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Inseguridad

Summary:

Alastor había visto incontables veces aquella imagen perfecta de Lilith, el porte impecable, el cabello en cascada, las curvas proporcionadas, el tipo de belleza diseñada para reinar. No era algo que le afectara... o eso solía creer.

Sin embargo, al ver como Lucifer sonreía por volverla a ver, su corazón dolió.
¿Cómo se suponía y podría compararse a ella?

Con la perfección hecha mujer y él es... pues solo él.
Un pecador más.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Alastor había visto incontables veces aquella imagen perfecta de Lilith, el porte impecable, el cabello en cascada, las curvas proporcionadas, el tipo de belleza diseñada para reinar. No era algo que le afectara... o eso solía creer.

En su larga existencia como pecador, había aprendido a clasificar la belleza femenina como un atributo más del juego infernal. Un recurso visual. Un arma social. Nada que realmente importara. Menos aún viniendo de alguien de la familia Morningstar, tan lejos a la realidad de todos los pecadores.

Pero esta vez, mientras observaba desde la barandilla del piso superior, algo en la escena le obligó a quedarse quieto. Lucifer, radiante, avanzó hacia ella como si el tiempo jamás hubiese pasado. Lilith lo recibió como si él siguiera siendo suyo.

Alastor entrecerró los ojos.

Nueve años.
Nueve años ausente y aún así bastaba una sola aparición para reclamar todo lo que el mundo creía que era suyo.

Alastor no espero que en ese año de haber estado en ese hotel, su situación sentimental hubiera cambiado tanto, Lucifer y el, después de un par de enredos desafortunados o no tan desafortunados, terminaron creando un vínculo, algo que jamás pensó poder tener. "Los amigos no existen en el infierno" se decía a menudo, pero de alguna manera sus barreras fueron bajadas por manos suaves y angelicales.

Volvió a centrar su vista en Charlie, quien temblaba al centro del abrazo, como un recordatorio cruel de algo que él jamás entendería del todo: pertenecer.

Alastor no planeaba sentir nada al respecto. No era su estilo. Él no vivía bajo parámetros tan... terrenales. Oh pero, el corazón, órgano traicionero y escurridizo no dejaba de enviar punzadas molestas.

Su mirada se paso entonces a Lucifer, como la veía, como un tesoro que logro recuperar, ella, la primera mujer, por quien Lucifer arriesgo todo en el cielo, con quien compartió milenios y formo una familia, un amor que sobrepaso los limites de lo humano, Charlie siempre hablaba de sus padres como un cuento de hadas, algo tan fantasioso y lejano, que jamás lo había tomado en serio.

Y ahora frente a sus ojos venía como lo poco que estaban construyendo con Lucifer se escapaba por sus dedos como arena, ellos apenas podían estar en una habitación sin retarse y molestarse. Desordenados y llenos de coraje, asperezas y de alguna forma pasión; mientras que ella, ella tiene paz en sus brazos. 

La sangre se le helo, se sentía un intruso.  

Y no por celos -eso sería indigno- sino por un reflejo demasiado humano para su gusto, que logro suprimir durante siglos: la posibilidad de ser... prescindible.

Y aunque jamás lo admitiría, su mente repitió la pregunta con un acento de burla afilada:

¿Quién podría competir con aquella perfección diseñada para ser adorada?

Él, con cicatrices por todo su ser. Él, que ocultaba su verdadera forma detrás de una sonrisa teatral. 

Ridículo siquiera pensarlo.

No era una broma, ni tampoco una exageración cuando decía que su rostro era para la radio, desde que estuvo vivo supo que su color de piel le cerraba las puertas, escalo desde lo más bajo, hasta lograr tener su propio lugar en el mundo, pero siempre escondiendo su físico, y dando al mundo aquello que si era apreciado.

En el infierno, cuando la normativa era lo raro, decidió no darle tantas vueltas al asunto, no valía la pena, pues mucho de sus características se perdieron, como su sonrisa blanca y perfecta o sus risos. 

Se obligó a sonreír de lado, como si nada le importara.
Como siempre.
Como todos esperaban de él. "No estas completamente vestido sin una sonrisa" se recordó a si mismo, no tenía que dejar ver emociones y mucho menos vulnerabilidades, están en el infierno.

