se planto en la habitación. Lentamente, como imanes movidos por una fuerza invisible, todas las miradas se desviaron hacia el rincón más silencioso de la mesa. Hacia Juno.
Ella sintió cómo el pánico, un viejo conocido, le agarraba de los hombros. "No me miren, pensó, soy la equivocada. Solo soy la chica que llegó de Marte." Pensó en su adentros, mirando a todo lado para hacerse la desentendida.
—Juno —dijo Winston, y su voz sonó extrañamente suave—. Tú eres nueva. No estás en ninguna base de datos de seguridad terrestre. Tu perfil es... limpio. Anónimo... Y perfecto para esta misión.
Juno tragó saliva, sintiendo la presión de las miradas de los demás presentes en la habitación.
—Yo… s-se supone que ya hay un agente ahí —logró balbucear, aferrándose a un dato, o a cualquier cosa en realidad—. E-ese chico... Él y su hermana lucharon contra Null sector. Él conoce mejor el lugar.
Winston negó la cabeza con firmeza.
—Ye Wuyang es un civil talentoso,pero no un agente entrenado. No está listo para una operación de esta sensibilidad. —Hizo una pausa y sus ojos se posaron en Juno con una fe que a ella le pareció un peso insoportable—. Pero tú sí. Eres meticulosa, observadora. Eres nuestro salvavidas en las misiones de reconocimiento, Juno. Siempre podemos confiar en que harás lo correcto.
La frase "siempre podemos confiar" resonó en sus oídos como una condena. No se sentía como un cumplido, más bien era una cruz sobre sus hombros. La misión ya estaba decidida. Ella, la chica marciana que temía no encajar, tendría que adentrarse sola en un mundo que apenas conocía hace 3 meses, mientras cargaba con la esperanza de todo un equipo que creía en una versión de ella que ni siquiera ella misma podía ver.
Asintió, una vez, con la mirada baja. No había vuelta atrás. El miedo era un lujo que su hogar, muy lejos en el cielo rojo, que ya no podía permitirse.
Juno despertó algo mareada y confusa por el suave sonido del motor deteniéndose. Al parecer el bus que la iba a llevar hasta la universidad ya había llegado. Su mirada se posó por la ventana antes de sentir como el vehículo era vaciado quedando casi sola en ese bus. Notando cómo el campus la recibía, los paisajes verdes combinados con lo increíble de las montañas hacían una vista preciosa, bajando por fin antes de llamar mucho la atención.
El aire en la Universidad de Wuxing era distinto. No era el aire reciclado y meticulosamente filtrado de la colonia marciana, ni la brisa salada y solitaria de Gibraltar. Estaba cargado de risas despreocupadas, de murmullos de estudiantes y del susurro del viento entre los jardines. A Juno se le oprimió el pecho. Cada grupo de amigos, cada pareja charlando animadamente, era un recordatorio de una vida normal que nunca había tenido y que ahora debía fingir.
Se aferró a la maleta con ruedas (un artilugio terrestre que le parecía absurdamente primitivo) y trató de fundirse con la multitud, su rostro de rasgos tailandeses pasaba desapercibido como Winston había previsto. Hasta que lo vio.
Allí, apoyado contra un arco de madera tallada, estaba Wuyang Ye. Una sonrisa fácil y amplia iluminaba su rostro, pero Juno, acostumbrada a leer los pequeños fallos en los sistemas de soporte vital, detectó la sombra de algo más en sus ojos: una decepción silenciosa al verla, una tensión que su carisma no lograba ocultar del todo. Él también parecía no pasarla bien con esta misión.
—¡Tú debes de ser Juno! —anunció él, avanzando con una energía que la descolocó—. Bienvenida a Wuxing, espero que la pases bien.
Antes de que pudiera reaccionar, Wuyang la envolvió en un abrazo rápido y efusivo. Juno contuvo un grito. El contacto fue una descarga eléctrica. No llevaba sus mallas protectoras, ni su traje espacial; era solo su piel contra la de un extraño. Todavía recordando la frase que le dió Hana cuando le dió uno de sus uniformes "Actúa y se natural". Pues ahora no se sentía para nada natural.
Wuyang notó su rigidez al instante y se separó con una ligera risa nerviosa.
—Lo siento, lo siento. Es una costumbre local… Para romper el hielo —dijo, intentando suavizar el momento.
—N-no hay problema —logró articular Juno, sintiendo que el calor le subía por el cuello.
