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El sol de la tarde se filtraba a través del dosel de hojas verdes, pintando el suelo del bosque con motas de luz danzante. Lexus caminaba con paso deliberado, sus botas crujiendo sobre las hojas secas y las ramitas caídas. Había escapado de la aldea central de la Manada de la Luna Plateada, donde su padre, el alfa Thorne, insistía en discutir una vez más sus futuras responsabilidades.
"Eres la heredera, Lexus", le había dicho esa mañana, su voz grave resonando en la cabaña principal, "pronto tendrás que elegir un omega digno para fortalecer nuestra línea. No puedes seguir evitando esto".
Lexus resopló al recordarlo, su aliento formando una nube efímera en el aire fresco del bosque. A sus veinte años, ya sentía el peso de la corona invisible sobre su cabeza. Como alfa, su instinto protector era fuerte, pero la idea de un emparejamiento forzado la asfixiaba. Quería explorar, soñar, no atarse a tradiciones que le robaban la libertad. El bosque, con su vastedad infinita, era su refugio.
Así que aquí, lejos de las miradas juzgadoras, podía ser simplemente Lexus, no la futura líder.
Siguió un sendero estrecho que serpenteaba junto al arroyo que marcaba la frontera entre su manada y la del Roble Antiguo. El agua gorgoteaba suavemente, un sonido calmante que ahogaba sus pensamientos turbulentos. De repente, un chillido agudo rompió la paz. Lexus se detuvo, sus sentidos alfa en alerta. Era el llanto de un cachorro, no de lobo, sino de uno de los jóvenes de la manada en su forma humana.
Creyó que era uno de los cachorros de su manada, por lo que corrió hacia el sonido, saltando raíces expuestas y esquivando ramas bajas. Al llegar a un claro, vio a un niño pequeño, de no más de cinco años, sentado en el suelo con las rodillas abrazadas, sollozando. Su ropa estaba manchada de tierra, y un rasguño fresco adornaba su mejilla. El cachorro levantó la vista, ojos grandes y llenos de lágrimas, reconociendo el aura alfa de Lexus.
──¿Qué pasó, pequeño? ──preguntó Lexus con voz suave, arrodillándose a su nivel. Su instinto protector se activó de inmediato, envolviéndolo en un abrazo reconfortante.
──Quería atrapar un pájaro... el azul con alas brillantes ──balbuceó el niño entre hipos──. Se fue volando y me perdí.
Lexus miró alrededor. Este lado del arroyo pertenecía a su manada, pero el niño olía a la Manada del Roble Antiguo; un aroma terroso con toques de roble y musgo. Debía haber cruzado la frontera persiguiendo al pájaro.
──No te preocupes, te llevaré de vuelta. ¿Cómo te llamas?
──Tommy ──respondió él, secándose la nariz con la manga.
──Bien, ¿puedes indicarme por dónde es tu-
Pero, justo entonces, un crujido de hojas anunció la llegada de alguien más.
Lexus se tensó, su mano instintivamente yendo a la daga en su cadera. Del follaje emergió una figura; una joven alfa con cabello rubio oscuro ondulado atado en una coleta desordenada, ojos verdes intensos y una expresión de puro alivio. Llevaba una mochila con juguetes y provisiones, marca de una cuidadora.
──¡Tommy! ¡Gracias a los espíritus de la Luna! ──exclamó la alfa, corriendo hacia ellos. Tomó al niño en brazos, revisándolo de arriba abajo──. No vuelvas a escaparte así, ¿entendido? Todos en la guardería estaban preocupados.
Tommy asintió, aferrándose a ella.
La rubia sintió su preocupación disiparse, sin embargo, había una presencia que no había notado anteriormente que por fin fue perceptible para ella. Así que la alfa miró a Lexi, y por un momento, el tiempo pareció detenerse. Sus miradas se cruzaron: ámbar contra verde, fuerza contra calidez. Lexus sintió un tirón inexplicable en su pecho, como si un hilo invisible las uniera.
Era la primera vez que veía a esta alfa de cerca, aunque había oído rumores sobre una dedicada cuidadora de la manada vecina.
──Gracias por encontrarlo ──dijo la alfa, su voz suave pero firme──. Soy Camila, de la Manada del Roble Antiguo. Él es uno de mis cachorros a cargo.
──Lexus, de la Luna Plateada ──respondió Lexus, extendiendo la mano. Al tocarse, una chispa recorrió su piel, un calor que no era solo del sol──. No fue nada. Solo estaba paseando.
Camila sonrió, una curva genuina que iluminó su rostro.
──Paseando cerca de la frontera. ¿Evitando algo?
Lexus se rió, sorprendida por la perspicacia.
──Tal vez. Responsabilidades alfa, ya sabes.
Camila asintió, entendiendo demasiado bien. Como alfa en una manada tradicional, ella también lidiaba con expectativas: casarse con un omega, producir herederos. Pero su rol como cuidadora le daba un respiro, un propósito puro en el cuidado de los pequeños.
──Sí, lo sé. A veces el bosque es el único lugar donde puedes respirar.
Se quedaron allí, charlando mientras guiaban a Tommy de vuelta al arroyo. Aunque no hubo mucha información que fuera realmente importante, pues el reciente encuentro apenas les daba espacio para comentar cosas aleatorias, como el agradable clima o formas específicas en las cuales podrían enseñarles a los cachorros que no deben huir de la manada si no es mortalmente necesario.
Lexus notó cómo Camila interactuaba con Tommy, con una ternura que contrastaba su fuerza alfa, y sintió una admiración creciente.
Al llegar al arroyo, Camila se detuvo.
──Aquí es donde nos separamos. Gracias de nuevo, Lexus. Si alguna vez necesitas... un respiro, ya sabes dónde encontrarme.
Lexus asintió, su corazón latiendo un poco más rápido.
──Lo mismo digo, Camila.
Mientras veía a Camila y Tommy desaparecer en el bosque opuesto, Lexus se quedó parada, el agua murmurando a sus pies.
Algo había cambiado.
Tan solo fue un encuentro casual, pero en su interior un brote de curiosidad ─y quizás algo más─ había nacido.
──Espíritus de la Luna, ¿qué significa esta sensación en mi pecho?
Lexus regresó a su manada murmurando preguntas, pero su mente siempre terminaba perdiéndose en el recuerdo de esos ojos verdes.
Y en la guardería de la Manada del Roble Antiguo, Camila acostó a Tommy para una siesta, su mente repleta de la alfa de cabello negro.
──Lexus ──murmuró para sí misma, sonriendo.
Era peligroso pensar en ella así, pero el bosque guardaba secretos, y este podría ser uno que valiera la pena explorar.
El sol se ponía, tiñendo el cielo de rojos y naranjas, mientras el bosque susurraba promesas de un posible amor.
Un amor prohibido.