 Así que decidió que no quería quedarse un minuto más en aquel hotel. No lo soportaría. La presencia de Lilith significaba un cambio en los ejes que él había logrado comprender. Su estilo de vida tendría que adaptarse, aunque fuera a la fuerza. Lilith jamás fue una carta en su baraja.

La reina estuvo ausente mientras todo se venía abajo: Charlie, la ciudad, la guerra, la condenación directa desde el cielo por los exterminios. Ella no apareció cuando Lucifer la llamo durante años, ni cuando Charlie sangró frente al mismísimo Adán. 

Pero ahora sí.
Solo cuando todo parecía repararse.

Salir del hotel fue, por supuesto, la peor idea.

La información corre como pólvora en el infierno, y Lilith, siendo quien era, se había convertido otra vez en noticia permanente. Cada esquina, cada bar, cada maldito pasillo infernal tenía una pantalla encendida, anunciando su regreso como si la eternidad hubiese estado aguardando por ese instante.

«La reina está de vuelta», repetían los conductores con exagerada emoción.

En uno de los monitores, una joven saltaba de alegría. "¡Por fin podremos ver al rey y la reina juntos! Son una pareja de celebridades."

Otra reclamaba boletos futuros para los conciertos que Lilith seguramente retomaría. Y muchos más insistían en visitar el hotel Hazbin, como si fuera un museo de historia viva, solo para verla en persona.

Alastor sintió cómo algo le pinchaba el estómago. No dolor, no tristeza. Algo peor: humillación innecesaria.

Qué irónico.
Después de siglos cultivando independencia, justo ahora su mente se preocupaba por conceptos tan pueriles como pertenencia.

¿En qué momento lo permitió?

Miró una de las pantallas detenidamente. La imagen mostraba a Lilith en un ángulo cuidadosamente escogido, resaltando atributos imposibles. Ella parecía diseñada para justificar cualquier sacrificio.

Una mujer a la que cualquier hombre le entregaría su vida.

Un par de demonios cercanos comentaban entre susurros, pero lo suficientemente alto como para escucharse:
—El rey debe haberla extrañado todo este tiempo.

Alastor apretó la mandíbula, sintiendo una punzada que no quería nombrar.

¿Lucifer la seguía esperando?
¿Durante todo ese tiempo?

Cuanto más insistía en ignorarlo, más le quemaba por dentro.

Qué ironía. Había creído que era inmune a ese tipo de pensamientos.

Y ahora, sin darse cuenta, estaba compitiendo con un fantasma que en realidad jamás dejó de existir.

Alastor sonrió... esa clase de sonrisa que solo aparece cuando la mente está buscando desesperadamente aire.

Ridículo.
Estaba siendo ridículo.

«No estoy para competir con nadie», se reprendió.
Él no competía. Jamás lo hizo.

Y sin embargo, ahí estaba, sintiéndose como un invitado temporal en algo que nunca le había pertenecido.

O peor aún... en algo que nunca debió desear.

Su aspecto jamás fue algo de importancia, al menos no del todo en el infierno. Le convenía mostrarse peligroso, amenazante, grotesco incluso; aunque, claro, siempre conservando el encanto suficiente para negociar, persuadir y conseguir lo que quería.

Pero no era imbécil. Tenía más de dos dedos de frente y no ocupaba lentes para reconocer la obviedad: aunque él no compartiera la fascinación colectiva hacia la atracción física, sabía perfectamente hacia dónde se inclinaría la balanza si un corazón indeciso tuviera que elegir. Y no sería hacia él.

Sacudió la cabeza, molesto consigo mismo por siquiera pensarlo.

Pobre del infeliz que no midió el peligro al chocar contra él, retándolo con una mirada demasiado altiva. Alastor no dudó ni dos segundos en despedazarlo con sus garras, morderlo como quien exprime un muñeco anti-estrés. No estaba de humor para soportar a nadie. La sangre le escurría por todo el cuerpo, manchando la calle y a si mismo. Los huesos de aquel tipo crujieron, rompiendose sin piedad, estaba furioso y este cuerpo fue demasiado debil para su gusto.