Él se ofreció a guiarla por las infinitas escaleras desde la oficina de administración. Mientras caminaban, la fascinación de Juno por la tecnología y la arquitectura moderna del lugar fue más fuerte que su nerviosismo. Sus ojos, curiosos como siempre parecían deleitarse con cada detalle, olvidándose por momentos de la misión y aferrándose a su maleta como si lo que viera le robara el aliento.
—Bueno, aquí estamos —dijo Wuyang, deteniéndose frente a un edificio de dormitorios con unas señalizaciones rosas—. Dime tu habitación y te ayudo con eso —señaló la maleta con una sonrisa—. Aunque con lo que pesa, parece que trajiste media base de operaciones en ella. Un caballero debe ayudar, ¿no?
Juno, que estaba examinando los diferentes techos y recintos, parpadeó y lo miró desconcertada.
—¿Ser un caballero? No, no es necesario. Además, mi asignación no es aquí.
Wuyang arqueó una ceja, intrigado. Aquí estaba su chance. La oportunidad de demostrar que, a pesar de todo, él era el que conocía mejor este lugar.
—Vamos, puedes confiar en mí —dijo, bajando la voz en un tono de complicidad—. Dime a qué facultad fuiste asignada. El examen de ingreso es brutal, lo sé. Y con lo poco que llevas en la Tierra, debe ser un shock, pero estoy seguro de que lo harás genial en donde sea que te hayan puesto.
Era su momento. Juno respiró hondo, buscando la serenidad que le enseñaron para las caminatas espaciales. Sin decir palabra, abrió su mochila y sacó un documento con el sello oficial de la universidad, extendiendolo al chico delante suyo.
Wuyang tomó la carta, manteniendo esa sonrisa jovial en su rostro. Pero mientras leía, la sonrisa se congeló, se resquebrajó y finalmente se desvaneció por completo. Sus ojos se elevaron desde el papel hasta encontrarse con los de Juno, incrédulos.
—Facultad... del fuego —leyó en voz baja, como si las palabras le quemaran la lengua. Su mirada se desplazó hacia la calificación final, la más alta de la promoción. El color de su rostro palideció ligeramente.
Toda su actitud de chico seguro y despreocupado se esfumó, reemplazada por una herida abierta de asombro y, sobre todo, de una punzada de envidia que no pudo disimular.
Él, que había dedicado su vida a entrar allí y había fracasado. Ella, una recién llegada de otro planeta, lo había conseguido a la primera, y con honores. El terreno de su confianza se había quebrado bajo sus pies, y el primer choque entre la marciana y el orgullo herido de Wuyang acababa de estallar en un momento.
El silencio que cayó entre ellos era tan espeso como la atmósfera de cualquier otro planeta. Wuyang, con la expresión todavía congelada, agarró el mango de la maleta de Juno antes de que ella pudiera protestar.
—Es… por aquí —dijo con su voz notablemente más tensa que antes, y echó a andar con paso lento hacia la Facultad del Fuego.
Juno, aún tratando de procesar el repentino cambio de ánimo, lo siguió de cerca, su mirada seguía fija en su espalda como si fuera el único camino en un mar de rostros desconocidos. El campus ya no le parecía tan fascinante ahora, sino abrumador. Cada mirada de los otros estudiantes le quemaba la nuca.
—Oye, mira —susurró un chico a su compañero, señalándolos con disimulo—. ¿Quien es esa chica con Wuyang?
—¿Será su novia? Van bastante juntos y además la está ayudando con su maleta.
La palabra "novia" atravesó sus oídos y se clavó en Juno. En Marte, los conceptos que había aprendido sobre las parejas eran simples, casi teóricos, un dato en un archivo sobre dinámicas sociales. Pero aquí, ahora, aplicado a ella y a este chico de sonrisa fracturada, se sentía como una acusación a sus derechos. Su ritmo cardíaco se disparó, una alarma de emergencia en su pecho.
Análisis: contacto social no planificado.
Reacción: aumento de adrenalina y pulso.
Conclusión: ya estaba en peligro de ser descubierta.
Ella apresuro el paso, acortando la distancia con Wuyang, casi pisándole los talones, no por afecto, sino por una necesidad desesperada de anclarse a algo familiar en ese caos. Él, por su parte, caminaba con la cabeza baja, la noticia de la admisión de Juno en la facultad del Fuego resonaba como un campanazo en su mente, ahogando los murmullos a su alrededor.