Cuando soltó el cuerpo agonizante del tipejo, vio su reflejo en el charco de sangre que se extendía lentamente bajo sus pies.

"No eres más que un monstruo", se dijo en silencio. "Siempre lo has sido y nada podrá cambiar eso."

La ropa manchada, el cabello desordenado, los ojos rojos, dientes amarillos, afilados, amenazantes. Todo aquello que nadie podría encontrar bello... perfecto... ni remotamente deseable.

Nadie lo elegiría, porque ni él mismo se elegiría.

Y no era solo la apariencia. Era su historia, su esencia, su condena. Un pecador con un historial interminable de atrocidades, y, para colmo, sin un ápice de arrepentimiento real. Ni siquiera muerto era mejor persona; al contrario, había permitido que su peor versión decidiera sus actos sin cuestionarlo. Si eso significaba conseguir lo que quería, que así fuese.

Pero por primera vez... por primera vez algo dentro de él deseaba no destruir aquello que le había interesado de manera genuina.

Qué patético.

Decidió regresar al hotel para cambiarse antes de empeorar las cosas. Necesitaba un baño y ahogar aquellas voces en su cabeza con suficiente whisky como para borrar a Lilith, Lucifer, y lo que fuese que estaba sintiendo.

Cuando cruzó las puertas del loft, solo encontró a los residentes transitando como siempre. Nadie pareció inclinarse a dirigirle la palabra, y era mejor así: su sed de sangre aún no estaba saciada, su paciencia pendía de un hilo, y jamás había sido bueno conviviendo con sus propios demonios... mucho menos con los ajenos.

Sus pasos resonaron por el pasillo como un recordatorio.
Cada sonido decía lo mismo:
monstruo.

Y por primera vez en mucho tiempo, esa palabra no le produjo orgullo.
Solo cansancio.

La puerta del baño se cerró con un chasquido seco. Un sonido insignificante para cualquiera... pero para Alastor fue una barricada mental. Giró la llave del agua caliente sin pensarlo, dejando que el vapor llenara el espacio, envolviéndolo como una cortina que lo aislaba del mundo exterior.

Se quitó la ropa empapada de sangre con una lentitud extraña, casi ritual. Las manchas oscuras caían pesadas, mezclándose con el agua que comenzaba a correr por el desagüe. El olor metálico era insoportable incluso para él.

Entró bajo la ducha, dejando que el agua golpeara su espalda. El rojo se desprendía, se diluía, desaparecía por el drenaje como si nunca hubiese existido. Qué conveniente sería que las cosas importantes desaparecieran con la misma facilidad.

Apoyó ambas manos en la pared fría, inclinando la cabeza hacia adelante.

Entonces vinieron los recuerdos.

Lucifer riendo de algo absurdo.
Lucifer ofreciéndole un trozo de pastel como si fuera lo más natural del mundo.
Lucifer tocando su mano al pasar, sin darse cuenta, sin intención, solo... tocándolo.

Momentos insignificantes, pero que a él se le habían incrustado bajo la piel como agujas.

—Idioteces... —murmuró entre dientes, aunque su voz tembló un segundo.

Recordó cuando Lucifer apareció en aquel pasillo del hotel, justo después de una pelea con Angel Dust, y solo dijo: "Supongo que todos tenemos días malos."
Recordó la manera en la que Lucifer lo miró la primera vez, como si lo viera... no como enemigo, ni como amenaza, sino como un ser que tenía derecho a existir allí.

Eso había sido su mayor condena.

El agua seguía cayendo, caliente, pesada, rompiendo cualquier intento de compostura.
Y fue allí, donde nadie podía verlo, que sintió la presión subirse desde el pecho hasta la garganta. Intentó tragarla. Falló.

Sus ojos ardieron.
Una lágrima resbaló.
Luego otra.

Qué conveniente llorar en la ducha: nadie podría notarlo. Ni él tendría que aceptarlo.

Frotó su rostro con violencia, como queriendo arrancarse el impulso.

¿Usar sus artimañas, como siempre, para conservar lo poco que tenía?
¿Manipular, controlar, retener?

Eso era lo que sabía hacer.
Era lo que siempre había hecho.

Y sin embargo...

Por primera vez no quería poseerlo.
Quería conservarlo.

Diferencia mínima... pero devastadora.

Vio la sangre escurrir entre sus dedos, mezclada con lágrimas que nunca admitiría haber derramado.

"Déjalo ser feliz..."
pensó, como si fuera ajeno a sí mismo.

Pero esa idea le rompió algo por dentro.

Respiró hondo.

Su mente, siempre estratégica, le ofreció otra opción:
"También podrías hacer lo contrario. Podrías asegurarte de que jamás quiera dejarte. Podrías enredarlo, atarlo, hacer que su destino sea contigo... para siempre."

La voz interna sonó tentadora. Cruel.
Demasiado familiar.

Pero...
¿a qué costo?

Volvió a cerrar los ojos, dejando que el agua lo golpeara hasta casi doler.

Y entre un suspiro ahogado, dejó escapar una verdad que jamás admitiría fuera de esas paredes:

—Si lo pierdo... ¿quién queda para mí?

Nadie respondió.
Solo el agua.
Solo la sangre desapareciendo.

Solo él, intentando no destruir aquello que amaba con el único lenguaje que conocía: el de un monstruo.

Después de aquella conversación consigo mismo -si es que podía llamarse así- no obtuvo ninguna respuesta digna. Solo ruido. Solo más preguntas incómodas.

Optó por recurrir a una de sus peores ideas, pero también una de las más habituales: anestesiarse.
Quería dejar de pensar.
Dejar de sentir.
Dejar, aunque fuera por un instante, de ser miserable.

Tomó aquella botella tan conocida y se sirvió más de lo que un cuerpo razonable toleraría. Quería apagar aquellas voces, esos pensamientos venenosos que presionaban, insistentes, sobre cada rincón de su mente. Sobrepensar era peligroso para alguien como él, cuya mente armaba trampas en cuestión de segundos.

Y así se emborrachó, encerrado en la intimidad de su torre. No supo cuándo la noche cayó. Tampoco le importó. Dos, tres golpes interrumpieron la quietud. Apenas captó el sonido con su cerebro adormecido.

—Alastor, soy yo. ¿Estás aquí? —la voz inconfundible de Lucifer atravesó la puerta—. No te he visto en todo el día.

El pensamiento fue tan rápido como hiriente:
¿Qué hace aquí?
¿No debería estar con su esposa? Celebrando, recuperando el tiempo perdido... reencontrándose con su familia entera?

Otros dos golpes resonaron.

Alastor intentó levantarse para abrir -o para gritarle que se largara- pero sus piernas no respondieron y terminó desplomado contra el suelo. El golpe seco fue lo bastante fuerte para alarmar a cualquiera.

Lucifer entró sin esperar permiso.

—¡Alastor!

El demonio sintió cómo unos brazos, ridículamente fuertes para alguien que parecía tan frágil, lo levantaban con una facilidad insultante.

Y allí, en esa cercanía forzada, sintió algo que no quería sentir:
una punzada de alivio.
una punzada de necesidad.
una punzada de dolor.

Su corazón, ya agrietado, sangró un poco más al recordarle una verdad cruel:
él deseaba pertenecer a ese abrazo...
pero ese abrazo no era suyo.

Ni lo sería jamás.

Lucifer sostuvo su rostro con una mano preocupada, buscando sus ojos, sin entender nada de lo que estaba ocurriendo bajo esa piel ensangrentada y ese olor a whisky.

—¿Qué te pasó...? —preguntó Lucifer, con voz baja, temblorosa.

Alastor quiso apartarse, fingir soberbia, escupir alguna broma sarcástica...
pero la borrachera lo traicionó. Sus manos temblaron, su visión se nubló, y las palabras no llegaron.

Solo pudo aferrarse un segundo a la camisa de Lucifer.

Lucifer sin embargo, no se iba a quedar así tirado, lo acomodó contra la pared, sosteniéndolo por los hombros para evitar que volviera a caer. Olía a alcohol, demasiado —¿Qué demonios te pasó? —preguntó, bajando la voz, forzadamente serena.

Alastor soltó una risa amarga. —Ah... la preocupación paternal del Rey del Infierno. Qué honor.