La caminata, que pareció una eternidad, terminó frente a la imponente estructura de la Facultad del Fuego. Y allí, como una extensión misma de la disciplina que representaba, estaba Anran. Su postura era erguida, su mirada, aguda y evaluadora.
—Hermano, llegas tarde —saludó con una breve inclinación de cabeza, luego dirigió una sonrisa más cálida, pero no menos formal, a Juno—. Bienvenida, Juno. Soy Anran, presidenta de la facultad. Desde aquí yo seré tu guía.
Le tendió la mano para un apretón firme, un contacto que, a diferencia del abrazo de Wuyang, fue controlado y profesional. Anran tomó posesión de la maleta y, con un gesto, despidió a su hermano.
—Gracias por traerla, Wuyang. Nosotras podemos desde aquí.
La frase fue como un cuchillo. Cortante y definitiva. Wuyang asintió, sin palabras, y dio media vuelta. Mientras se alejaba, su andar habitual, despreocupado, había desaparecido. Se quitó el suéter que llevaba atado a la cintura y se lo puso, como si intentara protegerse de un frío repentino que sentía por todo el cuerpo. Pero la opresión en su pecho no cedía, el abrigo era de su facultad aquella con la cual su destino fue sellado.
“Apenas con ese porcentaje pudiste entrar a la facultad del agua, eso… no lo veíamos venir.” Aún sonaba la voz de su mamá en su cabeza ese día que llegaron los resultados, él apenas había leído la carta cuando sintió el peso encima suyo.
Cada paso que lo alejaba de la Facultad del Fuego, del lugar que debería haber sido el suyo, era un recordatorio. Las risas de los estudiantes ya no sonaban a vida, sino a burla.
"¿Acaso sigo sin ser suficiente?"
La pregunta lo golpeó con la fuerza de un golpe de su maestro. Su hermana, la perfecta Anran, estaba dentro, pero como autoridad, no como agente en campo. Él, que había estado allí, que había luchado contra Null Sector en esas mismas calles, que conocía cada rostro y cada secreto... había sido pasado por alto.
"Ellos me enviaron a mí para la evacuación, no para la lucha. Y ahora... ahora envían a una extraña, a una... marciana que ni siquiera sabe cómo actuar entre la gente, para una misión importante."
La confianza que tanto le había costado construir después de su hazaña se resquebrajaba. El miedo y la rabia de no ser aceptado en la Facultad del Fuego, del que creía haber superado, regresaba con más fuerza, personificado en una chica de pelo morado y de un pasado que él no podía comprender.
Mientras Juno cruzaba el umbral de su nuevo dormitorio, sintiendo el peso de una misión que se hacía más real y más aterradora por segundo, Wuyang Ye caminaba solo, consumido por una sola pregunta que envenenaba su orgullo: ¿Por qué no confiaron en mí?
La puerta se cerró con un clic sordo, y por primera vez desde que había pisado la Tierra, Juno Teo Minh estaba completamente sola. El silencio de la habitación era opresivo, un contraste brutal contra el bullicio del campus que había visto. Respiró hondo, pero el aire le pareció extraño, demasiado cargado de humedad y olores a tierra y plantas que su sistema respiratorio, acostumbrado al aire seco y reciclado de su traje, aún no procesaba del todo.
Con dedos que le temblaban levemente, se quitó los zapatos. La sensación de liberación fue instantánea. Las suelas rígidas le habían apretado los tobillos, marcándole la piel con un rojo irritado. Nada se comparaba con la suave presión de sus botas marcianas, con el traje especial que era una segunda piel, un capullo tecnológico que la conectaba con el único hogar que conocía. Ahora, con la falda púrpura y el saco azul marino que le habían asignado, se sentía como una extraña en muchos más sentidos.
Se dejó caer en el borde de la cama, sintiendo el peso de la soledad. Su mente, sin querer, viajó a través de millones de kilómetros. Recordó la vibración del motor de su nave entre sus manos, la desgarradora vista del rojo paisaje marciano haciéndose pequeño en el visor, la sonrisa dolorida y orgullosa de su madre. Un viaje de ida y su posible punto de no retorno.
“¿Y si no puedo hacerlo?” El pensamiento, un viejo enemigo, se filtró como una grieta en un casco. “¿Y si no doy la talla?”
Un pitido agudo y familiar cortó la espiral de ansiedad. Provenía de su maleta de viaje, la abrió, apartando sus viejas botas y el equipamiento que habría traído hasta encontrar el comunicador, escondido en una esquina. En la pantalla, el rostro amable y familiar de Mei la hizo contener el aliento.