Lucifer frunció el ceño al instante, miro al rededor en la habitación, había un rastro de sangre aun fresca por el piso. —No estoy bromeando. ¿Te peleaste con alguien?

—Solo con alguien demasiado idiota para cruzarse conmigo y creer que saldría ileso —sentenció Alastor—. Tranquilo, no es nada que deba importarle.

Lucifer parpadeó, herido en un punto que ni siquiera sabía que existía. —Eso no ayuda, obviamente me voy a preocupar por ti.

Alastor se soltó, intento en vano -tambaleante y aturdido- levantarse. —No necesito que me cuiden como si fuese parte de tu colección.

Lucifer entornó los ojos. —Colección... ¿de que rayos estas hablando?

—¿Y qué soy, entonces? —escupió Alastor, con una sonrisa torcida—. ¿Tu mascota? ¿Un juguete más?

—No vuelvas a decir eso. —Lucifer avanzó un paso, irritado— No comprendo de donde salió esto.

Alastor tembló apenas, apenas visible. —¡Lárgate! —bufó, intentando apartarlo—. ¡No lo entiendes!

Lucifer se inclinó hacia él, ojos brillantes, voz baja— Entonces explícamelo.

—No puedo.

—No puedes... ¿o no quieres?

El silencio fue tan pesado que casi destruyó la habitación.

Lucifer, con un tono inesperadamente firme —Alastor, mírame a los ojos y dime qué es lo que realmente tienes.

—¿Por qué demonios esta aquí perdiendo el tiempo conmigo? —Las siguiente palabras se le quedaron atoradas en la garganta por el dolor de pronunciarlas —¿En lugar de estar ahora mismo aprovechando el tiempo perdido con tu esposa? 

Lucifer lo miró fijo, sin pestañear siquiera, y sonrio como solo él sabe hacerlo, esa calidez del sol de la mañana.—Mi ex esposa, Alastor.

El silencio que siguió no fue cualquiera. Fue un golpe directo en una herida que Alastor ni siquiera quería reconocer como herida. Lucifer se acerco más, acortando la distancia, voz firme pero no agresiva:

—Lilith y yo terminamos hace mucho tiempo. Nada va a cambiar eso y menos ahora, ella siempre será la madre de mi hija y una buena amiga, pero nada más que eso. —Alastor abrió la boca para protestar, pero Lucifer no lo dejó.— Si estoy aquí... es por ti.

Dijo eso.
Como si fuera lo más obvio del universo.
Como si no requiriera explicación.

Y eso, precisamente eso, fue lo que más desarmó a Alastor. Porque toda la tormenta interna que venía arrastrando, todos esos pensamientos de "ella se lo va a llevar", se estrellaron contra una verdad simple:

Lucifer ya había elegido otro rumbo.

Y el problema era que Alastor recién estaba entendiendo cuánto le importaba eso.

Alastor parpadeó. Una mínima, ínfima duda cruzó su rostro. 

—¿Y por qué sigues usando el anillo? —Ese maldito pedazo de metal, que lo atormentaba cada vez que Lucifer le daba la mano o por casualidad se  cruzaba en su visión.

El silencio se volvió insoportable.

Y justo cuando Lucifer iba a decir algo Alastor -borracho, temblando, impulsivo como jamás lo reconocería sobrio- extendió la mano y tomó la de Lucifer con brusquedad.

Lucifer apenas alcanzó a sorprenderse antes de sentir los dedos del demonio forcejear torpemente consigo mismos, tratando de rodear el anillo.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Lucifer, desconcertado.

Alastor apretó los labios, concentrado como si estuviera resolviendo un acertijo mortal.

—Quitándote... esta cosa —murmuró con la lengua torpe—. No... no tienes por qué seguir... con esta maldita joya puesta.

Lucifer lo observó, helado. Alastor seguía tirando, torpe, como quien intenta desarmar una bomba con los ojos cerrados.

—Alastor, estás borracho. — Lucifer resistió un impulso de reír. Porque si reía, Alastor lo mataba ahí mismo. O se mataba él.

No era broma.

—Suéltame —pidió Lucifer, con una mezcla de irritación y preocupación.

—No —replicó Alastor, aferrándose con más fuerza—. Si ya no es tu esposa... entonces esto no debería estar aquí. Su dedo resbaló. Intentó enganchar el anillo otra vez. Falló. Maldijo. —Haz el favor de cooperar —balbuceó.

Lucifer, casi incrédulo: —¿Me estás desanillando?

—Estoy ayudándote —insistió Alastor, pronunciando cada sílaba como si fuera una gran verdad filosófica—. Esto solo confunde a todos...

Un segundo.
Una pausa.

—...me confunde a mí —susurró casi inaudible.

Lucifer dejó caer la mirada hacia sus manos unidas.

Por un instante -un solo instante- algo se rompió en su expresión. Algo entre ternura y dolor que no debería existir en un ser con tantos años sobre si.

—Alastor —dijo, casi un ruego— mírame.

Pero Alastor, borracho y frustrado, seguía peleando contra la sortija como si fuera un enemigo más fácil que sus propios sentimientos.

—Si no te la quito yo... nunca te la vas a quitar —y ahí sí, su voz falló un poco.

Lucifer cerró los ojos un segundo, respirando profundamente para no hacer algo impulsivo también.

—Alastor... si quieres que me la quite, dímelo sobrio.

El demonio se detuvo. Y sin soltarle la mano murmuró:

—Si estuviera sobrio... no te lo pediría.

Lucifer quedó helado.

Y por primera vez en milenios... no supo qué responder.

Alastor siguió peleando contra el anillo torpemente, cada vez con movimientos más lentos, como si la borrachera finalmente estuviera cobrando factura. Su respiración era irregular, entrecortada, y cada palabra le costaba el doble.

—Déjame... solo... —intentó decir, pero la lengua ya no le obedecía— si lo quitas... ya no tendré que... pensar...

Lucifer sostuvo su muñeca, firme, pero no agresivo.

—Alastor, basta.

—Debo... debo impedir que... que pase otra vez... —balbuceó, pero la frase quedó incompleta, perdida en el alcohol.

Lucifer comprendió, con una claridad dolorosa, que ya no estaba discutiendo sobre un objeto. Estaba discutiendo contra sus propios miedos.

Y entonces ocurrió:
los ojos de Alastor, rojos y cansados, se desenfocaron por completo; el cuerpo perdió toda tensión, y cayó hacia adelante, directo al suelo.

Lucifer lo atrapó antes de que chocara.

—¡Alastor! —lo sostuvo contra su pecho, como si fuera lo más natural del mundo.

El demonio no respondió. Solo respiraba pesadamente, hundido en una inconsciencia inevitable. Lucifer lo sostuvo un momento, sintiendo el peso real del cuerpo contra sus brazos, y algo dentro de él se suavizó de una manera que jamás admitiría.

—Eres un desastre... —susurró, pero había una ternura escondida en la frase— pero uno del que no pienso alejarme.

Lo acomodó con cuidado sobre el sofá, apartándole el cabello húmedo de la frente. Miró su propia mano. Miró el anillo.

Y tomó una decisión sin necesidad de pensarlo demasiado.

—Esto ya no pertenece a quien fui.

Giró la sortija lentamente, despacio, como si cerrar un capítulo no fuera algo que pudiera hacerse de golpe.
El metal cedió.
El anillo salió.

Hubo un silencio extraño en el aire, como si algo invisible hubiera sido arrancado de raíz.

Lucifer dejó la sortija sobre la mesa, junto a la botella casi vacía.

—Cuando despiertes... hablaremos —murmuró.

Lo observó dormir un instante, esa expresión sorprendentemente vulnerable, sin máscaras, sin sonrisas radiales, sin sarcasmo. Solo el verdadero Alastor escondido bajo capas de monstruo y dolor.

Lucifer suspiró.

—Y ojalá entonces... no huyas de mí otra vez.

Se levantó, se permitió una última mirada y, antes de apagar la luz.

El primer dolor fue en la cabeza. El segundo, en el estómago. El tercero... en el orgullo.

Alastor abrió los ojos con torpeza, reconociendo la molesta sensación de haberse excedido incluso para sus estándares. Intentó sentarse, pero el simple movimiento le hizo ver puntitos negros. Carraspeó para recomponer su dignidad... lo poco que tenía disponible.