—¿Juno? ¿Estás ahí? —La voz de la climatóloga era urgente casi con miedo de su sobrina, como la llamaba de cariño.
—T-tía Mei —logró decir Juno, forzando un tono calmado que no coincidia con lo que sentía ahora mismo.
—¡Cuéntame todo! ¿Cómo te fue? ¿El viaje? ¿La universidad? —preguntó Mei, ajustando sus gafas con genuina curiosidad y preocupación por su protegida.
Juno vaciló. ¿Cómo describir el maremoto de sensaciones? ¿El abrazo repentino de Wuyang que la dejó paralizada? ¿La mirada del mismo cuando reveló su destino? ¿El peso de las miradas que la juzgaban?
—F-fue… bien. Todo normal —mintió, desviando la mirada—. La universidad es… grande.
Mei no era tonta. Conocía los nervios de la joven marciana mejor que nadie; los había visto en su propio reflejo durante años criogénicos. Había un temblor en la voz de Juno que no le gustó nada.
—Juno… —suspiró Mei, y su tono cambió. La dulzura habitual fue reemplazada por una firmeza inusual cargada de preocupación—. No entiendo en qué cabeza cabía mandarte a una misión de infiltración así. Winston es un genio, pero a veces se le olvida que no todos somos soldados. ¡Es demasiado para tu primera misión sola!
Cada palabra de Mei era un martillazo en el frágil armazón de confianza de Juno. La climatologa tenía razón. No estaba hecha para esto. La idea de una vida "normal", de quedarse en la Tierra, le pareció de pronto un sueño absurdo e inalcanzable. ¿Cómo iba a pensar en una vida tranquila cuando su familia real, su mundo, agonizaba en un planeta rojo y polvoriento?
Un pequeño quejido escapó de sus labios antes de que pudiera detenerlo. Luego, las lágrimas siguieron silenciosamente, calientes y traicioneras, manchando la superficie del comunicador.
—Juno, ¡oh, lo siento! —exclamó Mei, tratando de sonar más suave otra vez—. No quise…
—N-no —la interrumpió Juno, secándose las lágrimas con el dorso de la mano con un gesto brusco—. No te disculpes, tía. Tienes razón. Tienes toda la razón… Pero por eso mismo debo hacerlo.
Tomó otra bocanada de aire, esta vez más decidida. Sus ojos, aún brillantes por el llanto, se endurecieron con una determinación nunca antes vista.
—No puedo quedarme de brazos cruzados, tía Mei. No después de lo que dejé atrás. Voy a demostrar… que soy más de lo que yo misma creo… Demostraré que puedo hacer esto.
Mei la observó en silencio, una mezcla de orgullo y profunda inquietud en su corazón. Asintió lentamente.
—Está bien, Juno. Está bien. Pero prométeme que tendrás cuidado. Y que me llamarás, sin importar la hora, si necesitas algo. Lo que sea.
—Lo prometo —susurró Juno cerrando la llamada con una sonrisa que no llego a ser vista por su tía.
La llamada terminó, dejando la habitación en un silencio aún más profundo. Pero algo había cambiado. El llanto había lavado parte del miedo, dejando al descubierto la fría y sólida roca de su determinación. Se levantó y caminó hacia la ventana, observando los jardines de la Universidad de Wuxing. Allá afuera estaba ese sospechoso, sabía que con la poca información que tenía y la
Y ella, Juno Teo Minh, la primera hija de Marte, no iba a fallarles.
El primer día de clases fue, en esencia, un territorio familiar para Juno. Las ecuaciones de propulsión, los principios termodinámicos, las leyes de la física aplicada... eran como su segundo idioma. Levantó la mano, respondió con ese entusiasmo al encontrarse con personas similares a ella y recibió la elogiosa mirada de sus profesores. Por unas horas, en ese asiento, se sintió segura y sobre todo competente. Como si una parte de Marte, la parte lógica y brillante hubiera aterrizado con éxito en la Tierra.
Pero ese frágil castillo de confianza se desmoronó en polvo tan pronto como sonó la campana del almuerzo.
La cacofonía de la cafetería la golpeó como una fuerte ráfaga de viento helado. Cientos de voces, risas, el ruido metálico de las bandejas y el aroma abrumador de una docena de comidas diferentes la sumieron en el pánico otra vez. Se había preparado para espiar, para ser médico, para luchar si era necesario... pero no para socializar. Había olvidado por completo la fachada de "persona normal". Dónde tenía que hablar con los demás y hacer amigos en su salón de clases.