El aroma llegó antes que cualquier palabra. Café. Fuerte. Caliente. Perfectamente preparadoEn la mesa, alguien había dejado una taza humeante. Y sentado en el sillón de enfrente, con una serenidad ofensiva, estaba Lucifer. —Buenos días, Bambi—dijo con un tono tan casual que dolió.

Alastor se quedó inmóvil. Lucifer, por el contrario, cruzó una pierna sobre la otra, ridículamente vestido con aquella bata rosa y esponjada.

—Te ves terrible —comentó, sin pizca de burla... y, de alguna manera, con cariño.

Alastor frunció el ceño. —No recuerdo haberte invitado a quedarte aquí toda la noche.

—No lo hiciste —sonrió Lucifer, levantando la taza hacia él—. Pero tampoco dijiste que me fuera.

Alastor odiaba esa lógica. Pero más odiaba cómo sonaba dicha por él. —¿Qué demonios quieres? —gruñó finalmente.

—Hablar —respondió Lucifer, simple, como si fuera obvio. Silencio. Ese silencio denso que solo compartes con alguien que te importa demasiado. Lucifer sostuvo el café entre las manos, pensativo. —Sobre anoche —empezó con cuidado.

Alastor sintió cómo el estómago se encogía. —No pasó nada.

Lucifer levantó una ceja. —Te desmayaste en mis brazos mientras intentabas quitarme el anillo. Creo que eso cuenta como "algo".

Alastor quiso morir. Literalmente, por segunda ocasión.

Lucifer bajó la mirada hacia su propia mano, ahora sin el anillo. —Quería que lo vieras tú primero —admitió. Alastor siguió la línea invisible hasta la mesa. El anillo seguía allí. Quieto. Silencioso. Mortal. Lucifer tomó aire. —No quiero que pienses que estoy jugando contigo.

—No lo estoy pensando —mintió Alastor.

—Lo estás sintiendo —corrigió Lucifer.

Alastor abrió la boca, pero nada salió.

Entonces Lucifer se acercó, lento, deliberado, dejando el café al alcance de Alastor.

—Mis intenciones son simples —dijo, con esa sinceridad que solo él podía usar sin sonar patético—: quiero estar contigo. Y no quiero que nada ni nadie interfiera con eso, ¿ok?

Alastor sintió que la garganta se le cerraba.
No por emoción.
Por miedo.

—Y si no quiero lo mismo —susurró, forzando soberbia.

Lucifer no retrocedió. —Entonces me lo dirás y yo respetare esa elección. — Alastor tragó saliva. Lucifer se inclinó solo un poco, suficiente para que Alastor sintiera el calor que irradiaba. —Pero, si quieres lo mismo... —Lucifer sonrió, suave, sin arrogancia— entonces tendrás que dejar de pelear conmigo y ser honesto.

Alastor bajó la mirada hacia la taza. El café tembló entre sus dedos, apenas visible. Y con voz ronca, derrotada pero honesta, murmuró: —Odio que sepas lo que quiero antes que yo mismo.

Lucifer sonrió apenas, con ternura verdadera. —Eso nos pasa a los dos, Alastor.

Silencio.
Cálido esta vez.

Alastor dejó la taza a un lado, y Lucifer, casi de forma instintiva, se inclinó hacia él. Sus dedos apartaron un mechón rebelde del cabello rojizo; un gesto demasiado íntimo para alguien que se hacía pasar por indiferente.

—Gracias por... quedarte —murmuró Alastor, casi inaudible.

Lucifer no respondió con palabras.
Solo se acercó despacio y apoyó un beso suave en su frente.

Fue corto. Fue simple.
Pero Alastor sintió que el mundo entero se detenía un segundo.

 

Notes:

Se les agradecen los kudos y comentarios, alegren mi alma, ya tenía tiempo sin publicar.
Este fic fue inspirado en este twitt, la verdad intentar profundizar en las inseguridades y problemas que pueda tener alguien como Alastor, me ha parecido interesante.

 

 espero lo hayan disfrutado, nos leemos pronto.