Con el corazón acelerado, tomó su bandeja casi al azar y dió un vistazo a la enorme sala. Las mesas estaban claramente demarcadas por tribus o grupos: los atletas confiados de Fuego, los grupos serenos de Agua, los artesanos bulliciosos de la madera. Ella sentía que no encajaba en ninguna. Su plan era simple: encontrar un rincón oscuro, lo más lejos posible, y pasar desapercibida.
Finalmente, encontró una mesa vacía cerca de una ventana. Un suspiro de alivio escapó de sus labios. Objetivo alcanzado. Misión: comer en 10 minutos y retirarse sin llamar la atención de los demás.
El alivio le duró menos de un minuto.
—¡Oye, eres la nueva, ¿verdad?! —una voz alegre la hizo saltar—. ¡Qué bueno nosotros también! ¿Podemos sentarnos contigo?
Un grupo de cuatro o cinco estudiantes de Fuego, con sonrisas amplias y curiosas, se acercaron y se sentaron alrededor de ella sin esperar una invitación. Juno se encogió ligeramente, sintiéndose como el bicho raro entre ellos.
—S-sí, soy Juno.. Juno Teo Minh un gusto. —murmuró, apretando sus manos contra el frío metal de la bandeja.
Las preguntas comenzaron a llover, cada una más personal que la anterior. "¿De dónde eres?" "¿Qué te trae a Wuxing?" "¿Tu familia también estudió aquí?" Con cada respuesta inventada, la historia de vida que Winston había elaborado para ella sonaba más falsa en sus propios oídos. Su acento ligeramente extraño, sus pausas vacilantes se hacían más constantes, todo delataba su nerviosismo.
La presión se acumuló en su pecho. Estaban a punto de descubrirla. Iba a arruinar la misión en su primer día por no saber mantener una simple conversación con personas de su edad. Teniendo un breve recuerdo de como era más fácil hablar con alguien, la imagen de Wuyang apareció en su mente. Él si tenía dotes sociales para algo como esto.
Entonces, uno de los chicos, un muchacho de sonrisa despreocupada, lanzó la pregunta que la hizo paralizarse por completo.
—Oye, y cuéntanos, ¿cómo lograste entrar a la facultad del Fuego? ¡El examen es una pesadilla! ¿Segura que no tienes algún otro motivo para estar aquí?
El plan de Juno se desvaneció. Su mente, que siempre estaba preparada para los cálculos complejos, se quedó en un blanco total de pánico. No podía revelar su motivo así como así, después de haberlo repetido tantas veces que su memoria lo olvido. Sus ojos desesperados, recorrieron la cafetería buscando una respuesta, una salida, un milagro.
Y entonces lo vio.
Allí, en una mesa de la Facultad de Agua, estaba Wuyang. Comía lentamente, su habitual energía reemplazada por una actitud cabizbaja y distante. Era la persona que mejor conocía su secreto, y también la que tenía más razones para despreciarla... y en un acto de desesperación absoluta, se convirtió en su única tabla de salvación.
Antes de que pudiera pensarlo dos veces, las palabras salieron de su boca en un torrente nervioso, más alto de lo que pretendía.
—¡E-es por… por mi novio! —señaló con la cabeza hacia Wuyang, mientras toda la sangre de su cuerpo parecía subir a su rostro—. Wuyang Ye... de la Facultad de Agua. Él... me ayudó a estudiar. Nuestras... nuestras familias son amigas. Quieren que... que yo también siga los pasos de todos ellos.
El silencio que cayó sobre su mesa fue absoluto. Las sonrisas de sus compañeros se congelaron, transformándose en expresiones de absoluto asombro. Pero el verdadero terremoto ocurrió en la mesa de Agua.
Wuyang, que acababa de llevarse una cucharada de sopa a la boca, se quedó paralizado. Sus ojos, que antes miraban con decepción, se abrieron de par en par, clavados en Juno con una mezcla de incredulidad, confusión y algo que no pudo identificar. La cuchara cayó sobre su bandeja con un clang metálico que sonó como un gong en el silencio repentino.
Juno sintió que la tierra se abría bajo sus pies. Había evitado una sospecha para caer en otra mucho más peligrosa y personal. Y ahora, tendría que enfrentar las consecuencias de haber arrastrado al herido y orgulloso Wuyang Ye directamente al centro de su mentira.
"Oh Lunas... Estoy acabada".
